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domingo, 28 de junio de 2026

Diez días que estremecieron el mundo.- John Reed (1887-1920)

 

Notas y aclaraciones
Organizaciones más importantes

 «1.-Soviet.- Esta palabra existe hace tiempo en la lengua rusa y corresponde al vocablo inglés council (consejo). Bajo el zar, por ejemplo, el Consejo Imperial de Estado se llamaba Gosudarstvennyi Soviet. Pero desde los tiempos de la revolución la palabra Soviet empezó a asociarse a determinado tipo de representación, elegida por miembros de las organizaciones económicas de los trabajadores: Soviet de Diputados Obreros, Soldados o Campesinos. Por eso yo uso la palabra Soviet solamente en relación con estos organismos. Además de los Soviets locales, que son elegidos en cada ciudad y aldea -y en las grandes ciudades se eligen también Soviets distritales (Raionny)- existen Soviets regionales (Oblastny) o provinciales (Gubiernsky) y en la capital el Comité Ejecutivo de todos los Soviets de Rusia, llamado para abreviar CEC (véase más abajo, comités centrales). Los Soviets de Diputados Obreros y y los Soviets de Diputados Soldados se unieron muy pronto casi en todas partes poco después de la Revolución de Marzo. Sin embargo, para examinar cuestiones especiales, que afectaban sus intereses particulares, las secciones de obreros y soldados continuaron reuniéndose por separado. Los Soviets de Diputados Campesinos se unieron a los demás solamente después del coup d'état bolchevique. Estaban organizados igual que los Soviets de Obreros y Soldados y en la capital había un Comité Ejecutivo de los Soviets Campesinos de toda Rusia.
 2.-Sindicatos.- Aunque en Rusia los sindicatos obreros estaban organizados por ramas se llamaban, sin embargo, sindicatos profesionales y en la época de la revolución bolchevique contaban de tres a cuatro millones de afiliados. Estos sindicatos estaban unidos también en una organización de toda Rusia, algo así como una Federación Rusa del Trabajo, que tenía su Comité Ejecutivo Central en la capital.
 3.-Comités de fábrica.- Eran organizaciones surgidas espontáneamente, creadas en las empresas por los obreros en su afán de ejercer el control en la industria, aprovechando el desorden en la administración originado por la revolución. Estos comités se adueñaban por vía revolucionaria de las empresas y las dirigían. Los comités de fábrica tenían también su organización de toda Rusia con un Comité Central en Petrogrado, que colaboraba con los sindicatos.
 4.-Dumas.- La palabra duma significa aproximadamente "órgano deliberativo". La vieja Duma Imperial, que subsistió en forma democratizada seis meses después de la revolución, feneció de muerte natural en septiembre de 1917. La Duma Municipal, que se menciona en este libro, fue creada como resultado de la reorganización del Consejo Municipal o autoadministración municipal, como lo llamaban con mayor frecuencia. La Duma se elegía por votación directa y secreta y el único motivo por el cual no logró atraer a su lado a las masas durante la revolución bolchevique fue la caída general de la influencia de toda representación puramente política, mientras crecía la influencia de las organizaciones basadas en grupos económicos.
 5.-Zemstvos.- Esta palabra puede traducirse aproximadamente como "consejos rurales". Bajo el zarismo eran organizaciones semipolíticas semisociales con atribuciones administrativas muy reducidas. Los creaban y dirigían principalmente intelectuales de corte liberal, procedentes de la clase terrateniente. El aspecto más importante de la actividad de los zemstvos era la instrucción pública y las atenciones sociales a los campesinos. Durante la guerra los zemstvos asumieron poco a poco toda la labor de avituallamiento del Ejército ruso con víveres y uniformes. Efectuaban asimismo compras en el extranjero y realizaban una labor educativa entre los soldados, de modo semejante a la Asociación Cristiana de Jóvenes en el Ejército norteamericano. Después de la Revolución de Marzo los zemstvos fueron democratizados con el fin de convertirlos en organismo de poder local en las zonas rurales. Pero, igual que las dumas municipales, no pudieron competir con los Soviets.
 6.-Cooperativas.- Eran sociedades cooperativas de consumo de obreros y campesinos que antes de la revolución contaban con millones de adheridos en toda Rusia. Fundado por liberales y socialistas "moderados", el movimiento cooperativo no gozaba del apoyo de los grupos socialistas revolucionarios, puesto que este camino era un sustituto del paso total de los medios de producción y distribución a manos de los obreros. Después de la Revolución de Marzo las cooperativas empezaron a ampliarse rápidamente: en ellas predominaban los socialistas populares, los mencheviques y los eseristas y estas cooperativas actuaron como una fuerza conservadora hasta la revolución bolchevique. Sin embargo, precisamente fueron las cooperativas las que alimentaron a Rusia cuando el viejo sistema de comercio y transporte se vino abajo.
 7.-Comités del Ejército.- Los comités del Ejército fueron constituidos en el frente por los soldados para combatir la influencia reaccionaria de la vieja oficialidad. Cada compañía, regimiento, brigada, división y cuerpo tenían sus comités y por encima de todos ellos se hallaba el comité electo de cada Ejército. El Comité Central del Ejército colaboraba con el Estado Mayor Central. El desorden en la dirección del Ejército, originado por la revolución, hizo recaer sobre los comités del Ejército la mayor parte del trabajo del departamento de intendencia y, en algunos casos, hasta el mando de las tropas.
 8.-Comités de la Marina.- Eran las organizaciones correspondientes en la Marina.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Akal, 2023, en traducción de Ángel Pozo Sandoval y revisión de la traducción, edición y notas de Antonio J. Antón Fernández, pp. 33-35. ISBN: 978-84-460-5396-5.]

domingo, 12 de mayo de 2024

El caballo amarillo. Diario de un terrorista ruso.- Boris Sávinkov (1879-1925)


Borís Sávinkov - Wikipedia, la enciclopedia libre
17 de marzo


 «No sé por qué me he involucrado en actos terroristas, pero sé cuál es la razón que impulsa a muchos otros. Heinrich está convencido de que para conseguir la victoria del socialismo es necesario que se desencadene una campaña de terror. Mataron a la mujer de Fiodor. Erna dice que se siente avergonzada de continuar viva. Vania… Pero dejemos que Vania hable por sí mismo.
 Anoche me llevó por todo Moscú. Quedamos en Sujarevka, en una taberna destartalada. Apareció ataviado con botas altas y un poddiovka*. Ahora lleva la barba cuidadosamente recortada.
 —¿Alguna vez piensas en Cristo? —me pregunta.
 —¿En quién?
 —En Cristo. Dios hecho hombre, Cristo… ¿Alguna vez piensas en la forma que debe adoptar nuestra fe, nuestra vida? Cuando estoy en casa leo los evangelios a menudo, ¿lo sabías? He llegado a la conclusión de que sólo hay dos caminos posibles. En el primero se permite todo, ¿entiendes? Todo. Es el camino de Smerdiakov**. Te sientes capaz de hacer cualquier cosa. Y en ese camino no existe Dios, y Cristo no es más que un hombre, y tampoco existen los sentimientos… Y el otro camino es el camino de Cristo. Es muy sencillo: si eres capaz de amar, si de veras amas con todo tu ser, entonces eres capaz hasta de matar. ¿Lo entiendes?
 Y yo contesté:
 —Uno siempre puede matar.
 —No, no siempre. Matar es un pecado terrible. Pero recuerda que no existe amor más sincero que el de entregar tu alma a tus camaradas. No me refiero a tu vida, sino a tu alma. ¿Lo comprendes? Tienes que ser capaz de aceptar el sufrimiento de la cruz, tienes que decidir hacerlo todo por amor, y como signo de amor. Pero debe ser así, como te digo. Si no cumples estos preceptos, vuelves a ser como Smerdiakov, o al menos a encontrarte en su camino. Así es como rijo yo mi vida. Y, ¿para qué? Es posible que viva cada día esperando la hora de mi muerte. Mi único ruego, Señor, es que se me conceda la muerte en el nombre del amor. En tu caso, en cambio, tus plegarias no incluyen el asesinato. Tú matas, pero luego no te pones a rezar… A pesar de todo, sé que en realidad poseo muy poco amor dentro mí, y que por ello la cruz que cargo es pesada. No te rías —añadió tras un minuto—. ¿Qué tiene esto de divertido? Me limito a explicarte las palabras del Señor, y tú lo único que piensas es que estoy delirando. ¿Me equivoco?
 Permanecí en silencio.
 —Recuerda lo que Juan escribió en el Apocalipsis: “Los hombres buscarán en aquellos días la muerte, y no la hallarán, y desearán morir, y la muerte huirá de ellos”. ¿Qué puede ser peor que la muerte escapándose de ti cuando la llamas y la buscas? Y la buscarás, todos lo haremos. ¿Cómo serías capaz de derramar sangre si no buscaras la muerte? ¿Cómo te resultaría posible vivir al margen de la ley? Porque derramamos sangre, e incumplimos las leyes. Tú no sigues ninguna ley, y la sangre para ti es como el agua. Pero, escúchame, llegará el día en que recordarás estas palabras. Intentarás encontrar el final del túnel, y no serás capaz de hallarlo. La muerte se escapará de ti. Creo en Cristo. Creo en Él. Pero no estoy con Él. No soy digno de estar con Él en la porquería y en la sangre. Pero Cristo, en su misericordia, estará conmigo.
 Lo miré fijamente. Y entonces dije:
 —Entonces no mates. Abandona el terrorismo.
 Vania empalideció:
 —¿Cómo puedes decir eso? ¿Cómo te atreves? Cuando me dispongo a matar mi alma se eleva, pero no puedo hacerlo si no poseo amor. Si la cruz es pesada, álzala aún más. Si el pecado es grande, comételo. Y el Señor sufrirá contigo, y te perdonará.
 “Y te perdonará”, repitió suspirando.
 —Vania, eso no son más que tonterías. No pienses en ello.
 Dejó de hablar.
 Cuando salí a la calle ya me había olvidado de todo lo que me había dicho.
[…]

3 de septiembre

IMPEDIMENTA » El caballo amarillo   Hoy sentenciarán a Vania. Estoy tumbado en un diván, entre almohadas cálidas, en un apartamento de fortuna. Es de noche. La ventana enmarca un firmamento nocturno. En el cielo hay un collar de estrellas. La Osa Mayor.
 Sé que Vania se habrá pasado todo el día echado sobre su litera de la prisión; de cuando en cuando se habrá levantado, se habrá acercado a la mesa y habrá escrito algo. Y ahora la Osa Mayor brilla para él como lo hace para mí. Y, como yo, no podrá dormir.
 Sé otra cosa: mañana mismo ejecutarán la sentencia. El verdugo llegará en su camisa roja, con su túnica y su látigo, atará las manos de Vania detrás de su espalda, y enrollará una cuerda alrededor de su cuerpo. Mientras camine, sus espuelas tintinearán; el vigilante ajustara perezosamente el seguro de su pistola. Las verjas se abrirán… Una neblina caliente colgará sobre el área cubierta de sol, y los pies de Vania trastabillarán sobre la hierba mojada. El este se tornará rosa. Y sobre el cielo rosa pálido, se recorta una estructura alargada y ennegrecida que se eleva. Esto es la horca. Esto es la ley.
Vania será conducido hacia el cadalso. En la penumbra de la mañana su silueta será grisácea, sus ojos y su pelo del mismo color. Hará frío, y Vania se enroscará sobre sí mismo, hundirá sus mejillas profundamente en su cuello echado hacia arriba. A continuación el verdugo se pondrá una máscara y anudará la soga. Una blanca mortaja y el verdugo de rojo en el fondo. De repente, el tambor funeral hará sonar su música monótona con fuerza. Y el cuerpo estará colgado; Vania estará colgado.
 Las almohadas me queman el rostro. Las sábanas se han caído al suelo. No es cómodo estar aquí echado. Veo a Vania, sus ojos alegres, su pelo rizado. Y me pregunto con furia: ¿Por qué las horcas? ¿Por qué la sangre? ¿Por qué la muerte?
 Y de repente recuerdo: «También nosotros debemos ofrecer nuestras vidas por los hermanos». Eso es lo que dijo Vania. Pero Vania no está ya entre nosotros.

5 de septiembre

 Me digo a mí mismo que Vania se ha ido. Son palabras simples, pero no las creo. No puedo creer que Vania ya haya muerto. Llamará a la puerta, entrará en silencio, y le oiré decir, como siempre: «El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor».
 Vania creía en Cristo, yo no. ¿Por qué somos tan diferentes? Yo digo mentiras, espío a la gente y asesino. Vania dijo mentiras, espió a la gente y asesinó. Los dos vivimos rodeados del engaño y la sangre. ¿En el nombre del amor?
 Cristo subió al Gólgota. No mató, le dio la vida a los hombres. No mintió, le dijo a la gente la verdad. No traicionó a los otros, él mismo fue traicionado. Y he aquí la alternativa: o bien el camino hacia Cristo… o como Vania dijo: Smerdiakov… De manera que yo soy Smerdiakov.
 Conozco esta única verdad: Vania ha sido bendecido con la muerte y su calvario es verdadero; esta bendición y esta verdad son cosas que no puedo entender, son incomprensibles. Yo moriré, como él, pero mi muerte será sombría, pues las aguas amargas saben a ajenjo.»

* Tipo de levita propia de los que trabajan en la calle. [N. del T.]
** Personaje de Los hermanos Karamazov de Dostoievski, hijo ilegítimo de Fiodor Karamazov, nihilista y asesino de su padre. [N. del T.]

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Impedimenta, 2009, en traducción de James Womack y Marian Womack, pp. 17-18 y 79-80 . ISBN: 978-84-937110-8-5.]

domingo, 3 de diciembre de 2023

El doctor Zhivago.- Boris Pasternak (1890-1960)


File:Boris Pasternak 1920s.png - Wikimedia Commons
Libro segundo

XIV.- De nuevo en Varykino
6

 «Levantados ya muy temprano, Yuri Andriéevich comenzó a dirigir miradas codiciosas a la mesa escritorio que había junto a la ventana. Sentía en las manos el afán de encontrarse ante unas blancas cuartillas. Pero se reservó este placer para la noche, cuando Lara y Kátienka se hubiesen ido a dormir. Hasta que llegase ese momento estaría agobiado de trabajo para poner en orden, por lo menos, dos habitaciones.
 Soñando en el trabajo de la noche, no se proponía grandes cosas: era simple amor a la tinta, atracción por la pluma.
 Tenía deseos de escribir, de escribir palabras sobre el papel. Al principio se contentaría con escribir de memoria algo ya viejo, que todavía no llegó a escribir, sólo por poner en juego sus propias facultades acartonadas por la inactividad, emperezadas por el largo intervalo sin escribir. Esperaba que allí se detendrían más tiempo y que entonces podría dedicarse holgada y libremente a emprender cualquier trabajo nuevo e importante.
 —¿Estás ocupado? ¿Qué haces?
 —Me ocupo del fuego. ¿Por qué?
 —Necesito un cubo.
 —A este paso no tendremos leña más que para tres días. Habrá que ir a ver qué hay en la leñera de nuestra antigua casa. ¡A saber lo que encontraremos allí! Si ha quedado suficiente, haré unos viajes y me la traeré. Mañana me ocuparé de eso. Me has pedido el cubo. Sí, creo haberlo visto en alguna parte, pero no sé dónde, no consigo recordarlo.
 --A mí me sucede lo mismo. Lo he visto no sé dónde y ya no me acuerdo. Evidentemente no debía de estar en su sitio y por eso lo he olvidado. Paciencia. Quiero calentar mucha agua para lavarnos. Con la que quede lavaré algo para mí y para Katia. Hagamos una colada general de toda nuestra ropa sucia. Esta noche, antes de acostarnos, después de haberlo instalado todo y tomado nuestras decisiones, nos lavaremos los tres.
 —Enseguida prepararé mi muda. Gracias. He arrinconado los armarios y los muebles pesados, como me habías dicho.
 —Está bien. En lugar de lavar en el cubo, lavaré en el barreño. Pero está muy sucio. Habrá que quitarle la grasa.
 —Apenas funcione la estufa, ajustaré el tiro y me dedicaré a arreglar otros cajones. Constantemente descubro nuevas cosas en la mesa y en la cómoda: jabón, fósforos, lápices, papel, objetos de escritorio. Y cosas no menos inesperadas, que tenemos ante los ojos: por ejemplo, la lámpara sobre la mesa, llena de petróleo. Nada de esto pertenece a los Mikulitsyn, lo sé. Procede de otra parte.
 —¡Qué suerte tan grande! Siempre el inquilino misterioso. Como en Julio Verne. ¡Ah! ¡Qué atolondrados somos! Charla que te charla y el agua está hirviendo.
 Azacanábanse corriendo de un lado a otro por las habitaciones, con los brazos llenos de cosas, chocando uno contra otro, o tropezando con Kátienka que se quedaba plantada en medio de su camino, o se les metía por entre las piernas, entorpeciendo su trabajo al ir de un lado a otro. Cuando la regañaban, se enfurruñaba. Estaba cansada y se quejaba de frío.
 “¡Pobres chiquillos de hoy en día, víctimas de nuestra vida errante, compañeros resignados de nuestras peregrinaciones!”, pensaba el doctor, y dijo:
 —Perdona, pequeña, pero no tienes motivos para ponerte así. Todo eso son invenciones y caprichos. La estufa está al rojo.
 —La estufa estará caliente, pero yo tengo frío.
 —Entonces ten paciencia, Katiusha. Esta noche haré que caliente mucho y además mamá te dará un baño, ¿oyes? Mientras tanto, toma.
 Y amontonó en el suelo los antiguos juguetes de Liveri, recogidos en el almacén, algunos de los cuales estaban todavía intactos, otros rotos, piezas para construcciones, vagones y locomotoras, hojas de cartón divididas en cuadraditos numerados para jugar con fichas o a la lotería.
 —¿Qué haces, Yuri Andriéevich?—exclamó Kátienka, ofendida como una persona mayor—. Esto no es mío. Y además es cosa de niños. Yo ya soy mayor.
 Pero un instante después estaba cómodamente sentada sobre la alfombra y en sus manos aquellos juguetes de toda clase se convertían en material de construcción con el que fabricaba para Ninka, la muñeca que se había traído de la ciudad, una vivienda bastante más racional y estable que los refugios ajenos y siempre distintos a los que la arrastraban los mayores.
 —¡Qué instinto casero, qué natural atracción por un hogar y un orden! —dijo Larisa Fiódorovna, observando desde la cocina los juegos de su hija—. Los niños son sinceros, no tienen prejuicios y no se avergüenzan de la verdad, mientras nosotros, por miedo de parecer atrasados, estamos siempre dispuestos a traicionar lo que nos es más querido, a elogiar cosas que nos repugnan y aceptar otras que no comprendemos.
 —Encontré el cubo —la interrumpió el doctor, saliendo del oscuro trastero con el cubo en la mano—. Realmente no estaba en su sitio. Por lo visto en el otoño pasado lo utilizaron para recoger el agua de alguna gotera.

7

 Para el almuerzo, preparado ya para tres días con provisiones frescas, Larisa Fiódorovna sirvió cosas inauditas: una sopa de patatas y carnero asado también con patatas. Kátienka no conseguía tragar bocado, reía y bromeaba, pero luego comió hasta hartarse y, entontecida por el calor, se cubrió con la manta de viaje de su madre y se durmió profundamente en el diván.
 Larisa Fiódorovna, que estaba muy cansada y sofocada por la cocina, medio amodorrada como su hija y satisfecha por el éxito de su comida, no se dio prisa en quitar la mesa y se sentó para descansar. Luego de haberse asegurado de que su hija dormía, apoyándose sobre la mesa y sosteniéndose la cabeza sobre un brazo, comenzó a decir:
 —Trabajaré más y en eso encontraré la felicidad, con tal de que sepa que no lo hago en vano, que sirve para algo. Tienes que recordarme constantemente que estamos aquí para estar juntos. Dame ánimos y no me dejes pensar en nuestra situación. Porque, a decir verdad, si analizamos las cosas que estamos haciendo, ¿qué significado tiene que estemos aquí? Hemos invadido una casa forzando la puerta, disponemos de todo para nuestra comodidad y nos aturdimos con una prisa constante para no darnos cuenta de que esto no es vida, sino una representación teatral, no una cosa seria, sino “de mentirijillas”, como dicen los niños, una comedia para hacer reír a la chiquillería.
  —Pero, ángel mío, fuiste tú quien insistió en venir aquí. Recuerda cuánto me opuse, que no estaba de acuerdo.
 —Es cierto. No lo discuto. He faltado yo precisamente. Tú puedes vacilar, tener dudas. Yo debo hacerlo todo de modo lógico y coherente. Apenas entraste en casa viste la camita de tu hijo y te sentiste mal. Faltó poco para que te desmayaras de sufrimiento. Tú tienes derecho a esto, pero a mí no me está permitido. Mi temor por Kátienka y mi idea del porvenir tienen que quedarse en un segundo plano ante mi amor por ti.
El doctor Zhivago by Boris L. Pasternak: Muy Bien Encuadernación ... —Larusha, querida, no digas eso. Nunca es tarde para volver a pensar las cosas, para cambiar la decisión. Yo te aconsejé que considerases más seriamente las palabras de Komarovski. Tenemos un caballo. Si quieres, mañana volvemos a Yuriatin, Komarovski no se habrá ido aún. Le vimos por la calle desde el trineo, aunque creo que él no nos vio. Probablemente lo encontraremos.
 —Apenas he hablado y ya se advierte el descontento en tu voz. Pero dime: ¿acaso no tengo razón? Ocultarnos de una manera tan poco segura, por las buenas, es cosa que pudimos hacer también en Yuriatin. Si hemos de buscar la salvación, hay que hacerlo en serio, con un plan seguro, como, a fin de cuentas, nos proponía él, que aunque sea odioso, hay que reconocer que es hombre práctico y experto. No sé, pero me parece que aquí estamos más cerca del peligro que en cualquier otro sitio. Nos encontramos en medio de una llanura sin fin, expuesta a los cuatro vientos, solos, como en una casa en pleno desierto. En una noche la nieve puede sepultarnos y por la mañana ya no podríamos liberarnos. O que nuestro misterioso bienhechor, si por casualidad vive, irrumpa aquí, se descubra que es un bandido y nos degüelle a todos. ¿Tenemos, por lo menos, un arma? No, ya lo ves. Me da miedo tu despreocupación, que tanto se me contagia y me confunde las ideas.
  —¿Qué quieres hacer entonces? ¿Qué me ordenas que haga?
  —No sé qué responderte. Me tienes constantemente sometida. Recuérdame en todo momento que soy tu esclava, que te amo ciegamente y que no razono. ¡Oh, tengo que decírtelo! Nuestras familias, la tuya y la mía, son mil veces mejores que nosotros. Pero ¿acaso se trata de eso? El don del amor es como cualquier otro don. Puede ser tan grande como quieras, pero nunca se revelará sin iluminación. Es como si nos hubieran enseñado a amarnos en el cielo y luego, todavía niños, nos hubiesen enviado a vivir en la tierra durante algún tiempo para que pusiéramos a prueba, uno para con otro, esta capacidad. Es una identidad total, sin nada superfluo, sin ninguna gradación, ni altibajos, una equivalencia de toda la esencia, todo proporciona alegría, todo se ha hecho alma. Pero en esta ternura salvaje, que está siempre al acecho, hay algo infantilmente indómito, no permitido. Es una fuerza arbitraria, destructiva, contraria a la paz de la casa. Es mi deber tener miedo y desconfiar.
 Le rodeó el cuello con sus brazos y, luchando contra sus lágrimas, concluyó:
 —Compréndelo: nuestra situación es distinta. Tú tienes alas para volar por encima de las nubes, mientras yo, mujer, las tengo para posarme en la tierra y proteger del peligro a mi pajarillo.
 Las palabras de ella lo turbaban profundamente, pero no lo demostró para no enternecerse, y con un esfuerzo dijo:
 —Nuestra vida de vagabundos es realmente artificiosa y equívoca, tienes razón. Pero nosotros no la hemos inventado. Esta insensata zozobra es la suerte de todos, se halla en el espíritu de nuestro tiempo. También ya, desde esta mañana, he pensado casi las mismas cosas. Quisiera hacer cualquier esfuerzo para permanecer aquí más tiempo. No podría explicarte la gran nostalgia que tengo del trabajo, no del trabajo agrícola. Una vez, aquí, todos nos dedicamos a él y todo salió bien. Pero no me considero con fuerzas para volver a empezar. No aludía a eso. Poco a poco la vida reanuda su curso. Acaso un día empiece a publicar libros. Eso es lo que había pensado. ¿No podríamos llegar a un acuerdo con Samdeviátov para que, en condiciones ventajosas para él, nos mantuviera durante seis meses? Como garantía, le ofrecería la obra que podría escribir mientras tanto, un manual de medicina, por ejemplo, o una obra literaria, un volumen de versos... Incluso podría traducir de un idioma extranjero alguna obra famosa, de carácter universal. Conozco bien las lenguas y no hace mucho tiempo leí un anuncio de una casa editora de Petersburgo, que sólo publica traducciones. Son trabajos que probablemente tendrán un valor en el intercambio, traducible en moneda. Yo me consideraría feliz con una ocupación semejante.
 —Gracias por habérmelo recordado. También yo tengo pensado algo parecido. Pero no creo que podamos detenernos aquí. Es más: tengo el presentimiento de que pronto el azar nos llevará más lejos. Pero mientras tengamos a nuestra disposición este refugio, sólo te pido una cosa. Dedícame alguna hora de las próximas noches, y te ruego que escribas todo lo que tantas veces me has recitado de memoria. Una parte de esas cosas está dispersa y la otra no la has escrito. Temo que la olvides y así se perderá todo, como, según me has dicho, te ha sucedido con frecuencia.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1991, en traducción de Fernando Gutiérrez y revisión del texto de José María Bravo, pp.417-420. ISBN: 84-339-1157-0.]

domingo, 27 de agosto de 2023

Berlín.- Theodor Plievier (1892-1955)


Theodor Plievier - Wikipedia, la enciclopedia libre
Segunda parte

Un refugio

  «A las tres de la tarde entraron los rusos en el refugio Herzberge.
 "¡Ya están aquí!" "¡Todo ha terminado!" "¡Nos cortarán la cabeza!", decían unos. "No hay que perder la serenidad." "No ocurrirá nada", decían unos pocos. Todos contenían el aliento.
 Haderer había escogido a cinco mujeres entre las más hermosas y atractivas del refugio. Las mujeres aguardaban en la entrada, cuyas puertas estaban abiertas de par en par. Todas iban provistas de cigarrillos y tazas llenas de un café que ya había sido recalentado tres o cuatro veces. Cerca de ellas aguardaba Haderer. No lejos del zapatero andaba Reimann, el cerrajero, que le había ayudado a preparar el refugio para el momento de la ocupación. Las mujeres, que tenían el corazón en un puño, miraban de la manera más simpática y natural que les era posible.
 Un espantoso griterío; disparos; polvo. Unas balas que se incrustan en el techo, del que cae una llovizna de yeso. Aparece un jinete tocado de una zamarra de cuero. El caballo alzó las patas delanteras y pateó en el aire. Un sable brilló entre el polvo. Los cigarrillos y las tazas de café cayeron al suelo. El viejo Haderer no pudo hacer su discurso. Sus ojos relampaguearon. Alguien le dio un golpe y cayó al suelo. Y lo mismo les sucedió a quienes estaban junto a la entrada. El cerrajero Reimann se adelantó y dijo: "¡Sdrasdvuitje!" "¡Bien venidos!" y en seguida añadió: "Yo, comunista." Una múltiple carcajada fue la respuesta. Un gigante le cogió por las caderas, lo levantó, lo echó contra el suelo y gritó: "¡Un comunista!" "¡Un idiota!" "Mirad: él, comunista, sin necesidad de serlo." "Nadie le ha obligado." "¡Idiota!" Reimann recibió algunos golpes de sus compañeros. El jinete caucasiano se apeó del caballo, y se abalanzó sobre una de las mujeres de la comisión receptora, que era una carnicera de rostro colorado, y la tumbó en el suelo. Sus compañeras también fueron tumbadas por los recién llegados, que estaban completamente borrachos. Veinte, treinta, cincuenta rostros descompuestos por el vodka se agitaban en la entrada del refugio. Iban a la caza de fascistas y para ello habían vaciado antes algunas botellas. Un tremendo griterío les acompañó a lo largo del pasillo. Las mujeres de la comisión receptora y las que estaban acurrucadas en las habitaciones próximas a la entrada recibieron el primer embate de la oleada. Las de la comisión no podían levantarse siquiera, pues los hombres se les echaban encima, uno tras otro, como bestias. Y todos, mientras permanecían sobre ellas, las apuntaban con sus pistolas.
 Fueron revueltos los baúles y las maletas. Las mujeres no dejaban de gritar. Los niños presenciaban espantosas escenas de violencia. Sonaron disparos y muchos hombres cayeron muertos y heridos. Algunos trataban de huir.
 El refugio de Herzberge se había convertido en un manicomio.
 El viejo Haderer abrió los ojos. Tenía gusto de sangre en la boca. A su lado estaba la carnicera que él había designado para formar parte de la comisión receptora. La mujer se había convertido en un desfigurado pelele. Un poco más allá sollozaba otra mujer. Desde el interior del refugio llegaban gritos, llantos y quejidos.
 - ¡Uri! ¡Uri!
 - ¡Mujer, ven!
 Horrible herejía; espantosa idolatría. Se sintió acusado por aquel dramático espectáculo en el que las mujeres caían bajo el peso de los soldados. Aquellas mujeres deshonradas, manoseadas y sucias… Escondió el rostro. Aquello era algo peor que su boca ensangrentada y sus dientes rotos. Se sintió desfallecido, incapaz de hacer nada. Le sucedió lo que antes, tiempo atrás, le había ocurrido a Gnotke. Su inocencia se rebeló contra todo aquello. Y renegó de todo. Su mano, que durante tantos años había estado manejando el martillo, se había convertido en algo inútil. Se arrastró junto a la pared y, como pudo, avanzó entre montones de hombres y mujeres que yacían en el suelo. ¡Aquellos locos, salvajes, apóstatas! ¡Fascistas! ¡No saben que todos los refugiados a quienes están asesinando son trabajadores! Cruzó la puerta del refugio y salió al aire libre. No podía esconderse en ningún lado. Una fila de refugiados, todos ellos cargados con sus enseres, avanzaba por el parque. Apareció una nube de jinetes. Las mujeres fueron separadas de la fila. Cayeron baúles, maletas, y paquetes. Todo quedó revuelto sobre la calle. Las plumas de un colchón volaron por el aire.
 Domingo negro en Weissense.
 Domingo negro. ¿Qué es lo que ocurrió? El pueblo de San Petersburgo, con el sacerdote Gapón a la cabeza, se manifestó por las calles de la ciudad como protesta contra aquellos atropellos de que era objeto. Y de pronto un batallón de cosacos se abalanzó sobre ellos y los pisoteó y los golpeó. Haderer se acordó de ese sucedido histórico. ¿De qué ha servido eso? ¿Es que el pasado no es más que literatura? El hijo de quien hace unos años fue pisoteado por los caballos de los cosacos hace ahora lo mismo con esa gente.
 Eso sucedió al otro extremo de Berlín, en el distrito de Mariendorf, no lejos de la carretera que conduce a Zossen, en el mismo sótano donde el coronel Zecke se había refugiado en compañía del Director Knauer, el fotógrafo Putlitzer y su esposa y otros inquilinos.
 - ¡Mujer, ven! ¡Y tú, hombre, apártate!
 El hombre tenía que marcharse; no podía permanecer allí y contemplar la escena.
 - Vete, Heiner -rogó Anna Putlitzer a su marido.
 ¡Qué podía hacer él! ¡Qué quería hacer! ¡Dejarse matar!
 Alguien la cogió de la muñeca. ¿Dónde quería llevarla? Luego la levantaron y la precipitaron contra el suelo. El sótano estaba lleno de sombras. Los recién llegados no eran más que sombras. Únicamente vio el rostro del hombre que la arrojó al suelo. Nunca olvidaría aquella cara en la que brillaban unos ojos negros, y aquella boca, y aquel olor a sudor, porquería y alcohol…
 - Vete, Heiner…
 Heinrich Putlitzer salió tambaleándose de la habitación. Un soldado le fue apuntando con el arma. Las dos hermanas Quappendorf se agitaron de un lado a otro: la pequeña comenzó a llorar y la mayor, que era maestra, quiso escabullirse, pero un soldado la cogió por el cogote y la obligó a quedarse donde estaba.
 - ¡Al patio! ¡Todos los hombres, al patio!
 El refugio fue desalojado, Putlitzer, Knauer, el viejo impresor Riebeling, el redactor Quappendorf subieron las escaleras y se dirigieron hacia un mundo totalmente cambiado.
 Sus ojos estaban acostumbrados a la escasa claridad de las velas. Habían estado cinco días sin ver la luz del sol. Y bajo el fuego de la artillería, el estrépito del "organillo" de Stalin y el estallido de las bombas de aviación habían perdido la noción del día y de la noche.
 Ya no era su patio. Aquel patio en forma de herradura, bordeado de plantas estaba totalmente cambiado. Antes, a la salida del sótano, se encontraba uno con un patio como tantos otros que existían en Mariendorf y ahora, en cambio, al salir del sótano se desembocaba en una especie de aduar. Era como si una caravana se hubiera detenido allí. Era Asia, y olía a paja y a estiércol. Había carros desenganchados. Una yegua daba de mamar a un potrillo de largas y delgadas patas. A lo lejos se veía el resplandor de grandes hogueras. El cielo aparecía teñido de rojo y sobre el canal Teltow había una gran humareda.
 Los rusos se abrían paso hacia Tempelhof.
 - ¡Tú, nazi! -dijo alguien al director.
 - ¡Tú también, nazi! -gritaron a Putlitzer.
 - ¡Tú también!… ¡Todos, nazi! ¡Todos a la pared!
Riebeling, Putlitzer, Knauer y el viejo Rector fueron empujados hacia la pared. Luego fue traído un muchacho de cabellos rubios y revueltos. Era el hijo del rector Quappendorf, que había pertenecido a las S.S. y ahora vestía de paisano.
BERLIN: Amazon.es: Plievier, Theodor: Libros ¡Qué espantosa equivocación! El impresor Riebeling había estado aguardando a los rusos, sus liberadores. En cierta ocasión, en noviembre de 1919, desde la central de telégrafos había comunicado con Moscú. "Aquí Riebeling…" "Aquí Chicherin, Moscú." "Le ordeno, camarada Riebeling, que vaya en busca del camarada Liebknecht". Tenía que hablar; era preciso que se explicase. Su boca se abrió: "Moscú, Moscú; aquí Riebeling; el camarada Riebeling está ante el paredón". Pero un duende silenció sus palabras, que ni él mismo pudo oír. El rector Quappendorf pensó en su mujer. ¡Qué suerte que no haya tenido que presenciar esta escena! Y Else, Margot y Lisbeth están en el sótano. Y el chico, ¡pobre chico! Juntó las manos, pero no fue una oración lo que le venía a la boca, sino unos pasajes del último discurso de Goebbels: "Los rusos están a punto de estrellarse, de estrellarse, de estrellarse…" Knauer estaba preparado para el final. Todavía esperaba menos de los rusos que de la Gestapo. Halen había ido dos días antes en busca de su padre. Fue una suerte que los rusos no la pillaran en el refugio. Lo último que vería en este mundo sería aquel grupo de pequeños caballos y aquel potrillo mamando de la yegua.
 Riebeling, Knauer, Putlitzer, un viejo de setenta años y un joven de diecisiete estaban ante la pared. Un relámpago cruzó ante sus ojos y el mundo se vino abajo.
 Una salva. Unos trozos de yeso saltaron de la pared.
 Los disparos pasaron silbando sobre sus cabezas. Todavía no había llegado el final. Los soldados volvieron a enfundar sus pistolas. Carcajadas y gritos. Y golpes. Todo había sido una broma. El fusilamiento había sido una broma. Y, sin embargo, ahora era cuando los cinco hombres se sintieron morir. Tuvieron que apoyarse en la pared. Uno se ensució en los pantalones, otro vomitó y un tercero se puso a llorar.
 Y en medio de su desgracia se vieron obligados a contemplar un tremendo espectáculo, que cada cual interpretó de un modo diferente. El patio estaba lleno de coches, carros y caballos y desde el patio se divisaba un paisaje abierto hasta el canal. Postes caídos, hilos telefónicos rotos, una fachada con grandes boquetes. Una fantasmal caravana de soldados que marchaba hacia el frente. De pronto, la tierra sufrió una tremenda sacudida. El cielo se oscureció y se tiñó de un color rojo oscuro y los postes del telégrafo, las ruinas, los soldados, los caballos se hundieron en la oscuridad.
 El patio volvió a ser un patio en el que había unos soldados acampados.
 El puente de Teltow acababa de volar por los aires.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 1961, en traducción de Tristán La Rosa, pp. 151-154. Depósito legal B. 9.939. – 1961.]