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domingo, 28 de junio de 2026

Diez días que estremecieron el mundo.- John Reed (1887-1920)

 

Notas y aclaraciones
Organizaciones más importantes

 «1.-Soviet.- Esta palabra existe hace tiempo en la lengua rusa y corresponde al vocablo inglés council (consejo). Bajo el zar, por ejemplo, el Consejo Imperial de Estado se llamaba Gosudarstvennyi Soviet. Pero desde los tiempos de la revolución la palabra Soviet empezó a asociarse a determinado tipo de representación, elegida por miembros de las organizaciones económicas de los trabajadores: Soviet de Diputados Obreros, Soldados o Campesinos. Por eso yo uso la palabra Soviet solamente en relación con estos organismos. Además de los Soviets locales, que son elegidos en cada ciudad y aldea -y en las grandes ciudades se eligen también Soviets distritales (Raionny)- existen Soviets regionales (Oblastny) o provinciales (Gubiernsky) y en la capital el Comité Ejecutivo de todos los Soviets de Rusia, llamado para abreviar CEC (véase más abajo, comités centrales). Los Soviets de Diputados Obreros y y los Soviets de Diputados Soldados se unieron muy pronto casi en todas partes poco después de la Revolución de Marzo. Sin embargo, para examinar cuestiones especiales, que afectaban sus intereses particulares, las secciones de obreros y soldados continuaron reuniéndose por separado. Los Soviets de Diputados Campesinos se unieron a los demás solamente después del coup d'état bolchevique. Estaban organizados igual que los Soviets de Obreros y Soldados y en la capital había un Comité Ejecutivo de los Soviets Campesinos de toda Rusia.
 2.-Sindicatos.- Aunque en Rusia los sindicatos obreros estaban organizados por ramas se llamaban, sin embargo, sindicatos profesionales y en la época de la revolución bolchevique contaban de tres a cuatro millones de afiliados. Estos sindicatos estaban unidos también en una organización de toda Rusia, algo así como una Federación Rusa del Trabajo, que tenía su Comité Ejecutivo Central en la capital.
 3.-Comités de fábrica.- Eran organizaciones surgidas espontáneamente, creadas en las empresas por los obreros en su afán de ejercer el control en la industria, aprovechando el desorden en la administración originado por la revolución. Estos comités se adueñaban por vía revolucionaria de las empresas y las dirigían. Los comités de fábrica tenían también su organización de toda Rusia con un Comité Central en Petrogrado, que colaboraba con los sindicatos.
 4.-Dumas.- La palabra duma significa aproximadamente "órgano deliberativo". La vieja Duma Imperial, que subsistió en forma democratizada seis meses después de la revolución, feneció de muerte natural en septiembre de 1917. La Duma Municipal, que se menciona en este libro, fue creada como resultado de la reorganización del Consejo Municipal o autoadministración municipal, como lo llamaban con mayor frecuencia. La Duma se elegía por votación directa y secreta y el único motivo por el cual no logró atraer a su lado a las masas durante la revolución bolchevique fue la caída general de la influencia de toda representación puramente política, mientras crecía la influencia de las organizaciones basadas en grupos económicos.
 5.-Zemstvos.- Esta palabra puede traducirse aproximadamente como "consejos rurales". Bajo el zarismo eran organizaciones semipolíticas semisociales con atribuciones administrativas muy reducidas. Los creaban y dirigían principalmente intelectuales de corte liberal, procedentes de la clase terrateniente. El aspecto más importante de la actividad de los zemstvos era la instrucción pública y las atenciones sociales a los campesinos. Durante la guerra los zemstvos asumieron poco a poco toda la labor de avituallamiento del Ejército ruso con víveres y uniformes. Efectuaban asimismo compras en el extranjero y realizaban una labor educativa entre los soldados, de modo semejante a la Asociación Cristiana de Jóvenes en el Ejército norteamericano. Después de la Revolución de Marzo los zemstvos fueron democratizados con el fin de convertirlos en organismo de poder local en las zonas rurales. Pero, igual que las dumas municipales, no pudieron competir con los Soviets.
 6.-Cooperativas.- Eran sociedades cooperativas de consumo de obreros y campesinos que antes de la revolución contaban con millones de adheridos en toda Rusia. Fundado por liberales y socialistas "moderados", el movimiento cooperativo no gozaba del apoyo de los grupos socialistas revolucionarios, puesto que este camino era un sustituto del paso total de los medios de producción y distribución a manos de los obreros. Después de la Revolución de Marzo las cooperativas empezaron a ampliarse rápidamente: en ellas predominaban los socialistas populares, los mencheviques y los eseristas y estas cooperativas actuaron como una fuerza conservadora hasta la revolución bolchevique. Sin embargo, precisamente fueron las cooperativas las que alimentaron a Rusia cuando el viejo sistema de comercio y transporte se vino abajo.
 7.-Comités del Ejército.- Los comités del Ejército fueron constituidos en el frente por los soldados para combatir la influencia reaccionaria de la vieja oficialidad. Cada compañía, regimiento, brigada, división y cuerpo tenían sus comités y por encima de todos ellos se hallaba el comité electo de cada Ejército. El Comité Central del Ejército colaboraba con el Estado Mayor Central. El desorden en la dirección del Ejército, originado por la revolución, hizo recaer sobre los comités del Ejército la mayor parte del trabajo del departamento de intendencia y, en algunos casos, hasta el mando de las tropas.
 8.-Comités de la Marina.- Eran las organizaciones correspondientes en la Marina.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Akal, 2023, en traducción de Ángel Pozo Sandoval y revisión de la traducción, edición y notas de Antonio J. Antón Fernández, pp. 33-35. ISBN: 978-84-460-5396-5.]

domingo, 12 de abril de 2026

El porvenir de España.- Ángel Ganivet (1865-1898) y Miguel de Unamuno (1864-1936)

 
Segunda parte
A Miguel de Unamuno
II

  «A pesar de lo dicho, creo, y la gratitud nos obliga a creer, que la Restauración ha prestado al país un gran servicio: nos ha dado un período de paz relativa, y en la paz hemos visto claro lo que antes no veíamos; se decía que nuestros males venían de las guerras, revoluciones y pronunciamientos, y ahora sabemos que la causa de nuestra postración está en que hemos construido un edificio político sobre la voluntad nacional de una nación que carece de voluntad. Vivimos, pues, en el aire; como quien dice de milagro. Se explica perfectamente ese movimiento instintivo de la nueva generación en busca de una realidad en que afirmar los pies, eso que se ha llamado movimiento regionalista, aunque propiamente no lo sea. No hay ya jóvenes que vayan a Madrid con el uniforme de ministro en la maleta, y los hay que comienzan a comprender que un hombre no aventaja en nada con añadir su nombre al catálogo inacabable de celebridades inútiles y nocivas de España, y los hay también que prefieren trabajar en sus casas y en beneficio de sus pueblos a ganar en la tribu parlamentaria estériles aplausos. El día que haya en las diversas capitales de España hombres de talento y prestigio, que estudien los verdaderos intereses y aspiraciones de sus comarcas y los fundan en un plan de acción nacional, dejarán de existir esas entelequias o engendros de Gabinete con que hoy se nos gobierna, y habremos entrado en la realidad política. 
 Yo soy regionalista del único modo que se debe serlo en nuestro país, esto es, sin aceptar las regiones. No obstante el historicismo que usted me atribuye, no acepto ninguna categoría histórica tal como existió, porque esto me parece dar saltos atrás. A docenas se me ocurren los argumentos contra las regiones, sea que se las reorganice bajo la Monarquía representativa o bajo la República federal, sea bajo esta o aquella componenda, debajo del actual régimen encuentro demasiado borrosos los linderos de las antiguas regiones, y no veo justificado que se los marque de nuevo, ni que se dé suelta otra vez a las querellas latentes entre las localidades de cada región, ni que se sustituya la centralización actual por ocho o diez centralizaciones provechosas a ciertas capitales de provincia, ni que se amplíe el artificio parlamentario con nuevos y no mejores centros parlantes... Usted, que es vizcaíno, recordará que un Parlamento vasco no les hace ninguna falta, teniendo como tienen diputaciones forales que no son focos de mendicidad como muchas de España, sino diputaciones verdaderas; yo, que soy andaluz, declaro que Andalucía políticamente no es nada, y que al formarse las regiones habría que reconocer dos Andalucías: la alta y la baja; el mismo Pi y Margall, en Las nacionalidades, las admite.
 Pero hay, además, una razón que de fijo le hará a usted mella. El valor de los organismos políticos depende en nuestro tiempo de su aptitud para dar vida a las reformas de carácter social, y ni el Estado, ni la religión, ni ninguna de sus formas posibles, satisfacen esta necesidad de nuestro tiempo; el socialismo español ha de ser comunista, quiero decir, municipal, y por esto defiendo yo que sean los municipios autónomos los que ensayen las reformas sociales; y en nuestro país no habría en muchos casos ensayos, sino restauración de viejas prácticas. El pueblo y la ciudad son organismos reales, constituidos por la agrupación de moradas fijas, inmuebles, y por lo mismo que son una realidad, podrían vivir independientes con ventaja y sin peligro. El peligro está en las instituciones convencionales, porque éstas, faltas de asunto real, divagan y caen en todo género de excesos.
 No sé cómo hay socialistas del Estado ni de la Internacional; en España, es seguro que la acción del Estado sería completamente inútil. Se darían leyes reguladoras del trabajo y habría que vigilar el cumplimiento de esas leyes: un cuerpo flamante de inspectores, es decir, de individuos, que en virtud de una real orden tendrían el derecho de pedir cinco duros a todos los ciudadanos que cayeran bajo su dirección. Un ministro muy formal, el señor Camacho, dijo que siempre que daba una credencial de inspector, creía poner un trabuco en manos de un bandolero. Y si para mayor garantía los inspectores eran de la clase obrera, entonces apaga y vámonos.
 Les voy a contar a ustedes un cuento que no es cuento. Había en una ciudad, de cuyo nombre me acuerdo perfectamente, aunque no quiero decirlo, un orador socialista de los de espada en mano. Todos los abusos le llegaban al alma, y el que le llegaba más hondo era el de que se robase en el pan, «base alimenticia del pueblo». La idea del pan falto se le fijó en la mollera, y tanto fue y vino, y tanto clamó y aun chilló, que el alcalde de la ciudad le llamó a su despacho, y después de una larga entrevista, en la que hizo gala de su amor al pueblo, a la justicia y a las hogazas cabales, le nombró inspector del peso del pan. Los panaderos faltones se echaron a temblar, excepto uno, el más viejo y socarrón del gremio, gran conocedor de sus semejantes, que dijo a sus compañeros: «Ése es un enjambrío, y, si queréis, yo me encargo de untarle la mano». Así lo hizo, y desde entonces ya no le faltaban al pan dos onzas, sino cuatro: las dos de costumbre y dos más para untar al hombre nuevo. Todo eso se remediaría, diría alguien, nombrando un inspector superior, con título, para que meta en cintura a sus subalternos. Ese nuevo inspector, contesto yo, no sólo se dejará sobornar, sino que exigirá que le lleven el dinero a su casa y que le oxeen las moscas o le saquen los niños a paseo. Y tantos inspectores podríamos nombrar, que ocurriese con las hogazas lo que con las caperuzas del cuento del Quijote: las habría tan chicas, que habría que comerlas con microscopio. 
 Mientras el mundo exista habrá hombres listos que vivan sin trabajar a expensas del público, y los golpes irán siempre a dar en la hogaza, es decir, en la realidad. Ensanchemos, pues, esta realidad para que vivan todos, los listos y los que no lo son. Y esto se consigue reservando parte de la propiedad para usufructo común. Comunidades benéficas, depósitos, de disfrute de montes y de pastoreo, etc., según las condiciones de cada municipio, a fin de que el vecindario tenga la seguridad de que, no obstante albergar en su seno un considerable número de bribones, éstos no impiden que todo el mundo coma, por muy mal dadas que vengan.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Idea y Creación Editorial, 2004, pp. 181-184. Depósito legal: B-41294-2004.]
 

lunes, 16 de junio de 2025

"Son las cinco".- El galgo de Paiporta

 


"Son las cinco y no he comido, creo que también es importante".









 [La frase pertenece al ególatra denominado "el galgo de Paiporta", pronunciada el 16 de junio de 2025, a las 5 de la tarde en la casa delincuencial socialista.]

 [Nota: "En las esquinas grupos de silencio, [...] las heridas quemaban como soles [...] y el gentío rompía las ventanas, [...] ¡qué terribles cinco de la tarde!, ¡eran las cinco en todos los relojes!, ¡las cinco eran en sombra de la tarde!" (versos que pertenecen al poema "Llanto por Ignacio Sánchez Mejías" de Federico García Lorca) cuando el galgo de Paiporta abría su boca de bestia perezosa, mezquina y canallesca y emitía un "no he comido" gargantuelesco y pantagruélico que movía, aún no se colige bien, si al asco o a la risa grotesca...]     


domingo, 12 de mayo de 2024

El caballo amarillo. Diario de un terrorista ruso.- Boris Sávinkov (1879-1925)


Borís Sávinkov - Wikipedia, la enciclopedia libre
17 de marzo


 «No sé por qué me he involucrado en actos terroristas, pero sé cuál es la razón que impulsa a muchos otros. Heinrich está convencido de que para conseguir la victoria del socialismo es necesario que se desencadene una campaña de terror. Mataron a la mujer de Fiodor. Erna dice que se siente avergonzada de continuar viva. Vania… Pero dejemos que Vania hable por sí mismo.
 Anoche me llevó por todo Moscú. Quedamos en Sujarevka, en una taberna destartalada. Apareció ataviado con botas altas y un poddiovka*. Ahora lleva la barba cuidadosamente recortada.
 —¿Alguna vez piensas en Cristo? —me pregunta.
 —¿En quién?
 —En Cristo. Dios hecho hombre, Cristo… ¿Alguna vez piensas en la forma que debe adoptar nuestra fe, nuestra vida? Cuando estoy en casa leo los evangelios a menudo, ¿lo sabías? He llegado a la conclusión de que sólo hay dos caminos posibles. En el primero se permite todo, ¿entiendes? Todo. Es el camino de Smerdiakov**. Te sientes capaz de hacer cualquier cosa. Y en ese camino no existe Dios, y Cristo no es más que un hombre, y tampoco existen los sentimientos… Y el otro camino es el camino de Cristo. Es muy sencillo: si eres capaz de amar, si de veras amas con todo tu ser, entonces eres capaz hasta de matar. ¿Lo entiendes?
 Y yo contesté:
 —Uno siempre puede matar.
 —No, no siempre. Matar es un pecado terrible. Pero recuerda que no existe amor más sincero que el de entregar tu alma a tus camaradas. No me refiero a tu vida, sino a tu alma. ¿Lo comprendes? Tienes que ser capaz de aceptar el sufrimiento de la cruz, tienes que decidir hacerlo todo por amor, y como signo de amor. Pero debe ser así, como te digo. Si no cumples estos preceptos, vuelves a ser como Smerdiakov, o al menos a encontrarte en su camino. Así es como rijo yo mi vida. Y, ¿para qué? Es posible que viva cada día esperando la hora de mi muerte. Mi único ruego, Señor, es que se me conceda la muerte en el nombre del amor. En tu caso, en cambio, tus plegarias no incluyen el asesinato. Tú matas, pero luego no te pones a rezar… A pesar de todo, sé que en realidad poseo muy poco amor dentro mí, y que por ello la cruz que cargo es pesada. No te rías —añadió tras un minuto—. ¿Qué tiene esto de divertido? Me limito a explicarte las palabras del Señor, y tú lo único que piensas es que estoy delirando. ¿Me equivoco?
 Permanecí en silencio.
 —Recuerda lo que Juan escribió en el Apocalipsis: “Los hombres buscarán en aquellos días la muerte, y no la hallarán, y desearán morir, y la muerte huirá de ellos”. ¿Qué puede ser peor que la muerte escapándose de ti cuando la llamas y la buscas? Y la buscarás, todos lo haremos. ¿Cómo serías capaz de derramar sangre si no buscaras la muerte? ¿Cómo te resultaría posible vivir al margen de la ley? Porque derramamos sangre, e incumplimos las leyes. Tú no sigues ninguna ley, y la sangre para ti es como el agua. Pero, escúchame, llegará el día en que recordarás estas palabras. Intentarás encontrar el final del túnel, y no serás capaz de hallarlo. La muerte se escapará de ti. Creo en Cristo. Creo en Él. Pero no estoy con Él. No soy digno de estar con Él en la porquería y en la sangre. Pero Cristo, en su misericordia, estará conmigo.
 Lo miré fijamente. Y entonces dije:
 —Entonces no mates. Abandona el terrorismo.
 Vania empalideció:
 —¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo te atreves? Cuando me dispongo a matar mi alma se eleva, pero no puedo hacerlo si no poseo amor. Si la cruz es pesada, álzala aún más. Si el pecado es grande, comételo. Y el Señor sufrirá contigo, y te perdonará.
 “Y te perdonará”, repitió suspirando.
 —Vania, eso no son más que tonterías. No pienses en ello.
 Dejó de hablar.
 Cuando salí a la calle ya me había olvidado de todo lo que me había dicho.
[…]

3 de septiembre

IMPEDIMENTA » El caballo amarillo   Hoy sentenciarán a Vania. Estoy tumbado en un diván, entre almohadas cálidas, en un apartamento de fortuna. Es de noche. La ventana enmarca un firmamento nocturno. En el cielo hay un collar de estrellas. La Osa Mayor.
 Sé que Vania se habrá pasado todo el día echado sobre su litera de la prisión; de cuando en cuando se habrá levantado, se habrá acercado a la mesa y habrá escrito algo. Y ahora la Osa Mayor brilla para él como lo hace para mí. Y, como yo, no podrá dormir.
 Sé otra cosa: mañana mismo ejecutarán la sentencia. El verdugo llegará en su camisa roja, con su túnica y su látigo, atará las manos de Vania detrás de su espalda, y enrollará una cuerda alrededor de su cuerpo. Mientras camine, sus espuelas tintinearán; el vigilante ajustara perezosamente el seguro de su pistola. Las verjas se abrirán… Una neblina caliente colgará sobre el área cubierta de sol, y los pies de Vania trastabillarán sobre la hierba mojada. El este se tornará rosa. Y sobre el cielo rosa pálido, se recorta una estructura alargada y ennegrecida que se eleva. Esto es la horca. Esto es la ley.
Vania será conducido hacia el cadalso. En la penumbra de la mañana su silueta será grisácea, sus ojos y su pelo del mismo color. Hará frío, y Vania se enroscará sobre sí mismo, hundirá sus mejillas profundamente en su cuello echado hacia arriba. A continuación el verdugo se pondrá una máscara y anudará la soga. Una blanca mortaja y el verdugo de rojo en el fondo. De repente, el tambor funeral hará sonar su música monótona con fuerza. Y el cuerpo estará colgado; Vania estará colgado.
 Las almohadas me queman el rostro. Las sábanas se han caído al suelo. No es cómodo estar aquí echado. Veo a Vania, sus ojos alegres, su pelo rizado. Y me pregunto con furia: ¿Por qué las horcas? ¿Por qué la sangre? ¿Por qué la muerte?
 Y de repente recuerdo: «También nosotros debemos ofrecer nuestras vidas por los hermanos». Eso es lo que dijo Vania. Pero Vania no está ya entre nosotros.

5 de septiembre

 Me digo a mí mismo que Vania se ha ido. Son palabras simples, pero no las creo. No puedo creer que Vania ya haya muerto. Llamará a la puerta, entrará en silencio, y le oiré decir, como siempre: «El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor».
 Vania creía en Cristo, yo no. ¿Por qué somos tan diferentes? Yo digo mentiras, espío a la gente y asesino. Vania dijo mentiras, espió a la gente y asesinó. Los dos vivimos rodeados del engaño y la sangre. ¿En el nombre del amor?
 Cristo subió al Gólgota. No mató, le dio la vida a los hombres. No mintió, le dijo a la gente la verdad. No traicionó a los otros, él mismo fue traicionado. Y he aquí la alternativa: o bien el camino hacia Cristo… o como Vania dijo: Smerdiakov… De manera que yo soy Smerdiakov.
 Conozco esta única verdad: Vania ha sido bendecido con la muerte y su calvario es verdadero; esta bendición y esta verdad son cosas que no puedo entender, son incomprensibles. Yo moriré, como él, pero mi muerte será sombría, pues las aguas amargas saben a ajenjo.»

* Tipo de levita propia de los que trabajan en la calle. [N. del T.]
** Personaje de Los hermanos Karamazov de Dostoievski, hijo ilegítimo de Fiodor Karamazov, nihilista y asesino de su padre. [N. del T.]

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Impedimenta, 2009, en traducción de James Womack y Marian Womack, pp. 17-18 y 79-80 . ISBN: 978-84-937110-8-5.]

domingo, 22 de octubre de 2023

Camino de servidumbre.- Friedrich A. Hayek (1899-1992)


Friedrich Hayek - Wikipedia, la enciclopedia libre
10.- Por qué los peores se colocan a la cabeza


 «Tenemos que examinar ahora una creencia de la que obtienen consuelo muchos que consideran inevitable el advenimiento del totalitarismo y que debilita seriamente la resistencia de otros muchos que se opondrían a él con toda su fuerza si aprehendieran plenamente su naturaleza. Es el creer que los rasgos más repulsivos de los regímenes totalitarios se deben al accidente histórico de haberlos establecido grupos de guardias negras y criminales. Seguramente, se arguye, si la creación del régimen totalitario en Alemania elevó al poder a los Streichers y Killingers, los Leys y Heines, los Himmlers y Heydrichs, ello puede probar la depravación del carácter alemán, pero no que la subida de estas gentes sea la necesaria consecuencia de un sistema totalitario. ¿Es que el mismo tipo de sistema, si fuera necesario para lograr fines importantes, no podrían instaurarlo gentes decentes, para bien de la comunidad general?
  No vamos a engañarnos a nosotros mismos creyendo que todas las personas honradas tienen que ser demócratas o es forzoso que aspiren a una participación en el gobierno. Muchos preferirían, sin duda, confiarla a alguien a quien tienen por más competente. Aunque pueda ser una imprudencia, no hay nada malo ni deshonroso en aprobar una dictadura de los buenos. El totalitarismo, podemos ya oír, es un poderoso sistema lo mismo para el bien que para el mal, y el propósito que guíe su uso depende enteramente de los dictadores. Y quienes piensan que no es el sistema lo que debemos temer, sino el peligro de que caiga en manos de gente perversa, pueden incluso verse tentados a conjurar este peligro procurando que un hombre honrado se adelante a establecerlo.
  Sin duda, un sistema “fascista” inglés diferiría muchísimo de los modelos italiano o alemán; sin duda, si la transición se efectuara sin violencia, podríamos esperar que surgiese un tipo mejor de dirigente. Y si yo tuviera que vivir bajo un sistema fascista, sin ninguna duda preferiría vivir bajo uno instaurado por ingleses que bajo el establecido por otros hombres cualesquiera. Sin embargo, todo esto no significa que, juzgado por nuestros criterios actuales, un sistema fascista británico resultase, en definitiva, ser muy diferente o mucho menos intolerable que sus prototipos. Hay fuertes razones para creer que los que nos parecen los rasgos peores de los sistemas totalitarios existentes no son subproductos accidentales, sino fenómenos que el totalitarismo tiene que producir por fuerza más temprano o más tarde. De la misma manera que el gobernante democrático que se dispone a planificar la vida económica tendrá pronto que enfrentarse con la alternativa de asumir poderes dictatoriales o abandonar sus planes, así el dictador totalitario pronto tendrá que elegir entre prescindir de la moral ordinaria o fracasar. Ésta es la razón de que los faltos de escrúpulos y los aventureros tengan más probabilidades de éxito en una sociedad que tiende hacia el totalitarismo. Quien no vea esto no ha advertido aún toda la anchura de la sima que separa al totalitarismo de un régimen liberal, la tremenda diferencia entre la atmósfera moral que domina bajo el colectivismo y la naturaleza esencialmente individualista de la civilización occidental.
  Las “bases morales del colectivismo” se han discutido mucho en el pasado, naturalmente; pero lo que nos importa aquí no son sus bases, sino sus resultados morales. Las discusiones corrientes sobre los aspectos éticos del colectivismo, o bien se refieren a si el colectivismo es reclamado por las convicciones morales del presente, o bien analizan qué convicciones morales se requerirían para que el colectivismo produjese los resultados esperados. Nuestra cuestión, empero, estriba en saber qué criterios morales producirá una organización colectivista de la sociedad, o qué criterios imperarán probablemente en ella. La interacción de moral social e instituciones puede muy bien tener por efecto que la ética producida por el colectivismo sea por completo diferente de los ideales morales que condujeron a reclamar un sistema colectivista. Aunque estemos dispuestos a pensar que, cuando la aspiración a un sistema colectivista surge de elevados motivos morales, este sistema tiene que ser la cuna de las más altas virtudes, la verdad es que no hay razón para que un sistema realce necesariamente aquellas cualidades que sirven al propósito para el que fue creado. Los criterios morales dominantes dependerán, en parte, de las características que conducirán a los individuos al éxito en un sistema colectivista o totalitario, y en parte, de las exigencias de la máquina totalitaria.
  Tenemos que retornar por un momento a la etapa que precede a la supresión de las instituciones democráticas y a la creación de un régimen totalitario. En este punto, la general demanda de acción resuelta y diligente por parte del Estado es el elemento dominante en la situación, y el disgusto por la lenta y embarazosa marcha del procedimiento democrático convierte la acción por la acción en objetivo. Entonces, el hombre o el partido que parece lo bastante fuerte y resuelto para “hacer marchar las cosas” es quien ejerce la mayor atracción. “Fuerte”, en este sentido, no significa sólo una mayoría numérica; es la ineficacia de las mayorías parlamentarias lo que tiene disgustada a la gente. Lo que ésta buscará es alguien con tan sólido apoyo que inspire confianza en que podrá lograr todo lo que desee. Entonces surge el nuevo tipo de partido, organizado sobre líneas militares.
  En los países de Europa central, los partidos socialistas habían familiarizado a las masas con las organizaciones políticas de carácter paramilitar encaminadas a absorber lo más posible de la vida privada de sus miembros. Todo lo que se necesitaba para dar a un grupo un poder abrumador era llevar algo más lejos el mismo principio, buscar la fuerza, no en los votos seguros de masas ingentes, en ocasionales elecciones, sino en el apoyo absoluto y sin reservas de un cuerpo menor, pero perfectamente organizado. La probabilidad de imponer un régimen totalitario a un pueblo entero recae en el líder que primero reúna en derredor suyo un grupo dispuesto voluntariamente a someterse a aquella disciplina totalitaria que luego impondrá por la fuerza al resto.
  Aunque los partidos socialistas tenían poder para lograrlo todo si hubieran querido hacer uso de la fuerza, se resistieron a hacerlo. Se habían impuesto a sí mismos, sin saberlo, una tarea que sólo el cruel, dispuesto a despreciar las barreras de la moral admitida, puede ejecutar.
  Por lo demás, muchos reformadores sociales del pasado sabían por experiencia que el socialismo sólo puede llevarse a la práctica por métodos que desaprueban la mayor parte de los socialistas. Los viejos partidos socialistas se vieron detenidos por sus ideales democráticos; no poseían la falta de escrúpulos necesaria para llevar a cabo la tarea elegida. Es característico que, tanto en Alemania como en Italia, al éxito del fascismo precedió la negativa de los partidos socialistas a asumir las responsabilidades del gobierno. Les fue imposible poner entusiasmo en el empleo de los métodos para los que habían abierto el camino. Confiaban todavía en el milagro de una mayoría concorde sobre un plan particular para la organización de la sociedad entera. Pero otros habían aprendido ya la lección, y sabían que en una sociedad planificada la cuestión no podía seguir consistiendo en determinar qué aprobaría una mayoría, sino en hallar el mayor grupo cuyos miembros concordasen suficientemente para permitir una dirección unificada de todos los asuntos; o, de no existir un grupo lo bastante amplio para imponer sus criterios, en cómo crearlo y quién lo lograría.
  Hay tres razones principales para que semejante grupo, numeroso y fuerte, con opiniones bastante homogéneas, no lo formen, probablemente, los mejores, sino los peores elementos de cualquier sociedad. Con relación a nuestros criterios, los principios sobre los que podrá seleccionarse un grupo tal serán casi enteramente negativos.
  En primer lugar, es probablemente cierto que, en general, cuanto más se eleva la educación y la inteligencia de los individuos, más se diferencian sus opiniones y sus gustos y menos probable es que lleguen a un acuerdo sobre una particular jerarquía de valores. Corolario de esto es que si deseamos un alto grado de uniformidad y semejanza de puntos de vista, tenemos que descender a las regiones de principios morales e intelectuales más bajos, donde prevalecen los más primitivos y “comunes” instintos y gustos. Esto no significa que la mayoría de la gente tenga un bajo nivel moral; significa simplemente que el grupo más amplio cuyos valores son muy semejantes es el que forman las gentes de nivel bajo. Es, como si dijéramos, el mínimo común denominador lo que reúne el mayor número de personas. Si se necesita un grupo numeroso lo bastante fuerte para imponer a todos los demás sus criterios sobre los valores de la vida, no lo formarán jamás los de gustos altamente diferenciados y desarrollados; sólo quienes constituyen la «masa», en el sentido peyorativo de este término, los menos originales e independientes, podrán arrojar el peso de su número en favor de sus ideales particulares.
Camino de servidumbre El Libro De Bolsillo - Ciencias Sociales ...  Sin embargo, si un dictador potencial tiene que confiar enteramente sobre aquellos que, por sus instintos sencillos y primitivos, resultan ser muy semejantes, su número difícilmente podrá dar suficiente empuje a sus esfuerzos. Tendrá que aumentar el número, convirtiendo más gentes al mismo credo sencillo.
  Entra aquí el segundo principio negativo de selección: será capaz de obtener el apoyo de todos los dóciles y crédulos, que no tienen firmes convicciones propias, sino que están dispuestos a aceptar un sistema de valores confeccionado si se machaca en sus orejas con suficiente fuerza y frecuencia. Serán los de ideas vagas e imperfectamente formadas, los fácilmente modelables, los de pasiones y emociones prontas a levantarse, quienes engrosarán las filas del partido totalitario.
  Con el esfuerzo deliberado del demagogo hábil, entra el tercero y quizá más importante elemento negativo de selección para la forja de un cuerpo de seguidores estrechamente coherente y homogéneo. Parece casi una ley de la naturaleza humana que le es más fácil a la gente ponerse de acuerdo sobre un programa negativo, sobre el odio a un enemigo, sobre la envidia a los que viven mejor, que sobre una tarea positiva. La contraposición del “nosotros” y el “ellos”, la lucha contra los ajenos al grupo, parece ser un ingrediente esencial de todo credo que enlace sólidamente a un grupo para la acción común. Por consecuencia, lo han empleado siempre aquellos que buscan no sólo el apoyo para una política, sino la ciega confianza de ingentes masas. Desde su punto de vista, tiene la gran ventaja de concederles mayor libertad de acción que casi ningún programa positivo. El enemigo, sea interior, como el «judío» o el “kulak”, o exterior, parece ser una pieza indispensable en el arsenal de un dirigente totalitario.
  Que el judío viniera a ser en Alemania el enemigo, hasta que las «plutocracias» ocuparon su sitio, fue, lo mismo que la selección del kulak en Rusia, el resultado del resentimiento anticapitalista sobre el que se basa el movimiento entero. En Alemania y Austria llegó a considerarse al judío como representativo del capitalismo, porque un tradicional despego de amplios sectores de la población hacia las ocupaciones comerciales hizo más accesibles éstas a un grupo que había sido prácticamente excluido de las ocupaciones tenidas en más estima. Es la vieja historia de la raza extranjera, sólo admitida para los oficios menos respetados, y más odiada aún por el hecho de practicarlos. Que el antisemitismo y el anticapitalismo alemanes surgiesen de la misma raíz es un hecho de gran importancia para comprender lo que sucedió allí; pero rara vez lo han comprendido los observadores extranjeros.
  Considerar la tendencia universal de la política colectivista a volverse nacionalista como debida por entero a la necesidad de asegurarse un resuelto apoyo, sería despreciar otro y no menos importante factor. Incluso cabe dudar que se pueda concebir con realismo un programa colectivista como no sea al servicio de un grupo limitado, que el colectivismo pueda existir en otra forma que como alguna especie de particularismo, sea nacionalismo, racismo o clasismo. La creencia en la comunidad de fines e intereses entre camaradas parece presuponer un mayor grado de semejanza de ideas y creencias que el que existe entre los hombres en cuanto simples seres humanos. Aunque sea imposible conocer personalmente a todos los miembros de nuestro grupo, por lo menos han de ser del mismo tipo que los que nos rodean y han de hablar y pensar de la misma manera y sobre las mismas cosas, para que podamos identificarnos con ellos. El colectivismo a escala mundial parece ser inimaginable, si no es al servicio de una pequeña élite. Daría lugar, ciertamente, no sólo a problemas técnicos, sino, sobre todo, a problemas morales que ninguno de nuestros socialistas desea afrontar.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alianza, 2011, en traducción de José Vergara Doncel, pp. 128-132. ISBN: 978-84-20651-68-2.]