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domingo, 11 de febrero de 2024

Para leer al pato Donald. Comunicación de masa y colonialismo.- Ariel Dorfman (1942) y Armand Mattelart (1936)


JTMGedisa: ficha autor
 I.Tío, cómprame un profiláctico…

 «Lo primero que salta a la vista en cualquiera de estos relatos es el desabastecimiento permanente de un producto esencial: los progenitores. Es un universo de tíos-abuelos, tíos, sobrinos, primos, y también, en la relación macho-hembra, un eterno noviazgo. Rico Mc Pato es el tío de Donald, la abuela Pata es la tía de Donald, Donald a su vez es el tío de Hugo, Paco y Luis. El otro pariente inmediato es el primo Glad Consuerte, que de ninguna manera es hijo de Mc Pato o de la abuela Pata. Incluso cuando aparece un antecesor más antiguo, se denomina tío Abuelo León (TR 108). Es fácil suponer, entonces, que cualquier otro miembro consanguíneo de la familia automáticamente pertenece a la rama secundaria. Un ejemplo: el Sheik Kuak, conocido también como Primo Pato Patudo (TR 111); el tío Tito Mac Cuaco (D 455), y el Primo Pascual (D 431). Dentro de esta genealogía hay una preferencia manifiesta por el sector masculino a despecho del femenino. Las damas son solteras, con la única excepción de la abuela Pata supuestamente viuda, sin que se le hubiera muerto el marido, ya que sólo aparece en el N.º 424 de Disneylandia para no hacer su reaparición jamás, bajo el sugestivo título de “La Historia se repite”. Aquí están la vaca Clarabella (con la fugaz prima Bellarosa, F 57), la gallina Clara (que a veces se transforma, por olvido de los guionistas, en Enriqueta), la bruja Amelia, y naturalmente Minnie y Daisy, que, por ser las novias de los más importantes personajes, tienen sus propias acompañantes: sin duda, sobrinas.
 Como las mujeres, éstas son poco querendonas, y no se amarran matrimonialmente; los del sector masculino son obligadamente, y por perpetuidad, solteros. Pero no solitarios: también los acompañan sobrinos, que llegan y se van. Mickey tiene a Morty y Ferdy, Tribilín tiene a Gilberto (y un tío Tribilio, F 176). Giro tiene a Newton; hasta los Chicos Malos están seguidos por los “angelitos malos”. Los personajes menores no tienen jóvenes que los secunden: no se ha oído de sobrinos del caballo Horacio, de los diferentes gansos (Boty y Gus), etc., pero es pronosticable que, si ocurre el crecimiento demográfico, siempre se llevará a cabo por medio de circunstancias extra-sexuales.
 Aún más notable es la duplicación en el campo de los críos. Hay cuatro pares de trillizos en este mundo: los sobrinos de Donald, los Chicos Malos, las sobrinas de Daisy y los infaltables tres chanchitos.
 Es más destacable aún la cantidad de mellizos gemelos, sean hermanos o no: los sobrinos de Mickey son un ejemplo. Pero la mayoría prolifera sin adscribirse a un tío: las ardillas Chip y Dale, los ratones Gus y Jacques. Esto resulta aún más significativo si se compara con innumerables otros ejemplos extra-Disney: Porky y Petunia y sobrinos, el Pájaro Woody Woodpecker y sobrinos, el gato Tom enfrentando a la parejita de ratoncitos.
 Las excepciones Pillín y el lobito Feroz las veremos aparte.
 En este páramo de clanes familiares, de parejas de solitarios, donde impera la arcaica prohibición de la tribu de casarse entre sí, donde cada cual tiene su casa propia ahorromet pero jamás un hogar, se ha abolido todo vestigio de un progenitor, masculino o femenino.
 Los abogados de este mundo convierten, mediante una racionalización veloz, estos rasgos en inocencia, castidad y recato. Sin entrar a polemizar con una tesis que ya en el siglo XIX resultaba pasada de moda con relación a la educación sexual infantil y que parece más de cavernarios conventuales que de hombres civilizados (nótese este lenguaje mercurial), es evidente que la ausencia del padre y de la madre no obedece a motivos casuales. Claro que de esta manera se llega a la situación paradójica de que para ocultarles la sexualidad normal a los niños es urgente construir un mundo aberrante, que —como se verá posteriormente— para colmo transpira secretos, juegos sexuales en más de una ocasión. Sí, es inverosímilmente difícil comprender el valor educativo de tanto primo y tío. Pero no hay para qué rascarse tanto los sesos: es posible bucear en busca de otros motivos, sin desconocer que una de las intenciones es rechazar la imagen de la infancia sexualizada (y por lo tanto teñida también por el pecado original).
 Ante todo, parecería ser que —debido a la tan cacareada fantasía a la que Disney continuamente nos invita— es menester cortar las raíces que pudieran atar a estos personajes a un origen terrenal. Se ha dicho que uno de los atributos más encomiables de estos monos es su cotidianidad, su semejanza a seres vulgares que encontramos a cada rato. Pero para que funcione el personaje es preciso operarlo de toda posibilidad real y concreta, suprimir la historia personal, el nacimiento que prefigura la muerte y por lo tanto el desarrollo entre aparición y desaparición, el cambio del individuo a medida que crece. Estos personajes, al no estar engendrados en un acto biológico, aspiran a la inmortalidad; por mucho que sufran en el transcurso de sus aventuras han sido liberados de la maldición de sus cuerpos.
 Al desgastar el pasado efectivo del personaje, así como la posibilidad de que éste se interrogue respecto de la situación en que se halla, se elimina la única perspectiva desde la cual el personaje pudiera situarse fuera del mundo en que se sumerge desde siempre. Tampoco el futuro le servirá: la realidad es invariable.
 Así no sólo desaparece el conflicto de generaciones entre el niño lector de Disneylandia y el padre que compra la revista; dentro mismo del texto, los tíos podrán ser siempre sustituidos por los sobrinos. Al no haber padre, es indoloro el reemplazo del tío, su desplazamiento constante. Como él no es el responsable genético de esa juventud, no hay acto de traición al derrocarlo. Es como si el tío no fuera nunca el rey —ya que de cuentos de hadas se trata— sino sólo el regente, que guarda el trono para su legítimo dueño, que algún día vendrá (el joven príncipe encantado).
 Pero no hay que pensar que la ausencia física del padre elimine automáticamente la presencia del poder paterno. Por el contrario, la estructura de las relaciones entre los personajes es mucho más vertical y autoritaria que lo que se pudiera hallar en el hogar más tiránico de la tierra de los lectores, donde la convivencia, el amor, la madre, los hermanos, la solidaridad, la construcción cómplice dignifican y amenizan el trato autoritario y el acatamiento a los dictámenes y donde, además, hay alternativas de crecimiento y constante redefinición al surgir un mundo, fuera de la familia, que presiona, critica y llama. Para colmo, como es el tío el que ejerce esta facultad, el poder se vuelve arbitrario. La autoridad del padre en nuestra sociedad se funda, en último término, en la biología (apoyada sin duda en la estructura social que institucionaliza la educación infantil como responsabilidad primaria de la familia); la autoridad del tío, en cambio, al no ser conferida por el padre (los sobrinos en las historietas tampoco son hijos del hermano o hermana, inexistentes), al nacer simplemente de facto, pierde toda justificación. Es una relación contractual que toma la apariencia de una relación natural, una tiranía que no asume siquiera la responsabilidad del engendramiento. Se ha sepultado incluso a la naturaleza como causa de rebeldía. (A un tío no se le puede decir: “Eres un mal padre”).
 Dentro de este perímetro, nadie ama a nadie, jamás hay una acción de cariño o lealtad hacia el otro ser humano. En cada sufrimiento, el hombre está solo: no hay un mano solidaria o un gesto desinteresado. Como máximo, se suscita la caridad o el sentimiento de lástima, lo que es ni más ni menos que la visión del otro como un lisiado, un paralítico, un viejo, un inerme, un desfavorecido, y al cual hay que ayudar. Tomemos el ejemplo más extremo: el famoso amor de Mickey y Pluto. Aunque existe evidentemente cariño caritativo hacia su perro, siempre éste siente la necesidad de probar su utilidad o su heroísmo. En D 381, después de haberse portado pésimamente y ser castigado con el encierro en el sótano, Pluto se redime atrapando un ladrón (siempre hay uno): “Hace meses que andamos detrás de este delincuente. Hay una recompensa de cien dólares por él”. Además el policía ofrece otros cien por el perro, pero Mickey se niega a venderlo. “Bueno, Pluto, me costaste alrededor de cincuenta dólares en daños esta tarde, pero la recompensa me deja ganancias”. La relación comercial es moneda corriente aquí, aun en un vínculo tan maternal como el de Mickey y su sabueso. Para qué mencionar a Tío Rico. Llegan agotados los sobrinos: “¿Y por qué te demoraste tanto?”. Por su rastreo en el desierto de Gobi durante seis meses, le paga un dólar. Huyen los sobrinos: “De otro modo es seguro que nos enviará en busca de esa moneda”. No se les ocurre quedarse en su casa y simplemente negarse a ir.
 Pero Mc Pato (TR 106) los fuerza a salir sufrientes en busca de una moneda de varias toneladas, por la cual, evidentemente, el millonario avaro paga unos cuantos centavos. Pero la gigantesca moneda es una falsificación y Tío Rico debe comprar la auténtica. Donald se sonríe, aliviado: “Ya que ahora tienes la verdadera junca-junca, Tío Rico, todos podemos tomarnos un descanso”. La respuesta del tirano: “No hasta que ustedes devuelvan esa basura y me traigan de vuelta mis centavos”. Último cuadro, los patos, como esclavos de Egipto, empujando la piedra hacia su destino en el otro lado del globo. En vez de sacar como conclusión el hecho de que debería abrir la boca para decir que no, Donald llega a un resultado absolutamente opuesto: “Cuándo aprenderé a cerrar la boca”. Ni siquiera la queja es posible en esa relación de supremacía incuestionada.
 A raíz de una conversación que molesta levemente a su tía Crispina (D 383) (supo que Daisy se había atrevido a salir hacía un año a un baile que ella desaprobaba), la novia de Donald sufre las consecuencias: “Me voy de aquí… y te borraré de la lista de mis herederos, Daisy. Adiós”.
 La motivación de este mundo excluye el amor. Los niñitos admiran a un lejano tío, que descubrió “un invento que mata al gusano de la manzana”. Aseguran: “el mundo entero le está agradecido por ello… Es famoso… y rico”. Donald responde acertadamente: “¡Bah! El talento, la fama y la fortuna no lo son todo en la vida” —“¿No? ¿Qué otra cosa queda?”, preguntan Hugo, Paco y Luis al unísono. Y Donald no encuentra nada que decir, sino: “Er… Humm… A ver… Oh-h” (D 455).
PARA LEER AL PATO DONALD: COMUNICACION DE MASAS Y COLONIALISMO ... Vemos, por lo tanto, que Disney aprovecha del “fondo natural” del niño sólo aquellos elementos que le sirven para inocentar el mundo de los adultos y mitificar el mundo de la niñez. En cambio, todo aquello que verdaderamente pertenece al niño —su confianza ilimitada y ciega (y por lo tanto manejable), su espontaneidad creativa (como ha demostrado Piaget), su increíble capacidad de amar sin reservas y sin condiciones, su imaginación que se desborda en torno y a través y adentro de los objetos que lo rodean, su alegría que no nace del interés— ha sido mutilado de este fondo natural. Bajo la apariencia simpática, bajo los animalitos con gusto a rosa, se esconde la ley de la selva: la crueldad, el chantaje, la dureza, el aprovechamiento de las debilidades ajenas, la envidia, el terror. El niño aprende a odiar socialmente al no encontrar ejemplos en que encarnar su propio afecto natural.
 Resulta entonces infundada y antojadiza la acusación de que atacar a Disney es quebrar la armonía familiar: es Disney el peor enemigo de la colaboración natural entre padres e hijos.
 Todo personaje está a un lado u otro de la línea demarcatoria del poder. Los que están abajo deben ser obedientes, sumisos, disciplinados, y aceptar con respeto y humildad los mandatos superiores. En cambio, los que están arriba ejercen la coerción constante: amenazas, represión física y moral, dominio económico (disposición de los medios de subsistencia). Sin embargo, hay también entre el desposeído y el poderoso una relación menos agresiva: el autoritario entrega paternalísticamente dones a sus vasallos. Es un mundo de permanentes granjerías y beneficios. (Por eso, el club de las mujeres de Patolandia siempre realiza obras sociales). La caridad es recibida por el destinatario con entusiasmo: él consume, recibe, acepta pasivamente todo lo que puede mendigar.
 El mundo de Disney es un orfelinato del siglo XIX. Pero no hay afuera: los huérfanos no tienen dónde huir. A pesar de sus innumerables desplazamientos geográficos, viajes a todos los continentes, febril movilidad enloquecida, los personajes se contienen invariablemente —vuelven siempre— en las mismas estructuras de poder. La elasticidad del espacio físico recubre la realidad carcelaria de las relaciones entre los miembros. Ser más viejo o más rico o más bello en este mundo da inmediatamente el derecho a mandar a los menos “afortunados”. Ellos aceptan como natural esta sujeción; se pasan todo el día quejándose acerca del otro y de su propia esclavización. Pero son incapaces de desobedecer órdenes, por insanas que sean.
 Este orfelinato, sin embargo, también se conecta con la génesis de los personajes: como no han nacido, no pueden crecer. Es decir, nunca saldrán tampoco de esa institución por la vía de la evolución biológica personal.
 En definitiva, de esta manera se puede aumentar el mundo agregando personajes a voluntad y aun quitándolos si es menester: cada ser que llega, sea un solitario o un par de primos lejanos, no necesita ser inseminado por alguien dentro del mundo. Basta que el guionista lo piense, lo invente. La estructura tíos-sobrinos permite que el autor de la revista, que está fuera de ella, sugiera que es su mente la que arma todo, que la cabeza es la única fuente de creatividad (tal como salen genialidades y ampolletas de cada cerebro patudo). Rechaza los cuerpos como surtidores de existencia. Disney inflige a sus héroes la pena que Orígenes se infligió a sí mismo; los emascula y los priva de sus verdaderos órganos de relación (percepción y generación) con el universo. (Mediante esta estratagema inconsciente, las historietas reducen sistemáticamente, deslumbrando al lector, los hombres reales a un punto de vista abstracto). La castración de los héroes dentro de este mundo asegura a Disney el control irrestricto sobre su propia creación; es como si él se sintiera padre espiritual de estas criaturas, que a su vez tampoco pueden crear corporalmente. Deben imitarlo. Una vez más el adulto invade la historieta, ahora bajo el manto benefactor de la genialidad artística. (Por si acaso, no estamos en contra de la genialidad artística).
 Por último, esta falta de axila y muslo enfatiza la incapacidad para rebelarse en contra del orden establecido: el personaje está condenado a ser un esclavo de los demás, tal como lo es de Disney.
 Cuidado; el universo es rígido, pero no debe jamás transparentarlo. Es un mundo jerárquico, pero que no puede aflorar como tal. El momento en que se extralimita este sistema de autoridad implícito, es decir, el momento en que se vuelve explícito, visible, manifiesto, el orden arbitrario, fundado únicamente en la voluntad de unos y la pasividad de los otros, se hace perentorio rebelarse. No importa que haya un rey, mientras éste gobierne escondiendo el hierro bajo un guante de seda. Pero cuando muestra el metal, es obligatorio su derrocamiento. Para que el orden funcione no debe exagerar su poder más allá de ciertos límites tácitamente convenidos, porque al extremarse, muchas veces se evidencia la situación como caprichosa. Se ha destruido el equilibrio y hay que restituirlo. Quienes emprenden inevitablemente esta tarea son los niños o los animalitos pequeños, no para colocar en lugar del tirano el jardín de la espontaneidad, no para llevar la imaginación al poder, sino para reproducir el mismo mundo de la racionalidad de la dominación del adulto. Cuando el grande no se comporta de acuerdo con el modelo, el niño toma su cetro. Mientras el sistema sea eficaz, no se lo pone en duda. Pero basta que falle para que el niño se rebele exigiendo la restauración de los mismos valores traicionados, reclamando la estabilidad de las relaciones dominante-dominado. Los jóvenes auspician, con su prudente rebelión, con su madura crítica, el mismo sistema de referencias y valores. Nuevamente, no hay discrepancias entre padres e hijos: el futuro es igual al presente y el presente es igual al pasado.
 No hay que olvidar que el niño se identifica con su semejante dentro de la revista y por lo tanto participa en su propia colonización. La rebeldía de los pequeños dentro del cuento es sentida como una rebeldía propia, auténtica, en contra de la injusticia; pero al rebelarse en nombre de los valores adultos, los lectores también interiorizan y acceden a estos valores.
 Como veremos, la persistencia obsesiva de seres pequeños que son astutos, inteligentes, eficaces, responsables, empeñosos, frente a grandulones torpes, ineficaces, desconsiderados, mentirosos, flojos, lleva a una frecuente (pero no permanente) inversión.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Siglo XXI editores, 2007, pp. 27-32. ISBN: 978-96-8230-059-2.]]

domingo, 19 de noviembre de 2023

La línea de la belleza.- Alan Hollinghurst (1954)


Alan Hollinghurst - Literature
“¿De quién eres la bella pertenencia? (1986)

8

  «—Ya sabes que voy a sacar esa revista, papá —dijo Wani.
 —Ah… bueno —dijo Bertrand, con un resoplido—. Sí, una revista puede estar bien. ¡Pero hay una enorme diferencia, hijo mío, entre dirigir una revista y que tu puñetera cara aparezca en una de ellas!
 —No será una de esas —dijo Wani, a caballo entre el enfado y los buenos modales.
 —De acuerdo, pero entonces no se venderá.
 —Va a ser una revista de arte: fotografía de gran calidad, lo mismo que el papel y la impresión; todo género de cosas extraordinarias y exóticas, edificios, extrañas esculturas indias. —Buceó mentalmente en la lista que Nick le había confeccionado—. Miniaturas. De todo.
 Nick pensó que incluso con su resaca habría hecho mejor la propaganda, pero había algo conmovedor y revelador en la labia de Wani.
 —¿Y quién se supone que va a comprar todo eso?
 Wani se encogió de hombros y extendió las manos.
 —Será preciosa.
 Nick intercaló la nota olvidada.
 —La gente querrá coleccionar la revista igual que querría coleccionar las cosas que aparecen en sus páginas.
 Bertrand tardó un momento en ver si esto era un disparate o no. Después dijo:
 —Todo ese rollo de la gran calidad suena a un montón de dinero. Así que tendréis que cobrar diez o quince libras por la revista.
 Bebió un sorbo irritado de su vaso de agua.
 —Anuncios de máxima calidad. Ya sabes, Gucci, Cartier… Mercedes —dijo Wani, buscando nombres mucho más relumbrantes que Watteau o Borromini—. Hoy día la gente quiere artículos de lujo. Ahí está el dinero.
 —Así que tenéis ya un nombre para esa puñeta.
 —Sí, la vamos a llamar Ojiva, como la empresa —dijo Wani, con franqueza. Bertrand frunció sus labios regordetes.
 —“¡Oh, jiba!”, ¿no es eso? —dijo, de mal humor, pero complacido por haber hecho un chiste—. Tendréis que repetírmelo porque nadie ha oído hablar nunca de esa puñetera “ojiva”.
 —A mí me ha parecido oír “orgía” —dijo Martine.
 —¡Orgía! —exclamó Bertrand.
 Wani miró al otro lado de la mesa, y como aquel nombre nunca oído había sido idea original suya, Nick dijo:
 —Verá, es una curvatura doble, como la que se ve en una ventana o una cúpula.
 Hizo con las manos en el aire la forma de la mitad de un reloj de arena y Monique, en ese momento, en uno de sus esporádicos gestos de connivencia, trazó la misma figura que Nick y le sonrió como si le hiciera una zalema.
 —Primero hacia un lado y después hacia el otro —dijo.
 —Exacto. Procede de… bueno, de Oriente Próximo, de hecho, y se ve en la arquitectura inglesa desde el siglo catorce en adelante. Es como la línea de la belleza de Hogarth —dijo Nick, con una creciente sensación de necedad—, salvo en que hay dos, claro está… Supongo que la línea de la belleza es una especie de principio inspirador, ¿no?…
 Miró alrededor y, con un gesto expresivo, abatió la mano. Quizá este principio no estuviese allí.
 Bertrand posó el cuchillo y el tenedor y esbozó una sonrisa desinflada. Pareció saborear su ironía de antemano, así como la incertidumbre, las educadas sonrisas de anticipación en la cara de los presentes.
 —Escucha, um… Nick, yo vine a este país hace casi veinte años, en 1967, cuando no era una puñetera buena época en el Líbano, dicho sea de paso, sólo para ver las oportunidades que había en el famoso Londres marchoso de los sesenta. Así que miro alrededor, lo que molaba entonces eran los supermercados que empezaban a abrir, ya sabes, el autoservicio, sírvase usted mismo… vosotros estáis acostumbrados a eso, seguramente entráis en uno todos los puñeteros días: ¡pero entonces!…
 Nick reconoció con una sonrisa tonta y obediente lo acostumbrado que estaba. No sabía seguro si la conversación sobre la Ojiva había terminado o si le estaban obsequiando con una extensa digresión aleccionadora. Dijo, con frialdad:
 —No, ya veo que… ha sido toda una revolución.
 Al igual que otros egotistas, Bertrand se limitó a lanzar una mirada fugaz y dubitativa a la posibilidad de una ironía dirigida hacia su persona y, de todos modos, la pisoteó.
 —¡Pues claro! Una puñetera revolución.
 Se volvió para indicar al viejo criado que escanciase más vino a los demás y observó con un aire de ejercitada paciencia cómo el borgoña caía en las copas de cristal tallado.
 —Verás, yo empecé con una frutería, allá en Finchley. —Meneó el otro brazo, con cariño por aquel lugar y época lejanos—. La compré, traje en avión los cítricos, que por cierto eran producto propio, los cultivábamos, no teníamos que comprar a ningún otro puñetero comerciante. Líbano, un gran sitio para cultivar frutas. ¿Sabes todo lo que ha llegado de Líbano en los últimos veinte años? Fruta y cerebro, fruta y talento. Nadie con una pizca de cerebro o de talento quiere quedarse en el puñetero país.
 —Um, se refiere a la guerra civil.
 Se había propuesto empollarse los veinte años más recientes de historia libanesa, pero Wani se mostró evasivo y dolorido cuando se lo mencionó, y he aquí que el tema surgía ahora. No quería corroborar el duro juicio de su anfitrión sobre su país natal, que era en sí mismo un campo minado.
 —Una bomba nos tiró la casa abajo —dijo Monique, como si no esperase ser oída.
 —Oh, qué horrible —dijo Nick, agradecido de que sonase otra voz en el comedor.
 —Sí, fue muy terrible —dijo ella.
 —Como dice la madre de Antoine —dijo Bertrand—, nuestra casa familiar quedó prácticamente destruida.
 —¿Era una casa antigua? —preguntó Nick a Monique.
 —Sí, bastante antigua. No tanto como esta, claro… —dijo, y tuvo un pequeño escalofrío, como si Lowndes Square datase de la Edad Media—. Tenemos muchas fotografías…
 —Oh, me encantaría verlas —dijo Nick—. Me interesan esas cosas.
 —Total, que en 1969 abrí el primer Mira Mart allí arriba, en Finchley —dijo Bertrand—. Sigue donde estaba, puedes ir a verlo cuando quieras. ¿Sabes cuál es el secreto?
 —Um…
La línea de la belleza - Hollinghurst, Alan - 978-84-339-7087-9 ...  —Es lo que yo vi, lo que veías en Londres en aquel entonces… hace veinte años. Había supermercados y había tiendas de barrio, tiendas de comestibles que llevaban abiertas cientos de años. ¿Y qué hago yo entonces? Junto las dos cosas, supermercado y comestibles y hago el minimercado, con todo el catálogo de cosas que venden en Tesco o cualquier otro puñetero sitio, pero sin perder el aire de tienda de comestibles, de tienda del barrio. —Levantó su copa y bebió, como brindando por su propia inventiva—. Y sabes el otro secreto, por supuesto.
 —¡Oh!… Pues…
 —Los horarios.
 —Los horarios, sí…
 —Abrir temprano y cerrar tarde, que venga gente antes del trabajo y después del trabajo, no sólo las puñeteras buenas amas de casa que salen a comprar un paquete de cigarrillos y a dar palique.
 Nick no sabía bien si aquel tono especial era el que Bertrand empleaba para hablar con un idiota o si su simplicidad reflejaba la visión que tenía de los negocios. Dijo, críticamente:
 —Pero hay algunos que no son así, ¿no? El de Notting Hill, por ejemplo, adonde siempre vamos. Es grandioso.
 Se encogió de hombros, con embotado respeto.
 —Bueno, ¡ahora estás hablando de las secciones de alimentos! Son dos puñetas totalmente distintas: los Mira Mart y los Mira Food Halls… Estos últimos son para los puñeteros ricos, los barrios pijos. Hay uno aquí a la vuelta. Ya sabes de dónde salen.
 —De Harrods —dijo Wani.
 Bertrand le lanzó una mirada rápida y ceñuda.
 —Naturalmente. ¡Es la madre de todas las puñeteras secciones alimenticias del mundo entero!
 —A mí me encanta ir a la de Harrods —dijo Monique—, a ver los grandes… homards…
 —Los bogavantes —musitó Wani, sin mirarla, como si fuese una función aceptada la de servir de intérprete a su madre.
 —¡Oh, ya lo sé! —dijo Martine, con una sonrisa de rebeldía pusilánime. Nick las vio visitando Harrods a menudo, seguramente se pasaban allí días enteros, estaba a la vuelta de la esquina pero era otro mundo de posibilidades para quien pudiera permitírselas.
 Bertrand les concedió cinco segundos pacientes, como un maestro estricto pero imparcial, y dijo:
 —Así que ahora, Nick, tengo treinta y ocho establecimientos Mira Food por todo el país. Tengo uno en Harrogate, acabo de abrir otro en Altrincham; y más de ochocientos puñeteros Mira Marts. —Adoptó de pronto una actitud muy cordial; casi se encogió de hombros también ante la fácil inmensidad de su emporio—. Una gran historia, ¿no?
 —Increíble. Es muy amable por su parte contarme una historia que debe de conocer tan bien —dijo Nick, poniendo una cara especialmente solemne. Vio el brillante letrero anaranjado del Mira Food de Notting Hill, por donde se dejaba ver a veces el mismo Gerald, con una cesta y una expresión avergonzada, como si todo el mundo le reconociera, a comprar paté y bombones suizos. Y vio el Mira Mart de la esquina en Barwick, con sus productos más tristes en expositores inclinados, lejanos parientes pobres de los obeliscos de Knightsbridge, y el denso olor rancio de una tienda de techo bajo donde se vende todo junto. El emblema de la cadena, por supuesto, era una naranja coronada por dos hojas verdes. Miró a Wani, que más que comer comisqueaba (la coca le quitaba el apetito) con una cara totalmente inexpresiva. Tenía los ojos clavados en el plato o en el reluciente barniz rojo que había justo más allá del plato; podría haber dado la impresión de que escuchaba meditabundo a su padre, pero Nick sabía que se había refugiado en un universo que su padre nunca había imaginado. La sumisión a la tiranía de Bertrand era el precio de su libertad. También el tío Emile miraba hacia abajo, como absolutamente aplastado por la iniciativa y el éxito de su cuñado; Nick, por su parte, comprendió enseguida el encanto de escaparse a Harrods con las mujeres.
 Bertrand llegó a decir entonces:
  —Todo eso será tuyo algún día, hijo mío.
  —¡Ah, mi pobre niño! —protestó Monique.
  —Ya sé. Ya sé —dijo Bertrand, molesto, y después esbozó una sonrisita algo espantosa—. Ese día está todavía muy lejos, desde luego. Que haga sus revistas y películas. Que aprenda a hacer negocios.
  —Gracias, papá —dijo Wani, pero su sonrisa fue para su madre y su mirada, breve pero elocuente, cuando la sonrisa se apagó, para Nick. Estaba en su salsa con el comportamiento de su padre, su fanfarroneo incuestionado, pero permitir que un amigo lo presenciase mostraba una confianza especial en ese amigo. Wani rara vez se ruborizaba o denotaba alguna clase de vergüenza, aparte de la reprimenda que se murmuraba a sí mismo cuando ofrecía un asiento a una señora o confesaba su ignorancia sobre alguna nimiedad. Nick absorbió su mirada y el calor secreto de lo que comunicaba.
 —No, no —dijo Bertrand, con un tic rápido de la barbilla, como si alguien le hubiese criticado injustamente—. Wani es dueño de todos sus actos. Por el momento no parece que le interesen las frutas y verduras. Bien. —Extendió las manos—. Tampoco parece interesarle casarse con esta puñetera preciosidad de novia. Pero esperaremos cómodamente a que pase el tiempo, ¿eh, Wani?
 Y se rio para su coleto de su propia franqueza, como si así suavizara el efecto, aunque en realidad lo señalaba y lo intensificaba.
 —Primero vamos a ganar un montón de dinero —dijo Wani—. Ya verás.
 Bertrand dirigió a Nick una mirada de conspirador.
 —¿Pero sabes cuál es el gran, el simple secreto para hacer dinero? ¿El más auténtico y…?
 Nick depositó la servilleta con suavidad en la mesa y murmuró:
 —Lo siento muchísimo… Tengo que…
 Empujó hacia atrás la silla y se preguntó si aquello no sería incluso más maleducado en Beirut que allí.
 —¿Eh…? Ah, la puñetera débil vejiga —dijo Bertrand, como si lo esperase—. Igual que mi hijo.
 Nick estaba dispuesto a aceptar cualquier acusación que le permitiese salir del comedor; y Wani, con una expresión tediosa, casi impaciente, se levantó también y dijo:
 —Te indicaré dónde es.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2006, en traducción de Jaime Zulaika, pp. 194-200. ISBN: 978-84-339-7087-9.]

domingo, 18 de septiembre de 2022

Relatos completos.- Dylan Thomas (1914-1953)


Dylan Thomas | British author | Britannica
Hacia el comienzo

La historia verdadera

  «La anciana del piso de arriba estaba muriéndose desde que Helen alcanzaba a recordar. Estaba tendida en las sábanas, como una mujer de cera, desde que Helen era una niña que acudía a la casa con su madre para llevar fruta recién cogida y verdura fresca a la moribunda. Ahora, Helen era una mujer hecha y derecha, con su delantal y su vestido estampado; llevaba el cabello claro recogido en un moño en la nuca. Se levantaba todas las mañanas con los primeros rayos del sol, encendía el fuego en el hogar, dejaba entrar al gato de ojos rojos. Preparaba una tetera y subía al dormitorio, a la parte de atrás de la casa de campo, para inclinarse sobre la anciana cuyos ojos invidentes jamás estaban cerrados. Todas las mañanas le miraba a las cuencas de los ojos y pasaba las manos por delante. Sin embargo, no se movían sus párpados, y a ella le resultaba imposible saber si la anciana respiraba o no. «Son las ocho, las ocho en punto», decía. Y los ojos esbozaban una sonrisa. Una mano decrépita asomaba de las sábanas y permanecía quieta hasta que Helen la tomaba entre sus manos carnosas y la cerraba en torno a la taza de té. Cuando se vaciaba la taza, Helen la volvía a llenar; cuando la tetera se terminaba, retiraba las blancas sábanas de la cama. Allí estaba la anciana, estirada en su camisón, y el color de su piel era tan grisáceo como el del cabello. Helen aseaba las sábanas, las remetía y atendía a las necesidades de la anciana. Luego se llevaba la tetera.
  Todas las mañanas preparaba el desayuno para el mozo que faenaba en la huerta. Iba a la puerta de atrás, la abría y lo veía, a lo lejos, con la azada. “Son las ocho y media”, le decía. Era un feo mozo, con los ojos más rojos que el gato, como dos taimadas ranuras abiertas en la frente desde las que espiaba las primeras sombras que se formaban en el seno de Helen. Ella le ponía el desayuno delante. Cuando se levantaba, al terminar, siempre le hacía la misma pregunta: “¿Quieres que te haga alguna cosa?”. Ella nunca contestaba “sí”. El mozo volvía a sacar patatas del campo arado o a contar los huevos que habían puesto las gallinas, y si había moras o frambuesas que recoger en los matorrales que rodeaban la huerta, ella se le sumaba antes del mediodía. Al ver cómo se apilaban las frambuesas en la palma de su mano, ella a veces pensaba en la mancha del dinero bajo el colchón de la anciana. Si había que matar una gallina, ella le cortaba el pescuezo con más limpieza que el mozo, que dejaba el cuchillo en la herida y luego se limpiaba la hoja ensangrentada contra la manga. Ella tomaba la gallina, notaba su sangre caliente y la veía correr descabezada por el camino. Luego iba a lavarse las manos.
  Fue durante las primeras semanas de la primavera cuando ella tomó la resolución de matar a la anciana del piso de arriba. Tenía tan solo veinte años. Eran muchas las cosas que deseaba. Deseaba tener un hombre que fuera solo suyo, deseaba un vestido negro para los domingos y un sombrero adornado con una flor. No tenía ningún dinero. Los días en que el mozo llevaba los huevos y las verduras al mercado, le daba los seis peniques que la anciana le daba a ella, y el dinero que el mozo traía a la vuelta, en un pañuelo, ella lo depositaba en las manos de la anciana. Trabajaba para ganarse el pan y el cobijo, tal como trabajaba el mozo, aunque ella dormía en una habitación del piso de arriba y él dormía en un jergón de paja, encima de los establos vacíos.
  Una mañana de mercado salió a dar una vuelta por la huerta, para que su plan se asentase en su ánimo. Era un espléndido día del mes de mayo, sin más que un par de nubes en el cielo, como dos manos amorfas que se cerraban sobre la cabeza del sol. “Si pudiera volar —pensó—, echaría a volar, entraría por la ventana y le hincaría los dientes en el cuello”. Sin embargo, el viento fresco se llevó sus pensamientos a otra parte. De sobra sabía que no era una muchacha normal y corriente, pues en las tardes de invierno se dedicaba a leer libros, mientras el mozo se dedicaba a soñar tumbado en el jergón y la anciana permanecía a solas y a oscuras. Había leído una historia sobre un dios que se transformaba en dinero, había leído cosas sobre las serpientes que tienen las voces de los hombres, había leído sobre un hombre que estuvo en la cima de un monte hablando con una hoguera.
  Al fondo de la huerta, donde la cerca mantenía a raya la maleza y los campos asilvestrados, llegó a un montón de tierra. Allí había enterrado al perro que mató porque se dedicaba a perseguir y a matar a las gallinas. Sobre una tosca cruz estaba escrita al revés la fecha de su muerte, de modo que el perro aún no había muerto. “Podría enterrarla aquí mismo —se dijo Helen—. Lo haría al lado de la tumba, de modo que nadie la encontraría jamás”. Se frotó las manos y llegó a la puerta de atrás de la casa, antes de que las dos nubes rodeasen el sol.
  Dentro todavía tenía que preparar la comida para la anciana, tenía que hacer un puré de patata. Con el cuchillo en la mano y las peladuras en el regazo pensó en el asesinato que estaba a punto de cometer. El único sonido era el que producía el cuchillo, pues ya no soplaba el viento, y su corazón estaba tan callado como si lo hubiese envuelto en un trapo. En la casa no se movía nada; tenía la mano quieta en el regazo; no se le ocurrió pensar que el humo subiera por la chimenea y que saliera al cielo aquietado. Su ánimo, a solas en el mundo, tictaqueaba lentamente. Luego, cuando todo estaba en silencio, cantó el gallo y ella recordó al mozo, que no, tardaría en regresar del mercado. Había tomado la determinación de matar antes de su regreso, pero era preciso abrir una tumba y rellenar el agujero con la tierra. Helen notó que la mano se le moría de nuevo en el regazo. Y en medio de su muerte oyó que la mano del mozo retiraba el pestillo del cerrojo. Entró en la cocina, la vio pelar patatas y dejó el pañuelo sobre la mesa. Al oír el tintineo del dinero, alzó la mirada y sonrió. Él no la había visto sonreír nunca.
💥 Relatos completos de Dylan Thomas 🥇 libro gratis pdf y epub ...  No tardó en servirle la comida, y se sentó de costado junto al fuego del hogar. Cuando él se llevó el cuchillo a la boca, por el rabillo del ojo notó que ella lo miraba.
  —¿Le has subido la comida? —preguntó él.
  Ella no contestó. Cuando hubo terminado de comer, se levantó de la mesa.
  —¿Quieres que te haga alguna cosa? —preguntó el mozo, igual que se lo había preguntado un millar de veces.
  —Sí.
  Ella nunca le había dicho “sí”. Él nunca había oído hablar de esa manera a una mujer. Nunca habían estado tan oscuras las primeras sombras de sus senos. Se acercó trastabillando hacia ella, y ella alzó las manos para ponérselas en los hombros.
  —¿Qué es lo que harías por mí? —le preguntó ella, y se aflojó los tirantes del vestido, de modo que se quedó con los pechos a la vista. Le tomó la mano y se la colocó sobre las carnes. Él miró fijamente su desnudez, pronunció su nombre y la tomó. Ella lo sujetó muy cerca de sí.
  —¿Qué es lo que harías por mí? —insistió. Dejó que todo su vestido cayera al suelo, y se despojó deprisa del resto de sus ropas—. Harás lo que yo quiera —añadió, y las manos de él cayeron sobre ella.
  Al cabo de un minuto se desasió de su abrazo y echó a correr por la cocina. Desnuda, de espaldas a la puerta que llevaba al piso de arriba, le indicó que se acercase y le dijo qué había de hacer.
  —Ayúdame y seremos ricos —dijo. Él sonrió y asintió. Trató de palparla de nuevo, pero ella le sujetó los dedos, abrió la puerta y lo condujo al piso de arriba—. Quédate quieto aquí —dijo. En la habitación de la anciana miró a su alrededor como si fuera la última vez: miró la jarra desportillada, la ventana entreabierta, la cama, la inscripción de la pared—. Es la una —dijo, y con un movimiento súbito golpeó la cabeza de la anciana contra la pared. Le bastaron tres golpecitos, y la cabeza se cascó como un huevo.
  —¿Qué es lo que has hecho? —exclamó el mozo. Helen le llamó. Se quedó boquiabierto mirando a la mujer desnuda, que se limpiaba las manos con la ropa de cama, y mirando la sangre que había formado una mancha roja y redonda en la pared.
  —Quieto —dijo Helen, pero él volvió a gritar nada más oír su voz tranquila, y bajó las escaleras de tres en tres.
  “Así que Helen tendrá que volar —se dijo—. Hay que salir volando del cuarto de la anciana”. Abrió más la ventana y salió. “Estoy volando”, se dijo.
Pero no lo estaba.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Debolsillo, 2003, en traducción de Miguel Martínez-Lage, pp. 29-32. ISBN: 978-8497596190]