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domingo, 5 de julio de 2026

El violín de Goebbels.-Yoann Iacono (1980)

14

  «Cada cincuenta años más o menos, preferiblemente durante la temporada estival o en primavera, París se libra a su pueblo. Casi siempre con la misma cronología de la insurrección popular, la ciudad empieza a agitarse, nos empujamos, nos gritamos, saqueamos, rompemos, robamos, destruimos, matamos. Al principio son actos aislados, pequeños grupos. Luego, tumultos más grandes, provocaciones. Después, barricadas, bandas armadas. Hasta llegar a la multitud decidida, despiadada, compacta.
 La rebelión contra la desigualdad o la opresión es lo que agita a la multitud parisina cada medio siglo. Durante la Revolución francesa, la Bastilla pagó el precio el 14 de julio de 1789. Luego las barricadas de la Revolución de febrero de 1848. Más adelante la columna de Vendôme, símbolo del despotismo imperial, desmantelada en mayo de 1871 durante la Comuna de París. Y sigue siendo así este 19 de agosto de 1944, cuando las Fuerzas Francesas del Interior (FFI) marcan el inicio de la insurrección popular al tomar la Prefectura de policía.
 Y, en esta ocasión, participo.
 Nejiko aún no se ha ido a Berlín y se encuentra en el centro de uno de esos momentos vertiginosos de la historia. Ni la intimidación de Oshima ni la violencia de Gerigk la han convencido para abandonar París. Ha estado ocho años en el corazón de esta Europa en guerra, tocando en todas esas ciudades bombardeadas y ocupadas. La música le sirve de coraza.
 Sentada en una banqueta roja de piel en un desierto Café de Flore, escucha a su amiga Yoshiko implorándole que se vaya de la ciudad con ella al día siguiente, en un tren especialmente fletado para oficiales alemanes. Yoshiko le dice que su novio actual, el asistente personal del general Dietrich von Choltitz, oyó a Hitler dar la orden de arrasar París antes de que llegaran los aliados.
 Afuera, las aceras están llenas de transeúntes ruidosos y la calle ruge, llena de coches pequeños que enarbolan la bandera francesa. A través de las ventanas, boinas con escarapelas tricolores gritan que luchamos en la plaza de la Madeleine y en el Barrio Latino.
 Como antiguo miembro de la Brigada Musical de los Guardianes de la Paz, he respondido a la llamada de las FFI para recuperar la Prefectura de policía; incluso tocaré allí con mi trompeta la primera Marsellesa desde la ocupación alemana.
 Yoshiko pierde la paciencia. ¿Acaso Nejiko no entiende que, aunque salgan vivas de los bombardeos, las arrestarán porque su país está en guerra contra los americanos, que se encuentran a tan sólo unos pasos de aquí? ¡Japón es el aliado de los nazis y todos saben que ellas tocan en conciertos para apoyar a los ejércitos de las SS!
 Como huyendo de un ataque, ahora son los camiones de la Wehrmacht los que pasan en tromba. De pie, con actitud resuelta, las tropas de las SS apuntan con revólveres y metralletas a los curiosos. Desde la rue de Tournon llegan escuadrones de alemanes, fusil en mano, para instalar ametralladoras en la acera. Asustado, el dueño del café corre las cortinas y cierra la puerta a cal y canto.
 Nejiko recuerda temblando las palabras de Gerigk al desaconsejarle formalmente que frecuentara el Flore, "esa guarida de miembros de la Resistencia y artistas fracasados", el día que supo que ella era una asidua de esta institución del bulevar Saint-Germain. Gerigk prefiere el distrito de Montparnasse, donde encuentra a los oficiales de la Wehrmacht en el Dôme o en la Closerie des Lilas, su local preferido.
 En el Flore, Nejiko se ha cruzado regularmente -sin conocerlos- con Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Boris Vian y Albert Camus. Un día, Camus estaba almorzando con María Casarès y, a petición de ésta, le dirigió la palabra. La actriz, muy alegre ese día, e intrigada por la presencia de aquella joven japonesa que estaba sola, instó a su acompañante a invitarla a su mesa. Muy seguro de sí mismo, el escritor se acercó a Nejiko e intentó iniciar una conversación señalando el estuche de su violín para preguntarle si era música. Ella pensó que él quería robarle su instrumento y fingió no entenderlo, mientras agarraba instintivamente el Stradivarius, despertando la perplejidad de su interlocutor. Jovial, Camus volvió a la mesa donde Maria Casarès ya se estaba burlando de él. "Cualquier negativa a comunicarse es un intento de comunicación", le dijo en tono burlón, volviendo a sentarse. Divertida por esta alusión a la primera novela de su amante, Maria concluyó su frase con una carcajada. "Cualquier gesto de indiferencia o de hostilidad es una invitación encubierta".
 Ese 19 de agosto no hay ni rastro de Camus: está ocupado con Sartre para montar guardia en la Comédie Française. De todos modos, en el café no hay nadie. El Flore está vacío y su propietario muy agitado. A lo lejos se empiezan a escuchar las primeras grandes explosiones. Un tanque alemán llegado de la plaza del Châtelet toma posición en la explanada de Notre-Dame. Otros seis vienen para apoyarlo y abren fuego contra la puerta este de la Prefectura, donde yo me encontraba entonces con mis camaradas de la Resistencia. Pero volveré a hablar de esto más adelante. Arrastrándose, un guardián de la paz consigue prender fuego a uno de los alemanes con un cóctel molotov. París está de nuevo en guerra. La ciudad se rebela contra el ocupante.» 

 [El texto pertenece a la edición en español de Duomo Ediciones, 2022, en traducción de Josep Escarré, pp. 107-111. ISBN: 978-84-19004-35-2.]
 

domingo, 7 de junio de 2026

La Europa de Hitler.- Arnold J. Toynbee (1889-1975)

   Parte VI: Los países ocupados y satélites de Europa oriental 
     VI.- Ucrania bajo la ocupación alemana, 1941-44  

  «Aunque el avance militar alemán por Ucrania fue rápido y espectacular (alcanzó Karkov el 29 de agosto de 1941), pasó muy poco tiempo hasta que se cambiaron las tornas. El 24 de noviembre de 1941 el Ejército Rojo lanzó su primera contraofensiva al oeste de Rostov. En febrero de 1943, el sexto ejército había sufrido un desastre en Stalingrado y los alemanes se encontraban en retirada. Así, aunque el Comisario del Reich, podía presumir de que "dos meses después de haber sido disparado el primer tiro los administradores alemanes habían entrado en el país", no habían de pasar más de dos años antes de que las autoridades civiles de puntos situados tan al oeste como Cazatin tuviesen que trasladarse otra vez. A principios de noviembre de 1943 los rusos estaban de nuevo en Kiev y en el mes de febrero siguiente la Comisaria del Reich, según había reconocido Göring, se había convertido "casi exclusivamente en zona militar nuevamente". Medio año después los rusos habían vuelto a ocupar todo el país.
 Según han confesado los mismos alemanes, nunca dominaron totalmente Ucrania durante su ocupación relativamente breve. Al principio, los soldados alemanes fueron bien recibidos, como libertadores, por la población, cuyos representantes les saludaron con el pan y la sal tradicionales, a la entrada de ciudades y aldeas. Pero cundió rápidamente la desilusión cuando se hizo el traslado de la autoridad de la Wehrmacht a la Administración Civil, y no pasó mucho tiempo sin que empezase a manifestarse una franca resistencia. Ya en marzo de 1942, Heydrich se vio obligado a reconocer que la actividad de las bandas partisanas estaba causando ansiedad y terror entre la población rural. En el mes de junio de 1943 se encontraban controlados por los partisanos "aproximadamente 1.400.000 hectáreas de bosques, o sea, el 80 por 100 de la zona de bosque" y "aproximadamente el 60 por 100" de las tierras cultivadas del Distrito General de Zitomir en el noroeste de la Comisaría del Reich. Los partisanos se encontraban en condiciones de suministrar regularmente simientes a los campesinos, obteniendo así una parte de las cosechas al terminar el año. Por lo tanto, no era envidiable la suerte del administrador alemán enviado a las zonas rurales más remotas, y muchos jefes agrícolas, según el periódico NS-Landpost, "murieron como héroes" a manos de los grupos de resistencia, mientras que a otros muchos les fueron concedidas Cruces de Hierro por luchar contra los partisanos.
 En ningún momento de la ocupación las comunicaciones fueron adecuadas a las necesidades del ejército ni a las de la administración civil. En los últimos meses de la ocupación, especialmente, el transporte por carretera fue totalmente desorganizado por los partisanos, ya que, por ejemplo, en el Distrito General de Zitomir sólo había una carretera importante (la de Zitomir a Vinnitsa) que pudiese ser recorrida sin escolta. El sistema de correos estaba sometido a frecuentes interrupciones y, a partir de 1943, tuvo que ser suspendido el servicio de paquetes postales para las personas civiles. La única red telefónica de confianza era la que estaba en manos de la Wehrmacht y el mismo comisario del Reich, Koch, se veía obligado a quejarse de que después de 18 meses en el cargo sólo podía comunicar por telégrafo con tres de sus seis Comisarios Generales (los de Nikolaev, Dnepropetrovsk y Melitopol).
 Ni siquiera habían sido bien precisadas las fronteras de la Comisaría del Reich. A medida que el frente avanzaba o retrocedía, las regiones fluctuaban entre el control civil y militar, de tal modo que cuando la prensa alemana publicaba notas con las fronteras del territorio, había que indicar que sólo servían para dar una "orientación". Rosenberg, que desde abril de 1941 había estado prestando servicio como "Delegado para el Estatuto Central de las Cuestiones Relativas al Espacio Europeo Oriental", aunque no fue nombrado oficialmente Ministro del Reich para los Territorios Ocupados del Este hasta el 17 de julio, parece que tenía intención de que la Comisaría del Reich incluyese la totalidad de "la zona actual colonizada de Ucrania" con excepción de Crimea (que según parece iba a quedar en manos de los alemanes para controlar la zona del mar Negro). O sea que sus fronteras se iban a extender hasta Kursk, Voronesh, Tambov y Saratov, incluyendo, por tanto, un pedazo de la Antigua República Alemana del Volga, que el gobierno soviético había liquidado al empezar la guerra y dar a la Comisaría del Reich un área de 1,1 millones de kilómetros cuadrados aproximadamente y una población de 59,5 millones de habitantes.
 En la práctica, sin embargo, la Comisaría del Reich probablemente nunca abarcó más de la mitad de esa zona, mientras que la población sometida a su control nunca rebasó los 30 millones. Los mapas publicados por los periódicos alemanes a principios de 1943 sugieren la idea de que en el Este, Poltava, Kremenchug y Zaporozhe se encontraban (por lo menos en ese momento) dentro del área de la administración civil, aunque Stalino se encontraba aparentemente bajo control militar (lo que se llamaba rückwärtiges Heeresgebiet, o zona de la retaguardia del ejército) lo mismo que Karkov y Crimea. En el Oeste, las fronteras fueron trazadas mucho más allá de la frontera soviética de 1939, para abarcar el antiguo distrito polaco de Volhynia. Con gran decepción por parte de los nacionalistas ucranianos, sin embargo, no incluía la Galizia ni el gran centro cultural ucraniano de Lwów, que Hitler personalmente insistió en que quedase incorporado al Gobierno General. Tampoco incluía la zona de la antigua Ucrania soviética comprendida entre el Bug y el Dniester, que fue asignada a Rumanía con el nombre de "Transnistria". En el Norte, la frontera con la Comisaria del Reich de Ostland fue llevada, según parece, algo más al norte del río Pripet, de tal modo que se encontraba muy dentro de las fronteras de la antigua República Socialista Soviética de Rusia Blanca.
 [...]
 En gran parte, la historia de la administración civil alemana en Ucrania es la de un largo conflicto y una prolongada intriga entre los dos funcionarios responsables principales de este territorio: el Ministro del Reich para los Territorios Ocupados del Este, que se encontraba en Berlín, y el Comisario del Reich en Równe, nominalmente subordinado suyo. Las diferencias entre ambos, según se vio obligado a señalar Lammers en Nuremberg, llegaron a llenar "volúmenes y volúmenes de expedientes".»

 [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Sarpe, 1985, en traducción de Pablo Uriarte, pp. 427-428. ISBN: 84-7291-738-X (tomo 2º).]
                               

martes, 11 de mayo de 2021

Un grito sin voz.- Henri Raczymow (1948)


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I


 «Los alemanes filman el gueto, en especial la cárcel judía de la calle Gesia, donde la mitad de los detenidos son niños que han intentado saltar el muro, y el Judenrat, en la calle Grzybowska. Las ignominias y las vilezas con que hemos sido mancillados pasarán a la historia gracias a estudiadas puestas en escena. Como buena muestra de ello, en la calle Smocza, reunieron a una muchedumbre de judíos y acto seguido ordenaron a los policías judíos que los dispersaran con brutalidad. Éstos lo hicieron con la docilidad habitual. Filman a otros soldados alemanes que acuden a socorrer a un niño judío que intenta colarse a través de un hueco del muro mientras es amenazado por un policía judío o polaco. El alemán, como buen soldado, les dice que no hay que pegar a los niños. Acaban de prohibir a los turistas alemanes visitar nuestro cementerio. Al parecer, la visión de los cadáveres apilados en un barracón no muy lejos del mausoleo del rabino de Radzymin causa mal efecto y hasta suscita algunas objeciones por parte de los visitantes.
 Cada vez fusilan a más judíos en las calles. Según los nuestros, es a causa de los comunistas, sionistas y bundistas, y su propaganda criminal. Siempre la misma cantinela. A propósito (de cantinelas), Guta se ejercita repitiendo “¡Santa Madre de Czestochowa!” y “¡Por los clavos de Cristo!” Me recuerda a mi pequeña Zofia que siempre tenía estas exclamaciones en la boca. ¿Qué habrá sido de ella en el lado ario?
 Guta ha sido enviada de nuevo fuera del gueto. Lleva un crucifijo. En cuanto cruza el muro, cambia su gorra por un pañuelo. Ayer me preguntó si es verdad que tiene, como le han dicho, an arishn pounem, es decir, una fisionomía aria, lo que también puede entenderse como a naarishn pounem, que significa cara de idiota. En realidad, no tiene pinta ni de aria ni de idiota. Martha es la más adecuada para realizar misiones de este tipo, creo. “¡Santa Madre de Czestochowa!”, “¡Por los clavos de Cristo!” Me encantan estas fórmulas mágicas, idólatras.
  Ayer por la mañana, Haïm fue testigo de una escena espeluznante en la esquina de Twarda con Sliska. Los alemanes mandaron preparar una mesa surtida de botellas de vino y comida en abundancia. Luego ordenaron bajar de un camión a una docena de jóvenes hassidim y los alinearon a lo largo de la mesa, mientras otros alemanes agrupaban en la acera de enfrente a todos los niños hambrientos que encontraron en las inmediaciones de la calle Prosta; niños harapientos, descalzos, con los vientres hinchados. Y conforme ellos filmaban, dieron orden a los hassidim  de darse una comilona, y después los obligaron a bailar y a beber. Y aquellos pequeños mendigos lastimosos los miraban, les imploraban –en esto consistía todo el argumento-, y los hassidim tenían que sacárselos de encima con la mayor brutalidad de la que fueran capaces. Cuando esta obra maestra del arte se terminó  de filmar, recogieron las cámaras y a continuación apareció otro camión atestado de soldados, los de la calavera, que ametrallaron a los niños y a los hassidim ante los ojos de una multitud aterrorizada.
  Algunos han oído emisiones radiofónicas de la BBC, en las que se informa de nuestra suerte en los guetos y especialmente en diferentes campos, como el de Chelmno y el de Belzec. Se avanza la cifra de siete mil judíos asesinados aquel día. ¿Por qué el mundo se calla? ¿Por qué el gobierno polaco en el exilio minimiza todo cuanto nos sucede? ¿Por qué silencia estos hechos? ¿Qué se propone? Según Szymon, se propone mostrar que la primera víctima de los alemanes es el pueblo polaco y no los judíos. Con dos pueblos mártires, uno siempre está de más. Hay quienes dicen que no es la primera persecución que hemos vivido y que tampoco será la última. Tuvimos las Cruzadas, la Inquisición, las matanzas en Ucrania, los pogromos en la Rusia zarista y el pueblo judío todavía sigue viviendo. Dicen que no es conveniente provocar a los alemanes, que no debemos darles motivos para avivar su ira. No; hay que esperar. Esperar a que termine la guerra. Esperar a Churchill y a Stalin. Otros esperan que llegue el Mesías. Algunos les replican a estos últimos que el Mesías ya ha llegado. Está en Berlín, cenando en la mesa de A.H. y que es su mano derecha. ¡Lo que nos sucede en estos tiempos no tiene nada que ver con la Inquisición! ¡Podíamos abandonar España si no queríamos convertirnos! Ni con Masada, porque pudimos entregarnos, y, además los romanos no perseguían el incomprensible propósito de exterminar hasta el último judío, desinfectar la tierra de nuestra presencia ni se burlaban abiertamente de nuestros piojos. Hoy, las tres últimas generaciones de conversos están condenadas al exterminio; unos judíos que no se convirtieron bajo la amenaza de la espada, que eligieron abandonar nuestro pueblo libremente. Incluso ellos van a morir. Incluso los conversos. Incluso los de la policía judía. Incluso los contrabandistas. Incluso los judíos que son agentes de la Gestapo. Tanto ellos como nosotros, todos seremos exterminados. Por desgracia, no formamos un ejército de zelotes prestos a entregarnos al enemigo con una humillante bandera blanca. No estamos en situación de poder renegar de nuestra fe judía para conservar la vida, lo cual, según Reb Huberband, Maimónides toleraba, siempre y cuando en su corazón uno siguiera amando la Torá de Israel…
 Szymon estaba como loco. Guta guardaba silencio. Szymon es un buen tipo. Esther no lo merece.    
  Esther lee libros sobre Napoleón: se remite de modo febril a las páginas que relatan sus últimas campañas. Aquí, todo el mundo compara a A.H. con Napoleón, todo son incesantes conjeturas sobre sus similitudes y sus diferencias. Ambos firmaron la paz con Rusia. “Una vez de acuerdo con Rusia, ya no temo a nadie”, dijo Napoleón. A buen seguro que a A.H. le llegará, más pronto o más tarde, su batalla de Berezina. Pero entre este más pronto y más tarde, la suerte de todos los judíos pende de un hilo.
 […]
  Jakob ha buscado a papá por el barrio de Praga, pero no lo ha encontrado. No ha encontrado a nadie que fuera capaz de proporcionarle información sobre él. De Yanek tampoco hay noticias. Ni de Mathiek.
Resultado de imagen de raczymowun grito sin voz En el gueto, habilitamos los escondites. Reforzamos los sótanos, levantamos paredes en los desvanes, se acondicionan armarios en el interior de otros armarios, se construyen trampillas verdaderas y falsas que se cubren con alfombras, con mesas; se arman también escaleras verdaderas y falsas. Pero vamos más lejos aún. ¡Llegamos a construir falsas habitaciones! Habitaciones sin puertas ni ventanas, cuyas paredes están recubiertas por varias capas de ladrillos y que únicamente son accesibles por el techo, al levantar las tejas. ¡Hemos construido habitaciones tapiadas dentro de otras habitaciones tapiadas! Los ingenieros y técnicos  acuden para ofrecer sus valiosos consejos. Algunos hacen de ello su medio de subsistencia. Ha aparecido un nuevo oficio: vendedor de escondites. El precio total incluye la comida. Muchos de los supervivientes pasan al lado ario a cambio de cantidades desorbitadas. No creen en los escondites. Dicen que los alemanes se los conocen todos. Porque una vez los conocen los judíos, también los conocen los soplones judíos. No se paran a pensar que en el lado ario vivirían constantemente aterrorizados ante la posibilidad de una denuncia. Y cuando ya no les quede más dinero ni joyas, los mismos polacos que los han escondido durante algún tiempo no dudarán en entregarlos. Ganancia asegurada: cien zlotys por cabeza. Los que se quedan han decidido morir con las armas en la mano. Hacen acopio de reservas de comida. Ahora ya no se trata de esconderse una noche o mientras dura una redada, sino durante semanas, tal vez meses, hasta que lleven a cabo el asalto final.
  La Sociedad de Naciones ha condenado el exterminio de judíos. Ha elevado su petición con la amenaza de sancionar a los nazis. Seguramente este gesto los disuadirá de seguir con las matanzas. Son muy sensibles a las amenazas, sobre todo a las de una dama tan respetable como la Sociedad de Naciones.
  Una gruesa capa de nieve cubre las calles. Debajo de los adoquines, ríos de sangre. 
[…]
  Se rumorea que se iniciarán de nuevo las deportaciones, y de forma inminente. ¿Estamos preparados para responder? La mayoría dice que no. Necesitamos dinero de forma imperiosa; no nos queda más remedio que exigir tributos a los ricos, así como a los miembros del Judenrat.
  La “Aktion” alemana se reanudó ayer por la mañana con una brutalidad inaudita. El gueto fue acordonado al amanecer. ¡Pero respondimos! Esther se unió a un grupo de unos cuarenta combatientes en un kibutz de Zamenhofa. Entre ellos se encontraba el poeta Katzcenelson que alentaba a sus camaradas, diciéndoles que se sentía feliz de morir junto a ellos, con las armas en la mano. Había ido con su hijo. Los camaradas le aconsejaron esconderse  en un refugio, puesto que los alemanes llegarían de un momento a otro. Él, Katzcenelson, debía sobrevivir como fuera, para dar testimonio. Pero se negó.
  Hoy se cumple el cuarto día de la “Aktion” de los alemanes. Se oyen explosiones terribles: vuelan por los aires las casas y lanzan granadas en las viviendas. Las redadas ha cesado. El objetivo de los alemanes ya no es deportar, sino matar al mayor número posible de judíos, para vengarse. Las armas de la resistencia polaca son siempre insuficientes. Cuánto tiempo perdido en actividades culturales en vez de dedicarnos en cuerpo y alma a prepararnos para combatir. Pero no sabíamos, no conocíamos a A. H.
  Cuando fue creado el hierro, me contaba el tío Avroum, al tercer día de la creación, los árboles empezaron a temblar. “¿Qué os ocurre para temblar así? –preguntó el hierro-. Mientras ninguno de vosotros me sirva de mango, no tendréis que temer nada de mí”. Según Avroum, en esta fábula los árboles representan el pueblo de Israel, la ramera de las naciones, y el hierro, la fuerza seductora de estas mismas. Y proseguía diciendo: “Cuando Israel sirve de mango al hierro de las naciones, éstas, convertidas en hachas, golpean sin piedad a los árboles de Israel”.
 Aquí, en el gueto, al parecer hemos comprendido por fin esta fábula. Ya no servimos de mango al hierro que nos golpea. Pero ya es tarde para abrir los ojos.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones del Subsuelo, 2011, en traducción de Isabel Romero Reche, pp.  58-61,86-87 y 89-90. ISBN: 978-84-939426-1-8.]

lunes, 10 de mayo de 2021

Canudos. Diario de una expedición.- Euclides da Cunha (1866-1909)


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Bahía, 16 de agosto


 «Al llegar aquí  y asaltado en seguida por nuevas y variadas impresiones, perturbadoras de un juicio acertado, creo a veces que valoré de modo inexacto la situación y dominado acaso por la opinión general entre los que volvían de Canudos dije también con ellos:
 -La lucha está a punto de terminar y no habrá más víctimas.
 Hombres de mayor responsabilidad que, por excusado, me permito no citar, afirmaron categóricamente que la población sitiada no llegaba, quizá, a los doscientos rebeldes, los cuales, además, disminuían cada noche por causa de fugas a través de la carretera franca de O Cambaio y por los estragos de un bombardeo persistente. Otros testigos oculares aseguraron, unánimes, que, en los combates subsiguientes a la gran batalla del 18 de julio, los jagunços fueron vistos desmoralizados y acobardados, hasta el punto de pelear entre dos adversarios: los soldados por delante y los jefes por la retaguardia, que los llevaban, azuzados a bastonazos, al combate no deseado.
 Hay muchos testigos oculares de este hecho, que descubre máximo desánimo entre los fanáticos.
 Por otra parte, prisioneros de ambos sexos concuerdan en afirmar un hecho que evidencia un principio de discordia: el Conselheiro quiso ceder rindiéndose, lo que fue tenazmente impedido por Vila Nova, especie de jefe temporal de la grey rebelde.
 -Sigue: ¡haz tus milagros! –fue la intimidación enérgica y dominadora del cabecilla. Y el profeta claudicante que había garantizado que las tropas del gobierno del diablo no verían esta vez ni siquiera las torres sagradas de las iglesias de Belo Monte (Canudos), roto el primitivo encanto, cedió.
 Además de todo esto, la más profunda miseria y el hambre, reflejadas en los cuerpos al borde de la inanición, carcasas casi vacías de los prisioneros –y de los muertos, cuya extraña flaqueza es la nota constante de los relatos que hacen los soldados-, ciertamente iban completando poco a poco la destrucción.
 Las carreteras, totalmente francas y practicables, libres de las emboscadas del principio, recorridas tranquilamente por los que han llegado hasta aquí, indican que la región está totalmente libre de enemigos.
 Ahora bien: todas esas versiones ya son viejas en el tormentoso momento en que una hora posee inmenso valor; ya tienen quince días.
 Hace quince días que se espera a cada minuto la rendición del pueblo, ya ocupado en parte por nuestras fuerzas y que tiene apenas doscientos enemigos debilitados por las fatigas y por el hambre, divididos por la discordia y desalentados hasta el punto de ir a la batalla a palos.
 Y si consideramos que ellos saben que continúan los refuerzos y que hoy, en este momento, deben de estar llegando a Canudos a fin de completar el cerco, y de cerrarles definitivamente la última carretera libre, que no aprovechan, desde hace tiempo, como huida de una muerte inevitable, nos sentimos obligados a estimar la campaña, en vez de próxima a su término, a la manera antigua, incomprensible, misteriosa.
 Lo ha sido desde su comienzo; desde el principio en que los desastres sobrevienen y sorprenden a todo el mundo inesperadamente, al decaer de improviso en el momento en que se espera la victoria y se anticipan ovaciones triunfales.
 ¿Por qué razón los jagunços, desmoralizados, en número reducido, teniendo aún franca la fuga hacia el sertao difuso e intransitable, donde no serán descubiertos en el seno de una naturaleza que es su mejor arma de guerra, esperan a que se les cierre la única carretera a la salvación, aguardan que se complete el asedio del que derivará la rendición y sus funestas consecuencias?
 Dejando aparte la hipótesis de una entrega sobrehumana que les imponga sucumbir bajo los muros derruidos de los templos que han levantado, uno casi se inclina por fuerza a pensar en una nueva celada cayendo ex abrupto, confundiendo una vez más los planes de la campaña.
 Del mismo modo que nuestras tropas ansían los nuevos refuerzos que llegan, ¿no esperarán ellos acaso, de los sertoes desconocidos que se desdoblan al norte y noroeste de Canudos, fuertes contingentes que pongan a los nuestros entre dos fuegos?
 ¿No será también lícito conjeturar, excluida esta suposición, que el número relativamente pequeño de los que permanezcan en el pueblo, encarando todos los peligros, tenga como único objetivo atraer al ejército hasta allí y retenerlo, engañado durante un tiempo, hasta que los fanáticos se recuperen y se reúnan y refuercen en cualquier otro punto de más difícil acceso, más hondamente enclavado en el sertao?
 Estos interrogantes crecen en mi espíritu desde el día en que, intentando adquirir un conocimiento de las opiniones que por aquí circulan, no lo conseguí y comprendí que gran parte de los que vuelven de aquellos parajes desconoce la situación en tan alto grado como los que no han ido.
 Hay que añadir que si aún ayer oficiales distinguidísimos me aseguraban, unánimes, que el poblado estaba casi abandonado y destruido, hoy distinguidísimos oficiales, recién llegados, cuyos nombres puedo citar, afirman que aún tiene mucha gente, perfectamente abastecida y apta para larga y tenaz resistencia.
 Buscar la verdad en este torbellino es imponerse la tarea estéril y fatigosa de Sísifo.
 El espíritu más robusto y disciplinado se agota en conjeturas vanas; nada deduce, oscila indefinida, intermitentemente, en una inútil agitación de dudas, entre conclusiones opuestas, del completo desánimo a la más alta esperanza. Los propios soldados, rudos hombres sinceros, destrabados de las pasiones que atan a los que actúan en un plano superior de la vida, no concuerdan a menudo en lo que afirman. Muchos han estado allí desde las primeras expediciones y confiesan ingenua, lealmente, que no saben nada, que nunca han visto al enemigo sino después de muerto, que nunca lo han visto frente a frente, cuerpo a cuerpo, en la refriega del combate, no lo conocen en absoluto, no saben cuántos son.
Resultado de imagen de canudos diario de una expedicion Como si todo esto no bastara para impresionar vivamente y hacer vacilar al espíritu más enérgico, ahí están esas irrupciones diarias, cuya descripción he trazado sin exageración, de heridos, en número que asombra, que llegan invariablemente todos los días, que abarrotan todos los hospitales y ya los desbordan, derivando hacia el seno de los conventos. Y ahí están, más tristes aún, si cabe, más dolorosas y deplorables, esas incalificables solicitudes de retirada hechas ante el enemigo, bajo la bandera de la patria traspasada de balas; tres o cuatro tal vez que duelen más que la derrota de una brigada y cuya noticia llega de un modo lúgubre en el seno de los que se aprestan para la lucha.
 Y ante todo esto, ante tantas opiniones discrepantes acerca de un enemigo que permanece firme dentro de un círculo de hierro, y que genera tantos males, que produce estas multitudes de mártires heroicos, menos tristes, digámoslo de pasada, que la media docena de los que tienen el coraje sobrehumano de decir al país entero que son cobardes, ante esta situación realmente indefinible, se justifican ampliamente todas las dudas, se comprenden los interrogantes que nos hemos hecho.
 Y si consideramos aún que, realmente, según declaramos ayer, este incidente de Canudos es sólo un síntoma, y que falsea la verdad quien lo considere reducido a las agitaciones de un pueblo del sertao, pues justamente a esta hora, y hablo con entero conocimiento de causa, en esta gran capital –cuya población, en su mayoría, es de una nobleza admirable y se ha revelado de una generosidad sin par en esta emergencia-, justamente a esta hora, aquí, hay velas que se encienden en recónditos altares y preces fervorosamente murmuradas en favor del siniestro evangelizador de los sertoes, cuyos prosélitos no están todos allá; si consideramos esto, entonces no hay conjeturas que no se justifiquen, por más atrevidas que sean.
 Realmente, cualquiera que en el momento actual, subordinado a una ley elemental de filosofía, pretenda, en este medio, calcar las concepciones subjetivas sobre los materiales objetivos, no las tendrá seguras y estimulantes cuando éstos sean tan incoherentes e inconexos.
 Yo deseo, con todo, estar en un error; deseo vivamente que estas líneas sean exageradas divagaciones y que el futuro permanezca eternamente mudo ante estas interrogantes. Que al llegar ahí esta carta –alarmante, tal vez, sincera ciertamente- llegue también la noticia de la victoria, destruyéndola e impidiendo su publicación.
 Nunca he deseado tanto recibir una réplica rotunda, una contradicción victoriosa.»

   [El texto pertenece a la edición en español de KRK Ediciones, 2008, en traducción de Xavier Rodríguez Baixeras, pp. 67-74. ISBN: 978-84-8367-108-5.]       

lunes, 13 de enero de 2020

Paraíso cercado.- Yi Chongjun (1939-2008)

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Segunda traición
27

«El director estaba aislado en un pantano. Todo iba de mal en peor. Un día le llegó por teléfono la orden de que tuviera todos los documentos de Omado listos para entregarlos a su sucesor. De que colaborara con el equipo de inspección que iba a evaluar la obra. Esto significaba que la obra, aparentemente, pasaría a manos de su sucesor y que habrían tomado en cuenta las protestas del director Cho. Sin embargo, era una patraña; en realidad pasaba a otras manos. Y estos otros enviaban su equipo para evaluar la obra. Naturalmente, el famoso equipo de inspección pertenecía a la Sociedad de Desarrollo de Corea. Al director Cho no le quedaba más opción que obedecer. No tenía forma de oponerse a los mandatos de sus superiores. Tarde o temprano llegaría el equipo, y él debía preocuparse por su seguridad.
  El director informó y pidió un favor a todos los enfermos: “Vendrá el equipo de inspección. Como estamos trabajando según nuestro plan, no tenemos por qué tratarlos mal. Dejaremos que hagan lo que quieran. Nosotros trabajaremos para lograr nuestra meta sin intervenir en sus asuntos”.
  Llegó el equipo. Eran los mismos técnicos de la Sociedad que la vez pasada. Los enfermos permanecieron indiferentes. No mostraron rencor ni ganas de venganza. El director se sorprendió. Eran los mismos técnicos a quienes los enfermos habían querido matar para defender su obra. Significaba que ya no les importaba que les quitaran o no la obra. Con su indiferencia ellos manifestaban en silencio: que hagan lo que quieran, porque no es asunto nuestro. Era una resistencia peligrosa. Ante el silencio, el rostro indiferente, la obediencia total y la resignación, el director no sabía qué actitud tomar.
  Ahora el problema residía en la actitud de los del equipo de inspección. Se mostraban muy altivos. El director se había propuesto actuar lo mejor posible hasta el último día de su estancia, sin tomar en cuenta la opinión de los enfermos. Como la obra no se traspasaba al hospital, sino a la Sociedad, debía tener más cuidado. Porque a fin de cuentas, la Sociedad era una entidad ajena. Faltaban dos semanas para el cambio y necesitaba arreglar todos los documentos para pasárselos al sucesor. No podía dejar los informes técnicos de la obra en manos de la Sociedad. Aunque él ya no viera la compuerta del dique, por lo menos su sucesor debía participar en el avance de la obra.
  Pidió a los empleados que prepararan los informes del hospital por secciones y él se ocuparía de la obra de Omado. A los técnicos del equipo de inspección les pidió que terminaran su trabajo a fines de febrero. Y, por su parte, formó un equipo propio de inspección con el que se dedicó a examinar y registrar los avances del trabajo y los criterios para su evaluación, etc.
  Ambos equipos presentaron los informes de su inspección a finales de febrero. Las conclusiones de ambas partes eran totalmente diferentes: para el equipo de la isla, el avance de la obra llegaba al ochenta y tres por ciento el 25 de febrero; para la Sociedad, el avance llegaba al cuarenta por ciento. La diferencia era tremenda, ochenta y tres frente a cuarenta.
  El director Cho quedó muy sorprendido. Sabía que iba a haber diferencias, por esa razón se había preocupado tanto de la inspección. De ello dependía el futuro de los enfermos; aunque la obra pasara a otras manos, les distribuirían el terreno al término de la obra según lo realizado antes del día de la entrega. Aunque las autoridades habían dicho y prometido que el derecho a distribuir el terreno no correspondía a los responsables de la Provincia, el director Cho consideraba que, tanto él como la isla, necesitaban tener una evaluación justa del trabajo.
  La evaluación era importante no sólo para el director, sino también para la Sociedad de Desarrollo. A ésta le convenía valorar con las cifras más bajas el avance. Por eso, ya suponía él que habría cierta diferencia. Pero no esperaba la tremenda diferencia de cuarenta frente a ochenta y tres.
  El director no reconoció ese resultado. Pidió explicación sobre los criterios y los métodos. Y aplicó esos criterios y métodos a su investigación y después defendió el resultado concluido de parte de la isla. Además, propuso una investigación conjunta. Pero fue en vano. Los puntos de vista obedecían a intereses opuestos, resultaba imposible llegar a un acuerdo sobre criterios y métodos justos para ambos.
  Para la Sociedad, la obra, desde el inicio, había tenido problemas técnicos; por tanto, no podían juzgarla tal como la veían. El necesario refuerzo de lo hecho y la modificación del plan reducían el grado de avance. Pusieron ejemplos de fallos técnicos: el dique debió ser más amplio; los ángulos del muro exterior del dique estaban diseñados sin tener en cuenta la presión de la corriente ni la profundidad del mar, etc. Los representantes de la isla también tenían sus teorías para replicarles.
  Ambas partes estaban enfrentadas. Como la Sociedad no cedía, el director tampoco podía ceder. Ante la terquedad de los otros, él no tenía por qué dar el visto bueno al informe.
  El director, de nuevo, luchaba como un enfermo de fiebre, padecía la sensación de ser traicionado. Además de esa lucha agotadora, los enfermos lo desilusionaban más. No mostraban ningún cambio ante los resultados de la inspección. Tampoco mostraban preocupación por su partida ni por la inauguración de la compuerta del dique. Permanecían indiferentes a pesar de que su sudor de años se valoraba sólo como un cuarenta por ciento, y no apreciaban la lucha solitaria del director para aumentar esa cifra.
  A pesar de estar ya acostumbrado al silencio y la indiferencia, esta vez le hizo daño. Le parecía que todo el esfuerzo de años dedicado a la isla y a los insulares no tenía ningún fruto Sintió un terrible vacío. Quizás los enfermos sentirían, instintivamente, miedo hacia el vacío posterior, porque habían tenido una esperanza de bienestar; pero todo comenzaba a esfumarse en el momento en que se iba a realizar ese sueño. El director veía que su situación iba haciéndose más triste día a día.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Trotta, 2003, en traducción de Hye-Sun Ko y Francisco Carranza Romero. ISBN: 84-8164-617-2.]  

miércoles, 13 de febrero de 2019

La guerra de la Independencia.- Fernando Díaz-Plaja (1918-2012)

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Tres ciudades sitiadas: Zaragoza, Gerona, Cádiz
Zaragoza

«En la sitiada Zaragoza la lucha fue de absoluta colaboración de todos los estamentos ciudadanos. Siendo la contienda tan patriótica como religiosa, el clero estuvo presente en todas partes; los sacerdotes mayores se encargaron de que prosiguiera el culto normal para consuelo de niños, mujeres y ancianos. Otros sacerdotes ejercieron su labor castrense en primera línea y en hospitales de sangre y, en fin, los más jóvenes lucharon directamente con las armas en la mano contra los franceses.
 Y si el clero se levantaba para apoyar la causa, el ejército no vacilaba en su misión. El culto al héroe, típico en cualquier contienda para robustecer la moral y ofrecer ejemplos, encuentra en el general Palafox, jefe de la ciudad sitiada, el paradigma perfecto. Se comenta el sentido del deber que inculcaba a sus tropas que no podían retroceder ante el enemigo porque según les advirtió en una orden del día: "Las tropas de segunda línea tienen orden de disparar contra quienes corrieren hacia ellos, sean amigos o enemigos."
 También circulaba la dura consigna dada a un oficial que, al serle encomendada una misión nada fácil, preguntaba: "Y si fracaso, ¿dónde me refugio?" "En el cementerio", contestó Palafox.
 Y sobre todo se repetían ejemplos de su digna actitud ante las presiones francesas que van desde el desafío abierto, a respuestas llenas de ironía, como cuando el general Lefebvre en el primer sitio (junio de 1808) intenta aplicar la tesis empleada por los franceses en aquellos momentos, es decir, dado que no hay más que un rey -José I- y un estado, los que nieguen obediencia a ambos, sólo son facciosos que perturban el buen orden.
 Contesta Palafox: "Excelentísimo Señor: Si S.M. el Emperador envió a Vuestra Merced a restablecer la tranquilidad que nunca ha perdido este país es bien inútil se tome V.M. estos cuidados."
 Y ante las amenazas veladas del francés en caso de no rendir la villa: "V.E. hará lo que quiera; yo lo que deba."
 Lefebvre sigue utilizando la propaganda clasista que, desde un principio, intentaba abrir una brecha entre el pueblo bajo y los burgueses y propietarios, a los que asustaba con la imagen de una masa armada en la calle. Era el temor que había obligado a las clases altas a encerrarse en sus casas cuando el dos de mayo en Madrid, pero que ya no se mantenía en pie ante la invasión general y los atropellos hechos por los franceses en hogares y templos. A esa propaganda contesta Palafox:
 "General: el Intendente de este ejército me ha transmitido las proposiciones que V.M. le ha hecho, reducidas a que yo permita la entrada en esta capital a las tropas francesas que están bajo su mando y que vienen con la idea de desarmar al pueblo, restablecer la quietud, respetar las propiedades y hacernos felices conduciéndose como amigos según lo han hecho en los demás pueblos de España que han ocupado. O bien, si no me conformo a eso, que rinda la ciudad a discreción."
 ...Y tras recordar el triste ejemplo de las ciudades europeas que confiaron en las amables palabras francesas para ser esclavizadas luego, lanza su desafío en nombre de Zaragoza y del país entero:
 "Esta ciudad, y las valerosas tropas que la guardan, ha jurado morir antes de sujetarse al yugo de la Francia, y la España toda, donde sólo quedan ya reliquias del ejército francés, está resuelta a lo mismo. 26 de junio de 1808."
 La verdad es que el general hablaba en nombre de toda Zaragoza al mencionar su defensa. Si el pueblo bajo está simbolizado por Agustina de Aragón, la aristocracia se retrata en la Condesa de Bureta, que atiende a las muchachas víctimas de la guerra y de la destrucción de sus hogares por el fuego enemigo.
 Por su parte la madre María Ráfols, al frente de las Hermanas de la Caridad de Santa Ana, cura a los heridos, ayuda a los pobres y desvalidos en una misión tan generosa que el propio general francés, Lannes, le concedió un salvoconducto para cruzar cuando quisiera sus líneas en busca de medicinas y alimentos para sus asilados. Era una completa unión en la resistencia pero no sirvió de nada cuando el francés en el tercer sitio de Zaragoza acabó con la ciudad físicamente. Sin ser un historiador profesional, Benito Pérez Galdós consiguió, indagando en archivos y hablando con supervivientes, componer una estampa verídica de lo que fueron los últimos momentos de la ciudad del Ebro cuando los hornillos (minas) iban acabando con los últimos reductos físicos y las postreras esperanzas:
 "Llegó el momento de la suprema desesperación. Francia ya no combatía, minaba. Era preciso desbaratar el suelo nacional para conquistarlo. Medio Coso era suyo, y España, destrozada, se retiró a la acera de enfrente. Por las Tenerías, por el arrabal de la izquierda, habían alcanzado también ventajas y sus hornillos no descansaban un instante.
 Al fin, ¡parece mentira!, nos acostumbramos a las voladuras, como antes nos habíamos hecho al bombardeo. A lo mejor se oía un ruido como el de mil truenos retumbando a la vez. ¿Qué ha sido? Nada: la Universidad, la capilla de la Sangre, la casa de Aranda, tal convento o iglesia que ya no existe. Aquello no era vivir en nuestro pacífico y callado planeta; era tener por morada las regiones del rayo, mundos desordenados donde todo es fragor y desquiciamiento. No había sitio alguno donde estar, porque el suelo ya no era suelo, y bajo cada planta se abría un cráter. Y sin embargo, aquellos hombres seguían defendiéndose contra la inmensidad abrumadora de un volcán continuo y de una tempestad incesante. A falta de fortaleza, habían servido los conventos; a falta de conventos, los palacios; a falta de palacios, las casas humildes. Todavía había algunas paredes.
 Y no se comía. ¿Para qué, si se esperaba la muerte de un momento a otro? Centenares, miles de hombres perecían en las voladuras y la epidemia había tomado carácter fulminante. Tenía uno la suerte de salir ileso de entre la lluvia de balas, y luego, al volver una esquina, el horroroso frío y la fiebre, apoderándose súbitamente de la naturaleza, le conducían en poco tiempo a la muerte. Ya no había parientes ni amigos; menos aún, ya los hombres no se conocían unos a otros; y ennegrecidos los rostros, desencajados y cadavéricos al juntarse después del combate se preguntaban: ¿Quién eres tu? ¿Quién es usted?"»
 
      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Planeta-De Agostini, 1996. ISBN: 84-395-4593-2.]