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domingo, 5 de febrero de 2023

Historia de un matrimonio.- Andrew Sean Greer (1970)


This Week in Fiction: Andrew Sean Greer on the Alluring Tyranny of ...
II


 «Nunca olvidaré a Eslanda Goode Robeson, la esposa de Paul Robeson, el cantante, que aquel año fue llamada a declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Cuando Cohn y McCarthy le preguntaron si era comunista, aquella orgullosa mujer de color, con su sombrero y su vestido floreados, rehusó responder, amparándose en la Quinta y la Decimoquinta Enmiendas.
  —¿La Decimoquinta? —le preguntó un nervioso Roy Cohn.
  —Sí, señor, la Decimoquinta —repuso ella egregiamente—. Yo soy negra, ¿comprende?, desde niña me enseñaron a ampararme en la Decimoquinta, por mi color de piel.
  Cohn comentó que aquello era una tontería, que esa enmienda se refería al derecho al voto.
  —Yo siempre me he amparado en ella... —repuso la mujer negando con la cabeza—. Y es que, en este país, soy ciudadana de segunda clase y por esa razón he de acogerme a la Decimoquinta. No soy igual que los blancos.
  Cohn no pudo sacarla de aquí; la versión de la señora Robeson de la vida en nuestro país resultaba intraducible.
  En los colegios no se enseña la asignatura Eslanda Goode Robeson. En los libros de texto, entre la miríada de batallas y tratados, no hay sitio para las esposas de la Historia. Pero a mí no se me olvidó lo que dijo acerca de que necesitaba una coraza extra para protegerse. Fue la luz que iluminó mi pensamiento; guió mi vida como un sextante.
  Nosotros éramos la única familia negra de Sunset. Todo habría sido distinto si hubiera tenido una amiga de confianza, una mujer de color dispuesta a escondernos a mí y a Sonny en su cuarto de costura, como protegería a una esposa maltratada; habría podido refugiarme en sus brazos. Pero no era una mujer maltratada; en cierto modo, era una mujer amada. Tampoco tenía ninguna amiga. Ni siquiera podía recurrir a Edith, la única judía del barrio, que era el reflejo de mi propia soledad desde el otro lado de la calle. Asimismo, aquella noche no podía ni pensar en huir con Sonny; imagínate a una mujer de color por la carretera con un hijo tullido, buscando la ayuda de otros viajeros. No era la manera de salvarlo. Lo más natural habría sido dirigirme a la comunidad negra de Fillmore, pero también nos habíamos apartado de aquel mundo.
  En aquel tiempo culpaba a las tías de Holland. Afirmaban ser oriundas de Hawai, descendientes por línea paterna de la hija de un capitán de la Compañía de las Indias Occidentales y de un nieto del capitán Cook, leyenda inverosímil pero bonita que les permitía sentirse diferentes. Eran el producto típico de la vieja sociedad negra de San Francisco: culta, intelectual, siempre buscando el buen matrimonio, hombres con bastón de paseo y mujeres con broche de camafeo de mujer blanca. Se consideraban aparte del resto de su raza, lo mismo que Holland. Recuerdo que, en una de las primeras cenas que les preparé, me habían dicho:
 —Quizá tuvimos un antepasado africano, cuatro o cinco generaciones atrás, pero, como puedes ver, la sangre europea lo ha diluido.
  Las escuchaba con extrañeza, casi admirada. Qué atractiva fantasía, creer que puedes dejar atrás los problemas raciales.
  No obstante, eran partidarias de la segregación.
  —Así es mejor —habían asegurado—. Los negros deben trabajar, comer y comprar juntos.
  Habían querido vender la “propiedad de Sunset”, como llamaban a nuestra casa, y que Holland y yo nos instaláramos más cerca de ellas, en Fillmore, el distrito negro, que iba llenándose de familias que no encontraban en otras zonas a alguien dispuesto a alquilarles una vivienda; pero me había opuesto. Yo soñaba con una vida diferente, mejor. De modo que vivíamos junto al océano, lejos de nuestra gente. A fin de cuentas, quizá no fuera una decisión acertada; tal vez en el fondo yo trataba de pasar por blanca tanto como ellas, y como el propio Holland. Pero recuerdo que, aquella misma primavera de 1953, Thurgood Marshall había venido a San Francisco y declarado a la prensa que la razón por la que los negros se mostraban favorables a un ejército segregado era porque así podrían llegar a generales. Quizá las tías prefirieran un San Francisco segregado, para poder ser alcaldesas de un pequeño mundo. No se daban cuenta de lo que estaba ocurriendo, de lo que iba a suceder en nuestro país. Pobres mujeres; creo que no eran capaces de verlo porque sólo la idea las aterraba.
  Tanta culpa tenía yo como ellas, desde luego. También vivía horrorizada, sabedora del peligro que corría mi marido. ¿Acaso había visto él la reciente foto de Copron, a una hora de carretera de nosotros: una cruz de fuego en el jardín de un negro candidato al Senado? ¿O también se la había ahorrado, recortándola? Qué trágicos tiempos para un hombre como él.
  Holland ignoraba cómo luchar contra un blanco; había nacido sin esa capacidad. Pero sí sabía algo: que el silencio es como un veneno exótico —sin olor ni sabor— que provoca en la víctima una locura insidiosa. Yo estaba medio loca de miedo y vergüenza ahora que mi mundo, construido con tanto esmero, había sido arrancado de sus cimientos por un tornado y las paredes y puertas habían sido arrojadas contra mí, mientras no podía hacer más que agacharme, esperando a que pasara. Mis dudas, mis preguntas, permanecían encerradas como mariposas en uno de esos frascos que usan los entomólogos para dar a los insectos una muerte rápida y piadosa. Aún guiaba mis actos un resto del sentido de mi deber como esposa, el afán de proteger a Holland y su pasado. Buzz me había dejado las cosas claras, pero seguía sintiendo el sincopado latido de un corazón desviado, y experimentaba la misma sensación que una enfermera que, al hacer la ronda, descubre que sus pacientes han huido durante la noche. ¿Qué vida salvará ahora? ¿La suya?
  No podía dormir recordando cómo el azar nos había unido —dos veces— y calculando, igual que la mujer que está a punto de empeñar una reliquia familiar, qué podía reportarme aquello, cuál era su valor, a qué iba a renunciar. No se trataba sólo de nuestro matrimonio sino también de lo que nos había conducido a él, aquella historia secreta. Nuestra historia de amor, podría llamarse. Era una historia de la guerra normal y corriente, pero no la versión que yo contaba a amigos y conocidos. La verdadera me la callaba. Creía que ya habíamos dejado atrás todo aquello, que ya estaba sumergido para siempre, pero ahora afloraba, como un cadáver que emerge.
 Era el verano de 1943, aún no habíamos cumplido los veinte. Una tarde, mientras estábamos en el porche de su casa escuchando la radio, la madre de Holland le había dado la tarjeta de reclutamiento.
  —Vaya, mira esto —había dicho él.
Historia de un matrimonio (Narrativa): Amazon.es: Greer, Andrew ...  Era un chico reservado, así que no era fácil adivinar qué pensaba de la muerte. Tanto podía resultarle extraña como aterrorizarlo; pero su madre, una viuda flaca y enérgica, la conocía bien.
  —Escucha, hijo, no firmes. No es nuestra guerra. No quiero perderte —declaró con firmeza.
  Holland me miró levantando su hermosa cara angulosa, bebió un sorbo de té y entonces oímos tintinear el hielo en el vaso que sostenía con mano trémula. Pobres muchachos asustados, llamados a luchar. Igual que la gente ve cómo va aproximándose un ciclón, lo sentíamos llegar: era el fin de la juventud.
  —¿Qué dices tú, Pearlie? —me preguntó, pasándose un pañuelo por la frente, oscurecida por el sol del verano. En el pelo le brillaban gotitas de sudor.
  Holland, ¿recuerdas mi silencio, mi espanto? ¿Sentada en aquella mecedora, sin hablar? Una abeja atrapada en la lámpara zumbaba como la alarma de un banco. Nos mecíamos al compás de la radio, oyendo Good As I Been to You, una canción de lo más triste. Al fin tuve el valor de mirarte. Tu cara hermosa, tu mano asustada. Sabía lo que quería, pero ignoraba si tenía derecho a quererlo, y no sabía cómo decir que no fueras, que te necesitaba. ¿Qué sería mi vida sin ti? Sólo dije “¡Oh!”. Y entonces me miraste fijamente, como si comprendieras, y eso fue cuanto hablamos sobre el asunto.
  Holland optó por no hacer nada. Ese es un lujo que los hombres pueden permitirse a veces. Pasó el plazo de alistamiento y el formulario marrón, clavado con una tachuela oxidada a la cabecera de la cama, amarilleó al sol. Su madre, que sabía lo que suponía dejar pasar el tiempo, había entrado una mañana en la habitación y, tras bajar la persiana, había arrancado el formulario. Cuando iba hacia la puerta, Holland se levantó en la penumbra y le preguntó qué estaba haciendo.
  —Voy a tirarlo —respondió la madre.
  —Pero es que pienso enviarlo.
  De pie en el pasillo, ella se secó las manos con su gran delantal de flores. Era viuda de un granjero, acostumbrada a preservar lo que el mundo trataba de arrebatarle.
  —Ya no puedes enviarlo.
  —Voy a hacerlo.
  —Ya he dicho a los vecinos que te fuiste el lunes. Deja echada la persiana y quédate aquí arriba. ¿Has oído? Está decidido.
 Y, sin más, la madre bajó la escalera mientras él permanecía en el dormitorio, sin otra luz que la que se filtraba por un agujero de la persiana, un rayo de sol polvoriento que iluminaba una baraja. Holland se había quedado mirando la persiana un momento. Luego había cerrado la puerta.
  ¿Cómo lograste sobrevivir? Tu mundo era tan reducido como el de un marinero: un dormitorio oscuro, un orinal y el metro de pasillo que no se divisaba desde la calle. No podías salir a la calle, ni asomarte a una ventana, ni cantar, ni lanzar una pelota contra la pared; en resumen: no podías ser un muchacho. Eras como un monje, con tu silencio y los libros que yo te llevaba, enclaustrado para protegerte de los peligros del mundo exterior. ¿Cómo no te desmoronaste, sabiendo que, si te veía algún vecino, antes del anochecer tendrías allí a todo el pueblo haciendo sonar las cacerolas, para dar un baño de pintura amarilla a aquel negrata holgazán y cobarde? Sé que estabas al tanto de cada batalla de aquella guerra, de cada buque cargado de soldados negros que volaba por los aires en el Pacífico. Llevabas la cuenta de las bajas del mismo modo que otros chicos aprenden las estadísticas del béisbol, y sé que lo hacías para entrar en contacto con el mundo real de vez en cuando, para exponerte al dolor, para sentirte vivo. Habitabas al otro lado del espejo, en el tronco hueco de un árbol, en un mundo sin muerte que unas mujeres habían creado para ti.
  Visitaba aquella cárcel con las paredes cubiertas de papel de periódico varias veces a la semana, cuando llegaba con la carpeta de música debajo del brazo, para dar mi supuesta clase. La madre se quedaba en la planta baja, sentada al destartalado piano, tocando Rock of Ages una y otra vez, mientras yo subía a ver al hijo. Le llevaba libros escondidos entre las partituras; debí de sacar en préstamo todos los volúmenes de la biblioteca del pueblo. Y leíamos juntos, en silencio o susurros, hasta que llegaba la hora en que debía volver a la extraña luz de un día que tú no veías.
  Memoricé cada rincón de tu habitación. Por supuesto, estaba enamorada.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Salamandra, 2010, en traducción de Ana Mª de la Fuente, pp. 44-47. ISBN: 978-84-9838-247-1.]

sábado, 22 de enero de 2022

Una extraña dictadura.- Viviane Forrester (1925-2013)


Resultado de imagen de viviane forrester «”¿Qué bien nos deseamos?” Una pregunta que deberíamos poder hacernos siempre, en lugar de tener que preguntarnos sin cesar a qué mal nos es más urgente escapar. “¿Qué bien nos deseamos?”  Pregunta prohibida: estaría bueno que se reclamasen cosas superfluas, o incluso una norma favorable, más aún una travesía cautivadora y armoniosa de la existencia, ¡mientras que lo indispensable se convierte en una mercancía en vía de desaparición! ¿Sería razonable preocuparse de las condiciones de trabajo o de vida, mientras que hay que abogar tanto, remar para encontrar esos puestos de trabajo impuestos y rechazados en un mundo en el que la supervivencia depende de ellos, pero en el que faltan? 
 “¿Qué bien nos deseamos?” Es sin embargo el tener de sobra donde escoger lo que debería preocuparnos. Esta época de la historia, la nuestra, posee una capacidad hasta ahora desconocida de revelarse beneficiosa para la mayoría, precisamente gracias a las fabulosas nuevas tecnologías, capaces de ofrecer abundantes posibilidades de elección de vida, en lugar de agotarlas.
 Sin por ello perderse en la utopía ni fantasear con un paraíso terrestre, hoy en día sería posible imaginar unas vidas llevadas de manera más inteligente, más divertida también, que, liberadas de tantos apremios ¡encontrarían cada una de ellas un lugar en el que serían bienvenidas! Tenemos los medios para ello. Hemos adquirido los medios para ello. Nuestra especie los ha adquirido y se los ha dejado birlar por unos pocos que se los han apropiado o los han pervertido. Pero son recuperables.  
 Liberados por las tecnologías de la mayor parte de tareas penosas, ingratas o desprovistas de sentido, todos podríamos y deberíamos estar infinitamente más disponibles para aprovechar otro tipo de oportunidades destinadas a otras labores que no sean, como ahora, las del paro. Unas oportunidades de activarnos en un mundo en que las dotes y los gustos ya no tienen las antiguas razones de ser estrangulados para ponerlos al servicio de tareas ahora transferidas a las máquinas; podrían ser por fin tomados en cuenta, tener por lo menos sus posibilidades de desarrollarse, dedicados a valores y necesidades reales y sin vínculo obligado con la rentabilidad.
 Hoy en día debería desarrollarse como nunca la práctica de oficios, de profesiones y empleos indispensables, pero cuya penuria se hace paradójicamente más manifiesta. No obstante la educación gratuita y obligatoria y la democratización de los estudios han dado a la gran mayoría la capacidad de ejercerlos. Ahora bien, se puede ver, por una parte, cómo esos puestos de trabajo se evaporan a una velocidad vertiginosa, o se convierten en caricaturas de empleos, remunerados en la corriente, mientras que, por otra parte, los oficios y las profesiones son ignorados y automáticamente desatendidos, apartados sin haber sido tomados en consideración, condenados como lujos extravagantes, queridas viejas cosas pasadas de moda, trampas de déficit, de despilfarro, el súmmum de la no rentabilidad. La prueba concreta de que fuera de los senderos de la especulación no existe salvación alguna. 
 Es alucinante que en estos tiempos de lucha proclamada contra el paro y por el empleo, profesiones enteras, repitámoslo, estén cruelmente faltas de efectivos. Hasta el punto de que, por ejemplo, estudiantes de instituto y estudiantes universitarios salen a la calle con sus profesores para reclamar en vano enseñantes en número decente, un personal cuya necesidad es evidente, y su falta angustiosa. ¿La respuesta que de les da, explícita o sobreentendida? Demasiado caro. ¿Qué pareceríamos, en Bruselas y otros lugares, adornados con tales gastos públicos? Y continúan suprimiendo puestos y comprimiendo virtuosamente los efectivos; o, cuando la contestación comienza a ser tumulto, utilizan a interinos y se guardan muy mucho de sacar las plazas a concurso, o rescatan a antiguos profesores no reciclados. Todos ellos tendrán en común el ser infrapagados y librados a la inseguridad que es el destino al cual están abocados tantos de esos estudiantes intentan escapar a ello. 
 ¿Es de verdad razonable dejar que la vida económica dependa de lógicas tales que se pueda -¡e incluso que “sea preciso”, según sus postulados!- tirar a hombres y mujeres como cepillos de dientes viejos para aumentar la productividad, antes que revisar el sistema que propugna tales lógicas? ¿Hay que proseguir nuestro retorno al siglo XIX, exigir una forma de sociedad pasada de moda y retrógrada, antes que adaptar lo real a las necesidades de los vivos? 
 No se trata de ensoñaciones, sino del despertar de una pesadilla. Despertar en un mundo en cuyo seno sería posible terminar con el falso ahorro y las reducciones perversas, por ejemplo hechas a costa de la calidad de los estudios, contando con la brevedad de la juventud para que, cada año, ¡los recién llegados tengan que empezarlo todo de nuevo, tan poco resignados como los anteriores, pero con tan poco tiempo para defender los largos años de su porvenir! 
 También ahí apunta la urgencia y lo que ésta tiene de patético. Esos chicos y esas chicas que durante el tiempo que duran sus estudios tienen que batirse para defenderlos, y defender así su porvenir entero con tan poco tiempo para hacerlo, saben que este período de gracia les esta medido, que no se prorrogará y que todo el curso ulterior de su vida dependerá de él. Combatidos ellos mismos hasta la usura, tienen conciencia de lo que pueden perder. Todo. Saben a qué peligros y a qué rechazos les expone un fracaso, aunque los estudios ya no representen la misma garantía para el porvenir. 
 Por lo menos Francia goza no sólo de escolaridad gratuita sino también de universidades gratuitas, por lo demás ahora cuestionadas en este punto… ¡Busquen los lobbies! ¡Ahora apoyados por algunos mandarines! ¡Oigan su propaganda! Observen su aflicción al ver a tantos jóvenes sacrificados a un saber no exclusivamente destinado a abrirles las puertas de las empresas (que amenazan de todas maneras con seguir cerradas) y al ver arrastrarse en los arcanos del conocimiento a unas “gentes” que, según decretan, nunca se servirán de él. Y que, se adivina, según ellos no deberían arrastrarse por ninguna parte, no mezclar sus pasos en ninguna parte con los pasos tranquilos de las “élites” favorecidas, sino contentarse con aprender, por todo saber, a mantenerse en su lugar y permanecer en él. A fin de que baste luego conducir a ese ganado para que siga al rebaño. 
 Un sistema de dos o más velocidades: ésa es la clave de esta filosofía de la educación que, a partir de la secundaria, ya no favorece más que a un determinado número de alumnos. Tristeza de las escuelas de formación profesional, consideradas por muchos niños que de manera arbitraria son encaminados hacia ellas como el signo de un envilecimiento social, como una sentencia definitiva que les condena a un destino subalterno y angosto. Y no es el entorno o los equipos que ofrecen en general esos centros, ni el número de sus profesores, los que contradirán ese juicio, pues la escuela, forraje de los enseñantes, forraje de la tradición que quiere que a cada niño se le den las mismas oportunidades -por lo menos simbólicamente-, ¡no es rentable! 
Resultado de imagen de viviane forrester una extraña dictadura Ésos se saben ya clasificados. ¿Puede decirse “desclasados”? A quienes arguyen que nada es más útil, más racional y más gratificante que esas escuelas profesionales, pregúntenles dónde estudian sus hijos y los de sus allegados. Infórmense sobre el número de alumnos pertenecientes a las clases pudientes o incluso desahogadas que están inscritos en formación profesional o en esos colegios técnicos que se dicen tan preciados. Descubrirán que allí únicamente van niños que provienen de familias poco favorecidas. Hasta el punto de que uno podría indignarse de que estas últimas hayan podido acaparar tal privilegio, tan apreciado en su discurso por quienes permanecen apartados de lo que admiran tanto y de lo que se apresuran con abnegación a negar a su descendencia, ¡destinada por su parte a unas enseñanzas humanísticas o científicas de amplia vocación prodigadas en centros de punta! 
 Y, además, miren a los ojos a los niños que tienen “derecho” a esos institutos de formación profesional o a esos colegios técnicos. Su habitual tristeza. Su mirada en la frontera de una rebelión imposible, de la pesadumbre y de la aceptación. De cierta renuncia, de un adiós a cierta parte de sí mismos, de una derrota ya, que  presienten la primera. La humillación, también, de verse separados de sus compañeros que sí han pasado a los institutos de enseñanza general y de los que se saben definitivamente segregados, mientras que se les enseña por lo menos una cosa, y ellos lo saben: la resignación. 
 ¿Se resignarán a la resignación? ¿A esta segregación arcaica? Pues, a propósito de arcaísmos, bien estamos aquí en presencia de uno que nos remonta a los tiempos de la condesa de Ségur, en este clima en el que impera un estado de hecho, supuestamente petrificado para siempre, que disocia a los “humildes” de la élite de derecho divino. Encontramos allí los mismos arcaísmos de que se jacta la “modernidad” política actual. 
 No se trata aquí de aprobar, y menos aún de establecer, una jerarquía entre las profesiones, sino, a la inversa, de constatar la desconsideración en la cual son tenidas algunas de ellas, desconsideración que demuestra la disparidad de trato de las diferentes ramas, en detrimento de la rama “profesional”. Si verdaderamente no existe jerarquía entre las profesiones, como claman con entusiasmo quienes quieren imponer algunas de ellas a unos niños a quienes impiden el acceso a otras, no hay razón para que, sea cual fuere el porvenir que se proponga, cada joven no tenga derecho a una enseñanza tan completa como la de todos los demás. Decidir apartar a algunos equivale a tenerlos ya etiquetados, a amputar algunas posibilidades de su porvenir y a rebajarlos de categoría desde la infancia por el mero hecho de la falta de recursos de sus padres. En tanto que supuestamente la escuela republicana debe ofrecer a todos oportunidades equivalentes, lo que es sin duda ilusorio, pero evita una prisa excesiva en imponer lo contrario.
 Esta arbitrariedad, o mejor dicho, la orientación dada a una distribución determinada la mayoría de las veces sin atender a la identidad, los deseos y las potencialidades de cada uno de esos niños es inadmisible. Les va en ello su destino. Si se puede adivinar qué alumnos tienen mayores “probabilidades” de ser encaminados hacia los institutos profesionales, sobre todo se sabe cuáles no entrarán, independientemente de su nivel. Es ése un signo precoz de apartheid, que no depende en absoluto del nivel de los niños, sino de su extracción. Y es ése el signo más indignante.
 Se objetará que, entre los ya separados, algunos alimentan quizás una preferencia por la opción que se les impone.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2001, en traducción de Miguel Ángel Sánchez Férriz, pp. 127-132. ISBN: 84-339-6147-0.]

miércoles, 17 de junio de 2020

Escupiré sobre vuestra tumba.- Boris Vian (1920-1959)

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Capítulo VIII

   «A la semana siguiente recibí un cargamento de libros nuevos, que me anunciaron el fin del otoño y la inmediatez del invierno; seguía saliendo del paso y ahorrando además unos cuantos dólares. Tenía ya una cantidad considerable. Una miseria, pero me bastaba. Tuve que afrontar algunos gastos. Me compré ropa e hice arreglar el coche. Algunas veces sustituía al guitarrista de la única orquesta potable que había en la ciudad, la que tocaba en el Stork Club. Creo que este Stork Club no debía de tener nada que ver con el otro, el de Nueva York, pero los jovencitos con gafas iban a gusto allí a acompañar a las hijas de los agentes de seguros y de los representantes de tractores de la zona. Así ganaba algún dinero extra y además vendía libros a la gente que conocía allí. Los de la banda también iban alguna vez. Seguía viéndolos con frecuencia y seguía acostándome con Judy y con Jicky. No había forma de librarse de Jicky. Pero era una suerte tener a esas dos chicas porque así me mantenía en una forma extraordinaria. Además de esto, practicaba atletismo y se me estaba desarrollando una musculatura de boxeador.
 Y entonces, una noche una semana después de la velada en casa de Dex, recibí una carta de Tom. Me pedía que fuera lo más pronto posible. Aproveché el sábado para irme al pueblo. Sabía que si Tom me escribía era por algo, y no creía que fuera por nada agradable.
 Los tipos esos, durante las elecciones, habían falseado los resultados por orden del senador Balbo, la peor alimaña que se pueda encontrar en todo el país. Desde que los negros tenían derecho a votar, multiplicaba las provocaciones. Había hecho tanto, y lo había hecho tan bien, que dos días antes de la votación sus hombres dispersaban las reuniones de los negros dejando un par de cadáveres tras ellos.
 Mi hermano, en calidad de profesor de la escuela negra, había expresado públicamente su protesta y había mandado una carta al senador, y al día siguiente lo molieron a golpes. Me escribía para que fuera a buscarle con el coche: quería irse del pueblo.
 Me esperaba en casa, solo en la habitación a oscuras: estaba sentado en una silla. Verle con los hombros caídos y con la cabeza entre las manos me dolió y sentí cólera en la sangre, mi buena sangre negra, que hervía en mis venas y me zumbaba en lo oídos. Se levantó y me cogió por los hombros. Tenía la boca tumefacta y hablaba con dificultad. Quise darle una palmada para consolarle pero detuvo mi gesto.
 -Me han dado latigazos -me dijo.
 -¿Quién?
 -Los hombres de Balbo y el hijo de Moran.
 -¡Otra vez ése...!
 Se me cerraban los puños sin querer. Una cólera seca me invadía poco a poco.
 -¿Quieres que nos los carguemos, Tom?
 -No, Lee. No podemos. Sería el final. Tú aún tienes una posibilidad, no estás marcado.
 -Pero tú vales más que yo, Tom.
 -Mira mis manos, Lee. Mírame las uñas. Mira mi pelo y mis labios. Soy negro, Lee. No puedo librarme de mi destino, pero tú...
 Se interrumpió para mirarme. El tipo me quería de verdad.
 -Tú, Lee, tienes que triunfar. Dios te ayudará a triunfar. Te ayudará, Lee.
 -A Dios no le importa un bledo.
 Sonrió. Sabía lo poco convencido que yo estaba.
 -Lee, te marchaste de aquí demasiado joven y has perdido la fe, pero Dios te perdonará cuando llegue el momento. De quienes hay que huir es de los hombres. No de Él; a Él tienes que ir con las manos y el corazón bien abiertos.
 -¿Adónde vas a ir, Tom? ¿Necesitas dinero?
 -Tengo dinero, Lee. Lo único que quería es estar contigo cuando dejara la casa. Quiero...
 Se detuvo. Las palabras salían a duras penas de su boca deforme.
escupire vuestra tumba - Iberlibro -Quiero quemar la casa, Lee. La construyó nuestro padre, a quien debemos lo que somos. Era casi blanco, sí, pero nunca soñó siquiera en renegar de su raza, acuérdate bien. Nuestro hermano ha muerto, y nadie debe apoderarse de la casa que nuestro padre construyó con sus dos manos de negro.
 Yo no tenía nada que decir. Ayudé a Tom a hacer el equipaje y a meterlo en el Nash. La casa, bastante aislada, se encontraba a un extremo del pueblo. Dejé que Tom terminara mientras fui colocando los bultos de modo que el peso estuviera bien repartido.
 Tom volvió al cabo de unos minutos.
 -Vámonos -me dijo-, vámonos, ya que aún no ha llegado el tiempo en que sobre esta tierra reine la justicia para los hombres negros.
 En la cocina parpadeaba una lucecilla roja, que de repente se hizo enorme. Se oyó la explosión sorda de un bidón de gasolina y la luz alcanzó la ventana de la habitación contigua. Y entonces una larga llama perforó el techo de madera y el viento atizó el incendio. El resplandor bailaba a nuestro alrededor y la cara de Tom, a la luz roja, brillaba de sudor. Por sus mejillas se deslizaban dos grandes lágrimas. Entonces me puso una mano en el hombro y nos volvimos para marcharnos.
 Yo, de Tom, habría vendido la casa; con dinero se les podía causar algún problema a los Moran, quizá hasta hundir a uno de los tres, pero no quise impedir que Tom llevara a cabo su propósito. Yo también cumpliría con el mío. A Tom le quedaban en la cabeza demasiados prejuicios de bondad y divinidad. Era demasiado honesto, Tom y eso acabaría por perderle. Creía que haciendo el bien se cosechaba el bien y, en cambio, esto sólo ocurre por casualidad. Lo único que importaba era vengarse y vengarse de la manera más implacable posible. Me acordaba del chico, que era aún más blanco que yo, si cabe. Y de nada le sirvió cuando el padre de Anne Moran se enteró de que le gustaba su hija y de que salían juntos, pero el chico no había salido nunca del pueblo; yo, en cambio, llevaba más de diez años fuera y el contacto con gente que no conocía mi origen me había hecho perder esa humildad abyecta que nos han inculcado poco a poco, como un reflejo, esa odiosa humildad que ponía palabras de piedad en los labios desagarrados de Tom, ese terror que incita a nuestros hermanos a esconderse cuando oyen que se acerca el hombre blanco; pero yo sabía perfectamente que si le usurpábamos el color de la piel lo teníamos a nuestra merced, porque el blanco habla por los codos y se traiciona ante los que cree sus semejantes. Con Bill, con Dick, con Judy, ya les había ganado varios puntos. Pero decirles a éstos que un negro les había tomado el pelo de poco me servía. Con Lou y Jean Asquith me vengaría de Moran y de todos los demás. Dos por uno, y a mí no se me iban a cargar como se habían cargado a mi hermano.
 Tom estaba medio dormido, sentado a mi lado en el coche. Aceleré. Tenía que llevarle hasta el cruce de Murchison Junction; allí cogería el rápido hacia el norte. Había decidido irse a Nueva York. Era un buen tipo ese Tom. Un buen tipo demasiado sentimental. Demasiado humilde.»

    [El texto pertenece a la edición en español de MDS Books/Mediasat, 2002, en traducción de Jordi Marti Garcés. ISBN: 84-96075-29-X.]

domingo, 10 de mayo de 2020

La trenza.- Laetitia Colombani (1976)

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Smita

  «Badlapur, Uttar Pradesh, India.
Smita se despierta con una sensación extraña, una urgencia tierna, una mariposa en el estómago desconocida para ella. Hoy es un día que recordará toda su vida. Hoy su hija empieza la escuela.
 Smita nunca ha pisado una. Allí, en Badlapur, la gente como ella no va a la escuela. Smita es una dalit, una intocable. Una "hija de Dios", en palabras de Gandhi. Alguien al margen de las castas, al margen del sistema, al margen de todo. Un grupo aparte, considerado demasiado impuro para relacionarse con los demás, escoria inmunda a la que hay que apartar, como se aparta el grano de la paja. Se cuentan por millones quienes, como Smita, viven fuera de las poblaciones y de la sociedad, en la periferia de la humanidad.
 Todas las mañanas el mismo ritual, como un disco rayado que repite hasta el infinito una música infernal: Smita se despierta en la choza que le sirve de hogar, junto a los campos cultivados por los jats. Se lava la cara y los pies con el agua que sacó la tarde anterior del pozo que les está reservado. El otro, el de las castas superiores, no se plantea ni tocarlo, aunque esté cerca y sea más accesible. Algunos han muerto por menos que eso. Se viste, peina a Lalita y le da un beso a Nagarajan. Luego, coge el cesto de juncos trenzados, el mismo que usaba su madre antes que ella y que le revuelve el estómago sólo con verlo, un cesto con un olor persistente, acre e imborrable, que Smita lleva todo el día como quien carga una cruz o un lastre vergonzoso. Ese cesto es su calvario. Una maldición. Un castigo. Tiene que expiar algo, pagar por algo que debió hacer en una vida anterior. Después de todo, como decía su madre, esta vida no tiene más importancia que las anteriores, ni que las siguientes, sólo es una vida más. Es así, es la suya.
 Es su dharma, su deber, su lugar en el mundo. Un oficio que se transmite de madre a hija desde hace generaciones: scavenger, una palabra que en inglés designa a aquéllos que hurgan en los desechos. Un nombre aséptico para una realidad que no lo es en absoluto. No hay palabras para describir lo que hace Smita. Se pasa el día recogiendo la mierda de los demás con las manos desnudas. Cuando su madre la hizo acompañarla por primera vez, ella tenía seis años, los mismos que Lalita ahora. Fíjate y luego lo haces tú. Smilta recuerda el olor, que la asaltó con la misma violencia que un enjambre de avispas, un olor insoportable, inhumano. Vomitó al borde del camino. Ya te acostumbrarás, le dijo su madre. Mentira. Una no se acostumbra. Smita aprendió a aguantar la respiración, a vivir en apnea. Hay que respirar, le dijo el médico del pueblo, mire cómo tose. Hay que comer. Smita perdió el apetito hace mucho tiempo. Ya no se acuerda de lo que es tener hambre. Come poco, lo estrictamente necesario, el puñado diario de arroz hervido que le impone a su cuerpo reacio.
 Y eso que el gobierno prometió inodoros para la región. Pero por desgracia allí no han llegado. Como en tantos otros sitios, en Badlapur se defeca al aire libre. El suelo está sembrado de excrementos; los arroyos, los ríos y los campos, contaminados por toneladas de heces. Las enfermedades se propagan por ellos como una chispa en un reguero de pólvora. Los políticos lo saben: antes que reformas, antes que igualdad social, antes incluso que trabajo, lo que pide el pueblo son retretes. El derecho a defecar con dignidad. En los pueblos, las mujeres se ven obligadas a esperar la caída de la noche para ir al campo, arriesgándose a agresiones de todo tipo. Los más afortunados se han hecho un sitio en el patio o dentro de casa, un simple agujero en el suelo al que llaman púdicamente "retrete seco", las letrinas que las mujeres dalit van a vaciar a diario con las manos desnudas. Mujeres como Smita.
La trenza | Ediciones Salamandra Su ronda empieza hacia las siete de la mañana. Smita coge el cesto y la escobilla de juncos. No puede perder el tiempo, sabe que tiene que vaciar veinte casas todos los días. Camina por el arcén de la carretera con la mirada baja y la cara oculta tras un pañuelo. En algunos pueblos, los dalit tienen que identificarse llevando una pluma de cuervo. En otros están obligados a caminar descalzos: todos conocen la historia del intocable al que lapidaron por el simple hecho de calzarse unas sandalias. Smita entra en las casas por la puerta de atrás, que le está reservada; no debe encontrarse con sus moradores y menos aún hablarles. Además de intocable, ha de ser invisible. Por todo salario le dan las sobras de la comida y, en ocasiones, ropa vieja que le arrojan al suelo. Nada de tocar, nada de mirar.
 A veces no le dan absolutamente nada. hay una familia jat de la que hace meses que no recibe nada. Smita quiso dejar de ir. Una noche se lo dijo a Nagarajan: no volvería, que se limpiaran la mierda ellos mismos. Pero Nagarajan se asustó. No tienen tierra propia; si Smita dejaba de ir, los echarían. Los jat irían y les quemarían la choza. Smita sabe de lo que son capaces. "Te cortaremos las piernas", le dijeron a otro intocable. El hombre apareció en el campo de al lado, descuartizado y quemado con ácido.
 Sí, Smita sabe de lo que son capaces los jat.
 Así que, al día siguiente, volvió.
 Pero esta mañana no es una más. Smita ha tomado una decisión que se le impuso como una evidencia: su hija iría a la escuela. Le costó convencer a Nagarajan. ¿Para qué?, le preguntó él. Puede que aprenda a leer y escribir, pero aquí nadie le dará trabajo. Si naces para limpiar letrinas, seguirás haciéndolo hasta que te mueras. Es una herencia, un círculo del que nadie puede escapar. Un karma.
 Smita no se rindió. Volvió a la carga al día siguiente y al otro, y al otro. Se niega a llevarse a Lalita con ella a hacer la ronda. No le enseñará a vaciar letrinas, no verá a su hija vomitando en la cuneta, como su madre la vio a ella. No, se niega. Lalita tiene que ir a la escuela. Ante su firmeza, Nagarajan acaba cediendo. Conoce a su mujer: tiene una voluntad de hierro. La morena y menuda dalit con la que se casó hace diez años es más fuerte que él, y Nagarajan lo sabe. Así que acaba cediendo. Está bien. Irá a la escuela del pueblo y hablará con el brahmán.
 Ante su victoria, Smita sonrió para sí misma. Cuánto le habría gustado que su madre luchara por ella, cruzar la puerta de la escuela, sentarse con los demás niños... Aprender a leer y a contar. Pero no pudo ser, su padre no era un hombre bueno, como Nagarajan, sino uno iracundo y violento. Golpeaba a su mujer, como hacen todos allí. "Una mujer -solía decirle-, no es la igual de su marido: le pertenece." Es su propiedad, su esclava. Tiene que someterse a su voluntad. Indudablemente su padre habría salvado a su vaca antes que a su mujer.
 Pero ella tiene suerte. Nagarajan nunca le ha pegado ni insultado. Cuando nació Lalita, incluso aceptó quedársela. No muy lejos de allí matan a las recién nacidas. En los pueblos del Rajastán las entierran vivas en una caja, bajo la arena, nada más nacer. Las niñas tardan una noche en morir.
 Allí no. Smita mira a Lalita, que está de cuclillas en el suelo de tierra batida, peinando a su única muñeca. Su hija es hermosa. Tiene los rasgos delicados y el pelo largo hasta la cintura. Smita se lo desenreda y se lo trenza todas las mañanas.
 Mi hija sabrá leer y escribir, se dice, y la idea la llena de alegría.
 Sí, ése es un día que recordará toda su vida.»
  
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Salamandra, 2017, en traducción de José Antonio Soriano Marco. ISBN: 978-84-9838-880-0.]