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jueves, 11 de abril de 2019

El halcón.- Yasar Kemal (1923-2015)


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«-¡Escucha! -le llamó Süleyman-. Me he levantado temprano y me he dado una vuelta por la aldea. Ya ha llegado la noticia de que han matado a Abdi. Quizá busquen aquí también, así que esta noche iré contigo a la montaña y buscaremos a los bandoleros.
 En la cara de Memed se podía leer que la idea le había gustado.
 -Durdu el Loco es pariente nuestro. Le he hecho muchos favores. Te protegerá. Pero no estés a su lado más de tres meses. Es un perro y no le dejarán vivo mucho tiempo, le pegarán un tiro. Nunca se ha visto que un bandolero como él dure más de un año en la montaña. Es muy raro. Bueno, por lo que yo sé, no vivirá mucho. Haz lo que él haga y procura separarte de él lo antes posible. De hecho, esto debe ser para ti una experiencia de un par de meses, un ejercicio para formar luego una partida. Y te lo repito, no andes mucho por ahí con ese perro. No es un bandolero sino un atracador, un ladrón... Si no fuera por ti, no le miraría a la cara. Sin embargo, en algunos aspectos Durdu el Loco era un buen muchacho. Le estropearon los aldeanos. Un día fue de visita a su aldea y ellos, después de darle de comer, le dejaron caer en una trampa de los gendarmes. Se salvó por los pelos y eso le volvió loco.
 -¿Es grande la partida de Durdu el Loco? -le preguntó Memed.
 -Todos los perros que hay por aquí están con él. Es la única forma que tienen de salvarse de la horca. Mira, todavía eres muy joven, pero ya madurarás. Si vas a estar mucho tiempo o no en la montaña, eso sólo Dios lo sabe. Escucha bien lo que te digo, creo que te servirá, yo he andado mucho con bandoleros y los conozco. He visto el final de la mayoría de ellos. No te hagas amigo del alma de todo el mundo en cuanto llegues a la partida. Ellos querrán intimar, te parecerán agradables, afables, se interesarán mucho por ti y el que tenga problemas te los contará. Así es la gente. Pero tú nunca les abras tu corazón, no te dejes impresionar. De este modo tendrás influencia sobre ellos, una condición imprescindible para ser bandolero. Compórtate con dignidad. No pretendas inmediatamente conocer a todos y ser para ellos como un hermano. Si te descubren un flanco débil no te dejarán tranquilo hasta el final de tu vida. Entre todos ellos no suman cuatro perras de honor. Según pasen los días los irás conociendo bien. ¡No midas a la gente por lo que dice sino por lo que hace! Y, después, escoge a las personas de las que puedas ser amigo. Si les das el dedo, te tomarán el brazo y te arruinarán. Apenas hay diferencia entre la montaña y la cárcel y en ambos sitios hay jefes y siervos. ¡Y qué siervos tan rastreros...! Los jefes viven como personas, los demás como perros. Tú serás jefe, pero no uses a los demás como esclavos. Que éste sea el secreto de tu vida. En cuanto llegues, ahora, Durdu el Loco te dará un máuser y un cargador. Irás adquiriendo otras armas según pase el tiempo. Y ahora voy a enterarme por dónde anda Durdu el Loco.
 Uno de los aldeanos protegía al Loco. A él se dirigió Süleyman para conocer su paradero.
 El bandolero era de la cercana isla de Aksögut y Süleyman lo conocía desde que era niño. El padre de Durdu había ido a la guerra y no había vuelto. Como era un pariente lejano, Süleyman había ayudado a su madre, es más, había evitado que los dos se muriesen de hambre. Ya en la infancia, Durdu era insoportable. Llevaba ya cinco años en la montaña y no había casa que no hubiera quemado ni hogar que no hubiera destruido llevando así la amargura entre los aldeanos. Viajar por los caminos resultaba imposible. Durdu robaba todo lo que tuviera al que cayera en sus manos y le abandonaba desnudo. Les quitaba todo, pero todo, hasta los calzoncillos. Durdu el Loco no conocía la amistad ni el compañerismo y no escuchaba ni a su hermano, ni a su madre ni a su padre. La verdad es que Süleyman temía por Memed. Si a Durdu se le pasaba por la cabeza, era capaz de pegarle un tiro.
 -Ya sé dónde está ese perro loco -le dijo Süleyman a Memed-. Está en el monte de Duman. Subiremos allí y dispararemos tres veces al aire. Los hombres de Durdu el Loco vendrán a recogernos. No confío demasiado en ese perro loco, pero... bueno, creo que me tiene mucho respeto. Lástima que no haya otra partida por ahí.
 Emprendieron el camino después de ponerse el sol, Süleyman delante, Memed detrás. Al salir de la aldea, Süleyman se volvió:
 -Memed, ahora ya no eres más que un bandolero. No vayas a asaltar mi casa, ¿eh?
 -La primera casa que robe será la tuya, como corresponde a un miembro de la partida del loco Durdu.
 -¡Bien, bien! -exclamó Süleyman, soltando una carcajada. 
 -¿Crees que no hablo en serio? -preguntó Memed.
 -Memed, hijo mío -respondió Süleyman con una mueca de precaución-, si haces algo malo, si matas a cualquier otro hombre, te entregaré al gobierno con mis propias manos.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1999, en traducción de Rafael Carpintero Ortega. ISBN: 84-226-7588-9.]

sábado, 3 de febrero de 2018

La gaviota.- Fernán Caballero [Cecilia Böhl de Faber y Larrea] (1796-1877)


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 Capítulo V

«Mientras Stein hacía estas reflexiones, vio que Momo salía de la hacienda en dirección al pueblo. Al ver a Stein, le propuso que le acompañase; éste aceptó, y los dos se pusieron en camino en dirección al lugar.
  El día estaba tan hermoso, que sólo podía compararse a un diamante de aguas exquisitas, de vivísimo esplendor y cuyo precio no aminora el más pequeño defecto. El alma y el oído reposaban suavemente en medio del silencio profundo de la naturaleza. En el azul turquí del cielo no se divisaba más que una nubecilla blanca, cuya perezosa inmovilidad la hacía semejante a una odalisca, ceñida de velos de gasa y muellemente recostada en su otomana azul.
  Pronto llegaron a la colina próxima al pueblo, en que estaban la cruz y la capilla.
  La subida de la cuesta, aunque corta y poco empinada, había agotado las fuerzas aún no restablecidas de Stein. Quiso descansar un rato y se puso a examinar aquel lugar.
  Acercóse al cementerio. Estaba tan verde y tan florido, como si hubiera querido apartar de la muerte el horror que inspira. Las cruces estaban ceñidas de vistosas enredaderas, en cuyas ramas revoloteaban los pajarillos, cantando: ¡Descansa en paz! Nadie habría creído que aquella fuese la mansión de los muertos, si en la entrada no se leyese esta inscripción: «CREO EN LA REMISIÓN DE LOS PECADOS, EN LA RESURRECCIÓN DE LA CARNE Y EN LA VIDA PERDURABLE. AMÉN». La capilla era un edificio cuadrado, estrecho y sencillo, cerrado con una reja y coronada su modesta media naranja por una cruz de hierro. La única entrada era una puertecita inmediata al altar.
  En este había un gran cuadro pintado al óleo que representaba una de las caídas del Señor con la cruz. Detrás, la Virgen, San Juan y las tres Marías; al lado del Señor, los feroces soldados romanos. De puro vieja, había tomado esta pintura un tono tan oscuro, que era difícil discernir los objetos; pero aumentando al mismo tiempo el efecto de la profunda devoción que inspiraba su vista, sea porque la meditación y el espiritualismo se avienen mal con los colores chillones y relumbrantes, o sea por el sello de veneración que imprime el tiempo a las obras de arte, mayormente cuando representan objetos de devoción; que entonces parecen doblemente santificados por el culto de tantas generaciones. Todo pasa y todo muda en torno de esos piadosos monumentos; menos ellos, que permanecen sin haber agotado los tesoros de consuelos que a manos llenas prodigan. La devoción de los fieles había adornado el cuadro con indiferentes objetos de hojuela de plata, colocados de tal modo que parecían formar parte de la pintura: eran estos una corona de espinas sobre la cabeza del Señor; una diadema de rayos sobre la de la Virgen, y remates en las extremidades de la cruz. Esta costumbre extraña y aun ridícula a los ojos del artista, a los del cristiano es buena y piadosa. Pero a bien que la capilla del Cristo del Socorro no era un museo; jamás había atravesado un artista sus umbrales: allí no acudían más que sencillos devotos que sólo iban a rezar.
  Las dos paredes laterales estaban cubiertas de exvotos de arriba a abajo.
  Los exvotos son testimonios públicos y auténticos de beneficios recibidos, consignados por el agradecimiento al pie de los altares, unas veces antes de obtener la gracia que se pide; otras se prometen en grandes infortunios y circunstancias apuradas. Allí se ven largas trenzas de cabello, que la hija amante ofreció, como su más precioso tesoro, el día en que su madre fue arrancada a las garras de la muerte; niños de plata colgados de cintas color de rosa, que una madre afligida, al ver a su hijo mortalmente herido, consagró por obtener su alivio al Señor del Socorro; brazos, ojos, piernas de plata o de cera, según las facultades del votante; cuadros de naufragios o de otros grandes peligros, en medio de los cuales los fieles tuvieron la sencillez de creer que sus plegarias podrían ser oídas y otorgadas por la misericordia divina; pues por lo visto las gentes de alta razón, los ilustrados, los que dicen ser los más y se tienen por los mejores no creen que la oración es un lazo entre Dios y el hombre. Estos cuadros no eran obras maestras del arte; pero quizá si lo fueran, perderían su fisonomía y, sobre todo, su candor. ¡Y hay todavía personas que presumiendo hallarse dotadas de un mérito superior, cierran sus almas a las dulces impresiones del candor, que es la inocencia y la serenidad del alma! ¿Acaso ignoran que el candor se va perdiendo, al paso que el entusiasmo se apaga? Conservad, españoles, y respetad los débiles vestigios que quedan de cosas tan santas como inestimables. No imitéis al Mar Muerto, que mata con sus exhalaciones los pájaros que vuelan sobre sus olas, ni, como él, sequéis las raíces de los árboles, a cuya sombra han vivido felices muchos países y tantas generaciones.
  Entre los exvotos había uno que por su singularidad causó mucha extrañeza a Stein. La mesa del altar no era perfectamente cuadrada desde arriba abajo, sino que se estrechaba en línea curva hacia el pie. Entre su base y el enladrillado había un pequeño espacio. Stein percibió allí en la oscuridad un objeto apoyado contra la pared; y a fuerza de fijar en él sus miradas, vino a distinguir que era un trabuco. Tal era su volumen y tal debía ser su peso, que no podía entenderse cómo un hombre podía manejarlo: lo mismo que sucede cuando miramos las armaduras de la Edad Media. Su boca era tan grande que podía entrar holgadamente por ella una naranja. Estaba roto, y sus diversas partes, toscamente atadas con cuerdas.
  -Momo -dijo Stein-, ¿qué significa eso? ¿Es de veras un trabuco?
  -Me parece -dijo Momo- que bien a la vista está.
  -Pero ¿por qué se pone un arma homicida en este lugar pacífico y santo? En verdad que aquí puede decirse aquello de que pega como un par de pistolas a un Santo Cristo.
  -Pero ya ve usted -respondió Momo- que no está en manos del Señor, sino a sus pies, como ofrenda. El día en que se trajo aquí ese trabuco (que hace muchísimos años) fue el mismo en que se le puso a ese Cristo el nombre del Señor del Socorro.
  -Y ¿con qué motivo? -preguntó Stein.
  -Don Federico -dijo Momo abriendo tantos ojos-, todo el mundo sabe eso. ¡Y usted no lo sabe!
  -¿Has olvidado que soy forastero? -replicó Stein.
  -Es verdad -repuso Momo-; pues se lo diré a su merced. Hubo en esta tierra un salteador de caminos que no se contentaba con robar a la gente, sino que mataba a los hombres como moscas, o porque no le delatasen o por antojo. Un día, dos hermanos vecinos de aquí, tuvieron que hacer un viaje. Todo el pueblo fue a despedirlos, deseándoles que no topasen con aquel forajido que no perdonaba vida y tenía atemorizado al mundo. Pero ellos, que eran buenos cristianos, se encomendaron a este Señor, y salieron confiando en su amparo. Al emparejar con un olivar, se echaron en cara al ladrón, que les salía al encuentro con su trabuco en la mano. Echóselo al pecho y les apuntó. En aquel trance se arrodillaron los hermanos clamando al Cristo: «¡Socorro, Señor!» El desalmado disparó el trabuco, pero quien quedó alma del otro mundo fue él mismo, porque quiso Dios que en las manos se le reventase el trabuco. ¡Y el trabuquillo era flojo en gracia de Dios! Ya lo está usted mirando; porque en memoria del milagroso socorro, lo ataron con esas cuerdas y lo depositaron aquí, y al Señor se le quedó la advocación del Socorro. ¿Conque no lo sabía usted, don Federico?
  -No lo sabía, Momo -respondió este, y añadió como respondiendo a sus propias reflexiones-: ¡si tú supieras cuánto ignoran aquellos que dicen que se lo saben todo!
  -Vamos, ¿se viene usted, don Federico? -dijo Momo después de un rato de silencio. Mire usted que no me puedo detener.
  -Estoy cansado -contestó éste-, vete tú, que aquí te aguardaré.
  -Pues con Dios -repuso Momo, poniéndose en camino [...]

  Stein contemplaba aquel pueblecito tan tranquilo, medio pescador, medio marinero, llevando con una mano el arado y con la otra el remo. No se componía, como los de Alemania, de casas esparcidas sin orden con sus techos tan campestres, de paja, y sus jardines; ni reposaba, como los de Inglaterra, bajo la sombra de sus pintorescos árboles; ni como los de Flandes formaba dos hileras de lindas casas a los lados del camino. Constaba de algunas calles anchas, aunque mal trazadas, cuyas casas de un solo piso y de desigual elevación, estaban cubiertas de vetustas tejas: las ventanas eran escasas, y más escasas aún las vidrieras y toda clase de adorno. Pero tenía una gran plaza, a la sazón verde como una pradera, y en ella una hermosísima iglesia; y el conjunto era diáfano, aseado y alegre.
  Catorce cruces iguales a la que cerca de Stein estaba, se seguían de distancia en distancia, hasta la última, que se alzaba en medio de la plaza haciendo frente a la iglesia. Era esto la via crucis
 
 [El extracto pertenece a la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.]

lunes, 12 de junio de 2017

"Markéta Lazarová".- Vladislav Vancura (1891-1942)


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Capítulo primero

«Las locuras humanas son de todo tipo y están diseminadas al azar. Aceptad que esta historia tenga lugar, pues, en la región que circunda la villa de Boleslav, en los tiempos turbulentos en que el rey se esforzaba por salvaguardar la seguridad de los caminos, enfrentado a crueles dificultades por culpa de algunos aristócratas que se comportaban literalmente como ladrones y que, lo que es peor, derramaban sangre como si nada, riéndose a carcajadas. Vosotros, de tanto abstraeros en la nobleza del alma y los modales exquisitos de nuestro pueblo, os habéis vuelto hipersensibles y os sucede que, al beber, derramáis el agua sobre la mesa para mayor disgusto de la cocinera; en cambio, los bellacos de los que os hablaré eran valerosos y bravos como demonios. No sabría compararlos sino a briosos sementales. Poco les preocupaba lo que vosotros tenéis por importante. El peine y el jabón les traían sin cuidado: ¡no respetaban ni los mandamientos del Señor!
 Se cuenta que eran una legión los rufianes de tal calaña, pero esta historia no trata más que de una familia cuyo nombre evoca el de san Wesceslao, aunque sin duda equivocadamente. ¡Eran despabilados en esta noble familia! En esos tiempos ahogados en sangre, el patriarca fue bautizado con un nombre gentil, pero lo olvidó, y no le quedó otro remedio que, hasta su abominable muerte, llamarse Cabrito, sin más.
 Eso se debió seguramente a que el bautizo no le inspiró pensamientos muy elevados, pero en parte también a su modo de vestir. El barbián iba embutido en pieles y, puesto que era calvo, solía envolverse la cabeza con una piel de cabra. Y, la verdad sea dicha, tenía un buen motivo para cuidar su cráneo, porque tiempo atrás se lo habían partido y sólo así llegaron a juntarse las dos mitades.
 Es más seguro que, en nuestros días, con una herida como esa, cualquier comandante militar habría muerto antes de que el servicio sanitario hubiera tenido tiempo de ofrecerle una cucharada de té. En cambio, ¡ah!, Cabrito se untó la cabeza con una espesa capa de arcilla y se dirigió a su casa montado en su caballo, cuyos costados ensangrentó salvajemente con sus espuelas. Dedicadle un recuerdo menos severo por haberse mostrado tan valiente, ¡sin emitir el menor gemido!
 De modo que nuestro héroe, Cabrito, marcado de esta manera, tuvo ocho hijos y nueve hijas. ¡Ay de él!, en vez de considerar esa bendición sólo como un favor celestial, se jactó además ante sus semejantes cuando, al cumplir los setenta y un años, le nació su último hijo. El día del bautizo, doña Katerina, su esposa, cumplía los cincuenta y cuatro.
 ¡Qué fecundidad! Esos sanguinarios, que no daban tiempo a que la sangre se secase en sus cuchillos, se beneficiaban de tantas fuentes de vitalidad que uno no puede imaginarse sino al ángel de la Anunciación, el mismo que se suele colocar en la cabecera del lecho nupcial, con sus formas rollizas, embutido en ropajes prietos, el rostro rubicundo y las venas hinchadas en la frente.
 En tiempos hercúleos, la sangre se renueva con rapidez. Así, algunos de los hijos mayores de Cabrito se cargaron pronto de descendencia. Cinco de sus hijas ya se habían unido en matrimonio, cuatro aún eran doncellas. El viejo apenas las conocía; para él contaban menos que las criadas.
 Y es que ¿merece mención alguna la belleza estéril? Cuando entre sus muslos lloren niños, cuando sus pechos estén grávidos de leche, cuando hayan cumplido la tarea que corresponde a su robusta salud, sólo entonces se dignará Cabrito a hablar de ellas como de unas hijas. Llegado el momento, las estrechará, una tras otra, contra su oreja peluda, y las tratará como a adefesios.
 Sólo me falta enumerar a sus hijos y recordar sus nombres. ¡Eran tantos! El mayor se llamaba Jan; después venían Mikolás, Jirí y Adam, serie interrumpida por Markéta, Anna y Salomena; después, otra vez varones (Smil, Burjan, Petr) y otra vez mujeres (Katerina, Eliska, Alexandra, Stepánka, Isa y Drahomíra, esta última decapitada a la edad de nueve años). El último de los diecisiete hijos fue bautizado con el nombre de Václav.
 En los tiempos en que transcurre esta historia, la tierra era fértil y los pastos de un verde eterno. El forraje solía crecer tan alto que a los segadores apenas se les veía la cabeza. Pero no hay nada en este mundo que pueda incitar a un bandido a volverse hacia los placenteros campos. Sus dos o tres vacas, con las ubres flaquísimas de tantas correrías, se adaptan mejor a las galopadas que al pasto. Incalculables han sido las veces que los feroces mozos de labranza de Cabrito, con un alarido espantoso, las han llevado hacia el carro con la boca llena de grano y de hierba jugosa. ¡Otra vez atadas por los cuernos! Pobrecitas, no tendrán más remedio que trotar detrás de los ejes frenéticos como si fueran caballitos.
 ¿Por qué todas esas idas y venidas, ese huir insensato? Porque Cabrito, al igual que todos sus hijos, es un bandido. Me temo que esa denominación conviene igualmente a las señoras y a las doncellas de la familia. Una pandilla de bandoleros. El trabajo no les place. Sus espléndidos campos y bosques están abandonados y su pintoresca fortaleza, llamada Pico del Cuerno, sufre saqueos e incendios una vez cada diez años. Entonces se ocultan en los bosques. ¿Qué más da si la hora del alumbramiento sorprende a la parturienta ante una hoguera? ¡Poco importa! También allí tendrá derecho a su ración de caldo de gallina con fideos, hervido en la olla de los bandidos. Luego traerán a un cura, al que habrán pillado a la puerta de la iglesia o directamente en su cama. ¡Ya veremos si tiene ganas de protestar! Que haga su trabajo, porque esos bandidos tienen gran apego a la religión. Sólo faltaría que al pequeño lo matasen sin que hubiera recibido el bautizo.
 En el mes de diciembre del año del que hablamos, una ola de frío golpeó aquella región con una virulencia tan despiadada como despiadada era la cristiandad entera de la época. Las pezuñas de los caballos humeaban sobre el hielo y de las ubres de las vacas colgaban bolitas de escarcha. En días como esos, uno está bien junto a la hoguera, pero, ¡caramba!, aún están mejor los que pueden dormir en su casa o sobre un montón de paja en el fondo del establo. Por desgracia, guiado por su cólera contra los bandoleros, el rey acababa de enviar a todos los caminos que conducían a Sajonia un regimiento para que persiguiera y ahorcara a los rufianes. Al principio, Cabrito tenía la intención de hacerse fuerte en Pico del Cuerno, pero los fosos se helaron súbitamente, de manera que el espesor del hielo habría permitido a los jinetes alcanzar casi las ventanas de su fortaleza. En campo abierto, la horda de Cabrito habría podido enfrentarse con un grupo de cincuenta personas, pero ¿quién conocía el número exacto de los que estaban por llegar?»
 

sábado, 1 de octubre de 2016

"Jardín umbrío".- Ramón María del Valle-Inclán (1866-1936)


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 Juan Quinto

 "Micaela la Galana contaba muchas historias de Juan Quinto, aquel bigardo que, cuando ella era moza, tenía estremecida toda la Tierra de Salnés. Contaba cómo una noche, a favor del oscuro, entró a robar en la Rectoral de Santa Baya de Cristamilde. La Rectoral de Santa Baya está vecina de la iglesia, en el fondo verde un atrio cubierto de sepulturas y sombreado de olivos. En este tiempo de que hablaba Micaela, el rector era un viejo exclaustrado, buen latino y buen teólogo. Tenía fama de ser muy adinerado y se le veía por las ferias chalaneando caballero en una yegua tordilla, siempre con las alforjas llenas de quesos. Juan Quinto, para robarle, había escalado la ventana, que en tiempo de calores solía dejar abierta el exclaustrado. Trepó el bigardo gateando por el muro y cuando se encaramaba sobre el alféizar con un cuchillo sujeto entre los dientes, vio al abad incorporado en la cama y bostezando. Juan Quinto saltó dentro de la sala con un grito fiero, ya el cuchillo empuñado. Crujieron las tablas de la tarima con ese pavoroso prestigio que comunica la noche a todos los ruidos. Juan Quinto se acercó a la cama y halló los ojos del viejo frailuco abiertos y sosegados que le estaban mirando:
 -¿Qué mala idea traes, rapaz?
 El bigardo levantó el cuchillo:
 -La idea que traigo es que me entregue el dinero que tiene escondido, señor abad.
 El frailuco rio jocundamente:
 -¡Tú eres Juan Quinto!
 -Pronto me ha reconocido.
 Juan Quinto era alto, fuerte, airoso, cenceño. Tenía la barba de cobre y las pupilas verdes como dos esmeraldas, audaces y exaltadas. Por los caminos, entre chalanes y feriantes, prosperaba la voz de que era muy valeroso, y el exclaustrado conocía todas las hazañas de aquel bigardo que ahora le miraba fijamente, con el cuchillo levantado para aterrorizarle.
 -¡Traigo prisa, señor abad! ¡La bolsa o la vida!
 El abad se santiguó.
 -Pero tú vienes trastornado. ¿Cuántos vasos apuraste, perdulario? Sabía tu mala conducta, aquí vienen muchos feligreses a dolerse... ¡Pero, hombre, no me habían dicho que fueses borracho!
 Juan Quinto gritó con repentina violencia:
 -¡Señor abad, rece el Yo Pecador!
 -¡Rézalo tú, que más falta te hace!
 -¡Que le siego la garganta! ¡Que le pico la lengua! ¡Que le como los hígados!
 El abad, siempre sosegado, se incorporó en las almohadas:
 -¡No seas bárbaro, rapaz! ¿Qué provecho iba a hacerte tanta carne cruda?
 -¡No me juegue de burlas, señor abad! ¡La bolsa o la vida!
 -Yo no tengo dinero y si lo tuviese tampoco iba a ser para ti. ¡Anda a cavar la tierra!
 Juan Quinto levantó el cuchillo sobre la cabeza del exclaustrado:
 -Señor abad, rece el Yo Pecador.
 El abad acabó por fruncir el áspero entrecejo:
 -No me da la gana. Si estás borracho, anda a dormirla. Y en lo sucesivo aprende que a mí se me debe otro respeto por mis años y por mi dignidad de eclesiástico.
 Aquel bigardo atrevido y violento quedó callado por un instante, y luego murmuró con la voz asombrada y cubierta de un velo:
 -¡Usted no sabe quién es Juan Quinto!
 Antes de responderle, el exclaustrado le miró de alto abajo con grave indulgencia:
 -Mejor lo sé que tú mismo, mal cristiano.
 Insistió el otro con impotente rabia:
 -¡Un león!
 -¡Un gato!
 -¡Los dineros!
 -No los tengo.
 -¡Que no me voy sin ellos!
 -Pues de huésped no te recibo.
 En la ventana rayaba el día y los gallos cantaban quebrando albores. Juan Quinto miró a la redonda por la ancha sala donde el tonsurado dormía y descubrió una gaveta:
 -Me parece que ya di con el nido.
 Tosió el frailuco:
 -Malos vientos tienes.
 Y comenzó a vestirse muy reposadamente y a rezar en latín. De tiempo en tiempo, a la par que se santiguaba, dirigía los ojos al bandolero, que iba de un lado a otro cateando. Sonreía socarrón el frailuco y murmuraba a media voz, una voz grave y borbollona:
 -Busca, busca. ¡No encuentro yo con el claro día y has de encontrar tú a tentones!...
 Cuando acabó de vestirse salió a la solana por ver cómo amanecía. Cantaban los pájaros, estremecíanse las yerbas, todo tornaba a nacer con el alba del día. El abad grítole al bigardo, que seguía cateando en la gaveta.
 -Tráeme el breviario, rapaz.
 Juan Quinto apareció con el breviario y, al tomárselo de las manos, el exclaustrado le reconvino lleno de indulgencia:
 -¿Pero quién te aconsejó para haber tomado este mal camino? ¡Ponte a cavar la tierra, rapaz!
 -Yo no nací para cavar la tierra. ¡Tengo sangre de señores!
 -Pues compra una cuerda y ahórcate, porque para robar tampoco sirves.
 Con estas palabras bajó el frailuco las escaleras de la solana y entró en la iglesia para celebrar su misa".