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sábado, 21 de marzo de 2020

El ciudadano contra los poderes.- Alain [Émile-Auguste Chartier] (1868-1951)

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III.-Los poderes contra los ciudadanos
3.-El Estado avasallador por su función

Nº 9.- No creáis nunca lo que dice un Hombre de Estado

«No creáis nunca lo que dice un Hombre de Estado. Se trata de un hombre que habla de su oficio, y que a veces habla bien de él; pero no está en la lógica de las cosas sacrificar todos los oficios para que el fontanero, por ejemplo, pueda desempeñar fácil y agradablemente el suyo. "Los que no son fontaneros -dice el fontanero- no se dan cuenta de lo que significa ser fontanero, y no nos otorgan ventajas ni gran importancia. Son unos ingratos. ¿Qué sería de ellos si no existieran los fontaneros?" El automovilista que circula sobre ruedas considera al peatón un ser molesto y descuidado; pero el peatón no se deja convencer, y no renuncia a andar por los caminos.
 El hombre apresurado que no se preocupa de desgastar sus frenos ni sus neumáticos no comprende lo que hace una bandada de gansos en la carretera; pero los gansos van tras su comida o hacia su charca. De idéntica manera, el gobernante sigue su ruta y se asombra de que los gansos no se alineen a su paso, dejándolo todo para admirar lo bien que rueda el carro del Estado. "Los gansos son necesarios, lo admito -dice el Hombre de Estado-, pero donde yo quiera que estén, y no donde quieran ellos." Esta clase de razonamiento nunca ha conseguido persuadir a los gansos, porque los gansos son animales; pero alguna vez ha persuadido a los hombres, porque los hombres son seres lo bastante contemplativos como para ponerse por un momento en el lugar de otro.
 La guerra es una situación admirable, lo reconozco, en la que los gobernantes subordinan todos los asuntos de los restantes hombres a sus proyectos. Es preciso haber visto cómo los jefes militares se instalan y alardean, relegando a los civiles a un estrecho rincón, y sorprendiéndose si todavía osan quejarse. "¿Pero cómo? ¿No estamos aquí por su bien y para su seguridad?" Razonamiento irrefutable, el mismo de los empedradores que tienen mi calle levantada y llena de zanjas desde hace más de un mes y que me ofrecen un tablón tambaleante para pasar por encima de un precipicio rocoso.
 Los ciudadanos admiten con facilidad la necesidad de jefes y administraciones, como admiten también la necesidad de empedradores y de fontaneros. Aceptan con menos facilidad que el hombre de la calle se vea siempre importunado y limitado, mientras los poderes campan libremente. "Porque -dice el ciudadano- admito que la seguridad y los poderes públicos tienen su importancia, pero existen otros bienes, como vivir, producir, comerciar; esos bienes no serían nada sin seguridad y quizás incluso sin poder; pero en cambio, seguridad y poder son sólo palabras, ajenas a la común y humilde prosperidad. Haga usted, por lo tanto, su oficio de gobernante y aceptaré ciertas molestias para ponérselo fácil; pero que los gobernantes se molesten también por mí. Sé muy bien en lo que se convertirían nuestras calles si el empedrador fura el único juez. Como también sé por experiencia cuáles son las actividades del gobierno cuando se le deja hacer: ejércitos, querellas ruinosas y asombrosas demoliciones, diciendo siempre que no se puede hacer otra cosa. Y de buena fe. El empedrador bloqueará toda la calle y amontonará los adoquines en vuestro patio, si le hacemos caso."

Nº 10.-Todo hombre inventa y organiza

 Todo hombre inventa y organiza, y muy pronto llega a una única idea: "Las cosas son como son", dice el genio en su pequeño rincón. Es de razón que sea el médico quien juzgue de medicina, el mecánico de mecánica y el estadístico de estadística. En cuanto el contable se inspira en este principio evidente, no le queda a nuestro hombre más que hacer los petates para la "Maison des Pauvres", suponiendo que no haya sido ya embargada por haber seguido las reglas de la perfección, que son mortíferas. Pero voy a seguir en sus absurdas consecuencias un ejemplo que no es del todo imaginario.
Resultado de imagen de el ciudadano contra los poderes ed. tecnos Supongamos una red ferroviaria que tenga autorización para incurrir en gastos, en nombre del bien público. Dejo circular las monstruosas locomotoras y los vagones grandes como edificios, y decido que el equipo del turno de noche, cobrando paga doble, reemplace unas agujas que en seguida serán arrancadas. Pero hete aquí que un gran médico, harto de ocuparse de tanto estómago, y entusiasta de la organización, propone que se implante el servicio de salud de la red ferroviaria, y que el médico sea escuchado. Ya le tenemos de director, y obviamente bien pagado; su yerno será subdirector, sus primos inspectores de primeros auxilios y camillas; todo esto es evidente. Les supongo a todos competentes y activos, y eso es lo peor. Porque, ante todo, habrá puestos de socorro muy bien dotados de enfermeros y auxiliares. ¿Quién puede oponerse a ello? La monstruosa locomotora puede arrancar los raíles como si fueran paja y el accidente es posible; ya ha ocurrido. ¿Estamos preparados para ello? Esa pequeña pregunta, que hace prosperar a los aviones y a los cañones, puede servir también para hacer surgir un departamento de catástrofes ferroviarias, y dentro de él una subdirección de estadísticas, donde sepamos qué huesos se rompen más a menudo, cuántas cabezas, cuántos tórax y vientres encontraremos de promedio en el hueco de la vía, y otros datos a tener en cuenta. Se trata siempre de razón y sabiduría.
 Y habrá aún más razón y sabiduría si pensamos en la salud de los trabajadores, que cuesta mucho dinero por culpa de la imprevisión. Con lo cual se inventan las visitas médicas obligatorias, y una ficha para cada cual, en la que se anotará si es bajo o alto, gordo o flaco, abdominal o torácico, musculoso o fibroso, sifilítico o artrítico, si es miope o tiene predisposición a las uñas encarnadas. Como poco, habrá fichas por triplicado; una de ellas será entregada al interesado, en sobre sellado, como es lógico, y sólo podrá ser abierta por el médico. ¿Qué cuesta un sobre? Y no olvidemos aquí tampoco al departamento de estadísticas, muy adecuado para los yernos médicos, los primos médicos, o incluso para algún literato protegido. Todo el mundo comprende que si los trabajadores ferroviarios estornudan más a menudo en Versailles-Chantiers que en Epöne-Mézières, es necesario saberlo, como también a qué horas del día y de la noche lo hacen. Y si podemos llegar a conocer la relación exacta entre la temperatura y los catarros, ¿cómo vamos a reparar en gastos? La Oficina Internacional del Trabajo es el modelo de estas instituciones que tienen como finalidad la búsqueda metódica y desinteresada de la verdad. Podéis haceros una idea de este servicio preventivo y repetitivo, que toma bajo su protección la preciosa salud de los ferroviarios, sí señores, más preciosa que el oro. Y la progenie de los ferroviarios es más valiosa que el diamante de ahí las maternidades, los centros de lactancia, las fichas de los niños de pecho, los test, la orientación profesional; y de nuevo los yernos médicos, los primos médicos, sin contar dos o tres literatos protegidos, pues la organización se preocupa de las Musas. Imaginad esos admirables recintos, donde por medio de tubos neumáticos circulan en todas direcciones las fichas del niño, del padre, de la madre, agrupados y reagrupados por temperamentos, por vocaciones, por oficios, como en un cerebro mecánico. Y mientras tanto, el precio del transporte de los papanatas aumenta en proporción. ¿Quién se atreverá a aguar la fiesta? ¿Y en nombre de qué?
 Platón parece bromear cuando dice que por encima de las cosas verdaderas, e incluso de las buenas, reina una diosa abstracta, transparente, apenas visible, que él llama conveniencia o proporción. Esa diosa no es del todo una criatura celeste. Podría significar, al contrario, que la razón, a menos que desvaríe, ha de adecuarse a las necesidades. Y es evidente que el hombre, que no es solamente cabeza, sino también pecho y abdomen, puede a veces ser demasiado sabio, y que la verdadera justicia tiene en cuenta ante todo la urgencia de las necesidades. Tener eso en cuenta es gobernar. De donde concluyo que la tarea de un ministro no consiste en llevar a la perfección el departamento que está a su cargo, sino por el contrario oponerse a ambiciones en sí mismas razonables, tras una atenta consideración del conjunto de las necesidades y del conjunto de los medios disponibles. Lo útil puede resultar perjudicial.
 25 de febrero de 1933.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Tecnos, 2016, en traducción de Joaquín González Ibáñez. ISBN: 978-84-309-4664-8.]

martes, 4 de febrero de 2020

Los tres viajes alrededor del mundo. Diarios.- James Cook (1728-1779)

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Segundo viaje
Descripción de la isla de Pascua

«Ninguna nación tiene interés en reivindicar el descubrimiento de esta isla, pues pocos lugares del mundo ofrecen menos comodidades para la navegación. No hay un fondeadero seguro ni agua dulce útil para llevarse. La naturaleza se ha mostrado muy avara con sus dones hacia esta isla. Todo se debe hacer crecer a fuerza de fatiga, y no hay pues razón para que sus habitantes planten más allá de cuanto ellos necesitan, y dado que no son numerosos es imposible que tengan mucho de superfluo para poner a disposición de los extranjeros de paso. Los productos de la isla son: patatas, ñames, raíces de taro, bananas y caña de azúcar, todo de buena calidad, especialmente las patatas, que son, en su especie, las mejores que jamás haya comido. Tienen también calabazas pero en una cantidad tan pequeña que un racimo de nueces de coco era lo más preciado que pudiéramos darles. Tienen también algunas aves domesticadas, tales como gallos y gallinas, pequeñas pero con buen sabor. También hay ratones, y creo que se los comen, pues vi a un hombre con algunos muertos en la mano y no quería desprenderse de ellos, dándome a entender que estaban destinados a su nutrición. Casi no había pájaros terrestres y pocas aves marinas; tan sólo pájaros tropicales, algunos cola de paja, etc. Tampoco había abundancia de peces en la costa; en todo caso, fueron muy pocos los que vimos en manos de los indígenas.
  Tales son los productos de la isla de Pascua o tierra de Davis, que está situada en la latitud sur a 27º 5’ 30’’, longitud oeste a 109º 46’ 20’’. Su contorno es de unas diez a doce leguas, con superficie pedregosa y montañosa y una costa escarpada. Sus colinas tienen una altura que permite verlas desde cuarenta o cincuenta leguas. Frente al extremo meridional hay dos islotes de roca situados cerca de la ensenada. Las puntas del norte y este de la isla se elevan directamente desde el mar con una altura considerable; entre ellas, por el sureste, la costa forma una bahía abierta donde creo que fondearon los holandeses. Echamos ancla, según he dicho, al lado oeste de la isla, a tres millas al norte de la punta meridional, con la playa de arena que nos quedaba al estesureste. Es una buena rada con viento del este, pero peligrosa con viento del oeste, lo mismo que debe serlo la otra, al lado sur, con viento del este.
  Por esta razón, y a causa de los demás inconvenientes ya mencionados, tan sólo en caso de necesidad absoluta debería alguien decidirse a tocar esta isla, a menos que no pudiera hacerlo sin un gran desvío, y en este caso tocar aquí podría tener sus ventajas, pues los habitantes ofrecen gustosos y con facilidad de lo poco de que disponen y a precios razonables. Los pocos víveres que nos sirvieron fueron sin duda un gran alivio, pero un navío debe tener ciertamente auténtica necesidad de agua para arribar aquí y eso es justamente lo que uno puede venir a buscar. Subimos a bordo algo de agua, que no era potable, pues no se trata sino de agua salada filtrada a través de una playa de arena en un pozo construido por los nativos con este fin, un poco al sur de la playa de arena de la que he hablado, y el agua subía y bajaba en el interior con la marea.
  No debe haber en esta isla más de seis o setecientos habitantes, y más de dos tercios de los que vimos eran del sexo masculino. O bien las mujeres son pocas aquí, o a muchas se les impidió ser vistas durante nuestra estancia. Nada, sin embargo, parecía aparentemente indicar que los hombres fueran de un temperamento celoso o que las mujeres temieran mostrarse en público, pero es ciertamente un motivo de esta naturaleza lo que determina su conducta. Por su color, las costumbres y la lengua, tienen una semejanza tan grande con los pueblos de las islas más occidentales que nadie puede dudar de su origen común. Es extraordinario que la misma raza se haya expandido en todas las islas de este vasto océano, desde Nueva Zelanda a esta isla, pues ello abarca casi un cuarto de la circunferencia del globo. Muchos de ellos no poseen ningún conocimiento mutuo, unos de otros, más que los transmitidos por antiguas tradiciones en el transcurso de los tiempos; se puede decir que se han convertido en naciones distintas y cada una ha adoptado una costumbre o uso particular. No obstante, un observador atento no tardará en descubrir las afinidades que tienen entre sí.
  Los habitantes de esta isla son, en general, de una raza débil y su talla es pequeña. No he visto ningún hombre que llegara a los seis pies de altura, tanto es lo que les aleja de ser unos gigantes, según afirma uno de los autores del Viaje de Roggewin. Son vivaces y activos, con rasgos regulares bastante agradables, bien dispuestos y hospitalarios con los extranjeros, pero rivalizando con sus vecinos por su propensión al hurto.
  El tatuaje, o marcas sobre la piel, está muy extendido en esta isla. Los hombres están marcados de pies a cabeza con signos más o menos iguales, a los que dan direcciones distintas según sus gustos. Las mujeres van menos marcadas, pero se adornan con pintura roja y blanca; también los hombres suelen pintarse; el rojo se hace con tamarisco, pero no sé de dónde sacan el blanco… Confieso que ignoro por completo en qué consiste el poder o la autoridad de los jefes, o el gobierno de estos pueblos.
  Tampoco conocemos su religión mucho mejor. Las gigantescas estatuas tan a menudo mencionadas no son ídolos, nada indica que lo sean por el modo como son hoy en día consideradas por los habitantes de la isla, aunque pudieron serlo cuando los holandeses visitaron la isla. Creo más bien que se trata de las sepulturas de ciertas tribus o familias. He visto, y también otras personas, un esqueleto humano que se acababa de cubrir de piedras, extendido sobre una de las terrazas. Hay terrazas de albañilería que tienen treinta o cuarenta pies de longitud, de doce a dieciséis de ancho por tres a doce de alto. La altura depende de la naturaleza del suelo. Estas estatuas se hallan por lo general justo al borde de los acantilados y de cara al mar, de suerte que de este lado pueden llegar a medir diez o doce pies de altura, o más, midiendo del otro tres o cuatro únicamente. En la fachada están construidas por grandes piedras talladas con un trabajo no inferior al de las mejores obras de albañilería simple que hemos visto en Inglaterra. No se emplea ningún tipo de cemento y, no obstante, las juntas son extremadamente prietas, con las piedras muescadas e insertadas unas en las otras con enorme pericia. Los muros de los lados no son perpendiculares, sino algo inclinados hacia dentro, de la misma forma que se construyen los parapetos en Europa. Y, sin embargo, tanto cuidado, tanto esfuerzo y destreza no han podido preservar esos curiosos monumentos de los estragos del tiempo, que lo devora todo.
  La mayor parte de las estatuas se levanta sobre estas plataformas que les sirven de base. Están talladas hasta medio cuerpo, en la medida en que se puede juzgar,  y terminan en una especie de tronco que llega hasta la base sobre la que se apoyan. El trabajo es algo grosero, pero no malo, y no están mal indicados los rasgos del rostro, especialmente la nariz y la barbilla, pero con unas orejas de una longitud desmesurada; en cuanto al cuerpo, apenas se puede decir que tenga una forma humana.
  Tan sólo he tenido ocasión de examinar dos o tres de estas estatuas próximas al desembarcadero; eran de piedra gris, que parecía ser del mismo tipo que la de las plataformas. Pero algunos de nuestros señores que recorrieron la isla examinando varias de ellas, eran de la opinión que la piedra de la que estaban hechas era diferente de cualquier otra que hubiesen visto en la isla, y tenía el aspecto de ser facticia. Nos costaba imaginar cómo esos isleños totalmente desprovistos de medios mecánicos pudieron levantar estas sorprendentes esculturas y colocar luego sobre sus cabezas las grandes piedras cilíndricas de las que ya he hablado. El único procedimiento que puedo imaginar sería elevar un extremo poco a poco, sosteniéndolo con piedras a medida que se levanta y construyendo debajo hasta tenerla de pie. Se habría hecho así una especie de montículo o de andamio que luego se retiraría. Pero si se trata de bloques que no son de una sola pieza, o facticios, las estatuas pudieron erigirse en el lugar en su posición actual, o colocar luego el cilindro superior mediante la construcción de un montículo circular, tal como ya he expuesto. Fuera por éste o por otros medios, debió de ser una obra de largo aliento y muestra bien el grado de empresa y perseverancia de estos isleños en la época en que se levantaron las estatuas. Los que actualmente habitan la isla no han tenido nada que ver, ya que ni siquiera han reparado los fundamentos de las estatuas que se deterioran. Las llaman con nombres diferentes, tales como Gotomoaro, Marapti Kanaro, Gohounitougou, Matta-Matta, etc., precedidos a veces del nombre Moi, o seguidos del nombre Driki. Si hemos entendido bien, esta última palabra significa “jefe” y la primera “lugar de sepultura” o “de sueño”.»

       [El texto pertenece a la edición en español de José J. de Olañeta, Editor, 2000, en traducción de Mateu Grimalt. ISBN: 84-7651-862-5.] 

jueves, 11 de abril de 2019

El halcón.- Yasar Kemal (1923-2015)


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10

«-¡Escucha! -le llamó Süleyman-. Me he levantado temprano y me he dado una vuelta por la aldea. Ya ha llegado la noticia de que han matado a Abdi. Quizá busquen aquí también, así que esta noche iré contigo a la montaña y buscaremos a los bandoleros.
 En la cara de Memed se podía leer que la idea le había gustado.
 -Durdu el Loco es pariente nuestro. Le he hecho muchos favores. Te protegerá. Pero no estés a su lado más de tres meses. Es un perro y no le dejarán vivo mucho tiempo, le pegarán un tiro. Nunca se ha visto que un bandolero como él dure más de un año en la montaña. Es muy raro. Bueno, por lo que yo sé, no vivirá mucho. Haz lo que él haga y procura separarte de él lo antes posible. De hecho, esto debe ser para ti una experiencia de un par de meses, un ejercicio para formar luego una partida. Y te lo repito, no andes mucho por ahí con ese perro. No es un bandolero sino un atracador, un ladrón... Si no fuera por ti, no le miraría a la cara. Sin embargo, en algunos aspectos Durdu el Loco era un buen muchacho. Le estropearon los aldeanos. Un día fue de visita a su aldea y ellos, después de darle de comer, le dejaron caer en una trampa de los gendarmes. Se salvó por los pelos y eso le volvió loco.
 -¿Es grande la partida de Durdu el Loco? -le preguntó Memed.
 -Todos los perros que hay por aquí están con él. Es la única forma que tienen de salvarse de la horca. Mira, todavía eres muy joven, pero ya madurarás. Si vas a estar mucho tiempo o no en la montaña, eso sólo Dios lo sabe. Escucha bien lo que te digo, creo que te servirá, yo he andado mucho con bandoleros y los conozco. He visto el final de la mayoría de ellos. No te hagas amigo del alma de todo el mundo en cuanto llegues a la partida. Ellos querrán intimar, te parecerán agradables, afables, se interesarán mucho por ti y el que tenga problemas te los contará. Así es la gente. Pero tú nunca les abras tu corazón, no te dejes impresionar. De este modo tendrás influencia sobre ellos, una condición imprescindible para ser bandolero. Compórtate con dignidad. No pretendas inmediatamente conocer a todos y ser para ellos como un hermano. Si te descubren un flanco débil no te dejarán tranquilo hasta el final de tu vida. Entre todos ellos no suman cuatro perras de honor. Según pasen los días los irás conociendo bien. ¡No midas a la gente por lo que dice sino por lo que hace! Y, después, escoge a las personas de las que puedas ser amigo. Si les das el dedo, te tomarán el brazo y te arruinarán. Apenas hay diferencia entre la montaña y la cárcel y en ambos sitios hay jefes y siervos. ¡Y qué siervos tan rastreros...! Los jefes viven como personas, los demás como perros. Tú serás jefe, pero no uses a los demás como esclavos. Que éste sea el secreto de tu vida. En cuanto llegues, ahora, Durdu el Loco te dará un máuser y un cargador. Irás adquiriendo otras armas según pase el tiempo. Y ahora voy a enterarme por dónde anda Durdu el Loco.
 Uno de los aldeanos protegía al Loco. A él se dirigió Süleyman para conocer su paradero.
 El bandolero era de la cercana isla de Aksögut y Süleyman lo conocía desde que era niño. El padre de Durdu había ido a la guerra y no había vuelto. Como era un pariente lejano, Süleyman había ayudado a su madre, es más, había evitado que los dos se muriesen de hambre. Ya en la infancia, Durdu era insoportable. Llevaba ya cinco años en la montaña y no había casa que no hubiera quemado ni hogar que no hubiera destruido llevando así la amargura entre los aldeanos. Viajar por los caminos resultaba imposible. Durdu robaba todo lo que tuviera al que cayera en sus manos y le abandonaba desnudo. Les quitaba todo, pero todo, hasta los calzoncillos. Durdu el Loco no conocía la amistad ni el compañerismo y no escuchaba ni a su hermano, ni a su madre ni a su padre. La verdad es que Süleyman temía por Memed. Si a Durdu se le pasaba por la cabeza, era capaz de pegarle un tiro.
 -Ya sé dónde está ese perro loco -le dijo Süleyman a Memed-. Está en el monte de Duman. Subiremos allí y dispararemos tres veces al aire. Los hombres de Durdu el Loco vendrán a recogernos. No confío demasiado en ese perro loco, pero... bueno, creo que me tiene mucho respeto. Lástima que no haya otra partida por ahí.
 Emprendieron el camino después de ponerse el sol, Süleyman delante, Memed detrás. Al salir de la aldea, Süleyman se volvió:
 -Memed, ahora ya no eres más que un bandolero. No vayas a asaltar mi casa, ¿eh?
 -La primera casa que robe será la tuya, como corresponde a un miembro de la partida del loco Durdu.
 -¡Bien, bien! -exclamó Süleyman, soltando una carcajada. 
 -¿Crees que no hablo en serio? -preguntó Memed.
 -Memed, hijo mío -respondió Süleyman con una mueca de precaución-, si haces algo malo, si matas a cualquier otro hombre, te entregaré al gobierno con mis propias manos.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1999, en traducción de Rafael Carpintero Ortega. ISBN: 84-226-7588-9.]

domingo, 16 de septiembre de 2018

El diablo viste de Prada.- Lauren Weisberger (1977)


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«-Oye, necesito ir urgentemente al lavabo, pero estaba esperando a que volvieras. Quédate un minuto al lado del teléfono, por favor.
 -¿No has ido al lavabo desde que me fui? -pregunté con incredulidad. Habían pasado cinco horas-. ¿Por qué no?
 Emily terminó de colocar la cinta en la caja que acababa de envolver y me miró con frialdad.
 -Miranda no tolera que nadie, salvo sus ayudantes, atienda el teléfono. Supongo que hubiera podido escaparme un minuto, pero sé que Miranda tiene hoy un día frenético y quería estar a su disposición en todo momento. Por lo tanto, no, nosotras no vamos al lavabo ni a ningún otro sitio sin ponernos de acuerdo. Tenemos que trabajar juntas para asegurarnos de que lo hacemos todo lo mejor posible. ¿De acuerdo?
 -Claro -respondí-. Anda, ve. No me moveré de aquí.
 Cuando Emily desapareció, puse una mano sobre la mesa para serenarme. ¿Nada de ir al baño sin un plan de guerra coordinado? ¿De veras Emily había permanecido cinco horas en esa oficina, rezando para que su vejiga se comportara, por miedo a que una mujer que se hallaba al otro lado del Atlántico llamara durante los dos minutos y medio que habría tardado en ir al baño? Estaba claro que sí. Me pareció una exageración, pero lo atribuí al excesivo entusiasmo de Emily. No podía creer que Miranda exigiera eso a sus ayudantes. Imposible. ¿O no?
 Recogí algunas hojas de la impresora y leí el título: "Regalos de Navidad recibidos". Una, dos, tres, cuatro, cinco, seis hojas de regalos a un espacio. El remitente aparecía en una columna y el artículo en otra. Doscientos cincuenta y seis regalos en total. Parecía la lista de bodas de la reina de Inglaterra y fui incapaz de absorberla toda. Había un juego de maquillaje Bobby Brown de la propia Bobby Brown, un bolso exclusivo Kate Spade de Kate y Andy Spade, un archivador de cuero granate Smythson de Bond Street enviado por Graydon Carter, un saco de dormir forrado de visón de Miuccia Prada, una pulsera Verdura de varias vueltas de Aerin Lauder, un reloj de brillantes de Donatella Versace, una caja de champán de Cynthia Rowley, un corpiño de cuentas a juego con un bolso de noche de Mark Badgley y James Mischka, una colección de bolígrafos Cartier de Irv Ravitz, una bufanda de chinchilla de Vera Wang, una chaqueta con estampado tipo cebra de Alberto Ferretti, una manta de cachemir Burberry de Rosemarie Bravo. Y eso no era más que el principio. Había bolsos de todas las formas y tamaños de todo el mundo: Herb Ritts, Bruce Weber, Giselle Bundchen, Hillary Clinton, Tom Ford, Calvin Klein, Annie Leibovitz, Nicole Miller, Adrienne Vittadini, Kevin Aucoin, Michael Kors, Helmut Lang, Giorgio Armani, John Sahag, Bruno Magli, MarioTestino y Narciso Rodríguez, por mencionar unos pocos. Había docenas de donaciones hechas en nombre de Miranda a varias sociedades benéficas, unas cien botellas de vino y champán, ocho o diez gemas de Fendi, dos docenas de velas aromáticas, piezas preciosas de cerámica oriental, pijamas de seda, libros forrados en piel, productos de baño, bombones, pulseras, caviar, jerseys de cachemir, fotografías enmarcadas y suficientes arreglos florales y/o plantas para decorar una de esas bodas de quinientas parejas que los chinos celebran en campos de fútbol. ¡Santo Dios! ¿Era real? ¿Estaba ocurriendo de verdad? ¿Estaba trabajando para una mujer que recibía 256 regalos de Navidad de los personajes más famosos del mundo? O no tan famosos. No estaba segura. Reconocía a algunas celebridades y diseñadores, pero ignoraba que entre los demás estuvieran los fotógrafos, maquilladores y modelos más codiciados, gente de la alta sociedad y una retahíla de directivos de Elias-Clark. Me preguntaba si Emily sabía realmente quién era toda esa gente cuando entró. Fingí que no estaba leyendo la lista, pero no pareció importarle.
 -Una locura, ¿verdad? Miranda es la mejor -exclamó mientras cogía unas hojas de su mesa y las contemplaba con lo que sólo podía describirse como lujuria-. ¿Has visto cosas más increíbles en tu vida? Abrir los regalos es una de las mejores partes de este trabajo.
 No entendía nada. ¿Nosotras abríamos los regalos? ¿Por qué no los abría Miranda en persona? Se lo pregunté.
 -¿Estás loca? Miranda detesta el noventa por ciento de los regalos que recibe. Algunos son decididamente insultantes, cosas que ni siquiera me molesto en enseñarle. Como éste.- Levantó una cajita.
 Era un teléfono inalámbrico de Bang and Olufsen con su característico diseño de cantos curvos y unos tres mil kilómetros de alcance. Yo había estado en la tienda unas semanas antes viendo cómo Alex salivaba con los equipos de música y, por lo tanto, sabía que el teléfono costaba más de quinientos dólares y podía hacerlo todo salvo mantener la conversación por ti.
 -Un teléfono. ¿Puedes creer que alguien haya tenido el valor de regalar un teléfono a Miranda Priestly? -me lo lanzó-. Quédatelo si quieres. Jamás permitiría que Miranda lo viera siquiera. le indignaría mucho enterarse de que alguien le ha enviado algo electrónico. -Emily pronunció la palabra "electrónico" como si fuera sinónima de "cubierto de secreciones corporales".
 Metí el teléfono debajo de mi mesa y me esforcé por no sonreír. ¡Era demasiado perfecto! En la lista de las cosas que necesitaba para mi nuevo hogar figuraba un teléfono inalámbrico (tenía un supletorio en mi habitación) y acababa de conseguir gratis uno de quinientos dólares.
 -Envolvamos algunas botellas de vino más -prosiguió Emily mientras se sentaba de nuevo en el suelo- y luego podrás abrir los regalos que han llegado hoy. Están allí.-Señaló una pila de cajas, bolsas y cestas de multitud de colores situada detrás de su mesa.
 -¿Estas botellas son los regalos que nosotras enviamos en nombre de Miranda? -pregunté alzando una caja que procedí a envolver con el papel blanco.
 -Sí, cada año es lo mismo. Los más importantes reciben botellas de Dom, o sea, los directivos de Elias y los grandes diseñadores que no son amigos personales, el abogado y el administrador. Los intermedios reciben Veuve, y eso abarca a casi todo el mundo, los maestros de las gemelas, los peluqueros, Uri y demás. Los don nadie se llevan una botella de Chianti Ruffino, como los relaciones públicas que envían a Miranda regalos pequeños e impersonales. Hemos de enviar Chianti al veterinario, a las canguros que sustituyen a Cara, a la gente que le atiende en las tiendas que frecuenta y a quienes cuidan de la casa de verano de Connecticut. A principios de diciembre encargó 25.000 dólares en regalos, Sherry-Lehman nos lo trae y generalmente tardamos una semana en envolverlos. Es un buen trato, porque Elias paga la factura.»
 
 [El fragmento pertenece a la edición en español de la editorial Random House Mondadori, 2007, en traducción de Matuca Fernández de Villavicencio. ISBN: 978-84-9793-676-7 (vol. 619/1).]
  

viernes, 1 de diciembre de 2017

"La araucana".- Alonso de Ercilla (1533-1594)


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 Canto II

«Iban ya los caciques ocupando / los campos con la gente que marchaba,
y no fue menester general bando / que el deseo de guerra los llamaba
sin promesas ni pagas, deseando / el esperado tiempo, que tardaba,
para el decreto y áspero castigo, / con muerte y destrucción del enemigo.

Tucapel se llamaba aquel primero / que al plazo señalado había venido;
éste fue de cristianos carnicero, / siempre en su enemistad endurecido:
tiene tres mil vasallos el guerrero, / de todos como rey obedecido.
Ongol luego llegó, mozo valiente, / gobierna cuatro mil, lucida gente.

Tomé y Andalicán también vinieron, / que eran del araucano regimiento
y otros muchos caciques acudieron, / que por no ser prolijo no los cuento.
Todos con leda faz se recibieron, / mostrando en verse juntos gran contento.
Después de razonar en su venida / se comenzó la espléndida comida.

El audaz Tucapel claro decía / que el cargo de mandar le pertenece,
pues todo el universo conocía / que si va por valor, que lo merece:
"ninguno se me iguala en valentía; / de mostrarlo estoy presto, si se ofrece
(añade el jactancioso) a quien quisiere, / y aquél que esta razón contradijere..."

Sin dejarle acabar, dijo Elicura: / "a mí es dado el gobierno de esta danza,
y el simple que intentare otra locura / ha de probar el hierro de esta lanza."
Ongolmo, que el primero ser procura, / dice: "yo no he perdido la esperanza
en tanto que este brazo sustentare / y con él la ferrada gobernare."

Cayocópil, furioso y arrogante, / la maza esgrime, haciéndose a lo largo,
diciendo: "yo veré quien es bastante / a dar de lo que ha dicho más descargo:
haceos los pretensores adelante, / veremos de cuál de ellos es el cargo;
que de probar aquí luego me ofrezco / que más que todos juntos lo merezco."

 Purén, que estaba aparte, habiendo oído / la plática enconosa y rumor grande,
diciendo en medio de ellos se ha metido / que nadie en su presencia se desmande;
"y ¿quién a imaginar es atrevido / que donde está Purén más otro mande?"
La grita y el furor se multiplica, / quién esgrime la maza y quién la pica.

Tomé y otros caciques se metieron / en medio de estos bárbaros de presto,
y con dificultad los despartieron, / que no hicieron poco en hacer esto:
de herirse lugar aun no tuvieron, / y en voz airada, ya el temor pospuesto,
Colocolo, el cacique más anciano, / a razonar así tomó la mano:

"¿Qué furor es el vuestro, ¡oh araucanos!, / que a perdición os lleva sin sentillo?
¿Contra vuestras entrañas tenéis manos, / y no contra el tirano en resistillo?
¿Teniendo tan a golpe a los cristianos / volvéis contra vosotros el cuchillo?
Si gana de morir os ha movido, / no sea en tan bajo estado y abatido.

Volved a las armas y ánimo furioso / a los pechos de aquellos que os han puesto
en dura sujeción, con afrentoso / partido, a todo el mundo manifiesto:
lanzad de vos el yugo vergonzoso; / mostrad vuestro valor y fuerza en esto:
no derraméis la sangre del estado / que para redimiros ha quedado.

En la virtud de vuestro brazo espero / que puede en breve tiempo remediarse,
mas ha de haber un capitán primero / que todos por él quieran gobernarse:
éste será quien más un gran madero / sustentare en el hombro sin pararse;
y pues que sois iguales en la suerte / procure cada cual ser el más fuerte."

Podría de algunos ser aquí una cosa / que parece sin término notada,
y es que en una provincia poderosa, / en la milicia tanto ejercitada,
de leyes y ordenanzas abundosa, / no hubiese una cabeza señalada
a quien tocase el mando y regimiento: / sin allegar a tanto rompimiento.

Respondo a esto, que nunca sin caudillo / la tierra estuvo electo del senado;
que, como dije, en Pencos el Ainavillo / fue por nuestra nación desbaratado;
y viniendo de paz, en un castillo / se dice, aunque no es cierto, que un bocado
le dieron de veneno en la comida, / donde acabó su cargo con la vida.

Pues el madero súbito traído, / (no me atrevo a decir lo que pesaba),
era un macizo Líbano fornido, / que con dificultad se rodeaba:
Paicabí le aferró menos sufrido, / y en los valientes hombros le afirmaba
seis horas le sostuvo aquel membrudo, / pero llegar a siete jamás pudo.

Cayocópil al trono aguija presto, / de ser el más valiente confiado,
y encima de los altos hombros puesto, / lo deja a las cinco horas de cansado:
Gualemo lo probó, joven dispuesto; / mas no pasó de allí; y esto acabado,
Ongol el grueso leño tomó luego: / duró seis horas largas en el juego.»


[El extracto pertenece a la edición de Espasa Calpe. ISBN: 84-239-7185-6.]