Mostrando entradas con la etiqueta Catolicismo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Catolicismo. Mostrar todas las entradas

domingo, 26 de enero de 2025

El código Da Vinci.- Dan Brown (1964)

 

5

 «Murray Hill Place, la nueva sede estadounidense del Opus Dei y su centro de convenciones, se levanta en el número 243 de Lexington Avenue, en Nueva York. Valorado en más de cuarenta y siete millones de dólares, el edificio, de más de cuatro mil metros cuadrados de superficie, está revestido de ladrillo oscuro y piedra de Indiana. Diseñado por May&Pinska, cuenta con más de cien dormitorios, seis comedores, bibliotecas, salones, oficinas y salas de trabajo. En las plantas dos, ocho y dieciséis hay capillas decoradas con mármoles y maderas labradas. El piso diecisiete es enteramente residencial. Los hombres acceden al edificio por la entrada principal de Lexington Avenue. Las mujeres lo hacen por una calle lateral y, en el interior del edificio, deben estar en todo momento separadas "acústica y visualmente" de los hombres.
 Aquella tarde, hacía unas horas, en la soledad de su apartamento del ático, el obispo Manuel Aringarosa había metido cuatro cosas en un bolso de viaje y se había puesto la sotana. En condiciones normales no habría obviado el cordón púrpura, pero esa noche iba a viajar acompañado de más gente y deseaba que su alto cargo pasara desapercibido. Sólo los más atentos se darían cuenta al verle el anillo de oro de catorce quilates con la amatista púrpura, los grandes brillantes y la mitra engarzada. Se había echado la bolsa al hombro, había rezado una oración en voz baja y había salido de su apartamento en dirección al vestíbulo, donde su chófer le estaba esperando para llevarlo al aeropuerto.
 Ahora, en es vuelo comercial rumbo a Roma, Aringarosa miraba por la ventanilla y veía el oscuro Océano Atlántico. El sol ya se había puesto, pero él sabía que su estrella particular estaba iniciando su imparable ascenso. "Esta noche se ganará la batalla", pensó, aún sorprendido al pensar en lo impotente que se había sentido hacía sólo unos meses para enfrentarse a las manos que amenazaban con destruir su imperio.
 En calidad de prelado del Opus Dei, el obispo Aringarosa había pasado los últimos diez años extendiendo el mensaje de la "Obra de Dios", que es lo que significaba literalmente Opus Dei. La congregación, fundada en 1928 por el sacerdote español José María Escrivá promovía el retorno a los valores conservadores del catolicismo y animaba a sus miembros a realizar sacrificios drásticos en sus vidas para hacer la Obra de Dios.
 La filosofía tradicionalista del Opus Dei arraigó en un principio en la España prefranquista, pero la publicación en 1934 de Camino, el libro espiritual de José María Escrivá, consistente en 999 máximas de meditación para hacer la Obra de Dios en esta vida, propagó el mensaje de aquel sacerdote por todo el mundo. Ahora, con más de cuatro millones de ejemplares publicados en cuarenta y dos idiomas, la fuerza del Opus Dei no conocía fronteras. Sus residencias, centros docentes y hasta universidades se encontraban prácticamente en todas las grandes ciudades del mundo. El Opus era la organización católica con un mayor índice de crecimiento, así como la más sólida en términos económicos. Pero por desgracia, Aringarosa era consciente de que en tiempos de cinismo religioso, de idolatría y telepredicadores, la creciente riqueza de la Obra era blanco de sospechas.
 -Son muchos los que consideran al Opus Dei como una secta destructiva -le comentaban con frecuencia los periodistas-. Otros los tachan de sociedad secreta católica ultraconservadora. ¿Son alguna de esas dos cosas?
 -No, ninguna -respondía siempre el obispo sin perder la paciencia-. Somos una iglesia católica, una congregación de católicos que hemos optado prioritariamente por seguir la doctrina católica con tanto rigor como podamos en nuestras vidas cotidianas.
 -¿Incluye la Obra de Dios necesariamente los votos de castidad, pobreza y penitencia de los pecados mediante la autoflagelación y el cilicio?
 -Eso describe sólo a una pequeña parte de los miembros del Opus Dei -respondía Aringarosa-. Hay muchos niveles de entrega. Hay miles de miembros que están casados, tienen familia y viven la Obra de Dios en sus propias comunidades. Los hay que optan por una vida de ascetismo y enclaustramiento en la soledad de nuestras residencias. La elección es personal, pero todos en el Opus Dei compartimos la misma meta de mejorar el mundo haciendo la Obra de Dios. Y no hay duda de que se trata de toda una proeza.
 Con todo, la razón casi nunca servía. Los medios de comunicación se alimentaban normalmente de escándalos, y el Opus Dei, como cualquier gran organización, tenía entre sus miembros algunas almas descarriadas que ensombrecían los esfuerzos del resto del grupo.
 Hacía dos meses se había descubierto que un grupo del Opus Dei de una universidad del Medio Oeste americano drogaba con mescalina a sus neófitos para inducirles un estado de euforia que ellos percibieran como experiencia religiosa. En otro centro universitario, un alumno había usado el cilicio bastante más que las dos horas diarias recomendadas y se había causado una infección casi mortal. No hacía mucho, en Boston, un pequeño inversor en bolsa desilusionado había donado al Opus Dei los ahorros de toda su vida y había intentado suicidarse.
 "Ovejas descarriadas", se compadeció Aringarosa.
 Claro que la mayor vergüenza había sido el juicio mediático contra Robert Hanssen que, además de ser un destacado miembro del Opus y espía del FBI, había resultado ser un pervertido sexual que, según se demostró durante las vistas, había colocado cámaras ocultas en su propia habitación para que sus amigos le vieran manteniendo relaciones sexuales con su esposa. "Cuesta creer que se trate del pasatiempo de un católico devoto", había comentado el juez.
 Por desgracia, todos aquellos hechos habían propiciado la creación de un grupo de denuncia conocido como Red de Vigilancia del Opus Dei (Opus Dei Awareness Network, ODAN).»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Urano, 2004, en traducción de Juanjo Estrella, pp. 43-45. ISBN: 84-95618-60-5.]

sábado, 30 de octubre de 2021

Llenos de vida.- John Fante (1909-1983)


Resultado de imagen de john fante
5


   «El padre John Gondalfo  se presentó dos días después. Al llegar aquella tarde lo vi sentado en la sala, con mi padre y con Joyce. Su aspecto era el del típico hombre duro. Había sido capellán de marines en el Pacífico Sur. Llevaba esperándome una hora. A causa del calor se había quitado la chaqueta, debajo de la cual llevaba una camiseta blanca. El negro vello de su musculoso pecho se colaba por la trama del tejido. Tenía brazos de luchador y se mantenía en forma jugando solo a frontón en el garaje de la parroquia. Era joven, no tendría más de treinta y dos años, con un aceitunado rostro siciliano, nariz rota y pelo cortado al rape. Parecía un medio o un delantero centro de Santa Clara. En cuanto lo vi me di cuenta de que era de ascendencia italiana y el paisanaje no tardó en crear una cruda confianza. Me estrujó los nudillos al darme la mano.
 -Son las cinco y media, Fante. ¿Dónde estaba?
 Le dije que trabajando.
 -¿A qué hora sale?
 Le dije que poco después de las cuatro.
 -¿Las cuatro? ¿Dónde ha estado esta hora y media?
 Le dije que en Lucey’s, tomando un whisky.
 -¿No sabe que su mujer está embarazada?
 Joyce estaba en un sillón, con el montículo apoyado con indolencia en su vientre y con las piernas algo separadas para sujetarlo. Adoraba al padre John. También percibí la admiración de mi padre, así como una ligera hostilidad hacia mí.
 -¿Qué tiene de malo beber aquí, en su propia casa? –dijo el padre John-. ¿Con su mujer y este gran hombre que es su padre? ¿Se le ha ocurrido alguna vez?
 Sus hombros me impresionaban, y  la intensa negrura de sus ojos.
 -Claro, padre. También bebo en casa y mucho.
 -Ya es hora de que se enfrente a sí mismo, Fante.
 -Sin duda, padre, pero…
 -No discuta conmigo, joven. ¿Cree que acabo de llegar en el ferry de Hoboken?
 Yo no quería discutir con nadie. Al mirar a Joyce, me di cuenta de que el espíritu de la admonición del padre John la había contagiado. En aquel momento me descalificaba totalmente. También mi padre, que estaba sentado delante de una botella de vino, humedeciéndose los labios y confirmando sabiamente con la cabeza las palabras del sacerdote.
 El padre John dio una palmada, se frotó las manazas con fuerza y dijo:
 -Bueno, vayamos al asunto. Fante, su mujer quiere entrar en la Santa Madre Iglesia Católica. ¿Alguna objeción?
 -Ninguna, padre.
 Y era la pura verdad. No podía haber objeciones. Sí, se me daba la posibilidad de desear otra cosa, la esperanza de que pospusiera temporalmente su decisión, pero era otra historia.
 -¿Y usted? Aquí su padre, este hombre grande y extraordinario, me ha contado que trabajó como un esclavo para proporcionarle una esmerada educación católica. Pero ahora lee libros y, si me lo permite, escribe libros. ¿Qué tiene contra nosotros, Fante? Debe de ser usted muy inteligente. Cuéntemelo todo. Escucho.
 -No tengo nada contra la Iglesia, padre. Es sólo que quiero pensar…
 -¡Ah!, ¿conque es eso? La infalibilidad del Santo Padre. Así que quiere saber si el obispo de Roma es realmente infalible en cuestiones de fe y moralidad. Fante, se lo aclararé de una vez para siempre: lo es. ¿Qué más le preocupa?
 Me acerqué a mi padre, me hice con la botella y bebí un trago. El repentino ataque del padre John me había dejado aturdido y necesitaba tener tranquilas las ideas.
 -Verá, padre. La Santísima Virgen…
 -Yo le explicaré lo de la Santísima Virgen, Fante. Permítame exponérselo con claridad y sin ambigüedades. María, madre de Dios, fue concebida sin pecado y al morir ascendió a los cielos. Un hombre de su inteligencia tiene que comprenderlo.
 -Sí, padre. Lo aceptaré por el momento. Pero en la misa, en la eucaristía…
 -La eucaristía es la transformación del pan y el vino en cuerpo y sangre de Cristo. ¿Qué más le inquieta?
 -Verá, padre. Cuando un hombre se confiesa…
 -Cristo dio a sus sacerdotes el poder de perdonar pecados cuando dijo: “Recibid el Espíritu Santo. Los pecados que perdonéis serán perdonados; y los pecados que no borréis no serán borrados”. Lo dice el Nuevo Testamento. Léalo.
 -Entiendo las palabras, padre. Pero en el dogma del pecado original…
Resultado de imagen de john fante llenos de vida -¡Ja! ¡De modo que es eso! Por pecado original entendemos que como descendientes de nuestros primeros padres somos concebidos en pecado y así permanecemos hasta que recibimos el glorioso sacramento del bautismo…
 -Sí, padre, eso ya lo sé. Pero la resurrección…
 -¿La resurrección? Por el amor del cielo, Fante, si es muy sencillo. Cristo nuestro Señor fue crucificado, resucitó de entre los muertos y ahí tenemos la inmortalidad prometida a todos sus hijos. ¿O prefiere morir como un perro, condenado eternamente al olvido?
 Di un suspiro y tomé asiento. Era imposible decir nada más. Mi padre carraspeó y esbozó una ligera sonrisa mientras empinaba la botella. Había en sus ojos una cordialidad curiosa. La ceniza que se le desprendió del cigarro aterrizó de cualquier manera en sus muslos.
 -El muchacho lee demasiado, padre. Hace años que se lo digo.
 Ahora era “el muchacho”.
 -Me gusta leer, papá. Es parte de mi profesión.
 -Y esos libros, padre. Control de natalidad, me lo dijo él mismo.
 -¿Control de natalidad? –El padre John sonrió con tristeza mientras cabeceaba-. Yo le diré lo que es el control de natalidad en la Iglesia católica. No existe.
 -Ya se lo dije yo, padre. Le dije: “No me gusta eso”. La culpa no es de la chica. Ella es protestante. No se da cuenta. Pero él… él me lo dijo. “Me gusta controlar a mi familia”, así me lo dijo, hace un par de días. A mí, a su propio padre.
 -Algo así le dije –admití-. Pero a lo que me refería, padre, era a que mis ingresos…
-¿Lo ve usted? –intervino mi padre-. Llevan casados casi cuatro años. Tiempo de sobra para dos hijos, un niño y una niña. Nietos. Pero ¿están aquí, padre? Suba esas escaleras. Mire en todas las habitaciones, debajo de las camas, en los armarios. No los encontrará. Nicky y Philomena. Nicky tendría ahora tres años y hablaría con su abuelo. La niña daría ahora sus primeros pasos. ¿Los ve en esta casa, padre? Salga al patio trasero; mire en el garaje. No, no los encontrará, porque no están aquí. ¡Y la culpa es de él! –me señaló con el dedo, el de la uña rota.
 -Para ya, papá.
 -No pienso parar. Quiero saberlo, porque soy su abuelo. ¿Dónde está Nicky? ¿Dónde está Philomena?
 -¿Cómo quieres que lo sepa?
 Joyce se acercó a mi padre y se sentó junto a él. Le asió la rojiza zarpa y le habló con dulzura.
 -No ha habido otros, papá Fante. Se lo digo con el corazón en la mano.
 No había que tratarlo así, porque podía tomarle gusto al sentimentalismo. Dicho y hecho: puso cara de compunción, le tembló la barbilla, se le humedecieron los ojos. Quise advertir a Joyce con la mirada. Era cierto que me había opuesto al embarazo hasta que pudiéramos permitírnoslo. También era verdad que ella había aceptado arriesgarse sin dinero. Pero nunca se me había ocurrido pensar que aquellas ocasiones fueran entidades humanas concretas, ni dar nombre a los niños no concebidos, y en aquellos instantes veía el duelo y la melancolía en el rostro de Joyce, arrastrada por el estado de ánimo de mi padre.
 - Hablo de mi sangre –prosiguió mi padre-. Hay dos a los que no veré nunca, pero están aquí, en alguna parte y su abuelo no se siente bien, porque no puede comprarles helados.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2008, en traducción de Antonio-Prometeo Moya, pp. 103-108. ISBN: 978-84-339-7484-6.]

sábado, 13 de febrero de 2021

La casa de los budas dichosos.- Joao Ubaldo Ribeiro (1941-2014)

Resultado de imagen de joao ubaldo ribeiro 

 «En nuestro politeísmo católico, Príapo fue sustituido por san Gonzalo. Los católicos son politeístas. Perdóneme si es usted católico. Por otra parte, yo, naturalmente, también fui criada como católica, asistí a clase de catecismo, hice la primera comunión vestida de organdí blanco, en viernes santo hablaba sólo lo estrictamente necesario, en jueves santo sólo comíamos pescado y así. Más aún, fui criada considerando a los protestantes gente de mal ver y Lutero me ponía nerviosa, en los libros de historia universal me parecía la encarnación del demonio. Mire por dónde, me llevó cierto tiempo librarme de esa estupidez; hoy día, hasta siento cierta afinidad con los protestantes, salvo con los calvinistas y, por supuesto, con ese pentecostalismo histérico y de baja estofa que ahora nos invade. Me saca de quicio el magisterio de la Iglesia. Prefiero leer yo misma la Biblia y pensar lo que me parece acertado pensar de lo que leo, quiero enterarme yo misma de las buenas nuevas, sin curas con voz de tenorino griposo endilgándome incoherencias, subestimando mi inteligencia y repitiendo disparates, como el de afirmar descaradamente que en el Pentateuco hay mandamientos que prescriben guardar la castidad, que los hombres santos no bautizados van a parar a cierto limbo, y tantos otros inventos conciliares; ya me he leído la Biblia de cabo a rabo y nunca he visto nada parecido a eso. ¿Y por qué no observan también lo que se dice en el Levítico? Hacen como si no estuviera. ¿Y es el Papa vicario de Cristo? Algunos papas, todo el mundo sabe lo que han sido ciertos papas, todos infalibles y tantos sin vergüenza. En fin. No voy a hablar de eso, es una pérdida de tiempo.
 Además, no hay nada malo en ser politeísta, en cierto modo es mucho mejor que creer en un solo Dios imposible de comprender. Y, además, ya estoy harta de no decir lo que me pasa por la cabeza, y mire que nunca fui mucho de actuar así, pero las pocas veces en que lo hice ya son demasiadas para mí. Todavía me queda algún fleco de ese legado imbeciloide del que he de librarme antes de morir. La enfermedad, esa enfermedad que va a matarme, también contribuye a mi actual estado de espíritu. No sé quién dijo que la perspectiva de ser ahorcado al día siguiente por la mañana hace maravillas para la concentración. Excelente observación. No tengo nada personal contra nadie, no hablo para ofender a nadie en particular, es como una actitud filosófica genérica. Mi abuelo materno era un aristócrata, elegantísimo, hablaba francés y alemán corrientemente, estuvo varias veces en Europa, era cultísimo, pero, después de cierta edad, se echaba pedos en público. Yo estaba el día en que se echó pedos delante del gobernador del estado, en la época del Estado Nuevo. El gobernador había ido a almorzar con él y, después del almuerzo, se quedaron conversando en la sala de estar, y mi abuelo, cada dos por tres, levantaba el trasero y soltaba ventosidades como truenos. Cuando mi abuela le llamaba la atención, él decía que todo preso quiere liberarse y que todo el mundo se echa pedos, incluso el gobernador, de modo que no sería él, a esas alturas de su vida, quien retuviera un pedo. Quien quisiera que se retuviera, él no.
 Bueno, sí, iba diciendo que los católicos son politeístas, pusieron santos en lugar de los dioses especializados. Los griegos y los romanos tenían un dios menor para cada cosa, para las reglas atrasadas, los artistas fallidos, las transacciones imposibles, las deudas por quiebra, los matrimonios, los músicos borrachos, los agricultores, los cabreros, todo, todo, todo. Los católicos sustituirían los dioses por santos. ¿Los músicos? Santa Cecilia. ¿Los que tienen problemas de la vista? Santa Lucía. ¿Las solteronas? San Antonio. Y así sucesivamente, como bien sabe usted. Lo hacen incluso con los lugares. ¿San José de No Sé Dónde?, Diana de Éfeso, lo mismo. Los dioses no fueron derrotados o eliminados, siguen siendo inmortales, como lo fueron siempre, sólo que cambiaron de nombre, se adaptaron a los cambios. Yo imparto auténticas conferencias sobre el tema, soy la reina de las conferencias, a veces debo de ponerme pesadísima. Pero no se preocupe, no le soltaré ninguna conferencia, a fin de cuentas a usted se le paga, tenemos que trabajar, trabajemos pues. Tan sólo una última pequeña referencia a San Gonzalo, porque ahora ya estoy en ello y soy compulsiva; empecé y tengo que terminar. San Gonzalo no existe. O, mejor dicho, existe, pero nunca había existido. Para la Iglesia no hay ningún san Gonzalo, nunca lo hubo. Pero, en mi opinión, fue porque faltaba un Príapo, de modo que se abrió ahí una gran laguna que clamaba por ser colmada. No existe san Gonzalo, pero ya he visto alguna procesión suya, con cura y todo, y con mujeres cantando por lo bajo obscenidades, es un santo desflorador y consolador para las solitarias. En el pueblo cerca de la hacienda que tenemos en la isla, según contaba incluso mi abuelo, había una estatua de san Gonzalo con un falo de madera descomunal, mayor que su propio cuerpo. El cuerpo era de barro, pero el falo era de madera resistente y estaba fijado por la base a un eje, de manera que, cuando se tiraba de un cordelito por detrás, se erguía y se quedaba allí, en ristre. Nunca lo vi, pero las viejas negras de nuestra hacienda aseguran que antiguamente hacían todos los años una procesión con la estatua de san Gonzalo y que las mujeres se peleaban por pintarle el falo, todo un acontecimiento en el mundo de las artes, por no hablar de la afortunada que quedaría bien servida durante los trescientos sesenta y cuatro días restantes del año.
Resultado de imagen de la casa de los budas dichosos  ¡Claro! Es muy sencillo. Yo lo que quería era ponerle un título a esto, pero ¡claro!, soy como dicen que era Buñuel: mi método de exposición es la digresión. Sé que estoy muy lejos de estar senil. Es evidente que he estado delirando un poco, pero yo he delirado siempre, y san Gonzalo me fascina, tenía razón al recordar el sueño. Claro, es por culpa del título. Quite eso de la grabación. Pensándolo bien, no, después lo quita usted todo de la grabación, la grabación inicial sólo empezará cuando yo se lo diga. Ahora no quite nada. Ya lo quitaré yo cuando usted lo haya pasado todo a papel. Sí, es mejor, dejemos que fluya, después haré la criba, pondré orden, etc. Calma, calma. No sé siquiera porqué este…, ¿cómo se llama esto, esto que estamos haciendo? Digamos, este testimonio socio-histórico-literario-porno, ja, ja. O sociohistóricoliterarioporno, todo junto, debe de quedar estupendo en alemán. Sí, ¿no? Sí, no sé siquiera por qué este testimonio tiene que llevar un título, pero ¿por qué no? Esos dos budas… Después hablaré de esos dos budas, ahora no viene a cuento. Recuérdemelo, es una historia muy interesante. Pero de momento sólo me interesan debido al título. Lo encuentro monísimo, con ese sonido medio aliterativo –la ca-sa-de-los-budas-dichosos-, lo encuentro simpático. Hereby este testimonio se titula La casa de los budas dichosos. Es bueno, sobre todo porque no quiere decir nada, como todo buen título de calidad literaria. La gente que lo lea se preguntará el porqué de esos budas, se inventará las más disparatadas explicaciones. ¿Cuánta gente leerá este testimonio, cómo quedará, lo leerá alguien? Creo que sí, he trazado un plan más sofisticado que el de las películas de espionaje. Usted forma parte de él, pero no le diré cómo, no importa. Usted transcriba las cintas aquí y las va dejando aquí, todo lo que quede será palabra suya. Puede que sea útil, nunca se sabe. Cuente la historia, mienta mucho si quiere, diga que todo es verdad, y lo es. Al principio pensé que escribiría sólo para mí y que lo dejaría para que algún habitante de Fulania, Mengania o Zutania, para mayor escándalo y sofocones públicos, intentara explicarlo todo según criterios plúmbeos -¡oh, pringada especie la nuestra, cuánto tiempo perdemos cuando hay tanta cosa por descubrir!-. Fulania, Mengania y Zutania eran países fundados por una gran amiga mía, Norma Lúcia –después hablaré de ella, es imprescindible-, todos habitados por bellacos como el viejo Pedrao, profesor de derecho romano, después hablaré de él, que vivían en otros países, que vivían en otros mundos. Fulania, Mengania y Zutania, ¡vaya bribones!, ellos allá y yo aquí. Pero no lo dejaré en manos de esa gente, no confío en la posteridad. El título que iba a ponerle era Memorias de una libertina, pero no lo pondré, es de demasiado buen gusto para esa gente que nunca ha leído a Choderlos de Laclos, no voy a desperdiciarlo, a echar margaritas a los cerdos. […]
 Decidí inicialmente dar testimonio de forma oral, y no escrita, por el principal motivo de que es imposible escribir sobre sexo, al menos en mi idioma, sin que una parezca recién salida de un tugurio arrabalero, a no ser que empleara palabras como “vulva”, “vagina”, “gruta del placer”, “sexo húmedo” y “la penetró bruscamente”. Hablando queda más natural, no sé muy bien por qué. ¿Qué más? Me gustaría apañármelas para decir inanidades laberínticas como algunos psicoanalistas o sociólogos, o como un pensador francés, de esos que suelen aparecer en los suplementos culturales de los periódicos para, en la mayoría de los casos, desaparecer poco después, y que no dicen nada, pero intimidan a la gente con sus pavadas. Pero yo no sé hacer eso, es una de mis deficiencias. Olvídelo.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, 2006, en traducción de Beatriz de Moura, pp. 15-21. ISBN: 84-8310-687-6.]                      

domingo, 7 de febrero de 2021

Los libros malditos.- Mar Rey Bueno (1969)

Resultado de imagen de mar rey bueno 
Primera parte: Censores
Capítulo I: Índices de libros prohibidos

   «El 1 de noviembre de 1478 aparecía la bula Exigit sincerae devotionis affectus, publicada por el papa Sixto IV a solicitud de los Reyes Católicos Isabel y Fernando. Con ella quedaba instituido el Santo Oficio o Tribunal de la Santa Inquisición, erigido para inquirir casos de presunta herejía que, de ser descubiertos, debían desarraigarse. Pronto la Inquisición amplió su radio de acción no sólo al control de toda herejía, sino de la doctrina y de todo lo escrito tangente a ella. Empezó a vigilar y a censurar las expresiones de escritores y científicos que, aun de lejos, ofendieran la ortodoxia establecida, cuyo fiel guardián se consideraba. La censura, constante tentación de todo poder establecido ansioso por defenderse de presuntos o reales enemigos, halló una buena oportunidad de desarrollo en la lectura, merced a las facilidades que ofrecía la imprenta, de invención entonces reciente.

 Inquisición y censura

 Desde el nacimiento de la imprenta, uno de los elementos propagadores más eficaces con los que contó la sociedad fue el  libro. Por ello no debe resultarnos extraño que la Inquisición idease la forma de controlar la difusión de ideas a través del papel escrito. Fue así como nacieron los índices inquisitoriales, relaciones exhaustivas de todo aquello considerado por los censores fuera de lo permitido.
 Las primeras medidas destinadas a censurar libros están fechadas en 1515, cuando el Concilio V de Letrán adopta una legislación precisa que reglamenta las publicaciones impresas. La situación se verá modificada rápidamente por la Reforma protestante. La manera como Lutero y sus discípulos se sirven de la imprenta para difundir sus doctrinas provoca una viva reacción del sector católico, a fin de impedir por todos los medios la impresión, venta, posesión y lectura de los escritos considerados como subversivos. La sucesión de índices de libros prohibidos por universidades y autoridades eclesiásticas regionales o nacionales no se hace esperar: en 1544 aparece el índice de la Facultad de Teología de París; en 1545, 1547 y 1549 lo harán nuevas listas de la Sorbona parisina; 1546, 1550 y 1556 son los años de publicación de los catálogos de la Universidad de Lovaina; entre 1549 y 1554 aparecerán los catálogos del nuncio apostólico en Venecia, Giovanni della Casa, mientras que en 1547 y 1551 se publicarán aquellos catálogos por parte de la Inquisición portuguesa.
 España, estandarte de la religión católica por excelencia, no permanecerá al margen de este proceso censor. Las autoridades inquisitoriales españolas publicaron seis índices entre 1559 y 1707. El primero de ellos nació como consecuencia del miedo al peligro protestante y sus posibilidades de expansión en el seno de la monarquía hispánica, precipitándose con el descubrimiento de los focos luteranos de Valladolid y Sevilla (1557-1559). Vino acompañado, además, por la conocida pragmática de 22 de noviembre de 1559, que prohibía la salida de estudiantes españoles a territorios extranjeros.
 Tras quince largos años de búsqueda e investigaciones por parte de inquisidores, censores y calificadores de la Suprema, se publicaron los catálogos de 1583-1584, uno prohibitorio y otro expurgatorio. Compuestos por catorce reglas, la Suprema decidió que fueran leídos en las iglesias más importantes de cada obispado el primer domingo o fiesta de guardar en la misa mayor, al tiempo del ofertorio; después de la lectura se pronunciaría un sermón sobre lo que acababa de ser leído. El edicto, como todos los emanados del Santo Oficio, sería clavado después a la puerta de la iglesia para que todos tuvieran presentes las órdenes de la Suprema. Las disposiciones eran: entregar todos los libros que estuvieran contenidos en los índices (bien para su expurgación o bien para ser confiscados si eran prohibidos) y todos aquellos que se considerasen sospechosos o incluidos en las prohibiciones generales de las reglas; delatar cualquier otro libro sospechoso o prohibido del que se tuviera noticia y a todo aquel del que se supiera que guardaba libros vedados. Los comisarios debían entregar todos esos libros y enviar un memorial de los mismos al tribunal inquisitorial correspondiente, en el que se indicaría claramente el título del libro, el nombre del autor y del impresor, el lugar de impresión y el año. Se daba un plazo de tiempo brevísimo para todo ello (doce días) y se anunciaba que quien no cumpliera lo ordenado en ese plazo incurriría en pena de excomunión mayor y demás censuras que la Inquisición procediera contra los rebeldes “con todo rigor”.
Resultado de imagen de los libros malditos Los catálogos de 1583-1584 sentaron las bases de un miedo generalizado en España: leer y tener demasiados conocimientos podía ser motivo de acusación inquisitorial. La semilla quedaba sembrada y sus frutos no tardarían en fructificar. En la primera mitad del siglo XVI se publicaron, consecutivamente, tres índices, destinados a subsanar los defectos observados en índices anteriores. La idea era hacer un índice con el parecer de todos los expertos y con tiempo suficiente para poner al día todas las expurgaciones pendientes y las prohibiciones nuevas recogidas en índices romanos o en edictos particulares. La Inquisición trabajó con catálogos de libros y autores de las ferias de Francfort, que ya estaban configuradas entonces como el principal mercado europeo del libro. Además, los censores inquisitoriales utilizaron agentes informadores en el extranjero.
 El último índice prohibitorio apareció en 1707, si bien había comenzado a prepararse en 1679. El largo período sin un expurgatorio se cerraba setenta y siete años después de la salida del anterior, en 1640. Los problemas de la Inquisición para mantener el control sobre el mundo del libro y sus lectores, y continuar su labor de censura y reconducción ideológica, eran graves, y se habían manifestado una y otra vez en esos largos años. El Santo Oficio se encontraba en un período crítico, de anquilosamiento, del que ya no saldría, pese a ciertos fogonazos de actividad en la centuria siguiente. Sin embargo, en este largo período el mal ya estaba hecho, poco importaba la intensidad o no de la actividad inquisitorial.
 […]

Tipología de la censura

 Los tribunales inquisitoriales recibían delaciones de personas y libros considerados heréticos de forma sistemática. Sobre las personas, la Inquisición actuaba siempre por delación, que era estimulada por un pregonero público en presencia de los inquisidores cuando se proclamaban los llamados edictos de fe, que conminaban en conciencia a delatarse y delatar, lo cual favoreció el clima de terror y de suspicacia asociado a la actividad inquisitorial. En el caso concreto de los libros, los expedientes inquisitoriales podían ser iniciados por cualquiera, si bien solían ser lectores escrupulosos, censores espontáneos, vigilantes de fronteras y navíos o visitadores oficiales de librerías quienes hacían llegar sus delaciones hacia la red de comisarios de distrito y familiares del Santo Oficio, funcionarios locales inquisitoriales que eran los encargados, a su vez, de llevarlo a los trece tribunales regionales que se fueron formando, a lo largo de los siglos XV y XVI, en diversas ciudades españolas: Barcelona, Córdoba, Cuenca, Granada, Logroño, Llerena, Murcia, Santiago, Sevilla, Toledo, Valencia, Valladolid y Zaragoza. En última instancia, la información pasaba al tribunal general, más conocido como la Suprema, instalado en la villa y corte madrileña.
 En líneas generales, los procedimientos de censura fueron tres. El más común consistió en extractar del contexto una u otra frase sin tener en cuenta el diverso género de la obra en que aparecía o en su intención y aplicarle indistintamente notas de ofensiva a píos oídos, errónea, escandalosa, herética… Otro de los procedimientos fue el llamado expurgo: a fin de permitir libros declarados buenos en conjunto pero en los cuales se habían detectado algunas frases o párrafos suprimibles, se dio con la idea de expurgarlos tachando con gruesa tinta palabras o frases o arrancando páginas estimadas inaceptables. Fácilmente se entiende que la mera posesión o lectura de un libro expurgado incidía en la mala reputación de autor, lector y vendedor. Por último, si el libro en cuestión era de erudición clásica o de contenido científico, esto es, no tocaba de manera alguna el tema religioso, la mera clasificación de su autor como auctor damnatus (autor condenado), que había que estampar en la portada de los escritos por protestantes y sospechosos de otras heterodoxias, bastaba para alejar posibles lectores.
 De esta forma, una obra podía aparecer en los índices de libros prohibidos, como totalmente prohibida, si se consideraba que no podía leerse en su totalidad; expurgada, cuando se ordenaba que fuera sometida a expurgación, con el fin de autorizarla posteriormente; autorizada con nota, para permitir su circulación y lectura expresamente cuando su autor era considerado hereje, si bien la obra no contenía nada reprobable desde el punto de vista doctrina; prohibida hasta su expurgo, para señalar que debía considerarse prohibida hasta que se le señalara la correspondiente expurgación.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Edaf, 2005, pp. 29-35. ISBN: 84-414-1626-5.]