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domingo, 17 de mayo de 2026

Tratado sobre la tolerancia.- Voltaire (1694-1778)

 

V. De cómo puede ser admitida la tolerancia

 «Me atrevo a suponer que un ministro ilustrado y magnánimo, un prelado humano y sabio, un príncipe que sabe que su interés consiste en el gran número de sus súbditos y su gloria en la felicidad de éstos, se digne echar una mirada sobre este escrito informe y defectuoso; lo suple con sus propias luces; se dice a sí mismo: ¿qué arriesgaría yo viendo la tierra cultivada y adornada por más manos laboriosas, aumentados los tributos, más floreciente el Estado?
 Alemania sería un desierto cubierto por los esqueletos de los católicos, evangélicos, reformados y anabaptistas, degollados entre sí, si la paz de Westfalia no hubiese procurado por fin la libertad de conciencia.
 Nosotros tenemos judíos en Burdeos, en Metz, en Alsacia; tenemos luteranos, molinistas, jansenistas: ¿no podemos tolerar y dar cabida a calvinistas en las mismas condiciones poco más o menos en que son tolerados los católicos en Londres? Cuantas más sectas hay, menos peligrosa es cada una; la multiplicidad las debilita, todas son reprimidas por justas leyes que prohíben las asambleas tumultuosas, las injurias, las sediciones y que siempre están en vigor por la fuerza coactiva.
 Sabemos que varios cabezas de familia, que han conseguido grandes fortunas en los países extranjeros, están dispuestos a regresar a su patria; sólo piden la protección de la ley natural, la validez de sus matrimonios, la certeza de la situación de sus hijos, el derecho a heredar a sus padres, la franquicia de sus personas; nada de templos públicos, nada de derecho a los cargos municipales ni a las dignidades: no los tienen los católicos ni en Londres ni en varios países más. No se trata ya de dar privilegios inmensos, plazas de seguridad a una facción, sino de dejar vivir a un pueblo pacífico, de suavizar unos edictos acaso necesarios en otro tiempo y que ya no lo son. No nos corresponde a nosotros señalar al ministro lo que puede hacer: basta con implorarle en favor de los desgraciados.
 ¡Cuántos medios para volverlos útiles e impedir que alguna vez sean peligrosos! La prudencia del ministerio y del consejo, apoyada por la fuerza, encontrará con mucha facilidad esos medios, que tantas otras naciones emplean tan felizmente.
 En el populacho calvinista todavía hay fanáticos, pero es sabido que hay más en el populacho convulsionario. La hez de los insensatos de Saint-Médard apenas tiene importancia para la nación, la de los profetas calvinistas ha sido aniquilada. El gran medio para disminuir el número de los maníacos, si alguno queda, es entregar esa enfermedad del espíritu al régimen de la razón, que ilustra lenta pero infaliblemente a los hombres. Esta razón es dulce, es humana, inspira a la indulgencia, ahoga la discordia, afirma la virtud, vuelve digna de amor la obediencia a las leyes, más todavía de lo que las mantiene la fuerza. ¿Y carecerá de importancia el ridículo unido en la actualidad al entusiasmo por todas las personas honradas? Ese ridículo es una poderosa barrera contra las extravagancias de todos los sectarios. Los tiempos pasados son como si nunca hubiesen existido. Siempre hay que partir del punto en el que estamos y de aquel al que han llegado las naciones.
 Hubo un tiempo en que se creyó obligatorio promulgar decretos contra los que enseñaban una doctrina contraria a las categorías de Aristóteles, al horror al vacío, a las quiddidades* y al universal de la parte de la cosa. En Europa tenemos más de cien volúmenes de jurisprudencia sobre la brujería y sobre la manera de distinguir los falsos brujos de los verdaderos. La excomunión de las langostas y de los insectos nocivos para las cosechas ha sido muy utilizada y todavía subsiste en varios rituales. La costumbre ha desaparecido: se deja en paz a Aristóteles, a los brujos y a las langostas. Los ejemplos de estas graves demencias, tan importantes en el pasado, son innumerables: de vez en cuando vuelven otras; pero cuando han hecho su efecto, cuando uno se ha saciado de ellas, desaparecen por sí mismas. Si a alguien se le ocurriese hoy día ser carpocrático, o eutiquiano, o monotelista, monofisita, nestoriano, maniqueo, etc., ¿qué ocurriría? Se reirían de él, como de un hombre vestido a la antigua, con una gorguera y un jubón.
 La nación empezaba a entreabrir los ojos cuando los jesuitas Le Tellier y Doucin fabricaron la bula Unigenitus, que enviaron a Roma; creyeron estar todavía en aquellos tiempos de ignorancia en que los pueblos adoptaban sin examinar las aserciones más absurdas. Osaron proscribir esa proposición, que es de una verdad universal en todos los casos y en todo tiempo: "El temor a una excomunión injusta no debe impedir cumplir el deber propio". Eso era proscribir la razón, la libertades de la Iglesia galicana, y el fundamento de la moral; era decir a los hombres: Dios os ordena no cumplir jamás vuestro deber, si es que teméis la injusticia. Nunca se ha atacado el sentido común de forma más descarada. Los consultores de Roma no se preocuparon. Se convenció a la corte de Roma de que esa bula era necesaria y de que la nación la deseaba: fue firmada, sellada y enviada; ya se saben las secuelas; seguramente, si se hubieran previsto, se hubiera suavizado la bula. Las querellas fueron vivas, la prudencia y la bondad del rey las han calmado finalmente.
 Lo mismo ocurre con una gran parte de los puntos que dividen a los protestantes y a nosotros; hay algunos que no tienen ninguna consecuencia; hay otros más graves, pero sobre los que el furor de la disputa se ha amortiguado tanto que los protestantes mismos no predican hoy la controversia en ninguna de sus iglesias.
 Es, por tanto, este tiempo de desagrado, de saciedad, o más bien de razón, el que puede aprovecharse como una época y una prenda de tranquilidad pública. La controversia es una enfermedad epidémica que toca a su fin, y esa peste, de la que estamos curados, no pide más que un régimen suave. Por último, el interés del Estado estriba en que unos hijos expatriados vuelvan con modestia a la casa de su padre: el sentido de humanidad lo pide, la razón lo aconseja y a la política no puede asustarle.»

(*) Uno de los términos empleados para designar la esencia de las cosas. "Quidditas" era usado por los escolásticos y en su acepción más común significa el modo de entender la esencia. Según San Agustín, la "quidditas" es "aquello por lo cual algo tiene un ser: hoc per quod aliquid habet esse quid". [N del T.]

 [El texto pertenece a la edición en español de Ciro Ediciones, 2011, en traducción de Mauro Armiño, pp. 69-73. Depósito legal: M-7399-2011.]

viernes, 15 de febrero de 2019

Carne de zen, huesos de zen.- Anónimo (s. XII - XX)


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1.-La taza de té
 
 «Nan-in, un maestro japonés de la era Meiji (1868-1912) recibió cierto día la visita de un erudito, profesor en la Universidad, que venía a informarse acerca del zen.
 Nan-in sirvió el té. Colmó hasta el borde la taza de su huésped, y entonces, en vez de detenerse, siguió vertiendo té sobre ella con toda naturalidad.
 El erudito contemplaba absorto la escena, hasta que al fin no pudo contenerse más. "Está ya llena hasta los topes. No siga, por favor."
 "Como esta taza" dijo entonces Nan-in, "estás tú lleno de tus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo podría enseñarte lo que es el zen a menos que vacíes primero tu taza?" [...]
 
31.-Todo es lo mejor
 
Cierto día, estando Banzan paseando por el mercado, oyó por casualidad la conversación entre un carnicero y su cliente.
 "Deme el mejor pedazo de carne que tenga", decía este último.
 "Todo lo que hay en mi tienda es lo mejor", replicaba el carnicero. "No hallará aquí ninguna pieza de carne que no lo sea."
 Al oír estas palabras, Banzan fue iluminado. [...]
 
77.-No apegarse al polvo
 
Zengetsu, un maestro chino de la dinastía T'ang, redactó las siguientes exhortaciones para sus discípulos:
 Vivir en el mundo sin apegarse al polvo del mundo: ese es el camino de todo verdadero estudiante de zen.
 Cuando presencies las buenas acciones de otro, anímate a seguir su ejemplo. Cuando te hablen de su mala conducta, prométete no emularlo.
 Aun estando solo en una habitación oscura, compórtate como si estuvieras ante un noble huésped. Exterioriza tus sentimientos, pero no seas más expresivo que tu propia naturaleza.
 La pobreza es tu tesoro. No la cambies nunca por una vida fácil.
 Una persona puede parecer un loco y sin embargo no serlo. Tal vez sólo esté guardando su sabiduría con esmero.
 Toda virtud es fruto de la autodisciplina. No cae sin más del cielo como la lluvia o la nieve.
 La modestia es la base de todas las virtudes. Deja que tus vecinos te conozcan antes de darte a conocer tú a ellos.
 Un noble corazón jamás se fuerza a sí mismo. Sus palabras son como raras gemas, pocas veces exhibidas y de un valor inestimable.
 Para un estudiante sincero, cualquier día es un día de suerte. El tiempo pasa, pero él nunca queda rezagado. Ni la gloria ni la vergüenza lo inmutan.
 Censúrate a ti mismo, nunca a los demás. No discutas lo que es correcto o lo que está equivocado.
 Algunas cosas, aunque verdaderas, se tuvieron como falsas durante generaciones enteras. Puesto que el valor de la honradez se reconoce con el paso de los siglos, no hay por qué anhelar una estima inmediata.
 Vive con causa y deja los resultados a la gran ley del universo. Pasa los días en tranquila contemplación. [...]
 
83.-Quien no trabaja, no come
 
 Hyakujo solía trabajar la tierra con sus discípulos a la edad de ochenta años. Diariamente arreglaba los jardines, limpiaba el terreno y podaba los árboles.
 Los pupilos se lamentaban de que su anciano maestro trabajase tan duramente, pero, sabiendo que no se dejaría convencer por ellos, convinieron en que lo mejor sería esconder sus herramientas en algún sitio donde no pudiera encontrarlas.
 El día que llevaron a cabo su plan, Hyakujo no probó bocado. Lo mismo hizo al día siguiente, y al otro. "Debe estar enfadado porque hemos escondido sus herramientas", pensaron los monjes. "Tal vez sería mejor que se las devolviéramos."
 Así lo hicieron. Al día siguiente, el maestro trabajó y comió como solía hacer antes. "Quien no trabaja, no come", dijo a sus discípulos por la tarde. [...]
 
89.-Diálogo zen
 
 Los maestros zen enseñan a sus jóvenes pupilos a expresarse por sí mismos. Dos monasterios zen, vecinos entre sí, tenían cada uno de ellos un pequeño protegido. Sucedió que uno de ellos, yendo por la mañana a comprar legumbres, se encontró con el otro en el camino.
 "¿Adónde vas?" le preguntó al verlo.
 "Voy a donde mis pies me lleven", respondió el otro.
 Esto dejó confundido al primer pupilo, que fue enseguida a consultar a su maestro. "Mañana por la mañana", le aconsejó éste, "cuando vuelvas a encontrarte con ese muchacho, repítele la pregunta que le formulaste hoy. Te responderá lo mismo y entonces tú le dirás: 'Supón que no tuvieses pies. ¿Adónde irías entonces?' Esto lo pondrá sin duda en un buen aprieto."
 Los dos muchachos se encontraron a la mañana siguiente.
 "¿Adónde vas?", preguntó el primero.
 "Voy allá donde me lleve el viento", respondió el otro.
 Eso volvió a dejar perplejo al jovencito, que contó su fracaso a su maestro.
 "Pregúntale adónde iría si no soplase el viento", le sugirió éste.
 Al día siguiente, se encontraron por tercera vez.
 "¿Adónde vas?", preguntó el primero.
 "Voy al mercado a comprar legumbres", replicó el otro.»
 
      [Los textos pertenecen a la edición en español de Editorial Edaf, 2000, en traducción de Sebastián Vázquez Jiménez. ISBN: 84-414-0699-5.]

domingo, 10 de febrero de 2019

Vida en familia.- Viola Roggenkamp (1948)


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Capítulo sexto

«A mi padre no le gusta lo que hace, su mujer lo haría el doble de bien. Vender. Aún no le ha pedido nunca hacerlo en su lugar. Vera y yo tememos a veces que ella se lo pida, entonces él ya no podría hacerlo, y a veces esperamos que se lo diga pues tememos que hace ya tiempo que no puede. Pero ella cree que es bueno para él estar regularmente fuera, lejos de ella y lejos de nosotras. Eso mantiene vivo el amor, cree ella.
 Cuando vuelve de sus viajes, desembucha todo lo que ha tenido que tragar de los clientes. Anécdotas de encuentros entre colegas, y que a los judíos ya vuelve a irles un poco bien. Mi madre se enfada, él se enfada, pues qué quieres que haga, tengo que ganar dinero como sea. Yo lo entiendo, dejo que Annegret abuse un poco de mí para que no me haga peor.
 Deberíamos habernos ido de aquí, dice mi padre como si nos hubiéramos perdido para siempre una pequeña oportunidad, y Vera dice sí, por ejemplo a Israel.
 Mi madre no ha querido nunca ir a Israel. Quisieron una vez ir a Israel cuando no sabían a qué otra parte ir. Tras la liberación. En América las fronteras se habían vuelto impenetrables, había ya demasiados judíos. Así pues, a Israel. Pero a Israel sólo podían ir judíos y mi padre no es judío. Si mi madre se hubiera casado con un judío, habría sido más fácil para nosotros, para Vera y para mí. Así, en nosotras hay una separación, la mitad para él, y la mitad para ella, si yo tuviera que elegir siempre escogería el lado de mi madre, ser judío es mejor que no ser judío, especialmente si se es alemán, y eso es lo que somos. Vera y yo constamos de tres partes, qué complicadas somos, judía, no judía y alemana.
 Mi padre entiende a los hebreos que no lo querían en su país. Eso pone furiosa a mi madre, que dispara sus palabras, como hizo contra el responsable de la organización de ayuda a los judíos, que no quería dejar entrar a mi padre, mi madre se inflamaba entre las patatas cocidas sobre nuestros platos. Estábamos sentados a la mesa. No habría podido perdonarme nunca en la vida, nunca, dijo, si me hubiera quedado en la comunidad judía. Mi madre se dio de baja de la comunidad judía. Lo hizo por su marido. Pero ese hecho no la deja en paz. Vera y yo estamos acostumbradas a comer y a hablar al mismo tiempo, bajo la descarga de mi madre no podíamos abrir la boca para empujar con el tenedor un trozo de patata o algo de hígado de ternera con cebollas. Ella y su madre le deben la vida a su amado marido, y ahí estaba ese judío exigiéndole que lo dejara, a su marido, que había arriesgado la vida en todo momento por ella, una y otra vez, por ello lo detuvieron, naturalmente que a ella también, a ella y a su madre, pero ellas eran judías al fin y al cabo, pero él, mi madre masticaba y engullía y tragaba, con el cuchillo cortaba el hígado, echaba al lado salsa de carne rosa. Él había estado en la cárcel por amor a ella, eso no debería haberlo hecho, durante meses en una celda de castigo, torturado y vejado por la Gestapo, llevado a juicio, humillado, y mi padre le cogió la mano que empuñaba el cuchillo, está bien, querida, yo lo quise así, dijo él, y ella se aparta de él, ay, Paul, cómete ya el hígado, que se te va a enfriar, es que no te gusta el hígado de ternera, está riquísimo, lo he comprado del bueno por amor a ti, todavía ni lo has probado, y nunca pensaste en dejarme.
 No, respondió él.
 Ah, pues yo sí te habría dejado, exclamó ella en tono amenazador, y mi padre se rio y se puso colorado. Si me hubieras dejado, dijo ella, habrías sido hombre muerto para mí y yo no habría hecho ningún intento por recuperarte. Él se había agarrado al borde de la mesa. Y ella lo salvó. Tú te quedaste con nosotros, nos salvaste, y por eso me di de baja de la comunidad judía. Vosotros no sois mejores que los nazis, le gritó ella al hombre de la organización de ayuda a los judíos, y gritaba y gritaba entre el hígado de ternera y las patatas asadas, la expresión leyes raciales salió de su boca como un corcho de cava. No sois mejores que los nazis. La frase le hizo daño. Prepáreme los papeles, le ordenó. Él había soportado mudo la orden de que le preparara inmediatamente los papeles pero qué papeles, había preguntado él perplejo e irritado, es que quiere usted aún ir a la Tierra de Israel.
 Yo me refería naturalmente, mi madre miró sonriendo desde su hígado de ternera, a que debía prepararme los papeles de la baja de la comunidad judía, y él pensaba que yo quería irme a Israel. Y me di de baja, así es vuestra madre, en mí se había llegado a un punto, a ese punto exacto en el que, cuando se alcanza, todo se ha terminado.
 Cada palabra le dolía y ella dejaba notar su dolor. Nosotras tenemos que apoyarla, nosotras somos sus hijas, debemos apoyarla a ella y a él. No queda otra posibilidad, de lo contrario, apaga y vámonos. Ellos hicieron todo correctamente, y han sobrevivido. De repente se le ocurrió algo a mi madre, y su expresión agitada pareció remitir un poco. Pero vuestra abuela se quedó dentro y, volviéndose a su madre, tú formas parte de la comunidad judía, mami.
 Sí, yo no me di de baja. Fue decisión tuya, Alma.
 Y yo me alegro de que no te dieras de baja, dijo mi padre a su suegra. Ella asintió sin dejar de mirarlo, y tú no te pasaste al otro lado. Exacto, dijo él contento. Los dos se entendían.
 Y qué pasa con nosotras, estamos nosotras dentro, Fania y yo, preguntó Vera.
 No, contestó mi madre, porque yo ya no estoy dentro.
 Pero podríamos entrar sin ti.
 Sí, dijo mi abuela, vosotras sois judías, por vuestra madre.
 Yo no cuento, dijo mi padre, riendo. Pero no me importa, lo entiendo.
 O sea, que entonces podría entrar mañana, no, preguntó Vera.
 Para qué quieres tú entrar, preguntó mi madre enfadada, tú no tienes la menor idea de judaísmo.
 Porque tú no quieres, por eso tus hijas no tienen la menor idea, nuestra abuela sí sabe cosas, las aprendió en la escuela para chicas israelitas. Deja a tu madre que decida, exclamó Vera, nosotras podríamos festejar las fiestas judías regularmente, alguna vez hemos celebrado la pascua, por qué no siempre.
 Id a la sinagoga si queréis, gritó mi madre, id a la bendición, comed sólo lo que manda la ley judaica, por mí podemos celebrar el año nuevo judío y el jom kippur, pero no me toquéis mis navidades, es tan bonito cuando celebramos la nochebuena, nadie celebra nochebuena como nosotros, verdad, Paul. Yo soy judía. Lo soy. Pero no tengo por qué pertenecer a ninguna comunidad y puedo tomarme una ensalada de cangrejo siempre que me apetezca. No es culpa mía que los cangrejos no estén permitidos por la ley judía. Yo no tengo nada contra los cangrejos. No será comida permitida según la ley judía, pero a mí me gustan.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Buchmann, 2008, en traducción de Bernardo Moreno Carrillo. ISBN: 978-84-935-312-7-0.]

miércoles, 2 de mayo de 2018

Artículos.- Mariano José de Larra (1809-1837)


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El casarse pronto y mal

«Así como tengo aquel sobrino de quien he hablado en mi artículo de empeños y desempeños, tenía otro [también] no hace mucho tiempo, que en esto suele venir a parar el tener hermanos. Éste era hijo de una mi hermana, la cual había recibido aquella educación que se daba en España no hace ningún siglo: es decir, que en casa se rezaba diariamente el rosario, se leía la vida del santo, se oía misa todos los días, se trabajaba los de labor, se paseaba [solo] las tardes de los de guardar, se velaba hasta las diez, se estrenaba vestido el domingo de ramos, [se cuidaba  de que no anduviesen las niñas balconeando] y andaba siempre señor padre, que entonces no se llamaba papá, con la mano más besada que reliquia vieja, y registrando los rincones de la casa, temeroso de que las muchachas, ayudadas de su cuyo, hubiesen a las manos algún libro de los prohibidos, ni menos aquellas novelas que, como solía decir, a pretexto de inclinar a la virtud, enseñan desnudo el vicio. No diremos que esta educación fuese mejor ni peor que la del día; sólo sabemos que vinieron los franceses y como aquella buena o mala educación no estribaba en mi hermana en principios ciertos, sino en la rutina y en la opresión doméstica de aquellos terribles padres del siglo pasado, no fue necesaria mucha comunicación con algunos oficiales de la guardia imperial para echar de ver que si aquel modo de vivir era sencillo y arreglado, no era sin embargo el más divertido. ¿Qué motivo habrá, efectivamente, que nos persuada que debemos en esta corta vida pasarlo mal, pudiendo pasarlo mejor? Aficionóse mi hermana de las costumbres francesas, y ya no fue el pan pan, ni el vino vino; casóse, y siguiendo en la famosa jornada de Vitoria la suerte del tuerto Pepe Botellas, que tenía dos ojos muy hermosos y nunca bebía vino, emigró a Francia.
 Excusado es decir que adoptó mi hermana las ideas del siglo; pero como esta segunda educación tenía tan malos cimientos como la primera, y como quiera que esta débil humanidad nunca sepa detenerse en el justo medio, pasó del Año Cristiano a Pigault Lebrun, y se dejó de misas y devociones, sin saber más ahora por qué las dejaba que antes por qué las tenía. Dijo que el muchacho se había de educar como convenía; que podría leer sin orden ni método cuanto libro le viniese a las manos, y qué sé yo qué más cosas decía de la ignorancia y del fanatismo, de las luces y de la ilustración, añadiendo que la religión era un convenio social en que sólo los tontos entraban de buena fe, y del cual el muchacho no necesitaba para mantenerse bueno; que padre y madre eran cosa de brutos y que a papá y mamá se les debía tratar de tú, porque no hay amistad que iguale a la que une a los padres con los hijos (salvo algunos secretos que guardarán siempre los segundos de los primeros, y algunos soplamocos que darán siempre los primeros a los segundos): verdades todas que respeto tanto o más que las del siglo pasado, porque cada siglo tiene sus verdades, como cada hombre tiene su cara.
 No es necesario decir que el muchacho, que se llamaba Augusto, porque ya han caducado los nombres de nuestro calendario, salió despreocupado, puesto que la despreocupación es la primera preocupación de este siglo.
 Leyó, hacinó, confundió; fue superficial, vano, presumido, orgulloso, terco y no dejó de tomarse más rienda de la que se le había dado. Murió, no sé a qué propósito, mi cuñado, y Augusto regresó a España con mi hermana, toda aturdida de ver lo brutos que estamos por acá todavía los que no hemos tenido como ella la dicha de emigrar; y trayéndonos entre otras cosas noticias ciertas de cómo no había Dios, porque eso se sabe en Francia de muy buena tinta. Por supuesto que no tenía el muchacho quince años y ya galleaba en las sociedades, y citaba, y se metía en cuestiones y era hablador y raciocinador como todo muchacho bien educado; y fue el caso que oía hablar todos los días de aventuras escandalosas y de los amores de Fulanito con la Menganita, y le pareció en resumidas cuentas cosa precisa para hombrear, enamorarse.
 Por su desgracia acertó a gustar a una joven, personita muy bien educada también, la cual es verdad que no sabía gobernar una casa, pero se embaulaba en el cuerpo en sus ratos perdidos, que eran para ella todos los días, una novela sentimental, con la más desatinada afición que en el mundo jamás se ha visto; tocaba su poco de piano y cantaba su poco de aria de vez en cuando, porque tenía una bonita voz de contralto. Hubo guiños y apretones desesperados de pies y manos, y varias epístolas recíprocamente copiadas de la Nueva Eloísa; y no hay más que decir sino que a los cuatro días se veían los dos inocentes por las ventanilla de la puerta y escurrían su correspondencia por las rendijas, sobornaban con el mejor fin del mundo a los criados, y por último, un su amigo, que debía de quererle muy mal, presentó al señorito en la casa. Para colmo de desgracia, él y ella, que habían dado principio a sus amores porque no se dijese que vivían sin su trapillo, se llegaron a imaginar primero, y a creer después a pies juntillas, como se suele muy mal decir, que estaban verdadera y terriblemente enamorados. ¡Fatal credulidad! Los parientes, que previeron en qué podía venir a parar aquella inocente afición ya conocida, pusieron de su parte todos los esfuerzos para cortar el mal, pero ya era tarde. Mi hermana, en medio de su despreocupación y de sus luces, nunca había podido desprenderse del todo de cierta afición a sus ejecutorias y blasones, porque hay que advertir dos cosas: 1ª, que hay despreocupados por este estilo; y 2º, que somos nobles, lo que equivale a decir que desde la más remota antigüedad nuestros abuelos no han trabajado para comer. Conservaba mi hermana este apego a la nobleza, aunque no conservaba bienes; y ésta es una de las razones porque estaba mi sobrinito destinado a morirse de hambre si no se le hacía meter la cabeza en alguna parte, porque eso de que hubiera aprendido un oficio, ¡oh!, ¿qué hubieran dicho los parientes y la nación entera? Averiguóse, pues, que no tenía la niña un origen tan preclaro, ni más dote que su instrucción novelesca y sus duettos, fincas que no bastan para sostener el boato de unas personas de su clase. Averiguó también la parte contraria que el niño no tenía empleo, y dándosele un bledo de su nobleza, hubo aquello de decirle:
 -Caballerito, ¿con qué objeto entra usted en mi casa?
 -Quiero a Elenita -respondió mi sobrino.
 -¿Y con qué fin, caballerito?
 -Para casarme con ella.
 -Pero no tiene usted empleo ni carrera...
 -Eso es cuenta mía.
 -Sus padres de usted no consentirán...
 -Sí, señor; usted no conoce a mis papás.
 -Perfectamente; mi hija será de usted en cuanto me traiga una prueba de que puede mantenerla y el permiso de sus padres; pero en el ínterin, si usted la quiere tanto, excuse por su mismo decoro sus visitas...
 -Entiendo.
 -Me alegro, caballerito.
 Y quedó nuestro Orlando hecho una estatua, pero bien decidido a romper por todos los inconvenientes.»

[El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 1984. ISBN: 84-376-0292-0.]
[Si quieres escuchar el fragmento, clica aquí: El casarse pronto y mal.]

miércoles, 22 de noviembre de 2017

"Allan Quatermain".- Henry R. Haggard (1856-1925)


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Capítulo XIII.- Sobre el pueblo de Zu-Vendis

«Otra fuente de poder de los sacerdotes es su monopolio de la educación y sus conocimientos, muy considerables, de astronomía, lo que les capacita para mantener el control del pueblo al predecir los eclipses y la llegada de los cometas. En Zu-Vendis sólo algunos individuos de las clases más altas pueden leer y escribir, pero la mayoría de los sacerdotes poseen este conocimiento y, por lo tanto, son considerados como hombres instruidos.
 La ley del país es, en su conjunto, bondadosa y justa, pero difiere en muchos aspectos de la ley de los países civilizados. Por ejemplo, la ley en Inglaterra es mucho más severa en el tema de los delitos contra la propiedad que contra la persona, como sucede entre aquellos cuya pasión dominante es el dinero. Un hombre puede darle palizas a su mujer hasta la muerte o infligirles horribles sufrimientos a sus hijos y sufrirá un castigo mucho menor que el que pueda cometer un ladrón por robar un par de viejas botas. En Zu-Vendis esto no es así, puesto que consideran a las personas mucho más importantes que los bienes o los enseres, mientras que en Inglaterra se las considera como una añadidura a estos últimos y no al contrario. El castigo por el asesinato es la muerte; por la traición, la muerte; por engañar a un huérfano o a una viuda, por el sacrilegio y por intentar huir del país (que se considera un sacrilegio), la muerte. En cada caso el método de ejecución es el mismo y desde luego es espantoso. El culpable es arrojado vivo en el horno devorador que hay debajo de uno de los altares dedicados al Sol. Para todos los demás delitos, incluyendo el de la pereza, el castigo es el de trabajos forzados en los enormes edificios del país que siempre se están construyendo en alguna parte del territorio, con o sin palizas periódicas, dependiendo del crimen.
 El sistema social de Zu-Vendis permite una libertad considerable al individuo, siempre y cuando obedezca las leyes y las costumbres del país. Son polígamos en teoría, aunque la mayoría de ellos tienen una sola esposa, debido a su alto coste. Por la ley un hombre está obligado a proporcionar un hábitat separado a cada una de sus mujeres. La primera esposa es también la esposa legal y a sus hijos se les llama "los de la casa del padre". Los hijos de las otras esposas pertenecen a las casas de sus respectivas madres. Esto no implica, sin embargo, ninguna infamia ni sobre la madre ni sobre los hijos. Una primera esposa puede, al casarse, hacer un trato con su marido para que no se case con otra mujer. Sin embargo, esto no suele hacerse, ya que las mujeres son las grandes defensoras de la poligamia, que no sólo les conviene porque superan en número a los hombres, sino que además dignifica a la primera esposa, que es prácticamente la dueña de otras muchas casas. El matrimonio se contempla principalmente como un contrato civil y supone ciertas obligaciones, además de la de traer hijos al mundo; puede disolverse por voluntad de ambas partes contratantes y el divorcio o separación se formaliza con una ceremonia en la que se recorre el camino contrario al de la boda.
 Los habitantes de Zu-Vendis son en su mayoría muy amables, complacientes y alegres. No son grandes comerciantes, se preocupan poco del dinero, y sólo trabajan para ganar lo que les permita mantener el estatus social en el que han nacido. Son extremadamente conservadores y miran con reticencia los cambios. Su moneda corriente es la plata, cortada en pequeños rectángulos de diferentes pesos; el oro es una moneda inferior y tiene más o menos el mismo valor que nuestra plata. Sin embargo, es muy apreciado por su belleza y lo usan con frecuencia en los adornos y con fines decorativos. La mayoría del comercio, no obstante, se lleva a cabo por medio del trueque y el pago se efectúa en especie. La agricultura es el gran negocio del país y, realmente, los habitantes de Zu-Vendis son expertos labradores y la mayoría de las tierras están cultivadas. Se le presta mucha atención a la cría de ganado y de caballos y esta última actividad la realizan con el mayor esmero que yo haya visto jamás en África o en Europa.
 La tierra pertenece teóricamente a la corona y bajo la corona se encuentran los grandes señoríos, que de nuevo se dividen en otros más pequeños, y así hasta llegar a los campesinos y granjeros, que trabajan cuarenta reestu (acres) en un sistema en el que la mitad de los beneficios hay que entregarlos al señor inmediatamente superior. De hecho, todo el sistema es, como ya he dicho, feudal y nos sorprendió mucho encontrarnos con un amigo tan viejo en el corazón de África.
 Los impuestos son muy altos. El Estado se lleva un tercio de las ganancias de cada ciudadano y los sacerdotes un cinco por ciento de lo que queda. Pero por otra parte, si un hombre por cualquier causa cae de bona fide, en desventura, el Estado le proporciona los medios para poder vivir en la posición que le corresponde. Si es un vago, sin embargo, es enviado a trabajar a las obras del Gobierno y el Estado cuida de su esposa y de sus hijos. El Estado también construye las carreteras y las casas de todas las ciudades, en lo que pone mucho esmero, ya que las alquila a las familias por rentas muy bajas. También mantiene un ejército de unos veinte mil hombres y prepara a los centinelas, etc. A cambio del cinco por ciento los sacerdotes  atienden al servicio en los templos, llevan a cabo las ceremonias religiosas y se ocupan de las escuelas, donde enseñan lo que piensan que es apropiado, que no es mucho. Algunos de los templos también poseen propiedades privadas, aunque los sacerdotes y los ciudadanos no pueden poseer nada.
 Y tras esto uno se hace una pregunta difícil de contestar: ¿son los habitantes de Zu-Vendis gentes civilizadas o bárbaras? Algunas veces pienso una cosa y otras lo contrario. En algunas ramas del arte han conseguido un grado de perfección bastante alto. Tomemos por ejemplo sus edificios o sus estatuas. No creo que estas últimas puedan compararse en belleza o en poder imaginativo con las de cualquier otra parte del mundo, y en cuanto a los primeros podrían rivalizar con los del antiguo Egipto, y con ninguno más. Pero, por otra parte, ignoran cualquier otro arte. Hasta que sir Henry, que resultó saber algo de esto, les demostró que podían fabricar cristal mezclando sílice con cal, no sabían que este material existía, y su cerámica es bastante primitiva. Un cronómetro de agua es el objeto más parecido a un reloj que poseen; de hecho, los nuestros les gustaron en extremo. No saben nada del vapor, de la electricidad o de la pólvora y, afortunadamente para ellos, nada sobre la imprenta o el penny-post. Así se han ahorrado muchos males, porque nuestra época ha aprendido la sabiduría del viejo refrán que dice: "Aquel que incrementa sus conocimientos, acrecienta su pena".
 En lo que respecta a la religión, es el credo natural para las gentes imaginativas que no tienen otro mejor y, por lo tanto, es natural que se dirijan al sol y lo adoren como a un padre todopoderoso; pero de ninguna forma puede calificarse como culto espiritual o elevado. [...] Algunos creen en la vida futura -sé que Nyleptha lo cree de veras-, pero es una creencia que nace de los deseos espirituales de cada individuo y no un credo inicial.»

 [El extracto pertenece a la edición en español de Anaya, en traducción de Mar Hernández de Felipe. ISBN: 84-207-4484-0.]
 

miércoles, 13 de julio de 2016

"El porvenir de una ilusión".- Sigmund Freud (1856-1939)


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 Diez

 "Espera usted que las nuevas generaciones, sobre las cuales no se haya ejercido en la infancia influencia religiosa alguna, alcanzarán fácilmente la ansiada primacía de la inteligencia sobre la vida instintiva. Ilusión pura, pues no es nada verosímil que la naturaleza humana cambie en este punto decisivo. Si no me equivoco -sabe uno tan poca cosa de las demás culturas-, existen también hoy en día pueblos que no viven bajo la opresión de un sistema religioso y no puede decirse que se hallen más próximos que los otros al ideal por usted propugnado. Para desterrar la religión de nuestra civilización europea sería preciso sustituirla por otro sistema de doctrinas, y este sistema adoptaría desde un principio todos los caracteres psicológicos de la religión, la misma santidad, rigidez e intolerancia, e impondría al pensamiento, para su defensa, idénticas prohibiciones. Algo de esto es necesario para hacer posible la educación. El camino que va desde el recién nacido al adulto civilizado es muy largo, y muchos individuos se perderían en él y no llegarían a cumplir su misión en la vida si se los abandonase sin guía ninguna a su propio desarrollo. Las doctrinas aplicadas en su educación limitarán siempre su pensamiento en sus años de madurez, como hoy se lo reprocha usted a la religión. ¿No advierte usted que el defecto indeleble y congénito de toda civilización es el de plantear al niño, instintivo y de inteligencia débil, resoluciones sólo posibles para la inteligencia del adulto? Pero la síntesis de la evolución secular de la Humanidad en un par de años de infancia le impide obrar de otro modo, y sólo la acción de poderes afectivos puede facilitar al niño el cumplimiento de tan difícil tarea. Estas son, pues, las probabilidades de su 'primacía del intelecto'.
 No extrañará usted que me declare partidario de la conservación del sistema religioso como base de la educación y de la vida colectiva. Se trata de una cuestión práctica y no del valor de realidad del sistema. Puesto que la necesidad de mantener nuestra civilización no nos consiente aplazar el influjo sobre cada individuo hasta el momento en que alcance el grado de madurez propicio a la cultura -y muchos no lo alcanzarían nunca-, y puesto que nos vemos precisados a imponer al sujeto en desarrollo un cualquier sistema doctrinal, que ha de obrar en él como premisa sustraída a la crítica, opino que debemos atenernos al sistema religioso como el más apropiado. Precisamente, desde luego, por su fuerza consoladora y cumplidora de deseos, en la que ha reconocido usted su carácter de 'ilusión'. Ante la dificultad de llegar al conocimiento, siquiera fragmentario, de la realidad y ante la duda de que podamos llegar a él alguna vez, no debemos olvidar que también las necesidades humanas son una parte de la realidad y, por cierto, una parte muy importante y que nos toca muy de cerca.
 Otra de las ventajas de la doctrina religiosa estriba para mí, precisamente, en uno de los caracteres que más han despertado su repulsa. Permite una purificación y una sublimación conceptual en la que desaparece todo lo que lleva en sí la huella del pensamiento primitivo e infantil. Lo que luego queda es un contenido de ideas que la ciencia no contradice ya ni puede rebatir. Estas transformaciones de la doctrina religiosa, calificadas antes por usted de concesiones y transacciones, permiten evitar la disociación entre la masa incultivada y el pensador filosófico y conservan entre ellos una comunidad muy importante para el aseguramiento de la civilización, no siendo así de temer que el hombre del pueblo averigüe que las capas sociales más altas 'no creen ya en Dios'. Con todo esto creo haber demostrado que sus esfuerzos se reducen a una tentativa de sustituir una ilusión contrastada y de un gran valor afectivo por otra incontrastada e indiferente.
 No debe usted creerme inasequible a su crítica. Sé lo difícil que es evitar las ilusiones, y es muy posible que las esperanzas por mí confesadas antes sean también de naturaleza ilusoria".    

martes, 17 de noviembre de 2015

"Filosofía a mano armada".- Tibor Fischer (1959)


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El Universo y yo
 
 "Con todo, nueve de cada diez veces los representantes del Cielo pueden tomar a los muchachos de la Razón cuando llega el momento de aislar la mente, y hacer pruebas contra el miedo, pruebas contra las pruebas. Admitamos que Dios elige encarnarse en el año 0 d.C. en una familia de carpinteros de Judea, o que pasar información a unos comerciantes de camellos no es más absurdo que las bromas subatómicas de los bosones z.
 Desde el descubrimiento de la civilización, cuando la gente perdió los sabañones de la edad de hielo y una vez descortezado el lenguaje refinado durante la era holocénica, ¿qué zeta está sucediendo y qué podemos hacer al respecto?
 ¿Somos algo más que trucos del polvo? ¿Primates de primera? Quiero decir que el universo parece ser una espantosa montaña de problemas para tratarse de una broma pesada.
 Y nosotros, los jockeys de las ideas, ¿qué podemos ofrecer de todo nuestro largo exprimir de conceptos? Son los productos derivados de la filosofía, la matemática, la astronomía y la biología los que han cubierto algún terreno, los que han proporcionado cierto bienestar. La sabiduría nunca ha sido capaz de extenderse más allá del lapso de tiempo de una vida. Los hechos actúan como bolas de nieve. Tenemos 1083. De acuerdo con los que llenan las bañeras, ése es el número de electrones en el universo. Supongamos que estén equivocados, elevemos la cifra a 10100. Un googol. ¿Puede el negocio producir una figura, un garabato tan poderoso, tan abarcador como ése? Tan verdadero. Tan bien formado. Pero tenemos más cómos de los que sabemos usar; nuestras colonias de porqués persisten vacías. Y si Zubiri tiene razón al afirmar que los profesionales de la física, los diseccionadores del pescado y los promotores de partículas nos dejan metafísicamente sedientos, no puedo coincidir con él cuando afirma que los refrescos los proporciona el negocio.
 Se me ha pagado para examinar todo esto, a diferencia de aquéllos que hurgan en el forro del mundo después de la desgracia, la pérdida, el fracaso. Me alegro de que nadie esté en posición de pedir que le devuelvan el dinero. No tengo mucho que mostrar: una pila de libros, el más viejo de los tópicos: ¿qué estamos haciendo aquí? Pero lo cierto es que los tópicos suelen ser verdades de las que estamos aburridos.
 Uno puede luchar con eso hasta que su mente explota; es como tratar de levantar un balde dentro del cual uno está de pie.
 Descubrimos.
 Estoy sentado en este bar lleno de gente desgraciada, que se comporta como si fuera feliz. Afirmará que este momento es tan fuerte que podría cansar a la eternidad. La gente me dice que no lo haría. Quizá todo sea un gran truco. Quizá, de pronto, todo el mundo se volverá hacia mí y dirá: ¡sorpresa, Eddie! Sólo estamos bromeando sobre tu condición de mortal. Sólo estamos poniendo una venda en los ojos de tu inmortalidad. [...]

Los diez peores

 1.-La receta de Johannes Van Helmont para hacer un ratón. (Admiro la modestia de la escala.)
 2.-La noción de Fourier de que en la nueva era de la justicia los mares se convertirán en naranjada.
 3.-La condena que hizo Voltaire de Buffon (convirtiéndose él mismo en un bufón, por lo tanto) argumentando éste que las conchas de mar descubiertas sobre las montañas fueron dejadas allí por los que iban de picnic y no por las lluvias antediluvianas.
 4.-Aristóteles y su idea de que el pecho es el asiento del intelecto.
 5.-Los árboles anatíferos de Duret.
 6.-La receta del alquimista Paracelso para hacer crecer a un hombre. (Coges un zapallo, lo dejas que se pudra, y obtienes tu homúnculo.)
 7.-Gorgias el supersofista declara que nada existe y luego se erige a sí mismo una estatua en oro.
 8.-Condorcet: Esquisse d'un tableau historique des progrés de l'esprit humain (1794). Su novísima idea de la décima época (1789-), la abolición de la estupidez. (Ya casi llegamos, está justo a la vuelta de la esquina.)
 9.-El Projet de paix perpétuelle de Saint-Pierre (1713). No más guerras en Europa. (El cheque está en el correo.)
 10.-La vida: solitaria, pobre, espantosa, brutal y corta. No. Algunas veces el cheque está en el correo. La vida no fue así para Hobbes; anduvo a tortas con Galileo, Descartes, Harvey. Tuvo una linda pensión. Llegó a vivir noventa y un años. De hecho, si hay algo que puede decirse en favor de la filosofía es que parece promover la longevidad.
 ¿Con cuáles de nuestras creencias o prácticas se van a partir de risa en el futuro? Quizás el futuro no dé oportunidad. Quizá nosotros no le demos oportunidad al futuro. Tenemos a la vista una estupenda catástrofe. Para todas las palizas que ha recibido, este siglo ha sido bastante generoso con un montón de gente. La primera mitad fue belicosa, pero mientras hay montones de guerras, desastres, enfermedades, zadrugas dedicados a descuartizar zadrugas (las disputas más crueles siempre se producen entre aquellos que resultan imposibles distinguir para los de fuera), los gorgojos del mal en cualquiera de sus innumerables formas se hacen más populares en los países que carecen de restaurantes franceses de nota, y por lo tanto no tienen mucho peso; las cosas se han aligerado en el frente del apocalipsis, lo cual es siempre una mala señal. Oliuqnart odaisamed átse odot, atsug em on. [...]
Nunca es demasiado temprano para almorzar
 ¿Qué otra cosa podíamos hacer más que volver luego al restaurante de pescados? Si funciona una vez, hazlo otra vez y otra vez. Y otra vez, hasta que te veas obligado a pensar.
 Wilbur se mostraba enérgicamente hostil a todo tipo de rutina o modelo. Solía caminar hasta la facultad cada día por una ruta diferente (por fidelidad a tal programa se vio obligado a desvíos de media hora para cubrir una distancia de cinco o diez minutos hasta el collége). "La mente está lista para quedarse ciega en cualquier momento." Se negaba a enseñar dos veces la misma lección, lo que causaba miedo y consternación en el comercio de ideas, no fuera a ser que su política se convirtiera en un precedente o costumbre no muy bien recibida. Cada año se mudaba de casa y, además de pasarse todo el tiempo metiendo y sacando libros de las cajas, siempre estaba estudiando idiomas nuevos, aficiones nuevas. "La mente cuelga los guantes en cuanto se le da media oportunidad. Si es fácil, no tiene sentido hacerlo." Para mí, ser un ser ya es bastante agotador.
 Tuve un instante de elevación y medité introspectivamente acerca de tantos otros grupos de deshonestidad y perjuicio que eluden la atención policial: agentes inmobiliarios, políticos, albañiles, presidentes de organizaciones internacionales, dentistas: los sospechosos más obvios. Es indudable que, por ejemplo, si reunidos en una pradera se acordonara a todos los vendedores de autos usados y se los ametrallara debidamente, el mundo sería un lugar más habitable. Una conducta como ésa está relativamente mal vista en los círculos académicos, pero no deja de ser un mejoramiento de lo más efectivo si uno ametralla a la gente apropiada.
 El robo de bancos, si se lleva adelante filosóficamente, no hace daño a nadie. Emocionamos. Entretenemos. Estimulamos la economía. Aceleramos los corazones. Provocamos pensamiento. Y además incuestionablemente, es una mera ilusión. Uno se lleva el dinero, pero ¿dónde va a parar? A un banco. Como el agua, el dinero está atrapado en un ciclo, se mueve de banco en banco. Sólo lo sacamos fuera para que le dé un poco el aire fresco".