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martes, 23 de junio de 2020

Historia de los heterodoxos españoles.- Marcelino Menéndez Pelayo (1856-1912)

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Capítulo I: Sectas místicas.-Alumbrados.-Quietistas.-Miguel de Molinos.-Embustes y bellaquerías
VII: El quietismo. -Miguel de Molinos (1627-1696). Exposición de la doctrina de su «Guía espiritual».

    «De la vida de este famoso heresiarca antes de su viaje a Roma apenas quedan noticias. De él, como de otros disidentes nuestros, puede decirse que no fue profeta en su patria ni le conoció nadie hasta que los extraños le levantaron en palmas. Era un clérigo oscuro, natural de Muniesa, en la diócesis de Zaragoza, y se había educado en Valencia, donde tuvo un beneficio y fue confesor de unas monjas. Se jactaba de haber sido discípulo de los Jesuitas del colegio de San Pablo, a quienes apoyó en sus cuestiones con la Universidad.
  Fue a Roma en solicitud de una causa de beatificación el año 1665, pontificado de Clemente IX. De los documentos que tenemos a vista consta que moraba cerca del arco de Portugal, en la calle del Corso, y que de allí se trasladó a otra casa de la calle de la Vite. Asistía muy de continuo a la congregación llamada Escuela de Cristo, en San Lorenzo in Lucina, que más adelante se estableció en Santa Ana de Monte-Cavallo, hospicio de religiosas descalzas de Santa Teresa; luego cerca de la iglesia de San Marcelo, en las casas del cardenal de Aragón, y finalmente, en la iglesia de San Alfonso, de PP. Agustinos Descalzos españoles. Esta congregación fue el primer foco del quietismo, y Molinos llegó a dominarla a su albedrío, arrojando de ella a más de cien hermanos que le eran hostiles. Pronto su fama de piedad y religión le abrieron las puertas de las principales casas de Roma. Parecía buena y sana su doctrina, como que recomendaba sin cesar las obras espirituales del Venerable Gregorio López y del P. Falcón .
  Era, conforme le describen las relaciones italianas del tiempo, “hombre de mediana estatura, bien formado de cuerpo, de buena presencia, de color vivo, barba negra y aspecto serio”. Pasaba por director espiritual sapientísimo y por hombre muy arreglado en vida y costumbres, aunque no muy dado a prácticas exteriores de devoción.
  El fundamento de esta reputación estribaba en un libro tan breve como bien escrito, especie de manual ascético, cuyo rótulo a la letra dice: Guía espiritual que desembaraza el alma y la conduce al interior camino para alcanzar la perfecta contemplación. No imprimió esta obrilla el mismo Molinos, sino su fidus Achates, Fr. Juan de Santa María, que recogió para ella aprobaciones de Fr. Martín Ibáñez de Villanueva, Trinitario calzado, calificador de la Inquisición de España; del P. Francisco María de Bologna, calificador de la Inquisición romana; de fray Domingo de la Santísima Trinidad; del P. Martín Esparza, Jesuita, y del P. Francisco Jerez, Capuchino, definidor general de su Orden. La primera edición se hizo en 1675; reimprimióse al año siguiente en Venecia, y con tal entusiasmo fue acogida, que en seis años llegaron a veinte las ediciones en diversas lenguas. Hoy son todas rarísimas; yo la he visto en latín, en francés y en italiano, pero jamás en castellano; y es lástima, porque debe ser un modelo de tersura y pureza de lengua. Molinos no estaba contagiado en nada por el mal gusto del Siglo XVII, y es un escritor de primer orden, sobrio, nervioso y concentrado, cualidades que brillan aún a través de las versiones.
  Con todo eso, la Guía espiritual es uno de los libros menos conocidos y menos leídos del mundo, aunque de los más citados. Yo voy a presentar un fiel resumen de ella, que muestre su importancia en la historia de las especulaciones místicas. Es fácil analizarla, porque Molinos, al contrario de su paisano Servet, con quien tiene otros puntos de contacto, se distingue por la claridad y el método.
  El editor, Fr. Juan de Santa María, quiere persuadirnos de que Molinos escribió la Guía “sin otra lectura ni estudio que la oración y el martirio interior, sin más artificio que los movimientos del corazón, sin otra mira que la de responder a la inspiración y, por decirlo así, a la violencia divina”. A despecho de tales pretensiones, comunes en todos los iluminados, v. gr., en Juan de Valdés, Molinos era hombre de grandes lecturas místicas, así ortodoxas como heterodoxas, y con frecuencia cita y aprovecha, torciéndolos a su propósito, conceptos y frases de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, lo mismo que de Ruysbroeck y de Tauler o del Aeropagita y de San Buenaventura.
  Molinos empieza por definir la mística ciencia de sentimiento, que se adquiere por infusión del espíritu divino, no por la lectura de los libros ni por sabiduría humana. Dos caminos hay para llegar a Dios: uno, la meditación y el razonamiento; otro, la fe sencilla y la contemplación. El primero es para los que comienzan; el segundo, para los ya adelantados, en quienes es preciso que el amor vuele, dejando al entendimiento atrás. Cuando el alma ha roto los lazos de la razón, Dios obra en ella y la llena de luz y de sabiduría. En tal estado, basta fe general y confusa, y aun negativa, que con serlo, excede siempre a las ideas más claras y distintas que se forman de Dios mediante las criaturas.
  La meditación es cosa distinta de la contemplación, aunque una y otra sean formas de oración; pero la primera es obra de la inteligencia; la segunda, del amor. Puede definirse la contemplación: una vista sincera y dulce sin reflexión ni razonamiento. Para alcanzarla es fuerza abandonar todos los objetos creados, así espirituales como materiales, y ponerse en manos de Dios. En el interior del alma se halla su imagen, se escucha su voz, como si no hubiera en el mundo más que él y nosotros.
  La contemplación se divide en acquisita o activa e infusa o pasiva. La primera es imperfecta y está en mano del hombre llegar a ella, si Dios le llama por ese camino y le da los auxilios de la gracia. Las señales de esto son: 1.ª incapacidad de meditar; 2.ª tendencia a la soledad; 3.ª fastidio y disgusto de los libros espirituales; 4.ª firme propósito de perseverar en la oración; 5.ª vergüenza de sí mismo, horror extremo del pecado y profundo respeto a Dios. En cuanto a la contemplación infusa, que Molinos describe con palabras de Santa Teresa en el Camino de perfección (c. 25), es una pura gracia de Dios, que la da a quien Él quiere.
  El objeto de la Guía es desterrar la rebelión de nuestra voluntad y conducirla a la paz y recogimiento interior. No hay que arredrarse por las tinieblas, por la sequedad y las tentaciones. Son medios de que Dios se vale para purificar el alma. “Es fuerza que sepáis -dice Molinos- que vuestra alma es el centro, el asiento y el reino de Dios. Si queréis que el Soberano Rey venga a sentarse en el trono de vuestra alma, debéis tenerla limpia, tranquila, vacía y sosegada; limpia de pecados y de defectos; tranquila y exenta de errores; vacía de pensamientos y deseos; sosegada en las tentaciones y aflicciones”.
  Cuando el alma se encuentra privada del razonamiento, debe perseverar en la oración y no afligirse, porque su mayor felicidad se halla en ese estado. Esta sequedad y estas tinieblas son el camino más breve y seguro para llegar a la contemplación. Sufrir y esperar, pues, que Dios hará lo restante. Hay que marchar con los ojos cerrados, sin pensar ni razonar absolutamente. A Dios hemos de buscarle no fuera, sino dentro de nosotros mismos. El alma no debe afligirse ni dejar la oración aunque se siente oscura, seca, solitaria y llena de tentaciones y tinieblas. La oración tierna y amorosa es sólo para los principiantes, que aún no pueden salir de la devoción sensible. Al contrario, la sequedad es indicio de que la parte sensible se va extinguiendo, y, por lo tanto, buena señal; como que produce todos estos bienes: 1.º, perseverancia en la oración; 2.º, disgusto de todas las cosas mundanas; 3.º, consideración de nuestros defectos propios; 4.º, advertencias secretas, que impiden cometer tal o cual acción y mueven a corregirse; 5.º, remordimiento de cualquier falta ligera; 6.º, deseos ardientes de sufrir y hacer cuanto Dios quiera; 7.º, inclinación poderosa a la virtud; 8.º, conocerse el alma a sí misma y despreciar las criaturas; 9.º, humildad, mortificación, constancia y sumisión. De ninguno de estos efectos se da cuenta el alma por entonces, pero los reconoce después.
  Hay dos especies de devoción: la esencial y verdadera y la accidental y sensible. Debe huirse de la segunda, y aun despreciarla, si se quiere adelantar en la vía interior.
  Ni ha de creerse que cuando el alma permanece quieta y silenciosa está en la ociosidad, antes el Espíritu Santo trabaja entonces en ella, y las tinieblas que Dios envía son el camino más derecho y seguro: aniquilan el alma y disipan todas las ideas que se oponen a la contemplación pura de la verdad divina.
  No llegará el alma a la paz interior si antes Dios no la purifica. Los ejercicios y mortificaciones no sirven para eso. El deber del alma consiste en no hacer nada proprio motu, sino someterse a cuanto Dios quiera imponerle. El espíritu ha de ser como un papel en blanco, donde Dios escriba lo que quiera. Ha de permanecer el alma largas horas en oración muda, humilde y sumisa, sin obrar, ni conocer, ni tratar de comprender cosa alguna. Será acrisolada con todo linaje de tormentos interiores y exteriores y se desatarán contra ella todas las pasiones y los deseos impuros. Pero no debe inquietarse ni apartarse del camino espiritual por más recia que la tempestad brame. La tentación sirve para probar al hombre y hacerle sentir su bajeza, y en la tentación se apura y acendra el alma como en el crisol el oro. «Las tentaciones -concluye Molinos- son una gran felicidad. El modo de rechazarlas es no hacer caso de ellas, porque la mayor de las tentaciones es no tenerlas».
  La fe debe ser pura, sin imágenes ni ideas; sencilla y sin razonamientos; universal, sin reflexión sobre objetos distintos. En medio del recogimiento asaltarán al alma todos sus enemigos; pero el alma saldrá ilesa y triunfante con ponerse en las manos de Dios, hacer un acto de fe, separarse de todo lo sensible y permanecer inactiva, retirada en la parte superior de sí misma, abismándose en la nada, como en su centro, y sin pensar en nada, y mucho menos en sí misma. Dios hará lo demás. No se pierde la contemplación virtual y adquirida aunque la molesten mil pensamientos importunos, con tal que no se consienta en ellos.
  Los trabajos ordinarios de la vida (estudiar, predicar comer, beber, negociar, etc.) no se apartan del camino de la contemplación, que virtualmente se sigue dada la primera resolución de entregarse a la voluntad divina.
  La meditación no comunica al alma más que algunas verdades particulares; sólo en la contemplación se halla la verdad universal. Puede entrarse en el mar inmenso de la divinidad teniendo presentes los misterios de la humanidad de Jesucristo; pero mejor por un acto sencillo de fe que por la meditación, la cual, por lo que tiene de racional y sensible, no es del agrado de Molinos. Él está por la contemplación pura, en que callan las palabras, los deseos y los pensamientos.»

        [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Aldus, 1946, (Consejo Superior de Investigaciones Científicas).]

martes, 2 de junio de 2020

Tentaciones mahometanas.- Stefan Weidner (1967)

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Después del 11-S: Argel, Alepo y Ánnaba

   «Simón fue ante todo un escándalo para la Iglesia. No se conformó con ser un hermano más del monasterio. En su extrema autonegación contravino lo que cualquier hombre en su sano juicio entendería por vida monacal. Creó un patrón de conducta que se convirtió en un peligro para los demás, cuyos esfuerzos por abandonar el mundo quedaban en comparación totalmente eclipsados cuando no despojados de todo valor. Quien intentaba ser de su cuerda y seguir su ejemplo corría peligro de muerte. Quien al igual que él no comía nada en cuarenta días moría. Quien como él no bebía nada en cuarenta días moría igualmente. El que se aplicaba como él el cilicio reventándose las venas y lacerándose las carnes hasta sangrar y sentir cómo le ardían las heridas, y rechazaba como Simón hacía cualquier tipo de cuidado, terminaba por morirse. Por esa razón, para impedir que su conducta hiciera escuela, fue expulsado del monasterio. Se instaló en un pedazo de tierra en lo alto de la colina, donde luego sería erigida la columna, y mandó que lo encadenaran para no sucumbir a la tentación, para ausentarse del mundo. […]
 Poco a poco, cuando contaba aproximadamente treinta y cinco años, alcanzó tal fama que la gente peregrinaba en masa a su encuentro con la esperanza de asistir a sus proezas. […] Observaban atónitos la increíble fe de ese hombre, que lo hacía inmune a todo lo que hay sobre la tierra, a cualquier cosa que pudiera sucederle, pues no había nada que le afectara. Se quedaban pasmados frente a aquel hombre que no sentía miedo ante nada, que pese a estar preso en un cuerpo había liberado su mente como nadie había podido hacerlo antes. Aunque conviene precisar: lo que había liberado era su alma. Su mente se mantenía ligada a Dios y a los Evangelios.
 Y en el momento en que se vio asediado por la gente, atormentado, obligado a actuar, huyó hacia arriba, se subió a una columna. Nadie supo de dónde había salido, quizá fuera él mismo quien la construyera; en un primer momento su altura era de ocho pies, lo suficiente como para estar por encima de todos, aunque aún demasiado cerca de los brazos estirados de una turba histérica de peregrinos. De modo que fue ampliándola más y más hasta que, finalmente, en los últimos días de su vida, alcanzó a medir cincuenta pies. Pero mucho antes, cuando su columna no pasaba de los quince pies, constantemente exhortado y forzado como estaba, descubrió sus dotes de orador: las palabras brotaban de su interior como una cascada, mas no en un flujo continuo, sino a borbotones imprevisibles. […]
 Comenzó, como siempre hacía, a proferir todo tipo de insultos, ofensas e injurias; estaba fuera de sí, furibundo. "¡Cretinos! ¡Cerdos miserables! ¡Hatajo de corruptos, no sois más que culos que rezuman lascivia! ¿Queréis que os cure? Me hacéis reír. Seguid mi ejemplo. Alegraos de estar enfermos. Al menos así buscáis refugio en Dios. Si estuvierais sanos, ¿acaso estaría yo ahora viéndoos? Y vosotros, los que creéis estar sanos, sois los más enfermos de todos sin siquiera percataros. Os creéis especiales. Os consideráis los más devotos. ¡Bah! ¡Largaos! Escoria. Fariseos. Chusma del Señor. Judíos, persas, romanos, maniqueos... Putas e hijos de puta, vándalos, germanos, paganos convertidos, cerdos cristianos"; ése era siempre su último recurso, el último intento, la mayor de las humillaciones. Cuando volvió en sí, se vio obligado a repetir: "No son más que una panda de cerdos cristianos. Supersticiosos, histéricos, mirones, cerdos cristianos arrojados al mundo". Y sabía que estaba en lo cierto. No eran mucho mejores que eso. No se había producido progreso alguno en la religión. Si acaso retrocesos. Daba absolutamente igual quién creyera qué. Lo sabía, y también sabía que esto era lo más doloroso, la gran prueba. Había permanecido en silencio durante semanas y ahora había explotado. Había vuelto a fracasar. Había sido un belicoso orgasmo no deseado. Y lo que lo hacía aún peor: en público. Una manifestación de ira. De odio. Esa multitud era el diablo, la tentación. Su columna medía entonces quince pies, nadie podía tocarlo, pero no servía de nada. Era necesario erigir otra, una más alta. […] "¡Marchaos1 ¡Haz que se vayan! Sois los enemigos de Dios Sois el demonio hecho hombre. Si tuviera unas piedras aquí arriba, os lapidaría. Si tuviera poder en el cielo, haría que llovieran piedras sobre vosotros".
Tentaciones mahometanas (DE): Amazon.es: Weidmer, Stefan, Ugarte ... Un murmullo atravesó la muchedumbre de peregrinos. ¡Qué alegría! Ha reaccionado. Ha reparado en su presencia. Sí, ha entrado en contacto con ellos: ha querido lapidarlos. Entonces la multitud empezó a rugir: ¡Lapídanos, Sam'an, apedréanos, por favor, ven y lapídanos! -sonaban a coro cientos de gargantas-. ¿No tienes piedras? ¡Aquí están las piedras que nos merecemos!" […] Y como Simón no tenía piedras a mano, algunos empezaron a lanzarlas a la plataforma que culminaba su columna, como si se tratara de un partido de baloncesto, para que éste pudiera luego arrojárselas. Cada vez volaban más piedras hacia él, y sin embargo se incorporó y permaneció erguido con el fin de que impactaran en su cuerpo. Por un momento dio la impresión de que era él el lapidado, de que era él quien había querido que lo apedrearan. Sus cuatro adeptos, los guardianes de la columna, intervinieron emprendiéndola a garrotazos con la turba, mientras Simón pareció tranquilizarse. Era evidente que las piedras le hacían un gran bien, que las frescas e inesperadas heridas, que la sangre en la frente y en el pecho, le proporcionaban alivio. Cuando se dieron cuenta de que volvía a enmudecer, de que su ira remitía y de que soportaba bien las piedras, cesaron bruscamente de arrojarlas y volvieron a aullar: "¡Lapídanos, apedréanos!" Mas él volvió a sumergirse en sí mismo, se arrodilló en lo alto de su columna y dio gracias a Dios por haberlo liberado al fin de esa tentación.
 Demasiado tarde. La multitud estaba histérica. […]
 Entonces alzó la voz para decir: "¿A qué habéis venido? ¿Con qué fin? Si queréis ser como yo, si realmente eso es lo que queréis (cosa que no acabo de creerme), idos de aquí, dispersaos, buscad una cueva, un desierto o una montaña. Pero sé muy bien que sois débiles. Habéis venido aquí para que os ayude. Mas vuestro único mal es precisamente haber venido a mí. Lo único que puedo hacer por vosotros es echaros. Idos de aquí y sólo con eso ya estaréis curados, os digo. Vuestra enfermedad son vuestros anhelos y no otra cosa, enfermáis porque creéis necesitarme. Pero nadie puede ayudaros salvo vosotros mismos. No necesitáis a nadie. No me necesitáis a mí. Ni siquiera necesitáis un dios. Tan sólo os empeñáis en necesitarlo. Si lo necesitáis a Él, ¿por qué venís a mí? ¿Por qué venís a escucharme a mí en vez de escuchar la palabra de Dios? ¿Qué puedo deciros que no haya dicho Dios? No necesitáis a Dios, necesitáis pastores, igual que el ganado. No necesitáis un salvador, ni santos, ni bendiciones, necesitáis pan. No necesitáis compasión, necesitáis amor. Dios os ha dejado a vuestra suerte. Ni siquiera el demonio quiere manifestarse ante vosotros. Sois criaturas más allá del bien y del mal. Fijaos en las bestias. ¿Qué saben ellas de la creación? ¿Qué sabéis vosotros acerca de Dios? Decís que anheláis lo que hay detrás de la muerte. Me dais risa. Dedicaros a vivir sin más. ¿Quién ha confundido vuestro entendimiento? ¿No soy un modelo para vosotros? ¡Pues entonces seguid mis pasos! No hacéis nada en absoluto. ¿Qué queréis de mí? ¿Es que no tenéis nada más importante que hacer? Habéis estado aquí apostados durante semanas, hombres fuertes, jóvenes esperanzados, mujeres hermosas, ancianos experimentados... ¿No tenéis tareas que hacer, no tenéis tierras? ¿No tenéis hijos? ¿No tenéis obligaciones? No necesitáis preocuparos del más allá. Para Dios sois insignificantes. Dedicaros a vuestros quehaceres y dejad que Dios se dedique a los suyos. Rezad si os hace bien. Pero sólo cuando hayáis pagado todas vuestras deudas, cuando hayáis acabado con la tarea del día. No le debéis nada a Dios. Dios no es un acreedor. ¿Qué va a reclamaros quien nada necesita? ¿Qué ibais a darle? ¡Miraos bien! ¿Darle algo a Dios? No le debéis nada a Dios, le debéis todo a vuestras vidas, vosotros, sentados aquí, contemplándome, gandules, vagos, descarriados. ¿Habéis arado hoy vuestras tierras? ¿Habéis ordeñado vuestras cabras? ¿Habéis jugado hoy con vuestros hijos? ¿Os habéis acostado con vuestras mujeres? ¿Habéis embarcado vuestras mercancías? ¿Habéis contado vuestro dinero? ¿Habéis honrado a vuestros padres? ¿Habéis arreglado el tejado? ¿Habéis cortado leña para el invierno? Si es así, ¡rezad! Cuando hayáis hecho todo lo que tengáis que hacer, rezad, rezad y rezad. Que la paz sea con vosotros por siempre. Amén".
 A partir de entonces, Simón pronunció sus sermones dos veces al día, una por la mañana y otra por la tarde, siempre a la misma hora.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Lengua de Trapo, 2005, en traducción de Valentín Ugarte. ISBN: 84-96080-63-3.]

miércoles, 2 de octubre de 2019

Vigilar y castigar. Nacimiento de la prisión.- Michel Foucault (1926-1984)

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Disciplina
I.-Los cuerpos dóciles

«A estos métodos que permiten el control minucioso de las operaciones del cuerpo, que garantizan la sujeción constante de sus fuerzas y les imponen una relación de docilidad-utilidad, es a lo que se puede llamar las "disciplinas". Muchos procedimientos disciplinarios existían desde largo tiempo atrás, en los conventos, en los ejércitos, también en los talleres. Pero las disciplinas han llegado a ser en el trascurso de los siglos XVII y XVIII unas fórmulas generales de dominación. Distintas de la esclavitud, puesto que no se fundan sobre una relación de apropiación de los cuerpos, es incluso elegancia de la disciplina prescindir de esa relación costosa y violenta obteniendo efecto de utilidad tan grande por lo menos. Distintas también de la domesticidad, que es una relación de dominación constante, global, masiva, no analítica, ilimitada, y establecida bajo la forma de la voluntad singular del amo, su "capricho". Distintas del vasallaje, que es una relación de sumisión extremadamente codificada, pero lejana y que atañe menos a las operaciones del cuerpo que a los productos del trabajo y a las marcas rituales del vasallaje. Distintas también del ascetismo y de las "disciplinas" de tipo monástico, que tienen por función garantizar renunciaciones más que aumentos de utilidad y que, si bien implican la obediencia a otro, tienen por objeto principal un aumento del dominio de cada cual sobre su propio cuerpo. El momento histórico de las disciplina es el momento en que nace un arte del cuerpo humano, que no tiende únicamente al aumento de sus habilidades, ni tampoco a hacer más pesada su sujeción, sino a la formación de un vínculo que, en el mismo mecanismo, lo hace tanto más obediente cuanto más útil, y al revés. Fórmase entonces una política de las coerciones que constituyen un trabajo sobre el cuerpo, una manipulación calculada de sus elementos, de sus gestos, de sus comportamientos. El cuerpo humano entra en un mecanismo de poder que lo explora, lo desarticula y lo recompone. Una "anatomía política", que es igualmente una "mecánica del poder", está naciendo; define cómo se puede hacer presa en el cuerpo de los demás, no simplemente para que ellos hagan lo que se desea, sino para que operen como se quiere, con las técnicas, según la rapidez y la eficacia que se determina. La disciplina fabrica así cuerpos sometidos y ejercitados, cuerpos "dóciles". La disciplina aumenta las fuerzas del cuerpo (en términos económicos de utilidad) y disminuye esas mismas fuerzas (en términos políticos de obediencia). En una palabra: disocia el poder del cuerpo; de una parte, hace de este poder una "aptitud", una "capacidad" que trata de aumentar, y cambia por otra parte la energía, la potencia que de ello podría resultar, y la convierte en una relación de sujeción estricta. Si la explotación económica separa la fuerza y el producto del trabajo, digamos que la coerción disciplinaria establece en el cuerpo el vínculo de coacción entre una aptitud aumentada y una dominación acrecentada.
  La "invención" de esta nueva anatomía política no se debe entender como un repentino descubrimiento, sino como una multiplicidad de procesos con frecuencia menores, de origen diferente, de localización diseminada, que coinciden, se repiten, o se imitan, se apoyan unos sobre otros, se distinguen según su dominio de aplicación, entran en convergencia y dibujan poco a poco el diseño de un método general. Se los encuentra actuando en los colegios, desde hora temprana más tarde en las escuelas elementales; han invadido lentamente el espacio hospitalario, y en unas décadas han reestructurado la organización militar. Han circulado a veces muy de prisa y de un punto a otro (entre el ejército y las escuelas técnicas o los colegios y liceos), otras veces lentamente y de manera más discreta (militarización insidiosa de los grandes talleres). Siempre, o casi siempre, se han impuesto para responder a exigencias de coyuntura: aquí una innovación industrial, allá la recrudescencia de ciertas enfermedades epidémicas, en otro lugar la invención del fusil o las victorias de Prusia. Lo cual no impide que se inscriban en total en unas trasformaciones generales y esenciales que será preciso tratar de extraer.
 No se trata de hacer aquí la historia de las diferentes instituciones disciplinarias, en lo que cada una pueda tener de singular, sino únicamente de señalar en una serie de ejemplos algunas de las técnicas esenciales que, de una en otra, se han generalizado más fácilmente. Técnicas minuciosas siempre, con frecuencia ínfimas, pero que tienen su importancia, puesto que definen cierto modo de adscripción política y detallada del cuerpo, una nueva "microfísica" del poder; y puesto que no han cesado desde el siglo XVII de invadir dominios cada vez más amplios, como si tendieran a cubrir el cuerpo social entero. Pequeños ardides dotados de un gran poder de difusión, acondicionamientos sutiles, de apariencia inocente, pero en extremo sospechosos, dispositivos que obedecen a inconfesables economías, o que persiguen coerciones sin grandeza, son ellos, sin embargo, los que han provocado la mutación del régimen punitivo en el umbral de la época contemporánea. Describirlos implicará el estancarse en el detalle y la atención a las minucias: buscar bajo las menores figuras no un sentido, sino una precaución; situarlos no sólo en la solidaridad de un funcionamiento, sino en la coherencia de una táctica. Ardides, menos de la gran razón que trabaja hasta en su sueño y da sentido a lo insignificante, que de la atenta "malevolencia" que todo lo aprovecha. La disciplina es una anatomía política del detalle.
 Para advertir las impaciencias, recordemos al mariscal de Sajonia: "Aunque quienes se ocupan de los detalles son considerados como personas limitadas, me parece, sin embargo, que este aspecto es esencial, porque es el fundamento, y porque es imposible levantar ningún edificio ni establecer método alguno sin contar con sus principios. No basta tener afición a la arquitectura. Hay que conocer el corte de las piedras." (226) De este "corte de las piedras" se podría escribir toda una historia, historia de la racionalización utilitaria del detalle en la contabilidad moral y el control político. La era clásica no la ha inaugurado; la ha acelerado, ha cambiado su escala, le ha proporcionado instrumentos precisos y quizá le ha encontrado algunos ecos en el cálculo de lo infinitamente pequeño o en la descripción de las características más sutiles de los seres naturales. En todo caso, el "detalle" era desde hacía ya mucho tiempo una categoría de la teología y del ascetismo: todo detalle es importante, ya que a los ojos de Dios, no hay inmensidad alguna mayor que un detalle, pero nada es lo bastante pequeño para no haber sido querido por una de sus voluntades singulares. En esta gran tradición de la eminencia del detalle vendrán a alojarse, sin dificultad, todas las meticulosidades de la educación cristiana, de la pedagogía escolar o militar, de todas las formas finalmente de encarnamiento de la conducta. Para el hombre disciplinado, como para el verdadero creyente, ningún detalle es indiferente, pero menos por el sentido que en él se oculta que por la presa que en él encuentra el poder que quiere aprehenderlo. Característico, ese gran himno a las "cosas pequeñas" y a su eterna importancia, cantado por Juan Bautista de La Salle, en su Tratado de las obligaciones de los hermanos de las Escuelas Cristianas. La mística de lo cotidiano se une en él a la disciplina de lo minúsculo. "¡Cuan peligroso es no hacer caso de las cosas pequeñas! Una reflexión muy consoladora para un alma como la mía, poco capaz de grandes acciones, es pensar que la fidelidad a las cosas pequeñas puede elevarnos, por un progreso insensible, a la santidad más eminente; porque las cosas pequeñas disponen para las grandes... Cosas pequeñas, se dirá, ¡ay, Dios mío!, ¿qué podemos hacer que sea grande para vos, siendo como somos, criaturas débiles y mortales? Cosas pequeñas; si las grandes se presentan, ¿las practicaríamos? ¿No las creeríamos por encima de nuestras fuerzas? Cosas pequeñas; ¿y si Dios las acepta y tiene a bien recibirlas como grandes? Cosas pequeñas; ¿se ha experimentado? ¿Se juzga de acuerdo con la experiencia? Cosas pequeñas; ¿se es tan culpable, si considerándolas tales, nos negamos a ellas? Cosas pequeñas; ¡ellas son, sin embargo, las que a la larga han formado grandes santos! Sí, cosas pequeñas; pero grandes móviles, grandes sentimientos, gran fervor, gran ardor, y, por consiguiente, grandes méritos, grandes tesoros, grandes recompensas." (227) La minucia de los reglamentos, la mirada puntillosa de las inspecciones, la sujeción a control de las menores partículas de la vida y del cuerpo darán pronto, dentro del marco de la escuela, del cuartel, del hospital o del taller, un contenido laicizado, una racionalidad económica o técnica a este cálculo místico de lo ínfimo y del infinito. Y una Historia del Detalle en el siglo XVIII, colocada bajo el signo de Juan Bautista de La Salle, rozando a Leibniz y a Buffon, pasando por Federico II, atravesando la pedagogía, la medicina, la táctica militar y la economía, debería conducir al hombre que había soñado, a fines del siglo, ser un nuevo Newton, no ya el de las inmensidades del cielo o de las masas planetarias, sino de los "pequeños cuerpos", de los pequeños movimientos, de las pequeñas acciones; al hombre que respondió a Monge ("No había más que un mundo que descubrir"): "¿Qué es lo que oigo? El mundo de los detalles, ¿quién ha pensado jamás en ese otro, en ése? Yo, desde los quince años creía en él. Me ocupé de él entonces, y este recuerdo vive en mí, como una idea fija que no me abandona jamás... Este otro mundo es el más importante de todos cuantos me había lisonjeado de descubrir: pensar en ello me parte el corazón." (228) No lo descubrió; pero sabido es que se propuso organizarlo, y que quiso establecer en torno suyo un dispositivo de poder que le permitiera percibir hasta el más pequeño acontecimiento del Estado que gobernaba; pretendía, por medio de la rigurosa disciplina que hacía reinar, "abarcar el conjunto de aquella vasta máquina sin que, no obstante, pudiera pasarle inadvertido el menor detalle" (229).
  Una observación minuciosa del detalle, y a la vez una consideración política de estas pequeñas cosas, para el control y la utilización de los hombres, se abren paso a través de la época clásica, llevando consigo todo un conjunto de técnicas, todo un corpus de procedimientos y de saber, de descripciones, de recetas y de datos. Y de estas fruslerías, sin duda, ha nacido el hombre del humanismo moderno (230).»
(226) Maréchal de Saxe, Mes réveries, t. I. Avant-propos, p. 5.
(227) J.-B. de La Salle, Traite sur les obligations des frères des Écoles chrétiennes, edición de 1783, pp. 238-239.
(228) E. Geoffroy Saint-Hilaire atribuye esta declaración a Bonaparte, en la Introducción a las Notions synthétiques et historiques de philosophie naturelle.
(229) J. B. Treilhard, Motifs du code d'instruction criminelle, 1808, p. 14.
(230) Elegiré los ejemplos de las instituciones militares, médicas, escolares e industriales. Otros ejemplos podrían tomarse de la colonización, la esclavitud y los cuidados de la primera infancia.

  [El texto pertenece a la edición en español de Siglo Veintiuno Editores Argentina, 2003, en traducción de Aurelio Garzón del Camino. ISBN: 987-98701-4-X.]

viernes, 7 de diciembre de 2018

Cultura y anarquía.- Matthew Arnold (1822-1888)


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Capítulo IV: Hebraísmo y helenismo

«Tanto helenismo como hebraísmo surgen de las necesidades de la naturaleza humana y pretenden satisfacer esas necesidades. Pero sus métodos son tan diferentes, insisten en cuestiones tan diferentes y promueven por sus respectivas disciplinas tan diferentes actividades que el rostro que presenta la naturaleza humana cuando pasa de las manos del uno a las del otro ya no es el mismo. Librarse de la propia ignorancia, ver las cosas como son y, al verlas como son, ver en ellas su belleza, es el sencillo y atractivo ideal que el helenismo ofrece a la naturaleza humana y por la sencillez y encanto de este ideal, el helenismo, y la vida humana en manos del helenismo, se invisten de una especie de aérea facilidad, claridad y resplandor; se llenan de lo que llamamos dulzura y luz. Las dificultades quedan fuera de la vista y la belleza y racionalidad del ideal dominan todos nuestros pensamientos: "El mejor hombre es el que intenta perfeccionarse, y el más feliz es el que siente que se perfecciona"; esta observación al respecto de Sócrates, el verdadero Sócrates de los Recuerdos, contiene algo tan sencillo, espontáneo y natural, que parece colmarnos de claridad y esperanza cuando la oímos. Pero hay un dicho atribuido a Sócrates, según he oído, por Carlyle -un dicho muy acertado, sea o no realmente de Carlyle-, que marca de manera excelente el punto esencial en que el hebraísmo difiere del helenismo: "Sócrates -dice- está terriblemente a gusto en Sión". El hebraísmo -y aquí se halla la fuente de su maravillosa fuerza- se ha preocupado siempre enormemente por la horrible sensación de la imposibilidad de estar a gusto en Sión, de las dificultades que se oponen a la busca o logro del hombre de esa perfección de la que Sócrates habla tan esperanzada y, como casi podría decirse desde este punto de vista, tan lisamente. Está muy bien hablar de librarse de la propia ignorancia, de ver las cosas en su realidad, verlas en su belleza, pero ¿cómo ha de hacerse esto cuando algo frustra y arruina todos nuestros esfuerzos?
 Este algo es el pecado y el espacio que el pecado ocupa en el hebraísmo, comparado con el helenismo, es prodigioso. Este obstáculo a la perfección  llena toda la escena, y la perfección parece remota y cada vez más lejos de la tierra, al fondo. Bajo el nombre de pecado, las dificultades de conocerse y dominarse que impiden al hombre el tránsito a la perfección se convierten, para el hebraísmo, en una entidad positiva, activa, hostil al hombre, un misterioso poder que hace poco el doctor Pusey comparó, en uno de sus impresionantes sermones, con una odiosa joroba en nuestra espalda, que debe ser objeto de oposición y repudio en nuestras vidas. La disciplina del Antiguo Testamento puede resumirse en la disciplina que nos enseña a aborrecer y huir del pecado; la disciplina del Nuevo Testamento puede resumirse en la disciplina que nos enseña a morir por él. Así como el helenismo habla de pensar con claridad, de ver las cosas en su esencia y belleza como una hazaña grande y preciosa que el hombre ha de lograr, el hebraísmo habla de hacernos conscientes del pecado, de despertar al sentido del pecado como una hazaña de este tipo. Es obvia la amplia divergencia a la que estas diferentes tendencias, seguidas activamente, deben conducir. Al pasar una y otra vez del helenismo al hebraísmo, de Platón a san Pablo, nos sentimos inclinados a frotarnos los ojos y preguntarnos si el hombre es, en efecto, un ser gentil y sencillo que muestra huellas de una naturaleza noble y divina, o un infeliz cautivo encadenado que se esfuerza entre gemidos impronunciables para liberar el cuerpo de la muerte.
 Aparentemente fue la concepción helénica de la naturaleza humana la que resultó enfermiza, porque el mundo no pudo vivir conforme a ella. Llamarla enfermiza de manera absoluta, sin embargo, es caer en el error común de sus enemigos hebraizantes, pero resultó enfermiza en aquel momento particular del desarrollo del hombre, resultó prematura. La base indispensable de la conducta y autodominio, la única plataforma sobre la que la perfección buscada por Grecia puede florecer, no iba a ser alcanzada por nuestra raza tan fácilmente; se necesitaron siglos de prueba y disciplina para llevarnos a ella. Por tanto, la brillante promesa del helenismo se debilitó y el hebraísmo rigió el mundo. Entonces se vio aquel asombroso espectáculo, tan bien observado por las palabras a menudo citadas del profeta Zacarías, cuando hombres de todas las lenguas de las naciones agarraron de la orla (del manto) a un judío, diciéndole: "Nos vamos con vosotros, porque hemos oído que con vosotros está Dios". El hebraísmo que recibió y rigió así un mundo desorientado y completamente infructuoso fue, y no podía sino ser, el desarrollo más espiritual, más atractivo del hebraísmo. Fue el cristianismo, es decir, el hebraísmo que busca el autodominio y el rescate de la esclavitud de las pasiones viles, no por obediencia a la letra de la ley, sino por conformidad a la imagen de un ejemplo de autosacrificio. A un mundo azotado por la enervación moral, el cristianismo le ofreció su espectáculo de un inspirado autosacrificio; a hombres que no se negaban nada, les mostró uno que se lo negaba todo: "Mi salvador destierra el goce", dice George Herbert. Mientras que el alma Venus, el poder engendrador y gozoso de la naturaleza, tan apreciado por el mundo pagano, no podía salvar a sus seguidores de la insatisfacción y el ennui, las severas palabras del apóstol sonaron amistosas y nuevas: "Que nadie os engañe con palabras vanas, pues por esto viene la cólera de Dios sobre los hijos rebeldes". Época tras época, generación tras generación, nuestra raza, o la parte de nuestra raza que se ha mostrado más viva y progresiva, ha sido bautizada en la muerte y se ha esforzado, al sufrir en la carne, por dejar de pecar. Las grandes manifestaciones históricas de este esfuerzo son los alentadores trabajos y aflicciones del cristianismo primitivo, el conmovedor ascetismo del cristianismo medieval. Sus monumentos literarios, cada uno incomparable a su manera, siguen siendo las Cartas de san Pablo, las Confesiones de san Agustín y los dos originales y más sencillos libros de la Imitación
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Cátedra, 2010, en traducción de Javier Alcoriza y Antonio Lastra. ISBN: 978-84-376-2657-4.]