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miércoles, 17 de junio de 2020

Escupiré sobre vuestra tumba.- Boris Vian (1920-1959)

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Capítulo VIII

   «A la semana siguiente recibí un cargamento de libros nuevos, que me anunciaron el fin del otoño y la inmediatez del invierno; seguía saliendo del paso y ahorrando además unos cuantos dólares. Tenía ya una cantidad considerable. Una miseria, pero me bastaba. Tuve que afrontar algunos gastos. Me compré ropa e hice arreglar el coche. Algunas veces sustituía al guitarrista de la única orquesta potable que había en la ciudad, la que tocaba en el Stork Club. Creo que este Stork Club no debía de tener nada que ver con el otro, el de Nueva York, pero los jovencitos con gafas iban a gusto allí a acompañar a las hijas de los agentes de seguros y de los representantes de tractores de la zona. Así ganaba algún dinero extra y además vendía libros a la gente que conocía allí. Los de la banda también iban alguna vez. Seguía viéndolos con frecuencia y seguía acostándome con Judy y con Jicky. No había forma de librarse de Jicky. Pero era una suerte tener a esas dos chicas porque así me mantenía en una forma extraordinaria. Además de esto, practicaba atletismo y se me estaba desarrollando una musculatura de boxeador.
 Y entonces, una noche una semana después de la velada en casa de Dex, recibí una carta de Tom. Me pedía que fuera lo más pronto posible. Aproveché el sábado para irme al pueblo. Sabía que si Tom me escribía era por algo, y no creía que fuera por nada agradable.
 Los tipos esos, durante las elecciones, habían falseado los resultados por orden del senador Balbo, la peor alimaña que se pueda encontrar en todo el país. Desde que los negros tenían derecho a votar, multiplicaba las provocaciones. Había hecho tanto, y lo había hecho tan bien, que dos días antes de la votación sus hombres dispersaban las reuniones de los negros dejando un par de cadáveres tras ellos.
 Mi hermano, en calidad de profesor de la escuela negra, había expresado públicamente su protesta y había mandado una carta al senador, y al día siguiente lo molieron a golpes. Me escribía para que fuera a buscarle con el coche: quería irse del pueblo.
 Me esperaba en casa, solo en la habitación a oscuras: estaba sentado en una silla. Verle con los hombros caídos y con la cabeza entre las manos me dolió y sentí cólera en la sangre, mi buena sangre negra, que hervía en mis venas y me zumbaba en lo oídos. Se levantó y me cogió por los hombros. Tenía la boca tumefacta y hablaba con dificultad. Quise darle una palmada para consolarle pero detuvo mi gesto.
 -Me han dado latigazos -me dijo.
 -¿Quién?
 -Los hombres de Balbo y el hijo de Moran.
 -¡Otra vez ése...!
 Se me cerraban los puños sin querer. Una cólera seca me invadía poco a poco.
 -¿Quieres que nos los carguemos, Tom?
 -No, Lee. No podemos. Sería el final. Tú aún tienes una posibilidad, no estás marcado.
 -Pero tú vales más que yo, Tom.
 -Mira mis manos, Lee. Mírame las uñas. Mira mi pelo y mis labios. Soy negro, Lee. No puedo librarme de mi destino, pero tú...
 Se interrumpió para mirarme. El tipo me quería de verdad.
 -Tú, Lee, tienes que triunfar. Dios te ayudará a triunfar. Te ayudará, Lee.
 -A Dios no le importa un bledo.
 Sonrió. Sabía lo poco convencido que yo estaba.
 -Lee, te marchaste de aquí demasiado joven y has perdido la fe, pero Dios te perdonará cuando llegue el momento. De quienes hay que huir es de los hombres. No de Él; a Él tienes que ir con las manos y el corazón bien abiertos.
 -¿Adónde vas a ir, Tom? ¿Necesitas dinero?
 -Tengo dinero, Lee. Lo único que quería es estar contigo cuando dejara la casa. Quiero...
 Se detuvo. Las palabras salían a duras penas de su boca deforme.
escupire vuestra tumba - Iberlibro -Quiero quemar la casa, Lee. La construyó nuestro padre, a quien debemos lo que somos. Era casi blanco, sí, pero nunca soñó siquiera en renegar de su raza, acuérdate bien. Nuestro hermano ha muerto, y nadie debe apoderarse de la casa que nuestro padre construyó con sus dos manos de negro.
 Yo no tenía nada que decir. Ayudé a Tom a hacer el equipaje y a meterlo en el Nash. La casa, bastante aislada, se encontraba a un extremo del pueblo. Dejé que Tom terminara mientras fui colocando los bultos de modo que el peso estuviera bien repartido.
 Tom volvió al cabo de unos minutos.
 -Vámonos -me dijo-, vámonos, ya que aún no ha llegado el tiempo en que sobre esta tierra reine la justicia para los hombres negros.
 En la cocina parpadeaba una lucecilla roja, que de repente se hizo enorme. Se oyó la explosión sorda de un bidón de gasolina y la luz alcanzó la ventana de la habitación contigua. Y entonces una larga llama perforó el techo de madera y el viento atizó el incendio. El resplandor bailaba a nuestro alrededor y la cara de Tom, a la luz roja, brillaba de sudor. Por sus mejillas se deslizaban dos grandes lágrimas. Entonces me puso una mano en el hombro y nos volvimos para marcharnos.
 Yo, de Tom, habría vendido la casa; con dinero se les podía causar algún problema a los Moran, quizá hasta hundir a uno de los tres, pero no quise impedir que Tom llevara a cabo su propósito. Yo también cumpliría con el mío. A Tom le quedaban en la cabeza demasiados prejuicios de bondad y divinidad. Era demasiado honesto, Tom y eso acabaría por perderle. Creía que haciendo el bien se cosechaba el bien y, en cambio, esto sólo ocurre por casualidad. Lo único que importaba era vengarse y vengarse de la manera más implacable posible. Me acordaba del chico, que era aún más blanco que yo, si cabe. Y de nada le sirvió cuando el padre de Anne Moran se enteró de que le gustaba su hija y de que salían juntos, pero el chico no había salido nunca del pueblo; yo, en cambio, llevaba más de diez años fuera y el contacto con gente que no conocía mi origen me había hecho perder esa humildad abyecta que nos han inculcado poco a poco, como un reflejo, esa odiosa humildad que ponía palabras de piedad en los labios desagarrados de Tom, ese terror que incita a nuestros hermanos a esconderse cuando oyen que se acerca el hombre blanco; pero yo sabía perfectamente que si le usurpábamos el color de la piel lo teníamos a nuestra merced, porque el blanco habla por los codos y se traiciona ante los que cree sus semejantes. Con Bill, con Dick, con Judy, ya les había ganado varios puntos. Pero decirles a éstos que un negro les había tomado el pelo de poco me servía. Con Lou y Jean Asquith me vengaría de Moran y de todos los demás. Dos por uno, y a mí no se me iban a cargar como se habían cargado a mi hermano.
 Tom estaba medio dormido, sentado a mi lado en el coche. Aceleré. Tenía que llevarle hasta el cruce de Murchison Junction; allí cogería el rápido hacia el norte. Había decidido irse a Nueva York. Era un buen tipo ese Tom. Un buen tipo demasiado sentimental. Demasiado humilde.»

    [El texto pertenece a la edición en español de MDS Books/Mediasat, 2002, en traducción de Jordi Marti Garcés. ISBN: 84-96075-29-X.]

lunes, 9 de noviembre de 2015

"La merienda de los generales".- Boris Vian (1920-1959)

 
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Cuadro Primero.- Escena III

 "Leon: (Defraudado.) ¡Ah! ¡Sí! ¡Debe ser encantador! Pues bien, mi querido Wilson, con usted no me andaré con rodeos; la situación actual de Europa es grave.
 Audubon: (También grave.) Ajá...
 Leon: Sí. (Positivo.) Nos hallamos en estos momentos ante un conjunto de circunstancias totalmente imprevisibles y especialmente inesperadas. Quiero suponer que sigue usted de cerca las vicisitudes de la coyuntura económica, ¿verdad?
 Audubon: (Grave.) ¡Válgame Dios si me intereso! ¡Como todos los individuos sobre los que el destino ha arrojado cierta parte de responsabilidades!
 Leon: Su firmeza me gusta. Para ser concretos, ¿ha visto usted lo que hacen las vacas?
 Audubon: ¿Las vacas?
 Leon: ¿Y las gallinas?
 Audubon: ¿Cómo dice? ¿Las gallinas?
 Leon: ¿Y los mineros?
 Audubon: Ah, sí, claro... ¿Los mineros?
 Leon: Mi querido Wilson, las vacas paren terneros, las gallinas ponen huevos y los mineros extraen carbón.
 Audubon: Pero... eh... ¿es tan grave?
 Leon: Bueno, en tiempos normales, la verdad, no tiene nada de grave, porque se hace jugar la ley de la oferta y la demanda, ¿está claro?...
 Audubon: (No pesca nada pero quiere hacer creer lo contrario.) Ah, sí, la ley... perfectamente. Se la hace jugar... Así... (Gesto de columpio.)
 Leon: De ninguna manera... así. (Gesto de acordeón.) No obstante, aparte el hecho de que en la hora actual eso resulta imposible, se plantea el caso especialmente lamentable de que todas esas circunstancias resultan concomitantes.
 Audubon: (Perdido.) Escúcheme... eh... Yo no estoy lo que se dice muy versado en estos asuntos... ¿podría usted facilitarme algunos detalles? Yo, cómo decirle... hum... yo soy un soldado...
 Leon: Es cierto, discúlpeme. (Risa complaciente.) Suelo olvidar que me dejo arrastrar por el vocabulario de mi antigua profesión...
 Audubon: Es verdad, usted era...
 Leon: Tenía a mi cargo la página financiera de L'Aurore. En síntesis, para resumirle la situación, en la actualidad experimentamos una crisis de superproducción. En tiempos normales, cuando la producción agrícola aumenta nos arreglamos para que la producción industrial disminuya; como consecuencia de lo cual los precios agrícolas bajan y los precios industriales suben; llegados aquí, se otorga una subvención a los agricultores que, de esta manera, pueden esperar y mantener los precios, y se aumentan los salarios de la industria, de modo que les permita aprovecharse de la abundancia; la subvención otorgada a los agricultores es utilizada por éstos en la adquisición de material industrial; y los sobrebeneficios obtenidos consecuentemente por los industriales retornan a nosotros en forma de cotizaciones sociales, impuestos a la producción y diversas multas aplicadas por las brigadas de control del ministerio. El circuito se cierra y todo el mundo contento.
 Audubon: (Que sigue sin comprender nada, definitivo.) Y son entonces los militares los que pagan el pato.
 Leon: En absoluto, Wilson, o al menos, no más que los otros funcionarios. No sea derrotista. Yo le expongo los métodos de compensación del presupuesto practicados desde hace años y jamás me he enterado de que los militares se hayan quejado alguna vez de los créditos que, a fin de cuentas, se les otorga.
 Audubon: Aceptado. De todos modos, no veo dónde reside la gravedad de la situación actual.
 Leon: Pero, Audubon, es algo espantoso. En el momento actual, la producción agrícola aumenta al mismo tiempo que la producción industrial. Deberá admitir que no hay ninguna posibilidad de compensación en tales condiciones.
 Audubon: ¿Y si se fusilase a algunos cabecillas?
 Leon: No, no, Audubon, ése sería un paliativo temporal. Es necesario canalizar esa producción, encontrarle nuevas salidas.
 Audubon: ¿Los consumidores, quizá?
 Leon: Los consumidores, sí, pero es peligroso acostumbrarlos a la abundancia. Peligroso y nocivo. La abundancia aletarga, Audubon. Una nación, para ser sana, exige privaciones. Pero está usted bien encaminado: busque, busque. Veamos: ¿cuál es el consumidor ideal?
 Audubon: (Iluminado, busca y luego:) ¡El ejército!
 Leon: ¡Exacto!"