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domingo, 17 de julio de 2022

SCUM (Manifiesto de la Organización para el exterminio del hombre).- Valerie Solanas (1936-1988)


Valerie Solanas, la asesina de Andy Warhol que quería 'exterminar ...  «Si todas las mujeres abandonaran a los hombres, se negaran a tener algo que ver con cualquiera de ellos, todos los hombres, el gobierno, y hasta la economía nacional se hundirían sin remedio. Incluso sin dejar a los hombres, las mujeres conscientes del alcance de su superioridad y de su poder sobre ellos, podrían adueñarse de todo en pocas semanas y someter totalmente a los hombres. En una sociedad sana, el macho trotaría obedientemente detrás de la mujer. El hombre es obediente, se somete con facilidad al yugo de cualquier mujer empeñada en dominarlo. El hombre, de hecho, desea desesperadamente someterse a las mujeres, vivir bajo la autoridad de su mamá, y abandonarse a sus cuidados. Pero no vivimos en una sociedad sana, y la mayoría de las mujeres no tienen la menor idea de la verdadera relación de fuerzas.
  El conflicto, pues, no se produce entre mujeres y hombres, sino entre las SCUM —las mujeres dominantes, libres, seguras de sí mismas, mordaces, violentas, egoístas, independientes, orgullosas, intrépidas, libres, arrogantes, que se consideran capaces para gobernar el universo, que han luchado contra viento y marea hasta alcanzar los límites de esta sociedad y están dispuestas a desenfrenarse y barrerlos— y las Hijas de Papá amables, pasivas, complacientes, cultivadas, educadas, dignas, subyugadas, dependientes, asustadas, grises, angustiadas, ávidas de aprobación, desconcertadas ante lo desconocido, que quieren seguir revolcándose en la cloaca (al menos, les resulta familiar), aferrarse a los amos, sentir a Papá a sus espaldas y apoyarse en fuertes bíceps; necesitan ver una cara fofa y peluda en la Casa Blanca, demasiado cobardes para enfrentarse a la horrorosa realidad del hombre, de Papá, que se han acomodado en la pocilga, han hecho causa común con las bestias, se adaptan y no conocen otra forma de vida, han rebajado sus mentes, sus pensamientos y sus percepciones al nivel del macho; que, carentes de juicio, de imaginación y de genio sólo pueden obtener estima en una sociedad masculina, que sólo pueden ocupar un lugar en el sol (o mejor, en el estiércol), como cluecas o en calidad de reposo del guerrero, que son rechazadas por las otras mujeres, que proyectan sus deficiencias, su masculinidad, sobre todas las mujeres a quienes consideran gusanos.
  Pero SCUM es demasiado impaciente para esperar y aguardar a que se produzca el deslavado de cerebro de millones de agujeros. ¿Por qué las mujeres impetuosas deben seguir arrastrándose miserablemente junto con todas estas aburridas mujeres-machos? ¿Por qué el destino de los seres capaces debería cruzarse con el de los tarados? ¿Por qué las imaginativas y activas deberían tener en cuenta a las pasivas y mediocres? ¿Por qué las independientes deberían patear locas junto con las que se amparan a Papá?
   Un comando de SCUM puede apoderarse del país en un año, dando por el culo al sistema a todos los niveles, destruyendo selectivamente la sociedad y asesinando.
   SCUM será la gran fuerza enculatoria, la fuerza del destrabajo. Los miembros de SCUM eligirán toda clase de profesiones y destrabajarán.
   Por ejemplo, las vendedoras y telefonistas SCUM, no cobrarán. Las operarias y oficinistas SCUM, cojerán el trabajo destruyendo el material en secreto. Las SCUM destrabajarán sistemáticamente hasta hacerse despedir, después buscarán un nuevo empleo para sabotear.
   SCUM tomará por asalto los autobuses, los taxis y los puestos de vender billetes; conducirán autobuses y taxis y entregarán billetes gratuitos al público.
   SCUM destruirá todos los objetos inútiles y dañinos como vidrieras, Gran Arte, etcétera.
   Después SCUM se apoderará de las antenas de radio y de TV, se encargará de aliviar de sus trabajos a todos los empleados que impedirán la entrada de SCUM en los estudios.
   SCUM arremeterá contra las parejas mixtas (hombre-mujer), que encuentre al paso y las deshará.
   SCUM matará a todos los hombres que no formen parte del Cuerpo Auxiliar Masculino de SCUM. Forman parte del Cuerpo Auxiliar Masculino los hombres que se emplean metódicamente en su propia eliminación, los hombres que practican el bien, fueren cuales fueren sus motivos y nieguen las reglas del juego de SCUM. He aquí  algunos ejemplos de los integrantes del Cuerpo Auxiliar: hombres que matan a hombres; biólogos que trabajan en investigaciones constructivas, en lugar de preparar la guerra biológica; periodistas, escritores, redactores jefe, editores y productores que difunden y promocionan las ideas capaces de servir a los objetivos de SCUM; los maricas que, con magnífico ejemplo, animan a otros hombres para desmachizarse y en consecuencia volverse relativamente inofensivos; hombres que prodigan generosamente dinero y todos los servicios necesarios; hombres que dicen la verdad —hasta ahora ninguno lo ha hecho nunca—, y guardan un comportamiento justo con las mujeres, que revelan la verdad sobre sí mismos, proporcionan a los descerebrados frases correctas que repetir y les dicen que el objetivo principal en la vida de una mujer es aplastar el sexo masculino. Para ayudar a los hombres en esta tarea, SCUM organizará Sesiones Miérdicas durante las cuales cada hombre presente pronunciará un discurso con la frase: soy una mierda, una mierda miserable y abyecta, y acto seguido procederá a enumerar los distintos aspectos de su mierdicidad. Su recompensa por esta actuación, será la oportunidad de confraternizar después de la sesión y durante toda una hora con las SCUM presentes. Se invitará a las mujeres amables y educadas para clarificar las dudas y los malentendidos que puedan tener acerca del sexo masculino; a los fabricantes y promotores de libros, películas porno, que nos conducen al día en que en las pantallas sólo se verá chupar y cojer (los hombres, como las ratas siguiendo el sonido de la flauta encantada, serán arrastrados hasta su perdición por los engañosos encantos de la Gata, y desbordados, abrumados por ella, se anegarán en esa carne pasiva que han sido siempre) los propagadores de drogas que apresuran la decadencia masculina.
   Pertenecer al Cuerpo Auxiliar Masculino es una condición necesaria pero no suficiente para formar parte de la lista de indultados de SCUM; no es suficiente practicar el bien: para salvar sus culos insignificantes, los hombres deben además evitar el mal. Entre los hombres más detestables y dañinos aparecen: los violadores, los políticos y todo su clan (propagandistas, miembros de los partidos políticos, etcétera); los cantantes y los músicos malos; los Presidentes del Directorio, los Gana-Pan, los agentes inmobiliarios, los propietarios de los restaurantes, los Grandes Artistas, los cobardes, los policías, los magnates, los científicos que trabajan en investigaciones en favor de la destrucción y la muerte o para la industria privada (casi todos los científicos), los mentirosos y los farsantes, los disc-jockeys, los hombres que se imponen aunque sea mínimamente a las mujeres, los hacendosos, los corredores de bolsa, los que hablan cuando no tienen nada que decir, los que deambulan ociosamente por las calles y estropean el paisaje con su presencia, los hipócritas, los artistas plagiarios, los sucios, los moscones, los hombres que dañan a una mujer, los que se dedican a la industria de la publicidad, los escritores, periodistas, redactores jefes, editores, etcétera, deshonestos; los censores, público y privado, todos los miembros de las fuerzas armadas, incluso los  reclutas (LBJ y McNamara dan las órdenes pero los oficiales de servicio las realizan) y particularmente los pilotos (si la Bomba estalla, no será LBJ quien la arrojará, sino el piloto). En el caso del hombre cuyo comportamiento puede considerarse tanto malo como bueno, una evaluación subjetiva y completa de su persona determinará si su comportamiento es, al hacer la síntesis, bueno o malo.
   Resulta muy tentador meter en el mismo saco a hombres y Grandes Artistas y a las mujeres hipócritas, etcétera, pero sería incómodo, pues no quedaría nadie. En toda mujer hay algo que, en mayor o menor grado huele a podrido, pero se debe a toda una vida de convivencia con los hombres. Eliminad a los hombres y las mujeres mejorarán. Las mujeres son recuperables; los hombres, no, aunque su comportamiento puede cambiar. Cuando SCUM les dé una patada en el culo, las mujeres se perfeccionarán rápidamente.
   Cuando dé por el culo al sistema, saquee, separe parejas, destruya y asesine, SCUM GANARÁ RECLUTAS. Ese será el papel de su núcleo de elite reclutadoras; el cuerpo minoritario; el líder de las actividades (las enculadoras, saqueadoras y destructoras) y el de la elite de la elite: las asesinas.
   La solución ya no es dejar que todo se derrumbe y vivir al margen. Dar por el culo al sistema, sí. La mayoría de las mujeres ya viven marginadas: nunca estuvieron integradas. Vivir al margen es dejar el campo libre a quienes se aprovecharán de él; marginarse es hacer justo lo que quieren que hagamos los líderes establecidos; es hacerle el juego al poder, al enemigo; fortalecer el sistema en vez de minarlo, ya que está absolutamente basado en la inactividad, en la pasividad, en la apatía y en la retracción de la masa de las mujeres. Sin embargo, desaparecer es una solución excelente para los hombres, y SCUM, con entusiasmo, le dará empuje.
   Buscar en uno mismo la salvación, contemplarse el ombligo, no es la solución, como nos quieren hacer creer quienes se largan a Katmandu. La felicidad se halla afuera de uno mismo, y se logra solamente por medio de las relaciones con los demás. Nuestro objetivo debería ser el olvido del propio yo, no la autocontemplación. El hombre, sólo capaz de esto último, convierte una falta fundamental en una virtud y otorga a la autocontemplación la categoría no solamente de bien sino de Bien Filosófico, y así hace que parezca profundo.
   A SCUM de nada le sirven las banderas, los desfiles o las huelgas para alcanzar sus fines. Tácticas semejantes son útiles solamente para las señoras amables y educadas que escrupulosamente llevan a cabo tales acciones porque poseen la garantía de su inutilidad. Además, sólo las mujeres-machos decentes y con una vida limpia, altamente entrenadas en sumergirse a sí mismas en la especie, se confunden con la masa y la muchedumbre. SCUM está constituido por individuos; SCUM no es una muchedumbre.
   Las acciones de SCUM serán llevadas a cabo por el número de personas estrictamente necesario. SCUM, además, egoísta, fría de cabeza, no expondrá tontamente su cabeza a las porras de los policías: eso es para las señoras de clase media, privilegiadas y educadas, que sienten gran estima por Papá y por el policía y manifiestan una fe ciega en la bondad intrínseca. Si SCUM realizara alguna vez una manifestación, marcharía sobre la cara estúpida y repugnante de Lyndon Johnson; si SCUM alguna vez va a la huelga, plantará largos cuchillos en la noche, no piquetes.
Descargar] SCUM: Manifiesto de la organización para el exterminio ... Las actividades de SCUM serán criminales no por simple desobediencia civil, por violar abiertamente la ley, sino para ir a la cárcel, para llamar la atención sobre la injusticia. Semejante táctica entra en el sentido del sistema y sólo sirve para apenas modificarlo, para cambiar ciertas leyes específicas. SCUM está en contra de todo el sistema, contra la idea misma de la ley y de gobierno. SCUM nace para destruir el sistema, no para lograr ciertos derechos dentro de él. Además SCUM —siempre egoísta, siempre fría— siempre evitará la detención y el castigo. SCUM actuará furtiva, sibilina, calmadamente (aunque a las asesinas SCUM siempre se las reconocerá).
  Tanto la destrucción como el asesinato serán selectivos y discriminados. SCUM está en contra de las revueltas histéricas e indiscriminadas, sin objetivos claros, que tan fatales resultan, a veces, para sus propios partidarios. SCUM nunca alentará, instigará o participará en revueltas de ninguna clase o cualquier otra forma de destrucción indiscriminada. SCUM, fría, furtivamente, cazará su presa y se moverá con sigilo, en la sombra, para matar. Su destrucción nunca provocará bloqueos en las rutas necesarias para el transporte de comida y abastecimientos esenciales; no contaminará o cortará el agua, ni bloqueará las calles y el tránsito hasta el extremo de que las ambulancias no puedan circular o impedir el funcionamiento de los hospitales.
   SCUM continuará destruyendo, saqueando, desorganizando y matando hasta que el sistema laboral-monetario cese de existir y se establezca la automatización total, o hasta que las mujeres necesarias cooperen con SCUM para alcanzar sus objetivos sin recurrir a la violencia, es decir, hasta que suficientes mujeres no trabajen o abandonen sus puestos de trabajo, comiencen a saquear, abandonen a los hombres y se nieguen a obedecer todas las leyes impropias de una sociedad verdaderamente civilizada. Muchas mujeres engrosarán las filas, pero habrá muchas otras, que hace tiempo se han rendido al enemigo, que están tan adaptadas a la condición animal, al machismo, (adoran las restricciones y las represiones, no saben qué hacer con la libertad) que siguen siendo aduladoras serviles y lameculos, así como los campesinos que cosechan arroz siguen siendo campesinos que cosechan arroz cuando un régimen derriba a otro. Unas pocas de las más veletas lloriquearán, se enfurruñarán y arrojarán sus juguetes y trapos de cocina al suelo, pero SCUM, su apisonadora, pasará, imperturbable, sobre ellas.
 Lograr una sociedad completamente automatizada es simple y rápido, en cuanto la demanda es pública. Los proyectos detallados para su creación ya existen, millones de personas trabajan en su realización. El logro apenas llevará algunas semanas, aún suprimido el sistema monetario, todos se sentirán felices de colaborar en la construcción de una sociedad automatizada. Señalará el principio de una era nueva y fantástica y el trabajo se realizará en medio de una atmósfera de fiesta.
 La supresión del dinero y la institución completa de la automatización son objetivos básicos para todas las otras reformas de SCUM; sin ellas, las demás resultarían imposibles; con ellas, se producirán rápidamente. El gobierno caerá automáticamente. Por medio de la automatización completa, cada mujer tendrá la posibilidad de votar directamente por medio de una máquina de votar electrónica instalada en su casa. Como el gobierno está casi totalmente ocupado en la regulación de la economía y en legislar contra asuntos estrictamente privados, la supresión del dinero y, con él, la de los machos empeñados en legislar la moral, significará que no habrá prácticamente nada que votar.
   Una vez desmanteladas las finanzas, ya no será necesario matar a los hombres, se les arrancará el único poder que tienen sobre las mujeres psicológicamente independientes. Podrán imponerse solamente con las lameculos, a quienes les gusta que alguien las someta. El resto de las mujeres se ocupará en intentar resolver los pocos problemas que queden por solucionar antes de centrarse en la cuestión de la eternidad y de la Utopía. Se renovará completamente la enseñanza, y millones de mujeres podrán, en pocos meses realizar trabajos de alto nivel intelectual que en la actualidad requieren años de aprendizaje (puede lograrse con facilidad pues nuestro objetivo educacional es educar y no perpetuar una minoría académica e intelectual). Resolverán los problemas de la enfermedad, la vejez, y la muerte y rediseñarán totalmente nuestras ciudades y el hábitat. Muchas mujeres, durante un tiempo, seguirán pensando que los hombres les interesan, pero en cuanto se acostumbren a la sociedad de mujeres y se concentren en la realización de sus proyectos, se darán cuenta de la total inutilidad y banalidad del macho.
  Los pocos hombres que queden en el planeta podrán arrastrar sus días mezquinos. Podrán hundirse en las drogas o pavonearse travestidos, observar a las mujeres poderosas en acción, como espectadores pasivos, intentando vivir por delegación. También podrán ir al centro suicida del vecindario más próximo y amistoso para morir allí, en las cámaras de gas, de muerte serena, rápida, sin dolor.
 Antes de que se instituya la automatización, antes de que los hombres sean reemplazados por las máquinas, el hombre debe ser útil a la mujer. Deberán recibir sus órdenes, satisfacer sus más mínimos caprichos, obedecer cualquiera de sus exigencias, adoptar una actitud de perfecta obediencia a su voluntad, en lugar de esta situación perversa y degenerada de los hombres de hoy, quienes no solamente existen, ensuciando  el mundo con su ignominiosa presencia, sino que se dejan lamer el culo por la masa de mujeres que se posternan ante ellos, los millones de mujeres que adoran piadosamente al Becerro de Oro. El perro conduce al amo, cuando en realidad, de no ser un marica travesti, lo más aceptable para el hombre es postrarse delante de la mujer, como un esclavo. Los hombres racionales desean ser aplastados, pisoteados, exterminados y masticados, tratados como lo que son, perros mugrientos, y confirmar así su ser repulsivo.
   Los hombres irracionales, los enfermos, los que intentan defenderse contra su repugnancia, al ver a las SCUM CARGAR SOBRE ELLOS, aullarán aterrados y se aferrarán a la Gran Mamá de las Grandes Tetas, pero las Tetas no les protegerán contra la arremetida de las SCUM; la Gran Mamá se aferrará al Gran Padre, quien, en un rincón, se cagará en sus dinámicos calzoncillos. Sin embargo, los hombres racionales, no patearán ni pelearán ni armarán una lamentable pataleta; se quedarán mansamente sentados, relajados, gozando del espectáculo, dejándose llevar por las olas hasta su fatal extinción.»

 *S.C.U.M.: Society for Cutting Up Men: Organización para el Exterminio del Hombre.

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Perfil Libros, 2009, en traducción de Ana María Becciu, ISBN 950-639-108-4.]

miércoles, 27 de octubre de 2021

La marquesa de O... y otros cuentos.- Heinrich W. von Kleist (1777-1811)


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Los desposorios en Santo Domingo


  «En Puerto Príncipe, en la parte francesa de la isla de Santo Domingo, a principios de este siglo, cuando los negros mataron a los blancos, vivía en la plantación del señor Guillaume de Villeneuve un viejo negro temible llamado Congo Hoango. Éste, que provenía de la Costa de Oro africana, y que en su juventud parecía de carácter bondadoso y fiel, fue colmado de innumerables beneficios por parte de su señor, al que en otro tiempo, durante un viaje a Cuba, había salvado la vida. No solamente don Guillermo le concedió la libertad en aquel mismo instante, sino que además, a su regreso a Santo Domingo, le concedió casa y granja, y pasados unos años, aunque no había tal costumbre en la isla, le hizo administrador de sus considerables posesiones, y como no quisiera volver a casarse le dio para sustituir a su mujer a una vieja mulata llamada Babekan, que vivía en la plantación y con la cual su difunta mujer estaba emparentada. Bien, como el negro llegase a la edad de sesenta años, le concedió una cantidad muy considerable como jubilación y llegó a la cumbre de sus beneficios, dejándole un legado en su herencia; pero todas estas muestras de agradecimiento no pudieron librar al señor de Villeneuve de la furia de aquel ser rabioso. Congo Hoango fue el primero en coger el fusil cuando el torbellino de furor que se desató sobre las plantaciones como consecuencia de las medidas irreflexivas de la Convención Nacional, y recordando la tiranía que le había arrancado de su patria, metió un tiro a su amo en la cabeza. Luego incendió la casa donde se había refugiado la esposa de éste con sus tres hijos y el resto de la colonia de blancos, devastó la plantación entera a la que tenían derecho los herederos que vivían en Puerto Príncipe y, como todas las plantaciones eran semejantes, reunió a los negros y los armó para acudir en ayuda de sus compañeros en su lucha contra los blancos. Tan pronto acechaba a los fugitivos que en grupos armados atravesaban la región como caía en pleno día sobre los plantadores que permanecían en las edificaciones y pasaba a cuchillo todo lo que encontraba.
 Dominado por su inhumano deseo de venganza, incluso exigió a la vieja Babekan y a su hija, una joven mestiza de quince años llamada Toni, que tomaran parte en esta guerra rabiosa que le rejuvenecía; y como los edificios principales de la plantación en la que ahora vivía estaban deshabitados y muy próximos a la calle principal, de manera que durante su ausencia se refugiaban en ellos los fugitivos blancos y criollos que iban en busca de comida y refugio, adiestró a las mujeres para que entretuviesen con socorros y halagos a los perros blancos, pues así los llamaba, hasta su regreso.
 Babekan, que padecía de tuberculosis como consecuencia de unos crueles castigos que había sufrido durante su juventud, acostumbraba en estos casos a vestir con las mejores galas a la joven Toni, que debido a su color tostado servía muy bien para estas crueles argucias; animaba a la joven a que no negase a los desconocidos caricia alguna, excepción hecha de la última, que le había sido prohibida bajo pena de muerte, así que cuando Congo Hoango volvía con la tropa de negros de sus correrías por la región, la suerte que esperaba a los desgraciados que habían sido atraídos por aquellas malas artes, era la muerte.
 Como todos saben, en el año de 1803, cuando el general Desalines avanzó con trece mil negros hacia Puerto Príncipe, todo aquel cuyo color era blanco se aprestó a defender la plaza, pues era el último baluarte del poder francés en la isla, y si caía esta plaza todos los blancos que allí se encontraban estaban perdidos sin remisión.
 Sucedió, pues, que precisamente en ausencia del viejo Congo Hoango, que se había marchado en compañía de todos los negros para ayudar al general Desalines a transportar un cargamento de pólvora y plomo a través de las filas francesas, sucedió que en una noche lluviosa y tormentosa alguien golpeó a la puerta de atrás de la casa. La vieja Babekan, que yacía en el lecho, se levantó, y echándose una falda por encima abrió la ventana y preguntó quién era: “Por la Virgen y todos los Santos –dijo el desconocido en voz baja, acercándose a la ventana-, contestadme a esta pregunta, antes que me descubra”, y alargó la mano en la oscuridad de la noche, con intención de coger la mano de la vieja, preguntando: “¿Sois negra?” Babekan dijo: “Entonces seguro que sois un blanco, ya que esta tenebrosa noche os parece mejor que cualquier negra. Entrad –añadió-, y no temáis nada; aquí vive una mulata, la única que está en la casa conmigo, es mi hija, una mestiza”. Al decir esto cerró la ventana, como si fuera a bajar y a abrirle la puerta; y con el pretexto de que no encontraba la llave, después de coger algunos vestidos, corrió a la habitación de su hija, a la que despertó diciendo: “¡Toni! ¡Toni!” “¿Qué sucede, madre?” “¡Rápido! –dijo-. ¡Levántate y vístete! Aquñi tienes los vestidos, ropa blanca y medias. Un blanco, al que persiguen, está a la puerta y solicita que le dejemos entrar”. Toni preguntó: “¿Un blanco?” medio incorporándose en la cama. Cogió los vestidos que la vieja tenía en la mano y dijo: “¿Está solo, madre? No hemos de temer nada. ¿Y si le dejamos pasar?” “¡Nada, nada! –repuso la vieja, que traía luz-. Está solo y desarmado y el miedo hace temblar todos sus miembros”. Y mientras Toni se levantaba y se ponía el vestido y las medias, encendió el gran farol que estaba en un rincón del cuarto, anudó rápidamente el pelo de la joven, al estilo del país, en lo alto de la cabeza, y después que le hubo atado el justillo, le puso un sombrero, diole el farol en la mano y le ordenó dirigirse al patio para ir en busca del desconocido.
Resultado de imagen de heinrich von kleist la marquesa de o Entretanto, como ladrasen los perros, se despertó un niño llamado Nanky, que Congo Hoango había tenido como hijo natural de una negra y que dormía con su hermano Seppy en los edificios contiguos, y como viese al resplandor de la luna a un hombre que estaba cerca de la escalera de la parte posterior de la casa, se apresuró a ir hacia la puerta del patio por la que el desconocido había entrado, y como ya había hecho otras veces, le echó el cerrojo. El desconocido, que no comprendía qué significaban todos estos preparativos, preguntó al niño, después de comprobar con espanto que era un negro, quién vivía en estos establecimientos, y como escuchase la respuesta de que todo aquello pertenecía al negro Congo Hoango después de la muerte del señor de Villeneuve, estaba ya a punto de dar un empujón al niño, quitarle la llave del patio que llevaba en la mano y dirigirse al campo, cuando apareció Toni con un farol en la mano: “Rápido –dijo cogiéndole de la mano y haciéndole entrar-, venid aquí”. Hizo lo posible mientras decía esto para que la luz le diera de lleno sobre el rostro: “¿Quién eres? –dijo el desconocido, luchando por desprenderse y mirando su rostro con interés, por más de un motivo-. ¿Quién vive en esta casa, donde según me dices vas a salvarme?” “Nadie, por la luz del sol –dijo la muchacha-, nadie más que mi madre y yo”, y procuraba apresuradamente hacerle entrar. “¿Cómo que nadie? –exclamó el desconocido mientras, dando un paso atrás, se desprendía de su mano-. ¿Acaso no me ha dicho ese niño que aquí vive un negro llamado Hoango?” “Yo te digo que no –repuso la muchacha, mientras golpeaba el suelo con el pie en señal de desagrado-, y aunque esta casa perteneciese al sanguinario que lleva tal nombre, ahora está ausente y lejos de aquí más de diez millas”. Después de haber dicho esto, cogió al desconocido con las dos manos y le hizo entrar en la casa, dio órdenes al niño de que no dijese a nadie quién había entrado y después de haber traspasado la puerta, llevando al desconocido de la mano, le hizo subir las escaleras y le condujo al cuarto de su madre.
 “Bueno –dijo la vieja, que había escuchado la conversación desde lo alto de la ventana y había visto que era un oficial-. ¿Qué significa esa espada que lleváis bajo el brazo, dispuesta a dar mandobles? –y añadió mientras se encajaba bien las gafas-: Os hemos acogido en vuestra huida en nuestra casa, con peligro de nuestras vidas, y veo que habéis venido a pagar una buena acción con una traición, según es costumbre de vuestros compañeros”. “El cielo me valga”, repuso el desconocido, que estaba frente a ella. Cogió la mano de la vieja, la puso sobre su corazón y después de lanzar algunas miradas temerosas por la habitación, se desciñó la espada que llevaba al cinto y dijo: “¡Aquí tenéis ante vosotros a uno de los seres más desgraciados, pero jamás ingrato ni malvado!” “¿Quién sois?” preguntó la vieja, acercándole una silla, al tiempo que ordenaba a la muchacha que fuese a la cocina para que le trajese lo antes posible algo de cenar. “Soy un oficial de las fuerzas francesas, aunque como podréis juzgar no soy francés; mi patria es Suiza y mi nombre es Gustavo de Ried. ¡Ojalá nunca la hubiese abandonado a cambio de esta desgraciada región! Vengo de Fort Dauphin, donde, como ya sabréis, todos los blancos han sido asesinados, y tengo intención de llegar a Puerto Príncipe antes de que el general Desalines llegue con las tropas a su mando y le ponga sitio”. “¿De Fort Dauphin? –exclamó la vieja-. ¿Y con el color de vuestro semblante habéis podido atravesar todo este camino por medio de esta región de negros sublevados?”»

    [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 2005, en traducción de Carmen Bravo-Villasante, pp. 85-90. ISBN: 84-206-5886-3.]

sábado, 16 de octubre de 2021

Mejillones para cenar.- Birgit Vanderbeke (1956)


Resultado de imagen de birgit vanderbeke  «Cuando mi padre empezaba algo quería tenerlo acabado al instante. De esta manera había llenado el aparador del cuarto de estar, al que odiábamos entre otras cosas porque desde él amenazaba con caer encima de nuestras cabezas toda la historia de Alemania. Sucedía cada vez que queríamos saber algo de historia, mi padre cogía el Ziegler y buscaba la respuesta, primero la leía para sí mismo y buscaba en otros volúmenes, al final conseguía tener tres o cuatro tomos abiertos y estudiaba a fondo en esos tres o cuatro tomos del Ziegler todo lo que queríamos saber. Entretanto nosotros nos poníamos nerviosos, porque no sabíamos qué hacer en el cuarto de estar y porque mientras observábamos a mi padre cómo estudiaba nuestras preguntas en el Ziegler nuestros deberes no se hacían solos. Al cabo nos daba una profunda explicación histórica, porque en la escuela no nos enseñaban suficiente historia, decía mi padre, nos enseñaban una visión de la historia demasiado superficial y frívola, no era un formación profunda, completa y desde el principio como en el Este, sólo que allá por desgracia era una visión falsa, por eso habíamos huido y por eso mi padre nos leía sobre todo el Ziegler, pero no sólo éste. Para cubrir nuestras lagunas históricas nos leía muchas páginas antes de llegar a nuestra pregunta, a veces ni siquiera llegaba a ella porque hubiera tenido que leer demasiadas páginas. Nosotros no lo entendíamos todo, ni podíamos recordarlo todo, porque nuestras escuelas no nos transmitían un saber amplio y profundo sino puntual y superficial y por nuestra expresión, cuando nos leía el Ziegler mi padre se daba cuenta de que no habíamos aprendido otra cosa que a seguir la ley del mínimo esfuerzo. El sistema escolar y nuestra madre habían hecho de nosotros unos partidarios de la ley del mínimo esfuerzo y así, en lugar de escuchar con alegría e interés lo que nos leía en respuesta a nuestra pregunta, lo mirábamos impacientes y con aire de no entender nada, sólo queríamos una fecha o una breve explicación para un trabajo escolar, algo que pudiéramos aprender luego de memoria, no algo completo y desde el principio, tal como él nos lo buscaba en el Ziegler. Pero a nosotros nos traía sin cuidado ese saber enciclopédico del Ziegler, y en general no nos interesaba lo que contaban las enciclopedias porque nos habían educado sistemáticamente en la ley del mínimo esfuerzo y no habíamos aprendido a reflexionar de manera sistemática, que era lo que él quería enseñarnos cuando buscaba las respuestas a nuestras preguntas, porque sentía el deseo de cubrir una laguna que era nuestra, pero que era evidente que nosotros no estábamos interesados en cubrir. Nosotros sólo queríamos respuestas escuetas, cuando no existen ni pueden existir respuestas escuetas, sólo hay respuestas amplias y profundas, y si yo conseguí salir adelante en la escuela con mis conocimientos puntuales y superficiales fue sólo gracias al hecho de que hoy en día se premia el mínimo esfuerzo con sobresalientes, mientras que antes esa actitud sólo obtenía suspensos porque interesaban otras cosas. Mi padre decía, este sobresaliente que has tenido hubiera sido antes un suspenso, eso en el mejor de los casos, quizá ni eso, en el fondo mi padre pensaba que mi sobresaliente era un insuficiente. De lo que nosotros teníamos que hacer para conseguir un aprobado, decía, hoy no tenéis ni una vaga idea. Mi padre había sido un estudiante excelente y cuando nos daban las notas mi hermano ya ni se atrevía a volver a casa. A mí, me decía, aparentemente no está mal, sólo que estas notas de hoy en día no valen nada, entonces sacaba sus notas del escritorio y las comparaba. Si las mías eran mejores, eso era una prueba más de la desvalorización de las notas y evidenciaba todo lo que él ya sabía a mi edad y yo ignoraba casi por completo porque prefería tocar el piano y leer, cosas que están muy por debajo de los logaritmos, y mi padre decía siempre, eso no hace funcionar ningún motor. También decía, todo eso no sirve de nada si no se conoce la diferencia entre lo necesario y lo suficiente, y por desgracia en eso tenía razón, porque yo no comprendía esa diferencia que en nuestra familia era muy importante, tan importante como en la lógica, porque un sobresaliente era condición necesaria para no poner de mal humor a mi padre, pero no era suficiente, y en general sucedía que yo cumplía casi siempre las condiciones necesarias, pero nunca las suficientes, mientras que mi hermano no cumplía ni las necesarias. Si bien era necesario llevar sobresalientes a casa, como ese sobresaliente no era más que un pseudosobresaliente, es decir, no tenía ningún valor porque había sido concedido a unos conocimientos puntuales y superficiales, mi padre se ponía de mal humor. No soportaba la incultura ni la frivolidad en su familia, así que la condición necesaria nunca era la suficiente. Todas las condiciones necesarias se caracterizaban por no ser suficientes. Yo tocaba el piano y leía, con lo cual desperdiciaba mi inteligencia para disgusto de mi padre, porque en aquella época se daba por hecho que yo seguiría sus pasos y estudiaría una carrera científica. No iba a estudiar piano, como fue mi deseo durante un tiempo, porque mi padre no soportaba su sonido, deja de hacer ruido, me decía muchas veces cuando llegaba a casa cansado y me encontraba sentada al piano. Con todo, insistía implacablemente en que nosotros dos, mi hermano y yo tocáramos por lo menos un instrumento y practicáramos durante una hora cada día, y mientras que mi hermano no practicaba durante una hora, yo solía tocar el piano más de una hora y muchas veces me pillaba tocando el piano cuando llegaba a casa, lo que provocaba su cólera y lo ponía de mal humor. Para disculparme le decía que con una hora de práctica diaria no llegaría a ser una pianista, pero mi padre era alérgico al piano, se trastornaba cuando escuchaba mis ejercicios, yo tenía que saltar inmediatamente del taburete, guardar las partituras y cerrar la tapa del piano, mi padre era alérgico al más leve indicio de mis ejercicios de piano, por lo que poco a poco lo fui dejando y me dediqué a leer día y noche. Cuando me sentaba a ver la televisión solía quedarme dormida y tenían que llevarme a la cama. Entonces me despertaba y cuando cerraban mi puerta me ponía a leer. Estaba siempre pálida de pasar noches en blanco. Mi padre decía, esta niña parece enferma. Eso era de tanto leer. Sacaba los libros de la biblioteca sin que él se enterara y los escondía, pero siempre tenía miedo de que mi padre los descubriera. En una verdadera familia los secretos están de más, decía mi padre, y cada uno de nosotros tenía siempre mucho miedo de que le pillara algún secreto y sólo ahora que se estaba haciendo cada vez más tarde y que habíamos vaciado la botella de vino, nos habíamos liberado de nuestros miedos y temores, los tres estábamos algo achispados y sólo un resto de respeto nos impedía mirar el reloj. No miramos el reloj hasta más tarde, después de decir, seguro que ha tenido un accidente con el coche. Pero un accidente de coche puede ser cualquier cosa, hay accidentes y accidentes, eso nos decíamos, aunque en ese momento ya habíamos descartado la posibilidad de que hubiese tenido una avería, en ese caso hubiera llamado por teléfono, porque ya era muy tarde. Si uno tiene un accidente de coche, lo mínimo es que lo lleven al hospital, dijo mi hermano, y yo dije, lo mínimo. Mi madre cambió de tema y dijo, un domingo sin ese pesado de Verdi, ¿qué os parece? Porque cada domingo por la mañana se escuchaba en nuestra casa por lo menos un disco de Verdi, por lo menos uno, y mi padre silbaba la melodía y entretanto teníamos que guardar el más absoluto silencio, tan absoluto como durante la información deportiva, teníamos que quedarnos en el cuarto de estar y escuchar como mi padre silbaba Rigoletto o Aida mientras mi madre preparaba el asado, así hasta la hora de comer. Mi madre no soportaba ese eterno Verdi, como ella lo llamaba, ese sucedáneo de música, decía, ese runrún facilón de los bajos, cerraba la puerta de la cocina y no salía hasta que Verdi se había callado. Entonces abría las ventanas de par en par para dejar salir los últimos restos del Trovatore, pero lo hacía sin llamar la atención.
Resultado de imagen de birgit vanderbeke mjillones para cena Verdi es lo único que merece la pena ser escuchado, decía mi padre al final muy satisfecho, mientras que mi madre hacía lo posible por escapar al horrible coro de esclavos. Mi madre sufrió durante muchos años bajo ese coro de esclavos, bajo Verdi en general, y yo  sufrí de manera muy especial mientras mi padre silbaba la melodía, porque no nos dejaba salir del cuarto de estar mientras tenía el disco puesto. Sólo de vez en cuando teníamos suerte y mi padre ponía Mozart, porque de Mozart sólo La flauta mágica era capaz de silbarla de cabo a rabo sin vacilaciones y eso le abría el apetito para el asado. Mi madre no soportaba ni Verdi ni el asado. Puesto que durante toda la semana tenía que trabajar, cocinar, limpiar la casa, cuidar de los niños y todo lo demás, los domingos por la mañana no tenía ganas de encerrarse en la cocina, decía, pero mi padre no estaba nunca de viaje los domingos. Se marchaba de lunes a viernes, de manera que mi madre no pudo escapar ni un solo domingo a Verdi, esa peste acústica en mi cuarto de estar, como lo denominó unas cuantas veces aquella noche cuando ya estaba bastante achispada. Esa peste acústica, dije yo, tú por lo menos estás fuera, apenas la oyes, pero ella dijo, si la alternativa es o Verdi o el asado de ternera, gracias, y esa fue la primera vez en su vida que protestó. Además, nos hizo notar que Verdi era tal vez una condición necesaria pero no suficiente para un buen domingo. Entonces nos pusimos a pensar y entre las muchas condiciones necesarias no encontramos ninguna que fuera realmente suficiente para un buen domingo, y una vez más, la diferencia entre suficiente y necesario se nos hizo tan borrosa como el problema de la belleza. Ninguno de los tres lograba recordar ni un solo domingo que nos hubiera resultado medianamente suficiente, porque, naturalmente, mi padre aprovechaba los domingos para desarrollar su concepto de verdadera familia. Ya a la hora del desayuno empezaba a exponer sus ideas y decía, hoy iremos a tal o cual sitio, a veces mi hermano protestaba, otra vez, decía, y en ese caso el domingo se le acababa a primera hora de la mañana.»

    [El texto pertenece a la edición en español de La Galera Editorial, 2009, en traducción de Marisa Presas, pp. 48-54. ISBN: 978-84246-3075-1.]

sábado, 30 de enero de 2021

La ventana indiscreta y otros relatos.- Cornell Woolrich (1903-1968)

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Proyecto de asesinato

  «Dos mujeres merendaban juntas en un elegante salón de té lleno de gente. No quedaba ni una mesa libre y tan sólo por casualidad se veía algún hombre entre la clientela. A esas horas, los hombres están, por lo general, ocupados en su trabajo. Docenas de voces femeninas, en plena conversación, vibraban en el aire.
 A no ser por la tez color café con leche de las camareras, las ropas estivales de las clientas y el sopor cálido de la atmósfera, se hubiera podido creer que se trataba de un local situado en la Quinta Avenida y no de una de las islas tropicales que dependen de Estados Unidos.
 En nada se distinguían aquellas dos mujeres de las demás que allí estaban. Ambas eran elegantes, bellas y aproximadamente de la misma edad: al borde de la treintena o poco más. Una de ellas era rubia; la otra, la más bajita, morena y de piel clara. La rubia lucía una alianza. La morena, no. Realmente, en nada se distinguían de las otras mujeres que se reúnen en los cuatro extremos del mundo a esa misma hora en  lugares semejantes.
 Podría suponerse que su conversación tampoco se distinguía en nada de lo corriente: la nueva moda de sombreros, la longitud de las faldas en la nueva temporada, si es más favorecedor recogerse el cabello sobre la nuca o dejárselo suelto, algún chisme sabroso o alguna calumnia. La rubia, Pauline Baron, había convertido la conversación en un monólogo. La morena, Mary Stewart, se contentaba con escucharla, mostrando su conformidad con movimientos de cabeza o con algún comentario.
 Ambas tenían un aire natural, desenvuelto. Mary Stewart sostenía un cigarrillo entre sus cuidados dedos; de cuando en cuando Pauline se llevaba la taza a los labios y graciosamente bebía un sorbo de té. Su conversación, sin duda alguna, debía de versar acerca del mejor modo de detener una carrera en la media  o acerca de las “ocasiones” que se encuentran en los almacenes.
 Pero si alguien se hubiera acercado lo suficiente a la pequeña mesa para poder oír…
 Pauline había dejado de hablar en aquel momento y hubo una breve pausa. Luego, Mary, sacudió la ceniza del cigarrillo.
 -Entonces, si lo odias hasta ese punto, si ya no puedes soportar la vida con él por más tiempo y si además él se niega a devolverte la libertad, ¿por qué no lo matas? –sugirió tranquilamente-. ¿No lo has pensado nunca?
 Paulina la miró, como preguntándose si hablaba en serio o bromeaba.
 -Sí, desde luego, lo he pensado muchas veces –respondió con calma-. Pero ¿a qué me conduce eso? Son cosas que a una se le ocurren…
 -Sí, como a todo el mundo en una ocasión u otra –dijo Mary, moviendo la cabeza, comprensiva-. A mí me pasa con frecuencia… sin pensar en nadie preciso… teóricamente se podría decir.
 Pauline suspiró con tristeza:
 -¿A qué conduce hablar de esto? Aunque me propusiera hacerlo, no tendría valor. Las mujeres que matan a sus maridos acaban detenidas, van a los tribunales y la prensa levanta un escándalo.
 -Sí –respondió Mary, encogiéndose de hombros-, cuando son lo bastante estúpidas para dejarse capturar.
 -En esos asuntos, todas acaban cayendo.
 -Porque lo hacen mal –advirtió su amiga, bebiendo un sorbo de té antes de encender otro cigarrillo-. La gente suele recurrir a sistemas violentos: el revólver, el cuchillo o incluso el veneno. De ese modo, es inevitable que los detengan. Pero existen otros medios. Si yo quisiera desembarazarme de alguien, matar a alguien… -se interrumpió para preguntar-: ¿No te escandalizo, verdad?
 -Por supuesto que no. Las amigas sinceras, como nosotras, pueden hablar de esto con entera franqueza. Comprenderás que no voy a discutir estos asuntos con cualquiera…
 -Ni yo tampoco. Además, estamos hablando en teoría –recordó Mary, agitando el cigarrillo con un gesto gracioso-. En estos casos, lo importante es buscar el punto débil de esa persona y atacar por ahí. Esas historias de tiros o de cuchilladas quedan para los criminales. A una persona inteligente le basta con usar el cerebro para cometer impunemente un asesinato.
 Paulina miró a su amiga con interés.
 -No he comprendido muy bien qué quieres decir con lo del punto débil.
 -Te lo explicaré. Tomemos a tu marido de ejemplo. ¿Qué es lo que más le aterroriza?
 -Nada. Tiene un valor extraordinario.
 -Todo el mundo siente terror ante algo, aunque lo demás no le asuste –insistió Mary-. Tú vives con él y debes saberlo.
 -No, no lo sé –reconoció Pauline tras meditarlo.
 -Un ser humano que no sienta temor no existe. Piénsalo. ¿Le asusta el fuego? ¿El agua? ¿La altura?
 Pauline seguía reflexionando mientras movía la cabeza.
 -No, lo estoy pensando y no acierto… A menos que… Sí, ahora recuerdo algo… No fue importante pero… Sí, creo que le aterrorizan las serpientes.
 -A la mayor parte de la gente le ocurre lo mismo.
 -Cierto, pero en el caso de mi marido me pareció mucho más fuerte.
 -Bien, eso es exactamente lo que buscamos. Explícame cómo fue.
Resultado de imagen de la ventana indiscreta  y otros relatos -Estábamos en un cine de Nueva York… poco antes de venir aquí. Proyectaron un noticiario que contenía un breve reportaje sobre una granja donde criaban serpientes. Fue sólo un momento, las serpientes se retorcían en el suelo y enseguida pasaron a otro asunto. Nadie se alteró sensiblemente en la sala, excepto mi marido, que se levantó y abandonó su butaca. Creí que iba a los lavabos, pero, como te decía, antes de que pudiera llegar a la salida, trataban ya otro tema. Entonces pareció calmarse y volvió a su asiento; me di cuenta de que se secaba la frente. Más tarde, cuando regresábamos a casa, le pregunté qué le había ocurrido y me contestó que le horrorizaban tanto las serpientes que no podía soportar verlas. No le pregunté el motivo ni él me lo dijo: no hemos vuelto a hablar de este asunto.
 -Por aquí hay muchas serpientes –comentó Mary pensativa-. No en la ciudad, claro, pero las plantaciones de caña de azúcar están atestadas. –Volvió un poco la cabeza para despedir el humo-. Conozco a una vieja indígena, una especie de curandera, que las captura en grandes cantidades. Las emplea para sus remedios, me parece…
 Interrumpió la frase. Pauline mantenía la vista baja, como hipnotizada por alguna mancha del mantel.
 -Por tanto –siguió diciendo Mary-, para volver a nuestro ejemplo, por ahí deberíamos atacar. Éste es su talón de Aquiles: su fobia a las serpientes. Si tu marido creyera que hay una serpiente en libertad en su casa…
 -¿Cómo iba a creerlo? ¿Simplemente porque se lo dijéramos?
 -No, no sería suficiente. Aunque la imaginación se alimenta de fantasmas, es necesario darle un punto de partida para que trabaje. No, sería preciso que hubiera una serpiente en la casa; luego, su imaginación haría el resto.
 -No comprendo cómo…
 Mary suspiró, como un profesor ante un alumno torpe.
 -Según nuestros cálculos, basta la presencia de una serpiente para que tenga un ataque de terror, ¿no es cierto?
 -Sí, pero eso no bastaría para causarle la muerte.
 -Claro, si no pasara de ahí. Pero si la tensión se mantuviera durante algún tiempo, estoy segura de que le provocaría la muerte.
-¿Y cómo mantener la tensión? Por mucho miedo que tuviera Donald, buscaría un revólver para matarla.
 Mary alzó las cejas para mostrar la impaciencia que le causaba tanta incomprensión.
 -Bien, tú debes ingeniártelas para que no lo haga. Te he dado el punto de partida para llevar a cabo tu plan. Si se lo permites, no cabe duda de que huirá o intentará matarla y la cosa no pasará de un susto horrible. Pero si le quitas la libertad de movimiento, si lo reduces a la impotencia y mantienes su terror en ebullición durante mucho tiempo, eso acarrea la muerte, una muerte causada por la imaginación. ¿Comprendes?
 La rubia Pauline, la esposa de Donald Baron, no dijo nada y se limitó a morderse las uñas.»
 
  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Espasa Calpe, 2008, en traducción de Jacinto León, pp. 67-71. ISBN: 978-84-670-2835-5.]