miércoles, 30 de enero de 2019

Yugoslavia, mi tierra.- Goran Vojnovic (1980)


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«El general Borojevic no se había defendido de mis ataques, no había devuelto  mis golpes. Había representado el papel de víctima débil e inocente. Había conseguido que durante toda la noche yo sintiera lástima por él. Estaba convencido de que así me ganaría para su causa, y por eso tampoco reaccionó a mi agresión motivada por el alcohol. Quizás no había comprendido mis motivos y no sabía por qué lo había tratado así. Me miraba con aquellos ojos suyos, tan parecidos a los míos, y me preguntaba sin palabras por qué yo, su hijo, no estaba de su lado, por qué no quería oír su relato.
 Su relato. Su relato maldito, mentiroso, su jodido relato de mierda, su puto relato distorsionado y fastidioso, ese relato manipulador e inexacto. El relato que yo me creí tan fácilmente mientras sólo tuve los fragmentos que me confiaron Emir, Danilo y Brane. Pero ese relato acabó explicándose a sí mismo. Me sentí avergonzado por habérmelo creído. Me devastaba la ingenuidad con la cual había mordido ese anzuelo y había asumido que todo cuadraba, que todas las piezas encajaban. Era como si ese relato se hubiera inventado especialmente para mí.
 Me sentí avergonzado por haberme creído durante todo ese tiempo un relato que debía ser inventado, al menos en parte. Me lo había creído para poder justificar a un criminal de guerra. Me sentí avergonzado porque deseaba sin reconocérmelo que ese relato fuera cierto de la primera a la última letra. Desde el principio, había anhelado encontrar razones que pudiesen hacerme entender y justificar lo que mi padre había hecho.
 Ese era el pecado que esa mañana pesaba sobre mi conciencia. En un momento dado, en un lugar incierto, yo sí había estado de su lado y había estado dispuesto a creer que existía lo que él llamaba destino. Dispuesto a creer en los cadáveres apilados casualmente en piras, en verdades nunca dichas, en un dolor ahogado que puede parar un corazón, en la ira reprimida que puede convertir a un hombre en una bestia. Yo había estado dispuesto a creer en todo eso.
 Me avergonzaba de esa fe mía, y me avergonzaba más aún de mi ingenuidad y de mi inconsciencia, por no haberme dado cuenta de que ese relato me lo explicaba siempre el adepto más fervoroso  de esa misma confesión. Ese feligrés estaba convencido de que él era la mayor víctima de su propio relato. Esperaba de mí que asintiera servicialmente y que aceptara sin condiciones todo lo que él me confiara. Y ahora yo estaba furioso conmigo mismo, decepcionado por haberme dejado seducir tan fácilmente. Sentí rabia por haberme dejado atrapar en una trampa tan evidente.
 Mi malestar iba en aumento y finalmente tuve que incorporarme. Nadja no dijo nada, sólo me acarició la espalda mientras me levantaba. En el baño, sin pensármelo dos veces, metí la cabeza bajo el chorro de agua fría del lavabo. Dejé que el agua me resbalara por el cuello y de allí goteara al suelo. Bebí, o más bien tragué, con la boca abierta, esperando que por unos momentos se me apagara esa sed horrible. No sirvió de nada. Me desnudé y me metí en la bañera. Mi cuerpo exhausto no se tenía derecho, me senté y dejé que el agua cayera sobre mí. Con el pie taponé el desagüe y observé cómo el nivel del agua subía poco a poco.
 La sensación de vergüenza no aflojó. La otra parte de mí se avergonzaba de mi relación con el padre perdido y del hecho de que yo me resistiera tanto a ponerme de su lado, a mirarle a los ojos que tanto se parecían a los míos, y a rehusarlo. Rehusaba al hombre que durante once años había ocupado el centro de mi mundo. La noche anterior, él había intentado justificar a su manera lo que había pasado después de esos primeros once años. Ese hombre, atrapado dentro del cuerpo de un criminal de guerra para siempre, había deseado que yo me creyera el relato que él me había contado. Yo, en cambio, no quise creer nada ni a nadie.
 Sentí ligeros golpes en la puerta.
 -Vladan, ¿va todo bien?
 -Va bien.
 No tenía intención de moverme de mi refugio improvisado. Había demasiados pensamientos por ordenar dentro de mi escindida cabeza. Pensamientos sobre el hombre que se me escapaba y que se había vuelto a perder en un paraje desconocido.
 El día antes había pensado que lo sabía todo sobre el hombre que era mi padre. Ahora sabía que no sabía nada sobre él. La noche anterior las certezas habían estallado en dudas y preguntas. Volví al principio del relato, el día en el cual se acabó mi niñez, y de nuevo vi la mirada vacía de Nedeljko. ¿Después de aquel día ese hombre volvió a vivir? ¿Era él aquel que llevaba su nombre? ¿El hombre con el cual había estado sentado en el restaurante Stomach, compartiendo mesa, era el mismo que un día cálido de junio me llevó al mercado de Pula y me compró mi último regalo?
 Esas preguntas se abrían paso de nuevo. Y, de nuevo, seguían sin respuesta. Sentado en la bañera, encerrado en la baño de la pensión Wild de Viena, metí la cabeza entre las rodillas y miré el agua fría que se estaba acumulando alrededor de mis pies. Temblaba de frío, pero me resultaba más fácil aguantar el frío que el dolor. El dolor se escondía, pero permanecía al acecho, esperando a que saliera para atacarme. Pero allí fuera me esperaba una mañana nueva, el primer día de mi nueva vida.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Libros del Asteroide, 2017, en traducción de Simona Skrabec. ISBN: 978-84-17007-00-3.]

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