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domingo, 15 de marzo de 2026

Cuentos.- Edgar Allan Poe (1809-1849)

 

El sistema del doctor Tarr y del profesor Fether

 «Había oído decir en París que la institución de Monsieur Maillard se regía por lo que se denominaba vulgarmente el "sistema de la dulzura"; que los castigos estaban abolidos, que se prescindía en casi todos los casos del confinamiento y que los pacientes, aunque secretamente vigilados, gozaban de gran libertad aparente, permitiéndoseles que pasearan por la casa y los jardines con todos los derechos de las personas en su sano juicio.
 Teniendo en cuenta estos informes, me cuidé de lo que decía en presencia de la joven, pues no estaba seguro de que fuese cuerda; había en sus ojos cierto brillo inquieto que me llevaba a sospechar que no lo era. Limité, pues, mis observaciones a tópicos generales, escogiendo aquellos menos indicados para desagradar o excitar a una loca. Contestó de la manera más sensata a todo lo que dije y hasta sus observaciones personales mostraban la señal del sentido común más evidente. Empero, una larga familiaridad con los fundamentos de la locura me habían enseñado a no fiarme de ninguna apariencia de cordura, y a lo largo de toda la conversación seguí obrando con las mismas precauciones iniciales.
 Poco después presentóse un apuesto doméstico de librea, trayendo una bandeja con frutas, vino y otros refrescos, que compartí con el director y la dama, quien al poco rato abandonó el salón. Tan pronto hubo salido miré a mi huésped con aire de interrogación.
 -No, no -repuso-. Forma parte de mi familia. Es mi sobrina y, por cierto, que una mujer muy notable.
 -Le pido mil disculpas por mi sospecha -dije-, pero sé muy bien que sabrá usted excusarme. La excelente administración de esta casa es bien conocida en París y pensé que, después de todo, bien podía suceder que...
 -Sí, claro está. No diga usted más. Soy yo quien debo darle las gracias por la loable prudencia que ha demostrado. Pocas veces se advierte tanta precisión en los jóvenes y más de una vez han sucedido tristes contratiempos por culpa del aturdimiento de nuestros visitantes. Cuando mi antiguo sistema se hallaba en vigencia y se permitía a mis pacientes que pasearan a gusto por todos lados, con frecuencia caían en crisis frenéticas a causa de los imprudentes que visitaban este lugar. Por eso me vi obligado a establecer un sistema rígido de exclusión, y no permito la entrada de nadie en cuya discreción no pueda confiar.
 -¡Cuando su antiguo sistema estaba en vigencia! -exclamé, repitiendo sus palabras-. ¿Debo entender, pues, que el "sistema de la dulzura", de que tanto he oído hablar, no se aplica más?
 -Hace ya varias semanas -me contestó- que hemos renunciado a él por completo.
 -¿Realmente? ¡Me asombra usted!
 -Mi querido señor -dijo suspirando-, nos convencimos de la absoluta necesidad de volver a los antiguos métodos. El peligro del sistema de la dulzura era realmente espantoso, mientras que sus ventajas han sido muy exageradas por la opinión. Entiendo que en esta casa el experimento se ha cumplido de la manera más leal. Hicimos todo lo que era humana y racionalmente posible, Lamento que no nos haya visitado usted en otro tiempo, pues entonces podría juzgar por sí mismo. Supongo, sin embargo, que se halla al tanto del sistema de la dulzura... con todos sus detalles.
 -No, ciertamente. Sólo he oído noticias de tercera o cuarta mano.
 -Puedo decirle entonces, que, en términos generales, el sistema consiste en que el paciente es ménagé, en que se toleran sus caprichos. Jamás nos oponíamos a las fantasías que asaltaban la mente de los locos. Por el contrario, no sólo las permitíamos, sino que las estimulábamos y muchas de nuestras curas definitivas se lograron de esa forma. Ningún argumento impresiona tanto la débil razón del insano como la reductio ab absurdum. Por ejemplo, había aquí enfermos que se creían pollos. En estos casos el tratamiento consistía en aceptar la cosa como un hecho, en acusar al enfermo de estupidez por no admitir suficientemente que se trataba de un hecho y, en consecuencia, privarlo durante una semana de todo alimento que no consistiera en la comida propia de los pollos. En esta forma, bastaban unos puñados de grano y de cascajo para hacer maravillas.
 -Pero, ¿se reducía el sistema a esta especie de aceptación?
 -En modo alguno. Teníamos mucha fe en las diversiones sencillas, tales como la música, la danza, los ejercicios gimnásticos, juegos de cartas, cierto tipo de libros y cosas parecidas. Pretendíamos tratar a cada enfermo como si sólo sufriera de un trastorno físico ordinario y la palabra "locura" no se empleaba jamás. Un detalle de gran importancia consistía en que cada loco tenía la misión de vigilar las acciones de todos los demás. Depositar confianza en la comprensión o la discreción de un insano equivale a ganárselo en cuerpo y alma. De esta manera evitábamos el gasto de un nutrido cuerpo de guardianes.
   -¿Y no aplicaba usted castigos de ninguna especie?
 -Ninguno
 -¿Jamás encerraba a sus pacientes?
 -Muy rara vez. Una que otra, si la enfermedad de ellos degeneraba en una crisis o en un acceso de locura furiosa, lo encerrábamos en una celda secreta para que su estado no se transmitiera a los demás y lo manteníamos allí hasta entregarlo a sus amigos, pues nada teníamos que ver con los locos furiosos. Por lo general los trasladaban a un hospicio público.
 -¿Y ahora ha cambiado usted todo eso... y cree haber obrado bien?
 -Ciertamente. El sistema tenía sus ventajas y aun sus peligros. Afortunadamente ha fracasado en todas las maisons de santé de Francia.
 -Me sorprende usted mucho -observé-, pues daba por descontado que actualmente no había en este país ningún otro tratamiento para la locura.
 -Es usted joven, amigo mío -replicó mi huésped-, pero llegará un día en que aprenderá a juzgar por sí mismo lo que ocurre en el mundo, sin confiar en las charlas ajenas. No crea nada de lo que oye, y sólo la mitad de lo que ve. No cabe duda de que, con respecto a nuestras maisons de santé, algún ignorante lo ha engañado. Después de cenar, cuando se haya recobrado de la fatiga de su viaje, tendré el placer de llevarlo a recorrer la casa y hacerle conocer un sistema que, en mi opinión y en la de todos aquellos que han presenciado su aplicación, es incomparablemente más efectivo que los utilizados hasta ahora.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 2015, en traducción de Julio Cortázar, pp. 672-675. ISBN: 978-84-473-8283-5.]

martes, 16 de marzo de 2021

Historia cultural del dolor.- Javier Moscoso (1966)


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Capítulo VIII.- Reiteración
El nombre

  «Tanto los casos de lesiones sin síntomas como los de síntomas sin enfermedad evidenciaban un triple proceso de ocultación relacionado con la perspectiva experimental y con la perspectiva clínica. La aparición de la medicina del dolor invertía el proceso histórico que se había desentendido del testimonio del paciente, que no había mostrado interés en los dolores crónicos internos y que, más importante, también había ignorado el dolor severo e incurable de grupos enteros de población. La materialización institucional del dolor crónico, su comprensión al mismo tiempo médica, clínica y cultural, dependió de la inversión de ese triple proceso de ocultación que limitaba el testimonio del paciente, que no atendía al dolor terminal y que mostraba aún menos interés por resolver o paliar el sufrimiento de grupos marginales y clases desfavorecidas, incluida en esta categoría la clase no menor del enfermo desahuciado.
 Por una parte, los manuales de fisiología publicados en la segunda mitad del siglo XIX apenas se referían a los dolores viscerales, es decir, a todos aquellos que no se acomodaban fácilmente a las prácticas de laboratorio y a sus procedimientos mecánicos de objetivación y manipulación experimental. Aun cuando estos dolores internos fueran mucho menos excepcionales que los externos, la fisiología prefirió concentrarse en el estudio de lo infrecuente, mientras lo cotidiano –los dolores que se sienten en el órgano o los que resultaban de la estimulación del sistema nervioso central- adquiría tintes de excepcionalidad.
 En segundo lugar, los esfuerzos de objetivación de la enfermedad habían arrumbado las cualidades narrativas del paciente junto con todos sus recursos retóricos. El testimonio del sentido íntimo, apenas verbalizado, casi siempre dramático, sólo se hacía comprensible desde la lógica de la enfermedad mental. No ocurría, como ahora, que al sufrimiento físico se le reconociera una dimensión psicológica, sino que el enfermo de dolor crónico terminaba con frecuencia sus días en el olvido o en el cuaderno de notas de un psiquiatra. En 1919, James Mackenzie (1853-1925) distinguía dos métodos de aproximación a la enfermedad: el propio del laboratorio, que buscaba la compresión de los signos de la enfermedad a través de  su reproducción experimental, y el que dependía de la medicina hospitalaria, que entendía el síntoma en relación con la vida del paciente. Para John Ryle (1889-1950), uno de los exponentes de la nueva medicina social, el médico no debía ver la enfermedad en el cuerpo del paciente, sino entender a cada enfermo en el contexto de su enfermedad. Su aproximación clínica no dependía de procedimientos mecánicos de objetivación, sino de la educación de los sentidos (del médico) y la acumulación de testimonios (de pacientes). Por un lado, la medicina hospitalaria debía descansar en el examen minucioso, el interrogatorio exhaustivo y la descripción detallada de los experimentos que la propia naturaleza operaba de manera espontánea en el organismo humano. Por el otro, la misma resistencia al tratamiento, que el paciente vivía como un infierno, debía conducir al médico a la redefinición de sus fines y propósitos. Para los profesionales de la asistencia sanitaria, la tarea consistía en curar cuando fuera posible y en paliar el sufrimiento cuando no lo fuera. Durante los primeros años de la década de 1960, la experiencia de, por ejemplo, Cicely Saunders con cientos de enfermos desahuciados la llevó a defender una visión similar de la enfermedad, en la que el desconocimiento de las causas, así como la circunstancia de que el mal condujera irremediablemente a la muerte, no impedía desarrollar un programa de medidas paliativas. Por el contrario, para enfrentarse a lo que ella misma denominaba el “dolor total”, la medicina debía comenzar por privilegiar la posición del paciente y dejar de contemplar la muerte como un fracaso en el que ya no cabía intervención alguna. Su posición culminaba con una proclama que ya había estado presente en el ámbito hospitalario: “Nuestra incapacidad para construir una teoría perfecta del dolor no puede constituir una coartada a la ignorancia de los métodos disponibles para tratarlo”, escribía Spender en 1874. También René Lériche había comenzado su Cirugía del dolor afirmando que, aun cuando la humanidad había estado sometida al dolor en todas las épocas, muy poco se había avanzado en relación con su tratamiento. Veinte años más tarde, en 1957, el doctor K. D. Keele declaraba que el dolor se había constituido en un problema en sí mismo sólo recientemente.
 Por último, pero no menos importante, la desigual distribución del daño entre sectores diferentes de la población también condujo a la invisibilidad social y al olvido clínico de grandes grupos humanos. Esa última forma de ocultación no sólo afecta a la historia de la medicina, sino que constituye un fenómeno de mucho mayor alcance relacionado con la elaboración cultural del dolor crónico, que tuvo una incidencia especial en los cuerpos y en los modos de existencia de los sectores de población más desprotegidos. El aspecto de los hijos de las clases trabajadoras de Londres, por ejemplo, era “pálido, delicado, enfermo […], muchos padecían enfermedades de los órganos nutritivos, curvatura y distorsión de la columna y deformidad en las extremidades”. También el cuerpo del trabajador se avejentaba y encorvaba de manera prematura. Al menos desde la segunda mitad del siglo XIX, cada vez aparecen más testimonios relativos a la forma en la que cada profesión parece otorgar los signos de la reiteración mecánica y monótona de las acciones de la vida laboral. No sólo que cada oficio tuviera una “fisiología” –según habían escrito algunos viejos tratadistas románticos y parecían dispuestos a confirmar algunos cronistas modernos-, sino que los movimientos reiterados de la actividad profesional, unidos al uso de sustancias químicas, deformaban el cuerpo del trabajador hasta el extremo de producir lesiones morfológicas. Algunos de los moldes anatómicos que se conservan en el Museo de la Higiene de Dresde comparan la mano de un electricista, de un mecánico, de un lechero o de una ama de casa, con la forma ideal que la misma parte del cuerpo humano hubiera tenido si su propietario hubiera disfrutado de otra vida y, sobre todo, de otra vida laboral. El resultado proporciona un retrato desalentador sobre la forma en la que el tiempo transcurría por la (nunca mejor llamada en este caso) mano de obra. Los moldes señalan el dolor silencioso que devora los cuerpos hasta el extremo de convertir los miembros en un amasijo, casi indiscernible, de restos derrotados.
Resultado de imagen de historia cultural del dolor  Silenciado en otros muchos ámbitos de la investigación médica y fisiológica, el dolor crónico de la Europa industrial se deja ver en la economía y en el periodismo. A mediados del siglo XIX, el más incisivo de todos los testimonios relacionados con los parias de los nuevos centros urbanos lo proporcionó Friedrich Engels, en Las condiciones de la clase trabajadora en Inglaterra, una obra publicada por primera vez en 1845. Su testimonio se sumaba a las descripciones de la literatura naturalista, en cuyas páginas se fusionaban el decaimiento físico y psicológico de los desheredados del mundo. En la sociedad victoriana, el cronista Henry Mayhew encontró en las vidas de las clases desfavorecidas una “dolorosa uniformidad”. Cualquiera que fuera su oficio, su edad o las condiciones que rodeaban su existencia, la acumulación de casos permitía encontrar rasgos comunes en la descripción minuciosa de las formas de sobrevivencia de individuos y grupos humanos marginales que, en muchas ocasiones, refieren las condiciones de su existencia en primera persona y en estilo directo. Su retrato del paisaje cotidiano se asemeja a la pintura costumbrista. En su cuadro de 1854, el pintor austriaco F.G. Waldmüller representó a una mujer tumbada en el suelo a poca distancia de la cuna en la que descansa un bebé. Como otras muchas escenas similares, el observador penetra en el territorio de la intimidad de un cuerpo semiconsciente que ya no tiene más razones que sus necesidades (ver fig. 60).
 La mayor parte de los seres humanos que han pasado sus vidas atenazados por el dolor no tienen acomodo en la historia de la medicina. Por el mismo motivo, a otras muchas personas que hoy no juzgaríamos enfermas se han dedicado libros enteros y monografías completas. Aun cuando de todas las enfermedades se pueda decir, de manera casi tautológica, que han sido “construidas”, lo que la enfermedad crónica debe a su contexto social es todavía más determinante, pues del mismo modo que la mera recurrencia de síntomas no determina la presencia de una condición clínica, la historia de la medicina nos ha dado ejemplos de enfermedades que hoy consideramos inexistentes, pero cuyos síntomas se parecen a algunos de nuestros modernos cuadros clínicos. Piénsese, por ejemplo, en la neurastenia, a la que más tarde nos referiremos. Los síntomas de esta condición debilitante tan de moda en la segunda mitad del siglo XIX guardan una notable similitud con algunos cuadros de depresión, de estrés o más específicamente, del llamado síndrome de fatiga crónica de las sociedades contemporáneas. Lo mismo podría decirse de la histeria, considerada como una epidemia por los psiquiatras de mediados del siglo XIX.
 El dolor crónico ocupa un espacio, y no menor, en muchas condiciones intratables o incurables. Al mismo tiempo, aparece de manera recurrente en enfermedades nerviosas de larga duración, tanto si a esas enfermedades se les atribuye un origen orgánico como psicológico. […] La distinción entre el dolor agudo y el dolor crónico, sobre la que se apoya con frecuencia la explicación histórica del surgimiento de la medicina del dolor o, como lo ha llamado David B. Morris, del “dolor posmoderno”, no es una prerrogativa del siglo XX ni tampoco permite explicar por sí sola el desarrollo de la medicina paliativa.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Santillana Ediciones Generales, 2011, pp. 286-290. ISBN: 978-84-306-0815-7.]             

domingo, 2 de septiembre de 2018

Rosa cándida.- Audur Ava Ólafsdóttir (1958)


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Ocho
«Primero me quito la mochila con mucho cuidado, para que los esquejes no pierdan la humedad, después me tumbo cuan largo soy sobre la camilla de exploración, cubierta de plástico; veintidós años de edad y ya he llegado a mi destino, al final del viaje, cuando estaba apenas comenzando. Necesitan largo rato para escribir mi nombre en un papel, letra a letra, toda una eternidad. La que me ayuda a desvestirme en la sala de exploración con lámparas fluorescentes tiene lustrosos cabellos y ojos castaños y muchos deseos de ayudarme; estoy desnudo hasta la cintura y a punto de quitarme los pantalones. ¿Sentiría mamá lo mismo que yo cuando estaba muriéndose en medio del malpaís, en manos de desconocidos? Está bien claro que el día de mi muerte será un día de alegría para muchos habitantes de este mundo, pues antes de la puesta del sol habrán nacido incontables niños para sustituirme, y se habrá celebrado una infinidad de bodas.
 No es que morir sea nada especial, la mayor parte de los mejores hijos e hijas de la tierra han muerto antes que yo. Mi anciano padre se verá muy afectado; naturalmente, mi hermano gemelo, algo atrasado, se integrará en otra red sin mí, y el infante que es aún demasiado pequeño para dormir fuera de casa nunca llegará a conocer a su padre. Pero no dejo de lamentar no haber podido hacer algunas cosas, me habría gustado acostarme con muchas otras chicas y haber plantado los esquejes en tierra fértil.
 Cuando la chica del cabello reluciente me pone la palma de la mano sobre el vientre, con mucho cuidado, me doy cuenta de que lleva en el pelo un prendedor con forma de mariposa: la mujer que me cuida el último cuarto de hora de mi vida lleva en el cabello el símbolo del más allá.
 Los esquejes del rosal no pueden vivir sin agua, por eso me incomodo sobre un codo y señalo la mochila.
 -Plantas -digo.
 Levanta la mochila y la acerca a la cama; ni siquiera necesito conocer las palabras adecuadas, señalo con el dedo y ella es una mujer que me comprende. Pienso por un momento si podríamos llegar a ser pareja, si yo no estuviera, por así decir, despidiéndome de este mundo; ella puede tener diez años más que yo, debe de andar por los treinta y dos, aunque en este momento ésa no me parece una diferencia de edad significativa. Pero el siniestro dolor del vientre me impide madurar del todo la idea de una relación estable con ella. Después de vomitar lo que aún me quedaba de la comida del avión, empanado y relleno de crema de queso, ella me ayuda a desenrollar con mucho cuidado los periódicos húmedos para dejar a la vista los esquejes, como si estuviera quitando la venda de la pierna de un enfermo tras una operación concluida con éxito.
 -¿Llevas plantas? -pregunta, y cuando se acerca veo que las alas de las mariposas tienen puntitos amarillos.
 -Sí -digo con fluidez en la lengua de los nativos.
 Ella asiente con la cabeza, como si yo fuera un hombre que hubiera hablado con gran sabiduría.
 Luego añado, para algo fui el primero de mi clase en latín:
 -Rosa candida -cuando se trata de plantas y de jardinería, crecen mi osadía y mi vocabulario. Y además, añado-: Sin espinas.
 -¿Sin espinas, de verdad? -dice ella mientras dobla cuidadosamente mis pantalones vaqueros y los coloca sobre la silla, encima pone mi jersey azul con dibujo de ochos, el último jersey que me tejió mamá. Dentro de poco, la mujer del prendedor de mariposa en el pelo será también la última de las siete mujeres que me han visto desnudo.
 -Y las otras dos plantas, ¿son también -vacila- Rosa candida?
 -Sí, por si acaso una de ellas muriese -digo, y me dejo caer otra vez sobre el colchón de plástico.
 Como ya ha sido testigo de mi sufrimiento, me ha ayudado a vomitar y a empapar los esquejes, tengo la impresión de que debo confiarle algo personal. Por eso saco la foto del bebé y se la paso.
 -Mi hija -digo.
 Coge la foto y la observa detenidamente.
 -Muy linda -me dice con una sonrisa-. ¿Cuántos meses tiene? -hace preguntas más simples y accesibles de lo que permiten mis conocimientos del idioma.
 -Casi siete.
 -Muy linda -repite-, pero quizá no tenga mucho pelo para una niña de siete meses.
 No me esperaba eso. Uno confía a otra persona algo de importancia en sus últimos momentos y sufre una decepción. De pronto me parece fundamental que el último ser humano con el que tendré cualquier clase de relación en esta vida comprenda lo del pelo. Que las fotos engañan y que el pelo de los bebés rubios quizá no resulte tan visible el primer año, que no es comparable de ninguna manera con los niños morenos, que suelen nacer con pelo abundante. Me siento profundamente humillado y tan sólo mis sufrimientos y las insuficiencias de mi conocimiento del idioma me impiden lanzarme en defensa de mi hija. [...]
 Cierro los ojos mientras empujan mi cama hacia el quirófano, siento frío debajo de la sábana. El dolor se ha convertido de nuevo en la única realidad tangible, aunque mis sufrimientos, naturalmente, son insignificantes en comparación con las penalidades y las miserias del mundo, las sequías, los huracanes y las guerras.
 Intento adivinar por los gestos y los movimientos de aquellas personas vestidas de verde si tengo alguna esperanza de vida. Alguien le dice algo a otra persona y luego ríe tan contento detrás de su mascarilla verde, no parece que suceda nada serio, no parece que nadie vaya a morir. Nada hay más espantoso en el momento del adiós que el regocijo y la indiferencia de todas esas personas que seguirán aquí cuando yo me haya ido. Ni siquiera hablan de mí (hasta ahí comprendo), sino de una película a la que ha ido uno de ellos y que otro piensa ir a ver esta misma tarde. Justamente El campo de amapolas, conozco la película, trata de un hombre que es rechazado de muy mala manera y rapta  a la mujer que le rechazó y los dos asaltan un banco; esa película obtuvo hace poco un premio especial en un festival de cine. 
 De pronto, alguien me acaricia suavemente el cabello. La pelambrera roja, habría dicho mamá.
 -No tengas miedo, es el apéndice -dice la persona detrás de la mascarilla.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de la editorial Alfaguara, 2011, en traducción de Enrique Bernárdez Sanchís. ISBN: 978-84-204-0791-3.]