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domingo, 19 de abril de 2026

Cuentos de Canterbury.- Geoffrey Chaucer (1343-1400)

Prólogo del cuento del cocinero

 «Al concluir de hablar el mayordomo, el cocinero londinense dióle una afectuosa y jovial palmada en la espalda y dijo: -¡Pardiez! ¡Por la pasión de Cristo que el molinero remató bien el lance del hospedamiento! Ya aconsejó Salomón: "No metas extraño en tu casa". Sí, que dar albergue nocturno es peligroso. Mucho debe el hombre mirar a quién permite morar en su habitación. Dios me aflija con calamidades si nunca, desde que me llamo Hodge de Ware, he oído contar que molinero alguno se viera en tales aprietos. ¡Buena burla le gastaron a favor de la oscuridad! Pero, pues Dios dispone que esto no quede aquí, si vosotros consentís en escuchar a un pobre hombre como yo, quiero contaros tan bien como pueda, una burla que acaeció ha tiempo en nuestra ciudad.
 El hostelero contestó de este modo:
 -Cuenta, Hodge, y procura que sea buen relato, que así tenemos derecho a pedírtelo. Porque tú has escamoteado el relleno de muchos pasteles y has vendido mucha masa dos veces recalentada y enfriada dos veces. Grandes maldiciones en Cristo te han dirigido los peregrinos que comieron tu ganso aderezado con perejil, y a los que todavía les duele el estómago a causa de la gran copia de moscas que tienes en tu cocina. Vamos, gentil Hodge, habla ya, por tu nombre. Y no te enojen mis chacotas, que muy grandes verdades se pueden expresar en chanza.
 -Bien hablas -contestó Hodge-, pero broma verdadera no es una buena broma, como los flamencos dicen. Y así, Enrique Bailly, no te incomodes, porque te prevengo que mi cuento versa sobre un posadero y, si has de ofenderte, callaremos.
 Y, rompiendo a reír, ensartó algunos donaires y luego empezó su cuento de esta manera.

Cuento del cocinero (1)

 Vivía antaño en nuestra ciudad un aprendiz de un gremio de tratantes en vituallas. Era un mocito apuesto, aunque de corta estatura, risueño como jilguero de bosque, moreno como fruta de matorral, con bucles negros, diestramente peinados. Por lo bien y galanamente que danzaba, llamábanle Pedrito el Retozón. Rebosaba amor y ardor como la colmena dulce miel, de manera que no tenía mala fortuna la moza que con él se encontraba. Cantaba y bailaba en todas las bodas y prefería la taberna a la tienda en que hacía su aprendizaje.
 Siempre que había en Chepe alguna fiesta o cabalgata, el aprendiz se escapaba de la tienda y no retornaba en tanto que no había visto todos los festejos y danzado en ellos muy a su sabor. Pertenecía a una banda de muchachos de su condición, que siempre andaban juntos, bailando o cantando, y también se reunían en ciertos lugares para jugar a los dados. No había aprendiz de Londres que supiera tirar los dados mejor que Pedrito. Además, éste era muy amigo de dilapidar dinero en casas secretas; y todo ello redundaba en detrimento de su patrón, que asaz a menudo encontraba su caja vacía. Porque habéis de saber que si un aprendiz es inclinado al juego, la orgía o las mujeres, al amo le toca pagarlo, cargando con los gastos de la música sin tocar en ella; pues, en un aprendiz, diversión y robo son palabras sinónimas. Siempre se ha visto que, en la gente de condición humilde, el refocilamiento y la honradez son cosas que no pueden existir a la par.
 Este jovial aprendiz vivió con su amo hasta llegar casi al término de su aprendizaje, sin dejar nunca de ser reprendido mañana y noche y encerrado algunas veces en Newgate como castigo de sus jolgorios. Pero al cabo, su patrón, examinando un día sus cuentas y libros, hubo de reflexionar sobre el proverbio que aconseja retirar del montón la manzana podrida, para que no dañe a las demás. Igualmente es provechoso despedir al sirviente disoluto antes de que su ejemplo pierda a todos los demás de una casa.
 Y, pensando así, el patrón licenció a su aprendiz, enviándole muy enhorabuena. De manera que desde entonces el jovial Pedrito quedaba libre de pasar la noches divirtiéndose o haciendo lo que le pluguiera.
 No hay delincuente sin cómplice que le ayude a gastar lo que el primero pudo robar o sacar con engaño; y Pedrito tenía uno, a cuya casa expidió su lecho y efectos. Era este hombre de idénticas inclinaciones que Pedrito, gustándole los dados y las refocilaciones y turbulencias. Su esposa fingía vivir de una tienda, mas no se sustentaba de ello, sino de prostituirse...»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1984, en traducción de Juan G. de Luaces, pp. 71-73. ISBN: 84-320-3921-7.]

lunes, 16 de junio de 2025

"Son las cinco".- El galgo de Paiporta

 


"Son las cinco y no he comido, creo que también es importante".









 [La frase pertenece al ególatra denominado "el galgo de Paiporta", pronunciada el 16 de junio de 2025, a las 5 de la tarde en la casa delincuencial socialista.]

 [Nota: "En las esquinas grupos de silencio, [...] las heridas quemaban como soles [...] y el gentío rompía las ventanas, [...] ¡qué terribles cinco de la tarde!, ¡eran las cinco en todos los relojes!, ¡las cinco eran en sombra de la tarde!" (versos que pertenecen al poema "Llanto por Ignacio Sánchez Mejías" de Federico García Lorca) cuando el galgo de Paiporta abría su boca de bestia perezosa, mezquina y canallesca y emitía un "no he comido" gargantuelesco y pantagruélico que movía, aún no se colige bien, si al asco o a la risa grotesca...]     


domingo, 14 de abril de 2024

54.- Wu Ming (Roberto Bui -Wu Ming 1-, Giovanni Cattabriga -Wu Ming 2-, Luca Di Meo -Wu Ming 3-, Federico Guglielmi -Wu Ming 4- y Riccardo Pedrini -Wu Ming 5-)


Narrativa transmediática y communal fiction en Wu Ming ...
Primera parte: Šipan

Capítulo 5

  «Declaración realizada el 8/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana sobre la desaparición de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 Me llamo Pagano Salvatore, nacido en Nápoles el día 21 de julio de 1934. Mi madre se llamaba Carmela, pero todos la conocían como Nennella, sobre todo en Vergini. El barrio, quiero decir. El barrio de Vergini.
 De mi padre nada sé, y no digo más.
 A mí, sin embargo, los amigos, los chalanes de Agnano y también otros amigos, me llaman Kociss. Bueno, también Salva el de la Virgen, pero más Kociss. ¿No lo entiende? Kociss, con «k», ya sé que en nuestro alfabeto no existe, pero en el americano y los extranjeros, sí. La k, quiero decir. Pero ¿no conoce usted al gran futbolista húngaro? ¡Kociss!
 ¿Si soy futbolista? No, pero qué importa, número uno, porque yo al balón sé jugar de verdad, y aunque tengo casi veinte años, si tuviera más suerte hasta podría triunfar, pero da igual, porque el nombre me lo gané por algo que no tiene nada que ver con el balón, bueno, sí, tiene que ver, pero esto es otra historia. En fin, ¿tiene presente a ese gran equipo que es Hungría, que este año ganará a todos en la Copa del Mundo que se juega en Suiza? Pues en ese equipo hay varios jugadores y hay uno que mete cada gol de cabeza que, cómo le diría, los clava. Fulminantes. Él y Puskas meten goles a paladas, lo nunca visto, vamos. Y este que le digo los mete casi todos de cabeza, el no va más. Kociss.
 Pero, bueno, a lo que iba, que algunos amigos y otros también, ya sabe cómo son los amigos, siempre de coña, en fin, que me llaman así porque según dicen cuando me pongo a discutir con algún tipejo que tiene mal perder, cosa que no suele ocurrir, quede claro, pues eso, que pocas veces eso pasa y que si tú de qué vas, a mí no me vaciles, salen a relucir las madres y hasta ahí hemos llegado, ya me entiende, pues eso, que según ellos les suelto un cabezazo, aunque eso pasaría una vez, dos como mucho, ya sabe cómo son los amigos, y dicen que les dejo grogui, y por eso me pusieron ese nombre. Pero no era esto lo importante, perdone, lo que quería decirle es que en el asunto ese del televisor yo no tengo nada que ver.
[…]

Capítulo 11

  Declaración hecha el 25/01/1954 al comisario de la policía nacional Pasquale Cinquegrana por Pagano Salvatore, de padre desconocido, sospechoso del robo de un caro aparato de televisión de marca americana de la base militar de las Fuerzas Aliadas de Agnano, Nápoles.

 De acuerdo, entendido. Dice usted que hubo una persona que me vio por la base. Agnano, quiero decir. La base de los Aliados de Agnano. Pero ¿qué significa eso? Puede haberse equivocado, ya sabe lo que pasa cuando está oscuro, que cree uno reconocer a un amigo y en cambio es alguien que no tiene nada que ver. Eso es, así debe de haber sido. ¿Qué cree? Hay más de una persona que le puede decir que estaba en la fiesta. Ya le hablé la vez pasada de la fiesta, esa de Reyes. En el orfelinato de Santa Teresa. Por supuesto, para repartir los regalos a los críos, ¿cómo no? Puede preguntarle a sor Juliana, si usted quiere, allí no estaba oscuro, ella me vio perfectamente la cara, incluso hablamos. Y estaba además sor Magdalena, puede preguntarle también a ella. No pensará que dos monjas vayan a mentirle, son esposas de Cristo, ya conoce a las monjas, oración y buenas obras, no saben siquiera lo que es la mentira, es decir, entiéndame, lo saben, pero piensan que cuando se miente la Virgen llora, de veras, eso nos decían, ¿ya sabes lo que pasa si dices mentiras?
 A mí fueron ellas las que me educaron. Las monjas, quiero decir. Sor Juliana y sor Magdalena juntas. Usted mismo puede comprobarlo, hasta los trece años viví en el orfelinato de Santa Teresa, porque, en fin, mi madre apenas tenía dinero para ir tirando, la pobre, y con el oficio al que se dedicaba, no sé si me explico, una criatura era una buena carga. De mi padre, en cambio, no añado más. Hermanos, hermanas, tal vez tengo muchos, pero nunca nadie me ha dicho nada.
 Y ya que va, cuando vea a las monjas, pregúnteles a ellas si soy yo un delincuente, como dice. Ya sabe, ellas no dicen nunca mentiras. ¿Salvatore Pagano? Es un buen chaval, sí, siempre con los caballos, con las apuestas, pero ¿qué quiere usted?, de alguna manera se tiene que vivir. Porque a ellas, las monjas, tampoco las apuestas les hacen mucha gracia. Pues si uno apuesta demasiado, hace llorar a santa Teresa. Eso nos decían. Cada pecado tiene a su santo que llora, y cuanto más grave es el pecado más importante es el santo. Pero, perdone, le estaba hablando de las monjas. ¿Salvatore Pagano? No ha robado nunca nada, le dirían, aparte de algún que otro caramelo, y sí, claro, también algún que otro cigarrillo, y una vez, pero una sola vez, una botella de vino de la bodega, pero un televisor, eso es demasiado, ¿y dónde habría puesto él un televisor? No, no, Salva es un buen chaval, le dirían.
 Porque, mire, para demostrarle que quiero ser sincero con usted hasta el fondo, como en un confesionario, aparte de los caramelos, los cigarrillos y la botella de vino, una vez, pero una sola, ¿eh?, hubo también otra cosa. Y no creo que esto las hermanas se lo vayan a contar, porque, en fin, también ellas, en este caso, ¿entendido, no? Y esto es lo más gordo que he hecho nunca, con la mejor de las intenciones, por supuesto, algo justo, sí señor, pues de lo contrario las hermanas no me lo hubieran dejado hacer nunca, pues vivía aún medio con ellas, en aquel entonces. Sí, medio, en fin, a medias, a ratos, por el día me iba por mi cuenta y por la noche volvía con ellas a dormir. Tenía trece años, entonces.
54 wu ming - Vendido en Venta Directa - 145141054 ¿Le he dicho, no, que hay ciertos amigos, pero pocos, y otros también que me conocen como Salva el de la Virgen? No, no, tranquilo, no estoy cambiando de tema otra vez. Esto tiene que ver con esa cosa gorda, pero justa, que hice hace mucho tiempo, la de las monjas. En fin, le decía que me llaman así, Salva el de la Virgen, por el hecho de que yo, no solo precisamente, mejor dicho, junto con otras personas, hice llorar a la Virgen. ¿Para qué mentir, disculpe? Eso es una forma de hablar. No, a estas Vírgenes no las he hecho llorar con mentiras. Esas lloraban de verdad. Es decir, de verdad no, no era un verdadero milagro, era una mentira, pero lloraban, eso sí. ¿Que no entiende? Se lo explicaré mejor: esas otras personas con las que estaba echaban una mano a otras personas, gente importante, peces gordos. Estos peces gordos iban a muchísimos pueblos de los alrededores de Nápoles, Acerra, Marano, Afragola, hablaban de sus cosas, hacían propaganda, contaban sus proyectos. Y cuando se iban, y la gente seguía aún toda allí, al pie del escenario, pues estos peces gordos hablaban desde un escenario, nos presentábamos nosotros. O sea, esas otras personas y yo. Y no es que yo tuviera que hacer gran cosa, me mandaban a la iglesia del pueblo, junto con el párroco, que estaba también con nosotros, y en un momento dado tenía que salir yo corriendo afuera, como loco, diciendo que había visto llorar a la Virgen, que era un milagro, ¡corred!, que una viejecita que estaba a mi lado se había desmayado del susto. Y había veces en que esas otras personas que estaban conmigo habían colocado una botellita de agua dentro de la estatuilla de la Virgen, y ella lloraba de veras, es decir, de veras no exactamente, no es que fuera un milagro, pero, en fin, parecía que llorase. Pero en otras ocasiones no era necesario, bastaba con que los del pueblo vieran al chaval y a la viejecita que decían sí, que la Virgen había llorado, que ellos la habían visto, mientras aquel pez gordo decía que había que votar por él, cruz sobre cruz, pues si no ni Virgen ni Italia ni nada, iban a llegar esos ogros que se comían a los niños y… ¿No quiere que le cuente esta historia? ¿Que ya la conoce? Está bien, está bien, no diré nada más, ya le dije que era algo gordo, que a usted se lo quería contar todo, como en un confesionario, en fin, pero a mí esa gente me la hicieron conocer las monjas, y me dijeron que, bueno, había mentiras y mentiras, y que ésa era con buenas intenciones, también usted hubiera dicho mentiras buenas, y esta era una de ellas, y era tan buena que a fuerza de decirla parece que salvamos a Italia en el cuarenta y ocho, yo y esas otras personas… Está bien, no le interesa, ya lo he entendido, acabo enseguida, en cualquier caso fue por eso por lo que algunos amigos, pero pocos, y también otros me llamaban Salva el de la Virgen. A mí, Kociss me gusta mucho más.
 Pero si no quiere oír esta historia, vuelvo a decirle que yo con este problema del televisor americano no tengo nada que ver. Y esto de la Virgen es lo más gordo que he hecho nunca.
 ¿Las cinco mil liras, dice? ¿Qué cinco mil liras? ¿Que las tenía en el bolsillo? Bueno, sí, es cierto, cinco mil liras, pero esas son mías. ¿Y cree que si hubiera vendido a alguien un televisor americano le habría pedido nada más que cinco mil liras? Vale veinte veces más, por lo menos. Pero le parece extraño que uno como yo vaya por ahí con cinco mil liras en el bolsillo. Y bueno, ya le he dicho que tampoco a las monjas les gusta, pero que yo apuesto a los caballos, que santa Teresa me perdone, y las veces que gano, me saco alguna cosa. Además, ya sabe lo que pasa, siempre ando por el hipódromo, y limpia aquí, lleva esto allá, vete rápido a hacer una apuesta para el señor que no quiere molestarse, y también así se saca uno algo. Pero poquita cosa, cuatrocientas, quinientas liras como mucho. Las cinco mil liras, esas las gané a los caballos. En el Gran Premio del domingo éramos tres, me parece, yo aposté por Monte Allegro, todos decían que ganaría Ninfa y en cambio ganó Monte Allegro. Ya sabe, Agnano es mi segunda casa, o mejor dicho, incluso la primera, y yo los caballos los conozco bien de verdad, y Ninfa el día antes había tenido un cólico de miedo, mientras que Monte Allegro estaba en buena forma. El totalizador lo daba a cien liras, puede comprobarlo usted mismo, y yo aposté por él todos mis ahorros, quinientas liras, exactamente.
 ¡Una gran apuesta, comisario, nunca he visto tanto dinero en mi vida!»

      [Wu Ming es el pseudónimo de un grupo de escritores italianos que trabajan de forma colectiva].
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Mondadori, 2003, en traducción de José Ramón Monreal, pp. 50 y 75-76. ISBN: 978-84-3970-985-5.]


domingo, 26 de noviembre de 2023

Hadas, brujas y hombres lobo en la Edad Media.- Claude Lecouteux (1943)

Claude Lecouteux – José J. de Olañeta, Editor
Anexos

III.-El proceso al hombre lobo (enero de 1691, Jürgensburg, Livonia)

 «Nos parece útil dar la traducción de este documento desconocido en nuestro país, pues presenta un múltiple interés: vemos a los jueces enviscados en sus preguntas rutinarias, que tienden a medirlo todo con el rasero del cristianismo; constatamos su incapacidad para comprender una mentalidad que no es la suya; descubrimos que algunos hombres lobo son los defensores de la sociedad. Hay sobre todo la aculturación casi completa de los antiguos datos referentes al Doble, bien documentados todavía en el caso de los Benandanti: ya no se trata de cuerpos en letargia, y la metamorfosis es sustituida por un traje de lobo. También encontramos las indicaciones del momento: el día de Santa Lucía, bien conocido en el mundo germánico por el paso del Cortejo salvaje y por el recrudecimiento de la actividad de los espíritus; el día de San Juan, fiesta del solsticio, una de las dos “puertas” (januae) del año, aunque no sepamos aquí si se trata del San Juan de verano (24 de junio) o del de invierno (27 de diciembre), y el día de Pentecostés, gran fiesta de la renovación primaveral.
 Traducimos las partes más importantes de las actas del proceso, tomándonos la única libertad de restablecer el diálogo, mientras que el escribano lo consignó todo en tercera persona. Se respeta la grafía de los nombres propios y sus variantes. Algunas dificultades léxicas se superan en función del sentido general. Seegen significa a la vez “bendición, suerte” y “fertilidad”; zauberer, “mago” y “brujo”; blüthe, “floración, flor, semilla”.
 In Puncto Licantropía y otros Actos prohibidos y nefastos. Jueces presentes: el Sr. asesor Bengt Johan Ackerstaff, sustituto del juez provincial. El Sr. asesor Gabriel Berger.
 Como Peter, posadero de Kaltenbrun, ha sonreído tras haber prestado juramento, se le pregunta la razón. Responsio: Veo que mi compadre, el viejo Thies, también tiene que jurar. Quaestio: ¿Y por qué no habría de prestar juramento como tú y prestar testimonio sobre el vuelo ahora en la iglesia? R.: Todo el mundo sabe que es amigo del diablo y que es un hombre lobo. ¿Cómo puede jurar si no niega haberlo sido durante largos años?
 Tras oír a los otros testigos, ad dandum testimonium, se reprocharon estos cargos al viejo Thies, que simplemente reconoció haber sido antaño hombre lobo, pero que ya no lo era desde hacía diez años; declaró además que ya lo habían interrogado sobre eso en Nitau, en la época en que todavía eran jueces el señor barón de Crohnstern y los señores Rosenthal y Caulich, cuando, por aquel entonces, Skeistan, campesino de Lemburg hoy difunto, le había partido la nariz porque el declarante había traído del infierno las semillas de trigo que el tal Skeistan había arrojado allí para evitar que creciese el trigo. Los jueces arriba mencionados no le habían hecho nada, se habían burlado de él y lo habían dejado libre porque Skeistan no se había presentado.
 Entonces, antes de seguir cualquier interrogatorio, se informaron de si Thies se encontraba en posesión de todos sus sentidos y de toda su razón y si no había estado loco, o si no lo seguía estando, a lo cual, además de aquellos que conocían bien a Thies, respondió el señor Bengt Johan Ackerstaff, en representación del juez provincial, diciendo que Thies había vivido antaño en sus tierras y había estado a su servicio varios años, que nunca había carecido de sentido común, que nunca había negado lo que era y que, como los jueces de aquella época no le habían hecho nada, Thies había sido hombre lobo tanto más libremente y que los campesinos lo habían tomado casi por un ídolo.
 Ipse ad baec quaerebatur: ¿Cuándo y en qué lugar te golpeó Skeis-tan y con qué? R.: En el infierno, con un mango de escoba del que colgaban colas de caballo. El juez que presidía la sesión dio fe de que en aquella época Thies había tenido destrozada la nariz. Q: ¿Cómo fue el declarante al infierno y dónde se encuentra éste? R.: Los hombres lobo van a pie, con el aspecto de lobos; el infierno está en el extremo del lago llamado Puer Esser, en el pantano que hay junto a Limburg, a una media milla de Klingenberg, dominio del señor sustituto del presidente. Allí hay espléndidas mansiones y guardianes que golpean violentamente a los que quieren llevarse las semillas de trigo y el trigo llevados a aquel lugar por los brujos. Las semillas se conservan en una bolsa (?) y el trigo en otra.
 Q: ¿Qué aspecto teníais cuando os transformasteis en hombres lobo? R.: Teníamos una piel de lobo que simplemente nos poníamos encima. Un campesino de Marienburg, venido de Riga, me trajo una que luego di a un campesino de Alla, hace ya algunos años.
 Preguntado, Thies no quiso decir sus nombres y cuando se indagó specialius, varió (en sus declaraciones), diciendo que se iban a los matorrales, se quitaban las ropas habituales, se transformaban inmediatamente en hombres lobo y deambulaban como lobos, despedazando los caballos y el ganado que encontraban. Pero el declarante nunca despedazó animales grandes, tan sólo corderos, cabritos, cochinillos, etc. De todos modos, en la región de Seegewold, había un individuo muy destacado, ahora ya muerto, llamado Tyrummen —el declarante no era nada comparado con él porque el diablo da más poder a uno que a otro—, y aquel individuo se dedicaba al ganado crecido si lo encontraba, a los cerdos de engorde, se los llevaba de las granjas y los devoraba en compañía suya. A menudo eran veinte o treinta a la vez los que se llevaban un montón [de animales], luego comían en los caminos y asaban [sus presas].
 Q: ¿Cómo hacíais fuego y con qué? R.: Tomábamos el fuego en las granjas, y de los calderos, y nos hacíamos espetones con madera, quemábamos los pelos; no comíamos carne cruda. Q: ¿Participó a menudo el declarante en tales banquetes? R.: Sí, por supuesto. Q: ¿Qué hacían con los animales pequeños que cogían? R.: También los devorábamos. Q: Dado que os habíais transformado en lobos, ¿por qué no os comíais la carne cruda, como hacen los lobos? R.: No tenemos la costumbre. Nos la comemos asada, como hombres. Q: ¿Cómo la sujetabais, puesto que, según declaras, teníais cabeza y patas de lobo con las que no podíais sujetar un cuchillo ni preparar un espetón ni llevar a cabo los demás trabajos necesarios? R.: No teníamos necesidad de cuchillos, desgarrábamos la carne a dentelladas y fijábamos los pedazos de carne sobre trozos de madera, si encontrábamos, y cuando nos la comíamos éramos otra vez como hombres, pero, al hacerlo, no empleábamos pan. Cogíamos sal en las granjas, cuando nos íbamos. Q: ¿Os saciabais completamente y el diablo comía con vosotros? (Prius affirmat, posterior negat). R.: Los brujos comían en el infierno con el diablo, cosa que no se permitía a los hombres lobo, que entraban rápidamente, se apoderaban de algo y emprendían la huida con su botín, porque, si los cogían, los guardianes enviados por el diablo nos pegaban ferozmente con grandes azotes de hierro, que ellos llamaban vergas, y nos echaban del infierno como perros, porque el diablo, pro idiomate Lettico Ne eretz, no podía soportarnos.
 Q: Puesto que el diablo no podía sufriros, ¿por qué os transformabais en hombres lobo e ibais al infierno? R.: Porque queríamos traer del infierno lo que los brujos se habían llevado allí, ganado, trigo y otras semillas; porque yo y los demás habíamos tardado en hacerlo cierto año y no llegamos al infierno cuando las puertas todavía estaban abiertas, no pudimos traernos las semillas y el trigo cogidos por los brujos y hubo mala cosecha. Pero este año, yo y los otros hemos actuado a tiempo y hemos hecho lo que debíamos.
 Según eso, el declarante trajo personalmente del infierno tanta cebada, avena y centeno como podía llevar encima, y por lo tanto tuvimos excelentes cosechas, aunque más de avena que de centeno.
 Q: ¿Cuándo sucedió eso? R.: Antes de Navidad, la noche de Santa Lucía. Q: ¿Cuántas veces por año os reunís en el infierno? R.: Generalmente tres veces: las noches de Pentecostés, de San Juan y de Santa Lucía. Por lo que se refiere a las dos primeras veces, no siempre, pero sobre todo las noches en que el trigo está maduro, porque en ese momento los brujos lo toman enseguida y se lo llevan al infierno, y los hombres lobo se ponen manos a la obra para traerlo de nuevo. Q: ¿Con quién estabas la última noche de Santa Lucía? R.: Con gente venida de muchos pueblos, de la región de Rodenpei y de la de Sunszel; los conocíamos y les preguntábamos el nombre, porque había allí tropas diferentes. Skeis-tan Rein, hijo del hombre antes citado, había formado parte de una de ellas antes que yo, pero no lo he visto últimamente e ignoro la causa.
 Preguntado sobre los de Jürgensburg, Thies respondió que debían de formar parte de otra compañía, pues no había ninguno en la suya.
 Q: ¿Cómo puede decir el declarante que durante la última noche de Santa Lucía trajeron del infierno la buena cosecha de aquel año, que se habían llevado los brujos, si el trigo aún no está maduro y por tanto no se ha podido recoger? R.: Los brujos tienen su propio momento, y el diablo siembra mucho antes. Los brujos toman un poco, se lo llevan al infierno, y los hombres lobo lo traen de nuevo. Nuestra semilla ya no crece más, y lo mismo ocurre con los árboles frutales —también los hay en el infierno— y los peces. En Navidad, en el infierno, todos los trigos están ya completamente verdes, así como los árboles. Puesto que la última noche de Santa Lucía conseguimos traer una buena parte de los peces robados por los brujos, se puede estar seguro de que este año habrá buena pesca. Los brujos toman las semillas futuras y se las llevan al infierno, pero éstas no pueden crecer tanto como las que se siembran y crecen en el infierno.
 Q: ¿Habéis encontrado, cada vez que ibais al infierno, edificios que están allí permanentemente? Affirmat. Q: ¿Habéis podido ver gente que viviera alrededor? R.: Ese lugar no está en la tierra, sino debajo, y la entrada está protegida por una puerta que nadie puede encontrar si no forma parte de él. Q: ¿Hay mujeres y muchachas entre los hombres lobo, y alemanes? R.: Hay mujeres, pero no se admiten muchachas, porque si no, se convertirían en Puicken [¿variedad de demonios?] o en dragones, serían embrujadas y harían desaparecer la abundancia de leche y mantequilla. No hay alemanes en nuestra compañía; tienen un infierno particular.
 Q: ¿Qué sucede con los hombres lobo cuando mueren? R.: Son enterrados como los demás hombres, y sus almas suben al cielo. El diablo se lleva las de los brujos. Q: ¿Asiste el declarante a la iglesia, escucha con recogimiento la palabra divina, reza con celo y comulga? —Negat, no hace nada de eso—. Q: ¿Cómo puede ir a Dios tu alma si no lo sirves a él, sino al diablo, no vas a la iglesia ni para confesarte, y no comulgas, como tú mismo reconoces? R.: Los hombres lobo no sirven al diablo, pues le quitan lo que le llevan los brujos, por eso el diablo los odia, no los soporta y hace que los echen como perros, a golpes de azote de hierro. Los brujos sirven al diablo y cumplen su voluntad, por eso le pertenecen en cuerpo y alma. Todo lo que hacen los hombres lobo es por el bien de los hombres, y si ellos no existiesen ni robasen al diablo las promesas de cosecha, ya no quedaría nadie en el mundo.
 Y Thies confirmó esto mediante juramento, agregando que, el año pasado, los hombres lobo rusos llegaron antes y habían conseguido la bendición de su país (ihres landes seegen). Por eso creció allí tan bien el grano, al contrario que en nuestro país, porque nosotros llegamos demasiado tarde. Pero este año nos hemos adelantado a los rusos y tendremos un año fértil y bueno para el lino. ¿Por qué no va a aceptar Dios mi alma sólo porque no voy a la iglesia y no comulgo? Cuando era joven no me dijeron nada de eso, no me instruyeron. Yo no hago ningún mal.
 Se le prodigaron explicaciones con gran celo y finalmente se le hizo comprender.
Claude Lecouteux – José J. de Olañeta, Editor Q: ¿No es hacer mal robar ganado al prójimo, como has reconocido, y transformar imaginativamente la imagen de Dios, el hombre, en lobo? ¿Y faltar al juramento hecho en el momento del bautismo a Cristo tu Salvador, a saber, renunciar a Satanás, a sus obras y a sus pompas? ¿Y olvidar a Dios, cometer pecados muy prohibidos, que disgustan y ofuscan a los demás hombres? ¿Y no ir a la iglesia, donde, gracias a los sermones y a los sacerdotes, podrías alcanzar el conocimiento de Dios y servirlo? ¡Prefieres precipitarte camino del infierno cuando nuestro pastor pasa por las granjas y exhorta a rezar, a asistir asiduamente a la iglesia y a dejarse instruir! R.: He causado poco daño al ganado. Los demás han causado mucho más que yo. Es verdad que el señor pastor pasa por las granjas, instruye a la gente y reza con los que allí están. También yo repetía con ellos lo que decía el señor pastor, pero resultó que no pudo venir más. Y ahora que soy viejo, tengo que aprender todo eso.
 Q: ¿Qué edad tienes y dónde naciste? R.: Cuando los suecos tomaron Riga (1691) yo ya sabía rastrillar y labrar. Nací en Curlandia. Q: Puesto que la última noche de Santa Lucía fuiste otra vez al infierno, ¿por qué has pretendido que habías cedido tu condición de hombre lobo a un campesino de Allá hace tiempo? R.: No he dicho la verdad porque ya no tengo fuerza y soy viejo, pero ahora lo haré. Q: ¿Qué provecho has sacado de ser hombre lobo? Todo el mundo sabe que mendigas y no tienes ningún bien. R.: ¡Ninguno! Un individuo de Marienburg me convirtió en hombre lobo bebiendo a mi salud, y a partir de entonces tuve que comportarme como hombre lobo. Q: ¿Reciben los hombres lobo un signo del diablo para que pueda reconocerlos? R.: (Negat). Marca a los brujos, los trata y los alimenta de cabezas de caballos muertos, sapos, serpientes y otras alimañas. Q: Puesto que eres viejo y careces de medios, debes de pensar cada día en la muerte: entonces, ¿quieres morir como hombre lobo? R.: No, antes de morir le pasaré mi condición de hombre lobo a otro, si es que puedo. Q: ¿Cómo lo vas a hacer? R.: Haré como me lo hicieron a mí: brindaré a la salud de alguno, soplaré tres veces en el vaso, diciendo: “Que te ocurra lo que me ocurrió”. Si el otro toma el vaso, ya no seré hombre lobo, y estaré liberado. Q: ¿No crees que eso también es un pecado y una ilusión diabólica, y que no puedes darle eso a nadie, salvo a aquel que, como tú, no sabe nada de Dios y siente inclinación a ello? R.: Es verdad que no puedo convertir en hombre lobo a nadie en contra de su voluntad. Pero muchos, al ver que soy viejo y estoy incapacitado, me han pedido que les pase mi condición de hombre lobo. Q: ¿Quién te lo ha pedido? R.: Están lejos de aquí, unos, en los dominios del señor juez, otros, en Sunszel, y no puedo decir los nombres. Q: Puesto que dices que hay grandes perros feroces cerca del infierno, cuando tú y otros os habíais transformado en hombres lobo y teníais el aspecto de los lobos, ¿os atacaban los perros, y os alcanzaban los tiradores? R.: Podíamos escapar fácilmente de los perros, pero los tiradores podían alcanzarnos. Los perros del infierno no nos hacían nada. Q: Según has dicho, Tyrummen, de Seegewold, entraba en las granjas de los campesinos y se llevaba cerdos de engorde; estas granjas no carecen de perros: ¿no fue atacado y mordido por ellos? R.: ¡Si los perros se diesen cuenta! Cuando eso ocurría, los hombres lobo corrían mucho más deprisa que ellos y los perros no podían alcanzarlos. Tyrummen era muy malo y causaba mucho daño a la gente. Por eso Dios lo hizo morir joven. Q: ¿Qué fue de su alma? R.: Ignoro si la tomó Dios o la tomó el diablo. Q: ¿Qué hacíais de las semillas de trigo y de árboles y de todo cuanto le quitabais al diablo? R.: Las lanzábamos al aire, y caía la bendición sobre la tierra, sobre ricos y pobres.
 En este punto, volvieron a amonestarlo y lo persuadieron de que todo eso no eran más que ilusiones y engaño diabólico, cosa que él mismo podía ver, por ejemplo, en el hecho de que la gente que de aquel modo perdía ganado y cerdos de engorde no dejarían de hacer investigaciones y terminarían encontrando el rastro, sobre todo de los cerdos, allí donde éstos habían sido asados y devorados.
 R.: No robábamos cerca [de las granjas], sino lejos, ¿quién hubiera podido descubrirnos? Q: ¿Cómo puede ser que uno de esos cerdos grandes y gordos, y grandes animales con cuernos puedan ser llevados por un lobo a veinte o treinta millas, o más, por entre zarzas y eriales, e incluso fuera de Estonia como dices? ¿Ves como todo eso no son más que falsas imaginaciones, engaño diabólico e ilusión? R.: Es la verdad. Tyrummen de Seegewold partía a veces toda una semana. Yo esperaba con mi compañía en los matorrales y, cuando había traído un cerdo bien gordo, nos lo comíamos juntos. Entretanto, comíamos liebres y otros animales salvajes que capturábamos en los matorrales. Ahora ya no tengo fuerza para ir tan lejos y capturar y traer algo. Puedo tener tanto pescado como quiero, aunque no puedan tenerlo los otros, pues tengo un don particular para eso. Q: ¿No tienes intención de volverte a Dios antes de la muerte, de dejarte instruir sobre Su voluntad y Su ser, de renunciar a esas prácticas diabólicas, de arrepentirte de tus pecados y salvar así tu alma de la condenación eterna y de las penas del infierno?
 R.: (Thies no quiso responder francamente) ¿Quién sabe adónde irá mi alma? Soy viejo, ¿qué puedo entender yo de estas cosas?
 Finalmente, muy presionado, afirmó estar dispuesto a abandonar todo aquello y volverse hacia Dios.

(Texto original en O. Höfler, Kultische Geheimbünde der Germanen, Frankfurt, 1934, p. 345-351).»

  [El texto pertenece a la edición en español de José J. de Olañeta editor, 2005, en traducción de Plácido de Prada, pp. 166-171. ISBN: 978-84-9716-066-7.]

domingo, 1 de octubre de 2023

Hiperbórea y otros mundos perdidos.- Clark Ashton Smith (1893-1961)


Recordando a Clark Ashton Smith – ·Libros de Cíbola·
La historia de Satampra Zeiros


  «Yo, Satampra Zeiros de Uzuldaroum, me dispongo a escribir con mi mano izquierda, ya que carezco de la derecha, la historia de todo lo acaecido a Tirouv Ompallios y a mí mismo en el altar del dios Tsathoggua, cuyo culto fue abandonado por el hombre en las afueras de Commoriom invadidas por la jungla, aquella capital de los gobernantes hiperbóreos abandonada hace tanto tiempo. La escribiré con la savia violeta de palma de suvana, que se torna color rojo sangre con el paso de los años, sobre un papel de vitela hecho con la piel de un mastodonte, para advertir a todos los buenos ladrones y aventureros que pudieran escuchar alguna falsa leyenda sobre los tesoros perdidos de Commoriom y se sintieran tentados por ella.
   Pues bien, Tirouv Ompallios era mi amigo de toda la vida y mi leal compañero en cualquier empresa que requiriera dedos diestros y una mente tan rápida como aguda. Puedo afirmar sin exagerar en mi caso, ni tampoco en el caso de Tirouv Ompallios, que ambos llevábamos a cabo con incomparables resultados más de un encargo ante el que muchos de nuestros colegas de oficio de mucho más renombre que nosotros se hubieran acobardado. Para ser más explícito, me refiero al robo de las joyas de la reina Cunambria, que estaban guardadas en una habitación donde unos cuarenta reptiles venenosos se paseaban libremente; y el robo de la diamantina caja fuerte de Acromi, que contenía los medallones de una temprana dinastía de reyes hiperbóreos. Es verdad que resultó difícil y peligroso encontrar comprador para aquellos medallones y que tuvimos que venderlos a un precio nefasto al capitán de un navío bárbaro procedente de la remota Lemuria: no obstante, lograr abrir aquella caja fue una hazaña gloriosa, porque debía ser ejecutada en total silencio debido a la proximidad de una docena de guardias armados con tridentes. Empleamos un extraño y corrosivo ácido… pero no debo entretenerme demasiado tiempo ni tan profusamente, por muy fuerte que sea la tentación de divagar sobre heroicos recuerdos y recrearse en la sublime gloria de los actos de valor o destreza.
   En el ejercicio de nuestro oficio, como en el de cualquier otro, los reveses de la suerte con frecuencia deben ser tenidos en cuenta, y la diosa Fortuna no siempre es pródiga en favores. Así pues, Tirouv Ompallios y yo, en el momento del que ahora escribo, nos hallábamos en circunstancias de falta de liquidez, las cuales, aunque pasajeras, eran no obstante extremas y resultaban bastante inconvenientes y molestas, sobre todo al tener lugar justo después de días más prósperos y de noches más provechosas. La gente se había vuelto cada vez más precavida con sus joyas y otros objetos de valor, las ventanas y las puertas tenían dobles barrotes, se comenzaron a utilizar nuevos y desconcertantes cerrojos, los guardias estaban más vigilantes o menos somnolientos… resumiendo, todas las dificultades naturales de nuestra profesión se vieron multiplicadas. Llegó un momento en el que nos vimos obligados a robar mercancías más voluminosas y menos valiosas que las que estábamos acostumbrados a manejar, e incluso esto también conllevaba sus peligros. Aún ahora me siento humillado al recordar la noche en la que estuvieron a punto de atraparnos con un saco de ñames rojos, y menciono este incidente para no parecer en absoluto presuntuoso.
  Una noche, en un callejón del barrio más humilde de Uzuldaroum, paramos para contar los recursos de los que disponíamos y descubrimos que, entre los dos, teníamos exactamente tres pazoors… suficiente para comprar una botella grande de licor de granadas o dos barras de pan. Discutimos entonces sobre el problema del gasto.
  —El pan —argumentó Tirouv Ompallios— alimentará nuestros cuerpos, nos proporcionará fuerzas renovadas y mayor agilidad a nuestros miembros y a nuestros exhaustos dedos.
  —El licor de granadas —repliqué— enaltecerá nuestros pensamientos, inspirará e iluminará nuestras mentes y quizás nos revele un modo de escapar de nuestras actuales dificultades.
  Tirouv Ompallios cedió sin poner mayor reparos a mi superior razonamiento y buscamos la entrada de una taberna cercana. El licor no era de los mejores, en cuanto al sabor, pero la cantidad y potencia del brebaje eran todo lo que se podía desear. Nos sentamos en la abarrotada taberna y sorbimos el licor a nuestro ritmo, hasta que todo el fuego del brillante licor rojo se hubo transferido a nuestros cerebros. La oscuridad y las dudas sobre nuestros caminos futuros se iluminaron como si fueran alumbradas por la luz de pebeteros rosados, y el cruel semblante del mundo quedó maravillosamente suavizado.
  No tardó mucho en llegarme la inspiración.
  —Tirouv Ompallios —dije—, ¿hay alguna razón por la que tú y yo, hombres valientes y que hemos sucumbido a los miedos y supersticiones de la multitud, no deberíamos aprovechamos de los regios tesoros de Commoriom? Un día de viaje desde esta tediosa ciudad, una agradable excursión al campo, una tarde o una mañana de búsqueda arqueológica… y quién sabe lo que podríamos encontrar.
  —Hablas con sabiduría y valor, mi estimado amigo —replicó Tirouv Ompallios—. En efecto, no existe ninguna razón por la que no podamos sanear nuestras maltrechas finanzas a costa de unos cuantos reyes muertos, o dioses.
  Commoriom, como todo el mundo sabe, había quedado desierta hacía muchos cientos de años por la profecía de la Sibila Blanca de Polarion, que había anunciado un indescriptible y abominable fin para todos los seres mortales que osaran permanecer en su entorno. Algunos dicen que aquella destrucción fue provocada por una plaga que llegó de las inmensidades del norte por las rutas de las tribus de la jungla; otros afirmaban que fue una forma de locura colectiva; en todo caso, nadie, ni rey ni sacerdote ni comerciante ni trabajador ni ladrón, permaneció en Commoriom para esperar su llegada, sino que todos partieron en una sola ola migratoria para fundar a un día de distancia la nueva capital, Uzuldaroum. Y se cuentan extrañas historias de horrores y espantos que ningún hombre sería capaz de afrontar ni superar, que acechan por siempre los altares y mausoleos y palacios de Commoriom. Y todavía perdura el lustre del mármol, el esplendor del granito, la multitud de agujas y cúpulas y obeliscos que los imponentes árboles de la jungla no han logrado cubrir, en un fértil valle interior de Hiperbórea. Y los hombres dicen que en sus cámaras intactas descansa el suntuoso tesoro de los monarcas de la antigüedad, entero y sin que haya sufrido ningún saqueo desde aquellos tiempos; que las tumbas construidas en lo alto guardan las piedras preciosas y las monedas de electro enterradas junto a sus momias; que los templos todavía conservan las vasijas de oro en sus altares y el mobiliario, y los ídolos sus piedras preciosas en orejas, bocas, narices y ombligos.
  Creo que habríamos partido esa misma noche de haber contado con el coraje y la inspiración que nos hubiera aportado una segunda botella de licor de granadas. Pero no fue así y decidimos partir al amanecer: el hecho de que careciéramos de fondos para nuestro viaje no importaba demasiado, porque, a menos que nuestras habilidades habituales nos fallaran, podríamos requisar pequeñas cantidades de impuestos involuntarios de las cándidas gentes del campo. Hasta entonces, nos retiramos a nuestros aposentos, donde el casero nos salió al paso dándonos la bienvenida a regañadientes y exigiendo que le pagáramos su dinero. Pero la dorada promesa de la mañana nos había inmunizado contra preocupaciones tan triviales y apartamos al tipo a un lado con un desprecio que pareció sorprenderlo, si no someterlo del todo.
 Nos dormimos tarde, y el sol ya había ascendido un buen trecho sobre el celeste declive de los cielos cuando dejamos atrás las puertas de Uzuldaroum y emprendimos el camino por la calzada norte que conduce a Commoriom. Desayunamos abundantemente unos melones ámbar, y un ave robada que asamos en el bosque, y luego retomamos el camino. A pesar de una fatiga que iba en aumento hasta el final del día, resultó un viaje agradable, y encontramos muchas cosas con las que entretenernos en los variopintos paisajes por los que pasamos, y en sus gentes. Algunos, estoy seguro, sin duda todavía nos recuerdan con rencor, porque no nos negábamos nada que estuviera al alcance de la mano y que tentara nuestros caprichos o nuestros apetitos.
 Era una región agradable, llena de granjas, huertos, riachuelos y bosques verdes y llenos de flores. Finalmente, en el curso de la tarde llegamos a la antigua calzada, en desuso desde hacía mucho tiempo y casi intransitable, que conducía desde la calzada principal y a través de la vieja jungla hacia Commoriom.
Los mundos perdidos de Clark Ashton Smith | La mano del extranjero  Nadie nos vio desviarnos por aquel camino, y desde ese momento no nos cruzamos con nadie. A tan sólo un paso, habíamos perdido cualquier contacto humano; y era como si el silencio del bosque que nos rodeaba no hubiera sido perturbado por la huella de un mortal desde la partida del legendario rey y sus ciudadanos hacía tantos siglos. Los árboles eran más grandes que los que estábamos habituados a ver, y estaban entrelazados por infinitas y laberínticas masas: las eternas circunvoluciones en forma de telaraña de las enredaderas casi tan viejas como los propios árboles. Las flores eran desagradablemente grandes, sus pétalos brillaban con una palidez letal o un escarlata sanguinolento, y sus perfumes eran excesivamente dulces o fétidos. Las frutas que encontrábamos por el camino eran de un tamaño enorme, de color morado y naranja rojizo, pero por algún motivo no nos atrevimos a hincarles el diente.
  El bosque se hizo más espeso y exuberante a medida que avanzábamos, y la calzada, aunque estaba pavimentada con bloques de granito, se hacía más intransitable porque entre los intersticios habían echado raíces árboles que con frecuencia desgajaban los bloques. Aunque el sol todavía no se había acercado al horizonte, las sombras que arrojaban sobre nosotros los gigantescos troncos y ramas se hicieron más densas, y nos movíamos en un crepúsculo verde oscuro lleno de olores sofocantes de vida exuberante y podredumbre vegetal. No había pájaros ni otros animales, como uno habría esperado encontrar en cualquier bosque frondoso, pero entre prolongados intervalos alguna sigilosa víbora de pálido y grueso cuerpo huía deslizándose de nuestros pies entre las fétidas hojas de la carretera, o alguna enorme polilla con motas barrocas y de malignos colores volaba delante de nosotros y desaparecía en la penumbra de la jungla. Ya en un claro a media luz, enormes murciélagos de color púrpura con ojos como diminutos rubís alzaban a nuestro paso el vuelo desde las frutas de aspecto venenoso con las que se estaban dando un festín, y nos miraban con malévola atención mientras flotaban silenciosamente en el aire sobre nuestras cabezas. Y, por algún motivo, sentimos que estábamos siendo observados por otras presencias invisibles; nos invadió una especie de pánico, y un vago temor a la monstruosa jungla, y desde ese momento dejamos de hablar en voz alta, o con demasiada frecuencia, y nos limitamos a algún que otro susurro.
  Entre otras cosas, durante el viaje, nos las ingeniamos para conseguir una bota grande llena de vino de palma. Unos cuantos sorbos del ardiente licor ya nos habían servido más de una vez para aligerar el tedio de la marcha, y ahora iba a mantenernos en pie y a buen paso. Bebimos un buen trago y la jungla se hizo menos impresionante, y nos preguntamos por qué habíamos permitido que el silencio y la penumbra, los atentos murciélagos y la inquietante inmensidad pesaran sobre nuestro ánimo aunque sólo fuera por un breve instante, y creo que tras un segundo trago comenzamos a cantar.
  Cuando cayó el crepúsculo y una luna creciente brillaba alta en los cielos después de que el astro diurno se escondiera, estábamos tan inmersos en el fragor de la aventura que decidimos continuar y llegar a Commoriom aquella misma noche. Cenamos algunos víveres que sisamos a los campesinos y nos pasamos la bota de vino en varias ocasiones. Entonces, bastante repuestos y henchidos de la audacia y el valor necesarios para afrontar una arriesgada empresa, continuamos la marcha.
  De hecho, no tuvimos que avanzar mucho más. Mientras discutíamos con un ardor que nos hizo olvidar nuestro largo periplo, sobre qué valioso objeto debíamos elegir saquear primero de entre todos los tesoros míticos de Commoriom, observamos bajo los rayos de la luna el brillo de unas cúpulas de mármol que sobresalían entre las copas de los árboles y, a continuación, entre ramas y troncos divisamos los lívidos pilares de pórticos en penumbra. Unos cuantos pasos más allá encontramos calles pavimentadas perpendiculares a la calzada por la que avanzábamos y que por ambos lados conducían al inmenso y exuberante bosque, donde las hojas de enormes helechos cubrían los techos de casas antiguas.
  Nos paramos y, de nuevo, el silencio de la desolación del pasado selló nuestros labios. Las casas eran blancas y silenciosas como sepulcros, y las profundas sombras que se cernían a su alrededor eran gélidas y siniestras y misteriosas como la mismísima sombra de la muerte. Parecía que el sol no había brillado durante siglos en aquel lugar… que nada más cálido que los rayos espectrales de la luna cadavérica había tocado el mármol y el granito desde la migración universal provocada por la profecía de la Sibila Blanca de Polarion.
  —Ojalá fuera de día —murmuró Tirouv Ompallios. Sus tonos bajos eran extrañamente sibilantes, y excesivamente audibles en la total quietud.
  —Tirouv Ompallios —repliqué—, confío en que no te estarás volviendo supersticioso. Me resisto a pensar que estás sucumbiendo a los cuentos infantiles de la chusma. En todo caso, tomemos otro trago.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Valdemar, 2014, en traducción de Marta Lila Murillo, pp. 123-127. ISBN: 97884-7702-778-2.]