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domingo, 5 de febrero de 2023

Historia de un matrimonio.- Andrew Sean Greer (1970)


This Week in Fiction: Andrew Sean Greer on the Alluring Tyranny of ...
II


 «Nunca olvidaré a Eslanda Goode Robeson, la esposa de Paul Robeson, el cantante, que aquel año fue llamada a declarar ante el Comité de Actividades Antiamericanas. Cuando Cohn y McCarthy le preguntaron si era comunista, aquella orgullosa mujer de color, con su sombrero y su vestido floreados, rehusó responder, amparándose en la Quinta y la Decimoquinta Enmiendas.
  —¿La Decimoquinta? —le preguntó un nervioso Roy Cohn.
  —Sí, señor, la Decimoquinta —repuso ella egregiamente—. Yo soy negra, ¿comprende?, desde niña me enseñaron a ampararme en la Decimoquinta, por mi color de piel.
  Cohn comentó que aquello era una tontería, que esa enmienda se refería al derecho al voto.
  —Yo siempre me he amparado en ella... —repuso la mujer negando con la cabeza—. Y es que, en este país, soy ciudadana de segunda clase y por esa razón he de acogerme a la Decimoquinta. No soy igual que los blancos.
  Cohn no pudo sacarla de aquí; la versión de la señora Robeson de la vida en nuestro país resultaba intraducible.
  En los colegios no se enseña la asignatura Eslanda Goode Robeson. En los libros de texto, entre la miríada de batallas y tratados, no hay sitio para las esposas de la Historia. Pero a mí no se me olvidó lo que dijo acerca de que necesitaba una coraza extra para protegerse. Fue la luz que iluminó mi pensamiento; guió mi vida como un sextante.
  Nosotros éramos la única familia negra de Sunset. Todo habría sido distinto si hubiera tenido una amiga de confianza, una mujer de color dispuesta a escondernos a mí y a Sonny en su cuarto de costura, como protegería a una esposa maltratada; habría podido refugiarme en sus brazos. Pero no era una mujer maltratada; en cierto modo, era una mujer amada. Tampoco tenía ninguna amiga. Ni siquiera podía recurrir a Edith, la única judía del barrio, que era el reflejo de mi propia soledad desde el otro lado de la calle. Asimismo, aquella noche no podía ni pensar en huir con Sonny; imagínate a una mujer de color por la carretera con un hijo tullido, buscando la ayuda de otros viajeros. No era la manera de salvarlo. Lo más natural habría sido dirigirme a la comunidad negra de Fillmore, pero también nos habíamos apartado de aquel mundo.
  En aquel tiempo culpaba a las tías de Holland. Afirmaban ser oriundas de Hawai, descendientes por línea paterna de la hija de un capitán de la Compañía de las Indias Occidentales y de un nieto del capitán Cook, leyenda inverosímil pero bonita que les permitía sentirse diferentes. Eran el producto típico de la vieja sociedad negra de San Francisco: culta, intelectual, siempre buscando el buen matrimonio, hombres con bastón de paseo y mujeres con broche de camafeo de mujer blanca. Se consideraban aparte del resto de su raza, lo mismo que Holland. Recuerdo que, en una de las primeras cenas que les preparé, me habían dicho:
 —Quizá tuvimos un antepasado africano, cuatro o cinco generaciones atrás, pero, como puedes ver, la sangre europea lo ha diluido.
  Las escuchaba con extrañeza, casi admirada. Qué atractiva fantasía, creer que puedes dejar atrás los problemas raciales.
  No obstante, eran partidarias de la segregación.
  —Así es mejor —habían asegurado—. Los negros deben trabajar, comer y comprar juntos.
  Habían querido vender la “propiedad de Sunset”, como llamaban a nuestra casa, y que Holland y yo nos instaláramos más cerca de ellas, en Fillmore, el distrito negro, que iba llenándose de familias que no encontraban en otras zonas a alguien dispuesto a alquilarles una vivienda; pero me había opuesto. Yo soñaba con una vida diferente, mejor. De modo que vivíamos junto al océano, lejos de nuestra gente. A fin de cuentas, quizá no fuera una decisión acertada; tal vez en el fondo yo trataba de pasar por blanca tanto como ellas, y como el propio Holland. Pero recuerdo que, aquella misma primavera de 1953, Thurgood Marshall había venido a San Francisco y declarado a la prensa que la razón por la que los negros se mostraban favorables a un ejército segregado era porque así podrían llegar a generales. Quizá las tías prefirieran un San Francisco segregado, para poder ser alcaldesas de un pequeño mundo. No se daban cuenta de lo que estaba ocurriendo, de lo que iba a suceder en nuestro país. Pobres mujeres; creo que no eran capaces de verlo porque sólo la idea las aterraba.
  Tanta culpa tenía yo como ellas, desde luego. También vivía horrorizada, sabedora del peligro que corría mi marido. ¿Acaso había visto él la reciente foto de Copron, a una hora de carretera de nosotros: una cruz de fuego en el jardín de un negro candidato al Senado? ¿O también se la había ahorrado, recortándola? Qué trágicos tiempos para un hombre como él.
  Holland ignoraba cómo luchar contra un blanco; había nacido sin esa capacidad. Pero sí sabía algo: que el silencio es como un veneno exótico —sin olor ni sabor— que provoca en la víctima una locura insidiosa. Yo estaba medio loca de miedo y vergüenza ahora que mi mundo, construido con tanto esmero, había sido arrancado de sus cimientos por un tornado y las paredes y puertas habían sido arrojadas contra mí, mientras no podía hacer más que agacharme, esperando a que pasara. Mis dudas, mis preguntas, permanecían encerradas como mariposas en uno de esos frascos que usan los entomólogos para dar a los insectos una muerte rápida y piadosa. Aún guiaba mis actos un resto del sentido de mi deber como esposa, el afán de proteger a Holland y su pasado. Buzz me había dejado las cosas claras, pero seguía sintiendo el sincopado latido de un corazón desviado, y experimentaba la misma sensación que una enfermera que, al hacer la ronda, descubre que sus pacientes han huido durante la noche. ¿Qué vida salvará ahora? ¿La suya?
  No podía dormir recordando cómo el azar nos había unido —dos veces— y calculando, igual que la mujer que está a punto de empeñar una reliquia familiar, qué podía reportarme aquello, cuál era su valor, a qué iba a renunciar. No se trataba sólo de nuestro matrimonio sino también de lo que nos había conducido a él, aquella historia secreta. Nuestra historia de amor, podría llamarse. Era una historia de la guerra normal y corriente, pero no la versión que yo contaba a amigos y conocidos. La verdadera me la callaba. Creía que ya habíamos dejado atrás todo aquello, que ya estaba sumergido para siempre, pero ahora afloraba, como un cadáver que emerge.
 Era el verano de 1943, aún no habíamos cumplido los veinte. Una tarde, mientras estábamos en el porche de su casa escuchando la radio, la madre de Holland le había dado la tarjeta de reclutamiento.
  —Vaya, mira esto —había dicho él.
Historia de un matrimonio (Narrativa): Amazon.es: Greer, Andrew ...  Era un chico reservado, así que no era fácil adivinar qué pensaba de la muerte. Tanto podía resultarle extraña como aterrorizarlo; pero su madre, una viuda flaca y enérgica, la conocía bien.
  —Escucha, hijo, no firmes. No es nuestra guerra. No quiero perderte —declaró con firmeza.
  Holland me miró levantando su hermosa cara angulosa, bebió un sorbo de té y entonces oímos tintinear el hielo en el vaso que sostenía con mano trémula. Pobres muchachos asustados, llamados a luchar. Igual que la gente ve cómo va aproximándose un ciclón, lo sentíamos llegar: era el fin de la juventud.
  —¿Qué dices tú, Pearlie? —me preguntó, pasándose un pañuelo por la frente, oscurecida por el sol del verano. En el pelo le brillaban gotitas de sudor.
  Holland, ¿recuerdas mi silencio, mi espanto? ¿Sentada en aquella mecedora, sin hablar? Una abeja atrapada en la lámpara zumbaba como la alarma de un banco. Nos mecíamos al compás de la radio, oyendo Good As I Been to You, una canción de lo más triste. Al fin tuve el valor de mirarte. Tu cara hermosa, tu mano asustada. Sabía lo que quería, pero ignoraba si tenía derecho a quererlo, y no sabía cómo decir que no fueras, que te necesitaba. ¿Qué sería mi vida sin ti? Sólo dije “¡Oh!”. Y entonces me miraste fijamente, como si comprendieras, y eso fue cuanto hablamos sobre el asunto.
  Holland optó por no hacer nada. Ese es un lujo que los hombres pueden permitirse a veces. Pasó el plazo de alistamiento y el formulario marrón, clavado con una tachuela oxidada a la cabecera de la cama, amarilleó al sol. Su madre, que sabía lo que suponía dejar pasar el tiempo, había entrado una mañana en la habitación y, tras bajar la persiana, había arrancado el formulario. Cuando iba hacia la puerta, Holland se levantó en la penumbra y le preguntó qué estaba haciendo.
  —Voy a tirarlo —respondió la madre.
  —Pero es que pienso enviarlo.
  De pie en el pasillo, ella se secó las manos con su gran delantal de flores. Era viuda de un granjero, acostumbrada a preservar lo que el mundo trataba de arrebatarle.
  —Ya no puedes enviarlo.
  —Voy a hacerlo.
  —Ya he dicho a los vecinos que te fuiste el lunes. Deja echada la persiana y quédate aquí arriba. ¿Has oído? Está decidido.
 Y, sin más, la madre bajó la escalera mientras él permanecía en el dormitorio, sin otra luz que la que se filtraba por un agujero de la persiana, un rayo de sol polvoriento que iluminaba una baraja. Holland se había quedado mirando la persiana un momento. Luego había cerrado la puerta.
  ¿Cómo lograste sobrevivir? Tu mundo era tan reducido como el de un marinero: un dormitorio oscuro, un orinal y el metro de pasillo que no se divisaba desde la calle. No podías salir a la calle, ni asomarte a una ventana, ni cantar, ni lanzar una pelota contra la pared; en resumen: no podías ser un muchacho. Eras como un monje, con tu silencio y los libros que yo te llevaba, enclaustrado para protegerte de los peligros del mundo exterior. ¿Cómo no te desmoronaste, sabiendo que, si te veía algún vecino, antes del anochecer tendrías allí a todo el pueblo haciendo sonar las cacerolas, para dar un baño de pintura amarilla a aquel negrata holgazán y cobarde? Sé que estabas al tanto de cada batalla de aquella guerra, de cada buque cargado de soldados negros que volaba por los aires en el Pacífico. Llevabas la cuenta de las bajas del mismo modo que otros chicos aprenden las estadísticas del béisbol, y sé que lo hacías para entrar en contacto con el mundo real de vez en cuando, para exponerte al dolor, para sentirte vivo. Habitabas al otro lado del espejo, en el tronco hueco de un árbol, en un mundo sin muerte que unas mujeres habían creado para ti.
  Visitaba aquella cárcel con las paredes cubiertas de papel de periódico varias veces a la semana, cuando llegaba con la carpeta de música debajo del brazo, para dar mi supuesta clase. La madre se quedaba en la planta baja, sentada al destartalado piano, tocando Rock of Ages una y otra vez, mientras yo subía a ver al hijo. Le llevaba libros escondidos entre las partituras; debí de sacar en préstamo todos los volúmenes de la biblioteca del pueblo. Y leíamos juntos, en silencio o susurros, hasta que llegaba la hora en que debía volver a la extraña luz de un día que tú no veías.
  Memoricé cada rincón de tu habitación. Por supuesto, estaba enamorada.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Salamandra, 2010, en traducción de Ana Mª de la Fuente, pp. 44-47. ISBN: 978-84-9838-247-1.]

martes, 11 de mayo de 2021

Un grito sin voz.- Henri Raczymow (1948)


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I


 «Los alemanes filman el gueto, en especial la cárcel judía de la calle Gesia, donde la mitad de los detenidos son niños que han intentado saltar el muro, y el Judenrat, en la calle Grzybowska. Las ignominias y las vilezas con que hemos sido mancillados pasarán a la historia gracias a estudiadas puestas en escena. Como buena muestra de ello, en la calle Smocza, reunieron a una muchedumbre de judíos y acto seguido ordenaron a los policías judíos que los dispersaran con brutalidad. Éstos lo hicieron con la docilidad habitual. Filman a otros soldados alemanes que acuden a socorrer a un niño judío que intenta colarse a través de un hueco del muro mientras es amenazado por un policía judío o polaco. El alemán, como buen soldado, les dice que no hay que pegar a los niños. Acaban de prohibir a los turistas alemanes visitar nuestro cementerio. Al parecer, la visión de los cadáveres apilados en un barracón no muy lejos del mausoleo del rabino de Radzymin causa mal efecto y hasta suscita algunas objeciones por parte de los visitantes.
 Cada vez fusilan a más judíos en las calles. Según los nuestros, es a causa de los comunistas, sionistas y bundistas, y su propaganda criminal. Siempre la misma cantinela. A propósito (de cantinelas), Guta se ejercita repitiendo “¡Santa Madre de Czestochowa!” y “¡Por los clavos de Cristo!” Me recuerda a mi pequeña Zofia que siempre tenía estas exclamaciones en la boca. ¿Qué habrá sido de ella en el lado ario?
 Guta ha sido enviada de nuevo fuera del gueto. Lleva un crucifijo. En cuanto cruza el muro, cambia su gorra por un pañuelo. Ayer me preguntó si es verdad que tiene, como le han dicho, an arishn pounem, es decir, una fisionomía aria, lo que también puede entenderse como a naarishn pounem, que significa cara de idiota. En realidad, no tiene pinta ni de aria ni de idiota. Martha es la más adecuada para realizar misiones de este tipo, creo. “¡Santa Madre de Czestochowa!”, “¡Por los clavos de Cristo!” Me encantan estas fórmulas mágicas, idólatras.
  Ayer por la mañana, Haïm fue testigo de una escena espeluznante en la esquina de Twarda con Sliska. Los alemanes mandaron preparar una mesa surtida de botellas de vino y comida en abundancia. Luego ordenaron bajar de un camión a una docena de jóvenes hassidim y los alinearon a lo largo de la mesa, mientras otros alemanes agrupaban en la acera de enfrente a todos los niños hambrientos que encontraron en las inmediaciones de la calle Prosta; niños harapientos, descalzos, con los vientres hinchados. Y conforme ellos filmaban, dieron orden a los hassidim  de darse una comilona, y después los obligaron a bailar y a beber. Y aquellos pequeños mendigos lastimosos los miraban, les imploraban –en esto consistía todo el argumento-, y los hassidim tenían que sacárselos de encima con la mayor brutalidad de la que fueran capaces. Cuando esta obra maestra del arte se terminó  de filmar, recogieron las cámaras y a continuación apareció otro camión atestado de soldados, los de la calavera, que ametrallaron a los niños y a los hassidim ante los ojos de una multitud aterrorizada.
  Algunos han oído emisiones radiofónicas de la BBC, en las que se informa de nuestra suerte en los guetos y especialmente en diferentes campos, como el de Chelmno y el de Belzec. Se avanza la cifra de siete mil judíos asesinados aquel día. ¿Por qué el mundo se calla? ¿Por qué el gobierno polaco en el exilio minimiza todo cuanto nos sucede? ¿Por qué silencia estos hechos? ¿Qué se propone? Según Szymon, se propone mostrar que la primera víctima de los alemanes es el pueblo polaco y no los judíos. Con dos pueblos mártires, uno siempre está de más. Hay quienes dicen que no es la primera persecución que hemos vivido y que tampoco será la última. Tuvimos las Cruzadas, la Inquisición, las matanzas en Ucrania, los pogromos en la Rusia zarista y el pueblo judío todavía sigue viviendo. Dicen que no es conveniente provocar a los alemanes, que no debemos darles motivos para avivar su ira. No; hay que esperar. Esperar a que termine la guerra. Esperar a Churchill y a Stalin. Otros esperan que llegue el Mesías. Algunos les replican a estos últimos que el Mesías ya ha llegado. Está en Berlín, cenando en la mesa de A.H. y que es su mano derecha. ¡Lo que nos sucede en estos tiempos no tiene nada que ver con la Inquisición! ¡Podíamos abandonar España si no queríamos convertirnos! Ni con Masada, porque pudimos entregarnos, y, además los romanos no perseguían el incomprensible propósito de exterminar hasta el último judío, desinfectar la tierra de nuestra presencia ni se burlaban abiertamente de nuestros piojos. Hoy, las tres últimas generaciones de conversos están condenadas al exterminio; unos judíos que no se convirtieron bajo la amenaza de la espada, que eligieron abandonar nuestro pueblo libremente. Incluso ellos van a morir. Incluso los conversos. Incluso los de la policía judía. Incluso los contrabandistas. Incluso los judíos que son agentes de la Gestapo. Tanto ellos como nosotros, todos seremos exterminados. Por desgracia, no formamos un ejército de zelotes prestos a entregarnos al enemigo con una humillante bandera blanca. No estamos en situación de poder renegar de nuestra fe judía para conservar la vida, lo cual, según Reb Huberband, Maimónides toleraba, siempre y cuando en su corazón uno siguiera amando la Torá de Israel…
 Szymon estaba como loco. Guta guardaba silencio. Szymon es un buen tipo. Esther no lo merece.    
  Esther lee libros sobre Napoleón: se remite de modo febril a las páginas que relatan sus últimas campañas. Aquí, todo el mundo compara a A.H. con Napoleón, todo son incesantes conjeturas sobre sus similitudes y sus diferencias. Ambos firmaron la paz con Rusia. “Una vez de acuerdo con Rusia, ya no temo a nadie”, dijo Napoleón. A buen seguro que a A.H. le llegará, más pronto o más tarde, su batalla de Berezina. Pero entre este más pronto y más tarde, la suerte de todos los judíos pende de un hilo.
 […]
  Jakob ha buscado a papá por el barrio de Praga, pero no lo ha encontrado. No ha encontrado a nadie que fuera capaz de proporcionarle información sobre él. De Yanek tampoco hay noticias. Ni de Mathiek.
Resultado de imagen de raczymowun grito sin voz En el gueto, habilitamos los escondites. Reforzamos los sótanos, levantamos paredes en los desvanes, se acondicionan armarios en el interior de otros armarios, se construyen trampillas verdaderas y falsas que se cubren con alfombras, con mesas; se arman también escaleras verdaderas y falsas. Pero vamos más lejos aún. ¡Llegamos a construir falsas habitaciones! Habitaciones sin puertas ni ventanas, cuyas paredes están recubiertas por varias capas de ladrillos y que únicamente son accesibles por el techo, al levantar las tejas. ¡Hemos construido habitaciones tapiadas dentro de otras habitaciones tapiadas! Los ingenieros y técnicos  acuden para ofrecer sus valiosos consejos. Algunos hacen de ello su medio de subsistencia. Ha aparecido un nuevo oficio: vendedor de escondites. El precio total incluye la comida. Muchos de los supervivientes pasan al lado ario a cambio de cantidades desorbitadas. No creen en los escondites. Dicen que los alemanes se los conocen todos. Porque una vez los conocen los judíos, también los conocen los soplones judíos. No se paran a pensar que en el lado ario vivirían constantemente aterrorizados ante la posibilidad de una denuncia. Y cuando ya no les quede más dinero ni joyas, los mismos polacos que los han escondido durante algún tiempo no dudarán en entregarlos. Ganancia asegurada: cien zlotys por cabeza. Los que se quedan han decidido morir con las armas en la mano. Hacen acopio de reservas de comida. Ahora ya no se trata de esconderse una noche o mientras dura una redada, sino durante semanas, tal vez meses, hasta que lleven a cabo el asalto final.
  La Sociedad de Naciones ha condenado el exterminio de judíos. Ha elevado su petición con la amenaza de sancionar a los nazis. Seguramente este gesto los disuadirá de seguir con las matanzas. Son muy sensibles a las amenazas, sobre todo a las de una dama tan respetable como la Sociedad de Naciones.
  Una gruesa capa de nieve cubre las calles. Debajo de los adoquines, ríos de sangre. 
[…]
  Se rumorea que se iniciarán de nuevo las deportaciones, y de forma inminente. ¿Estamos preparados para responder? La mayoría dice que no. Necesitamos dinero de forma imperiosa; no nos queda más remedio que exigir tributos a los ricos, así como a los miembros del Judenrat.
  La “Aktion” alemana se reanudó ayer por la mañana con una brutalidad inaudita. El gueto fue acordonado al amanecer. ¡Pero respondimos! Esther se unió a un grupo de unos cuarenta combatientes en un kibutz de Zamenhofa. Entre ellos se encontraba el poeta Katzcenelson que alentaba a sus camaradas, diciéndoles que se sentía feliz de morir junto a ellos, con las armas en la mano. Había ido con su hijo. Los camaradas le aconsejaron esconderse  en un refugio, puesto que los alemanes llegarían de un momento a otro. Él, Katzcenelson, debía sobrevivir como fuera, para dar testimonio. Pero se negó.
  Hoy se cumple el cuarto día de la “Aktion” de los alemanes. Se oyen explosiones terribles: vuelan por los aires las casas y lanzan granadas en las viviendas. Las redadas ha cesado. El objetivo de los alemanes ya no es deportar, sino matar al mayor número posible de judíos, para vengarse. Las armas de la resistencia polaca son siempre insuficientes. Cuánto tiempo perdido en actividades culturales en vez de dedicarnos en cuerpo y alma a prepararnos para combatir. Pero no sabíamos, no conocíamos a A. H.
  Cuando fue creado el hierro, me contaba el tío Avroum, al tercer día de la creación, los árboles empezaron a temblar. “¿Qué os ocurre para temblar así? –preguntó el hierro-. Mientras ninguno de vosotros me sirva de mango, no tendréis que temer nada de mí”. Según Avroum, en esta fábula los árboles representan el pueblo de Israel, la ramera de las naciones, y el hierro, la fuerza seductora de estas mismas. Y proseguía diciendo: “Cuando Israel sirve de mango al hierro de las naciones, éstas, convertidas en hachas, golpean sin piedad a los árboles de Israel”.
 Aquí, en el gueto, al parecer hemos comprendido por fin esta fábula. Ya no servimos de mango al hierro que nos golpea. Pero ya es tarde para abrir los ojos.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones del Subsuelo, 2011, en traducción de Isabel Romero Reche, pp.  58-61,86-87 y 89-90. ISBN: 978-84-939426-1-8.]

domingo, 30 de agosto de 2020

Diario.- Ana Frank (1929-1945)

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Jueves, 11 de mayo de 1944

  «Querida Kitty:
Aunque te parezca extraño, se me ha acumulado tanto trabajo, que me hace falta tiempo para terminarlo. ¿Quieres saber lo que tengo que hacer? Pues bien, tengo que terminar para mañana la lectura de Galilei, pues hay que devolver el libro a la biblioteca. Apenas lo empecé ayer, pero conseguiré terminarlo.
 Para la semana próxima, tengo que leer En la encrucijada de Palestina y la segunda parte de Galileo. Ayer terminé el primer tomo de Carlos V y tengo que ordenar las notas que tomé en él sobre los árboles genealógicos. Tengo, además, tres páginas de palabras extranjeras reunidas de varios libros que aprenderme de memoria. Mi colección de artistas de cine está hecha un batidero y pide a gritos ser ordenada, pero hacerlo me llevará algunos días y me temo que tendrá que quedarse así por más tiempo, pues la profesora Ana, como ya te dije, se siente agobiada de trabajo.
 Teseo, Edipo, Peleo, Orfeo, Jason y Hércules aguardan su turno para que los ponga en orden, porque sus hazañas se hallan en mi mente como una madeja embrollada de hilos multicolores. Tengo que emprenderla con Myron y Fidias, pues si no lo hago desaparecerán de mi mente. Lo mismo pasa con la guerra de Siete Años y con la de Nueve Años; me hago unos tremendos líos. ¿Qué hacer con una memoria tan pobre como la mía? ¡Prefiero no pensar lo que será cuando tenga 80 años!
 Y aún me falta la Biblia... Me pregunto cuánto tiempo tardaré para encontrar a Susana en el baño y qué significan los pecados de Sodoma y Gomorra. ¡Cuántas preguntas! ¡Cuánto que aprender! He abandonado completamente a Liselotte von der Pfalz. Ya ves, Kitty, que estoy abrumada.
 Ahora, otra cosa. Ya sabes que desde hace tiempo mi mayor anhelo es llegar a ser periodista y más tarde escritora célebre (delirio de grandeza). ¿Seré capaz de realizar este sueño? Está por verse, pues temas no faltan. De cualquier manera, después de la guerra, quiero publicar una novela sobre el Anexo. No sé si lo lograré, pero usaré mi diario para documentarme. Tengo además otros temas. Te hablaré de ellos extensivamente cuando hayan tomado forma.
 Tuya, Ana.
[…]

Lunes, 22 de mayo de 1944

 Querida Kitty:
El 20 de mayo, papá perdió cinco tarros de yoghurt en una apuesta con la señora Van Daan. Los ingleses aún no han invadido el continente. Puedo decirte, sin temor a equivocarme, que todo Amsterdam, toda Holanda, toda la costa de Europa occidental hasta España, no hace sino hablar y discutir de esta invasión, apostar y... esperar.
 La atmósfera de espera no podría ser más tensa. Buena parte de aquellos que consideramos holandeses "buenos", ha dejado de creer en los ingleses. Nadie ve en el famoso bluff inglés una pieza maestra de estrategia. Hay que efectuar hechos, acciones grandes y heroicas. Nadie ve más allá de la punta de su nariz, nadie considera que los ingleses defienden y pelean por su país, todo el mundo cree que su obligación es salvar Holanda lo más rápidamente posible.
 ¿Qué obligaciones tienen los ingleses con nosotros? ¿En qué forma se han ganado los holandeses la ayuda que tan explícitamente aguardan? Si a los holandeses les vale algunas decepciones, peor para ellos. Con todo su bluff, los ingleses no son más culpables que todos los demás países, chicos y grandes, que sufren la ocupación alemana. Sin duda, los ingleses no tendrán que presentarnos sus excusas; porque si nosotros les reprochamos que se hayan dormido mientras Alemania se armaba, no podemos negar que los demás países también se durmieron, especialmente los limítrofes con Alemania. La política del avestruz, de nada nos servirá. Inglaterra y el mundo entero bien lo saben, y por eso todos y cada uno, sobre todo Inglaterra, se ven obligados a hacer penosos sacrificios.
 Ningún país querrá sacrificar a sus hombres en el interés de otro país e Inglaterra no es ninguna excepción. La invasión, el desembarco, llegarán junto con la liberación y la libertad, pero la hora será fijada por Inglaterra y Norteamérica, y no por los países ocupados.
DIARIO DE ANA FRANK (colecc Literaria Universal) de ANA FRANK: ESTADO COMO  NUEVO (1981) | CALLE 59 Libros Con gran pesar y consternación nos hemos enterado de que muchas personas se han vuelto contra los judíos. Hemos sabido que el antisemitismo ha llegado a círculos que antes lo hubieran rechazado. Todos nos sentimos profundamente impresionados. La causa de este odio podría ser comprensible y hasta humana, pero a todas luces inadmisible. Los cristianos acusan a los judíos de descubrir secretos a los alemanes y de traicionar a sus protectores, haciendo sufrir a los cristianos por su culpa, obligándolos a correr la horrible suerte y la tortura de tantos de nosotros.
 Esto es algo que no se puede negar, pero hay que ver el reverso de la medalla. ¿Obrarían los cristianos en forma diferente? Los alemanes saben hacer hablar a la gente. ¿Quién, judío o cristiano, puede resistir ante esos medios? Sabemos que es casi imposible. ¿Por qué, entonces, pedir imposibles a los judíos?
 Corre el rumor entre los grupos escondidos, que los judíos alemanes que emigraron a Holanda y que actualmente se encuentran en Polonia no podrán, al terminar la guerra, regresar. A pesar de haber legalmente emigrado a Holanda, a la desaparición de Hitler, se les obligará a retornar a Alemania.
 Oyendo esto, lógicamente nos preguntamos la razón de esta larga y penosa guerra. ¡Se nos ha repetido hasta el cansancio que juntos luchamos por la libertad, la verdad y el derecho! Si en pleno combate hay división, justo es que temamos que el judío pagará las consecuencias, considerándolo inferior. Es triste comprobar el viejo adagio: "De la acción de un cristiano, sólo él es el responsable; en cambio, la acción de un judío recae sobre todos los judíos".
 Es incomprensible que los holandeses, un pueblo bueno, honrado y leal, nos juzgue así, al pueblo más oprimido, al más desgraciado y quizá al más digno de compasión del mundo entero.
 Mi única esperanza es que esta ola de odio sea pasajera, que los holandeses se muestren como son, con su sentido de justicia y su integridad, ¡porque el antisemitismo es injusto!
 Si esta amenaza se cumpliera, el mísero puñado de judíos que queda en Holanda, también tendría que abandonarla. También nosotros liaríamos nuestros fardos y reanudaríamos la marcha, abandonando este bello país que tan cordialmente nos recibió y que, no obstante, nos vuelve la espalda.
 Quiero a Holanda, y yo, apátrida, había soñado en hacerla mi patria. ¡Todavía confío que lo será!»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editores Mexicanos Unidos, 1981. ISBN: 968-15-0055-5.]