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domingo, 31 de diciembre de 2023

El mapa de los afectos.- Ana Merino (1971)

La poesía está viva: Ana Merino
            22.- Amor verdadero

  «El amor había sido la respuesta. Esa pulsión del organismo que nos atrapa con su química invisible. Así de simple, una catarata de amor desbordado había cambiado el rumbo de la vida de Valeria. Algo parecido a un chaparrón torrencial que arrastró todo lo anterior. Valeria vio en ese nuevo enamoramiento la oportunidad de escapar de su realidad e inventarse otra. Cuando cambias de país y de idioma, todo tiene otro sentido. En su viaje de novios descubrió que se había casado con el hombre equivocado y que, por lo tanto, quería abandonarlo, borrar el rastro de su boda y los planes de futuro que habían labrado durante meses.
 Cuando recordaba los días de la ruptura todavía sentía la angustia pegajosa de su desamor asustado. ¿Cómo escapas de una relación en medio de un país del que apenas conoces el idioma? Valeria no sabía si quería a su marido y, después de una serie de acaloradas peleas dentro del coche de alquiler, no se le ocurrió nada mejor que subirse a un autocar y desaparecer en un momento en el que su esposo se ausentó para ir al baño. Su impulsiva fuga fue el germen de un enamoramiento definitivo que le dio coraje para decirle adiós a Paul. Valeria solía enredarse con el amor; antes de su fallida boda había vivido un apasionado idilio con Tom, un hombre bastante mayor que ella, y eso ya la llevó a dudar mucho a la hora de casarse. Pero Paul y ella tenían la misma edad y enseñaban juntos en la escuela. La juventud los hizo ilusionarse con la idea del matrimonio como la prueba definitiva que daba sentido al futuro que soñaban. Sin embargo, la convivencia de unos días en la luna de miel por España mostró aspectos de la personalidad de Paul que a Valeria le resultaron insoportables, y la imagen idealizada del matrimonio que acababan de inaugurar se desmoronó de inmediato. Por eso se subió a un autocar rumbo a lo desconocido en una estación de servicio cuando Paul la dejó sola unos minutos. No tuvo el impulso de largarse con el coche de alquiler y dejarlo tirado, que hubiera sido otra opción, sino que quiso desprenderse de cualquier rastro de aquella convivencia marital, abandonarlo con todo y desaparecer. Montarse en el autocar fue su gran heroicidad, dejarse llevar por algunas horas en el balanceo absorto de la carretera que la condujo al puerto de Algeciras.
 Aunque en realidad no supo dónde estaba hasta que no se lo explicaron los guardias civiles que la vieron deambular llorosa por el aparcamiento. A Manuel, un joven guardia civil gaditano, las clases de inglés que recibía en una academia por las tardes le vinieron estupendamente para echarle una mano a aquella estadounidense desorientada. Con sus radiantes treinta y tres años y el título del First Certificate se encargó de ayudar y coordinar el reencuentro de Valeria con su marido, que ya había puesto una denuncia pensando que la habían secuestrado. Para cuando Paul llegó al puerto de Algeciras, el guardia civil y Valeria ya se habían fijado el uno en el otro y notaban una atracción increíble. ¿En qué consistió este sorprendente enamoramiento? Ninguno de los dos sabría explicarlo con precisión, pero ambos sintieron que no podían estar el uno sin el otro. Que el mundo dejaría de tener sentido si ella se marchaba de vuelta con su esposo. Nada de esto se dijeron, pero la química invisible que respiraron el tiempo que pasaron juntos en el puesto fronterizo generó su propia magia. A ambos se les aceleraron los latidos del corazón, se miraban y sonreían con gesto ridículo, les sudaban las manos y se sentían atraídos de una forma vertiginosa. Manuel se dio cuenta de que estaba enternecido y fascinado con Valeria cuando por radio le confirmaron que un estadounidense que no hablaba español buscaba agobiado a su mujer por la carretera. Valeria ya estaba tranquila sentada en una silla, absorta en sus cosas mientras miraba por la ventana del aparcamiento. Pensaba en lo guapo que era el guardia vestido de verde que la miraba de reojo y le sonreía, en lo azul que era el mar y en lo bien que se sentía en la oficinita de chapa prefabricada con el chico de labios carnosos que se esforzaba por hablarle en inglés británico. Manuel sintió la tentación de decirles a sus compañeros que por allí no había pasado ninguna americana, que buscaran en otro lado, que ese día el tránsito había sido el de siempre, sin demasiados sobresaltos.
 Paul sintió una profunda e inquietante culpa en el transcurso de aquellas nefastas horas que pasó buscando a su mujer, en ese día absurdo y calurosísimo. Se dio cuenta de que no la amaba y de que no quería envejecer a su lado. Pero desear aquello con Valeria desaparecida le parecía siniestro. Había querido perderla de vista para siempre mientras terminaba de orinar y se miraba al espejo. Había maldecido su precipitada boda, anunciada ya como una catástrofe por su madre, que le aconsejó que no se casara con aquella chica, que todavía eran muy jóvenes y que además presentía que era una inconsciente.
  —Nunca me escuchas, Paul, y las madres lo presentimos todo —le había dicho en varias ocasiones su progenitora con tono melodramático—, es como si fuéramos videntes, como si pudiéramos anticipar el futuro de nuestros hijos.
 La madre ponía los ojos en blanco y resoplaba quebrando la voz y fingiendo estar al borde del llanto:
 —¿Cuándo entenderás que yo ya he vivido muchas vidas enamoradas, y me he equivocado? Pero he aprendido, por eso debes hacerme caso. Siento en el alma tener que decirte todo esto. No duraréis mucho, no te imaginas lo que me duele esta certeza.
 —Mamá, por favor, no quiero oírte. No empieces otra vez.
 —Qué pena, qué pena más grande —murmuraba la mujer como si estuvieran hablando de una desgracia.
 —Verás como todo sale bien —decía Paul intentando consolarla.
 —Ojalá tengas tú razón y yo esté equivocada —añadía ella, aunque a los pocos minutos volvía a sus teorías visionarias sobre el matrimonio, comentando los enlaces fallidos de los hijos de sus amigas—: Russell, el hijo de Judy, no duró ni cinco años con esa chica tan dispuesta. Mira que llevaban más tiempo de noviazgo que tú con tu amiga, pero una vez casados no fueron capaces de aguantarse, porque, cariño, el tema del amor no es tan fácil.
 El enamoramiento del chico pasó por encima de las advertencias de su compungida progenitora. Por mucha experiencia que tuviera su madre, él había tenido que vivir en primera persona la magnitud de su absoluto desencuentro con Valeria. En diez días infernales, el calor andaluz había licuado toda la consistencia amorosa que daba sentido a la pareja. Obviamente, ni su madre había sido capaz de intuir eso. Ella les concedía cinco años de vida matrimonial, o tal vez siete, que es el número que suelen dar los sociólogos que evalúan el desamor y los divorcios en las revistas femeninas de salud y belleza. Siete años equivalía a un ciclo de vivencias y eso la madre de Paul lo sabía mejor que nadie.
 Paul pensó primero que Valeria había ido también al baño. Fue al cabo de más de media hora esperando a que saliera cuando presintió que algo raro pasaba. Se puso a buscarla y empezó a asustarse. Nadie había visto nada, y los dueños de la cafetería decidieron avisar a la policía para que ayudara a ese joven americano desconcertado que daba vueltas por las instalaciones pidiendo ayuda.
 Cuando la localizaron en el puerto de Algeciras fue sencillo seguir el recorrido que le habían marcado los agentes en el mapa. Durante las horas que Paul pasó solo conduciendo en dirección al puerto, trató de imaginar los pasos de lo que sería la ruptura definitiva. Imaginarse otra vez en el coche con ella le parecía asfixiante, pero estaba claro que tendrían que hablar. Ahora que entendía que su rabia era desamor, quizá podrían ahorrarse nuevas y absurdas peleas. Se habían dicho cosas espantosas y sentía un enorme rechazo hacia su mujer. ¿Cómo podía un viaje tener un efecto tan pernicioso? Tantas horas junto a Valeria por las carreteras lo habían trastornado. La piedra de las torres y las murallas, los campanarios, los ábsides, los altares, la imaginería ensangrentada de los cristos, las plazuelas, los platillos de aceitunas, el salmorejo, las horas de la siesta, el murmullo de la gente en las calles, el calor noche y día, ese calor denso e irrespirable..., la suma de todas las sensaciones y las imágenes como una melodía seca macerada en la respiración sudorosa de su cansancio.
 Al llegar al muelle y verla junto al guardia civil tuvo una iluminación. La silueta de sus cuerpos tensos junto a la puerta de la oficina prefabricada, mezclada con la calima de ese aire seco que venía del Sáhara, dibujaba una realidad paralela a su propia relación que a Paul le resultó liberadora. Vio en ellos la posibilidad del amor y en él mismo la salida digna que ofrecen los gestos más sencillos. Así que decidió abandonarla, que en el fondo era lo mejor para ambos. Despedirse de ella de manera rápida y elegante y que se quedara junto a ese hombre de uniforme que lo miraba con curiosidad y tristeza.
 Valeria no quería regresar con Paul, la aterraba volver a subirse al coche de alquiler con su marido, y cuando vio que ni siquiera la miraba y que sacaba sus cosas del maletero y le devolvía la alianza, suspiró aliviada. Su huida había sido el mensaje silencioso que Paul necesitaba entender. Todo había terminado entre ellos y no era ese el momento de las explicaciones y los análisis. La verdad es que nunca hubo necesidad de verbalizar los sentimientos del final.
 El divorcio, unos meses después, fue un trámite sencillo porque no tenían propiedades ni hijos en común. Valeria ni se presentó en el juzgado, no hizo falta, y Paul regresó a su rutina de docente aliviado de haberse separado tan rápido. Rehízo su vida sin dar demasiadas explicaciones a nadie, ni siquiera a su madre, y una década después se casó con una mujer llamada Megan que conoció en un bar. Se fueron de viaje de novios por Alaska, evitando así el calor, y no hubo absurdas ni iracundas discusiones. Fueron padres de tres hijos que les darían muchas alegrías y media docena de nietos. A Paul siempre le quedó claro que Valeria no era la mujer de su vida y que haberse separado había sido la mejor decisión. Tampoco tuvo nunca curiosidad por saber qué había sido de ella. Cuando despegaba del aeropuerto de Madrid de regreso a Estados Unidos se despidió para siempre de ese país y de Valeria. Ella se quedaba en ese territorio abrasador y él regresaba a su mundo.
 Valeria se asentó en el paisaje de aquella frontera marina y luminosa. El horizonte de luz densa, de espuma y agua salada se convirtió en el hogar definitivo de su alma inquieta. Había hallado cobijo en la costa de un mar cálido y de aspecto dócil donde en los días transparentes podía ver el contorno de África. Su nueva vida se dibujaba entre Algeciras y Tarifa, y fue feliz. Durante muchos años encontró serenidad en aquel rincón del mundo, el paraíso de los surfistas, de los Peter Pan que buscan el sendero de las olas y las montan como equilibristas de un gran circo de espuma y algas; los que viven la dicha sobre las olas de varios metros y abrazo alargado y juguetón. Valeria no pudo imaginarse otro lugar donde estar que no fuera esas costas. Se quedó con Manuel y desde la primera noche durmieron abrazados, aliviados de haberse encontrado en un mundo donde el amor verdadero es azaroso y casi imposible. Sus cuerpos desnudos sintieron el cosquilleo del placer como la inmensidad del universo. En ellos estaba el impulso primitivo de los seres vivos, pero también el deleite humano del amor con su respiración sostenida en el instante mismo del gozo compartido.
 Los primeros años, Valeria fue profesora de inglés en la academia en la que Manuel había estudiado. Luego aparecieron las oleadas de inmigrantes y se integró en el equipo de la Cruz Roja que ayudaba a los que llegaban. Desde entonces ha conocido a miles de personas desesperadas, ha anotado sus nombres y su lugar de origen en fichas, ha coordinado los grupos y las urgencias. Ha escuchado los lamentos y las historias aterradoras de sus viajes infernales. Ella, que tuvo la suerte de encontrar a Manuel, se pregunta muchas veces si todas esas almas desesperadas hallarán su lugar en la Tierra.
 —¿Qué hay que hacer para que los de aquí entiendan lo que esta gente está pasando y no les tengan miedo? —le pregunta Valeria a Manuel.
 —Ojalá lo supiera —responde el guardia civil.
 Manuel es consciente de que en el fondo son muy pocas las personas capaces de meterse en la piel de los que llegan a las playas; hasta que no lo vives, no los tienes cerca y los observas respirar exhaustos, no comprendes la magnitud de lo que sucede. En ellos, en su sufrimiento, está contenida la historia de todas las migraciones, el relato de las civilizaciones y sus desequilibrios, la lucha por existir, por esa subsistencia que ha dibujado el mapa de los siglos.
 Valeria sueña a veces con los ahogados que las olas depositan en la orilla, y a los números que le asignan les otorga nombres secretos y se imagina sus vidas hermosas en lugares exóticos donde fueron concebidos con amor. Los días más tristes, cuando están desbordados por la rabia y la pena, Valeria traza con la mirada un gran puente de quince kilómetros que une los dos continentes. Cada día reza para que nadie se ahogue en ese mar tan hermoso y se lamenta con Manuel de la falta de recursos, del dolor que recorre la costa, del vacío que habita en la desesperación de todos los náufragos de la pobreza y la guerra.
 —Esta mañana hemos rescatado a dieciocho con vida, pero hemos perdido a veinte. —El rostro de Valeria hace una mueca de dolor contenido y sigue hablando—: Ya han recuperado los cuerpos. Había dos mujeres embarazadas, tres niños, y los demás eran hombres jóvenes, no creo que ninguno tuviera más de treinta y cinco años.
 A Manuel le preocupa cómo Valeria digiere el abismo de esos cadáveres, piensa que carga sobre sus hombros toda la congoja fantasmal de los cuerpos inertes. Sabe que no los olvidará y que irá a trabajar fingiendo estar entera porque es más útil en el mundo de los supervivientes que la miran esperanzados, a los que entrega, con verdadero amor, una botella de agua y una manta.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones destino, 2020, pp. 149-154. ISBN: 978-84-2335-693-5.]


lunes, 15 de febrero de 2021

Epigramas.- Marco Valerio Marcial (40-104)

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XXXIV.- Haz lo que quieras, pero con recato (Libro I)

 «Sin guardar, Lesbia, y abiertas siempre tus puertas, pecas y no ocultas tus devaneos y te causa más placer un mirón que un adúltero y no te son gratos los goces, si se quedan ocultos algunos. En cambio, una meretriz aleja a los testigos con la cortina y el cerrojo y son raras las rendijas abiertas en un prostíbulo del Summenio. De Quíone, al menos, o de Yade, aprende pudor: hasta los mausoleos esconden a las más degeneradas y a las zorras. ¿Acaso mi reprensión te parece demasiado dura? Te estoy prohibiendo que te sorprendan, Lesbia: no que se te tiren. […] 

XIII.- Pleitos tengas y los ganes (Libro II)

 Te reclama el juez y te reclama el abogado: mi opinión es, Sexto, que pagues al acreedor. […]

XV.- Un escrupuloso (Libro II)

 Eso de no pasar tu copa a nadie, lo haces por humanidad, Horno, no por soberbia. […]

LXXX.- Cada cosa a su tiempo (Libro IV)

 Declamas teniendo fiebre, Marón: si no sabes que eso es una locura, no estás en tus cabales, amigo Marón. Declamas estando enfermo, declamas con tercianas: si no puedes sudar de otra forma, es razonable. –“Pero es que el asunto es importante”. –Te equivocas, cuando la fiebre abrasa las entrañas, el asunto importante es callar, Marón. […]

XX.- Sabemos vivir, pero lo dejamos para más tarde (Libro V)

 Si me estuviera permitido, querido Marcial, pasar contigo unos días sin preocupaciones, disponer de un tiempo desocupado y disfrutar  juntos la verdadera vida, no conoceríamos los atrios, ni las casas de los poderosos, ni las tormentas de los pleitos, ni el triste foro, ni las imágenes soberbias de los antepasados; sino los paseos en litera, los cuentos, los libritos, el Campo, el Pórtico, la sombra, el Agua Virgen, las termas: éstos serían nuestros sitios, éstas nuestras ocupaciones. Pero ahora ninguno de los dos vive para sí y vemos que nuestros buenos días huyen y se nos escapan y, aunque los perdemos, se cargan en nuestra cuenta. ¿Alguien, sabiendo vivir, lo deja para más tarde? […]

LVI.- Cualquier ocupación da más dinero que las letras (Libro V)

 Hace tiempo, Lupo, que buscas preocupado y me preguntas a qué maestro confiar la educación de tu hijo. Te aconsejo que evites a todos los gramáticos y rétores, que no vea ni por el forro los libros de Cicerón ni de Virgilio, que deje a Tutilio con su fama. Como haga versos, deshereda al poeta. ¿Quiere aprender oficios de dinero? Procura que se haga citaredo o flautista de acompañamiento. Si el muchacho tiene visos de ser duro de mollera, hazlo pregonero o arquitecto. […]

LVIII.- ¿Vivirás mañana? (Libro V)

 Dices que empezarás a vivir mañana, “mañana” dices, Póstumo, siempre. Dime, ese “mañana”, Póstumo, ¿cuándo llega? ¡Qué lejos está ese mañana! ¿Dónde está? ¿Adónde hay que ir a buscarlo? ¿Se oculta quizás entre los partos y los armenios? Ese “mañana” tiene ya los años de Príamo o de Néstor. Ese “mañana”, ¿por cuánto, dime, se puede comprar? ¿Vivirás mañana? Vivir hoy es ya ir con retraso. Persona sensata es, Póstumo, quien vivió ayer. […]

 LXXXI.- Dinero quiere a dinero (Libro V)

Resultado de imagen de marcial epigramas fernando el catolico Siempre serás pobre, si eres pobre, Emiliano: hoy día las riquezas no se dan a nadie más que a los ricos. […]

LXXIV.- Cambias de oficio, pero no de tarea (Libro VIII)

 Ahora eres gladiador, antes habías sido oculista. Hiciste de médico lo que estás haciendo de gladiador. […]

XLVII.- Filósofo, pero maricón (Libro IX)

 A los Demócritos, a los Zenones y Platones, que no has visto ni por el forro, y a todos aquéllos que se representan desaliñados en bustos greñudos, los mencionas como si fueras el sucesor y heredero de Pitágoras. Y, ciertamente, no te cuelga una barba menos corrida. Pero –algo que para los que huelen a bosque es deseable y vergonzoso para los de pelo en pecho- a ti te gusta tenerla tiesa entre tus muelles nalgas. Tú que conoces los orígenes y el peso de las escuelas filosóficas, dime, Pánico, ¿qué principio filosófico es que a uno se la metan? […]

XCII.- Vive mejor el siervo que el señor (Libro IX)

 Cuáles son los inconvenientes del señor, cuáles las ventajas del esclavo, no los sabes, Cóndilo, tú, que te quejas de llevar mucho tiempo de esclavo. Tu esterilla sin ningún valor te proporciona sueños sin preocupaciones; Gayo, fíjate, se acuesta sobre plumas sin pegar ojo. Con las primeras luces, Gayo saluda tiritando a innumerables señores; en cambio, tú, Cóndilo, ni a tu dueño. “Lo que me debes, Gayo, devuelvémelo”, dice Febo y, desde el otro lado, Cínamo; esto, Cóndilo, no te lo dice nadie a ti. ¿Tienes miedo al verdugo? La podagra y la quiragra tienen a Gayo hecho trizas y preferiría sufrir mil azotes. El hecho de no vomitar por la mañana ni lamer coños, Cóndilo, ¿no lo prefieres a ser tres veces tu propio Gayo?  […]

XLVII.- Requisitos de una vida feliz (Libro X)

 Lo que hace más feliz la vida, gratísimo Marcial, es esto: una hacienda no ganada con el trabajo sino por herencia; un campo no desagradecido, un hogar siempre encendido; pleitos nunca, toga poca, la conciencia tranquila; un vigor congénito, un cuerpo saludable; una prudente sencillez, unos amigos de la misma condición; unos convites fáciles, una mesa sin artificio; unas noches sin borracheras, pero libres de preocupaciones; un lecho nada triste y, sin embargo, púdico; un sueño que haga cortas las noches; lo que uno sea, querer serlo y no querer nada más; el último día, ni temerlo ni desearlo. […]

XXXIV.- No hay que aficionarse demasiado a nadie (Libro XII)

 Treinta y cuatro siegas, si no recuerdo mal, he pasado contigo, Julio. Sus dulzuras se han mezclado con amarguras, pero, sin embargo, han sido agradables en su mayor parte. Y si todas las piedrecitas, distintas y de dos colores, se apartan a un lado y a otro, vencerá el montón blanco al más negro. Si quieres evitar ciertas amarguras y guardarte de los mordiscos de un alma afligida, no te hagas demasiado familiar para nadie: gozarás menos y menos sufrirás. […]

XLII.- Boda de homosexuales (Libro XII)

 El barbudo Calístrato se desposó ayer con el rudo Afro, con el mismo ritual con que una doncella es costumbre que se despose con un hombre. Alumbraban en cabeza las antorchas, cubrió su rostro el velo de novia y no te faltaron, Talaso, tus palabras. La dote también se fijó. ¿Todavía no te parece esto, Roma, suficiente? ¿Esperas, acaso, que también para?»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de la Institución “Fernando el Católico” de la Diputación Provincial de Zaragoza, 2004, en traducción de José Guillén y Fidel Argudo, pp. 24, 48-49, 108, 116, 125, 131, 198, 213, 225, 241, 292-293. ISBN: 978-84-7610-107-0.]
 

domingo, 14 de febrero de 2021

Némesis.- Agatha Christie (1890-1976)

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Capítulo XVIII: El archidiácono Brabazon

 «-¿Puede usted decirme por qué no se casaron? Por favor, no me tome por una entrometida. No es la curiosidad lo que me mueve. Yo también tengo un propósito definido, aunque lo mío no es un peregrinaje sino una misión. Yo también quiero saber por qué no se casaron Michael Rafiel y Verity Hunt.
 El archidiácono miró  a su interlocutora con una expresión pensativa.
 -Veo que está usted involucrada en este asunto, aunque no sé sus razones.
 -Estoy involucrada por expreso deseo del padre de Michael Rafiel. Antes de morir me pidió que lo hiciera.
 -No hay ningún motivo que me impida decirle lo que sé –manifestó el archidiácono-. Usted me pregunta lo mismo que me hubiera preguntado Elizabeth Temple, me pregunta algo que no sé. Aquellos dos jóvenes, miss Marple, querían casarse. Habían hecho los preparativos para la boda. Yo oficiaría la ceremonia. Era una boda, por lo que entendí, que debía mantenerse en secreto. Conocía a los dos jóvenes. Conocía a mi querida Verity desde que era una niña. Yo la preparé para la confirmación. Yo oficiaba las misas de Cuaresma, la Pascua y, en ciertas ocasiones en el colegio de Elizabeth Temple. Era un colegio excelente y ella una mujer extraordinaria, una maestra única en su clase, con una gran capacidad para valorar la capacidad de sus alumnas, para saber cuál era su vocación. Aconsejaba que estudiaran una carrera a aquéllas que disfrutarían haciéndolo y no obligaba a aquéllas que no sacarían ningún provecho.
 Era una gran mujer y una gran amiga. Verity era una niña, mejor dicho muchacha, de las más bellas que he conocido a lo largo de mi vida. Hermosa de mente y de corazón, además de la belleza física. Tuvo la gran desgracia de perder a sus padres antes de llegar a la edad adulta. Ambos murieron en un accidente de avión cuando volaban hacia España. Cuando acabó el colegio, Verity se fue a vivir con miss Clotilde Bradbury-Scott, a la que sin duda usted conoce, ya que vive aquí. Era amiga íntima de la madre de Verity. Eran tres hermanas, aunque la mediana estaba casada y vivía en el extranjero, o sea que sólo dos vivían aquí.
 Clotilde, la hermana mayor, quería muchísimo a Verity. Hizo todo lo posible por darle una vida feliz. La llevaba al extranjero, le pagó los estudios de arte en Italia y se ocupó de ella con un gran cariño en todos los sentidos. Verity llegó a quererla como si fuera su verdadera madre. Dependía de Clotilde, que era una intelectual y muy culta. No insistió en que Verity estudiara una carrera, pero eso sólo porque Verity no quería estudiar ninguna. Prefería estudiar arte, música y cosas por el estilo. Vivía aquí, en la casona, y creo que tuvo una vida muy feliz. Por lo menos, parecía serlo. Naturalmente, no la volví a ver cuando se trasladó aquí, porque Fillminister, donde yo era párroco de la catedral, está a unas sesenta millas de aquí. Le escribía por Navidad y por las fiestas, y ella siempre me recordaba enviándome una felicitación. Pero no supe nada más de ella, hasta que un buen día apareció sin más, convertida en una hermosa mujer, en compañía de un joven muy atractivo a quien yo conocía, el hijo de Mr. Rafiel, Michael. Vinieron a verme porque estaban enamorados y querían casarse.
 -¿Accedió usted a la petición?
 -Sí, lo hice. Quizá crea usted, miss Marple, que no debí acceder a la petición. Era obvio que había venido a verme en secreto. Me imaginé que Clotilde Bradbury-Scott había intentado impedir el romance entre ellos. Estaba en todo su derecho. Michael Rafiel, y se lo digo con toda franqueza, no era el marido que nadie querría para una hija o un familiar. Ella, en realidad, era muy joven para tomar una decisión y Michael siempre había causado problemas desde muy joven. Había tenido que presentarse ante el tribunal de menores, tenía amigos delincuentes, había participado en actividades del crimen organizado, había saqueado edificios y cabinas de teléfono. Había mantenido relaciones íntimas con varias muchachas y debía pagar varias pensiones de paternidad. Sí, era un demonio en cuestión de mujeres, pero era muy guapo y atractivo. Las muchachas se enamoraban de él y se comportaban como verdaderas tontas. También había estado en la cárcel en dos ocasiones. A pesar de su juventud, tenía un largo historial delictivo. Yo conocía a su padre, y creo que él hizo todo lo posible, todo lo que podía hacer un hombre de su carácter para ayudar a un hijo. Acudió en su ayuda, le consiguió trabajos en los que podría haber destacado, pagó sus deudas, pagó los daños. Hizo todo eso, pero no sé si…
  -¿Cree usted que podría haber hecho más?
 -No. He llegado a una edad en la que sé que debemos aceptar a los seres humanos tal como son. No creo que Mr. Rafiel sintiera afecto por su hijo, al menos un afecto normal entre padre e hijo. Digamos que, como mucho, lo apreciaba. En ningún momento le dio el amor de un padre. Tampoco sé si las cosas hubieran sido de otro modo si se lo hubiese dado. Quizá no hubiera representado ninguna diferencia. La situación era penosa. El muchacho no era un estúpido. Tenía inteligencia y talento. Podría haber triunfado de habérselo propuesto, pero su naturaleza le empujaba a ser un delincuente.
Resultado de imagen de némesis rba Tenía algunas cualidades que sería injusto negarle. Tenía sentido del humor, era generoso y amable. Era capaz de echar una mano a un amigo, siempre dispuesto a ayudarle a salir de un apuro. En cambio, trataba muy mal a sus amigas, las ponía en una situación comprometida y después las abandonaba para irse con alguna otra chica. Así que me enfrenté a aquellos dos y acepté casarlos. Le expliqué a Verity, le expliqué sin pelos en la lengua, cómo era el muchacho con el que quería casarse. Descubrí que él no había intentado engañarla. Se lo había contado todo. Sus problemas con la policía y su comportamiento con las otras chicas. Le había prometido que el matrimonio sería el punto de partida de una nueva vida, que estaba dispuesto a pasar página y a cambiar. Le advertí a Verity que eso no pasaría, que las personas no cambian, que sólo tienen la intención de hacerlo. Creo que Verity lo sabía tan  bien como yo. Admitió que lo sabía. Me dijo: “Sé cómo es Michael. Sé que siempre será como ahora, pero le quiero. Quizá pueda ayudarle o quizá no, pero debo correr el riesgo”.
 Le diré una cosa, miss Marple. He casado a muchos jóvenes, he visto hundirse sus matrimonios, pero también he visto muchos que han salido adelante. Sé cuándo una pareja está enamorada de verdad. Y no me refiero sólo a sentirse atraídos sexualmente. Hoy se habla mucho del sexo, se le presta demasiada atención. No quiero decir que haya nada malo en el sexo, eso es una tontería, pero el sexo no puede reemplazar el amor; lo acompaña, pero no puede triunfar en solitario. Amar significa cumplir los votos matrimoniales para bien o para mal, en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad. Ésos son los compromisos que asumes cuando estás enamorado y te casas. Aquellos dos se querían hasta que la muerte los separara. Aquí termina mi relato –afirmó el archidiácono-. No puedo seguir porque no sé lo que ocurrió. Sólo sé que acepté hacer lo que me pedían, que hice todos los preparativos. Fijamos un día, la hora y el lugar. Creo que sólo se me puede reprochar haber aceptado mantenerlo en secreto.
 -¿No querían que nadie lo supiera?
 -No. Verity no quería que nadie se enterara y estoy seguro de que Michael compartía el mismo deseo. Tenían miedo de que alguien se interpusiera. Creo que en el caso de Verity, además del amor, había un deseo de libertad, algo muy natural si consideramos las circunstancias de su vida. Había perdido a sus padres, había entrado en una nueva etapa de su vida, después de la muerte de éstos, a una edad en que las colegialas sienten afecto extraordinario por una persona determinada. Es un estado que no dura mucho y es una parte natural de la vida. A partir de entonces, pasas a una nueva etapa donde te das cuenta de que lo quieres en la vida es algo que te complemente: una relación entre un hombre y una mujer. Empiezas a buscar pareja, la que quieres para toda la vida. Si eres prudente, te tomas tu tiempo, tienes amigos, pero continúas esperando, como les decían las viejas niñeras a sus pupilas, que aparezca Mr. Perfecto. Clotilde Bradbury-Scott era muy buena con Verity y creo que ella la tenía en un pedestal. Tenía mucha personalidad. Era una persona inteligente, capacitada, interesante. Creo que Verity la quería de una manera casi romántica y que Clotilde llegó a quererla como si fuese su hija.
 Por lo tanto, podemos decir que Verity llegó a la madurez como una persona muy querida, que llevaba una vida interesante con estudios cuidadosamente elegidos para estimular su intelecto. Llevaba una vida feliz, pero creo que poco a poco fue consciente, aunque sin saberlo, de que necesitaba escapar para sentirse libre. Quería escapar, aunque no tenía claro el porqué o dónde. Pero lo supo después de conocer a Michael. Quería ser libre para disfrutar de una vida en la que el hombre y la mujer se unen para dar un nuevo paso en este mundo.
 Pero, al mismo tiempo, sabía que era imposible hacerle comprender sus sentimientos a Clotilde. Era consciente de que Clotilde se opondría tenazmente a toma en serio el amor que sentía por Michael. En cuanto a Clotilde, mucho me temo que tenía razón. Ahora lo comprendo. Michael no era el marido que Verity se merecía. El camino que deseaba emprender no la llevaría a una vida plena de felicidad y alegría, sino al dolor, a la desesperación y a la muerte. Verá, miss Marple, tengo un terrible sentimiento de culpa. Mis intenciones eran buenas, pero no comprendía algo que debería haber tenido muy claro.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial RBA, 2008, en traducción de Alberto Coscarelli, pp. 163-167. ISBN: 84-473-5662-1.]