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domingo, 29 de septiembre de 2024

La raíz semítica de lo europeo.- Joaquín Lomba Fuentes (1932)

 

XIV.- La compleja inserción del racionalismo científico en Europa
El "Averroísmo latino"

 «Como se ha visto más arriba, las obras de Averroes fueron traducidas por Miguel Escoto, de la corte de Federico II Hohenstaufen, y por los judíos de la Corona de Aragón y fueron conocidas en París, nada más empezarse a traducir, poco después de 1230. Al principio se le da poca importancia e incluso se le interpreta mal, como les ocurrió a Roger Bacon y Alberto Magno. Pero quienes deciden adoptar antes que nadie las enseñanzas tanto de Aristóteles como las de su comentarista Averroes es la Facultad de Artes que está empeñada en hacer filosofía asimilando estas nuevas doctrinas frente a la de Teología, aferrada al agustinismo, neoplatonismo y a la escueta Escritura y libros de Sententiae clásicos, sobre todo los de Pedro Lombardo.
 Sin embargo, a pesar de que, como se ha visto, Alberto Magno y Tomás de Aquino asumieron el aristotelismo para su teología e incluso algunos de los comentarios de Averroes, sin embargo, algo había en los que ya se podía llamar "Averroísmo" que hería los oídos teológicos de ambos. Así en 1256 Alberto magno escribe contra Averroes su Sobre la unidad del Intelecto y en 1258 Tomás de Aquino su Summa contra gentes y su Sobre la unidad del Intelecto contra los averroístas, criticando a Averroes junto con otros filósofos paganos. Con ello, Averroes empieza a destacar sobre los demás comentaristas árabes y sus doctrinas llegan a ser foco de atención principal, aparte de las de Aristóteles. Tan son foco de atención que se crea un nuevo cuerpo doctrinal que, si bien está inspirado en Averroes, sin embargo hay tesis que jamás pronunció el pensador cordobés, como es la famosa de "la doble verdad" que tanto escandalizó y cuyo núcleo consistía en afirmar que una misma tesis puede ser verdad en filosofía y su contraria también en teología.
 Las críticas contra Averroes arrecian y en 1267 San Buenaventura escribe sus Exposiciones sobre los diez mandamientos, en 1268 sus Lecciones sobre los dones del Espíritu Santo y en 1273 sus Lecciones sobre el Hexamerón, todas ellas claramente antiaverroístas. Gil de Lessines da una lista de errores en su Errores de los filósofos, donde Averroes aparece en  lugar destacado. Este mismo autor dirige en 1277 una carta a Alberto Magno con "quince artículos que, en las escuelas de París, proponen los maestros que son considerados como los más importantes en su filosofía", los cuales artículos tienen un carácter claramente averroísta. Alberto Magno le responde manteniéndose en el plano de la filosofía pura. Estas tesis son las mismas que condenará Tempier y son: la eternidad del mundo y de la especie humana; la unidad de un solo Intelecto (el llamado Intelecto Agente) para todos los hombres; la carencia de libertad de la voluntad humana; el principio de que Dios no conoce nada fuera de sí mismo con la consecuencia de que no existe la providencia divina.
 Pero la gran condena fue la de 1277 en que, Tempier y Roma confabulados, condenan 219 proposiciones, excomulgando a todos los que las defiendan. En el prefacio de la misma se apunta a la doble verdad cuando afirma: "dicen que esto es verdad según la filosofía, pero no según la fe católica, como si hubiera dos verdades contrarias, y como si en lo que dicen los paganos condenados hubiera una verdad, opuesta a la Sagrada Escritura". Las tesis que se condenan constituyen un amasijo revuelto de doctrinas de la más diversa procedencia (no sólo de Averroes). Además, hay unas veinte tesis por lo menos de Tomás de Aquino, lo cual se explica, primero, porque sus adversarios se aprovecharon para introducirlas y así tener motivos para arremeter contra él; y, segundo, porque efectivamente algunas tesis son averroístas (por ejemplo, la eternidad del mundo que es compaginable con la creación según Tomás de Aquino), pues en su interpretación de Aristóteles se acerca mucho más a Averroes que a Avicena, hasta el punto de que algunos, como Asín Palacios, han hablado de un "Averroísmo teológico" en Santo Tomás de Aquino.
 Por algunas de las tesis contenidas en esta condena de 1277, podemos saber cuál era el pensamiento averroísta y cuáles eran los temas que empezaban a penetrar en Europa, de procedencia semita árabe aunque algunos de ellos tendenciosamente muy deformados con el fin de poder atacar más directamente las "innovaciones" de musulmanes y judíos (una vez más el rechazo de Europa a "lo otro"). Es obvio que algunas de estas tesis jamás las formularon ni imaginaron los filósofos musulmanes ni judíos ni Averroes. Daremos algunos ejemplos ilustrativos: tesis 40 y 154: ocuparse de la filosofía es el estado más perfecto y sólo son sabios los filósofos; tesis 153 y 175: el conocimiento de la teología no vale e incluso es perjudicial; tesis 56, 42,152, 174, 184, 185, 217: la teología está llena de fábulas y de errores, las cuales no están fundadas en la razón; y Dios no se puede conocer más que a sí mismo y, por tanto, no puede conocer lo contingente ni lo que va a ocurrir en el futuro; tesis 6, 91, 101: el mundo es eterno; hubo, por tanto, en el pasado una infinidad de revoluciones del cielo, revoluciones que, al retornar cada treinta y seis mil años, ocasionan los mismos efectos; tesis 87, 91: las especies contenidas en el mundo son también eternas y, por tanto, no hubo un primer hombre ni habrá un último; tesis 21: lo que pasa en el mundo ocurre necesariamente; tesis 32: el Intelecto es uno para todos los hombres y está separado de éstos; tesis 134, 163, 164: en todas sus acciones el hombre sigue el apetito dominante y este apetito, si no encuentra obstáculo, es movido necesariamente por lo deseable, a menos que se crea que la voluntad sigue de manera forzosa lo que cree y le dicta la razón, en todo caso, la voluntad está determinada por el exterior; tesis 144: todo el bien que puede alcanzar el hombre consiste en las virtudes intelectuales; tesis 176: la felicidad puede alcanzarse ya en esta vida; tesis 168: la continencia no es esencialmente una virtud; tesis 169: la abstinencia completa del acto carnal corrompe la virtud y la especie; tesis 171: la humildad no es una virtud. Y, como éstas, otras muchas más que componen el cuadro completo del Averroísmo (repito: no del mismo Averroes).
 Este Averroísmo fue sostenido durante el Medievo por autores como Siger de Brabante (h. 1235-h. 1284) y Boecio de Dacia (fl. h. 1270), contra quienes iba especialmente dirigida la condena de 1277, Juan de Jandún (muerto en 1328), Marsilio de Padua (h. 1275-h. 1343), éste, sobre todo, en el aspecto político y otros muchos más. Después de la Edad Media, el Averroísmo siguió desde finales del siglo XV hasta el XVII, centrándose, sobre todo, en la Universidad de Padua, con representantes tales como Nicoleto Vernia (h. 1420-1499), Agostino Nifo (1463-h. 1546), Alesandro Achillini (1463-1512), Marco Antonio Zimara (muerto en 1532) y otros más.
 Pero lo más importante no es que se fuera averroísta de pleno derecho o que se tuvieran solamente algunas tesis tomadas del Averroísmo, como fue el caso de Pedro Abano (1257-1315) o del comentador de Aristóteles Jacobo Zarabella (1533-1589). Como tampoco era fundamental ser aristotélico alejandrista, al modo como lo veremos a continuación. La clave estaba en que Averroísmo, Aristotelismo, Alejandrismo, no eran más que expresión concretada en ciertas corrientes de un ambiente general nuevo que había invadido la ciencia y filosofía europeas proveniente del mundo semita (aunque, como se ha dicho, deformándolo), a saber: el gusto especial por la razón, por el naturalismo, por la separación de filosofía/ciencia de la religión y por cuantas cosas se han apuntado en el capítulo número 4.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Akal, 1997, pp. 78-80. ISBN: 84-460-0787-8.]

domingo, 10 de marzo de 2019

El sabor de la miel.- Salwa Al-Neimi (finales de 1950)


  

 De los matrimonios de placer y los libros eróticos

«Sé que, al contrario de lo que nos han enseñado, soy polígama por naturaleza. Quizá como la mayoría de las mujeres. Aunque polígama no es la palabra adecuada. Debería decir que practico el poliamor o, más exactamente, la poliandria.
 Hace años, vi a Alberto Moravia en una entrevista, hablando sobre la multiplicidad natural de la mujer. Lo que dijo fue como una revelación espiritual. Moravia tradujo en palabras lo que yo sabía en la teoría y lo que vivía en la práctica. Más tarde, leí la misma afirmación escrita por un filósofo francés contemporáneo que teoriza sobre el placer y asigna la idea de la multiplicidad a todos nosotros, ya se trate de hombres o mujeres. Leí su libro con voracidad feliz, incluso aunque no lo necesitara: mi vida constituía una prueba de sus ideas.
 ¿Oí lo que dijo Moravia antes de o después del Pensador? No lo recuerdo. ¿Leí al filósofo francés antes o después del Pensador? No lo recuerdo.
 Lo único que recuerdo es que conocí al Pensador cuando estaba inmersa en la lectura de los clásicos de la literatura erótica. Me divertía trasladar lo que ocurría entre nosotros a los textos antiguos, se los leía, y se me daba bien detallarlos. Él sólo conocía uno: "El retorno del anciano a su juventud".
[...]
 Era joven, pero mis mundos secretos hacía ya tiempo que habían puesto sus cimientos. Pronto adquirí el don del desdoblamiento y lo practiqué como defensa de mi libertad, para afrontar así la hipocresía del mundo.
 Algunos años más tarde indagué, a través de la experiencia práctica, sobre la certeza de lo que escribieron los decanos de los escritores árabes acerca de los "beneficios del acto sexual", como lo llamaban ellos, en relación con el cuerpo, el espíritu y la mente: "Pues el acto apacigua la cólera y contribuye a alegrar el alma de aquéllos cuyo temperamento es ardiente. Cura el mal de ojo, los vértigos, el dolor de cabeza y las molestias en las extremidades, que ciegan el corazón y cierran las puertas del raciocinio." También sé el daño que supone no hacerlo. Mohamed ben Zakarya dijo: "Quien deja de practicar el acto sexual durante un tiempo prolongado experimenta la lasitud de todos los miembros, la sangre le circula mal y la memoria se le debilita. He visto a algunos que lo abandonaron para vivir en la castidad y su cuerpo se enfrió, sus movimientos se entorpecieron, les sobrevino la aflicción sin motivo y reconocí en ellos los males de la melancolía, la falta de deseo y problemas de digestión."
 ¿Enfermedades del cuerpo y del espíritu? ¿La locura, la depresión y la melancolía, en un solo lote, por practicar la abstinencia sexual? Que Dios nos proteja y nos guarde de todo eso.
 Ibn al-Azrak dijo: "Todo deseo que el hombre satisface le endurece el corazón, excepto el acto sexual." De ahí viene mi empeño por preservar la ternura de mi corazón.
 Me acostumbré a hablar siempre con los demás, cuando el tema estaba relacionado con el sexo, sólo desde el plano teórico. Citaba ejemplos extraídos de los libros o de experiencias ajenas, pero lo tocante a mi doble vida quedaba oculto en una lámpara que sólo frotaba a solas para que saliera el genio de mi memoria.
 Llegó el Pensador y le dije que sí.
 Al principio no le hablé a nadie de mi ansia de conocimiento. Aquellos libros conformaban un secreto que no compartía con nadie. Llegó el Pensador y le dije: "Sí". Llegó el Pensador y la lámpara se activó. En la cama, le hablé de mis lecturas clandestinas. Los dos secretos se mezclaron y ambos cursos de agua se transformaron en un solo río.
 En esa época me bastaba con saborear aquellos libros y revivirlos con él. Al principio, buscaba el nombre de cada postura sexual y se lo decía. Los que hacían más gracia se convertían a menudo en un código secreto que intercambiábamos con aparente inocencia. Aderezábamos con él nuestra conversación en presencia de terceros y nos las ingeniábamos para introducirlo en cualquier contexto. Pero no resultaba fácil: ¿cómo es posible pronunciar expresiones como "el sofocado", "los carneros", "la silla del camello", "el curvado" y "la sastrería del amor" en una frase con sentido? La ignorancia de los demás contribuía a un juego que desplegábamos sin reparos.
 Estaba segura de que nadie podría reparar en esas expresiones, salvo en el caso de que se tratara de un experto en libros eróticos, que los leyera y los releyera, como yo. Y eso era algo poco frecuente, incluso en los círculos de eruditos conocedores del legado literario. Lo comprobé a través de la experiencia práctica, y siempre resultó ser divertido.
 Gracias al Pensador, comprendí el valor de lo que leía y tomé conciencia de su importancia. Empecé a frecuentar a Ahmed ben Yusuf al-Tifashi, Ali ben Nasr, Samuel ben Yahia, Nasir al-Din al-Tusi, Mohamed al-Nefzawi, Ahmed ben Suleiman, Ali al-Katibi al-Qazwini, al-Suyuti y al-Tijani como si estuviera entre amigos. Los leía y los releía, degustaba sus escritos y aplicaba sus palabras a mi vida. Las atesoraba como un lenguaje secreto que no osaba desvelar a otro que no fuera el Pensador.
 Se me ocurre que, junto a él, me adentré en una fase de conciencia erótica que no era posible desligar de mis lecturas. La experiencia práctica se entrelazaba con la norma teórica y de ese cruce no podían sino salir chispas. [...]
 La libertad con que escribían los antiguos se burlaba de mí con su séquito de palabras que no me atrevo a pronunciar y tampoco a redactar. Es un lenguaje excitante.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 2009, en traducción de Myriam Fraile. ISBN: 978-84-96580-48-0.]