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domingo, 31 de diciembre de 2023

El mapa de los afectos.- Ana Merino (1971)

La poesía está viva: Ana Merino
            22.- Amor verdadero

  «El amor había sido la respuesta. Esa pulsión del organismo que nos atrapa con su química invisible. Así de simple, una catarata de amor desbordado había cambiado el rumbo de la vida de Valeria. Algo parecido a un chaparrón torrencial que arrastró todo lo anterior. Valeria vio en ese nuevo enamoramiento la oportunidad de escapar de su realidad e inventarse otra. Cuando cambias de país y de idioma, todo tiene otro sentido. En su viaje de novios descubrió que se había casado con el hombre equivocado y que, por lo tanto, quería abandonarlo, borrar el rastro de su boda y los planes de futuro que habían labrado durante meses.
 Cuando recordaba los días de la ruptura todavía sentía la angustia pegajosa de su desamor asustado. ¿Cómo escapas de una relación en medio de un país del que apenas conoces el idioma? Valeria no sabía si quería a su marido y, después de una serie de acaloradas peleas dentro del coche de alquiler, no se le ocurrió nada mejor que subirse a un autocar y desaparecer en un momento en el que su esposo se ausentó para ir al baño. Su impulsiva fuga fue el germen de un enamoramiento definitivo que le dio coraje para decirle adiós a Paul. Valeria solía enredarse con el amor; antes de su fallida boda había vivido un apasionado idilio con Tom, un hombre bastante mayor que ella, y eso ya la llevó a dudar mucho a la hora de casarse. Pero Paul y ella tenían la misma edad y enseñaban juntos en la escuela. La juventud los hizo ilusionarse con la idea del matrimonio como la prueba definitiva que daba sentido al futuro que soñaban. Sin embargo, la convivencia de unos días en la luna de miel por España mostró aspectos de la personalidad de Paul que a Valeria le resultaron insoportables, y la imagen idealizada del matrimonio que acababan de inaugurar se desmoronó de inmediato. Por eso se subió a un autocar rumbo a lo desconocido en una estación de servicio cuando Paul la dejó sola unos minutos. No tuvo el impulso de largarse con el coche de alquiler y dejarlo tirado, que hubiera sido otra opción, sino que quiso desprenderse de cualquier rastro de aquella convivencia marital, abandonarlo con todo y desaparecer. Montarse en el autocar fue su gran heroicidad, dejarse llevar por algunas horas en el balanceo absorto de la carretera que la condujo al puerto de Algeciras.
 Aunque en realidad no supo dónde estaba hasta que no se lo explicaron los guardias civiles que la vieron deambular llorosa por el aparcamiento. A Manuel, un joven guardia civil gaditano, las clases de inglés que recibía en una academia por las tardes le vinieron estupendamente para echarle una mano a aquella estadounidense desorientada. Con sus radiantes treinta y tres años y el título del First Certificate se encargó de ayudar y coordinar el reencuentro de Valeria con su marido, que ya había puesto una denuncia pensando que la habían secuestrado. Para cuando Paul llegó al puerto de Algeciras, el guardia civil y Valeria ya se habían fijado el uno en el otro y notaban una atracción increíble. ¿En qué consistió este sorprendente enamoramiento? Ninguno de los dos sabría explicarlo con precisión, pero ambos sintieron que no podían estar el uno sin el otro. Que el mundo dejaría de tener sentido si ella se marchaba de vuelta con su esposo. Nada de esto se dijeron, pero la química invisible que respiraron el tiempo que pasaron juntos en el puesto fronterizo generó su propia magia. A ambos se les aceleraron los latidos del corazón, se miraban y sonreían con gesto ridículo, les sudaban las manos y se sentían atraídos de una forma vertiginosa. Manuel se dio cuenta de que estaba enternecido y fascinado con Valeria cuando por radio le confirmaron que un estadounidense que no hablaba español buscaba agobiado a su mujer por la carretera. Valeria ya estaba tranquila sentada en una silla, absorta en sus cosas mientras miraba por la ventana del aparcamiento. Pensaba en lo guapo que era el guardia vestido de verde que la miraba de reojo y le sonreía, en lo azul que era el mar y en lo bien que se sentía en la oficinita de chapa prefabricada con el chico de labios carnosos que se esforzaba por hablarle en inglés británico. Manuel sintió la tentación de decirles a sus compañeros que por allí no había pasado ninguna americana, que buscaran en otro lado, que ese día el tránsito había sido el de siempre, sin demasiados sobresaltos.
 Paul sintió una profunda e inquietante culpa en el transcurso de aquellas nefastas horas que pasó buscando a su mujer, en ese día absurdo y calurosísimo. Se dio cuenta de que no la amaba y de que no quería envejecer a su lado. Pero desear aquello con Valeria desaparecida le parecía siniestro. Había querido perderla de vista para siempre mientras terminaba de orinar y se miraba al espejo. Había maldecido su precipitada boda, anunciada ya como una catástrofe por su madre, que le aconsejó que no se casara con aquella chica, que todavía eran muy jóvenes y que además presentía que era una inconsciente.
  —Nunca me escuchas, Paul, y las madres lo presentimos todo —le había dicho en varias ocasiones su progenitora con tono melodramático—, es como si fuéramos videntes, como si pudiéramos anticipar el futuro de nuestros hijos.
 La madre ponía los ojos en blanco y resoplaba quebrando la voz y fingiendo estar al borde del llanto:
 —¿Cuándo entenderás que yo ya he vivido muchas vidas enamoradas, y me he equivocado? Pero he aprendido, por eso debes hacerme caso. Siento en el alma tener que decirte todo esto. No duraréis mucho, no te imaginas lo que me duele esta certeza.
 —Mamá, por favor, no quiero oírte. No empieces otra vez.
 —Qué pena, qué pena más grande —murmuraba la mujer como si estuvieran hablando de una desgracia.
 —Verás como todo sale bien —decía Paul intentando consolarla.
 —Ojalá tengas tú razón y yo esté equivocada —añadía ella, aunque a los pocos minutos volvía a sus teorías visionarias sobre el matrimonio, comentando los enlaces fallidos de los hijos de sus amigas—: Russell, el hijo de Judy, no duró ni cinco años con esa chica tan dispuesta. Mira que llevaban más tiempo de noviazgo que tú con tu amiga, pero una vez casados no fueron capaces de aguantarse, porque, cariño, el tema del amor no es tan fácil.
 El enamoramiento del chico pasó por encima de las advertencias de su compungida progenitora. Por mucha experiencia que tuviera su madre, él había tenido que vivir en primera persona la magnitud de su absoluto desencuentro con Valeria. En diez días infernales, el calor andaluz había licuado toda la consistencia amorosa que daba sentido a la pareja. Obviamente, ni su madre había sido capaz de intuir eso. Ella les concedía cinco años de vida matrimonial, o tal vez siete, que es el número que suelen dar los sociólogos que evalúan el desamor y los divorcios en las revistas femeninas de salud y belleza. Siete años equivalía a un ciclo de vivencias y eso la madre de Paul lo sabía mejor que nadie.
 Paul pensó primero que Valeria había ido también al baño. Fue al cabo de más de media hora esperando a que saliera cuando presintió que algo raro pasaba. Se puso a buscarla y empezó a asustarse. Nadie había visto nada, y los dueños de la cafetería decidieron avisar a la policía para que ayudara a ese joven americano desconcertado que daba vueltas por las instalaciones pidiendo ayuda.
 Cuando la localizaron en el puerto de Algeciras fue sencillo seguir el recorrido que le habían marcado los agentes en el mapa. Durante las horas que Paul pasó solo conduciendo en dirección al puerto, trató de imaginar los pasos de lo que sería la ruptura definitiva. Imaginarse otra vez en el coche con ella le parecía asfixiante, pero estaba claro que tendrían que hablar. Ahora que entendía que su rabia era desamor, quizá podrían ahorrarse nuevas y absurdas peleas. Se habían dicho cosas espantosas y sentía un enorme rechazo hacia su mujer. ¿Cómo podía un viaje tener un efecto tan pernicioso? Tantas horas junto a Valeria por las carreteras lo habían trastornado. La piedra de las torres y las murallas, los campanarios, los ábsides, los altares, la imaginería ensangrentada de los cristos, las plazuelas, los platillos de aceitunas, el salmorejo, las horas de la siesta, el murmullo de la gente en las calles, el calor noche y día, ese calor denso e irrespirable..., la suma de todas las sensaciones y las imágenes como una melodía seca macerada en la respiración sudorosa de su cansancio.
 Al llegar al muelle y verla junto al guardia civil tuvo una iluminación. La silueta de sus cuerpos tensos junto a la puerta de la oficina prefabricada, mezclada con la calima de ese aire seco que venía del Sáhara, dibujaba una realidad paralela a su propia relación que a Paul le resultó liberadora. Vio en ellos la posibilidad del amor y en él mismo la salida digna que ofrecen los gestos más sencillos. Así que decidió abandonarla, que en el fondo era lo mejor para ambos. Despedirse de ella de manera rápida y elegante y que se quedara junto a ese hombre de uniforme que lo miraba con curiosidad y tristeza.
 Valeria no quería regresar con Paul, la aterraba volver a subirse al coche de alquiler con su marido, y cuando vio que ni siquiera la miraba y que sacaba sus cosas del maletero y le devolvía la alianza, suspiró aliviada. Su huida había sido el mensaje silencioso que Paul necesitaba entender. Todo había terminado entre ellos y no era ese el momento de las explicaciones y los análisis. La verdad es que nunca hubo necesidad de verbalizar los sentimientos del final.
 El divorcio, unos meses después, fue un trámite sencillo porque no tenían propiedades ni hijos en común. Valeria ni se presentó en el juzgado, no hizo falta, y Paul regresó a su rutina de docente aliviado de haberse separado tan rápido. Rehízo su vida sin dar demasiadas explicaciones a nadie, ni siquiera a su madre, y una década después se casó con una mujer llamada Megan que conoció en un bar. Se fueron de viaje de novios por Alaska, evitando así el calor, y no hubo absurdas ni iracundas discusiones. Fueron padres de tres hijos que les darían muchas alegrías y media docena de nietos. A Paul siempre le quedó claro que Valeria no era la mujer de su vida y que haberse separado había sido la mejor decisión. Tampoco tuvo nunca curiosidad por saber qué había sido de ella. Cuando despegaba del aeropuerto de Madrid de regreso a Estados Unidos se despidió para siempre de ese país y de Valeria. Ella se quedaba en ese territorio abrasador y él regresaba a su mundo.
 Valeria se asentó en el paisaje de aquella frontera marina y luminosa. El horizonte de luz densa, de espuma y agua salada se convirtió en el hogar definitivo de su alma inquieta. Había hallado cobijo en la costa de un mar cálido y de aspecto dócil donde en los días transparentes podía ver el contorno de África. Su nueva vida se dibujaba entre Algeciras y Tarifa, y fue feliz. Durante muchos años encontró serenidad en aquel rincón del mundo, el paraíso de los surfistas, de los Peter Pan que buscan el sendero de las olas y las montan como equilibristas de un gran circo de espuma y algas; los que viven la dicha sobre las olas de varios metros y abrazo alargado y juguetón. Valeria no pudo imaginarse otro lugar donde estar que no fuera esas costas. Se quedó con Manuel y desde la primera noche durmieron abrazados, aliviados de haberse encontrado en un mundo donde el amor verdadero es azaroso y casi imposible. Sus cuerpos desnudos sintieron el cosquilleo del placer como la inmensidad del universo. En ellos estaba el impulso primitivo de los seres vivos, pero también el deleite humano del amor con su respiración sostenida en el instante mismo del gozo compartido.
 Los primeros años, Valeria fue profesora de inglés en la academia en la que Manuel había estudiado. Luego aparecieron las oleadas de inmigrantes y se integró en el equipo de la Cruz Roja que ayudaba a los que llegaban. Desde entonces ha conocido a miles de personas desesperadas, ha anotado sus nombres y su lugar de origen en fichas, ha coordinado los grupos y las urgencias. Ha escuchado los lamentos y las historias aterradoras de sus viajes infernales. Ella, que tuvo la suerte de encontrar a Manuel, se pregunta muchas veces si todas esas almas desesperadas hallarán su lugar en la Tierra.
 —¿Qué hay que hacer para que los de aquí entiendan lo que esta gente está pasando y no les tengan miedo? —le pregunta Valeria a Manuel.
 —Ojalá lo supiera —responde el guardia civil.
 Manuel es consciente de que en el fondo son muy pocas las personas capaces de meterse en la piel de los que llegan a las playas; hasta que no lo vives, no los tienes cerca y los observas respirar exhaustos, no comprendes la magnitud de lo que sucede. En ellos, en su sufrimiento, está contenida la historia de todas las migraciones, el relato de las civilizaciones y sus desequilibrios, la lucha por existir, por esa subsistencia que ha dibujado el mapa de los siglos.
 Valeria sueña a veces con los ahogados que las olas depositan en la orilla, y a los números que le asignan les otorga nombres secretos y se imagina sus vidas hermosas en lugares exóticos donde fueron concebidos con amor. Los días más tristes, cuando están desbordados por la rabia y la pena, Valeria traza con la mirada un gran puente de quince kilómetros que une los dos continentes. Cada día reza para que nadie se ahogue en ese mar tan hermoso y se lamenta con Manuel de la falta de recursos, del dolor que recorre la costa, del vacío que habita en la desesperación de todos los náufragos de la pobreza y la guerra.
 —Esta mañana hemos rescatado a dieciocho con vida, pero hemos perdido a veinte. —El rostro de Valeria hace una mueca de dolor contenido y sigue hablando—: Ya han recuperado los cuerpos. Había dos mujeres embarazadas, tres niños, y los demás eran hombres jóvenes, no creo que ninguno tuviera más de treinta y cinco años.
 A Manuel le preocupa cómo Valeria digiere el abismo de esos cadáveres, piensa que carga sobre sus hombros toda la congoja fantasmal de los cuerpos inertes. Sabe que no los olvidará y que irá a trabajar fingiendo estar entera porque es más útil en el mundo de los supervivientes que la miran esperanzados, a los que entrega, con verdadero amor, una botella de agua y una manta.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones destino, 2020, pp. 149-154. ISBN: 978-84-2335-693-5.]


domingo, 3 de julio de 2022

Primates y filósofos. La evolución de la moral del simio al hombre.- Frans de Waal (1948)


Frans de Waal | Planeta de Libros
Apéndice C: Los derechos de los animales


  «Supongamos que, tras escapar por los pelos de las garras de un leopardo, una gacela decide llamar a su abogado para quejarse de que su derecho a pastar donde ella quiera ha sido violado una vez más. ¿Debería denunciar al leopardo, o pensará acaso su abogado que también los predadores tienen derechos?
 Absurdo, ¿verdad? Ciertamente, estoy a favor de los esfuerzos que se realizan para frenar los abusos contra los animales, pero albergo serias dudas sobre el método elegido, que ha desembocado en que en las facultades de derecho de Estados Unidos se estén ofreciendo cursos de «derecho animal». No están hablando de la ley de la jungla, sino de aplicar los principios de la justicia a los animales. Para personas como Steven M. Wise, el abogado encargado de la docencia de este curso en Harvard, los animales no son una simple propiedad, sino seres merecedores de derechos tan firmes e incontestables como los derechos constitucionales de las personas. Algunos defensores de los derechos de los animales han llegado a reclamar que los chimpancés merecen disfrutar de libertad y de su integridad corporal.
 Este punto de vista ha ido ganando adeptos. Por ejemplo, el Tribunal de Apelaciones del Distrito de Columbia confirmó el derecho de un visitante humano al zoo de la ciudad a entablar un pleito para conseguir que los chimpancés tuvieran compañía. En la última década, los parlamentos de varios Estados han elevado la crueldad contra los animales a la categoría de delito grave, en lugar de considerarlos como faltas.
 El debate sobre los derechos de los animales no es nuevo. Recuerdo todavía algunas de las discusiones de tinte surrealista que mantenían los científicos en la década de 1970, en las que se despreciaba el sufrimiento animal como una cuestión sentimentaloide. Junto a firmes avisos para evitar caer en el antropomorfismo, era entonces dominante el punto de vista que sostenía que los animales no eran sino meros robots, desprovistos de sentimientos, ideas o emociones. Los científicos sostenían, con la cara muy seria, que los animales no pueden sufrir, o al menos no como lo hacemos los humanos. Cuando un pez sale del agua con un enorme anzuelo metido en la boca y se agita violentamente en tierra firme, ¿cómo podemos saber lo que siente? ¿No estaremos acaso proyectando?
 Esta idea cambió en la década de 1980 con la aplicación de las teorías cognitivas al comportamiento animal. Actualmente, empleamos términos como «planificación» y «conciencia» al referirnos a los animales. Se cree que comprenden el efecto de sus actos, que son capaces de comunicar emociones y de tomar decisiones. Se cree incluso que algunos animales, como los chimpancés, poseen una política y cultura rudimentarias.
 En mi experiencia, los chimpancés intentan conseguir el poder tan incansablemente como ciertas personas en Washington, y están al tanto de los servicios dados y recibidos en un mercado caracterizado por los intercambios. Sus sentimientos pueden oscilar entre la gratitud por el apoyo político a la ira si uno de ellos viola una norma social. Todo ello va mucho más allá del mero temor, dolor o enfado: la vida emocional de estos animales es mucho más cercana a la nuestra de lo que pensábamos.
 Esta nueva forma de ver las cosas podría transformar nuestra actitud hacia los chimpancés y, por extensión, hacia otros animales, pero de ahí a decir que la única forma de garantizar que se les dé un trato decente es dándoles derechos y abogados va un trecho. Supongo que esto es muy americano, pero los derechos forman parte de un contrato social que no tiene sentido sin la existencia de deberes. Ésta es la razón por la que el indignante paralelismo que los defensores de los derechos de los animales establecen con la abolición de la esclavitud es, además de insultante, moralmente imperfecto: los esclavos pueden y deben convertirse en miembros de pleno derecho de la sociedad; los animales, no.
 De hecho, la concesión de derechos a los animales depende por entero de nuestra buena voluntad. Consecuentemente, los animales disfrutarán únicamente de aquellos derechos que les concedamos. Nunca oiremos hablar del derecho de los roedores a ocupar nuestros hogares, del derecho de los estorninos a atacar cerezos, o de perros que decidan qué ruta habrá de seguir su dueño. En mi opinión, los derechos que se conceden de forma selectiva no pueden ser calificados de tales.
 ¿Qué ocurriría si en lugar de hablar de derechos invocásemos simplemente el sentido de la obligación? Al igual que enseñamos a los niños a respetar un árbol haciendo referencia a su edad, deberíamos utilizar los nuevos conocimientos relativos a la vida mental de los animales para insuflar una ética humanitaria que tome en consideración algo más que nuestros propios intereses.
 Aun cuando muchos animales sociales han desarrollado tendencias afectivas y altruistas, es raro que dirijan dichas tendencias a otras especies. El trato que un leopardo da a una gacela es un ejemplo típico. Somos la primera especie en aplicar estas tendencias que evolucionaron dentro del grupo a un círculo más amplio de humanos, y podemos hacer lo mismo con otros animales: el trato humanitario, y no los derechos, se convertirían entonces en la pieza central de nuestra actitud hacia los mismos.

   La jubilación de los simios

   La discusión precedente (modificada a partir de una columna de opinión aparecida en el New York Times el 20 de agosto de 1999 con el título “Nosotros el Pueblo [y otros Animales]...”) pone en tela de juicio la postura de quienes invocan “derechos” para los animales, pero no explica mi posición respecto a las prácticas de investigación médica agresivas.
 Es una cuestión compleja, porque creo que nuestra primera obligación moral es para con los miembros de nuestra propia especie. No conozco a ningún defensor de los derechos de los animales que necesite atención médica urgente y que la rechace. Esto es así aun cuando todos los tratamientos de la medicina moderna se derivan de investigaciones con animales: cualquier persona que entra en un hospital hace uso de la investigación en animales. Parece, pues, existir un consenso, aun entre quienes protestan contra las pruebas con animales, que la salud y el bienestar humanos preceden a casi todo lo demás. La pregunta, entonces, es: ¿qué es lo que estamos dispuestos a sacrificar? ¿Qué tipo de animales estamos dispuestos a someter a estudios médicos agresivos, y cuáles son los límites de tales procedimientos? Para la mayoría de la gente, ésta es una cuestión de grado, no de absolutos. La utilización de ratones para desarrollar nuevas medicinas contra el cáncer no se pone al mismo nivel que disparar contra cerdos para probar el impacto de las balas, y esta segunda prueba no está al mismo nivel que inocular a un chimpancé con una enfermedad mortal. En un complejo cálculo en el que las ganancias se enfrentan al dolor causado, adoptamos decisiones relativas a la ética de la investigación con animales basándonos en nuestros sentimientos respecto al tipo de procedimiento, la especie animal de la que se trate y los beneficios para los humanos.
Evolución y Neurociencias: Primates y Filósofos: La Evolución de ... Sin entrar en las razones o incongruencias de por qué favorecemos a algunos animales por encima de otros y ciertos procedimientos por encima de otros, personalmente soy de la opinión de que los simios merecen un estatus especial. Son nuestros parientes más próximos y tienen vidas sociales y emocionales muy parecidas a las nuestras, además de una inteligencia similar. Éste es, evidentemente, un argumento antropomórfico como el que más, pero es una idea que comparten muchas de las personas que trabajan con simios. Su cercanía les convierte en modelos médicos ideales y éticamente problemáticos.
 Si bien son muchas las personas que prefieren adoptar una posición moral basada en la lógica, esto es, en hechos exclusivamente empíricos (como por ejemplo la a menudo mencionada capacidad de los simios de reconocerse frente al espejo), no existe una postura moral razonada que sea completamente sólida. Creo que las decisiones morales tienen una base emocional, y dado que es fácil sentir empatía hacia criaturas que física y psicológicamente se parecen a nosotros, los simios nos hacen sentir más culpables a la hora de hacerles daño que en el caso de otros animales. Estos sentimientos juegan un papel importante a la hora de adoptar una decisión ética sobre los experimentos en animales.
 A lo largo de los años, he visto cómo la actitud dominante se ha ido transformando: del énfasis en la utilidad médica de los simios hemos pasado a enfatizar su estatus ético. Hemos llegado a un punto en el que los simios son modelos médicos a los que recurrimos en última instancia. Actualmente, no está permitido que un estudio médico que pueda ser llevado a cabo con monos, como por ejemplo mandriles o macacos, se lleve a cabo con chimpancés. Dado que el número de cuestiones científicas relativas a los simios está en retroceso, tenemos un “exceso” de chimpancés. La comunidad médica ya nos está diciendo que contamos con más chimpancés de los necesarios para sus investigaciones.
 Creo que éste es un avance positivo, y estoy a favor de que la situación siga progresando hasta que sea posible prescindir por completo de los chimpancés. Aún no hemos alcanzado este punto, pero la creciente reticencia a utilizar chimpancés ha llevado a los diferentes institutos nacionales de la salud a adoptar el histórico paso de solicitar públicamente la jubilación de estos animales. La instalación más importante es el llamado Chimp Haven (El Refugio de los Chimpancés), que en 2005 inauguró una gran instalación al aire libre donde jubilar a los chimpancés retirados de los protocolos de investigación médica.
 Mientras tanto, seguiremos utilizando chimpancés en estudios no agresivos, tales como investigaciones sobre el envejecimiento, la genética, la imagen del cerebro, el comportamiento social o la inteligencia. Se trata de estudios que no exigen infligir daños al animal. La definición que empleo para decidir si una investigación es no agresiva es que se trate "del tipo de investigación que no nos importaría realizar en voluntarios humanos". Esto implicaría no realizar pruebas con productos químicos, ni transmitirles ninguna enfermedad que no tengan, no realizar operaciones quirúrgicas que impliquen una merma de sus capacidades, y así sucesivamente.
 Estas investigaciones nos ayudarán a seguir aprendiendo cosas sobre nuestros parientes más próximos de una forma relajada e incluso agradable. Añado este último punto porque a los chimpancés con los que trabajo les gustan sobremanera las pruebas realizadas con ordenador: la manera más fácil de hacer que entren en nuestras instalaciones es mostrándoles un carrito con un ordenador. Entonces, se apresuran a entrar para pasar una hora que ellos ven como una hora de juegos y nosotros, como una hora de pruebas cognitivas.
 Idealmente, todas las investigaciones que realicemos con simios deberían ser mutuamente beneficiosas y agradables.»

        [Ediciones Paidós Ibérica, 2006, en traducción de Vanesa Casanova Fernández. ISBN: 978-84-493-2038-5.]

sábado, 17 de abril de 2021

Las mejores palabras. De la libre expresión.- Daniel Gamper (1969)


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Breve fisiología existencial de la conversación


 «No todas las personas saben escuchar ni se puede presuponer razonablemente que hablen en condiciones equitativas. Precisamente porque no todos se articulan con la misma elegancia, claridad,  profundidad, conocimientos y fuerza de persuasión cobra sentido la exigencia de igualdad, a saber, para no crear jerarquías basadas en criterios cognitivos, como quisieran los partidarios de la democracia censitaria.
 Las democracias exigen tácitamente que todos puedan opinar sobre asuntos de los que no saben nada. Es una circunstancia análoga a la que provocan los silencios incómodos entre personas que no tienen nada que decirse pero sienten que es de mala educación permanecer juntos en silencio. Una situación que se ha ampliado a la relación de los individuos consigo mismos, incitados irresistiblemente a comunicarse todo el tiempo con el potentísimo adminículo que portan casi adosado al cuerpo.
 La obligación moral de tener una opinión sobre los asuntos políticamente relevantes contrasta con las notables diferencias –no sólo de clase y económicas- entre las personas. Algunos tienen un nudo en la garganta. Las opiniones que de ahí salen deben abrirse paso entre oquedades y escondrijos casi como si partieran del centro de una pirámide. Tras este laborioso recorrido, las palabras salen ya agotadas, pues antes de ser emitidas han sido diseccionadas, sopesadas desde todos los ángulos, y los argumentos travestidos en su contrario, ponderando las razones recíprocas. Este parco hablante, a quien podemos llamar empatista, es llevado a abrazar a los enemigos, porque a veces confunde la inclinación ante los mejores argumentos con la pleitesía que el burgués le debe al cliente. Desconfiado de sí mismo, el empatista actúa guiado por una mezcla de impotencia y vasallaje que en las conversaciones le lleva a preferir la derrota a la victoria dialéctica.
 En el otro extremo se halla el polemista, que se expresa hechizado por su propio ingenio y que utiliza las palabras sólo para afirmarse en contraposición con quien sea. El exceso de espontaneidad lo hace simpático y atractivo, por lo que, a pesar de su connatural deshonestidad intelectual, suele inclinar los debates al terreno que más le conviene. Las reacciones airadas que también provoca no lo amedrentan, sino que son un incentivo de su producción verbal.
 El empatista elucubra tanto antes de hablar que las palabras le salen trituradas, mudas, poco expresivas, sin brillo, congestionadas, como si se hicieran oír a través de una espesa capa de mocos. Es tan consciente de sus limitaciones, tan impiadoso consigo, que siempre preferiría callar y suele necesitar estimulantes artificiales para manifestarse. Se diría entonces que el polemista no es más que un empatista borracho que busca conocerse hablando.
 Todos hablamos porque todos tenemos la obligación y el derecho de tener una opinión. Tal unanimidad invita a un pensamiento afónico cuya forma de expresión sea la ausencia de expresión. La dificultad para deshacer nudos neuronales, el miedo a manifestar los afectos propios y la renuncia a hablar de lo que no se conoce desembocan en un silencio desde el cual se oye el ruido circundante.
 En las debidas circunstancias, también hay razones óptimas para hablar, a gritos si es necesario. El vigor de la palabra emitida por quien de repente logra devolverle vitalidad a su laringe y alcanza la fonación no es causado por una repentina iluminación cognitiva. Quien súbitamente rompe su silencio, para el que tenía las buenas razones de su ignorancia –del conocimiento de lo que ignora-, lleva consigo el sello de la autenticidad. Puede que hable o grite para protestar por una injusticia padecida o percibida. Su autoridad proviene del daño que pretende expresar. Sin embargo, al levantar la voz y gesticular vehementemente corre el riesgo de hurtarse esta autoridad, que es arteramente interpretada como sobreactuación histérica. La palabra articulada en forma de grito es creíble en la medida en que da voz genuina a la vulnerabilidad humana. Al escucharla y traducirla a las mejores palabras se consuma la finalidad de la fonación: “la palabra es para manifestar lo conveniente y lo dañoso, lo justo y lo injusto”*.
 No sólo están los que no saben o no pueden hablar, también los que deciden no oír. Nos prestamos oídos unos a otros, pues sin un tú no hay palabra. Si aceptamos, como hacemos ahora, que la comunicación –y no la expresión-  es la función fundamental del discurso político libre (free political speech), entonces presuponemos un receptor para toda emisión. El del anacoreta es dios; el de la prensa, la ciudadanía; el del maestro, el alumno; el del amante, el amado. El receptor puede estar ausente, pero no por eso desaparece, pues quien piensa habla consigo mismo.
 Es mucho presuponer, sin embargo, que haya alguien que escucha en general. Ni siquiera podemos estar seguros de que quien está a nuestro lado lo haga.
 ¿Cómo son las palabras de los que conviven? ¿Qué escuchamos cuando escuchamos al partenaire de una vida? “Estar con quien se ama y pensar en otra cosa: así tengo los mejores pensamientos”, escribe Barthes. Se puede “pensar en otra cosa” con quien se ama, porque la conversación amorosa no exige alcanzar un acuerdo sino afianzar el entendimiento previo. Tal vez la vida en pareja exitosa sea aquella en la cual los gestos cotidianos poseen sentido en la medida en que se encuentran ligados a una íntima comprensión mutua, siendo las palabras los travesaños de un destino común. Cuando abundan los reproches de quien no se siente escuchado, entonces es que el vínculo previo no da más de sí. Entonces, las palabras que sirven para construir puentes cotidianos han sido silenciadas y sustituidas por gestos de rechazo**. El resultado es que ya no se puede “pensar en otra cosa”; no se puede pensar.
 También escuchamos para saber qué hacer, para proyectarnos hacia el futuro. Ejercemos la libertad seleccionado a quién le damos crédito como prestamistas de nuestros oídos. Al hacerlo estamos ya decidiendo qué queremos escuchar. Lo decisivo entonces no es tanto qué nos dice el otro como que nosotros lo hayamos elegido para que nos aconseje o ilustre y por tanto sepamos ya qué nos dirá. Eso no es más que escuchar en forma debilitada.
 Hay asimismo la escucha de quien no escucha porque está obcecado en sus convicciones y se ha quedado sordo de tanto escucharse. El egotista, como el polemista, incurre en conversiones unilaterales durante las cuales expulsa frases a borbotones que no necesitan un interlocutor que preste oídos sino alguien que beba sus palabras. Este escuchante pasivo deglute significantes como otros se zampan libros, y corre el peligro de indigestarse por exceso de empatía.
Resultado de imagen de las mejores palabras  Puede que todo se reduzca a una cuestión fisiológica, pues sin los órganos pertinentes no hay escucha ni fonación. Con el incremento de la esperanza de vida han aumentado los casos de sordera, así como los productos para mejorar la calidad auditiva de la gente. El sordo, dado que no entiende, ha sido tratado históricamente como un idiota; incapaz de conversar, queda excluido de la sociedad. El proceso de sordera, para quien la adquiere con la edad, se puede dar en un breve lapso. En pocos años, surgen pitidos insoportables que impiden cualquier actividad hasta que el torturado paciente se acostumbra a su infierno interior. O bien se da una pérdida de agudos acompañada de dificultad para distinguir las palabras en medio del ruido. El individuo deja de socializar de manera óptima, salvo que se instale la correspondiente tecnología que lo devuelva a la percepción adecuada de los sonidos articulados: pequeños adminículos que hacen maravillas, pues filtran los sonidos redundantes y devuelven la funcionalidad social al sordo o casi sordo. Se restaura así el déficit de recepción y se devuelve al individuo a la comunidad. Al abuelo, con sus aparatos recién instalados, ya no hay que repetirle mil veces las cosas, deja de ser un interlocutor irritante y participa íntegramente en el galimatías colectivo***.
 Sin embargo, la fisiología del oído es existencial. No se reduce a su complexión ni se explica mediante resonancias magnéticas, requiere antes bien un ojo clínico que sepa ver el vínculo psicosomático o sociosomático de las patologías de la escucha. Perdemos oído también porque ya hemos escuchado bastante, porque no queremos oír nada más, porque lo que hemos escuchado nos ha dañado. De tanto escuchar, algunos se debilitan, como si hubiera un cupo de lo que uno puede recibir sin perderse en el otro. Tal vez por eso algunas sorderas sean inasequibles a las explicaciones científicas. Los médicos se escudan entonces en eventuales traumas auditivos de la infancia, porque cuando no saben qué decir aducen otras explicaciones plausibles y válidas por eliminación. Tampoco les corresponde a ellos diagnosticar intoxicaciones de palabras.
 El poeta que atiende a las palabras de la lengua reconocerá a las musas cuando lo tienten, no duda, sólo espera. En cambio, quien quiere entender le que le parece incomprensible se pierde por el camino y acaba aprendiendo más del rodeo a ninguna parte que de la llegada a donde sea.»  
          
  *Aristóteles, Política, Centro de Estudios Constitucionales, Madrid, 1989, 1253a15. [N. del A.]
 ** Esto debe de ser lo que tiene en mente Michel Houellebecq, que siempre sabe encontrar las mejores palabras para escenificar lúcidamente el desencanto del narciso moderno, cuando escribe: “la vocación de la palabra no es crear el amor, sino la división y el odio, la palabra separa a medida que se formula, mientras que un informe parloteo amoroso, semilingüístico, hablar a tu mujer o a tu hombre como se hablaría a un perro, genera las condiciones de un amor incondicional y duradero”, Serotonina, Anagrama, Barcelona, 2019, p. 80. [N. del A.]
 *** A propósito de la sordera y su “mundo completo”, es muy recomendable el estudio de Oliver Sacks Veo una voz, Anagrama, Barcelona, 2003. [N. del A.]
  
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2019, pp. 29-34. ISBN: 978-84-339-6437-3.]

lunes, 21 de diciembre de 2020

El juego del revés.- Antonio Tabucchi (1943-2012)

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Voces

  «La primera llamada había sido de una chica que telefoneaba por tercera vez en tres días y repetía al infinito que ya no podía más. En muchos casos hay que ir con cuidado, porque se corre el peligro de la psicodependencia. Hay que ser afectuosos con circunspección, quien telefonea debe sentir que al otro extremo del hilo tiene a un amigo, no a un deus ex machina del que depende su vida. Además la regla principal es que no se encariñe con una voz determinada, de lo contrario crea situaciones difíciles. Con los depresivos sucede con extrema facilidad, necesitan un confidente personalizado, no se conforman con una voz anónima, quieren que sea aquella voz y se apegan a ella desesperadamente. Pero con los depresivos de una cierta clase, de esos que tienen una idea fija tras la que se atrincheran como si fuera un muro, la cosa aún se complica más. Hacen llamadas que te dejan helado, es raro establecer un contacto. Esta vez sin embargo fue bien, porque tuve la suerte de descubrir algo que le interesaba. Otra regla, que por lo general se demuestra efectiva en un buen número de casos, es dirigir la conversación hacia un tema que interese a quien llama, porque todos, hasta los más desesperados, tienen algo que en el fondo les interesa, hasta los que están más alejados de la realidad. A menudo es una cuestión de buena voluntad por nuestra parte, a lo mejor hay que echar mano de pequeños trucos, de expedientes; yo a veces he logrado desbloquear situaciones que parecían imposibles con el jueguecito del vaso, y he conseguido establecer un cierto tipo de comunicación. Supongamos que suena el teléfono, descuelgas el auricular, dices la consabida formulita o algo por el estilo, y al otro extremo del hilo nada, el silencio más absoluto, ni siquiera un jadeo. Entonces insistes, procuras ir con tacto, dices que sabes que te está escuchando, que diga algo, lo que quiera, lo primero que se le ocurra: una incoherencia, una imprecación, un grito, una sílaba. Nada, silencio total. Y sin embargo, puesto que ha llamado existe una razón, sólo que tú no puedes saberlo, no sabes nada, puede ser extranjero, puede ser mudo, puede serlo todo. Y entonces yo cojo un vaso y un lápiz y digo: escuche, somos millones y millones los que vivimos sobre la tierra, y sin embargo, nosotros dos nos hemos encontrado, sólo por teléfono, es verdad, sin conocernos y sin vernos, pero nos hemos encontrado, no desperdiciemos este encuentro, algo debe querer decir, escúcheme, juguemos a un juego, yo tengo un vaso delante de mí, voy a hacerlo sonar con un lápiz, tlin, ¿me oye?, si me oye haga usted lo mismo, dos golpes, o si no tiene nada a mano dé unos toquecitos en el auricular con la uña, así, toc-toc, ¿me oye?, si me oye responda, por favor, escuche, ahora yo empezaré a enumerarle cosas, lo primero que se me ocurra, y usted me dice si le gustan, por ejemplo ¿le gusta el mar?, para decir que sí dé dos golpes, un golpe solo quiere decir no.
 Pero ve a saber qué es lo que le interesa a una chica que marca el número, permanece callada durante casi dos minutos y luego empieza a repetir: no puedo más, no puedo más, no puedo más, no puedo más. Así, hasta el infinito. Fue pura casualidad, porque yo primero había puesto un disco, al fin y al cabo, pensaba, el quince de agosto no habrá muchas llamadas; y de hecho hacía más de dos horas que había empezado mi turno  y no había llamado nadie. Hacía un calor terrible, el pequeño ventilador que me había traído no refrescaba mínimamente el aire, la ciudad parecía muerta, todos estaban fuera, de vacaciones, me arrellané en la butaca y me puse a leer pero el libro se me cayó sobre el pecho, no me gusta dormirme cuando estoy de guardia, tengo reflejos lentos y si alguien llama me quedo cortada los primeros segundos y a veces son precisamente esos primeros segundos los que cuentan, porque a lo mejor el otro cuelga y luego quién sabe si se atreverá a volver a marcar el número. Por eso puse bajito la marcha turca de Mozart, es alegre, tiene algo estimulante, mantiene alta la moral. Ella telefoneó mientras sonaba el disco, no dijo nada durante mucho rato y luego empezó a repetir que no podía más, yo la dejé hablar porque en estos casos es una buena norma que el que llama se desahogue, debe decir todo lo que quiera y cuantas veces quiera; cuando lo único que oía por el auricular era su respiración afanosa dije: espera un instante, por favor, voy a quitar el disco, y ella contestó: puedes dejarlo. Claro, dije yo, lo dejo encantada, ¿te gusta Brahms? No sé cómo había intuido que la posibilidad de una comunicación podía proporcionarla la música, el truco me salió espontáneo, a veces una pequeña mentira es providencial; en cuanto a Brahms probablemente jugó en mi inconsciente la sugestión del título de Françoise Sagan, un título que uno lleva siempre adormecido en la memoria. Esto no es Brahms, dijo ella, es Mozart. ¿Cómo Mozart?, dije yo. Claro, Mozart, dijo ella con vivacidad, es la marcha turca de Mozart. Y gracias a esto empezó a hablar del conservatorio, donde estudiaba antes de que le pasase aquello, y todo fue muy bien.
Resultado de imagen de tabucchi el juego del reves  El tiempo, después, transcurrió lento. Oí tocar las siete desde el campanario de la iglesia de San Domenico, me asomé a la ventana, sobre la ciudad se extendía un ligero velo de colina, de vez en cuando pasaba un automóvil por la calle. Me di un toque de rimmel en las pestañas, a veces me encuentro atractiva, luego me tumbé en el pequeño sofá junto al tocadiscos y me puse a pensar en las cosas, en la gente, en la vida. El teléfono volvió a sonar a las siete y media. Yo pronuncié la consabida fórmula, tal vez con un cierto cansancio, al otro extremo del hilo hubo un ligero titubeo, luego la voz dijo: me llamo Fernando, pero no soy un gerundio. Es siempre una buena norma apreciar las frases ingeniosas de quien llama, revelan el deseo de establecer un contacto, y yo me reí. Le contesté que yo tenía un abuelo que se llamaba Conrado, pero no era un participio; y también él se rio un poco. Y luego él dijo que de todas formas tenía algo en común c
on los verbos, que tenía una cualidad parecida. Que era intransitivo. Todos los verbos sirven para la construcción de la frase, dije yo. Me parecía que la conversación permitía un tono alusivo, y además siempre hay que secundar el tono elegido por quien telefonea. Pero yo soy deponente, dijo. Deponente en qué sentido, pregunté yo. En el sentido de que depongo, dijo él, depongo las armas. Tal vez el error estaba en pensar que las armas no tenían que ser depuestas, ¿no le parecía?, tal vez nos habían enseñado una gramática equivocada, era mejor dejar que las armas las utilizasen los beligerantes, había tanta gente desarmada, podía estar seguro de tener una compañía numerosa. Él dijo: puede ser, y yo dije que nuestra conversación parecía la tabla de las conjugaciones, y esta vez le tocó a él reírse, una risita breve y áspera. Y luego me preguntó si conocía el ruido del tiempo. No, dije yo, no lo conozco. Bueno, dijo él, basta sentarse sobre la cama, durante la noche, cuando uno no logra dormirse, y permanecer con los ojos abiertos en la oscuridad, y al cabo de un rato se oye, es como un mugido en lontananza, como el aliento de un animal que devora a la gente. Por qué no me contaba más cosas sobre esas noches, tenía todo el tiempo, y yo no tenía otra cosa que hacer que escucharle. Pero mientras tanto él ya estaba en otra parte, había saltado un nexo indispensable para que yo siguiese el hilo de la historia; él no necesitaba aquel paso, o tal vez prefería evitarlo. Pero yo le dejé hablar, no hay que interrumpir nunca por ninguna razón, y además su voz no me gustaba, era ligeramente chillona y a veces un susurro.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1987, en traducción de Carmen Artal, pp. 143-147. ISBN: 84-339-3077-X.]