martes, 11 de mayo de 2021

Un grito sin voz.- Henri Raczymow (1948)


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I


 «Los alemanes filman el gueto, en especial la cárcel judía de la calle Gesia, donde la mitad de los detenidos son niños que han intentado saltar el muro, y el Judenrat, en la calle Grzybowska. Las ignominias y las vilezas con que hemos sido mancillados pasarán a la historia gracias a estudiadas puestas en escena. Como buena muestra de ello, en la calle Smocza, reunieron a una muchedumbre de judíos y acto seguido ordenaron a los policías judíos que los dispersaran con brutalidad. Éstos lo hicieron con la docilidad habitual. Filman a otros soldados alemanes que acuden a socorrer a un niño judío que intenta colarse a través de un hueco del muro mientras es amenazado por un policía judío o polaco. El alemán, como buen soldado, les dice que no hay que pegar a los niños. Acaban de prohibir a los turistas alemanes visitar nuestro cementerio. Al parecer, la visión de los cadáveres apilados en un barracón no muy lejos del mausoleo del rabino de Radzymin causa mal efecto y hasta suscita algunas objeciones por parte de los visitantes.
 Cada vez fusilan a más judíos en las calles. Según los nuestros, es a causa de los comunistas, sionistas y bundistas, y su propaganda criminal. Siempre la misma cantinela. A propósito (de cantinelas), Guta se ejercita repitiendo “¡Santa Madre de Czestochowa!” y “¡Por los clavos de Cristo!” Me recuerda a mi pequeña Zofia que siempre tenía estas exclamaciones en la boca. ¿Qué habrá sido de ella en el lado ario?
 Guta ha sido enviada de nuevo fuera del gueto. Lleva un crucifijo. En cuanto cruza el muro, cambia su gorra por un pañuelo. Ayer me preguntó si es verdad que tiene, como le han dicho, an arishn pounem, es decir, una fisionomía aria, lo que también puede entenderse como a naarishn pounem, que significa cara de idiota. En realidad, no tiene pinta ni de aria ni de idiota. Martha es la más adecuada para realizar misiones de este tipo, creo. “¡Santa Madre de Czestochowa!”, “¡Por los clavos de Cristo!” Me encantan estas fórmulas mágicas, idólatras.
  Ayer por la mañana, Haïm fue testigo de una escena espeluznante en la esquina de Twarda con Sliska. Los alemanes mandaron preparar una mesa surtida de botellas de vino y comida en abundancia. Luego ordenaron bajar de un camión a una docena de jóvenes hassidim y los alinearon a lo largo de la mesa, mientras otros alemanes agrupaban en la acera de enfrente a todos los niños hambrientos que encontraron en las inmediaciones de la calle Prosta; niños harapientos, descalzos, con los vientres hinchados. Y conforme ellos filmaban, dieron orden a los hassidim  de darse una comilona, y después los obligaron a bailar y a beber. Y aquellos pequeños mendigos lastimosos los miraban, les imploraban –en esto consistía todo el argumento-, y los hassidim tenían que sacárselos de encima con la mayor brutalidad de la que fueran capaces. Cuando esta obra maestra del arte se terminó  de filmar, recogieron las cámaras y a continuación apareció otro camión atestado de soldados, los de la calavera, que ametrallaron a los niños y a los hassidim ante los ojos de una multitud aterrorizada.
  Algunos han oído emisiones radiofónicas de la BBC, en las que se informa de nuestra suerte en los guetos y especialmente en diferentes campos, como el de Chelmno y el de Belzec. Se avanza la cifra de siete mil judíos asesinados aquel día. ¿Por qué el mundo se calla? ¿Por qué el gobierno polaco en el exilio minimiza todo cuanto nos sucede? ¿Por qué silencia estos hechos? ¿Qué se propone? Según Szymon, se propone mostrar que la primera víctima de los alemanes es el pueblo polaco y no los judíos. Con dos pueblos mártires, uno siempre está de más. Hay quienes dicen que no es la primera persecución que hemos vivido y que tampoco será la última. Tuvimos las Cruzadas, la Inquisición, las matanzas en Ucrania, los pogromos en la Rusia zarista y el pueblo judío todavía sigue viviendo. Dicen que no es conveniente provocar a los alemanes, que no debemos darles motivos para avivar su ira. No; hay que esperar. Esperar a que termine la guerra. Esperar a Churchill y a Stalin. Otros esperan que llegue el Mesías. Algunos les replican a estos últimos que el Mesías ya ha llegado. Está en Berlín, cenando en la mesa de A.H. y que es su mano derecha. ¡Lo que nos sucede en estos tiempos no tiene nada que ver con la Inquisición! ¡Podíamos abandonar España si no queríamos convertirnos! Ni con Masada, porque pudimos entregarnos, y, además los romanos no perseguían el incomprensible propósito de exterminar hasta el último judío, desinfectar la tierra de nuestra presencia ni se burlaban abiertamente de nuestros piojos. Hoy, las tres últimas generaciones de conversos están condenadas al exterminio; unos judíos que no se convirtieron bajo la amenaza de la espada, que eligieron abandonar nuestro pueblo libremente. Incluso ellos van a morir. Incluso los conversos. Incluso los de la policía judía. Incluso los contrabandistas. Incluso los judíos que son agentes de la Gestapo. Tanto ellos como nosotros, todos seremos exterminados. Por desgracia, no formamos un ejército de zelotes prestos a entregarnos al enemigo con una humillante bandera blanca. No estamos en situación de poder renegar de nuestra fe judía para conservar la vida, lo cual, según Reb Huberband, Maimónides toleraba, siempre y cuando en su corazón uno siguiera amando la Torá de Israel…
 Szymon estaba como loco. Guta guardaba silencio. Szymon es un buen tipo. Esther no lo merece.    
  Esther lee libros sobre Napoleón: se remite de modo febril a las páginas que relatan sus últimas campañas. Aquí, todo el mundo compara a A.H. con Napoleón, todo son incesantes conjeturas sobre sus similitudes y sus diferencias. Ambos firmaron la paz con Rusia. “Una vez de acuerdo con Rusia, ya no temo a nadie”, dijo Napoleón. A buen seguro que a A.H. le llegará, más pronto o más tarde, su batalla de Berezina. Pero entre este más pronto y más tarde, la suerte de todos los judíos pende de un hilo.
 […]
  Jakob ha buscado a papá por el barrio de Praga, pero no lo ha encontrado. No ha encontrado a nadie que fuera capaz de proporcionarle información sobre él. De Yanek tampoco hay noticias. Ni de Mathiek.
Resultado de imagen de raczymowun grito sin voz En el gueto, habilitamos los escondites. Reforzamos los sótanos, levantamos paredes en los desvanes, se acondicionan armarios en el interior de otros armarios, se construyen trampillas verdaderas y falsas que se cubren con alfombras, con mesas; se arman también escaleras verdaderas y falsas. Pero vamos más lejos aún. ¡Llegamos a construir falsas habitaciones! Habitaciones sin puertas ni ventanas, cuyas paredes están recubiertas por varias capas de ladrillos y que únicamente son accesibles por el techo, al levantar las tejas. ¡Hemos construido habitaciones tapiadas dentro de otras habitaciones tapiadas! Los ingenieros y técnicos  acuden para ofrecer sus valiosos consejos. Algunos hacen de ello su medio de subsistencia. Ha aparecido un nuevo oficio: vendedor de escondites. El precio total incluye la comida. Muchos de los supervivientes pasan al lado ario a cambio de cantidades desorbitadas. No creen en los escondites. Dicen que los alemanes se los conocen todos. Porque una vez los conocen los judíos, también los conocen los soplones judíos. No se paran a pensar que en el lado ario vivirían constantemente aterrorizados ante la posibilidad de una denuncia. Y cuando ya no les quede más dinero ni joyas, los mismos polacos que los han escondido durante algún tiempo no dudarán en entregarlos. Ganancia asegurada: cien zlotys por cabeza. Los que se quedan han decidido morir con las armas en la mano. Hacen acopio de reservas de comida. Ahora ya no se trata de esconderse una noche o mientras dura una redada, sino durante semanas, tal vez meses, hasta que lleven a cabo el asalto final.
  La Sociedad de Naciones ha condenado el exterminio de judíos. Ha elevado su petición con la amenaza de sancionar a los nazis. Seguramente este gesto los disuadirá de seguir con las matanzas. Son muy sensibles a las amenazas, sobre todo a las de una dama tan respetable como la Sociedad de Naciones.
  Una gruesa capa de nieve cubre las calles. Debajo de los adoquines, ríos de sangre. 
[…]
  Se rumorea que se iniciarán de nuevo las deportaciones, y de forma inminente. ¿Estamos preparados para responder? La mayoría dice que no. Necesitamos dinero de forma imperiosa; no nos queda más remedio que exigir tributos a los ricos, así como a los miembros del Judenrat.
  La “Aktion” alemana se reanudó ayer por la mañana con una brutalidad inaudita. El gueto fue acordonado al amanecer. ¡Pero respondimos! Esther se unió a un grupo de unos cuarenta combatientes en un kibutz de Zamenhofa. Entre ellos se encontraba el poeta Katzcenelson que alentaba a sus camaradas, diciéndoles que se sentía feliz de morir junto a ellos, con las armas en la mano. Había ido con su hijo. Los camaradas le aconsejaron esconderse  en un refugio, puesto que los alemanes llegarían de un momento a otro. Él, Katzcenelson, debía sobrevivir como fuera, para dar testimonio. Pero se negó.
  Hoy se cumple el cuarto día de la “Aktion” de los alemanes. Se oyen explosiones terribles: vuelan por los aires las casas y lanzan granadas en las viviendas. Las redadas ha cesado. El objetivo de los alemanes ya no es deportar, sino matar al mayor número posible de judíos, para vengarse. Las armas de la resistencia polaca son siempre insuficientes. Cuánto tiempo perdido en actividades culturales en vez de dedicarnos en cuerpo y alma a prepararnos para combatir. Pero no sabíamos, no conocíamos a A. H.
  Cuando fue creado el hierro, me contaba el tío Avroum, al tercer día de la creación, los árboles empezaron a temblar. “¿Qué os ocurre para temblar así? –preguntó el hierro-. Mientras ninguno de vosotros me sirva de mango, no tendréis que temer nada de mí”. Según Avroum, en esta fábula los árboles representan el pueblo de Israel, la ramera de las naciones, y el hierro, la fuerza seductora de estas mismas. Y proseguía diciendo: “Cuando Israel sirve de mango al hierro de las naciones, éstas, convertidas en hachas, golpean sin piedad a los árboles de Israel”.
 Aquí, en el gueto, al parecer hemos comprendido por fin esta fábula. Ya no servimos de mango al hierro que nos golpea. Pero ya es tarde para abrir los ojos.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones del Subsuelo, 2011, en traducción de Isabel Romero Reche, pp.  58-61,86-87 y 89-90. ISBN: 978-84-939426-1-8.]

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