Mostrando entradas con la etiqueta Huida. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Huida. Mostrar todas las entradas

domingo, 31 de diciembre de 2023

El mapa de los afectos.- Ana Merino (1971)

La poesía está viva: Ana Merino
            22.- Amor verdadero

  «El amor había sido la respuesta. Esa pulsión del organismo que nos atrapa con su química invisible. Así de simple, una catarata de amor desbordado había cambiado el rumbo de la vida de Valeria. Algo parecido a un chaparrón torrencial que arrastró todo lo anterior. Valeria vio en ese nuevo enamoramiento la oportunidad de escapar de su realidad e inventarse otra. Cuando cambias de país y de idioma, todo tiene otro sentido. En su viaje de novios descubrió que se había casado con el hombre equivocado y que, por lo tanto, quería abandonarlo, borrar el rastro de su boda y los planes de futuro que habían labrado durante meses.
 Cuando recordaba los días de la ruptura todavía sentía la angustia pegajosa de su desamor asustado. ¿Cómo escapas de una relación en medio de un país del que apenas conoces el idioma? Valeria no sabía si quería a su marido y, después de una serie de acaloradas peleas dentro del coche de alquiler, no se le ocurrió nada mejor que subirse a un autocar y desaparecer en un momento en el que su esposo se ausentó para ir al baño. Su impulsiva fuga fue el germen de un enamoramiento definitivo que le dio coraje para decirle adiós a Paul. Valeria solía enredarse con el amor; antes de su fallida boda había vivido un apasionado idilio con Tom, un hombre bastante mayor que ella, y eso ya la llevó a dudar mucho a la hora de casarse. Pero Paul y ella tenían la misma edad y enseñaban juntos en la escuela. La juventud los hizo ilusionarse con la idea del matrimonio como la prueba definitiva que daba sentido al futuro que soñaban. Sin embargo, la convivencia de unos días en la luna de miel por España mostró aspectos de la personalidad de Paul que a Valeria le resultaron insoportables, y la imagen idealizada del matrimonio que acababan de inaugurar se desmoronó de inmediato. Por eso se subió a un autocar rumbo a lo desconocido en una estación de servicio cuando Paul la dejó sola unos minutos. No tuvo el impulso de largarse con el coche de alquiler y dejarlo tirado, que hubiera sido otra opción, sino que quiso desprenderse de cualquier rastro de aquella convivencia marital, abandonarlo con todo y desaparecer. Montarse en el autocar fue su gran heroicidad, dejarse llevar por algunas horas en el balanceo absorto de la carretera que la condujo al puerto de Algeciras.
 Aunque en realidad no supo dónde estaba hasta que no se lo explicaron los guardias civiles que la vieron deambular llorosa por el aparcamiento. A Manuel, un joven guardia civil gaditano, las clases de inglés que recibía en una academia por las tardes le vinieron estupendamente para echarle una mano a aquella estadounidense desorientada. Con sus radiantes treinta y tres años y el título del First Certificate se encargó de ayudar y coordinar el reencuentro de Valeria con su marido, que ya había puesto una denuncia pensando que la habían secuestrado. Para cuando Paul llegó al puerto de Algeciras, el guardia civil y Valeria ya se habían fijado el uno en el otro y notaban una atracción increíble. ¿En qué consistió este sorprendente enamoramiento? Ninguno de los dos sabría explicarlo con precisión, pero ambos sintieron que no podían estar el uno sin el otro. Que el mundo dejaría de tener sentido si ella se marchaba de vuelta con su esposo. Nada de esto se dijeron, pero la química invisible que respiraron el tiempo que pasaron juntos en el puesto fronterizo generó su propia magia. A ambos se les aceleraron los latidos del corazón, se miraban y sonreían con gesto ridículo, les sudaban las manos y se sentían atraídos de una forma vertiginosa. Manuel se dio cuenta de que estaba enternecido y fascinado con Valeria cuando por radio le confirmaron que un estadounidense que no hablaba español buscaba agobiado a su mujer por la carretera. Valeria ya estaba tranquila sentada en una silla, absorta en sus cosas mientras miraba por la ventana del aparcamiento. Pensaba en lo guapo que era el guardia vestido de verde que la miraba de reojo y le sonreía, en lo azul que era el mar y en lo bien que se sentía en la oficinita de chapa prefabricada con el chico de labios carnosos que se esforzaba por hablarle en inglés británico. Manuel sintió la tentación de decirles a sus compañeros que por allí no había pasado ninguna americana, que buscaran en otro lado, que ese día el tránsito había sido el de siempre, sin demasiados sobresaltos.
 Paul sintió una profunda e inquietante culpa en el transcurso de aquellas nefastas horas que pasó buscando a su mujer, en ese día absurdo y calurosísimo. Se dio cuenta de que no la amaba y de que no quería envejecer a su lado. Pero desear aquello con Valeria desaparecida le parecía siniestro. Había querido perderla de vista para siempre mientras terminaba de orinar y se miraba al espejo. Había maldecido su precipitada boda, anunciada ya como una catástrofe por su madre, que le aconsejó que no se casara con aquella chica, que todavía eran muy jóvenes y que además presentía que era una inconsciente.
  —Nunca me escuchas, Paul, y las madres lo presentimos todo —le había dicho en varias ocasiones su progenitora con tono melodramático—, es como si fuéramos videntes, como si pudiéramos anticipar el futuro de nuestros hijos.
 La madre ponía los ojos en blanco y resoplaba quebrando la voz y fingiendo estar al borde del llanto:
 —¿Cuándo entenderás que yo ya he vivido muchas vidas enamoradas, y me he equivocado? Pero he aprendido, por eso debes hacerme caso. Siento en el alma tener que decirte todo esto. No duraréis mucho, no te imaginas lo que me duele esta certeza.
 —Mamá, por favor, no quiero oírte. No empieces otra vez.
 —Qué pena, qué pena más grande —murmuraba la mujer como si estuvieran hablando de una desgracia.
 —Verás como todo sale bien —decía Paul intentando consolarla.
 —Ojalá tengas tú razón y yo esté equivocada —añadía ella, aunque a los pocos minutos volvía a sus teorías visionarias sobre el matrimonio, comentando los enlaces fallidos de los hijos de sus amigas—: Russell, el hijo de Judy, no duró ni cinco años con esa chica tan dispuesta. Mira que llevaban más tiempo de noviazgo que tú con tu amiga, pero una vez casados no fueron capaces de aguantarse, porque, cariño, el tema del amor no es tan fácil.
 El enamoramiento del chico pasó por encima de las advertencias de su compungida progenitora. Por mucha experiencia que tuviera su madre, él había tenido que vivir en primera persona la magnitud de su absoluto desencuentro con Valeria. En diez días infernales, el calor andaluz había licuado toda la consistencia amorosa que daba sentido a la pareja. Obviamente, ni su madre había sido capaz de intuir eso. Ella les concedía cinco años de vida matrimonial, o tal vez siete, que es el número que suelen dar los sociólogos que evalúan el desamor y los divorcios en las revistas femeninas de salud y belleza. Siete años equivalía a un ciclo de vivencias y eso la madre de Paul lo sabía mejor que nadie.
 Paul pensó primero que Valeria había ido también al baño. Fue al cabo de más de media hora esperando a que saliera cuando presintió que algo raro pasaba. Se puso a buscarla y empezó a asustarse. Nadie había visto nada, y los dueños de la cafetería decidieron avisar a la policía para que ayudara a ese joven americano desconcertado que daba vueltas por las instalaciones pidiendo ayuda.
 Cuando la localizaron en el puerto de Algeciras fue sencillo seguir el recorrido que le habían marcado los agentes en el mapa. Durante las horas que Paul pasó solo conduciendo en dirección al puerto, trató de imaginar los pasos de lo que sería la ruptura definitiva. Imaginarse otra vez en el coche con ella le parecía asfixiante, pero estaba claro que tendrían que hablar. Ahora que entendía que su rabia era desamor, quizá podrían ahorrarse nuevas y absurdas peleas. Se habían dicho cosas espantosas y sentía un enorme rechazo hacia su mujer. ¿Cómo podía un viaje tener un efecto tan pernicioso? Tantas horas junto a Valeria por las carreteras lo habían trastornado. La piedra de las torres y las murallas, los campanarios, los ábsides, los altares, la imaginería ensangrentada de los cristos, las plazuelas, los platillos de aceitunas, el salmorejo, las horas de la siesta, el murmullo de la gente en las calles, el calor noche y día, ese calor denso e irrespirable..., la suma de todas las sensaciones y las imágenes como una melodía seca macerada en la respiración sudorosa de su cansancio.
 Al llegar al muelle y verla junto al guardia civil tuvo una iluminación. La silueta de sus cuerpos tensos junto a la puerta de la oficina prefabricada, mezclada con la calima de ese aire seco que venía del Sáhara, dibujaba una realidad paralela a su propia relación que a Paul le resultó liberadora. Vio en ellos la posibilidad del amor y en él mismo la salida digna que ofrecen los gestos más sencillos. Así que decidió abandonarla, que en el fondo era lo mejor para ambos. Despedirse de ella de manera rápida y elegante y que se quedara junto a ese hombre de uniforme que lo miraba con curiosidad y tristeza.
 Valeria no quería regresar con Paul, la aterraba volver a subirse al coche de alquiler con su marido, y cuando vio que ni siquiera la miraba y que sacaba sus cosas del maletero y le devolvía la alianza, suspiró aliviada. Su huida había sido el mensaje silencioso que Paul necesitaba entender. Todo había terminado entre ellos y no era ese el momento de las explicaciones y los análisis. La verdad es que nunca hubo necesidad de verbalizar los sentimientos del final.
 El divorcio, unos meses después, fue un trámite sencillo porque no tenían propiedades ni hijos en común. Valeria ni se presentó en el juzgado, no hizo falta, y Paul regresó a su rutina de docente aliviado de haberse separado tan rápido. Rehízo su vida sin dar demasiadas explicaciones a nadie, ni siquiera a su madre, y una década después se casó con una mujer llamada Megan que conoció en un bar. Se fueron de viaje de novios por Alaska, evitando así el calor, y no hubo absurdas ni iracundas discusiones. Fueron padres de tres hijos que les darían muchas alegrías y media docena de nietos. A Paul siempre le quedó claro que Valeria no era la mujer de su vida y que haberse separado había sido la mejor decisión. Tampoco tuvo nunca curiosidad por saber qué había sido de ella. Cuando despegaba del aeropuerto de Madrid de regreso a Estados Unidos se despidió para siempre de ese país y de Valeria. Ella se quedaba en ese territorio abrasador y él regresaba a su mundo.
 Valeria se asentó en el paisaje de aquella frontera marina y luminosa. El horizonte de luz densa, de espuma y agua salada se convirtió en el hogar definitivo de su alma inquieta. Había hallado cobijo en la costa de un mar cálido y de aspecto dócil donde en los días transparentes podía ver el contorno de África. Su nueva vida se dibujaba entre Algeciras y Tarifa, y fue feliz. Durante muchos años encontró serenidad en aquel rincón del mundo, el paraíso de los surfistas, de los Peter Pan que buscan el sendero de las olas y las montan como equilibristas de un gran circo de espuma y algas; los que viven la dicha sobre las olas de varios metros y abrazo alargado y juguetón. Valeria no pudo imaginarse otro lugar donde estar que no fuera esas costas. Se quedó con Manuel y desde la primera noche durmieron abrazados, aliviados de haberse encontrado en un mundo donde el amor verdadero es azaroso y casi imposible. Sus cuerpos desnudos sintieron el cosquilleo del placer como la inmensidad del universo. En ellos estaba el impulso primitivo de los seres vivos, pero también el deleite humano del amor con su respiración sostenida en el instante mismo del gozo compartido.
 Los primeros años, Valeria fue profesora de inglés en la academia en la que Manuel había estudiado. Luego aparecieron las oleadas de inmigrantes y se integró en el equipo de la Cruz Roja que ayudaba a los que llegaban. Desde entonces ha conocido a miles de personas desesperadas, ha anotado sus nombres y su lugar de origen en fichas, ha coordinado los grupos y las urgencias. Ha escuchado los lamentos y las historias aterradoras de sus viajes infernales. Ella, que tuvo la suerte de encontrar a Manuel, se pregunta muchas veces si todas esas almas desesperadas hallarán su lugar en la Tierra.
 —¿Qué hay que hacer para que los de aquí entiendan lo que esta gente está pasando y no les tengan miedo? —le pregunta Valeria a Manuel.
 —Ojalá lo supiera —responde el guardia civil.
 Manuel es consciente de que en el fondo son muy pocas las personas capaces de meterse en la piel de los que llegan a las playas; hasta que no lo vives, no los tienes cerca y los observas respirar exhaustos, no comprendes la magnitud de lo que sucede. En ellos, en su sufrimiento, está contenida la historia de todas las migraciones, el relato de las civilizaciones y sus desequilibrios, la lucha por existir, por esa subsistencia que ha dibujado el mapa de los siglos.
 Valeria sueña a veces con los ahogados que las olas depositan en la orilla, y a los números que le asignan les otorga nombres secretos y se imagina sus vidas hermosas en lugares exóticos donde fueron concebidos con amor. Los días más tristes, cuando están desbordados por la rabia y la pena, Valeria traza con la mirada un gran puente de quince kilómetros que une los dos continentes. Cada día reza para que nadie se ahogue en ese mar tan hermoso y se lamenta con Manuel de la falta de recursos, del dolor que recorre la costa, del vacío que habita en la desesperación de todos los náufragos de la pobreza y la guerra.
 —Esta mañana hemos rescatado a dieciocho con vida, pero hemos perdido a veinte. —El rostro de Valeria hace una mueca de dolor contenido y sigue hablando—: Ya han recuperado los cuerpos. Había dos mujeres embarazadas, tres niños, y los demás eran hombres jóvenes, no creo que ninguno tuviera más de treinta y cinco años.
 A Manuel le preocupa cómo Valeria digiere el abismo de esos cadáveres, piensa que carga sobre sus hombros toda la congoja fantasmal de los cuerpos inertes. Sabe que no los olvidará y que irá a trabajar fingiendo estar entera porque es más útil en el mundo de los supervivientes que la miran esperanzados, a los que entrega, con verdadero amor, una botella de agua y una manta.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones destino, 2020, pp. 149-154. ISBN: 978-84-2335-693-5.]


domingo, 27 de junio de 2021

Tengo quince años y no quiero morir.- Christine Arnothy (1930-2015)


Resultado de imagen de christine arnothy
XIII


 «Muertos de sueño, nos mantenemos sentados sobre los asientos de madera del tren local. Un revisor huraño agujerea los billetes con indiferencia. Frente a mí, un hombre enciende  su pipa con cuidado. El olor nauseabundo del tabaco barato me da asco. Llueve de nuevo. El paisaje se confunde con el cielo gris. A lo lejos desfilan las chimeneas de las fábricas y las ruinas, y siempre las ruinas. Tengo la impresión de encontrarme en el tren desde hace años, como si la suerte me hubiera clavado a este duro asiento de madera y me hiciera viajar sin cesar entre ruinas, entre seres silenciosos. Creía que más allá de la frontera, del otro lado de Hungría, en los países que llamamos occidentales, el cielo era azul y la gente estaba feliz. Creía que nos rodearían de alegría y que, al acogernos, su sonrisa nos haría olvidar el tiempo pasado. Pero en este tren nadie sonríe, y el humo del tabaco se hace cada vez más espeso e insoportable.
 Nos acercamos a Viena. Miro afuera con avidez. Mi corazón late apresuradamente. ¡Cuántas veces mis padres me han hablado de esta ciudad encantada, siempre chispeante de alegría! El tren se detiene en medio de ruinas. Debe de ser la estación, pues todo el mundo baja. Nosotros también bajamos. La lluvia corre a lo largo de las paredes incendiadas, negras, con las tuberías rotas. En pocos segundos nos mojamos hasta los huesos. La multitud nos arrastra hacia la salida. Mi abrigo pesa cada vez más, y me gustaría romper estos trapos que llevo encima desde hace días. De pronto siento que las ataduras que retienen el pliegue de mi camisón ceden. Imposible evitar que se deslice completamente. Estoy de pie bajo la lluvia, que corre por mi cara y sobre mi abrigo gris, debajo del cual se ve el camisón de seda. Me siento impotente y ridícula. Ese azul claro contrasta de tal modo con el gris, que comienza a atraer las miradas. La gente se detiene y me contempla sin la menor sonrisa.
 Llorando, corro hacia una barraca cercana. El camisón me molesta al correr, se me pega a los tobillos. El lodo penetra en mis zapatos y salpica mi ropa. Cuando llego a la barraca debo esperar a que mis manos dejen de temblar. Primero quiero desgarrar la tela que tan desgraciadamente sobrepasa mi abrigo, pero el tejido se resiste. Es más fuerte que yo. No me queda otra solución que la de los alfileres. Al fin puedo reunirme con mis padres y dejamos la estación. La cortina de lluvia enturbia la vista. ¿Dónde está Viena?
 Nos ponemos en marcha al azar. La suerte nos conduce ante la puerta de un café. Entramos en él. El mozo nos mira y luego sigue su conversación con un cliente. En otra mesa una pareja bebe café. El hombre dice algunas palabras de cuando en cuando. La mujer no responde nunca.
 Nos sentamos. El mozo se acerca y pasa la servilleta por la mesa.
 -Tres cafés y algo para comer –dice mi padre en alemán.
 Estamos tan fatigados que no encontramos nada que decirnos. Sentados, inmóviles, miramos la calle, donde el viento, ahora, forma remolinos con la lluvia. Una señora anciana y obesa empuja la puerta y entra con un perrito pachón muy gordo en los brazos. Eso me recuerda a nuestro perro. Quizá corre todavía desesperado persiguiendo el tren y la confianza en los hombres.
 El mozo nos trae el café y tres minúsculos panecillos grises. Me inclino sobre la taza a la vez que cierro los ojos. Este brebaje sólo tiene de café el nombre, pero está ardiendo y calienta el cuerpo y el corazón. La calle me parece ya menos hostil. Devoro uno de los panecillos. En ese momento me veo en un espejo que está frente a mí y me doy cuenta de que sonrío.
 -Lo hemos logrado –murmura mi padre.
Resultado de imagen de christine arnothy tengo quince años y no quiero morir Pide la cuenta, saca de un rollo de billetes uno de cien schillings y lo deposita sobre la mesa. El mozo se acerca y contempla el billete sin tocarlo.
 -Está caducado –dice-. Todo el dinero que usted tiene ahí se retiró de la circulación hace más o menos un año. No tiene ningún valor.
 El corazón me empieza a latir tan fuertemente que cada golpe me produce el mismo dolor que una herida. Mi madre está espantada, mi padre está pálido. Contemplamos los schillings sobre la mesa.
 El mozo adopta una actitud hostil.
 -¿No tienen ustedes con qué pagar la cuenta?
 Su voz se ha vuelto aguda como una voz de mujer.
 El hombre de la mesa vecina deja su periódico y observa la escena apoyándose en los codos. La pareja silenciosa se vuelve también hacia nosotros. La mujer del perro nos observa.
 Mi madre se quita su único anillo, su último anillo, el que no se quitaba jamás y que lo llevaba desde su boda en el mismo dedo que el de la alianza. Del brillante brota una chispa azul como un grito de angustia. Mi madre tiende el anillo al mozo.
 -Por esos cafés. Ignorábamos que nuestro dinero ya no valía.
 El mozo toma el anillo con desconfianza.
 -¿No será falso?
 Pero el brillante centellea a tal punto que no necesitamos nada más para convencerlo.
 -No se lo des –suplico a mi madre en húngaro.
 -No hay más remedio –dice mi padre-. Sabe Dios lo que nos espera si monta cualquier escándalo. Acabamos de llegar ilegalmente y no tenemos los papeles en regla.
 -Volveremos para recuperarlo –dice mi madre al mozo.
 Éste asiente, pero está claro que ha decidido no recordarnos nunca y, si se diera el momento, negarlo todo.
 Coge el anillo, lo lanza al aire y después se lo guarda en el bolsillo.
 Mientras recoge las tazas nos dice:
 -Acaban ustedes de llegar, ¿verdad? –pregunta, luego se retira al fondo de la sala.
 -¿Y ahora? –pregunto angustiada.
 Mis padres están callados. Durante esos cinco minutos han envejecido varios años.
 Una atroz desesperación se apodera de mí. Quisiera estallar en sollozos, pero mis ojos están secos.
 Y me pregunto si la vida tendrá un día al fin piedad de mí. Si consentirá que yo tenga una existencia propia.
 ¡Qué bueno sería nacer!»

   [El texto pertenece a la edición en español de Barril Barral editores, 2009, en traducción de Paula Emilia Sanz, pp. 119-123. ISBN: 978-84-937136-2-1.]

miércoles, 17 de junio de 2020

Escupiré sobre vuestra tumba.- Boris Vian (1920-1959)

Resultado de imagen de boris vian 

Capítulo VIII

   «A la semana siguiente recibí un cargamento de libros nuevos, que me anunciaron el fin del otoño y la inmediatez del invierno; seguía saliendo del paso y ahorrando además unos cuantos dólares. Tenía ya una cantidad considerable. Una miseria, pero me bastaba. Tuve que afrontar algunos gastos. Me compré ropa e hice arreglar el coche. Algunas veces sustituía al guitarrista de la única orquesta potable que había en la ciudad, la que tocaba en el Stork Club. Creo que este Stork Club no debía de tener nada que ver con el otro, el de Nueva York, pero los jovencitos con gafas iban a gusto allí a acompañar a las hijas de los agentes de seguros y de los representantes de tractores de la zona. Así ganaba algún dinero extra y además vendía libros a la gente que conocía allí. Los de la banda también iban alguna vez. Seguía viéndolos con frecuencia y seguía acostándome con Judy y con Jicky. No había forma de librarse de Jicky. Pero era una suerte tener a esas dos chicas porque así me mantenía en una forma extraordinaria. Además de esto, practicaba atletismo y se me estaba desarrollando una musculatura de boxeador.
 Y entonces, una noche una semana después de la velada en casa de Dex, recibí una carta de Tom. Me pedía que fuera lo más pronto posible. Aproveché el sábado para irme al pueblo. Sabía que si Tom me escribía era por algo, y no creía que fuera por nada agradable.
 Los tipos esos, durante las elecciones, habían falseado los resultados por orden del senador Balbo, la peor alimaña que se pueda encontrar en todo el país. Desde que los negros tenían derecho a votar, multiplicaba las provocaciones. Había hecho tanto, y lo había hecho tan bien, que dos días antes de la votación sus hombres dispersaban las reuniones de los negros dejando un par de cadáveres tras ellos.
 Mi hermano, en calidad de profesor de la escuela negra, había expresado públicamente su protesta y había mandado una carta al senador, y al día siguiente lo molieron a golpes. Me escribía para que fuera a buscarle con el coche: quería irse del pueblo.
 Me esperaba en casa, solo en la habitación a oscuras: estaba sentado en una silla. Verle con los hombros caídos y con la cabeza entre las manos me dolió y sentí cólera en la sangre, mi buena sangre negra, que hervía en mis venas y me zumbaba en lo oídos. Se levantó y me cogió por los hombros. Tenía la boca tumefacta y hablaba con dificultad. Quise darle una palmada para consolarle pero detuvo mi gesto.
 -Me han dado latigazos -me dijo.
 -¿Quién?
 -Los hombres de Balbo y el hijo de Moran.
 -¡Otra vez ése...!
 Se me cerraban los puños sin querer. Una cólera seca me invadía poco a poco.
 -¿Quieres que nos los carguemos, Tom?
 -No, Lee. No podemos. Sería el final. Tú aún tienes una posibilidad, no estás marcado.
 -Pero tú vales más que yo, Tom.
 -Mira mis manos, Lee. Mírame las uñas. Mira mi pelo y mis labios. Soy negro, Lee. No puedo librarme de mi destino, pero tú...
 Se interrumpió para mirarme. El tipo me quería de verdad.
 -Tú, Lee, tienes que triunfar. Dios te ayudará a triunfar. Te ayudará, Lee.
 -A Dios no le importa un bledo.
 Sonrió. Sabía lo poco convencido que yo estaba.
 -Lee, te marchaste de aquí demasiado joven y has perdido la fe, pero Dios te perdonará cuando llegue el momento. De quienes hay que huir es de los hombres. No de Él; a Él tienes que ir con las manos y el corazón bien abiertos.
 -¿Adónde vas a ir, Tom? ¿Necesitas dinero?
 -Tengo dinero, Lee. Lo único que quería es estar contigo cuando dejara la casa. Quiero...
 Se detuvo. Las palabras salían a duras penas de su boca deforme.
escupire vuestra tumba - Iberlibro -Quiero quemar la casa, Lee. La construyó nuestro padre, a quien debemos lo que somos. Era casi blanco, sí, pero nunca soñó siquiera en renegar de su raza, acuérdate bien. Nuestro hermano ha muerto, y nadie debe apoderarse de la casa que nuestro padre construyó con sus dos manos de negro.
 Yo no tenía nada que decir. Ayudé a Tom a hacer el equipaje y a meterlo en el Nash. La casa, bastante aislada, se encontraba a un extremo del pueblo. Dejé que Tom terminara mientras fui colocando los bultos de modo que el peso estuviera bien repartido.
 Tom volvió al cabo de unos minutos.
 -Vámonos -me dijo-, vámonos, ya que aún no ha llegado el tiempo en que sobre esta tierra reine la justicia para los hombres negros.
 En la cocina parpadeaba una lucecilla roja, que de repente se hizo enorme. Se oyó la explosión sorda de un bidón de gasolina y la luz alcanzó la ventana de la habitación contigua. Y entonces una larga llama perforó el techo de madera y el viento atizó el incendio. El resplandor bailaba a nuestro alrededor y la cara de Tom, a la luz roja, brillaba de sudor. Por sus mejillas se deslizaban dos grandes lágrimas. Entonces me puso una mano en el hombro y nos volvimos para marcharnos.
 Yo, de Tom, habría vendido la casa; con dinero se les podía causar algún problema a los Moran, quizá hasta hundir a uno de los tres, pero no quise impedir que Tom llevara a cabo su propósito. Yo también cumpliría con el mío. A Tom le quedaban en la cabeza demasiados prejuicios de bondad y divinidad. Era demasiado honesto, Tom y eso acabaría por perderle. Creía que haciendo el bien se cosechaba el bien y, en cambio, esto sólo ocurre por casualidad. Lo único que importaba era vengarse y vengarse de la manera más implacable posible. Me acordaba del chico, que era aún más blanco que yo, si cabe. Y de nada le sirvió cuando el padre de Anne Moran se enteró de que le gustaba su hija y de que salían juntos, pero el chico no había salido nunca del pueblo; yo, en cambio, llevaba más de diez años fuera y el contacto con gente que no conocía mi origen me había hecho perder esa humildad abyecta que nos han inculcado poco a poco, como un reflejo, esa odiosa humildad que ponía palabras de piedad en los labios desagarrados de Tom, ese terror que incita a nuestros hermanos a esconderse cuando oyen que se acerca el hombre blanco; pero yo sabía perfectamente que si le usurpábamos el color de la piel lo teníamos a nuestra merced, porque el blanco habla por los codos y se traiciona ante los que cree sus semejantes. Con Bill, con Dick, con Judy, ya les había ganado varios puntos. Pero decirles a éstos que un negro les había tomado el pelo de poco me servía. Con Lou y Jean Asquith me vengaría de Moran y de todos los demás. Dos por uno, y a mí no se me iban a cargar como se habían cargado a mi hermano.
 Tom estaba medio dormido, sentado a mi lado en el coche. Aceleré. Tenía que llevarle hasta el cruce de Murchison Junction; allí cogería el rápido hacia el norte. Había decidido irse a Nueva York. Era un buen tipo ese Tom. Un buen tipo demasiado sentimental. Demasiado humilde.»

    [El texto pertenece a la edición en español de MDS Books/Mediasat, 2002, en traducción de Jordi Marti Garcés. ISBN: 84-96075-29-X.]

miércoles, 4 de marzo de 2020

Antología poética.- Federico García Lorca (1898-1936)

Resultado de imagen de garcia lorca 

Diván del Tamarit
VIII.- Gacela de la muerte oscura

«Quiero dormir el sueño de las manzanas, / alejarme del tumulto de los cementerios.
Quiero dormir el sueño de aquel niño / que quería cortarse el corazón en alta mar.
 No quiero que me repitan que los muertos no pierden la sangre; / que la boca podrida sigue pidiendo agua.
No quiero enterarme de los martirios que da la hierba, / ni de la luna con boca de serpiente
que trabaja antes del amanecer.
 Quiero dormir un rato, / un rato, un minuto, un siglo;
pero que todos sepan que no he muerto; / que hay un establo de oro en mis labios;
que soy el pequeño amigo del viento Oeste; / que soy la sombra inmensa de mis lágrimas.
 Cúbreme por la aurora con un velo, / porque me arrojará puñados de hormigas,
y moja con agua dura mis zapatos / para que resbale la pinza de su alacrán.
 Porque quiero dormir el sueño de las manzanas / para aprender un llanto que me limpie de tierra;
porque quiero vivir con aquel niño oscuro / que quería cortarse el corazón en alta mar.
[...]

X.-Gacela de la huida

 Me he perdido muchas veces por el mar / con el oído lleno de flores recién cortadas,
con la lengua llena de amor y de agonía. / Muchas veces me he perdido por el mar,
como me pierdo en el corazón de algunos niños.
 No hay noche que, al dar un beso, / no sienta la sonrisa de las gentes sin rostro,
ni hay nadie que, al tocar un recién nacido, / olvide las inmóviles calaveras de caballo.
 Porque las rosas buscan en la frente / un duro paisaje de hueso
y las manos del hombre no tienen más sentido / que imitar a las raíces bajo tierra.
 Como me pierdo en el corazón de algunos niños, / me he perdido muchas veces por el mar.
Ignorante del agua voy buscando / una muerte de luz que me consuma.
[...]

IV.-Casida de la mujer tendida

 Verte desnuda es recordar la tierra. / La tierra lisa, limpia de caballos.
La tierra sin un junco, forma pura / cerrada al porvenir: confín de plata.
 Verte desnuda es comprender el ansia / de la lluvia que busca débil talle,
o la fiebre del mar de inmenso rostro / sin encontrar la luz de su mejilla.
Resultado de imagen de antologia poetica garcia lorca ediciones orbis 
 La sangre sonará por las alcobas / y vendrá con espada fulgurante,
pero tú no sabrás dónde se ocultan / el corazón de sapo o la violeta.
 Tu vientre es una lucha de raíces, / tus labios son un alba sin contorno,
bajo las rosas tibias de la cama / los muertos gimen esperando turno.
[...]

Tengo miedo a perder la maravilla

 Tengo miedo a perder la maravilla / de tus ojos de estatua, y el acento
que de noche me pone en la mejilla / la solitaria rosa de tu aliento.
 Tengo pena de ser en esta orilla / tronco sin ramas; y lo que más siento
es no tener la flor, pulpa o arcilla, / para el gusano de mi sufrimiento.
 Si tú eres el tesoro oculto mío, / si eres mi cruz y mi dolor mojado,
si soy el perro de tu señorío,
 no me dejes perder lo que he ganado / y decora las aguas de tu río
con hojas de mi otoño enajenado.
[...]

El poeta pide a su amor que le escriba

 Amor de mis entrañas, viva muerte, / en vano espero tu palabra escrita
y pienso, con la flor que se marchita, / que si vivo sin mí quiero perderte.
 El aire es inmortal. La piedra inerte / ni conoce la sombra ni la evita.
Corazón interior no necesita / la miel helada que la luna vierte.
 Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas, / tigre y paloma, sobre tu cintura
en duelo de mordiscos o azucenas.
 Llena, pues, de palabras mi locura / o déjame vivir en mi serena
noche del alma para siempre oscura.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982. ISBN: 84-7530-068-5.]
 

jueves, 11 de abril de 2019

El halcón.- Yasar Kemal (1923-2015)


Resultado de imagen de yasar kemal 
10

«-¡Escucha! -le llamó Süleyman-. Me he levantado temprano y me he dado una vuelta por la aldea. Ya ha llegado la noticia de que han matado a Abdi. Quizá busquen aquí también, así que esta noche iré contigo a la montaña y buscaremos a los bandoleros.
 En la cara de Memed se podía leer que la idea le había gustado.
 -Durdu el Loco es pariente nuestro. Le he hecho muchos favores. Te protegerá. Pero no estés a su lado más de tres meses. Es un perro y no le dejarán vivo mucho tiempo, le pegarán un tiro. Nunca se ha visto que un bandolero como él dure más de un año en la montaña. Es muy raro. Bueno, por lo que yo sé, no vivirá mucho. Haz lo que él haga y procura separarte de él lo antes posible. De hecho, esto debe ser para ti una experiencia de un par de meses, un ejercicio para formar luego una partida. Y te lo repito, no andes mucho por ahí con ese perro. No es un bandolero sino un atracador, un ladrón... Si no fuera por ti, no le miraría a la cara. Sin embargo, en algunos aspectos Durdu el Loco era un buen muchacho. Le estropearon los aldeanos. Un día fue de visita a su aldea y ellos, después de darle de comer, le dejaron caer en una trampa de los gendarmes. Se salvó por los pelos y eso le volvió loco.
 -¿Es grande la partida de Durdu el Loco? -le preguntó Memed.
 -Todos los perros que hay por aquí están con él. Es la única forma que tienen de salvarse de la horca. Mira, todavía eres muy joven, pero ya madurarás. Si vas a estar mucho tiempo o no en la montaña, eso sólo Dios lo sabe. Escucha bien lo que te digo, creo que te servirá, yo he andado mucho con bandoleros y los conozco. He visto el final de la mayoría de ellos. No te hagas amigo del alma de todo el mundo en cuanto llegues a la partida. Ellos querrán intimar, te parecerán agradables, afables, se interesarán mucho por ti y el que tenga problemas te los contará. Así es la gente. Pero tú nunca les abras tu corazón, no te dejes impresionar. De este modo tendrás influencia sobre ellos, una condición imprescindible para ser bandolero. Compórtate con dignidad. No pretendas inmediatamente conocer a todos y ser para ellos como un hermano. Si te descubren un flanco débil no te dejarán tranquilo hasta el final de tu vida. Entre todos ellos no suman cuatro perras de honor. Según pasen los días los irás conociendo bien. ¡No midas a la gente por lo que dice sino por lo que hace! Y, después, escoge a las personas de las que puedas ser amigo. Si les das el dedo, te tomarán el brazo y te arruinarán. Apenas hay diferencia entre la montaña y la cárcel y en ambos sitios hay jefes y siervos. ¡Y qué siervos tan rastreros...! Los jefes viven como personas, los demás como perros. Tú serás jefe, pero no uses a los demás como esclavos. Que éste sea el secreto de tu vida. En cuanto llegues, ahora, Durdu el Loco te dará un máuser y un cargador. Irás adquiriendo otras armas según pase el tiempo. Y ahora voy a enterarme por dónde anda Durdu el Loco.
 Uno de los aldeanos protegía al Loco. A él se dirigió Süleyman para conocer su paradero.
 El bandolero era de la cercana isla de Aksögut y Süleyman lo conocía desde que era niño. El padre de Durdu había ido a la guerra y no había vuelto. Como era un pariente lejano, Süleyman había ayudado a su madre, es más, había evitado que los dos se muriesen de hambre. Ya en la infancia, Durdu era insoportable. Llevaba ya cinco años en la montaña y no había casa que no hubiera quemado ni hogar que no hubiera destruido llevando así la amargura entre los aldeanos. Viajar por los caminos resultaba imposible. Durdu robaba todo lo que tuviera al que cayera en sus manos y le abandonaba desnudo. Les quitaba todo, pero todo, hasta los calzoncillos. Durdu el Loco no conocía la amistad ni el compañerismo y no escuchaba ni a su hermano, ni a su madre ni a su padre. La verdad es que Süleyman temía por Memed. Si a Durdu se le pasaba por la cabeza, era capaz de pegarle un tiro.
 -Ya sé dónde está ese perro loco -le dijo Süleyman a Memed-. Está en el monte de Duman. Subiremos allí y dispararemos tres veces al aire. Los hombres de Durdu el Loco vendrán a recogernos. No confío demasiado en ese perro loco, pero... bueno, creo que me tiene mucho respeto. Lástima que no haya otra partida por ahí.
 Emprendieron el camino después de ponerse el sol, Süleyman delante, Memed detrás. Al salir de la aldea, Süleyman se volvió:
 -Memed, ahora ya no eres más que un bandolero. No vayas a asaltar mi casa, ¿eh?
 -La primera casa que robe será la tuya, como corresponde a un miembro de la partida del loco Durdu.
 -¡Bien, bien! -exclamó Süleyman, soltando una carcajada. 
 -¿Crees que no hablo en serio? -preguntó Memed.
 -Memed, hijo mío -respondió Süleyman con una mueca de precaución-, si haces algo malo, si matas a cualquier otro hombre, te entregaré al gobierno con mis propias manos.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1999, en traducción de Rafael Carpintero Ortega. ISBN: 84-226-7588-9.]

jueves, 28 de febrero de 2019

A sangre y fuego. Héroes, bestias y mártires de España.- Manuel Chaves Nogales (1897-1944)


Resultado de imagen de manuel chaves nogales 
El tesoro de Briesca

«Se acordó entonces de los dos cuadros del Greco que había dejado enterrados secretamente en las cercanías. Una vez muertos los dos milicianos que le ayudaron a esconderlos, nadie más que él sabía ya dónde estaban. Y se sintió fuerte y optimista al pensar que estaba en su mano dejar que se pudriesen en aquel agujero ignorado y que, si un día cualquiera le mataban, perecerían con él aquellas obras maestras de un sublime espíritu. Hizo firme propósito de no revelar jamás a nadie su secreto, y sólo ante el temor de que andando el tiempo llegase un día en el que no pudiese recordar exactamente el sitio donde estaba escondido el tesoro, cogió el lápiz y en un trocito de papel trazó el esquema del difícil camino que había que seguir desde la plaza de Briesca para llegar al lugar donde se hallaba el escondite. Luego, temiendo que, aunque el croquis carecía de toda indicación nominal, alguien fuese capaz de interpretarlo, se puso a trazar líneas caprichosas sobre las que indicaban la trayectoria a seguir, y consiguió que el esquema desapareciese bajo la apariencia de un boceto de pintor que representaba el escorzo difícil de un miliciano muerto. Entre las líneas vacilantes de aquella figura abocetada se perdió la línea firme del camino que conducía al tesoro. Satisfecho, se guardó el boceto en la cartera, salió y se dirigió al Comisariado de Guerra. Mientras dibujaba había tomado una resolución definitiva.
 Decididamente aquella tarea a la que había estado consagrado carecía ya de sentido. Lo único importante era ganar la guerra. Dimitió de su cargo de miembro de la junta encargada de la conservación del patrimonio artístico nacional y se ofreció al gobierno como combatiente. Le nombraron comisario político.
 El primer día que estuvo en el frente asistió impotente a la desbandada habitual de los milicianos. Nada les contenía. Cuando avanzaban los tanques o cuando volaban sobre ellos los aviones ametrallándoles a mansalva no había nada eficaz para dominar su pavor y contenerles, ni las arengas vibrantes, ni las patéticas imploraciones, ni las amenazas; nada. El aparato bélico del ejército rebelde les impresionaba terroríficamente y, a las dos horas de fuego, los hombres más entusiastas, los obreros más conscientes y los más recios campesinos tiraban las armas y huían. Era inútil. Aquellas masas eran incapaces de hacer la guerra en campo abierto. No sabían.
 Una tarde entre las tardes, después de vociferar y amenazar como energúmenos a los milicianos que huían, se quedaron solos en un pueblo ya de las inmediaciones de Madrid el camarada Arnal, comisario político, y el capitán del ejército encargado del mando. El pueblo era una magnífica posición estratégica, y abandonarla sin lucha a las puertas de la capital era una catástrofe. El capitán veía furioso cómo el último grupo de milicianos fugitivos doblaba a todo correr el recodo de la carretera de Madrid. Cogió uno de los fusiles que al huir habían tirado, se lo echó a la cara e iba a disparar contra ellos cuando Arnal le desvió el arma.
 -Es inútil, camarada. Con eso no conseguiremos nada.
 El capitán tiró el arma, desalentado.
 -Ya no puedo más -dijo con voz sombría-; me han hecho venir corriendo desde Extremadura delante de una tropilla de moros. No doy un paso más. Aquí me quedo. Que vengan los fascistas y me fusilen.
 -Vamos, camarada. Ánimo. Nuestros hombres no saben hacer la guerra. Ya reaccionarán. A las puertas de Madrid se harán fuertes y venceremos.
 -¿Vencer? ¿Con esa canalla? ¡Nunca! ¡No venceremos nunca!
 Arnal le miró con mal ceño:
 -Eso que llamas canalla es el pueblo. ¿Sabes?
 -¡Una vil canalla! ¡Un rebaño de borregos! ¡Que se vayan! ¡Que sigan corriendo! ¡Vete tú también, que eres de su ralea! Yo soy militar, ¿sabes? ¡Militar! Y voy a enseñaros a ti y a esos cobardes y a los fascistas, a todos, cómo se puede morir con decoro. ¡El pueblo! ¡Puaf! ¡Qué asco!
 Arnal sintió deseos de lanzarse sobre él y estrangularle. Le echó una mirada de odio y le escupió:
 -Al fin, militar. ¡Fascista!
 Dio media vuelta y se fue por el mismo camino que habían seguido los milicianos. El capitán, plantado en la plaza del pueblo abandonado, le gritaba desde lejos:
 -Ven acá, cobarde, si quieres aprender a morir. Ven acá.
 Cuando se quedó solo arrastró una ametralladora hasta emplazarla detrás de un poyo de piedra que había en el centro de la plaza. Colocó junto a ella cuantas cintas de munición pudo encontrar, encendió un cigarrillo y se puso a esperar tranquilamente.
 Era ya de noche y todavía se oían desde las nuevas posiciones de los milicianos las descargas de la fusilería fascista y el tableteo intermitente de una ametralladora. De madrugada aún sonaba. Al amanecer enmudeció al fin. Arnal, al día siguiente, cuando se vio de nuevo entre sus hombres en una trinchera de los arrabales madrileños, les habló tristemente con un tono de voz opaco y profundo. Las palabras se le quebraban en la garganta. Aquellos hombres le escucharon cabizbajos. Oyeron contar cómo había sabido morir su capitán después de renegar de ellos. Cómo se había suicidado para redimirse de los cuatro meses de huida vergonzosa delante del enemigo a que le habían arrastrado.
 -Hoy -les dijo Arnal- volveréis a sentir miedo y huiréis otra vez. Mañana los moros entrarán en vuestras casas y os sacarán de debajo de las camas ensartados en sus bayonetas a la vista de vuestras mujeres. Yo caeré hoy aquí. Lo prefiero.
 No les dijo más. Cuando horas más tarde las vanguardias rebeldes, después de un duro cañoneo, se lanzaron al asalto, el camarada Arnal, comisario político, acechó el instante crítico detrás del parapeto y, una vez llegado, echó el cuerpo fuera de un salto, alzó el puño cerrado y gritó.
 -¡Viva la revolución!
 Una ráfaga de plomo lo abatió en el acto. Quedó tendido en la tierra de nadie.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de editorial Libros del Asteroide, 2013. ISBN:978-84-15625-57-5.]