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domingo, 31 de diciembre de 2023

El mapa de los afectos.- Ana Merino (1971)

La poesía está viva: Ana Merino
            22.- Amor verdadero

  «El amor había sido la respuesta. Esa pulsión del organismo que nos atrapa con su química invisible. Así de simple, una catarata de amor desbordado había cambiado el rumbo de la vida de Valeria. Algo parecido a un chaparrón torrencial que arrastró todo lo anterior. Valeria vio en ese nuevo enamoramiento la oportunidad de escapar de su realidad e inventarse otra. Cuando cambias de país y de idioma, todo tiene otro sentido. En su viaje de novios descubrió que se había casado con el hombre equivocado y que, por lo tanto, quería abandonarlo, borrar el rastro de su boda y los planes de futuro que habían labrado durante meses.
 Cuando recordaba los días de la ruptura todavía sentía la angustia pegajosa de su desamor asustado. ¿Cómo escapas de una relación en medio de un país del que apenas conoces el idioma? Valeria no sabía si quería a su marido y, después de una serie de acaloradas peleas dentro del coche de alquiler, no se le ocurrió nada mejor que subirse a un autocar y desaparecer en un momento en el que su esposo se ausentó para ir al baño. Su impulsiva fuga fue el germen de un enamoramiento definitivo que le dio coraje para decirle adiós a Paul. Valeria solía enredarse con el amor; antes de su fallida boda había vivido un apasionado idilio con Tom, un hombre bastante mayor que ella, y eso ya la llevó a dudar mucho a la hora de casarse. Pero Paul y ella tenían la misma edad y enseñaban juntos en la escuela. La juventud los hizo ilusionarse con la idea del matrimonio como la prueba definitiva que daba sentido al futuro que soñaban. Sin embargo, la convivencia de unos días en la luna de miel por España mostró aspectos de la personalidad de Paul que a Valeria le resultaron insoportables, y la imagen idealizada del matrimonio que acababan de inaugurar se desmoronó de inmediato. Por eso se subió a un autocar rumbo a lo desconocido en una estación de servicio cuando Paul la dejó sola unos minutos. No tuvo el impulso de largarse con el coche de alquiler y dejarlo tirado, que hubiera sido otra opción, sino que quiso desprenderse de cualquier rastro de aquella convivencia marital, abandonarlo con todo y desaparecer. Montarse en el autocar fue su gran heroicidad, dejarse llevar por algunas horas en el balanceo absorto de la carretera que la condujo al puerto de Algeciras.
 Aunque en realidad no supo dónde estaba hasta que no se lo explicaron los guardias civiles que la vieron deambular llorosa por el aparcamiento. A Manuel, un joven guardia civil gaditano, las clases de inglés que recibía en una academia por las tardes le vinieron estupendamente para echarle una mano a aquella estadounidense desorientada. Con sus radiantes treinta y tres años y el título del First Certificate se encargó de ayudar y coordinar el reencuentro de Valeria con su marido, que ya había puesto una denuncia pensando que la habían secuestrado. Para cuando Paul llegó al puerto de Algeciras, el guardia civil y Valeria ya se habían fijado el uno en el otro y notaban una atracción increíble. ¿En qué consistió este sorprendente enamoramiento? Ninguno de los dos sabría explicarlo con precisión, pero ambos sintieron que no podían estar el uno sin el otro. Que el mundo dejaría de tener sentido si ella se marchaba de vuelta con su esposo. Nada de esto se dijeron, pero la química invisible que respiraron el tiempo que pasaron juntos en el puesto fronterizo generó su propia magia. A ambos se les aceleraron los latidos del corazón, se miraban y sonreían con gesto ridículo, les sudaban las manos y se sentían atraídos de una forma vertiginosa. Manuel se dio cuenta de que estaba enternecido y fascinado con Valeria cuando por radio le confirmaron que un estadounidense que no hablaba español buscaba agobiado a su mujer por la carretera. Valeria ya estaba tranquila sentada en una silla, absorta en sus cosas mientras miraba por la ventana del aparcamiento. Pensaba en lo guapo que era el guardia vestido de verde que la miraba de reojo y le sonreía, en lo azul que era el mar y en lo bien que se sentía en la oficinita de chapa prefabricada con el chico de labios carnosos que se esforzaba por hablarle en inglés británico. Manuel sintió la tentación de decirles a sus compañeros que por allí no había pasado ninguna americana, que buscaran en otro lado, que ese día el tránsito había sido el de siempre, sin demasiados sobresaltos.
 Paul sintió una profunda e inquietante culpa en el transcurso de aquellas nefastas horas que pasó buscando a su mujer, en ese día absurdo y calurosísimo. Se dio cuenta de que no la amaba y de que no quería envejecer a su lado. Pero desear aquello con Valeria desaparecida le parecía siniestro. Había querido perderla de vista para siempre mientras terminaba de orinar y se miraba al espejo. Había maldecido su precipitada boda, anunciada ya como una catástrofe por su madre, que le aconsejó que no se casara con aquella chica, que todavía eran muy jóvenes y que además presentía que era una inconsciente.
  —Nunca me escuchas, Paul, y las madres lo presentimos todo —le había dicho en varias ocasiones su progenitora con tono melodramático—, es como si fuéramos videntes, como si pudiéramos anticipar el futuro de nuestros hijos.
 La madre ponía los ojos en blanco y resoplaba quebrando la voz y fingiendo estar al borde del llanto:
 —¿Cuándo entenderás que yo ya he vivido muchas vidas enamoradas, y me he equivocado? Pero he aprendido, por eso debes hacerme caso. Siento en el alma tener que decirte todo esto. No duraréis mucho, no te imaginas lo que me duele esta certeza.
 —Mamá, por favor, no quiero oírte. No empieces otra vez.
 —Qué pena, qué pena más grande —murmuraba la mujer como si estuvieran hablando de una desgracia.
 —Verás como todo sale bien —decía Paul intentando consolarla.
 —Ojalá tengas tú razón y yo esté equivocada —añadía ella, aunque a los pocos minutos volvía a sus teorías visionarias sobre el matrimonio, comentando los enlaces fallidos de los hijos de sus amigas—: Russell, el hijo de Judy, no duró ni cinco años con esa chica tan dispuesta. Mira que llevaban más tiempo de noviazgo que tú con tu amiga, pero una vez casados no fueron capaces de aguantarse, porque, cariño, el tema del amor no es tan fácil.
 El enamoramiento del chico pasó por encima de las advertencias de su compungida progenitora. Por mucha experiencia que tuviera su madre, él había tenido que vivir en primera persona la magnitud de su absoluto desencuentro con Valeria. En diez días infernales, el calor andaluz había licuado toda la consistencia amorosa que daba sentido a la pareja. Obviamente, ni su madre había sido capaz de intuir eso. Ella les concedía cinco años de vida matrimonial, o tal vez siete, que es el número que suelen dar los sociólogos que evalúan el desamor y los divorcios en las revistas femeninas de salud y belleza. Siete años equivalía a un ciclo de vivencias y eso la madre de Paul lo sabía mejor que nadie.
 Paul pensó primero que Valeria había ido también al baño. Fue al cabo de más de media hora esperando a que saliera cuando presintió que algo raro pasaba. Se puso a buscarla y empezó a asustarse. Nadie había visto nada, y los dueños de la cafetería decidieron avisar a la policía para que ayudara a ese joven americano desconcertado que daba vueltas por las instalaciones pidiendo ayuda.
 Cuando la localizaron en el puerto de Algeciras fue sencillo seguir el recorrido que le habían marcado los agentes en el mapa. Durante las horas que Paul pasó solo conduciendo en dirección al puerto, trató de imaginar los pasos de lo que sería la ruptura definitiva. Imaginarse otra vez en el coche con ella le parecía asfixiante, pero estaba claro que tendrían que hablar. Ahora que entendía que su rabia era desamor, quizá podrían ahorrarse nuevas y absurdas peleas. Se habían dicho cosas espantosas y sentía un enorme rechazo hacia su mujer. ¿Cómo podía un viaje tener un efecto tan pernicioso? Tantas horas junto a Valeria por las carreteras lo habían trastornado. La piedra de las torres y las murallas, los campanarios, los ábsides, los altares, la imaginería ensangrentada de los cristos, las plazuelas, los platillos de aceitunas, el salmorejo, las horas de la siesta, el murmullo de la gente en las calles, el calor noche y día, ese calor denso e irrespirable..., la suma de todas las sensaciones y las imágenes como una melodía seca macerada en la respiración sudorosa de su cansancio.
 Al llegar al muelle y verla junto al guardia civil tuvo una iluminación. La silueta de sus cuerpos tensos junto a la puerta de la oficina prefabricada, mezclada con la calima de ese aire seco que venía del Sáhara, dibujaba una realidad paralela a su propia relación que a Paul le resultó liberadora. Vio en ellos la posibilidad del amor y en él mismo la salida digna que ofrecen los gestos más sencillos. Así que decidió abandonarla, que en el fondo era lo mejor para ambos. Despedirse de ella de manera rápida y elegante y que se quedara junto a ese hombre de uniforme que lo miraba con curiosidad y tristeza.
 Valeria no quería regresar con Paul, la aterraba volver a subirse al coche de alquiler con su marido, y cuando vio que ni siquiera la miraba y que sacaba sus cosas del maletero y le devolvía la alianza, suspiró aliviada. Su huida había sido el mensaje silencioso que Paul necesitaba entender. Todo había terminado entre ellos y no era ese el momento de las explicaciones y los análisis. La verdad es que nunca hubo necesidad de verbalizar los sentimientos del final.
 El divorcio, unos meses después, fue un trámite sencillo porque no tenían propiedades ni hijos en común. Valeria ni se presentó en el juzgado, no hizo falta, y Paul regresó a su rutina de docente aliviado de haberse separado tan rápido. Rehízo su vida sin dar demasiadas explicaciones a nadie, ni siquiera a su madre, y una década después se casó con una mujer llamada Megan que conoció en un bar. Se fueron de viaje de novios por Alaska, evitando así el calor, y no hubo absurdas ni iracundas discusiones. Fueron padres de tres hijos que les darían muchas alegrías y media docena de nietos. A Paul siempre le quedó claro que Valeria no era la mujer de su vida y que haberse separado había sido la mejor decisión. Tampoco tuvo nunca curiosidad por saber qué había sido de ella. Cuando despegaba del aeropuerto de Madrid de regreso a Estados Unidos se despidió para siempre de ese país y de Valeria. Ella se quedaba en ese territorio abrasador y él regresaba a su mundo.
 Valeria se asentó en el paisaje de aquella frontera marina y luminosa. El horizonte de luz densa, de espuma y agua salada se convirtió en el hogar definitivo de su alma inquieta. Había hallado cobijo en la costa de un mar cálido y de aspecto dócil donde en los días transparentes podía ver el contorno de África. Su nueva vida se dibujaba entre Algeciras y Tarifa, y fue feliz. Durante muchos años encontró serenidad en aquel rincón del mundo, el paraíso de los surfistas, de los Peter Pan que buscan el sendero de las olas y las montan como equilibristas de un gran circo de espuma y algas; los que viven la dicha sobre las olas de varios metros y abrazo alargado y juguetón. Valeria no pudo imaginarse otro lugar donde estar que no fuera esas costas. Se quedó con Manuel y desde la primera noche durmieron abrazados, aliviados de haberse encontrado en un mundo donde el amor verdadero es azaroso y casi imposible. Sus cuerpos desnudos sintieron el cosquilleo del placer como la inmensidad del universo. En ellos estaba el impulso primitivo de los seres vivos, pero también el deleite humano del amor con su respiración sostenida en el instante mismo del gozo compartido.
 Los primeros años, Valeria fue profesora de inglés en la academia en la que Manuel había estudiado. Luego aparecieron las oleadas de inmigrantes y se integró en el equipo de la Cruz Roja que ayudaba a los que llegaban. Desde entonces ha conocido a miles de personas desesperadas, ha anotado sus nombres y su lugar de origen en fichas, ha coordinado los grupos y las urgencias. Ha escuchado los lamentos y las historias aterradoras de sus viajes infernales. Ella, que tuvo la suerte de encontrar a Manuel, se pregunta muchas veces si todas esas almas desesperadas hallarán su lugar en la Tierra.
 —¿Qué hay que hacer para que los de aquí entiendan lo que esta gente está pasando y no les tengan miedo? —le pregunta Valeria a Manuel.
 —Ojalá lo supiera —responde el guardia civil.
 Manuel es consciente de que en el fondo son muy pocas las personas capaces de meterse en la piel de los que llegan a las playas; hasta que no lo vives, no los tienes cerca y los observas respirar exhaustos, no comprendes la magnitud de lo que sucede. En ellos, en su sufrimiento, está contenida la historia de todas las migraciones, el relato de las civilizaciones y sus desequilibrios, la lucha por existir, por esa subsistencia que ha dibujado el mapa de los siglos.
 Valeria sueña a veces con los ahogados que las olas depositan en la orilla, y a los números que le asignan les otorga nombres secretos y se imagina sus vidas hermosas en lugares exóticos donde fueron concebidos con amor. Los días más tristes, cuando están desbordados por la rabia y la pena, Valeria traza con la mirada un gran puente de quince kilómetros que une los dos continentes. Cada día reza para que nadie se ahogue en ese mar tan hermoso y se lamenta con Manuel de la falta de recursos, del dolor que recorre la costa, del vacío que habita en la desesperación de todos los náufragos de la pobreza y la guerra.
 —Esta mañana hemos rescatado a dieciocho con vida, pero hemos perdido a veinte. —El rostro de Valeria hace una mueca de dolor contenido y sigue hablando—: Ya han recuperado los cuerpos. Había dos mujeres embarazadas, tres niños, y los demás eran hombres jóvenes, no creo que ninguno tuviera más de treinta y cinco años.
 A Manuel le preocupa cómo Valeria digiere el abismo de esos cadáveres, piensa que carga sobre sus hombros toda la congoja fantasmal de los cuerpos inertes. Sabe que no los olvidará y que irá a trabajar fingiendo estar entera porque es más útil en el mundo de los supervivientes que la miran esperanzados, a los que entrega, con verdadero amor, una botella de agua y una manta.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones destino, 2020, pp. 149-154. ISBN: 978-84-2335-693-5.]


lunes, 15 de febrero de 2021

Epigramas.- Marco Valerio Marcial (40-104)

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XXXIV.- Haz lo que quieras, pero con recato (Libro I)

 «Sin guardar, Lesbia, y abiertas siempre tus puertas, pecas y no ocultas tus devaneos y te causa más placer un mirón que un adúltero y no te son gratos los goces, si se quedan ocultos algunos. En cambio, una meretriz aleja a los testigos con la cortina y el cerrojo y son raras las rendijas abiertas en un prostíbulo del Summenio. De Quíone, al menos, o de Yade, aprende pudor: hasta los mausoleos esconden a las más degeneradas y a las zorras. ¿Acaso mi reprensión te parece demasiado dura? Te estoy prohibiendo que te sorprendan, Lesbia: no que se te tiren. […] 

XIII.- Pleitos tengas y los ganes (Libro II)

 Te reclama el juez y te reclama el abogado: mi opinión es, Sexto, que pagues al acreedor. […]

XV.- Un escrupuloso (Libro II)

 Eso de no pasar tu copa a nadie, lo haces por humanidad, Horno, no por soberbia. […]

LXXX.- Cada cosa a su tiempo (Libro IV)

 Declamas teniendo fiebre, Marón: si no sabes que eso es una locura, no estás en tus cabales, amigo Marón. Declamas estando enfermo, declamas con tercianas: si no puedes sudar de otra forma, es razonable. –“Pero es que el asunto es importante”. –Te equivocas, cuando la fiebre abrasa las entrañas, el asunto importante es callar, Marón. […]

XX.- Sabemos vivir, pero lo dejamos para más tarde (Libro V)

 Si me estuviera permitido, querido Marcial, pasar contigo unos días sin preocupaciones, disponer de un tiempo desocupado y disfrutar  juntos la verdadera vida, no conoceríamos los atrios, ni las casas de los poderosos, ni las tormentas de los pleitos, ni el triste foro, ni las imágenes soberbias de los antepasados; sino los paseos en litera, los cuentos, los libritos, el Campo, el Pórtico, la sombra, el Agua Virgen, las termas: éstos serían nuestros sitios, éstas nuestras ocupaciones. Pero ahora ninguno de los dos vive para sí y vemos que nuestros buenos días huyen y se nos escapan y, aunque los perdemos, se cargan en nuestra cuenta. ¿Alguien, sabiendo vivir, lo deja para más tarde? […]

LVI.- Cualquier ocupación da más dinero que las letras (Libro V)

 Hace tiempo, Lupo, que buscas preocupado y me preguntas a qué maestro confiar la educación de tu hijo. Te aconsejo que evites a todos los gramáticos y rétores, que no vea ni por el forro los libros de Cicerón ni de Virgilio, que deje a Tutilio con su fama. Como haga versos, deshereda al poeta. ¿Quiere aprender oficios de dinero? Procura que se haga citaredo o flautista de acompañamiento. Si el muchacho tiene visos de ser duro de mollera, hazlo pregonero o arquitecto. […]

LVIII.- ¿Vivirás mañana? (Libro V)

 Dices que empezarás a vivir mañana, “mañana” dices, Póstumo, siempre. Dime, ese “mañana”, Póstumo, ¿cuándo llega? ¡Qué lejos está ese mañana! ¿Dónde está? ¿Adónde hay que ir a buscarlo? ¿Se oculta quizás entre los partos y los armenios? Ese “mañana” tiene ya los años de Príamo o de Néstor. Ese “mañana”, ¿por cuánto, dime, se puede comprar? ¿Vivirás mañana? Vivir hoy es ya ir con retraso. Persona sensata es, Póstumo, quien vivió ayer. […]

 LXXXI.- Dinero quiere a dinero (Libro V)

Resultado de imagen de marcial epigramas fernando el catolico Siempre serás pobre, si eres pobre, Emiliano: hoy día las riquezas no se dan a nadie más que a los ricos. […]

LXXIV.- Cambias de oficio, pero no de tarea (Libro VIII)

 Ahora eres gladiador, antes habías sido oculista. Hiciste de médico lo que estás haciendo de gladiador. […]

XLVII.- Filósofo, pero maricón (Libro IX)

 A los Demócritos, a los Zenones y Platones, que no has visto ni por el forro, y a todos aquéllos que se representan desaliñados en bustos greñudos, los mencionas como si fueras el sucesor y heredero de Pitágoras. Y, ciertamente, no te cuelga una barba menos corrida. Pero –algo que para los que huelen a bosque es deseable y vergonzoso para los de pelo en pecho- a ti te gusta tenerla tiesa entre tus muelles nalgas. Tú que conoces los orígenes y el peso de las escuelas filosóficas, dime, Pánico, ¿qué principio filosófico es que a uno se la metan? […]

XCII.- Vive mejor el siervo que el señor (Libro IX)

 Cuáles son los inconvenientes del señor, cuáles las ventajas del esclavo, no los sabes, Cóndilo, tú, que te quejas de llevar mucho tiempo de esclavo. Tu esterilla sin ningún valor te proporciona sueños sin preocupaciones; Gayo, fíjate, se acuesta sobre plumas sin pegar ojo. Con las primeras luces, Gayo saluda tiritando a innumerables señores; en cambio, tú, Cóndilo, ni a tu dueño. “Lo que me debes, Gayo, devuelvémelo”, dice Febo y, desde el otro lado, Cínamo; esto, Cóndilo, no te lo dice nadie a ti. ¿Tienes miedo al verdugo? La podagra y la quiragra tienen a Gayo hecho trizas y preferiría sufrir mil azotes. El hecho de no vomitar por la mañana ni lamer coños, Cóndilo, ¿no lo prefieres a ser tres veces tu propio Gayo?  […]

XLVII.- Requisitos de una vida feliz (Libro X)

 Lo que hace más feliz la vida, gratísimo Marcial, es esto: una hacienda no ganada con el trabajo sino por herencia; un campo no desagradecido, un hogar siempre encendido; pleitos nunca, toga poca, la conciencia tranquila; un vigor congénito, un cuerpo saludable; una prudente sencillez, unos amigos de la misma condición; unos convites fáciles, una mesa sin artificio; unas noches sin borracheras, pero libres de preocupaciones; un lecho nada triste y, sin embargo, púdico; un sueño que haga cortas las noches; lo que uno sea, querer serlo y no querer nada más; el último día, ni temerlo ni desearlo. […]

XXXIV.- No hay que aficionarse demasiado a nadie (Libro XII)

 Treinta y cuatro siegas, si no recuerdo mal, he pasado contigo, Julio. Sus dulzuras se han mezclado con amarguras, pero, sin embargo, han sido agradables en su mayor parte. Y si todas las piedrecitas, distintas y de dos colores, se apartan a un lado y a otro, vencerá el montón blanco al más negro. Si quieres evitar ciertas amarguras y guardarte de los mordiscos de un alma afligida, no te hagas demasiado familiar para nadie: gozarás menos y menos sufrirás. […]

XLII.- Boda de homosexuales (Libro XII)

 El barbudo Calístrato se desposó ayer con el rudo Afro, con el mismo ritual con que una doncella es costumbre que se despose con un hombre. Alumbraban en cabeza las antorchas, cubrió su rostro el velo de novia y no te faltaron, Talaso, tus palabras. La dote también se fijó. ¿Todavía no te parece esto, Roma, suficiente? ¿Esperas, acaso, que también para?»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de la Institución “Fernando el Católico” de la Diputación Provincial de Zaragoza, 2004, en traducción de José Guillén y Fidel Argudo, pp. 24, 48-49, 108, 116, 125, 131, 198, 213, 225, 241, 292-293. ISBN: 978-84-7610-107-0.]
 

domingo, 15 de marzo de 2020

El infante de Parma.- Elisabeth Badinter (1944)

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Capítulo II.- La educación de un príncipe ilustrado (1758-1769)
De la teoría a la práctica

 «Dos semanas después de haberse instalado en Parma, Condillac se mudó con toda la familia ducal a Colorno, donde el infante Felipe podía cazar tranquilamente. Por primera vez hizo partícipe de sus impresiones a su amigo el duque de Nivernais. Se declara muy satisfecho de Keralio, que ha hecho un trabajo notable con su alumno y no oculta un cierto entusiasmo. A los siete años Fernando "lo escucha todo, lo comprende todo, le gusta instruirse; y observo con placer la avidez con la que el Infante se apropia de las ideas. […] Estoy extremadamente contento y no podía haber deseado encontrar a un individuo dotado de facultades más felices y que estuviera mejor preparado".
 Este primer juicio es importante. Parece presagiar los mayores éxitos. Tanto más por cuanto Condillac es el inventor de una pedagogía original deducida de su filosofía y de la que esperaba maravillas.
 Su pedagogía está en total desacuerdo con las teorías y las prácticas al uso en un buen número de aspectos. En primer lugar, instaura una nueva relación entre maestro y alumno: la cooperación sustituye a la autoridad. Ante todo: ponerse al nivel del niño y proceder por etapas, respetando sus ritmos. Es el maestro el que debe adaptarse al alumno y no a la inversa. Condillac atribuye prioridad a la reflexión antes que a la memoria. La finalidad es aprender a pensar. Para hacerlo favorece el juego hasta el punto de practicar la inversión de papeles: el Príncipe le dará lecciones de artillería tras haberlas recibido de Keralio. Mientras se encuentra aislado a causa de una infección, Condillac le escribe: "Acuérdese de un preceptor que espera con impaciencia el momento de jugar con usted, siempre que usted se avenga a razonar con él de vez en cuando".
 Su segunda innovación concierne al método de adquisición de los conocimientos. En vez de ir de lo general a lo particular (deducción), él preconiza el orden contrario, el de la invención, que va de lo conocido a lo desconocido (inducción). "El preceptor debe parecer tan ignorante como su alumno y proceder con él de observación en observación, como los propios pueblos debieron instruirse a lo largo de los siglos. Esto evita al niño el hastío de tratar con generalidades fuera de su alcance y lo instruye casi sin esfuerzo." Sin embargo, el filósofo no está exento de ilusiones respecto a las facultades infantiles cuando se declara convencido de que basta con dar a conocer al alumno las facultades de su alma y hacerle sentir la necesidad de servirse de ellas para que todo resulte fácil. ¡Qué optimista es cuando afirma que el joven príncipe de siete años ha comprendido los principales elementos de la filosofía de Condillac en un mes! ¡O que "los niños son capaces de razonar y que las nociones más abstractas están a su alcance cuando les mostramos cómo se generan"! Sea como fuere, la amplitud y dificultad del programa de lecturas que Condillac elaboró minuciosamente para el joven Príncipe los dos primeros años de su preceptorado resultan pasmosos. Antes de los diez años ya había leído múltiples obras de religión, las piezas teatrales de Racine, Molière y Corneille, Art poétique de Despréaux, Voltaire, Des Tropes de Du Marsais, De lòrigine des lois de Goquet, al tiempo que aprendía una Grammaire y un Art d'ecrire redactadas en su honor. Además, Condillac lo había iniciado en la filosofía de Newton en la traducción de la marquesa de Châtelet, en particular en los fenómenos del mundo y en la explicación que proporciona al respecto la marquesa. Asimismo le hizo leer Traité de la sphère de Maupertuis, así como su Voyage au Nord, "y todo lo que ha escrito sobre el sistema del mundo", además de la segunda parte del Newton de Voltaire. "Puedo asegurar", dice el preceptor, "que sus lecturas estarán al alcance del Príncipe. Hasta aquí hemos llegado tras dos años de estudio, cuando acaba de cumplir diez años."

El lado oculto

Resultado de imagen de el infante de parma marbot ediciones ¿A qué precio? Ni el preceptor ni el gobernador dicen una palabra al respecto. Sólo el barbero, Antonio Sgavetti, autor de un diario que es una auténtica crónica de Parma, se sorprende de que carguen tanto el empleo de su tiempo y "lamenta que se le tenga encerrado sin respiro en el estudio, para pasmo de todo el mundo". Fernando no se queja, pero anota repetidamente que a menudo lo regañan, lo castigan y lo reprenden. Incluso en 1762 precisa: "Éste ha sido un año de grandes castigos para mí". En esta época, nadie veía nada que objetar a esta educación severa y rigurosa. Todos los niños bien nacidos, aún cuando fueran príncipes, sufrían la fusta o los golpes. Sin embargo, su hermana Isabel, que asistió a las lecciones y fue testigo en efecto de la severidad de los maestros, extrae de ello lecciones sorprendentemente modernas. Redacta las Reflexions sur l'éducation que defienden exactamente lo contrario de lo que ella misma y su hermano recibieron. No sólo hace a los padres responsables de todos los fracasos de la educación de sus hijos, sino que la emprende también con la autoridad y el rigor de aquéllos a quienes delegaron su educación. Denuncia los peligros de la primera, que convierte a los niños en violentos, impacientes, testarudos, y de la segunda, que nace de la dureza de corazón y de la bajeza de sentimientos. Esta autoridad "no corrige nada, no inspira ningún respeto […], inspira el odio y el deseo de vengarse, la desconfianza, el deseo de engañar, nos despoja de cualquier sentimiento, nos vuelve duros e insensibles, capaces de cualquier maldad". A la autoridad y el rigor opone la dulzura, "despreciada hoy en día" y que no obstante se gana el corazón de los niños y da origen al reconocimiento, el apego, la franqueza, forma sus espíritus y sus corazones, los vuelve complacientes y fáciles de guiar".
 Es probable que la diatriba apuntara principalmente a los maestros de Fernando. ¿Pero acaso eran realmente tan duros con su alumno y, en ese caso, por qué habrían de serlo? Se sabe que Fernando se lamentaba de los rigores de Keralio, al tiempo que reconocía su afecto por él. Pero en su Autobiografía no emite ninguna queja con respecto a Condillac. Por otra parte, apenas lo menciona. Aparte de Isabel, que no cita jamás el nombre de ninguno, hay que esperar hasta el matrimonio del Príncipe, en 1769, para ver evocadas, de la pluma del embajador de Francia, la severidad del mentor, "demasiado propenso a los cambios de humor" y el carácter extremadamente "enérgico de su preceptor". Se desconocen las razones. Fernando tiene reputación de ser dulce y amable y Condillac se declara satisfecho de su alumno. Pero es un niño mentiroso y disimulador, tal como él mismo confiesa en su Autobiografía. A pesar de las instrucciones de sus maestros, se sigue relacionando con sus sirvientes y guardias, de quienes adopta ideas necias y comportamientos indignos de su rango. Más grave resulta su atracción por los frailes y por el clan italiano que aviva su inclinación por una religión supersticiosa y beata. Al cabo de los años, esta tendencia se vuelve irresistible y acaba acarreando el hábito de decir mentiras a sus profesores, que se las hacen pagar caras.
 ¿Es el padre Fumeron quien ha sembrado y alimentado este gusto por la devoción, o bien procede simplemente de la necesidad de paliar una soledad afectiva que ni su madre, ni su gobernanta, ni sus maestros habían sabido tener en cuenta? Lo cierto es que la muerte de su madre en Versalles, tras dos años y medio de ausencia, cuando Fernando no tenía aún nueve años, y luego la partida de su querida hermana Isabel para casarse al año siguiente con el archiduque José, no contribuyeron a arreglar las cosas.»
    
   [El texto pertenece a la edición en español de Marbot Ediciones, 2009, en traducción de Maite Serpa. ISBN: 978-84-92728-00-8.]