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domingo, 28 de mayo de 2023

El poder de los sin poder.- Václav Havel (1936-2011)


Klaus tilda a Havel de extremista de izquierdas | Radio Prague ...
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   «¿Quién es propiamente un "disidente"?
 Parece que los primeros que se han ganado este título son los ciudadanos del bloque soviético que han decidido vivir en la verdad y que, por lo general, responden a las siguientes características:
 1. Manifiestan sus posiciones no conformistas y sus críticas públicamente, dentro de sus posibilidades, y las manifiestan sistemáticamente; gracias a todo esto son conocidos en Occidente.
 2. En virtud de esto han adquirido también en su país —aunque no hayan podido publicar en su patria y el gobierno les persiga de todos los modos posibles— una consideración más o menos grande ante la opinión pública y el gobierno y, según eso, aunque solo sea en su ámbito, disponen de un cierto poder real. Aunque muy limitado y concreto, este poder los preserva, por un lado, de lo peor y por otro, les da garantías de que las persecuciones no podrán ocurrir impunemente, sin complicaciones políticas para su gobierno.
 3. El radio de su horizonte crítico y su compromiso trascienden el estrecho espacio de su ámbito directo y de su interés concreto, abarcando cuestiones más generales y adquiriendo así, aunque en medida muy limitada, un carácter político, si bien el grado en que ellos mismos se consideran una fuerza directamente política puede ser muy diverso.
 4. Se trata de gente más bien preparada intelectualmente, gente “de pluma”, ya que la expresión escrita es el instrumento político principal —y quizá único— de que disponen y que puede atraer la atención sobre ellos, sobre todo en el extranjero, en efecto, los demás modos de «vida en la verdad» o se pierden en el espacio, difícil de identificar para un observador occidental, del ámbito local, o —si van más allá— parecen ser solo un complemento menos llamativo de la expresión escrita.
 5. Son gente de la que se habla en Occidente —cualquiera que sea su profesión— con más frecuencia en relación a su compromiso civil o al aspecto crítico-político de su trabajo que en relación con su trabajo específico. Sé por experiencia personal que existe una especie de confín invisible que el individuo —sin querer y sin saber cuándo y cómo lo ha hecho— ha debido superar para dejar de escribir de sí como de un escritor que en este verso o en el otro muestra una conciencia civil y comenzar a hablar como de un “disidente” que (entre paréntesis, ¿cómo? -¿Quizá en su tiempo libre?-) escribe también algún trabajo teatral.
 No hay duda de que hay gente que responde a todos estos requisitos. Está bien emplear para un grupo tan definido —aunque sea muy casualmente— una definición apropiada, pero hay que discutir mucho sobre si esa definición ha de ser precisamente la de “disidente”.
 Sea como sea, sucede, y nosotros naturalmente no cambiamos nada; todo lo contrario, a veces somos nosotros mismos —aunque de mala gana, solo para entendernos más fácilmente, quizá con una chispa de ironía y en todo caso siempre entre comillas— los que aceptamos esa definición.
 Quizá sea oportuno indicar algunos motivos por los que los «disidentes» en general no quieren que se les defina de este modo.
 Ante todo, la definición crea ya problemas desde un punto de vista etimológico: en efecto “disidente” es sinónimo del conocido “apóstata”; pero los “disidentes” no se sienten tales, ya que no han abjurado de nada. Todo lo contrario: se han aferrado a sí mismos y si, por ventura, algunos se han separado de algo, ha sido solo de lo que en su vida resultaba falso y alienante: de la “vida en la mentira”.
 Pero este no es el motivo principal.
 La definición de “disidente” comporta necesariamente la idea de que se trata de una profesión especial; como si entre los diversos modos más normales de vivir hubiera uno especial, a saber, el murmurar “disentiente” sobre la situación; como si el “disidente” no fuera simplemente un físico, un sociólogo, un obrero o un poeta que se comporta como siente que debe hacerlo y que solo la lógica interna de su pensar, obrar y trabajar (en confrontación con las circunstancias externas ocasionales) le ha llevado —sin premeditación o complacencia— a un choque abierto con el poder y, en cambio, fuese uno que ha decidido comenzar la carrera del descontento de profesión, como otro decide hacerse zapatero o artesano.
 En realidad, las cosas son de distinta manera: en general se adquiere conciencia de ser un disidente cuando ya se es desde hace tiempo, y esta postura es la conclusión de sus concretas tomas de postura en la vida, sugeridas por razones muy distintas de la búsqueda de este o aquel título y sus tomas de postura y su trabajo concreto no son la conclusión de un propósito ya tomado de ser un “disidente”. En resumen, la “disidencia” no es una profesión, aunque uno le dedicara las 24 horas del día; por el contrario, es, ante todo y sobre todo, una postura existencial que, por lo demás, no es monopolio de los que —respondiendo quizá a esas condiciones casuales exteriores de que se ha hablado— se adornan con el título de “disidente”.
 Si de todos los miles de individuos anónimos que intentan vivir en la verdad y de los millones que quisieran vivir en la verdad pero no pueden (quizá porque debido a una serie de circunstancias necesitarían un valor diez veces superior al de los que han dado este paso), si de toda esta multitud se escogieran —y además al azar— algunas decenas de personas y se formase con ellas una especie de categoría social, tal modo de proceder reportaría una imagen completamente deformada de la situación general, tanto si hace triunfar la idea de que los “disidentes” son una especie de elite, un grupo exclusivo de “fauna protegida” a quienes se permite lo que se prohíbe a otros y que el gobierno alienta quizá como ejemplo viviente de su largueza de miras, como si por el contrario alimenta la ilusión de que si son tan pocos los eternamente insatisfechos y si ni siquiera tienen muchas esperanzas, entonces quiere decir que todos los demás están satisfechos: en efecto, ¡si no estuvieran satisfechos serían “disidentes”!
 Pero esto no es todo: esta categorización acaba también por dar involuntariamente crédito a la idea de que para los “disidentes” se trata, sobre todo, de un interés suyo de grupo y de que toda su controversia con el gobierno no es más que una controversia abstracta entre dos grupos contrapuestos, una controversia extraña a la sociedad y que quizá no tiene nada que ver con ella. Esta imagen contrasta profundamente con el significado real de la postura de “disidente”, esta postura se refiere al interés por el otro, por eso por lo que la sociedad en su conjunto sufre, por tanto, por todos los demás que no se hacen sentir. Si los “disidentes” tienen una pizca de autoridad y no están ya desde hace tiempo aplastados como un insecto extraño que se salió de su hábitat, ciertamente no se debe a que el gobierno tenga en gran consideración a este grupúsculo exclusivo y a sus exclusivas reflexiones, sino precisamente porque se da cuenta de ese poder político potencial que es la “vida en la verdad” enraizada en la “vida secreta”, porque se da cuenta de qué mundo nace lo que este grupo hace y a qué mundo se dirige: al mundo de la cotidianidad humana, de la tensión cotidiana entre intenciones de la vida e intenciones del sistema. ¿Qué mejor prueba que la que el mismo gobierno dio tras la aparición de la Carta 77 cuando comenzó a requerir declaraciones de toda la nación, según las cuales la Carta no tenía un fundamento de verdad? Los millones de firmas sonsacadas probaron, entre otras cosas, exactamente lo contrario: que dice la verdad. La enorme atención de que gozan los «disidentes» por parte de los órganos políticos y de la policía y que quizá puede producir en alguien la sensación de que el gobierno tiene miedo de los “disidentes” como aparato de poder alternativo, no deriva de que sean algo de ese tipo, algo omnipotente que se mantiene —precisamente como el gobierno— por encima de la sociedad, sino al contrario, precisamente porque son “gente común”, con preocupaciones “comunes” y que se diferencian de los demás solo porque dicen en voz alta lo que los demás no pueden o no tienen el valor de decir. Ya he hablado de la fuerza política de Soljenitsin: esa fuerza no consiste en un poder político exclusivamente suyo como individuo, sino en la experiencia de millones de víctimas del Gulag que él ha gritado en voz alta y con la que ha interpelado a los demás millones de hombres de buena voluntad.
 Institucionalizar en una categoría elegida a los “disidentes” famosos o de relieve significa realmente negar el muy particular punto de vista moral de su acción. Hemos visto que eso es precisamente el principio de la igualdad de derechos basado en la indivisibilidad de los derechos y de las libertades del hombre de donde se derivan los “movimientos disidentes”: ¿acaso los “disidentes famosos” no se han reunido en el KOR para defender a obreros desconocidos y acaso no se han convertido precisamente por esto en esos disidentes famosos? ¿Acaso los “disidentes famosos” no se unieron en la Carta 77, después de haberla hecho suya la solidaridad con unos músicos desconocidos, acaso no se unieron a aquellos y acaso no se han convertido precisamente por esto en “disidentes famosos”? ¡Es realmente una terrible paradoja que cuanto más defienden algunos ciudadanos a otros ciudadanos, con tanta más frecuencia se les define con una palabra que los aleja de estos “otros ciudadanos”! Tras esta explicación espero que quede claro el sentido de las comillas entre las que pongo en toda esta disertación la palabra “disidente”.

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 En la época en que checos y eslovacos formaban parte del imperio austro-húngaro y no había premisas reales, ni políticas ni psicológico-sociales para que nuestras naciones buscaran su identidad fuera de este imperio, T. G. Masaryk basó su programa nacional bohemio en la idea del “trabajo minucioso”, es decir, el trabajo honesto y responsable —dentro del ordenamiento existente— en los ámbitos más dispares de la vida, con la intención de suscitar una creatividad nacional y una conciencia nacional. Naturalmente, se subrayaba de manera especial el elemento cultural, educativo, moral y humanitario. El único punto de partida posible para un destino nacional más digno lo reconoció Masaryk en el hombre, en la creación por su parte de las premisas que hicieron más digno su destino de hombre; el punto de partida de un cambio de postura de la nación era para él el cambio del hombre.
 Este concepto del “trabajo por la nación” ha arraigado en nuestra sociedad, ha sido en muchos aspectos fecundo y está todavía vivo, aunque hay quienes detrás de ello — como forma extremadamente refinada de “coartada”— ocultan su colaboracionismo. Aún hoy son muchos los que se atienen a ello y hasta es posible registrar —al menos en algunos sectores— éxitos evidentes: es difícil decir cuánto más grave sería la situación si no hubiera continuamente una infinidad de hombres laboriosos, que simplemente no puedan evitar comprometerse a hacer lo mejor que pueden lo que se puede hacer y dejar el mínimo inevitable a la “vida en la mentira” para poder reservar el máximo posible a las auténticas necesidades de la sociedad. Estos hombres parten de la premisa justa de que todo buen trabajo es indirectamente una crítica a una mala política y que hay situaciones en las que vale la pena seguir este camino aunque esto signifique renunciar al propio derecho natural a una crítica directa.
 Pero hoy esta actitud tiene —incluso en comparación con la situación de los años sesenta— unos límites bien precisos; sucede cada vez con más frecuencia que el “trabajo minucioso” choca con el muro del sistema postotalitario y se encuentra ante el dilema: dar marcha atrás, renunciar a la lealtad, a la responsabilidad y a la seriedad en que se basaba y adaptarse (actitud mayoritaria) o seguir adelante por el camino emprendido y llegar inevitablemente a una confrontación abierta con el poder (actitud minoritaria).
 El concepto de “trabajo minucioso” no tuvo nunca que equivaler al imperativo de mantenerse en la estructura existente a cualquier precio (según este punto de vista, quien llegase a ser expulsado de ella tendría que aparecer como quien ha renunciado al “trabajo por la nación”), y mucho menos puede tener hoy este significado. Naturalmente no existe ningún modelo general de comportamiento, una especie de llave de contacto para cuando el “trabajo minucioso” deja de ser un “trabajo por la nación” y empieza a convertirse en un “trabajo contra la nación”; en todo caso, es más claro que nunca que el peligro de ese cambio es cada vez más inminente y es cada vez más fácil la posibilidad de que el “trabajo minucioso” llegue a ese muro ante el cual evitar el choque quiere decir traicionar en el auténtico sentido de la palabra.
 Cuando en 1974 trabajé en una fábrica de cerveza, mi jefe era un cierto S.: un hombre competente que tenía sentido del orgullo profesional y se esforzaba para que en nuestra fábrica se produjera una buena cerveza. Pasaba casi todo el tiempo en la fábrica, pensaba continuamente en mejorarla, nos atormentaba con la idea de que todos apreciáramos la fábrica de cerveza como él; es casi inimaginable que exista en la incuria socialista un trabajador más constructivo. La dirección de la fábrica, compuesta por individuos que ciertamente entendían menos de su oficio y lo apreciaban menos que él, no solo había hecho reducir a la mitad la producción, no solo no atendía las sugerencias de S., sino que, por el contrario, se mostraba cada vez más dura en sus relaciones con él y menospreciaba su trabajo. La situación llegó hasta el punto de que a S. no le quedó otro recurso que escribir una larga carta a la dirección general en la que trató de enumerar todos los fallos de la fábrica y de explicar por qué era la peor de la región, señalando también a los responsables. Su voz pudo ser escuchada: el director, políticamente influyente pero ignorante en cervezas, intrigante e insolente con los obreros, pudo ser alejado y, gracias a la iniciativa de S., pudo mejorar la situación de la fábrica de cerveza. Si las cosas marcharan normalmente así, este sería un buen ejemplo del buen éxito del «trabajo minucioso». Pero, por desgracia, no ocurre así: el director de la fábrica de cerveza —en cuanto miembro del comité del partido en el distrito— tenía buenos conocimientos en las altas esferas e intrigó para que todo marchara en su favor; el análisis de S. fue calificado de «libelo difamatorio», a S. se le señaló como criminal político, se le expulsó de nuestra fábrica y se le echó a hacer un trabajo sin cualificación profesional. El “trabajo minucioso” había tocado el muro: el sistema postotalitario. S. se había rebelado, no había respetado las reglas del juego; “había hecho brecha” diciendo la verdad y acababa como “subciudadano” con la marca del enemigo, que ya no puede decir nada y al que —por principio— no se le puede escuchar. Se convirtió en el “disidente” de las fábricas de cerveza de la Bohemia oriental.
 Creo que se trata de un procedimiento paradigmático que ilustra desde otro punto de vista lo que he dicho en el capítulo anterior: un hombre no se hace “disidente” porque un buen día decide emprender esta extravagante carrera, sino porque su responsabilidad interior, combinada con todo el complejo de circunstancias externas, acaba por encadenarlo a esa posición: se le echa fuera de las estructuras existentes y se le pone en confrontación con ellas. Al comienzo no era ni más ni menos que la intención de hacer bien su trabajo y al final está la marca del enemigo.
 Un buen trabajo es, pues, en realidad la crítica de una mala política. A veces, por así decirlo, se perdona la crítica y a veces no. Pero se perdona cada vez menos. Y no por su culpa.
 Ya pasaron los tiempos del imperio austro-húngaro cuando la nación checa (en el período terrible del absolutismo de Bach) tenía un único «disidente» verdadero: el encarcelado en Brixen. Si no viéramos en la palabra «disidente» un poco de esnobismo, tendríamos que constatar que hoy a los “disidentes” los encontramos por todas partes.
 Es absurdo acusar a estos “disidentes” de haber renunciado al “trabajo minucioso”. La “disidencia” no es, en efecto, una alternativa a la concepción del “trabajo minucioso” de Masaryk, sino que quizá es, por el contrario, su única salida posible.
 Digo “quizá” y con esto quiero subrayar que no siempre es así: lejos de mí sostener que solo son honestos y responsables los hombres que se han encontrado fuera de las estructuras existentes y en confrontación con ellas. El cervecero S. podía incluso haber ganado su batalla. Criticar a los que han aguantado solo porque han resistido y, por tanto, no son “disidentes”, sería tan absurdo como el mostrarlos solo por este motivo como ejemplo a los “disidentes”. Por lo demás, se iría contra toda actitud “disidente” —como intento de “vida en la verdad”— si se juzgase el comportamiento del hombre no desde lo que él es, hasta qué punto es o no bueno, sino desde la etiqueta que se le ha colocado.»
  
      [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Encuentro, 1990, en traducción de  Vicente Martín Pindado, pp. 37-43. ISBN:  978-8490550120.]

domingo, 9 de octubre de 2022

Papillon.- Henry Charriére (1906-1973)


Henri Charrière | Discografía | Discogs
Primer cuaderno: El camino de la podredumbre

La central de Caen

 «Apenas llegamos, nos hacen pasar al despacho del director quien alardea de su superioridad desde detrás de un mueble “Imperio”. Sobre un estrado de un metro de alto.
  —¡Firmes! El director os va a hablar.
  —Condenados, estáis aquí en calidad de depósito en espera de vuestra salida para el presidio. Esto es una cárcel. Silencio obligatorio en todo momento, ninguna visita que esperar, ni carta de nadie. O se obedece o se revienta. Hay dos puertas a vuestra disposición: una para conduciros al presidio si os portáis bien; otra para el cementerio. En caso de mala conducta, sabed que la más pequeña falta será castigada con sesenta días de calabozo a pan y agua. Nadie ha aguantado dos penas de calabozo consecutivas. A buen entendedor, pocas palabras bastan.
  Se dirige a Pierrot el Loco, cuya extradición había sido pedida, y concedida, de España:
  —¿Cuál era su profesión en la vida?
  —Torero, señor director.
  Furioso por la respuesta, el director grita: —¡Llevaos a ese hombre, militarmente!
  En un abrir y cerrar de ojos, el torero es golpeado, aporreado por cuatro o cinco guardianes y llevado rápidamente lejos de nosotros. Se le oye gritar:
  —So maricas, os atrevéis cinco contra uno y, además, con porras. ¡Canallas!
 Un “¡ay!”, de bestia mortalmente herida y, luego, nada más. Sólo el roce sobre el cemento de algo que es arrastrado por el suelo.
  Después de esta escena, si no se ha comprendido, nunca se comprenderá. Dega está a mi lado. Mueve un dedo, sólo uno para tocarme el pantalón. Comprendo lo que quiere decirme: “Aguanta firme, si quieres llegar al presidio con vida”. Diez minutos después, cada uno de nosotros (salvo Pierrot el Loco, quien ha sido encerrado en un infame calabozo de los sótanos) se encuentra en una celda del pabellón disciplinario de la Central.
  La suerte ha querido que Dega ocupe la celda lindante con la mía. Antes, hemos sido presentados a una especie de monstruo pelirrojo de un metro noventa o más, tuerto, que lleva un vergajo nuevo, flamante, en la mano derecha. Es el cabo de vara, un preso que ejerce la función de verdugo a las órdenes de los vigilantes. Es el terror de los condenados. Los vigilantes, con él tienen la ventaja de poder apalear y flagelar a los hombres, de una parte sin cansarse y, si hay muertes, eximiendo de responsabilidades a la Administración.
  Posteriormente, durante una breve estancia en la enfermería conocí la historia de esa bestia humana. Felicitemos al director de la Central por haber sabido escoger tan bien a su verdugo. El individuo en cuestión era cantero de oficio. Un buen día, en la pequeña ciudad del Norte donde vivía, decidió suicidarse suprimiendo al mismo tiempo a su mujer. Para ello, utilizó un cartucho de dinamita bastante grande. Se acuesta al lado de su mujer, que está descansando en el segundo piso de un edificio de seis. Su mujer duerme. El enciende un cigarrillo y, con este, prende fuego a la mecha del cartucho de dinamita que sostiene en la mano izquierda, entre su cabeza y la de su mujer. La explosión fue espantosa. Resultado: su mujer queda hecha papilla y casi hay que recogerla con cuchara. Una parte del edificio se derrumba y tres niños perecen aplastados por los escombros, así como una anciana de setenta años. Los demás quedan, más o menos, gravemente heridos.
  En cuanto a Tribouillard, ha perdido parte de la mano izquierda, de la que sólo le queda el dedo meñique y medio pulgar, y el ojo y la oreja izquierdos. Tiene una herida en la cabeza lo suficientemente grave para necesitar que se la trepanen. Desde su condena, es cabo de vara de las celdas disciplinarias de la Central. Ese semiloco puede disponer como le venga en gana de los desventurados que van a parar a sus dominios. Un, dos, tres, cuatro, cinco…, media vuelta… Un, dos, tres, cuatro, cinco, media vuelta… y comienza el incesante ir y venir de la pared a la puerta de la celda.
 No tenemos derecho a acostarnos durante el día. A las cinco de la mañana, un toque de silbato estridente despierta a todo el mundo. Hay que levantarse, hacer la cama, lavarse, y o bien andar o sentarse en un taburete fijado a la pared. No tenemos derecho a acostarnos durante el día. Como colmo del refinamiento del sistema penitenciario, la cama se levanta contra la pared y queda colgada. Así, el preso no puede tumbarse y puede ser vigilado mejor.
 Un, dos, tres, cuatro, cinco… Catorce horas de caminata. Para adquirir el automatismo de ese movimiento continuo, hay que aprender a bajar la cabeza, poner las manos a la espalda, no andar ni demasiado deprisa ni demasiado despacio, dar los pasos exactamente iguales y girar automáticamente, en un extremo de la celda, sobre el pie izquierdo, y en el otro extremo, sobre el pie derecho.
 Un, dos, tres, cuatro, cinco… Las celdas están mejor alumbradas que en la Conciergerie y se oyen los ruidos exteriores, los del pabellón disciplinario y también algunos procedentes del campo. Por la noche, se perciben los silbidos o las canciones de los labradores que vuelven a sus casas contentos de haber bebido un buen trago de sidra.
 He recibido mi regalo de Navidad: por un resquicio de las tablas que tapan las ventanas, percibo el campo, todo nevado y algunos árboles altos, negros, iluminados por la luna llena. Diríase una de esas postales típicas de Navidad. Agitados por el viento, los árboles se han despojado de su manto de nieve y, gracias a esto, se les distingue bien. Se recortan en grandes manchas oscuras sobre todo lo demás. Es Navidad para todo el mundo, hasta es Navidad en una parte de la prisión. Para los presidiarios en depósito, la Administración ha hecho un esfuerzo: hemos tenido derecho a comprar dos tabletas de chocolate. Digo dos tabletas, no dos barras. Estos dos pedazos de chocolate de Aiguebelle han sido mi cena de Nochebuena de 1931.
  … Un, dos, tres, cuatro, cinco… La represión de la justicia me ha convertido en péndola, el ir y venir en una celda es todo mi universo. Todo está matemáticamente calculado. En la celda no debe haber nada, absolutamente nada. Sobre todo, es menester que el condenado no pueda distraerse. Si me sorprendieran mirando por esa hendidura de los maderos de la ventana, recibiría un severo castigo. Sin embargo, ¿acaso no tienen razón, puesto que para ellos no soy más que un muerto en vida? ¿Con qué derecho podría permitirme gozar de la contemplación de la naturaleza?
  Vuela una mariposa; tiene un color azul claro, con una pequeña lista negra; una abeja zumba no lejos de ella, junto a la ventana. ¿Qué vienen a buscar esos bichos en este lugar? Parece como si estuviesen locas por ese sol de invierno, a menos que tengan frío y quieran entrar en la prisión. Una mariposa en invierno es una resucitada. ¿Cómo no ha muerto todavía? Y esa abeja, ¿por qué ha abandonado su colmena? ¡Qué inconsciente atrevimiento acercarse aquí! Afortunadamente, el cabo de vara no tiene alas, de lo contrario no vivirían mucho tiempo.
  Ese Tribouillard es un horrible sádico y presiento que algo me ocurrirá con él. Por desgracia, no me había equivocado. El día siguiente de la visita de los dos encantadores insectos, me declaro enfermo. No puedo más, me ahoga la soledad, necesito ver una cara, oír una voz, aunque sea desagradable, pero en suma una voz, oír alguna cosa.
Papillon de Henri Charrière: Muy bien Encuadernación de tapa dura ...  Completamente desnudo en el frío glacial del pasillo, cara a la pared, con la nariz a cuatro dedos de esta, era el penúltimo de una fila de ocho, en espera de mi turno de pasar ante el doctor. ¿Quería ver gente? ¡Pues ya lo he conseguido! El cabo de vara nos sorprende en el momento en que le murmuraba unas palabras a Julot, conocido como el hombre del martillo. La reacción de aquel salvaje pelirrojo fue terrible. De un puñetazo en la nuca, me dejó casi sin sentido y, como no había visto venir el golpe, me di de narices contra la pared. Empecé a manar sangre y, tras haberme incorporado, pues me había caído, me rehago y trato de comprender lo ocurrido. Cuando hago un ademán de protesta, el coloso, que no esperaba otra cosa, de una patada en el vientre me tumba otra vez en el suelo y comienza a golpearme con su vergajo. Julot ya no puede aguantarse. Se echa encima de él, se entabla una terrible pelea y, como Julot lleva todas las de perder, los vigilantes asisten, impasibles, a la batalla. Nadie se fija en mí, que acabo de ponerme en pie. Miro a mi alrededor, tratando de descubrir algún arma. De golpe, percibo al doctor, inclinado sobre su sillón, que trata de ver desde la sala de visita lo que ocurre en el pasillo y, al mismo tiempo, la tapadera de una marmita que brinca empujada por el vapor. Esa gran marmita esmaltada está encima de la estufa de carbón que calienta la sala del doctor. Su vapor debe purificar el aire.
 Entonces, con un rápido reflejo, agarro la marmita por las asas, me quemo, pero no la suelto y, de una sola vez, arrojo el agua hirviendo a la cara del cabo de vara, quien no me había visto, ocupado como estaba con Julot. De su garganta sale un grito espantoso. Ha cobrado lo suyo. Se revuelca en el suelo y, como lleva tres jersey s de lana, se los quita con dificultad, uno después de otro. Cuando llega al tercero, la piel salta con este. El cuello del jersey es estrecho y, en su esfuerzo por hacerlo pasar, la piel del pecho, parte de la del cuello y toda la de la mejilla siguen pegadas al jersey. También tiene quemado su único ojo y, ahora está ciego. Por fin, se pone en pie, repelente, sanguinolento, en carne viva, y Julot aprovecha el momento para asestarle una terrible patada en los testículos. El gigante se derrumba y empieza a vomitar y a babear. Ha recibido su merecido Nosotros nada perdemos con esperar.
 Los dos vigilantes que han asistido a la escena no tienen suficientes arrestos para atacarnos. Tocan la alarma para pedir refuerzos. Llegan de todos lados. Los porrazos llueven sobre nosotros como una fuerte granizada. Tengo la suerte de perder pronto el sentido, lo cual no me impide recibir más golpes.
 Despierto dos pisos más abajo, completamente desnudo, en un calabozo inundado de agua. Lentamente recobro los sentidos. Recorro con la mano mi cuerpo dolorido. En la cabeza tengo por lo menos doce o quince chichones. ¿Qué hora será? No lo sé. Aquí no es de día ni de noche, no hay luz. Oigo golpes en la pared, vienen de lejos.
  Pam, pam, pam, pam, pam, pam. Estos golpes son la llamada del « teléfono» . Debo dar dos golpes en la pared si quiero recibir la comunicación. Golpear, pero ¿con qué? En la oscuridad, no distingo nada que pueda servirme. Con los puños es inútil, los golpes no repercuten bastante. Me acerco al lado donde supongo que está la puerta, pues hay un poco menos de oscuridad. Topo con barrotes que no había visto. Tanteando, me doy cuenta de que el calabozo está cerrado por una puerta que dista más de un metro de mí, a la cual la reja que toco me impide llegar. Así, cuando alguien entra donde hay un preso peligroso, este no puede tocarle, pues está enjaulado. Pueden hablarle, escupirle, tirarle comida e insultarle sin el menor peligro. Pero hay una ventaja: no pueden pegarle sin correr peligro, pues, para pegarle, hay que abrir la reja.
 Los golpes se repiten de vez en cuando. ¿Quién puede llamarme? Quien sea merece que le conteste, pues arriesga mucho, si le pillan. Al caminar, por poco me rompo la crisma. He puesto el pie sobre algo duro y redondo. Palpo, es una cuchara de palo. En seguida, la agarro y me dispongo a contestar. Con la oreja pegada a la pared, aguardo. Pam, pam, pam, pam, pam, stop, pam, pam. Contesto: pam, pam. Estos dos golpes quieren decir a quien llama: “Adelante, tomo la comunicación”. Empiezan los golpes: pam, pam, pam… las letras del alfabeto desfilan rápidamente… abcchdefghijklmnñop, stop. Se para en la letra p. Doy un golpe fuerte: pam. Así, él sabe que he registrado la letra p, luego viene una a, otra p, una i, etc. Me dice: “Papi, ¿qué tal? Tú has recibido lo tuyo, yo tengo un brazo roto”. Es Julot. Nos “telefoneamos” durante dos horas sin preocuparnos de si pueden sorprendernos. Estamos literalmente rabiosos por cruzarnos frases. Le digo que no tengo nada roto, que mi cabeza está llena de chichones, pero que no tengo heridas.»

  [El libro pertenece a la edición en español de Editorial Plaza & Janés, 1973, en traducción de Domingo Pruna y Vicente Villacampa. ISBN: 9788401350474.]

miércoles, 30 de diciembre de 2020

Las flores del mal.- Charles Baudelaire (1821-1867)

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18.-La belleza

  «Como un sueño de piedra yo soy bella, ¡ oh mortales!,
y mi seno que a todos por turno torturó
fue hecho para inspirar al poeta un amor
tal como la materia, eterno e indecible.
 
Incomprendida esfinge, yo reino en el azul;
un níveo corazón junto al blancor del cisne:
detesto el movimiento que desplaza las líneas
y jamás he llorado, como jamás reí.
 
Los poetas, delante de mis gestos altivos,
que parecen copiados de antiguos monumentos,
consumirán sus días en árida labor;
 
que para fascinar a estos mansos amantes
poseo puros espejos que embellecen las cosas:
mis dos enormes ojos de eterna claridad.
[...]

36.-Póstumo remordimiento

  Cuando por fin reposes, mi bella tenebrosa,
al fondo de un panteón todo de negro mármol,
y cuando ya no tengas por alcoba y morada
sino una hueca fosa, una lluviosa cueva;
 
cuando la losa oprima tu pecho estremecido
y esos flancos pulidos por tu encanto indolente,
y al corazón impida el deseo y el latido
y a tus pies proseguir su aventurera senda,
 
la tumba, confidente de mi sueño infinito,
(porque la tumba siempre comprenderá al poeta),
en esas largas noches de desterrado sueño
 
te dirá: "¿De qué os sirve, cortesana imperfecta,
no haber reconocido lo que los muertos lloran?"
Y te roerá el gusano como un remordimiento.
[...]
91.-El abismo


   Pascal tuvo su abismo, que con él se movía.
-Todo es abismo, ¡ay! - ¡acción, sueño, deseo,
palabra! Y en mi vello, que de pronto se eriza
más de una vez del Miedo sentí el soplo cruzar.

Arriba, abajo, en todo, en lo hondo, la arena,
el silencio, el terrible y el cautivante espacio...
Al fondo de mis noches, Dios, con su dedo sabio,
traza una pesadilla multiforme y sin tregua.
 
Tengo miedo del sueño, como de un agujero
lleno de vago horror, que arrastra no sé a dónde;
sólo veo infinito por todas las ventanas,
 
y mi espíritu, siempre preso del mismo vértigo,
la insensibilidad de la nada apetece.
-¡Ah! ¡No salir jamás de Seres y de Números!
[...]


100.-El rebelde

 Un ángel fiero cae del cielo como un águila,
empuña los cabellos del hombre descreído
y grita, sacudiéndolo: "¡La Ley acatarás!
(Porque soy tu Ángel bueno, ¿comprendes?) ¡Y lo quiero!
 
Entiende que hay que amar, sin hacerle remilgos,
al pobre, al contrahecho, al malo, al infeliz,
para que cuando pase Jesús puedas hacerle
una triunfal alfombra de caridad tejida.
 
¡El Amor es así! Y antes de que tu alma ceda,
en la gloria de Dios avivarás tus éxtasis;
¡tales son los deleites de atractivos durables!"
 
Y el Ángel, que castiga con vigor a quien ama,
con sus puños enormes tortura el anatema;
mas el réprobo siempre le responde "¡No quiero!"»


  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1982, en traducción de Antonio Martínez Sarrión, pp. 32, 49-50, 104-105 y 113-114. ISBN: 84-7530-040-5.]
 

lunes, 16 de diciembre de 2019

Memorias de un revolucionario.- Piotr Kropotkin (1842-1921)

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Tomo II
Parte sexta: La Europa occidental

«Al observador externo la prisión le parece casi muda; pero, en realidad, la vida se desarrolla allí con tanta intensidad como en cualquier población de sus dimensiones. A media voz, al oído, por medio de palabras sueltas deslizadas a la carrera y en una tira de papel, toda noticia de algún interés recorría inmediatamente el penal. Nada puede ocurrir entre los presos mismos o en la puerta del edificio destinada a los empleados, o en la aldea que da nombre al establecimiento, o en el dilatado mundo de la política parisiense, que no se comunique en el acto por todos los dormitorios, talleres y celdas. Los franceses son demasiado comunicativos para permitir que su telégrafo subterráneo pueda estar inactivo.
 No teníamos contacto con los otros presos y, sin embargo, sabíamos todas las noticias del día: "Juan el jardinero, vuelve con dos años. La mujer de tal capataz ha tenido una gran pelotera con la del vigilante Fulano. Diego, el que está en el calabozo, ha sido sorprendido escribiendo una carta a Juan, el del taller de marcos. El animal de Fulano ya no es ministro de Justicia; ha caído el ministerio", y otras cosas por el estilo; y cuando se dice que "Perico ha cambiado dos camisetas de franela por dos cajetillas de tabaco", esto da la vuelta a la prisión en un momento.
 En una ocasión, un abogadillo que estaba preso, deseaba remitirme una nota, a fin de que suplicara a mi mujer, que vivía en la aldea, que viera de cuando en cuando a la suya, que también se encontraba allí; y fue grande el número de hombres que se interesaron en la transmisión del mensaje, el cual tuvo que pasar por no sé cuántas manos antes de llegar a mí. Cuando en un  periódico había algo que nos pudiera interesar, éste llegaba siempre a nuestro poder envolviendo una piedrecita que pasaba sobre el alto muro.
 El estar confinado en una celda no es obstáculo para que haya comunicación. Cuando llegamos a Clairvaux y fuimos primero alojados en el departamento celular, era grande el frío que allí se sentía en invierno; tanto, que apenas podía yo escribir y, cuando mi mujer, que se hallaba entonces en París, recibió mi carta, no reconoció la letra. Se dio orden de que las caldearan todo lo posible, pero no había manera de conseguirlo. Más tarde se supo que todos los tubos destinados a la conducción del aire caliente estaban obstruidos con papeles de todas clases, cortaplumas y una multitud de objetos pequeños que varias generaciones de presos habían ocultado en ellos.
 Mi amigo Martín, de quien ya he hablado en otra ocasión, obtuvo permiso para pasar parte de su tiempo en una celda, lo que prefería a vivir en una habitación con doce compañeros. Pero, con gran sorpresa, vio que no estaba completamente solo ni mucho menos; las paredes y los ojos de las cerraduras hablaban; al poco tiempo todos los que se hallaban en ellas sabían quién era él, y pronto se vio relacionado con cuantos moraban en el edificio. Todo un sistema de vida se desenvuelve, como en una colmena, entre las celdas al parecer aisladas; sólo que esa vida toma a menudo tal carácter, que la hace pertenecer por completo al dominio de la psicopatía. El mismo Kraft-Ebbing no tiene idea del aspecto que asume con ciertos presos condenados a vivir en la soledad.
 No repetiré aquí lo que he dicho en un libro, En las prisiones rusas y francesas, que publiqué en Inglaterra en 1888, en el cual trataba de la influencia moral de las prisiones sobre los presos. Hay sin embargo una cosa que debe tenerse en cuenta. La población penal se compone de elementos heterogéneos; pero considerando sólo a los que se toma generalmente por "criminales" natos, y de quienes tanto hemos oído hablar últimamente a Lombroso y sus partidarios, lo que más me impresionó respecto a ellos fue que las prisiones, consideradas como remedio contra los actos antisociales, son precisamente las que producen el efecto contrario.
 Todos saben que la falta de educación, repugnancia a un trabajo regular, amor extraviado a las aventuras, propensión al juego, falta de energía, una voluntad virgen e indiferencia por la suerte de los demás, son las causas que llevan a esa clase de gente ante los tribunales. Pues bien, vi con asombro durante mi prisión, que esos mismos defectos de la naturaleza humana que la cárcel se propone evitar, son los que ella engendra en sus moradores, y tiene necesidad de hacerlo así, porque es una prisión, y los engendrará mientras viva. El confinamiento en una prisión destruye por necesidad la energía del hombre y aniquila su voluntad; en la vida del preso no hay modo de ejercitar aquélla; el pretenderlo sería seguramente motivo de serios disgustos. La voluntad del que vive en prisión debe matarse y se la mata, quedando menos lugar aún para el ejercicio de las naturales simpatías, haciéndose hasta lo imaginable por evitar todo contacto con aquéllos, ya sean del interior o del exterior, por quienes el preso sienta algún afecto. Física y mentalmente se le hace cada vez menos capaz de un  esfuerzo sostenido, y si ya ha sentido repugnancia por un trabajo regular, ésta irá en aumento durante los años de prisión.
 Si antes de ingresar por primera vez en la cárcel le molestaba fácilmente todo trabajo monótono que no le era dable hacer con propiedad y sentía repulsión hacia toda ocupación mal retribuida, esos sentimientos se convertirán en odio. Si antes dudaba respecto a la utilidad social de las leyes de moral establecidas, ahora, después de haber lanzado una mirada escrutadora sobre sus defensores oficiales y conocer la opinión e sus compañeros sobre el particular, las abandonará por completo. Y si la causa de su desgracia ha sido un desarrollo morboso del apasionado carácter sensual de su naturaleza, ahora, después de haber pasado un número de años en prisión, este carácter enfermizo se desarrollará aún más, en muchos casos en proporciones aterradoras. En este último concepto -el más peligroso de todos- la educación del presidio es tan eficaz como deplorable.
 En Siberia vi qué clase de antros de inmundicia y semillero de ruina moral y física eran las asquerosas cárceles "no reformadas", y ya a la edad de diecinueve años pensé que, si hubiera menos aglomeración en los dormitorios, una clasificación especial en los presos y se les proporcionara a éstos una ocupación agradable, la institución podría sensiblemente mejorarse.
 Hoy tengo que desechar semejantes ilusiones; he podido convencerme a mí mismo de que, en cuanto a sus efectos sobre el preso y sus resultados para la sociedad en general, las mejores prisiones "reformadas" -sean o no celulares- son tan malas, o aún peores, que las sucias cárceles antiguas. Ellas no mejoran al preso; por el contrario, en la inmensa y abrumadora mayoría de casos, ejercen sobre ellos los efectos más lamentables. El ladrón, el estafador y el granuja que han pasado algunos años en un penal, salen de él más dispuestos que nunca para continuar por el mismo camino, hallándose mejor preparados para ello, habiendo aprendido a hacerlo mejor, estando más enconados contra la sociedad y, encontrando una justificación más sólida de su rebeldía contra sus leyes y costumbres, razón por la cual tienen, necesaria e inevitablemente, que caer cada vez más hondo en la sima de los actos antisociales que por primera vez les llevaron a los jueces.
 Lo que el individuo haya de hacer después de cumplido, habrá de ser, forzosamente, mayor que lo antes realizado, viéndose condenado a terminar su vida en una prisión o en una colonia de trabajos forzados. En el libro a que antes he hecho referencia, digo que las prisiones son "universidades del crimen, mantenidas por el Estado". Y ahora, pensando sobre el particular, después de quince años, no puedo por menos que ratificarme en lo que entonces afirmé.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Crítica, 2009, en traducción de Fermín Salvoechea. ISBN: 978-84-9892-017-8.]

lunes, 15 de julio de 2019

La familia Moskat.- Isaac Bashevis Singer (1902-1991)


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Parte II
Capítulo uno
2

«-Mamá, acuéstate conmigo.
 -¿Para qué? No hay bastante sitio. Además, mueves las piernas como un caballito.
 -No te daré patadas.
 -No. Prefiero sentarme. Me duelen los huesos de estar acostada. Escucha, Hadassah, tengo que hablar seriamente contigo. Tú sabes, hija mía, lo que te quiero. No tengo en el mundo más que a ti. Tu padre, Dios quiera que no le sobrevenga ningún mal, es un hombre egoísta.
 -Por favor, no digas cosas de papá.
 -No tengo nada contra él. Él es lo que es. Vive para sí mismo, como un animal. Estoy acostumbrada. Pero a ti quiero verte feliz. Quiero ver que tú tienes la felicidad que yo no he tenido.
 -Mamá, ¿de qué estás hablando?
 -Yo nunca he creído en obligar a una muchacha a casarse. He visto bien lo que resulta de tales cosas. Pero, a pesar de eso, tú estás siguiendo un mal camino, hija mía. En primer lugar, Fishel es un joven decente, juicioso, un buen hombre de negocios. No se encuentran hombres como él todos los días. Y en segundo lugar, su abuelo está cargado de dinero y un día, aunque le deseo una larga vida, bien lo sabe Dios, todo irá a parar a Fishel.
 -Mamá, será mejor que lo olvides. No me casaré con él.
 -Al menos, déjame terminar lo que tengo que decirte. Supongo que tienes la idea de que eres hija de una familia rica. Desgraciadamente, estás equivocada. Tu padre tiene unos cuantos rublos, lo justo para cubrir una necesidad inesperada si se presenta. Él no querría tocar ese dinero para ningún otro fin. Eres una muchacha sin dote y una muchacha enferma, además. Así está la situación. Esa es la entera verdad.
 -No entiendo lo que quieres de mí, mamá.
 -Tu abuelo ha decidido ser tan terco como una mula. Ya le ha dado órdenes a Koppel de que no nos pague la asignación semanal. Jura que no va a dejarnos un céntimo en su testamento. Y puedes creerlo. Nos quedaremos todos en la calle. Tu padre, no tengo que decírtelo, es incapaz de ganarse la vida. No sabe hacer más que comer y dormir. Y yo soy una mujer enferma, más de lo que tú imaginas. Sólo Dios sabe hasta cuándo podré aguantar.
 -¡Mamá!
 -No me interrumpas. No quiero decir nada de tu tío Abram. Por lo que a mí se refiere me parece una buena persona y le tengo afecto. Pero no es alguien de quien se pueda depender. Ha hecho a su propia mujer una miserable y no ha sido ninguna bendición para esa otra, ¿cómo se llama?, Ida Prager. Sus hijas no tienen un céntimo. Y ahora se ha acercado a nosotros. Quiere usarnos para vejar a tu abuelo.
 -No quiero dejarte decir nada malo de él. Lo quiero.
 -Yo también siento afecto por él. Pero ¿de qué sirve? El hombre es una llave vuelta del revés, un entrometido que se mezcla en los asuntos de los demás. Y ese nuevo, como le llaméis, Asa Heshel, no me cae nada bien. Yo no le daré entrada en esta casa, ¿lo oyes? Lo echaré de aquí.
 -Ya no viene por aquí.
 -Eres una muchacha pobre. No lo olvides. Es verdad que no eres fea. Dios quiera que no te ocurra nada. Pero una persona no es siempre joven y hermosa. A Fishel lo cazarán antes de que te des cuenta. ¿Y qué te quedará a ti?
 -Que lo cacen. Por mí, que sea hoy mismo.
 -¿Y adónde irás a parar tú? Especialmente sin una dote. Tu abuelo no te dará un céntimo.
 -No me hace falta su dinero.
 -Cambiarás de opinión, hija mía. Ha habido muchos otros como tú. Cuando estaba en el sanatorio, que Dios te dé salud en adelante, costó cientos y cientos de rublos. Dios sabe que no quiero asustarte, pero cuando se trata de pulmones delicados, nunca se está seguro.
 -¡Entonces me moriré!
 -¡Ay, Hadassah, me estás clavando un cuchillo en el corazón! No creas que no he meditado las cosas bien. Noche tras noche paso horas en la cama pensando. ¿Qué otro amigo tienes más íntimo que yo? Estás en peligro, te lo aseguro. Gran peligro.
 -Oh, mamá, deja de lamentarte por mí. Aún no estoy muerta. Te lo sigo con toda seguridad, para acabar ya con este tema: no me casaré con Fishel.
 -¿Y esa es tu última palabra?
 -Sí.
 -¡Bien, que Dios tienda sus brazos misericordiosos hacia ti! Sí, es verdad lo que dicen: un hijo es un enemigo. Tu padre tampoco era de mi gusto cuando yo era joven. Pero cuando mi madre, que Dios la haya acogido, lloró y suplicó, yo dije: "Está bien; condúceme al tálamo." No, los hijos de hoy no tienen corazón, sólo rocas. Bueno, que sea así. Me callaré. Pero tu padre no se callará. Nos quedaremos sin un pedazo de pan.
 -Yo trabajaré.
 -¡Claro! ¡Mi delicada señorita irá a trabajar! Simplona, ¡no sabes mover un dedo! Es un milagro que estés viva. Si no te estuviera sirviendo a todas horas, serías incapaz de moverte por tus propios pasos. Necesitas ayuda. Necesitas dinero. Si yo me muero, tu padre te traerá a casa una madrastra antes de que yo me haya enfriado en la tumba.
 -¡Déjame en paz! -Hadassah se tapó la cara con las manos.
 -Está bien. Me voy. Algún día te acordarás de mis palabras. Pero entonces será demasiado tarde.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta, 1979, en traducción de Juan José Guillén. ISBN: 84-320-4117-3.]