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domingo, 6 de agosto de 2023

El carnaval de los monstruos.- Anne-Sophie Brasme (1984)


Anne-Sophie Brasme – Películas, biografías y listas en MUBI
VI


    «Una vez fui a la biblioteca.
 Joachim había acondicionado un pequeño escritorio al fondo del pasillo. Siempre lo cerraba con llave, pero sus siestas interminables me habían permitido hurgar por toda la casa y apoderarme finalmente del llavero-lo había escondido en un armario, el muy inocente-.
 El escritorio estaba patas arriba, cubierto de papeles y carpetas. Joachim amontonaba ahí todos sus libros, viejos libros muy valiosos, que a duras penas me atrevía a tocar. Antes de abrirlos, me pasaba horas acariciándolos, respirando su olor a polvo, como en los tiempos en que ordenaba libros en la tienda de Arístides.
 Joachim coleccionaba tratados de estética, libros de arte, de historia, o de filosofía. También libros sobre mitos y leyendas, que devoré con vehemencia.
 Regresé cada vez más seguido, hasta pasar ahí todas mis horas de soledad. Leía historias sobre los dioses y la creación del mundo. Aprendí que, antes de que existiera cualquier forma de humanidad, incluso antes de que aparecieran los dioses, el universo había engendrado monstruos. El cielo y la tierra se habían unido para formar criaturas odiosas, hechas de la violencia original. Eran monstruos nacidos de la fecundación del mundo por sí mismo; su fealdad era pura, y su ira, virgen. Pero eran unos monstruos malditos. Nadie los quería. Para impedirles ver la luz del sol, los sepultaron. Un día, una guerra estalló. La edad de los monstruos había pasado. Entonces, los dioses los castigaron.
 A veces los veía en mi cabeza. Veía al pobre Tifón, que se golpeaba en la cabeza con las estrellas. Imaginaba a los Cíclopes, con el cuerpo oxidado de tanto forjar. Y las Gorgonas, tan feas que las habían expulsado a los confines del mundo. Les perdonaba su atrocidad. Soñaba con un final justo, en que todos podrían vengarse del Olimpo.
 Entonces entendí que todas esas leyendas eran reales. Que todavía hoy seguían enterrando vivos a los monstruos, los seguían desterrando de la superficie del mundo para no verlos más. Y me imaginaba que todas las personas feas de la tierra estaban condenadas al exilio y nunca morían. A veces, en la noche, pegaba mi oreja contra el suelo, y las podía escuchar; escuchaba sus lamentos sobrecogidos, sus murmullos. Agazapadas en su asilo subterráneo, me llamaban.
 Descubrí otros textos, antiguos testimonios; probablemente se remontaban a la Edad Media. Leía. A veces me costaba trabajo entenderlos. Estaban escritos en una lengua arcaica. Algunos hablaban de criaturas barrocas con el cuerpo mutilado, directamente salidas del infierno. Otros sostenían haber visto mujeres pariendo perros. Individuos que deambulaban sin piel, con la carne y los órganos al desnudo. Describían hombres que parecían bestias, con cuerpos exhibiendo el sexo como una llaga o una excrecencia anormal. Muchas veces los testimonios estaban acompañados de grabados. Los trazos eran groseros, torpes. Casi risibles. Yo sabía que todas esas historias eran mentira, que las hacían para personas ingenuas, o idiotas. Pero era más fuerte que yo, me lo creía todo. Me asustaba yo sola. Arrodillada en esos cuartos llenos de silencio, me convertía de nuevo en esa niña con angustias sofocadas. Como tantos otros, quedaba cautivada.
 Entonces, me di cuenta que en todas las épocas, en todas las civilizaciones, los monstruos habían sido objetos de una fascinación malsana.
 Me acordé de ese programa de televisión estadounidense en el que invitaban a personas con un físico ingrato para hacerles una cirugía. Miles de espectadores habían mandado sus fotos. La primera afortunada fue una solterona de Alabama. Labios delgados, orejas deformes, nariz grande. Lloró mucho cuando se enteró. Su cara se contrajo con todas sus fuerzas, y su mueca la afeaba todavía más. Se cubrió con las manos, de tanta vergüenza. Seis semanas más tarde reapareció sobre el escenario. Radiante. Sus rasgos se habían afinado; su boca estaba más carnosa, sus ojos ya no tenían ojeras. Habían aprovechado para operarle los senos y cambiarle el guardarropa. Algunos meses después del programa, parece ser que ya le habían pedido la mano.
 Pero, a decir verdad, poco importaba el resultado. La belleza no dura más que un instante; después se apaga, termina por cansar. Lo más importante era ver a los candidatos antes de la operación, y decirse: «Estas personas deben de ser las más feas del país». Peor aún: contemplarlos durante la cirugía, mientras yacían en una cama de hospital con la cara tumefacta, cuando ya no les quedaba nada de humano. Eso era lo que empujaba cada noche a los espectadores a sentarse delante de la televisión: la espantosa y prohibida visión del monstruo.
Un día descubrí una carpeta en un cajón. En la primera página estaba escrito con marcador: “El carnaval de los monstruos -investigaciones 1997/2002-“.
 Los trabajos de Joachim.
El carnaval de los monstruos by Anne-Sophie Brasme Joachim siempre había evitado el tema escrupulosamente. Durante nuestro primer encuentro, fue vago. Me habló de una investigación estética, de poner en duda los modelos de belleza. Le creí, no busqué saber más. Después de todo, no me importaba. En esa época, sólo contaba la imagen novelesca que me había hecho de la situación. Si había respondido a ese anuncio, era nada más para ser contemplada. Todavía ignoraba que nunca podría ser una modelo como cualquier otra, que lo que motivaba al arte de Joachim, más que la admiración, era la repulsión.
 Las primeras páginas eran notas apenas legibles. Esbozos de un proyecto, mil veces tachados. Finalmente entendí que se trataba de un glosario. Mis ojos descifraron algunas frases al azar.
 “Piel: instrumento de reconocimiento táctil. Desprovisto de tejido, el desollado vivo no es más que un cuerpo estéril, desnudado, casi un cadáver ya en descomposición. Cf. las figuras de Miguel Ángel o de Rafael”.
 “Pechos: órganos de la voluptuosidad femenina, envases de leche materna. Envenenados en algunas figuras mortíferas de la mitología”.
 Todo había sido disecado con una minucia casi clínica. Tenía frente a los ojos la autopsia de un monstruo. Esta introducción estaba acompañada por fotocopias bastante confusas, reproducciones de obras de arte. El Saturno de Goya, en su deglución abismal; las figuras terrosas de Dubuffet; los extraños espectros de Giacometti; los cadáveres de Munch. Extractos literarios acompañaban estas investigaciones: descripciones de monstruos kafkianos, pasajes del Apocalipsis, cantos siniestros de El Infierno. Nada faltaba al preludio.
 Lo que seguía me puso la carne de gallina.
 Joachim no se había contentado con hurgar en los libros y las pinturas: también había extraído los modelos más macabros de la vida real. Algunas páginas sólo estaban constituidas por artículos recortados cuidadosamente. Pero a éstas les sucedía un verdadero trabajo de investigación: Joachim había emprendido su propia búsqueda de monstruos. Estaba todo: fotografías, detalles macabros. Sin más tardar, entendí que esos testimonios eran la ilustración real de un preámbulo. La prueba definitiva de que los mitos son más que angustias populares reprimidas: los monstruos existen, están ahí, vivientes, y se esconden. La obra de Joachim había consistido en encontrarlos, todos, sin excepción, y exhibirlos al mundo.
 Así comenzaba el carnaval.
 Una galería titánica de anatomías miserables, reducidas al estado de escorias. Era la colección más espantosa que hubiera visto.
 La primera serie de fotografías estaba dedicada a un enano. La criatura había posado alegremente frente al objetivo de Joachim —reconocí el taller de la calle Péguy—. Sobre el último cliché, el artista aparecía al lado del modelo. Alto, impasible, casi tan horrible como el enano.
 Una decena de otros individuos estaban catalogados de la misma forma. A medida que el desfile avanzaba, eran cada vez más feos y estaban más cerca de las quimeras de Joachim.
 Una anoréxica de treinta kilos, con el cuerpo azulado por las venas. Salía desnuda en la fotografía. Parada frente al objetivo, erguida, con las piernas torcidas.
 Un transexual mutilado después de su operación fallida.
 Un hombre con quemaduras severas que había sobrevivido de milagro.
 Un manco que había nacido así, sin brazos ni manos.
 Y ese loco, en Inglaterra, del que había hablado toda la prensa, que se había sometido a un sinnúmero de operaciones quirúrgicas para hacerse un cuerpo de gato.
 ¿Por qué todas esas personas habían consentido en ser fotografiadas? ¿Qué abominable narcisismo las había empujado a exhibirse así frente a Joachim? De pronto, me heló la sangre una idea espantosa. Una violencia sofocante, el recuerdo de que, como todos ellos, yo había aceptado. Como ellos, había enarbolado mi rostro con más orgullo que si hubiera sido bello.
 Entonces recordé mi lugar entre ellos. Como si hubiera olvidado, por un instante, que el último eslabón del carnaval era yo.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Textofilia, 2012,  en traducción de Julia Piastro, pp. 87-90. ISBN: 978-6077818632.]

domingo, 6 de noviembre de 2022

Sobre la música.- Arístides Quintiliano (siglo II-IV aprox.)

APASIONADOS DEL IMPERIO ROMANO: SOBRE LA MÚSICA, por ARÍSTIDES ...

   Libro II

  «1.-A continuación debemos examinar si es o no posible educar por medio de la música, si ello es de alguna utilidad o no, si se puede educar a todos o solamente a algunos, si se ha de hacer con un solo tipo de composición melódica o con más, y, junto a estas cosas, si para nada se ha de hacer uso de las músicas rechazadas para la educación o si a veces también es posible hallar algún beneficio derivado de ellas. El modo educativo de la música admite todas estas cuestiones.
   Pero primero es necesario que tratemos acerca del alma, pues tal como no es posible conocer ninguna de las otras artes sin antes comprender aquello en lo que ellas ponen su esfuerzo, así tampoco podremos saber nada de la educación mediante la música sin conocer primero el alma, de cuyo cuidado se ocupa por entero. Qué es el alma y de qué se constituye se dirá en su momento oportuno; hablemos ahora brevemente sólo de lo necesario.
   2.- Antiguos y divinos hombres, según parece, sostuvieron acerca del alma, junto a otras muchas cosas, también esto: que en verdad el alma no es una de las entidades simples ni de las que tienen una naturaleza o potencia única.
   En efecto, las cosas de este mundo, si debían ser dotadas de algún ritmo y algún orden, necesitaban la administración de un alma que las dirigiera; pero el alma no podía estar presente ni actuar en las cosas de la Tierra sin ser rodeada por las ligaduras del cuerpo (el cual, al descender al lugar grave que le es propio, la arrastra hacia abajo y le impide abandonarlo), ni tampoco era posible que ella realizara correctamente y en consonancia con el universo la providencia de las cosas de aquí si no poseyera también la comprensión y la percepción de las bellezas de allí. Por eso, el alma necesitó cierta doble naturaleza, que fuera, por un lado, poseedora de la sabiduría y que, por otro, debido a su parentesco con el cuerpo, no despreciara las cosas de este mundo.
  Así pues, el que administra la Totalidad, dicen los antiguos, habiendo establecido que el alma debía de ser la gobernadora de los cuerpos, separó para ella de la parte divina la sustancia de la razón, por la cual debía ordenar las cosas de este mundo, y de la parte irracional añadió el deseo, para que tendiera hacia las cosas de aquí. Pero, velando para que el alma, a causa de sus muchas ocupaciones en este mundo, no se olvidara completamente de las bellezas de allí y para que no fuera encadenada por su inclinación hacia cosas menos estimables que ella misma, instaló la memoria en ella como antídoto contra la irracionalidad y envió junto al alma que caía tal inefable belleza de las ciencias que al volver hacia ella su innato amor pudiera pasar su vida aquí honestamente, ordenada con nobles impulsos y acciones, y pudiera hacer después su separación del cuerpo feliz en lo posible.
  Y así, éstas son las dos especies del alma: la racional, mediante la cual hace cuanto concierne a la sabiduría, y la irracional, por la que se ocupa de lo que se refiere al cuerpo. Esta última, a su vez, ha recibido una doble diferencia según su manera de actuar: a la parte que tiene inclinación hacia una relajación excesiva los antiguos denominaron deseante [epimḗtiikḗ] y a la que se observa en una tensión desmedida llamaron impulsiva [thymikḗ].
  3.- Y, ciertamente, también se han producido dos tipos diferentes de aprendizaje: unos mantienen la parte racional en su natural libertad, ya que, por la comunicación de la sabiduría, la hacen sobria y la preservan pura; otros, mediante el hábito, cuidan y domestican la parte irracional como si fuera una fiera que se mueve desordenadamente, no permitiéndole perseguir tareas excesivas ni caer totalmente en la indolencia. De los primeros, la filosofía es soberana y guía mistérica; de los segundos la música es rectora, pues ya desde la infancia modela los éthē por medio de armonías y hace más melodioso el cuerpo mediante los ritmos.
   En efecto, no era posible educar a los excesivamente jóvenes con palabras puras, que sólo poseen la advertencia carente de placer, ni tampoco dejarlos completamente descuidados, Para ellos, así pues, quedaba la educación que no mueve la parte racional antes de tiempo, la cual permanece en reposo durante la juventud, y que beneficia al resto educándola placenteramente por medio del hábito. Incluso la naturaleza misma enseñaba cómo se debía aplicar la educación, pues no es mediante lo que desconocemos sino mediante lo que conocemos a través de la razón y de la experiencia por lo que unos somos llevados a la persuasión y otros obramos para persuadir.
   Es posible ver a todos los niños siempre inclinados al canto y bien dispuestos al alegre movimiento (y nadie en su sano juicio les aparta del placer que de tales cosas se deriva), ya sea porque el encanto de esta ocupación seduce su mente o porque el alma, una vez liberada de la indolencia que tenía en su primera infancia —en la que estaba inmersa debido a la blandura de sus envolturas—, tan pronto como siente el cuerpo más sólido se lanza con todas sus fuerzas a su natural movimiento.
   4.- Puesto que esto es así, es posible responder a quienes cuestionan que la melodía mueva a todas las personas, que han ignorado, en primer lugar, que este aprendizaje es propio de los niños, a todos los cuales podemos ver dominados de modo natural por tal deleite, y, además, que incluso si la melodía no cautiva de inmediato a las personas poco predispuestas para ello por su tipo de vida o por su edad, al cabo de no mucho tiempo también las consigue subyugar. Ciertamente, tal como un mismo fármaco aplicado a una afección similar en muchos cuerpos no puede actuar de igual modo, al margen de la moderación o gravedad de los casos, sino que cura con más rapidez a unos y con más lentitud a otros, así también el mélos mueve instantáneamente a la persona más predispuesta para ello, pero tras un tiempo mayor cautiva a la que lo es menos.
Sobre la musica: 216 (B. CLÁSICA GREDOS): Amazon.es: Quintiliano ...   Las causas de la eficacia de la música son evidentes. Nuestro primer aprendizaje se produce por medio de semejanzas, que descubrimos atendiendo a los sentidos. Sin duda, la pintura y el arte plástico educan sólo mediante la vista y, sin embargo, estimulan al alma y la conmueven; ¿cómo, pues, no la iba a cautivar la música que hace la imitación no por medio de un solo sentido sino de más? La poesía se sirve del oído solo mediante dicciones puras, pero sin la melodía no siempre mueve nuestras pasiones y sin ritmos no siempre las pone en íntimo contacto con lo que subyace tras ella. La prueba de esto es que si alguna vez es necesario mover la pasión durante la interpretación, ello no se consigue sin inclinar de alguna manera la voz hacia la melodía. Únicamente la música educa no sólo con la palabra, sino también con imágenes de las acciones, y no lo hace mediante imágenes inmóviles o fijas en una única figura corporal, sino mediante imágenes animadas que modifican su forma y su movimiento en íntima unión con cada uno de los hechos que se narran. Esto queda claro tanto a partir de la danza de los coros antiguos, cuya directora era la rítmica, como de lo que han escrito muchos autores sobre la representación escénica. Ciertamente, aquellas artes que tienen sus propias materias específicas no pueden conducirnos rápidamente al concepto de la acción. En efecto, mientras que en unos casos los colores, en otros los volúmenes y en otros la palabra suponen cosas ajenas a la verdad, la música persuade con la mayor eficacia, pues hace la imitación con cosas similares a aquellas con las que se realizan también las mismas acciones de verdad. Efectivamente, puesto que en los hechos que acontecen, la voluntad va en primer lugar, le sigue la palabra y tras ello se realiza la acción, la música imita los éthē y las pasiones del alma con los conceptos, las palabras con las armonías y la modulación de la voz, y la acción con los ritmos y el movimiento del cuerpo. Por todo ello, una educación de este tipo debe estar dirigida principalmente a los niños, para que mediante las imitaciones y las semejanzas realizadas en la infancia lleguen a conocer y desear a través del hábito y el ejercicio las cosas que en la edad adulta se realizan en serio.
   ¿Por qué, entonces, admiramos si resulta que los antiguos han hecho la mayor parte de la corrección ética mediante la música? Ellos veían la fuerza de esta actividad y la eficacia que por naturaleza tiene. Del mismo modo que ponían su atención en las otras cosas que nos pertenecen —me refiero a la salud y al vigor corporal—, intentando conservar unas, ocupándose en aumentar otras y limitando las que tienden al exceso dentro de lo adecuado, así también hicieron con las cosas que conciernen a los cantos y las danzas, las cuales surgen de modo natural en todos los niños: no era posible impedirlas a menos que se destruyera la naturaleza misma, pero, al cultivarlas poco a poco e imperceptiblemente, idearon una ocupación ordenada y acompañada de placer, y de lo inútil hicieron algo útil.
   Verdaderamente, no hay acción entre los hombres que se realice sin música. Los himnos divinos y las ofrendas son ordenados con música; las fiestas privadas y las festividades públicas de las ciudades son magnificadas con ella; los combates y las marchas se inician y se detienen mediante música. También hace menos penosas las navegaciones y el remar, y los más pesados trabajos artesanos, produciendo un alivio en las fatigas; Y en algunos pueblos extranjeros ha sido empleada incluso en los duelos; al romper con la melodía la agudeza del dolor. Y, ciertamente, ellos veían que no es sólo una la causa que nos mueve a cantar, sino que unas personas en las alegrías son movidas por el placer, otras en las pesadumbres por la pena, y otras, poseídas por un impulso e inspiración divina, por el entusiasmo, o incluso por todas estas causas mezcladas entre sí en algunos acontecimientos y circunstancias, pues tanto los niños debido a la edad como los mayores debido a la debilidad de la naturaleza son arrastrados por tales pasiones.
  5.- Si bien estas pasiones no mueven a todas las personas, como es el caso de los sabios, y no todas ellas conducen al canto, como las pasiones intemperadas, era necesario, sin embargo, aplicar la terapia de las pasiones que ocurrían y a las personas en quienes se desarrollaban, logrando ciudadanos que fueran útiles en el momento del esfuerzo. No era posible que las personas turbadas por las pasiones hallaran la curación a partir de la palabra.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Gredos, 1996, en traducción de Luis Colomer y Begoña Gil, pp. 58-61. ISBN: 978-8424917975.]

sábado, 3 de julio de 2021

Memorias.- François Timoléon, abate de Choisy (1644-1724)


Resultado de imagen de abate de choisy «Me ordenáis, señora, que escriba la historia de mi vida; ni pensarlo, pues no veríais en mi relato ni ciudades tomadas al asalto ni batallas victoriosas. La política no brillaría más que la guerra. Bagatelas, pequeños placeres, niñerías: no esperéis otra cosa. Un natural feliz, tiernas inclinaciones, nada negro en el espíritu, alegría por doquier, necesidad de gustar, pasiones vivas: virtudes en el bello sexo, defectos en un hombre. Si vos os sentirías avergonzada de leer, ¿cómo debería sentirme yo al escribir? Podría excusarme en una mala educación, pero no se me disculparía. Mas, sin duda se trata de argumentos inútiles. Vos ordenáis, yo obedezco. Pero aceptar que os obedezca por partes; escribiré algún acto de mi comedia sin ninguna relación con el resto; por ejemplo, me apetece contaros las grandes y memorables aventuras del barrio de Saint-Marceau.
 Es extraño que sea imposible deshacerse de una costumbre de la infancia: mi madre me acostumbró a llevar vestidos femeninos desde mi nacimiento y continué llevándolos en mi juventud; hice teatro durante cinco meses como muchacha en una gran ciudad sin que nadie se diera cuenta del engaño; tenía pretendientes a los que concedía pequeños favores, pero era muy reservado con ellos en cuanto a los grandes; todos se hacían lenguas de mi recato.
 Disfrutaba del mayor placer que se puede gustar en este vida; el juego, que siempre me ha perseguido, me curó de esas bagatelas durante algunos años, pero cada vez que me arruiné y quise dejar el juego, recaí en mi antigua debilidad y volví a convertirme en mujer. Con este propósito compré una casa en el barrio de Saint-Marceau, en medio de la burguesía y el pueblo, para poder vestirme a mi antojo entre personas que no criticarían lo que yo hiciera. Empecé por volverme a agujerear las orejas, pues los antiguos orificios se habían cerrado, me puse corsés bordados y batas dorada sy negras con adornos de raso blanco, un cinturón convexo y un gran moño de cintas detrás para marcar el talle, una larga cola que me arrastraba, una peluca muy empolvada, pendientes, lunares postizos, una cofia y una fontange. Al principio sólo llevaba una bata negra cerrada por delante con una abotonadura que llegaba hasta abajo y una cola de medio metro que me llevaba un lacayo, una peluca pequeña y poco empolvada, pendientes muy sencillos y dos grandes emplastos de terciopelo en las sienes. Vestido así fui a visitar al cura de Saint-Médard, que elogió mucho mi atuendo y me dijo que tenía más encanto que muchos curas, con sus casacas y sus capitas que no inspiraban ningún respeto; pues ése era poco más o menos el hábito de muchos curas de París. Fui también a ver a los sacristanes de la parroquia, que me habían alquilado un banco frente al púlpito del predicador, y después hice todas las visitas de mi barrio, a la marquesa de Usson, a la de Ménieres y a todas mis demás vecinas. No me puse otro vestido durante un mes y no falté ningún domingo a misa mayor ni al sermón del señor cura, lo que lo complació mucho. Iba también una vez por semana, con el señor vicario y el señor Garnier, a quien había escogido como confesor, a visitar a los pobres vergonzantes y a hacerles alguna caridad; pero, al cabo de un mes, me desabroché tres o cuatro botones del escote para dejar entrever un corpiño de moaré plateado que llevaba debajo. Me puse unos pendientes de diamantes que le había comprado cinco o seis años antes al joyero Lambert, mi peluca se hizo más larga y empolvada y cortada de manera que dejaba ver por completo los pendientes, y me puse tres o cuatro lunares pequeños alrededor de la boca y en la frente. Estuve aún un mes sin arreglarme más a fin de que todo el mundo se fuese acostumbrando insensiblemente y creyese verme siempre igual, lo que así ocurrió. Cuando vi que mi plan tenía éxito, me desabroché cinco o seis botones del bajo del vestido para dejar que se viese una falda de raso negro con lunares, cuya cola tenía la misma longitud que la del vestido; llevaba además debajo una enagua de damasco blanco, que sólo se veía cuando me llevaban la cola. Ya no me ponía calzones, pues me parecía que hacía más mujer y no tenía frío porque era verano. Llevaba una corbata de muselina cuyas borlas caían sobre un gran lazo de cinta negra sujeto a la parte superior del vestido, lo que no impedía que se me vieran los hombros, que conservaba muy blancos gracias al gran cuidado que tuve toda la vida. Todas las noches me lavaba el cuello y el escote con agua de ternera y pomada de pies de carnero, que conservaban la piel blanca: así acostumbré poco a poco a la gente a verme arreglado. Estaba dando una cena a la señora de Usson y otras cinco o seis vecinas, cuando vino el señor cura a visitarme a las siete de la tarde; le rogamos que cenase con nosotras; era un buen hombre y se quedó.
Resultado de imagen de abate de choisy -Desde ahora –me dijo la señora de Usson- os llamaré señora.
 Me hizo girar y girar ante el señor cura, diciéndole:
 -¿No tenemos aquí a una hermosa dama?
 -Es verdad –contestó él-: pero, ¿no se trata de un disfraz?
 -No señor –le dije yo-, no, de hoy en adelante voy a vestir siempre así. Sólo llevo vestidos negros forrados de blanco o blancos forrados de negro, por lo que no puede reprochárseme nada. Estas señoras me aconsejan, como veis, esta forma de vestir y me aseguran que no me sienta mal. Además, os diré que, cenando hace dos días en casa de la marquesa de Noailles, llegó su señor cuñado de visita y elogió mucho mi vestimenta, y delante de todo el mundo me llamaba “señora”.
 -¡Ah! –exclamó el señor cura-. Me rindo ante semejante autoridad y reconozco, señora, que estáis muy bien.
 Anunciaron que la cena estaba servida; permanecimos a la mesa hasta las once y mis criados acompañaron luego a su casa al señor cura. Desde entonces lo visitaba y no tuve reparos en ir a todas partes en bata y todo el mundo se acostumbró.

 He buscado saber de dónde me viene un placer tan extravagante. Helo aquí: lo propio de Dios es ser amado, adorado; el hombre ambiciona lo mismo tanto como su debilidad se lo permite; pero, como la belleza es lo que hace nacer el amor y ella es ordinariamente privilegio de las mujeres, cuando sucede que los hombres tienen o creen tener algunos rasgos de belleza capaces de provocar amor, intentan aumentarlos con adornos femeninos, que son muy favorecedores. Sienten ellos entonces el inexpresable placer de ser amados. Yo he sentido más de una vez lo que digo por dulce experiencia, y cuando, hallándome en bailes o teatros ataviado con hermosos vestidos, diamantes y lunares, he escuchado decir en voz baja a mi alrededor “¡Mira qué persona más hermosa!” he gustado de un placer que no se puede comparar con nada, tan intenso es. Ni la ambición, ni la riqueza y ni siquiera el amor, lo igualan, porque nos amamos más a nosotros mismos de lo que amamos a los demás.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Laertes, 1999, en traducción de Marina Pino, pp. 23-27. ISBN: 84-7584-396-4.]    
      

lunes, 28 de junio de 2021

Rimas.- Michelangelo Buonarroti (1475-1564)


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LX


  «Sabes que sé que sabes, señor mío,
que vengo por gozarte más cercano,
que soy yo quien te busca; si es mi mano,
¿por qué no saludarnos sin desvío?

Si es cierta la esperanza que te fío
y a mi anhelo respondes soberano,
rómpase el muro entre los dos tirano,
que al ocultarse un mal, dobla su brío.

Si sólo amo de ti, señor querido,
lo que más amas tú, ya condesciende,
pues mi alma es de la tuya compañera.

Lo que en tu bella faz aprendo ardido,
el ingenio del hombre mal comprende:
ha de morir el que saberlo quiera.
[…]

LXXXVII

 Querer quisiera, oh Dios, lo que no quiero
entre el fuego y mi hielo, allí se esconde
un velo por el cual no corresponde
la pluma a mi papel, lo hace embustero.

Te amo con la lengua y desespero,
pues tu amor no me mueve y no sé dónde
abrir paso a la gracia que me inunde
y derrote por fin mi orgullo fiero.

¡Rasga el velo, Señor, rompe ese muro
que con dureza cruel aún retrasa
el gran sol de tu luz, que nos calienta!

La prometida luz, a tu conjuro,
llegue a tu bella esposa, y que su brasa
mi pecho alumbre y sólo a ti te sienta.
[…]

XC

 Me amo más que nunca me había amado
y valgo más desde que tu figura
vive en mi corazón, cual la escultura
más vale aún que el bloque no tallado.

Como algún folio escrito o dibujado
que un trozo vale más sin escritura,
valgo, desde que gozo la ventura
de que tus ojos me hayan señalado.

Con ese signo, firme, donde llego,
Resultado de imagen de michelangelo buonarroti rimascomo quien lleva talismán o espada,
cuidados y peligros tengo a menos.

Con tu señal doy luz a todo ciego,
al fuego venzo yo, y al agua helada
y con mi esputo sano los venenos.
[…]

CIX

 No es siempre a todos apreciable y caro / lo que al sentido tienta
mientras alguien lo sienta / aun si es muy dulce, pésimo y amargo.
El buen gusto es tan raro / que a la opinión del vulgo errante cede
quien a solas lo goza sin embargo. / Así yo pierdo, avaro,
a quien saber no puede / de un alma triste ayes y dolores.
El mundo es ciego y da lauros y honores / a aquel que menos digno se revele,
cual látigo que al par enseña y duele.
[…]

CCXLVII

 Me place el sueño, y más ser piedra inerte / mientras el daño y la ignominia duran.
No ver, nada sentir, me es gran ventura. / ¡Baja la voz! Que nadie me despierte.
[…]


CCLXIX


 Bien puede, al par de mi ardiente deseo
la esperanza brotar, y no engañosa;
si nuestra ansia al cielo es enojosa,
¿por qué Dios creó el mundo cual lo veo?

 Y ¿qué ocasión mejor, a lo que creo,
de amarte hay que gloriar la paz dichosa
que torna en ti divina toda cosa
y del alma piadosa es el recreo?

Falsa esperanza es la de amor que acaba
con la beldad que mengua a cada instante,
y adora faz que cambia de improviso.

Y es dulce aquella que en pudor se graba,
que ante arrugas y muerte es más constante
siempre, y aquí promete el paraíso.»

  [Los textos pertenecen a la edición en español de Editorial Pre-Textos, 2012, en selección y versión de Manuel J. Santayana, pp. 53, 77, 81, 105, 155 y 163. ISBN: 978-84-15297-68-0.]