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domingo, 12 de abril de 2026

El porvenir de España.- Ángel Ganivet (1865-1898) y Miguel de Unamuno (1864-1936)

 
Segunda parte
A Miguel de Unamuno
II

  «A pesar de lo dicho, creo, y la gratitud nos obliga a creer, que la Restauración ha prestado al país un gran servicio: nos ha dado un período de paz relativa, y en la paz hemos visto claro lo que antes no veíamos; se decía que nuestros males venían de las guerras, revoluciones y pronunciamientos, y ahora sabemos que la causa de nuestra postración está en que hemos construido un edificio político sobre la voluntad nacional de una nación que carece de voluntad. Vivimos, pues, en el aire; como quien dice de milagro. Se explica perfectamente ese movimiento instintivo de la nueva generación en busca de una realidad en que afirmar los pies, eso que se ha llamado movimiento regionalista, aunque propiamente no lo sea. No hay ya jóvenes que vayan a Madrid con el uniforme de ministro en la maleta, y los hay que comienzan a comprender que un hombre no aventaja en nada con añadir su nombre al catálogo inacabable de celebridades inútiles y nocivas de España, y los hay también que prefieren trabajar en sus casas y en beneficio de sus pueblos a ganar en la tribu parlamentaria estériles aplausos. El día que haya en las diversas capitales de España hombres de talento y prestigio, que estudien los verdaderos intereses y aspiraciones de sus comarcas y los fundan en un plan de acción nacional, dejarán de existir esas entelequias o engendros de Gabinete con que hoy se nos gobierna, y habremos entrado en la realidad política. 
 Yo soy regionalista del único modo que se debe serlo en nuestro país, esto es, sin aceptar las regiones. No obstante el historicismo que usted me atribuye, no acepto ninguna categoría histórica tal como existió, porque esto me parece dar saltos atrás. A docenas se me ocurren los argumentos contra las regiones, sea que se las reorganice bajo la Monarquía representativa o bajo la República federal, sea bajo esta o aquella componenda, debajo del actual régimen encuentro demasiado borrosos los linderos de las antiguas regiones, y no veo justificado que se los marque de nuevo, ni que se dé suelta otra vez a las querellas latentes entre las localidades de cada región, ni que se sustituya la centralización actual por ocho o diez centralizaciones provechosas a ciertas capitales de provincia, ni que se amplíe el artificio parlamentario con nuevos y no mejores centros parlantes... Usted, que es vizcaíno, recordará que un Parlamento vasco no les hace ninguna falta, teniendo como tienen diputaciones forales que no son focos de mendicidad como muchas de España, sino diputaciones verdaderas; yo, que soy andaluz, declaro que Andalucía políticamente no es nada, y que al formarse las regiones habría que reconocer dos Andalucías: la alta y la baja; el mismo Pi y Margall, en Las nacionalidades, las admite.
 Pero hay, además, una razón que de fijo le hará a usted mella. El valor de los organismos políticos depende en nuestro tiempo de su aptitud para dar vida a las reformas de carácter social, y ni el Estado, ni la religión, ni ninguna de sus formas posibles, satisfacen esta necesidad de nuestro tiempo; el socialismo español ha de ser comunista, quiero decir, municipal, y por esto defiendo yo que sean los municipios autónomos los que ensayen las reformas sociales; y en nuestro país no habría en muchos casos ensayos, sino restauración de viejas prácticas. El pueblo y la ciudad son organismos reales, constituidos por la agrupación de moradas fijas, inmuebles, y por lo mismo que son una realidad, podrían vivir independientes con ventaja y sin peligro. El peligro está en las instituciones convencionales, porque éstas, faltas de asunto real, divagan y caen en todo género de excesos.
 No sé cómo hay socialistas del Estado ni de la Internacional; en España, es seguro que la acción del Estado sería completamente inútil. Se darían leyes reguladoras del trabajo y habría que vigilar el cumplimiento de esas leyes: un cuerpo flamante de inspectores, es decir, de individuos, que en virtud de una real orden tendrían el derecho de pedir cinco duros a todos los ciudadanos que cayeran bajo su dirección. Un ministro muy formal, el señor Camacho, dijo que siempre que daba una credencial de inspector, creía poner un trabuco en manos de un bandolero. Y si para mayor garantía los inspectores eran de la clase obrera, entonces apaga y vámonos.
 Les voy a contar a ustedes un cuento que no es cuento. Había en una ciudad, de cuyo nombre me acuerdo perfectamente, aunque no quiero decirlo, un orador socialista de los de espada en mano. Todos los abusos le llegaban al alma, y el que le llegaba más hondo era el de que se robase en el pan, «base alimenticia del pueblo». La idea del pan falto se le fijó en la mollera, y tanto fue y vino, y tanto clamó y aun chilló, que el alcalde de la ciudad le llamó a su despacho, y después de una larga entrevista, en la que hizo gala de su amor al pueblo, a la justicia y a las hogazas cabales, le nombró inspector del peso del pan. Los panaderos faltones se echaron a temblar, excepto uno, el más viejo y socarrón del gremio, gran conocedor de sus semejantes, que dijo a sus compañeros: «Ése es un enjambrío, y, si queréis, yo me encargo de untarle la mano». Así lo hizo, y desde entonces ya no le faltaban al pan dos onzas, sino cuatro: las dos de costumbre y dos más para untar al hombre nuevo. Todo eso se remediaría, diría alguien, nombrando un inspector superior, con título, para que meta en cintura a sus subalternos. Ese nuevo inspector, contesto yo, no sólo se dejará sobornar, sino que exigirá que le lleven el dinero a su casa y que le oxeen las moscas o le saquen los niños a paseo. Y tantos inspectores podríamos nombrar, que ocurriese con las hogazas lo que con las caperuzas del cuento del Quijote: las habría tan chicas, que habría que comerlas con microscopio. 
 Mientras el mundo exista habrá hombres listos que vivan sin trabajar a expensas del público, y los golpes irán siempre a dar en la hogaza, es decir, en la realidad. Ensanchemos, pues, esta realidad para que vivan todos, los listos y los que no lo son. Y esto se consigue reservando parte de la propiedad para usufructo común. Comunidades benéficas, depósitos, de disfrute de montes y de pastoreo, etc., según las condiciones de cada municipio, a fin de que el vecindario tenga la seguridad de que, no obstante albergar en su seno un considerable número de bribones, éstos no impiden que todo el mundo coma, por muy mal dadas que vengan.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Idea y Creación Editorial, 2004, pp. 181-184. Depósito legal: B-41294-2004.]
 

lunes, 21 de octubre de 2019

Las parroquias de Regalpetra.- Leonardo Sciascia (1921-1989)

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Crónicas escolares

«Se acerca el verano. En la escuela doy vueltas entre los bancos para vencer el sueño. Los chicos, muertos de cansancio, emborronan los ejercicios. […] No me gusta la escuela; y me desagradan quienes, ajenos a ella, alaban los méritos y las alegrías de dicho trabajo. No niego que en otros lugares y condiciones el oficio de maestro puede dar alguna que otra satisfacción. Pero aquí, en un remoto pueblo de Sicilia, entro en un aula con el mismo ánimo con que un minero baja a las oscuras galerías de la azufrera.
 Treinta niños que no consiguen estar quietos, que piden la corrección manual que la ley prohíbe, y me traen alegres las varas de almendro para que las pruebe en sus espaldas; y también vienen sus madres a decirme que los enderece a palos, porque sus hijos: "Son árboles torcidos y hay que darles miedo". Y miedo debería consistir en el uso incondicional del bastón. "¡Benditas las manos!", añaden entonces, refiriéndose a un maestro que repartía el pan de la ciencia con la ayuda de una vara nudosa y tenía, alto y robusto como era, una forma especial de coger a los niños por las orejas y levantarlos. […] Treinta niños que se aburren, rompen las cuchillas de afeitar al través, las clavan medio centímetro en la madera de los pupitres y las pulsan como si fueran guitarras; se intercambian obscenidades que hago como que no oigo: "¡Tu hermana, tu madre!"
 Blasfeman, escupen, hacen conejos con las hojas de cuaderno, […] Y hacen barcos y sombreros […] Se aburren, pobrecitos. Qué van a pensar en las cuentas, la gramática, las ciudades del mundo o en lo que produce Sicilia; en lo único que piensan es en comer. Apenas el bedel toque la campana saldrán corriendo para coger el tazón de aluminio; judías con caldo con unos redondeles de margarina, la metralla del "corned beef", la lonja de membrillo que envuelven con la hoja de los ejercicios para luego ir lamiendo membrillo y tinta por la calle.
 El director viene dos o tres veces al año. Es un buen hombre, constantemente atribulado porque es de izquierdas y, por ello, suscita las malas atenciones de su directo superior, con las normales consecuencias del caso. Tiene debilidad por la aritmética y angustiosas preocupaciones higiénicas. El que había antes, sin embargo, sentía preferencia por la gramática italiana y su plato fuerte era una filosófica cavatina sobre el verbo ser. Éste es más tranquilo. Entra y mira a los niños sentados en los pupitres viejísimos e incómodos; a los más grandecitos, que lo miran con las manos en los bolsillos, les dice que las pongan sobre la mesa:
 -Si no, luego se convierte en un vicio -me dice.
 Yo digo que sí. Apruebo cuanto dice. Estoy de acuerdo: la disciplina, el provecho, explicar de esta manera el 3,14, el número fijo para hallar la apotema, aquel muchacho parece un poco tocado de la cabeza, aquellos otros no se lavan. Sí, blasfeman. En las paredes de los retretes escriben cosas muy escandalosas. En la calle molestan a los viejos y a los bedeles en el atrio. Suben por los tubos de los canalones, saltan las lanzas de las verjas. Sí, todo eso hacen. Y se pelean por la comida, para decidir quién de ellos debe ir; cada día diez chicos. En realidad tienen hambre. De acuerdo: insistiré en la geografía y en que se sepan el trapecio de cabo a rabo. Les diré que se corten el pelo y se laven las piernas, las manos y las orejas: "Tan sucias que en ellas se podrían plantar habas".
 Algunas veces viene también el inspector. Con gran intuición viene siempre en el momento o el día en que el director está ausente. Es evidente que no traga a esos treinta muchachos sucios y desgreñados que ni siquiera se sienten cohibidos por su presencia y siguen murmurando y peleándose entre sí. Ve la vara sobre mi mesa y seguro que se imagina un fresco de escenas de tortura. Nunca les he pegado, el bastón lo utilizo para señalar las ciudades y los ríos en el mapa. Estoy seguro, sin embargo, de que el inspector no se lo creería.
 -Hay que tratarlos con dulzura -dice.
 Me cuenta algo de uno de sus alumnos ("porque yo he salido de la nada", me dice con orgullo):
 -Era mentiroso, violento y hasta ladrón -pero él le condujo con dulce persuasión al orden y al estudio. Luego entró en la policía y fue un cotizado funcionario del Ovra.
 -Sí -le digo-, la dulzura lo puede todo -y no doy a la frase ni la más leve sombra de ironía.
 Cada semana viene el cura para la media hora de religión. Cada vez empieza por el principio, Adán y Eva. Los niños juegan a pulsar las cuchillas de afeitar. Alguna blasfemia zumba en el aula, pero el cura no disimula como yo. Promete el fuego eterno. Ríen y él se pone rojo de ira. Y me veo obligado a intervenir con una inútil reprehensión.
 […] Hacen pequeñas burlas. Reflejan la opinión de sus padres, que ni siquiera opinión puede llamarse, toda vez que no es más que un conjunto de trivialidades y anécdotas obscenas sobre los curas y las hijas de María, y de un miedo supersticioso. Temen asimismo los hechizos, el mal de ojo, los secretos mágicos que llaman mala ventura y a los que la dicen. Un muchacho me confía que lleva siempre en el bolsillo una llave, tres clavos y un diente de ajo, de esta manera nunca será objeto de un mal de ojo y me aconseja que lo pruebe.
 También sé por qué partido votan sus padres. Un día un chico me habló de otro chico con el que había peleado, que era comunista. Creía que debía castigarlo. Le dije que en Italia uno podía ser lo que quisiese. Entonces todos me dijeron por quién votaban sus padres, pese a que yo les dije que no me interesaba. Veinte eran comunistas, el resto demócratas (aquí democracia equivale a democracia cristiana) excepto uno que votaba misino. A este último se le echaron todos encima:
 -Eres misino porque tu padre trabaja en Gíbili.
 Gíbili es una mina de azufre que está en manos de los fascistas y los que en ella trabajan están considerados como privilegiados pues perciben un sueldo que supera las mil liras. Los demás, en las salinas, ganan quinientas liras al día. Los braceros agrícolas, cuando hay trabajo, ganan unas seiscientas, pero no trabajan más de ochenta jornadas al año. Los de Gívili tienen radio y cocina a gas, aunque siguen viviendo en covachas que no tienen otra luz que la de la puerta. Sin embargo, en estas azufreras, hay peligro de muerte; las galerías no son seguras, además está el grisú y el ascensor puede desengancharse al bajar.
 Los hijos de los mineros y de los que trabajan en las salinas son un poco más despiertos que los hijos de los campesinos.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1983, en traducción de Rossend Arqués. ISBN: 84-02-08656-X.]


viernes, 3 de mayo de 2019

Carta a un joven profesor. Por qué enseñar hoy.- Philippe Meirieu (1949)


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2.-Enseñamos para que los demás vivan la alegría de nuestros propios descubrimientos

«Hemos comprendido perfectamente que actualmente la transmisión se organiza en grupos, se efectúa en espacios y horarios limitados, a partir de programas impuestos y con multitud de tareas enmarcadas de las que no podemos escabullirnos: verificación de ausencias, corrección de los trabajos y evaluaciones de todo tipo, reuniones de concertación, encuentro con las familias, redacción de proyectos múltiples y de numerosos informes. Peor aún de sobrellevar que el peso de la administración es la ingratitud de los alumnos puesto que, aunque todo profesor espere en secreto que algún día esta situación cambie, percibe la impaciencia de sus alumnos en el momento del recreo. Secretamente espera, a  menudo en vano, que un discípulo venga a decirle en voz baja: "Todavía no, profesor, mejor nos quedamos a charlar de lo que acabamos de decir..."
 Pero como ya explica Daniel Hameline a aquellos y aquellas que todavía sueñan con que la clase sea una verdadera fiesta del saber, una celebración colectiva consentida de la inteligencia de las cosas, un grupo de descubrimiento alegre y espontáneo, "a partir de ahora, la fiesta está en otra parte". Irremediablemente, para la inmensa mayoría de alumnos, nunca más habrá fiesta en la escuela... porque precisamente "la fiesta se produce cuando no hay escuela".
 Así que nos hemos quedado desprovistos del todo, viviendo en la esperanza de lo que, a partir de ahora, parece imposible, después de haber elegido un trabajo para materializar algo que resulta inasequible. Constantemente insatisfechos y esperando en vano cada año que nos toque la "clase adecuada", "los alumnos adecuados", con los que podamos recrear la imagen primitiva de la cual se alimenta nuestra elección profesional. Tal vez sea por ello que la promoción, en la educación nacional, consiste en acercarse, en función de la antigüedad y de la escala salarial, a los públicos elegidos -los "grandes institutos", las clases preparatorias para las grandes escuelas- en los que tenemos -o eso nos parece a nosotros- unas cuantas oportunidades más de encontrar aquello a lo que aspiramos legítimamente. Pero tan sólo unas pocas oportunidades más, ya que incluso en la universidad nos desencantamos pronto. Y así es cómo acabamos por quedarnos solos, al final de la clase, esperando en vano la frase que justificaría, en definitiva, todo nuestro esfuerzo: "Todavía no, profesor, mejor nos quedamos a charlar de lo que acabamos de decir..."
 He aquí una serie de cosas de las que apenas hablamos y que, no obstante, son nuestro bagaje común: todos vivimos en una disparidad, difícil de aceptar entre nuestro ideal y nuestra vida cotidiana. Y sufrimos por ello: con mayor o menor intensidad, a veces hacemos que el sufrimiento vuelva hacia nosotros: "Soy un verdadero inútil y nunca debiera haberme dedicado a esta profesión". A veces, lo transformamos en agresividad contra la "pseudodemocratización de la escuela" y "el descenso del nivel que fomenta los políticos demagógicos". Creedme: no hay ningún profesor que esté a salvo de estas quejas. Y no os sintáis culpables por ceder a ellas en algunas ocasiones. Es el inevitable reverso de la moneda. El reverso de la ambición luminosa que nos ha hecho elegir esta profesión...
 Soy el primero en comprender -porque yo mismo lo he vivido- este sentimiento de irritación frente a lo que se presenta ante nosotros como un acoso administrativo absurdo en comparación con nuestro proyecto de enseñar: "Sr. Meirieu, no ha cumplimentado usted correctamente el cuaderno de textos de la clase... Se está retrasando en la entrega de las notas... ¿Acaso se ha olvidado de las últimas instrucciones ministeriales sobre gramática? ¿Se ha ocupado de convocar a los padres de este alumno? ¿De hablarle al asesor educativo de aquel otro y de reunirse con la asistenta social para recordarle el caso de un tercero?" O también: "Sr. Meirieu, no ha hecho usted nada por la semana de la prensa en la escuela, ¿qué piensa hacer para la semana contra el racismo? ¿Acaso no subestima usted su papel en cuanto a la educación para la salud? Parece que se le han olvidado cuáles son nuestras responsabilidades en materia de prevención de accidentes de tráfico. ¿Está usted seguro de que el libro con el que enseña a leer a sus alumnos está en el programa?" Acabamos explotando. Y, en los momentos de cólera, acabamos preguntándonos si los que se ocupan de la administración de nuestra institución no tienen como objetivo principal impedir que enseñemos.
 Sin duda los responsables de la máquina-escuela no han valorado en su justa medida este fenómeno. A veces incluso nos preguntamos si no sueñan con una institución sin profesor: una especie de self-service en el cual los alumnos serían puestos a cargo, alternativamente, de ordenadores y de interventores externos, con evaluación en tiempo real de las competencias adquiridas y nueva repartición inmediata en "grupos provisionales y adaptados". De este modo, los directores y los altos cargos de centros de enseñanza podrían, a partir de un diagnóstico inicial de los alumnos, conseguir lo más parecido posible a la eficacia inmediata, identificar, de la mejor manera posible a los alumnos rebeldes y poner en práctica los remedios necesarios... sin tener que hacerse cargo de los estados de ánimo de profesores que todavía sueñan con pasearse, de vez en cuando, por la orilla del Ilisos.
 Por lo que a mí respecta, no guardo la menor simpatía por esta fantasía tecnocrática que recuerda las escenas más sombrías de la ciencia ficción. Ante todo, soy profesor e, igual que vosotros, no estoy contento de verdad hasta que me acerco un poco a mi fuente interior o cuando salgo de una clase con la sensación de que "ha ido bien".
 Sé muy bien que al confesar esto corro un riesgo doble: por una parte, el de la necedad y por la otra, el de la provocación. Necedad, para los incrédulos de las ciencias llamadas "humanas" que me encasillarán definitivamente en el ámbito de los mediocres: "Ahora Meirieu se pierde en lo indecible... Un poco más y caerá en una crisis de misticismo". Provocación para los defensores de los "conocimientos disciplinarios" que ven en mí a un sepulturero de la cultura: "Después de todos los discursos que ha mantenido sobre el proyecto de centro educativo y la pedagogía diferenciada, ¿cómo vamos a creer esta confesión insolente?" Y, sin embargo, ante un profesor joven, lo digo y lo mantengo: no crearemos la "escuela del éxito de todos", como nos invitan a hacer los políticos, contra lo que mueve a cada profesor en su proyecto más íntimo. Tampoco la crearemos sin los profesores en su conjunto. Imponiéndoles desde el exterior toda una serie de obligaciones que no tienen nada que ver con sus principales preocupaciones y que suelen vivir como obstáculos para desempeñar su misión.
 Por esto defiendo la idea iconoclasta según la cual sería conveniente que toda persona que asume responsabilidades administrativas o pedagógicas mantuviera un contacto regular con los alumnos, que el director del centro siga enseñando algunas horas por semana su asignatura principal, igual que el inspector, e incluso el inspector general. Que tanto los funcionarios de la administración central del ministerio como los rectores y sus colaboradores sigan dando clase en el ámbito escolar y universitario.
 Para que nadie olvide de dónde emana y dónde puede regenerarse continuamente el proyecto de enseñar.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial GRAO, 2010, en traducción de Nuria Riambau. ISBN: 978-84-7827-454-3.]