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domingo, 28 de septiembre de 2025

Lolita.- Vladimir Nabokov (1899-1977)

 

Segunda parte
26

 «Tenía el doble de la edad de Lolita y tres cuartos de la mía: una adulta muy esbelta, de pelo oscuro y piel pálida, que pesaba  cuarenta y ocho kilos, con ojos de encantadora asimetría, perfil angular rápidamente esbozado y una atractiva ensellure en su espalda sutil. Creo que tenía una gota de sangre española o babilónica. La recogí en una depravada noche de mayo, entre Montreal y Nueva York, o más exactamente entre Toylestown y Blake, en un bar ardiente y umbroso bajo el signo de una mariposa nocturna, donde se encontraba amablemente borracha: insistió en que habíamos ido juntos a la escuela y puso su manecita trémula sobre mi manaza de gorila. Mis sentidos estaban ligeramente excitados, pero resolví someterla a una prueba: lo hice, y la adopté como compañera permanente. Era tan amable esa Rita, una chica tan buena, que por pura camaradería o compasión se hubiera entregado a cualquier falacia o criatura patética, a un viejo tronco caído o un puerco espín desconsolado.
 Cuando la conocí acababa de divorciarse de su tercer marido y hacía menos tiempo aún que la había abandonado su séptimo cavalier servant: los demás, los transitorios, son demasiados para enumerarlos. Su hermano era -y ha de serlo todavía- un político eminente, de cara pastosa, tirantes y corbatas chillonas: político eminente, protector de su ciudad natal. Durante los últimos ocho años había pasado a su pequeña gran hermana varios cientos de dólares mensuales con la expresa condición de que no volviera a poner un pie en la pequeña gran ciudad de Grainball. Rita me dijo que por alguna maldita curiosidad, cada nuevo amigo suyo empezaba por llevarla hacia Grainball: era una atracción fatal, y antes de que advirtiera qué ocurría, se encontraba succionada por la órbita lunar de la ciudad, arrastrada por la corriente que la circundaba, "dando vuelta tras vuelta -según sus palabras- como una maldita polilla".
 Tenía un elegante coupé y en él viajábamos hacia California, proporcionando un descanso a mi venerable vehículo. Su velocidad natural no bajaba de noventa. ¡Mi buena Rita! Durante dos vagarosos años erramos juntos, desde el verano de 1950 al de 1951. Era la Rita más suave, simple, amable, callada que pudiera imaginarse. Comparadas con ella, Valechka era un Schlegel, Charlotte un Hegel. No existe el menor motivo para que me demore hablando de ella al margen de esta memoria siniestra, pero permítaseme decir (salve Rita, dondequiera que estés... borracha o con dolor de cabeza, Rita salve) que era la compañera más sedante, más comprensiva que he conocido nunca y que me salvó del manicomio. Le dije que andaba buscando a una chica y que trataría de agujerear a su matón. Rita aprobó solemnemente el plan y durante una investigación que tomó a su cargo (sin saber una sola palabra de nada) en los alrededores de San Humbertino, se enredó con un granuja. Me costó no poco trabajo dar con ella y al fin la encontré, gastada y magullada, pero todavía con agallas. Un día me propuso que jugáramos a la ruleta rusa con mi sagrado revólver; le dije que era imposible, que no era un revólver, luchamos por él hasta que al fin se disparó, y del agujero que abrió en la pared del cuarto de baño saltó un chorro de agua caliente muy delgado y cómico. Recuerdo sus alaridos de risa.
 La curva extremadamente púber de su espalda, su piel satinada, sus lentos besos de colombina me hacían abstenerme de todo daño. Las aptitudes artísticas no son caracteres sexuales secundarios, como han dicho algunos farsantes y curanderos; muy el contrario, el sexo no está sino supeditado al arte. Debo consignar una borrachera harto misteriosa que tuvo interesantes repercusiones. Yo había abandonado la busca: el demonio estaba en Tartaria o ardía en mi cerebelo (con llamas avivadas por mi fantasía y mi dolor), pero evidente que no tenía a su campeona de tenis en la costa del Pacífico. Una noche, durante nuestro viaje de regreso al este en un hotel horrible de esos donde se reúnen las convenciones y vagabundean hombres gordos y rosados con distintivos, llenos de apellidos, de borrachos, de conversaciones sobre negocios, Rita y yo nos despertamos para encontrar un tercer hombre en nuestro cuarto: era un joven rubio, casi albino, de pestañas blancas y grandes orejas transparentes, a quien ni Rita ni yo recordábamos haber visto en nuestras tristes vidas. Sudoroso, con una espesa camiseta pringada y viejos zapatos de soldado, roncaba en nuestra cama doble junto a mi casta Rita. Le faltaba un diente delante y tenía en la frente pústulas ambarinas. Ritoschka envolvió en su impermeable -lo primero que encontró a mano- su sinuosa desnudez; yo me puse un par de calzoncillos. Se habían usado cinco vasos, lo cual suministraba una dificultosa abundancia de pistas. En el suelo, un sweater y un par de pantalones raídos color canela. Sacudimos a su poseedor hasta volverlo plenamente consciente. Tenía una amnesia total. Con un acento que Rita reconoció como puramente brooklyniano, insinuó ceñudamente que alguien había hurtado su poca valiosa identidad. Lo metimos en sus ropas y lo dejamos en el hospital más cercano; mientras tanto, pudimos advertir que después de olvidados vagabundeos, estábamos en Grainball. Medio año después, Rita escribió al doctor para pedirle noticias. Jack Hubertson, como lo habíamos apodado con escaso ingenio, seguía aislado de su pasado personal. ¡Oh, Mnemósine, la más dulce y malévola de las musas!
  No habría mencionado este incidente de no haber iniciado una serie de ideas que fructificaron con la publicación (en la Cantrip Review) de mi ensayo Mimir and Memory, en el cual entre otros pormenores que parecieron originales e importantes a los benévolos lectores de esa espléndida publicación, sugería una teoría de tiempo perpetuo, basada en la circulación de la sangre y conceptualmente basada (para llenar la cáscara) en la hipótesis de que la mente no es consciente sólo de la materia sino de su propio ser, creando así un circuito continuo entre dos polos: el futuro almacenable y el pasado almacenado. Como resultado de esa aventura -y como culminación de mis travaux previos- fui llamado a Nueva York, donde Rita y yo vivíamos en un pisillo con vista a radiantes niñas que tomaban baños de sol en una glorieta de Central Park, por el Cantrip College, a cuatro millas, para dictar un curso de un año. Vivimos en el colegio, en apartamentos especiales para poetas y filósofos, desde septiembre de 1951 hasta junio de 1952, mientras Rita, a la cual preferí no exhibir, vegetaba -me temo que no muy decorosamente- en un hotel junto a la carretera, donde la visitaba dos veces por semana. Al fin se esfumó de manera mucho más humana que su predecesora: un mes después la encontré en la cárcel local, estaba très digne, le habían extirpado el apéndice y se las compuso para convencerme de que las hermosas pieles azuladas que la acusaban de haber robado al señor Roland MacCrum habían sido un regalo espontáneo, si bien algo alcohólico, del propio Roland. Conseguí sacarla sin recurrir a su susceptible hermano y poco después regresamos a Central Park West, vía Briceland, donde nos habíamos detenido durante algunas horas del año anterior.
 Se había apoderado de mí una curiosa ansiedad de revivir mi estadía allí con Lolita.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 1983, en traducción de Enrique Tejedor, pp. 258-261. ISBN: 84-322-2178-3.]

domingo, 18 de mayo de 2025

En el camino.- Jack Kerouac (1922-1969)

 

Cuarta parte
2

 «A medianoche [...] cogí el autobús para Washington; perdí algún tiempo callejeando por allí; me salí del camino trazado para ver el Blue Ridge, oír el pájaro de Shenandoah y visitar la tumba de Stonewall Jackson; al anochecer escupí en el río Kanawha y anduve por la noche hillbilly de Charleston, al oeste de Virginia; a medianoche Ashland, Kentucky y una chica solitaria bajo la marquesina de un teatro cerrado. El oscuro y misterioso Ohio, y Cincinnati al amanecer. Después los campos de Indiana de nuevo, y por la tarde San Luis como siempre bajo las grandes nubes del valle. Los adoquines cubiertos de barro y los troncos de Montana, los barcos fluviales destrozados, los antiguos letreros, la yerba y las maromas junto al río. El poema interminable, Missouri por la noche, y los campos de Kansas, las vacas nocturnas de Kansas en los secretos desiertos, pueblos de cartón con un mar al final de cada calle; amanecer en Abilene. [...]
 Henry Grass viajaba conmigo en el autobús. Se había montado en Terre Haute, Indiana, y ahora me decía:
 -Ya te he dicho que aborrezco este traje que llevo, es asqueroso... pero eso no es todo -me enseñó unos papeles. Acababan de soltarle de la prisión federal de Terre Haute; lo habían encerrado por robar coches y venderlos después en Cincinnati. Era un chaval de unos veinte años y pelo ondulado-. Nada más llegar a Denver venderé el traje y me conseguiré unos pantalones vaqueros. ¿Sabes lo que me hicieron en esa cárcel? Aislamiento en celdas de castigo con sólo una Biblia; como el suelo era de piedra me sentaba encima de ella; cuando vieron lo que hacía me quitaron la Biblia y me trajeron otra de bolsillo pequeñísima. No podía sentarme encima y me la leí entera y el Nuevo Testamento también. ¡Je, je! -me dio un codazo mientras seguía chupando un caramelo. Comía caramelos sin parar porque en la cárcel le habían destrozado el estómago y sólo podía soportar eso-. ¿Sabes que en la Biblia hay cosas muy interesantes? Mucha jodienda y todo eso -me explicó lo que quería decir "andar publicándose"-. El que está a punto de salir de la cárcel y empieza a hablar de ello "anda publicándose" a los otros presos que tienen que quedarse todavía. Lo cogemos por el cuello y le decimos: "¡No andes publicándote conmigo!" Mal asunto ese de andar publicándose... ¿me entiendes?
 -Nunca andaré publicándome, Henry.
 -Si alguien anda publicándose conmigo, se me hinchan las narices, me cabreo y estoy dispuesto a cargármelo. ¿Sabes por qué me he pasado la vida en la cárcel? Porque perdí la cabeza a los trece años. Estaba en el cine con otro chaval y se metió con mi madre (ya sabes lo que quiero decir), y entonces cogí la navaja y le pegué un tajo en todo el cuello y lo habría matado si no me sacan de allí. El juez dijo: "¿Sabías lo que hacías cuando atacaste a tu amigo?" "Sí, señor juez, lo sabía, quería matar a ese hijoputa y sigo queriendo." Así que no me dieron la condicional y me metieron en un reformatorio. Me salieron almorranas de tanto sentarme en el suelo de las celdas de castigo. No vayas nunca a una prisión federal, son las peores. Mierda, hace tanto que no hablo con nadie que podría pasarme la noche entera hablando. No sabes lo bien que se siente uno fuera. Ya estabas en el autobús cuando subí yo... allí en Terre Haute... ¿En qué estabas pensando?
  -En nada, simplemente viajaba.
 -Pues yo, yo estaba cantando. Me senté a tu lado porque tenía miedo de sentarme junto a una chica, podía volverme loco y empezar a meterle mano. Tendré que esperar un poco.
 -Si te detienen otra vez te meterán cadena perpetua. Vale más que te tomes las cosas con calma.
 -Eso trataré de hacer. Lo malo es que cuando se me hinchan las narices no sé ni lo que hago.
 Iba a vivir con su hermano y su cuñada; le habían buscado trabajo en Colorado. El billete se lo habían dado al salir de la cárcel; estaba en libertad condicional. Era un chaval como Dean a su edad; la sangre le hervía en las venas y no conseguía dominarla; se le hinchaban las narices, como él decía; pero carecía de la santidad natural de Dean para librarse de un destino entre rejas.
 -Sé mi tronco, Sal, y evita que se me hinchen las narices en Denver, ¿lo harás? Tal vez consiga llegar sano y salvo a casa de mi hermano.
 Cuando llegamos a Denver lo cogí del brazo y lo llevé a la calle Larimer a vender el traje de la cárcel. El viejo judío se dio cuenta inmediatamente de lo que era.
 -No quiero estas jodidas prendas; me las traen a diario los tipos de Canyon City.
 Toda la calle Larimer era un hervidero de ex presidiarios que trataban de vender su ropa de la cárcel. Henry terminó con el traje debajo del brazo metido en una bolsa de papel y luciendo unos pantalones vaqueros nuevos y una camisa sport. Fuimos al bar de Glenarm, donde solía ir Dean. Por el camino Henry tiró el traje a una papelera. Llamé a Tim Gray. Ya era por la tarde.
 -¿Eres tú? -soltó Tim Gray-. Voy ahora mismo.
 Diez minutos después entraba en el bar con Stan Shephard. Ambos habían hecho un viaje a Francia y estaban totalmente decepcionados con su vida en Denver. Les gustó Henry le invitaron a cerveza. Henry empezó a gastar el dinero que le habían dado al salir de la cárcel. Me encontraba de nuevo en la suave y oscura noche de Denver con sus sagradas callejas y sus casas locas. Fuimos a todos los bares de la ciudad, a los paradores de West Colfax, a los bares de negros de Five Points, ¡la hostia!
 Stan Sherpard llevaba años esperando conocerme y ahora estábamos juntos por primera vez frente a la aventura.
 -Sal, desde que he vuelto de Francia no tengo ni la más remota idea de qué hacer conmigo mismo. ¿Es cierto que te vas a México? Coño, ¿no podría ir contigo? Puedo conseguir cien dólares y una vez allí me matricularé en la universidad con mi paga de veterano de guerra.
 Muy bien, estaba de acuerdo, Stan vendría conmigo. Era un tipo de Denver, ágil, tímido, desgreñado, con sonrisa patibularia y movimientos lentos y fáciles a lo Gary Cooper.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1983, en traducción de Martín Lendínez, pp. 334-337. ISBN: 84-02-07680-7.]

domingo, 31 de diciembre de 2023

El mapa de los afectos.- Ana Merino (1971)

La poesía está viva: Ana Merino
            22.- Amor verdadero

  «El amor había sido la respuesta. Esa pulsión del organismo que nos atrapa con su química invisible. Así de simple, una catarata de amor desbordado había cambiado el rumbo de la vida de Valeria. Algo parecido a un chaparrón torrencial que arrastró todo lo anterior. Valeria vio en ese nuevo enamoramiento la oportunidad de escapar de su realidad e inventarse otra. Cuando cambias de país y de idioma, todo tiene otro sentido. En su viaje de novios descubrió que se había casado con el hombre equivocado y que, por lo tanto, quería abandonarlo, borrar el rastro de su boda y los planes de futuro que habían labrado durante meses.
 Cuando recordaba los días de la ruptura todavía sentía la angustia pegajosa de su desamor asustado. ¿Cómo escapas de una relación en medio de un país del que apenas conoces el idioma? Valeria no sabía si quería a su marido y, después de una serie de acaloradas peleas dentro del coche de alquiler, no se le ocurrió nada mejor que subirse a un autocar y desaparecer en un momento en el que su esposo se ausentó para ir al baño. Su impulsiva fuga fue el germen de un enamoramiento definitivo que le dio coraje para decirle adiós a Paul. Valeria solía enredarse con el amor; antes de su fallida boda había vivido un apasionado idilio con Tom, un hombre bastante mayor que ella, y eso ya la llevó a dudar mucho a la hora de casarse. Pero Paul y ella tenían la misma edad y enseñaban juntos en la escuela. La juventud los hizo ilusionarse con la idea del matrimonio como la prueba definitiva que daba sentido al futuro que soñaban. Sin embargo, la convivencia de unos días en la luna de miel por España mostró aspectos de la personalidad de Paul que a Valeria le resultaron insoportables, y la imagen idealizada del matrimonio que acababan de inaugurar se desmoronó de inmediato. Por eso se subió a un autocar rumbo a lo desconocido en una estación de servicio cuando Paul la dejó sola unos minutos. No tuvo el impulso de largarse con el coche de alquiler y dejarlo tirado, que hubiera sido otra opción, sino que quiso desprenderse de cualquier rastro de aquella convivencia marital, abandonarlo con todo y desaparecer. Montarse en el autocar fue su gran heroicidad, dejarse llevar por algunas horas en el balanceo absorto de la carretera que la condujo al puerto de Algeciras.
 Aunque en realidad no supo dónde estaba hasta que no se lo explicaron los guardias civiles que la vieron deambular llorosa por el aparcamiento. A Manuel, un joven guardia civil gaditano, las clases de inglés que recibía en una academia por las tardes le vinieron estupendamente para echarle una mano a aquella estadounidense desorientada. Con sus radiantes treinta y tres años y el título del First Certificate se encargó de ayudar y coordinar el reencuentro de Valeria con su marido, que ya había puesto una denuncia pensando que la habían secuestrado. Para cuando Paul llegó al puerto de Algeciras, el guardia civil y Valeria ya se habían fijado el uno en el otro y notaban una atracción increíble. ¿En qué consistió este sorprendente enamoramiento? Ninguno de los dos sabría explicarlo con precisión, pero ambos sintieron que no podían estar el uno sin el otro. Que el mundo dejaría de tener sentido si ella se marchaba de vuelta con su esposo. Nada de esto se dijeron, pero la química invisible que respiraron el tiempo que pasaron juntos en el puesto fronterizo generó su propia magia. A ambos se les aceleraron los latidos del corazón, se miraban y sonreían con gesto ridículo, les sudaban las manos y se sentían atraídos de una forma vertiginosa. Manuel se dio cuenta de que estaba enternecido y fascinado con Valeria cuando por radio le confirmaron que un estadounidense que no hablaba español buscaba agobiado a su mujer por la carretera. Valeria ya estaba tranquila sentada en una silla, absorta en sus cosas mientras miraba por la ventana del aparcamiento. Pensaba en lo guapo que era el guardia vestido de verde que la miraba de reojo y le sonreía, en lo azul que era el mar y en lo bien que se sentía en la oficinita de chapa prefabricada con el chico de labios carnosos que se esforzaba por hablarle en inglés británico. Manuel sintió la tentación de decirles a sus compañeros que por allí no había pasado ninguna americana, que buscaran en otro lado, que ese día el tránsito había sido el de siempre, sin demasiados sobresaltos.
 Paul sintió una profunda e inquietante culpa en el transcurso de aquellas nefastas horas que pasó buscando a su mujer, en ese día absurdo y calurosísimo. Se dio cuenta de que no la amaba y de que no quería envejecer a su lado. Pero desear aquello con Valeria desaparecida le parecía siniestro. Había querido perderla de vista para siempre mientras terminaba de orinar y se miraba al espejo. Había maldecido su precipitada boda, anunciada ya como una catástrofe por su madre, que le aconsejó que no se casara con aquella chica, que todavía eran muy jóvenes y que además presentía que era una inconsciente.
  —Nunca me escuchas, Paul, y las madres lo presentimos todo —le había dicho en varias ocasiones su progenitora con tono melodramático—, es como si fuéramos videntes, como si pudiéramos anticipar el futuro de nuestros hijos.
 La madre ponía los ojos en blanco y resoplaba quebrando la voz y fingiendo estar al borde del llanto:
 —¿Cuándo entenderás que yo ya he vivido muchas vidas enamoradas, y me he equivocado? Pero he aprendido, por eso debes hacerme caso. Siento en el alma tener que decirte todo esto. No duraréis mucho, no te imaginas lo que me duele esta certeza.
 —Mamá, por favor, no quiero oírte. No empieces otra vez.
 —Qué pena, qué pena más grande —murmuraba la mujer como si estuvieran hablando de una desgracia.
 —Verás como todo sale bien —decía Paul intentando consolarla.
 —Ojalá tengas tú razón y yo esté equivocada —añadía ella, aunque a los pocos minutos volvía a sus teorías visionarias sobre el matrimonio, comentando los enlaces fallidos de los hijos de sus amigas—: Russell, el hijo de Judy, no duró ni cinco años con esa chica tan dispuesta. Mira que llevaban más tiempo de noviazgo que tú con tu amiga, pero una vez casados no fueron capaces de aguantarse, porque, cariño, el tema del amor no es tan fácil.
 El enamoramiento del chico pasó por encima de las advertencias de su compungida progenitora. Por mucha experiencia que tuviera su madre, él había tenido que vivir en primera persona la magnitud de su absoluto desencuentro con Valeria. En diez días infernales, el calor andaluz había licuado toda la consistencia amorosa que daba sentido a la pareja. Obviamente, ni su madre había sido capaz de intuir eso. Ella les concedía cinco años de vida matrimonial, o tal vez siete, que es el número que suelen dar los sociólogos que evalúan el desamor y los divorcios en las revistas femeninas de salud y belleza. Siete años equivalía a un ciclo de vivencias y eso la madre de Paul lo sabía mejor que nadie.
 Paul pensó primero que Valeria había ido también al baño. Fue al cabo de más de media hora esperando a que saliera cuando presintió que algo raro pasaba. Se puso a buscarla y empezó a asustarse. Nadie había visto nada, y los dueños de la cafetería decidieron avisar a la policía para que ayudara a ese joven americano desconcertado que daba vueltas por las instalaciones pidiendo ayuda.
 Cuando la localizaron en el puerto de Algeciras fue sencillo seguir el recorrido que le habían marcado los agentes en el mapa. Durante las horas que Paul pasó solo conduciendo en dirección al puerto, trató de imaginar los pasos de lo que sería la ruptura definitiva. Imaginarse otra vez en el coche con ella le parecía asfixiante, pero estaba claro que tendrían que hablar. Ahora que entendía que su rabia era desamor, quizá podrían ahorrarse nuevas y absurdas peleas. Se habían dicho cosas espantosas y sentía un enorme rechazo hacia su mujer. ¿Cómo podía un viaje tener un efecto tan pernicioso? Tantas horas junto a Valeria por las carreteras lo habían trastornado. La piedra de las torres y las murallas, los campanarios, los ábsides, los altares, la imaginería ensangrentada de los cristos, las plazuelas, los platillos de aceitunas, el salmorejo, las horas de la siesta, el murmullo de la gente en las calles, el calor noche y día, ese calor denso e irrespirable..., la suma de todas las sensaciones y las imágenes como una melodía seca macerada en la respiración sudorosa de su cansancio.
 Al llegar al muelle y verla junto al guardia civil tuvo una iluminación. La silueta de sus cuerpos tensos junto a la puerta de la oficina prefabricada, mezclada con la calima de ese aire seco que venía del Sáhara, dibujaba una realidad paralela a su propia relación que a Paul le resultó liberadora. Vio en ellos la posibilidad del amor y en él mismo la salida digna que ofrecen los gestos más sencillos. Así que decidió abandonarla, que en el fondo era lo mejor para ambos. Despedirse de ella de manera rápida y elegante y que se quedara junto a ese hombre de uniforme que lo miraba con curiosidad y tristeza.
 Valeria no quería regresar con Paul, la aterraba volver a subirse al coche de alquiler con su marido, y cuando vio que ni siquiera la miraba y que sacaba sus cosas del maletero y le devolvía la alianza, suspiró aliviada. Su huida había sido el mensaje silencioso que Paul necesitaba entender. Todo había terminado entre ellos y no era ese el momento de las explicaciones y los análisis. La verdad es que nunca hubo necesidad de verbalizar los sentimientos del final.
 El divorcio, unos meses después, fue un trámite sencillo porque no tenían propiedades ni hijos en común. Valeria ni se presentó en el juzgado, no hizo falta, y Paul regresó a su rutina de docente aliviado de haberse separado tan rápido. Rehízo su vida sin dar demasiadas explicaciones a nadie, ni siquiera a su madre, y una década después se casó con una mujer llamada Megan que conoció en un bar. Se fueron de viaje de novios por Alaska, evitando así el calor, y no hubo absurdas ni iracundas discusiones. Fueron padres de tres hijos que les darían muchas alegrías y media docena de nietos. A Paul siempre le quedó claro que Valeria no era la mujer de su vida y que haberse separado había sido la mejor decisión. Tampoco tuvo nunca curiosidad por saber qué había sido de ella. Cuando despegaba del aeropuerto de Madrid de regreso a Estados Unidos se despidió para siempre de ese país y de Valeria. Ella se quedaba en ese territorio abrasador y él regresaba a su mundo.
 Valeria se asentó en el paisaje de aquella frontera marina y luminosa. El horizonte de luz densa, de espuma y agua salada se convirtió en el hogar definitivo de su alma inquieta. Había hallado cobijo en la costa de un mar cálido y de aspecto dócil donde en los días transparentes podía ver el contorno de África. Su nueva vida se dibujaba entre Algeciras y Tarifa, y fue feliz. Durante muchos años encontró serenidad en aquel rincón del mundo, el paraíso de los surfistas, de los Peter Pan que buscan el sendero de las olas y las montan como equilibristas de un gran circo de espuma y algas; los que viven la dicha sobre las olas de varios metros y abrazo alargado y juguetón. Valeria no pudo imaginarse otro lugar donde estar que no fuera esas costas. Se quedó con Manuel y desde la primera noche durmieron abrazados, aliviados de haberse encontrado en un mundo donde el amor verdadero es azaroso y casi imposible. Sus cuerpos desnudos sintieron el cosquilleo del placer como la inmensidad del universo. En ellos estaba el impulso primitivo de los seres vivos, pero también el deleite humano del amor con su respiración sostenida en el instante mismo del gozo compartido.
 Los primeros años, Valeria fue profesora de inglés en la academia en la que Manuel había estudiado. Luego aparecieron las oleadas de inmigrantes y se integró en el equipo de la Cruz Roja que ayudaba a los que llegaban. Desde entonces ha conocido a miles de personas desesperadas, ha anotado sus nombres y su lugar de origen en fichas, ha coordinado los grupos y las urgencias. Ha escuchado los lamentos y las historias aterradoras de sus viajes infernales. Ella, que tuvo la suerte de encontrar a Manuel, se pregunta muchas veces si todas esas almas desesperadas hallarán su lugar en la Tierra.
 —¿Qué hay que hacer para que los de aquí entiendan lo que esta gente está pasando y no les tengan miedo? —le pregunta Valeria a Manuel.
 —Ojalá lo supiera —responde el guardia civil.
 Manuel es consciente de que en el fondo son muy pocas las personas capaces de meterse en la piel de los que llegan a las playas; hasta que no lo vives, no los tienes cerca y los observas respirar exhaustos, no comprendes la magnitud de lo que sucede. En ellos, en su sufrimiento, está contenida la historia de todas las migraciones, el relato de las civilizaciones y sus desequilibrios, la lucha por existir, por esa subsistencia que ha dibujado el mapa de los siglos.
 Valeria sueña a veces con los ahogados que las olas depositan en la orilla, y a los números que le asignan les otorga nombres secretos y se imagina sus vidas hermosas en lugares exóticos donde fueron concebidos con amor. Los días más tristes, cuando están desbordados por la rabia y la pena, Valeria traza con la mirada un gran puente de quince kilómetros que une los dos continentes. Cada día reza para que nadie se ahogue en ese mar tan hermoso y se lamenta con Manuel de la falta de recursos, del dolor que recorre la costa, del vacío que habita en la desesperación de todos los náufragos de la pobreza y la guerra.
 —Esta mañana hemos rescatado a dieciocho con vida, pero hemos perdido a veinte. —El rostro de Valeria hace una mueca de dolor contenido y sigue hablando—: Ya han recuperado los cuerpos. Había dos mujeres embarazadas, tres niños, y los demás eran hombres jóvenes, no creo que ninguno tuviera más de treinta y cinco años.
 A Manuel le preocupa cómo Valeria digiere el abismo de esos cadáveres, piensa que carga sobre sus hombros toda la congoja fantasmal de los cuerpos inertes. Sabe que no los olvidará y que irá a trabajar fingiendo estar entera porque es más útil en el mundo de los supervivientes que la miran esperanzados, a los que entrega, con verdadero amor, una botella de agua y una manta.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones destino, 2020, pp. 149-154. ISBN: 978-84-2335-693-5.]


domingo, 5 de noviembre de 2023

Los dramas de la esclavitud.- Emilio Salgari (1862-1911)


Biografía de Emilio Salgari. Quién es, vida, historia, bio resumida
Capítulo IV: La trata


 «¡La trata! ¡He aquí una palabra que no puede tener un significado más triste, más inhumano, más espantoso; una palabra que sólo al pronunciarse causaba terror profundo en todo el continente africano; una palabra que suena a barbarie, a martirios horrendos, a incendios, a saqueos, a ríos de sangre, a destrucción y muerte!
 Si los primeros colonos de América hubieran sospechado siquiera la cohorte de horrores que iba a llevar consigo la importación de esclavos africanos en sustitución de las débiles razas americanas, de seguro que no hubieran aceptado la carga que llevó en sus bodegas el primer navío negrero que Portugal envió al Brasil, y que, más tarde, españoles y franceses esparcieron por todas las bellas islas del golfo mejicano.
 Fue una infamia, un crimen de lesa humanidad el considerar como degenerada a la raza negra, por el color de su piel, para parangonar poco a poco sus individuos a una especie de animales destinados a la ruda labor del campo, ni más ni menos que si se tratara de ganado mular.
 La continua demanda de negros por parte de los plantadores americanos, que veían prosperar maravillosamente sus inmensas haciendas, gracias a los robustos brazos africanos, hizo nacer el llamado tráfico negrero o de ébano vivo, y con él la banda de cazadores de hombres, que tan terrible fama debía de alcanzar en el mundo.
 Increíble parece que una idea monstruosa, nacida en una nación culta, por incomprensible aberración del momento, pudiera luego extenderse por otros países, que llegaron a hacer del feraz continente africano el teatro sombrío de sus escenas de exterminio y de sangre. Frondosos bosques, encanto de la vista, maravilla del espíritu y arrobo del pensamiento, que durante millares de años fueron sólo centros de vida para los seres de la Creación, vieron turbado su silencio augusto por el estrépito de las armas de fuego. Y los pobres negros fueron cazados como fieras, resonando en aquellos montes, valles y ríos, tranquilos durante siglos y siglos, feroces gritos de venganza y guerra, gemidos de moribundos, ayes de heridos, llantos de madres que veían arrebatados los hijos, mientras los padres y maridos sucumbían en defensa del hogar violado: y los que no tenían la dicha de morir iban allá, a tierras lejanas, a labrar en el campo bajo el látigo implacable de los que se decían hijos de la civilización y de la cultura…
 Donde existía una tribu poderosa no quedaban al paso de los negreros más que brasas humeantes de chozajos incendiados y cadáveres de pobres vencidos, que las hienas, inseparables compañeros del negrero, se encargaban de convertir en limpios esqueletos.
 No quedaba allí ni un solo ser vivo para contarlo; había pasado la devastadora tromba de la trata, y todo fue destruido.
 En cuanto a los supervivientes, ¡desdichados!, mejor hubiera sido para ellos morir defendiendo sus hogares.
 Helos allí encadenados, con una doble barra de madera al cuello que los une de dos en dos, en marcha hacia las costas, donde los aguardan los navíos negreros.
 Hombres, mujeres, niños, todos marchan unidos, rodeados de guardianes que los arrean a latigazos, haciéndoles sangrientos verdugones en sus carnes.
 Todo intento de fuga es imposible; toda sublevación es funesta para ellos, porque los cazadores de hombres no tendrán piedad de ninguno. Aquella larga cadena de desgraciados marcha durante semanas y meses a través de los bosques y de ríos, mal nutridos, sin descansar apenas y sufriendo sobre sus cráneos los abrasadores rayos de un sol de fuego.
 ¡Ay del que se detenga! Los látigos y aguijones martirizarán sus carnes, y hombres, mujeres y niños irán quedando en el camino como rastro terrible del paso de una de aquellas caravanas.
 No importa que los pobres esclavos caigan a centenares. La carne negra abunda, y los que mueren son en seguida sustituidos por otros…
 Los sufrimientos, el hambre, la sed, las interminables marchas, la sofocación que les produce el madero que rodea su cuello; nada importa nada, y si en la travesía mueren ciento, al punto tienen los negreros doble número de víctimas. ¡Pobres esclavos!
 Los primeros que caen en el camino son los niños, los más débiles, y lejos de recibir un consuelo, un alivio en su caída por aquella vía de dolores, lo que reciben es un tremendo golpe en el cráneo, y allí quedan para pasto de las hienas, que muchas veces los devoran, palpitantes aún, ante los mismos ojos de sus madres, enloquecidas por la angustia.
 Así van cayendo niños, hombres y mujeres; pero la columna no se detiene, sino que sigue y sigue siempre, dejándolos abandonados, sin fuerzas y con la horrorosa perspectiva de que los destrocen las fieras.
 A veces sus conductores son tan monstruosamente despiadados, que al que cae le cortan las piernas a hachazos, para que no pueda llegar nuevamente a un lugar habitado.
 Nada de tiros, pues en aquellos países un disparo de fusil cuesta más caro que un negro.
 Los que pueden sobrevivir a tanto martirio hacen desesperados esfuerzos por no caer, por seguir adelante, y sufren pacientes los latigazos de sus verdugos, de la salvaje horda que los lleva a la costa del inmenso océano.
 Eran más de mil los esclavos, y llegaron apenas seiscientos. Los demás allí quedaron en el camino, marcando con sus esqueletos emblanquecidos por el sol la vía de sangre y de lágrimas que los supervivientes recorrieron.
 No todos los que llegan a las riberas del mar son embarcados; muchos de ellos acaban el viaje en completo estado de postración por las fatigas y privaciones, y como el reponerlos exigiría un tratamiento largo y costoso, prefieren sus verdugos matarlos y echarlos a las fieras.
 Los más fuertes reciben en la costa una alimentación abundante, se les deja descansar, se les conceden algunas horas de libertad relativa, y así los reponen y robustecen para aumentar su precio.
Los dramas de la esclavitud by Emilio Salgari ¿Adonde los llevan? Aquellos desgraciados lo ignoran; pero todos han oído hablar del látigo con que los castigan, y algunos creen que van a servir de alimento a los hombres blancos. En esta angustiosa alternativa permanecen hasta que llega la nave negrera.
 Embarcados, se los hacina en la bodega, y quinientas criaturas tienen que permanecer amontonadas en un barco de ciento setenta toneladas apenas.
 El viaje en tan horribles condiciones dura dos meses, y a veces cuatro. Las enfermedades contagiosas no tardan en desarrollarse entre los pobres negros, y el cólera, la fiebre amarilla o el tifus los matan a centenares. Pero ¿qué importa? Aunque de mil esclavos lleguen trescientos al fin del viaje, bastan para hacer un gran negocio en América; principalmente en el Brasil y en las islas del golfo de Méjico se pagan muy caros los esclavos.
 Ya están al fin desembarcados los últimos supervivientes de aquella hecatombe humana; pero sus dolores no han concluido todavía: en las plantaciones sólo los aguardan penas infinitas. Trabajan desde el alba hasta ponerse el sol: los débiles y los enfermos pagan con la muerte su escasez de fuerza; y los que intentan fugarse para librarse de aquella inacabable serie de martirios son cazados como bestias feroces y suelen morir bajo las dentelladas de los perros que les azuzan.
 Sus tribulaciones y miserias no terminan ni con la muerte, pues sufren el dolor supremo de exhalar el último suspiro lejos de sus grandes bosques, de la tribu que los ha visto nacer, de sus hijos, de sus hermanos, de sus padres, a quienes nunca más verán, pues sus ojos se cierran para siempre en una tierra extranjera, que fue para ellos una madrastra cruel.
 Los filósofos del siglo XVIII lanzaron el primer grito, la primera protesta contra tanta barbarie. Aquella voz no quedó perdida en el vacío, y las naciones se decidieron, al fin, a escucharla. Francia abolió la esclavitud en sus colonias; Inglaterra, en 1809 proclamó la libertad de sus negros, y la República americana del Norte elevó la jerarquía social del negro al mismo nivel que la del blanco. Pero no bastaba esto; era preciso destruir los navíos negreros, que continuaban transportando millares y millares de esclavos a las colonias españolas y portuguesas, en las cuales no se había abolido la esclavitud.
 De esta humanitaria idea surgieron los cruceros, que se escalonaron a lo largo de la costa africana para capturar a los navíos negreros y ahorcar a sus tripulantes. ¡Vanos esfuerzos! Sesenta navíos no bastaban para vigilar un continente tan extenso, y la esclavitud continúa, la barbarie perdura, y lo mismo en el centro que en la costa de la negra África, despiadadas bandas de cazadores de hombres se multiplican cada día, y la sangre corre, corre sin cesar.
 ¿Cesará un día este torrente de vergüenza? En el mar la trata ha terminado. La proclamación de la libertad de los negros en el Brasil, último país donde subsistía la esclavitud, dio el golpe de muerte a los navíos negreros; pero la esclavitud dura todavía en África, y durará hasta que las naciones europeas hayan conquistado las naciones del centro.
 Entonces la paz reinará en aquellas tribus, que serán felices a la sombra de sus selvas maravillosas y que olvidarán con el tiempo la sangre y las lágrimas derramadas por tantos millones de esclavos arrancados brutalmente de sus países nativos.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gahe, 1975, en traducción de José Repollés, pp. 25-29. ISBN: 84-7076-047-5.]

domingo, 16 de abril de 2023

Cantar de Ruodlieb.- Anónimo (h. 1030)


Ruodlieb - Wikipedia, la enciclopedia libre
V.- De las negociaciones de paz en el campo de batalla y de los muchos regalos que allí dispuso el rey vencido. De cómo Ruodlieb recibió una carta y deseó regresar a su patria. De los Doce Consejos de Oro que le dio el gran rey como pago a sus servicios


   «Así habló y ordenó a uno de sus siervos que llamasen al caballero a su presencia. Aquél le llamó sin demorarse y Ruodlieb llegose al punto ante el soberano. Tras mantenerse en silencio durante un momento, el rey le dijo piadosamente:
  “Forzadamente y no de mi grado, querido mío, te permitiré alejarte de mí. Siempre estabas preparado y en todo actuabas con diligencia. Por ello he de mostrar hacia ti, mi buen amigo, la mayor gratitud. No has suscitado odios, sino que todo el pueblo te ama. Pero, ea, dime ahora en verdad, mi más amado súbdito, ¿he de otorgarte un premio en forma de dinero, o prefieres que te dé sabiduría?”.
  Y el caballero sopesó cuidadosamente la respuesta más apropiada:
  “No deseo” —dijo— “lo que la costumbre estima que equivale al honor: las riquezas, cuando son de todos sabidas, causan grandes insidias, pues la pobreza obliga a muchos desventurados a hacerse ladrones; además, el dinero engendra la envidia entre los parientes y los amigos. Asimismo incita al hermano a romper los lazos de la lealtad. Mil veces mejor es carecer de dinero conservando el buen juicio, y aquel que se afana por florecer en la santa sabiduría siempre tendrá oro y plata en cantidades suficientes, siempre logrará lo que se proponga, porque posee abundantes armas interiores. Recuerdo haber visto a menudo a muchos insensatos que vivían en la indigencia o degenerados en el vicio por haber perdido de la forma más estúpida todos sus bienes. Es evidente que a éstos su riqueza no les ayudó, sino que les perjudicó.
  Por ello más bien habéis de enseñarme vuestro saber, que será tan querido para mí como si alguien me diera diez libras, si es que soy capaz de usarlo rectamente y no soy indigno de ello. Nadie me lo arrebatará jamás ni se enemistará conmigo o me odiará por su causa, y ningún ladrón querrá darme muerte en emboscada por ello. La riqueza conviene que se quede en las cámaras de los reyes y que allí abunde sobremanera. Al hombre sencillo le basta con ser fuerte y habilidoso. No quiero, pues, dineros, que tengo sed de apurar vuestra sabiduría”.
  Y el rey, al oír estas palabras, se puso en pie y le ordenó:
  “Ven conmigo”.
  Al punto marcharon a sus aposentos privados y no permitieron que nadie les siguiera. Allí el rey volvió a sentarse y entonces se puso en pie ante él su vasallo, el caballero exiliado, al que dirigió estas palabras: “Ahora escucha desde lo más profundo de tu corazón los Doce Consejos de Oro que te doy como un verdadero amigo:

  I. Que nunca un pelirrojo llegue a ser un amigo especial para ti. Si alguna vez monta en cólera, no recordará sus votos de lealtad, pues su ira es impetuosa, cruel y duradera. Nunca será buen amigo, sino que en todo momento estará ocultando algún engaño que no podrás evitar y te mancillará como si tocas la pez: difícilmente puedes limpiarte de ella las uñas.
  II. Aunque el sendero que tomes para atravesar una aldea sea cenagoso y accidentado, nunca te desvíes por los campos que estén sembrados, no sea que algún villano te vaya a atacar y a quitarte las riendas tras increparte por haberle dado una respuesta soberbia.
  III. Cuando estés en camino y busques hospedaje, si te encuentras con un anciano que tiene una joven mujer, no le pidas que te honre con su hospitalidad, pues recaerá sobre ti una gran sospecha, aunque seas inocente. El anciano temerá y la joven te deseará —pues así gira la rueda de la fortuna entre ellos—. Pero cuando te encuentres con un hombre joven que tenga por esposa a una mujer mayor, pídele a él que te hospede; no te temerá aquel ni te deseará aquella. Ahí estarás seguro y podrás pernoctar sin causar sospecha alguna.
  IV. Si algún conciudadano te pide que le prestes para arar sus tierras una yegua preñada justo antes de dar a luz, no se la des, a no ser que quieras echarla a perder, pues perderá el potrillo si le obligas a arar un terreno.
  V. Que no te sea tan caro ninguno de tus parientes de suerte que le importunes con tu visita demasiado a menudo, pues más suele agradar lo ocasional que lo acostumbrado. Para el hombre aquello que es frecuente pronto pierde su valor y se envilece.
  VI. Aunque una de tus siervas sea de hermosura sin par, nunca la trates como a una esposa ni tengas trato de igual con ella, para que no te menosprecie y te trate con soberbia o acaso vaya a pensar que debe ocupar un lugar preeminente en la casa, si comparte lecho y mesa contigo. Pues al comer contigo y al pernoctar a tu lado, querrá al punto convertirse en la dueña absoluta de todas las cosas. Estos asuntos suelen crear una fama ignominiosa.
Cantar de Ruodlieb. Epopeya anónima de caballería del siglo XI ...  VII. Si es de tu gusto contraer nupcias con una noble esposa, a fin de engendrar amados hijos, entonces búscate una mujer de alta alcurnia, ¡y no busques sino donde tu madre te aconseje! Y cuando la hallares, es menester que la colmes de honores y que la trates con suavidad. Sin embargo, hazte su maestro y que no tenga ningún litigio contigo, pues no hay mayor desgracia entre los hombres que ser súbditos de aquellos a quienes deberían dominar.
  Y aunque conviene que vuestros corazones estén de acuerdo en todo, nunca debes descubrir enteramente tus intenciones, por si acaso después ella, reprendida por una mala acción, osa recriminarte, que no pueda echarte nada en cara que pueda disminuir el amor y el respeto entre vosotros.
  VIII. Que nunca se apodere de ti la cólera repentina tan gravemente que no puedas pasar la noche sin llevar a cabo tu venganza, sobre todo cuando el asunto sea dudoso y no hubiere ocurrido como se te comunicó. Quizás al día siguiente te alegres de haber contenido tu ira.
  IX. Nunca mantengas una lid con tu señor o tu maestro, puesto que, aunque no puedan vencerte en derecho, lo harán en poder. Nunca les prestes nada, porque en verdad lo perderás. Cuando tu señor te pida que le prestes algo, empero, será mejor entonces que se lo des, porque encontrará alguna culpa por la que quitarte aquello. Y entonces perderás dos cosas, pues no te dará ni su agradecimiento ni el objeto. Mas cuando seas despojado por él, di solamente: “gracias, tómalo”, e inclínate al punto en alabanza de tu señor por haber salido sano y salvo y con vida, estimando en nada tu pérdida.
  X. Que nunca sea tu viaje tan apresurado que te llegue a pasar por alto, al ver una iglesia, encomendarte a sus santos patronos o bendecirles. Cuando doblen las campanas o se cante la misa, baja siempre del caballo y acude a toda prisa a la iglesia, a fin de que puedas participar de la paz católica. Esto no prolongará tu camino, sino que lo acortará, ya que te marcharás de allí más seguro y temerás menos al enemigo.
  XI. Si un hombre cualquiera te insta y te ruega por el amor del misericordioso Cristo que rompas tu ayuno, nunca te niegues. No romperás sus mandamientos, sino que los estarás cumpliendo fielmente.
  XII. Si posees tierras cerca de las plazas públicas, no caves hoyos para evitar que la gente llegue hasta los sembrados, pues en torno a los fosos que caves se irá formando un sendero sobre el suelo seco por el que la gente camine. Si no los cavas tendrás menos daños».

   Cuando el rey terminó de hablar y sus sabios consejos cesaron, los dos volvieron caminando a la sala y el rey se volvió a sentar en su trono y alabó ante todos las virtudes militares del caballero —en tanto, los murmullos de alegría se multiplicaban—, y éste dio las gracias al rey y a todo el pueblo. El rey dijo:
  “Vete a tu patria ahora, colmado de todos los honores. Vete a ver a tu madre y a todas tus posesiones, mas solamente, sin embargo, si puedes vivir en tu país como en éste y si tus señores desean cumplir lo que te prometieron. Pero si te fallan conviene que tú, a la vez, le falles a ellos y que no les sirvas puesto que tantas veces te han defraudado. Nadie que sea avaro o deshonesto merece que le sirvan. Y si acaso esto ocurriera, que no vacile tu ánimo acerca de dónde dirigir tus pasos, y si te hastía tu propia patria, vuelve a mí y me encontrarás con la misma disposición con que ahora te dejo marchar; no tengas ninguna duda sobre esto”.
  Al punto señaló con el dedo al mayordomo que estaba delante de él y susurró a su oído, según era costumbre, ordenando que el camarero real le trajese los sacos en cuyo  interior se guardaban los opulentos panes espolvoreados con harina por fuera y llenos de riquezas por dentro.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Celeste, 2002, en traducción de David Hernández de la Fuente, pp. 47-51. ISBN: 978-8482113395.]