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miércoles, 19 de mayo de 2021

El alma.- Tertuliano (155-220)


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Cuarta parte (54-58): Escatología

La morada de las almas después de la muerte según la opinión de algunos filósofos

 «LIV.- 1.- Por consiguiente, a partir de aquí vamos a exponer ya a dónde será conducida el alma. Casi todos los filósofos –los que, de cualquier modo que les apetece, reivindican, sin embargo, la inmortalidad para el alma (como Pitágoras, como Empédocles, como Platón) y los que le conceden algún tiempo desde la salida [del cuerpo] hasta la conflagración del universo (como los estoicos)- ponen sólo sus almas, o sea, las de los sabios, en las moradas superiores.
 2.-Platón, en verdad, no concede esto a ciegas a las almas de los filósofos, sino a las de aquellos que, por supuesto, hayan adornado la filosofía con el amor hacia los adolescentes. Por tanto, también entre los filósofos tiene la impureza un gran privilegio. Así, pues, en Platón las almas sabias son elevadas al éter, en Ario, al aire, entre los estoicos a la región sublunar.
 3.-De los cuales, ciertamente, me asombro por el hecho de que relegan a una región cerca de la tierra las almas ignorantes, mientras aseguran que son instruidas por las sabias, que moran en regiones muy superiores. Con una tan gran distancia de sus moradas, ¿dónde estará la región de la escuela? ¿Por qué medio las discípulas acudirán a unas maestras tan lejanas? Y por otra parte, para unas almas que van a perecer inmediatamente con la conflagración ¿cuál será el uso y el provecho de la instrucción póstuma?
 4.-Las almas restantes las arrojan a los infiernos. Platón, en el Fedón, los describe como el seno de la tierra, adonde confluyendo y donde, sedimentándose todas las infamias de las bajezas del mundo, exhalan un vapor más espeso, por así decirlo, que el fango de sus inmundicias y acumulan allí un aire peculiar.

Los infiernos según la opinión cristiana

 LV.-1.-Nosotros [=los cristianos] creemos que los infiernos no son una desnuda cavidad ni una sentina del mundo a cielo abierto, sino un vasto espacio en el foso y en el abismo de la tierra, una escondida profundidad en sus entrañas mismas, ya que leemos que los tres días de su muerte fueron cumplidos por Cristo en el corazón de la tierra, o sea, en una oquedad recóndita, interior y oculta en la tierra misma, cerrada dentro de ella y edificada sobre abismos todavía más profundos.
 2.-Ahora bien, si Cristo es Dios, como también es hombre (muerto según las Escrituras y sepultado según las mismas), observó también esta ley cumpliendo en los infiernos la norma de la muerte humana, no ascendió a las regiones más altas de los cielos sin antes descender a las regiones más bajas de la tierra, para darse allí a conocer a los patriarcas y profetas; luego tienes también que creer que es subterránea la región de los infiernos y rechazar con el codo a aquellos que, con bastante orgullo, piensan que son demasiado buenas para los infiernos las almas de los fieles –¡los siervos están sobre su señor y los discípulos sobre su maestro!- si, por casualidad, han desdeñado tomar el consuelo de esperar la resurrección en el seno de Abrahán.
 3.-Pero para esto –dicen- fue Cristo a los infiernos, para que no fuésemos nosotros. Por otra parte, si existiese la misma cárcel para todos los muertos, ¿qué diferencia habría entre paganos y cristianos? En este caso, ¿para qué exhalarás el alma hacia el cielo, estando allí Cristo todavía a la derecha del Padre, no habiéndose oído aún la orden de Dios por medio de la trompeta del arcángel, no habiendo sido aún arrebatados en el aire al encuentro de Cristo –con los que, muertos en Cristo, resucitarán los primeros- aquellos a los que su llegada habrá encontrado en el siglo? No está abierto el cielo para nadie, con la tierra aún intacta, por no decir cerrada. En verdad, el reino de los cielos se abrirá con el fin del mundo.
 4.-Pero nuestro lugar de reposo ¿estará en el éter con los pederastas de Platón, o en el aire con Ario, o cerca de la luna con los endimiones de los estoicos? Al contrario –respondes-, en el paraíso, adonde ya entonces han emigrado desde los infiernos los patriarcas y los profetas, apéndices de la resurrección del Señor. ¿Y cómo es que la región del paraíso –que está colocada bajo el altar, revelada en espíritu a Juan- no mostró en ella más almas que las de los mártires? ¿Cómo es que Perpetua, mártir valerosísima, al acercarse el día de su pasión, en la revelación del paraíso sólo vio allí a los mártires, sino porque la espada que guarda la entrada del paraíso no deja pasar más que a aquellas que han muerto en Cristo, no en Adán?
 5.-La muerte nueva por Dios y extraordinaria por Cristo es acogida en una morada diferente y especial. Reconoce, por tanto, la diferencia del pagano y del fiel en la muerte, si –como el Paráclito advierte- sucumbes por Dios, no entre fiebres suaves y divanes, sino en el martirio, si tomas tu cruz y sigues al Señor, como él mismo mandó. La única llave del paraíso es tu sangre. Tienes también un opúsculo redactado por mí Sobre el paraíso, en el cual he establecido que toda alma es depositada en los infiernos hasta el día del Señor.

Las almas descienden a los infiernos inmediatamente después de la muerte; caso de los insepultos, los prematuros y los muertos violentamente.

 LVI.-1.- Se presenta ahora una discusión: si esto sucede justo enseguida de la salida [del cuerpo], o si alguna razón retiene aquí provisionalmente a ciertas almas, o si es posible que aun las recibidas en los infiernos comparezcan después por propia voluntad o por un mandato.
 2.-No faltan, por cierto, argumentos suasorios a favor de estas opiniones. Se ha creído que a los insepultos no se les hace entrar en los infiernos antes que hayan recibido los honores debidos, de acuerdo con el Patroclo homérico, que, en sueños, reclama apremiantemente a Aquiles la sepultura, porque, de otra manera, él no podía acercarse a las puertas de los infiernos, al rechazarlo lejos las almas de los sepultados.
 Ahora bien, más allá de una licencia poética, reconocemos también aquí la diligencia de la piedad de Homero [por los muertos]. En efecto, tanto más encomió la premura de la sepultura cuanto, incluso su tardanza, la censuró como ultrajante para las almas; a la vez también, para que nadie, reteniendo en casa al difunto, él mismo resulte, con él, más atormentado por la enormidad de un consuelo alimentado de dolor. De este modo, Homero ha imaginado las quejas del alma de un insepulto con dos fines: para que, con la inmediatez del funeral, quede a salvo el honor de los cuerpos y se modere el duelo de cuantos aman al difunto.
Resultado de imagen de tertuliano el alma 3.-Por otra parte, ¡qué infundado es pensar que el alma aguarde los honores debidos al cuerpo, como si algo de ellos se lo llevara consigo a los infiernos! Mucho más infundado si se estima como un agravio para el alma la demora de la sepultura, cuando eso debería acogerlo con los brazos abiertos como un favor; pues, en todo caso, la que no ha querido morir preferirá ser separada [del cuerpo] más tarde hacia los infiernos: amará al heredero que no cumple los deberes de la piedad [funeraria], gracias al cual goza todavía de la luz. O si es, ciertamente, un agravio ser echado más tarde bajo tierra (y el motivo del agravio es el retraso de la sepultura), es injusto en extremo que el agravio caiga sobre aquella a la que no puede serle imputada la demora de la sepultura, que concierne, evidentemente, a los parientes.
 4.-Aseguran también que las almas sorprendidas por una muerte prematura vagan por aquí hasta que se cumpla el resto de las edades con las que habrían continuado viviendo si no hubiesen muerto intempestivamente. Ahora bien, o a cada una le han sido fijados unos tiempos, y no creo que unos tiempos fijados puedan ser arrebatados anticipadamente; o si, ciertamente, han sido fijados, pero, sin embargo, son mutilados por voluntad de Dios o por algún poder, en vano son mutilados si ahora se espera que sean completados; o si no han sido fijados, no habrá, en este caso, un resto de tiempos por cumplir.
 5.-Todavía añadiré: he aquí que ha muerto, por ejemplo, un bebé bajo las fuentes de los pechos, o supón un niño impúber, supón un púber, que, sin embargo, debería haber vivido ochenta años. ¿Cómo es posible que su alma pase aquí después de la muerte los años anticipadamente arrebatados? En realidad, el alma no puede experimentar la edad sin el cuerpo, porque las edades actúan por medio de los cuerpos. Pero reconsideren también los nuestros [=los cristianos] aquello de que las almas recibirán en la resurrección los mismos cuerpos en los que salieron [de la vida].
 6.-Por tanto, se esperarán las mismas dimensiones de los cuerpos y las mismas edades que las causan. Entonces, ¿de qué modo el alma de un niño puede pasar aquí los tiempos que le han sido arrebatados, para resucitar octogenaria en un cuerpo de un mes? O, si será necesario completar aquí aquellos tiempos que habían sido determinados, ¿acaso también el plan de vida –que, determinado aquí juntamente con ellos, les ha tocado en suerte a los años-, lo recorrerá aquí igualmente el alma, de modo que, a partir del fin de la infancia, desee las cosas asignadas a la niñez, y, a partir del fin de la adolescencia, participe en las cosas fuertes de la juventud, y, a partir del fin de la juventud, aprecie las cosas graves de la madurez: saque rédito al dinero, trabaje la tierra, navegue, pleitee, se case, se fatigue, afronte las enfermedades y todas aquellas cosas, tristes y alegres, que, con los tiempos, le estaban reservadas?
 7.-Ahora bien, ¿cómo se podrán pasar estas cosas sin el cuerpo? ¿Cómo [se podrá pasar] una vida sin vida? Pero resultarán vacíos unos tiempos que sólo deben ser cumplidos con el mero trascurso. Por tanto, ¿qué impide que esas cosas sean cumplidas en los infiernos, donde, igualmente, no se da el uso de ellas? Por esto, afirmamos que toda alma en cualquier edad en que se haya ido, en ella permanecerá hasta ese día en que se le promete aquello perfecto regulado según la medida de la plenitud angélica.
 8.-Del mismo modo, serán tenidas como expulsadas de los infiernos aquellas almas que se cree han sido arrancadas [del cuerpo] violentamente, sobre todo por medio de las atrocidades de los suplicios, quiero decir: de la cruz, del hacha, de la espada, de las fieras; ahora bien, no son violentas estas muertes que decreta la justicia, vengadora de la violencia. Y por tanto –dirás-, queden desterradas de los infiernos todas las almas de los criminales. En este caso, te obligo a decidir una de dos: los infiernos o son buenos o son malos; si decides que son malos, deben caer también allí las almas pésimas; si decides que son buenos, ¡por qué también las almas muertas prematuramente, las no casadas, las puras e inocentes en razón de la edad, las juzgas entretanto [=mientras se cumple el resto del tiempo fijado a cada una] indignas de los infiernos?»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Ciudad Nueva, 2016, en traducción de Salvador Vicastillo, pp. 343-359. ISBN: 978-84-9715-337-9.]

martes, 11 de mayo de 2021

Un grito sin voz.- Henri Raczymow (1948)


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I


 «Los alemanes filman el gueto, en especial la cárcel judía de la calle Gesia, donde la mitad de los detenidos son niños que han intentado saltar el muro, y el Judenrat, en la calle Grzybowska. Las ignominias y las vilezas con que hemos sido mancillados pasarán a la historia gracias a estudiadas puestas en escena. Como buena muestra de ello, en la calle Smocza, reunieron a una muchedumbre de judíos y acto seguido ordenaron a los policías judíos que los dispersaran con brutalidad. Éstos lo hicieron con la docilidad habitual. Filman a otros soldados alemanes que acuden a socorrer a un niño judío que intenta colarse a través de un hueco del muro mientras es amenazado por un policía judío o polaco. El alemán, como buen soldado, les dice que no hay que pegar a los niños. Acaban de prohibir a los turistas alemanes visitar nuestro cementerio. Al parecer, la visión de los cadáveres apilados en un barracón no muy lejos del mausoleo del rabino de Radzymin causa mal efecto y hasta suscita algunas objeciones por parte de los visitantes.
 Cada vez fusilan a más judíos en las calles. Según los nuestros, es a causa de los comunistas, sionistas y bundistas, y su propaganda criminal. Siempre la misma cantinela. A propósito (de cantinelas), Guta se ejercita repitiendo “¡Santa Madre de Czestochowa!” y “¡Por los clavos de Cristo!” Me recuerda a mi pequeña Zofia que siempre tenía estas exclamaciones en la boca. ¿Qué habrá sido de ella en el lado ario?
 Guta ha sido enviada de nuevo fuera del gueto. Lleva un crucifijo. En cuanto cruza el muro, cambia su gorra por un pañuelo. Ayer me preguntó si es verdad que tiene, como le han dicho, an arishn pounem, es decir, una fisionomía aria, lo que también puede entenderse como a naarishn pounem, que significa cara de idiota. En realidad, no tiene pinta ni de aria ni de idiota. Martha es la más adecuada para realizar misiones de este tipo, creo. “¡Santa Madre de Czestochowa!”, “¡Por los clavos de Cristo!” Me encantan estas fórmulas mágicas, idólatras.
  Ayer por la mañana, Haïm fue testigo de una escena espeluznante en la esquina de Twarda con Sliska. Los alemanes mandaron preparar una mesa surtida de botellas de vino y comida en abundancia. Luego ordenaron bajar de un camión a una docena de jóvenes hassidim y los alinearon a lo largo de la mesa, mientras otros alemanes agrupaban en la acera de enfrente a todos los niños hambrientos que encontraron en las inmediaciones de la calle Prosta; niños harapientos, descalzos, con los vientres hinchados. Y conforme ellos filmaban, dieron orden a los hassidim  de darse una comilona, y después los obligaron a bailar y a beber. Y aquellos pequeños mendigos lastimosos los miraban, les imploraban –en esto consistía todo el argumento-, y los hassidim tenían que sacárselos de encima con la mayor brutalidad de la que fueran capaces. Cuando esta obra maestra del arte se terminó  de filmar, recogieron las cámaras y a continuación apareció otro camión atestado de soldados, los de la calavera, que ametrallaron a los niños y a los hassidim ante los ojos de una multitud aterrorizada.
  Algunos han oído emisiones radiofónicas de la BBC, en las que se informa de nuestra suerte en los guetos y especialmente en diferentes campos, como el de Chelmno y el de Belzec. Se avanza la cifra de siete mil judíos asesinados aquel día. ¿Por qué el mundo se calla? ¿Por qué el gobierno polaco en el exilio minimiza todo cuanto nos sucede? ¿Por qué silencia estos hechos? ¿Qué se propone? Según Szymon, se propone mostrar que la primera víctima de los alemanes es el pueblo polaco y no los judíos. Con dos pueblos mártires, uno siempre está de más. Hay quienes dicen que no es la primera persecución que hemos vivido y que tampoco será la última. Tuvimos las Cruzadas, la Inquisición, las matanzas en Ucrania, los pogromos en la Rusia zarista y el pueblo judío todavía sigue viviendo. Dicen que no es conveniente provocar a los alemanes, que no debemos darles motivos para avivar su ira. No; hay que esperar. Esperar a que termine la guerra. Esperar a Churchill y a Stalin. Otros esperan que llegue el Mesías. Algunos les replican a estos últimos que el Mesías ya ha llegado. Está en Berlín, cenando en la mesa de A.H. y que es su mano derecha. ¡Lo que nos sucede en estos tiempos no tiene nada que ver con la Inquisición! ¡Podíamos abandonar España si no queríamos convertirnos! Ni con Masada, porque pudimos entregarnos, y, además los romanos no perseguían el incomprensible propósito de exterminar hasta el último judío, desinfectar la tierra de nuestra presencia ni se burlaban abiertamente de nuestros piojos. Hoy, las tres últimas generaciones de conversos están condenadas al exterminio; unos judíos que no se convirtieron bajo la amenaza de la espada, que eligieron abandonar nuestro pueblo libremente. Incluso ellos van a morir. Incluso los conversos. Incluso los de la policía judía. Incluso los contrabandistas. Incluso los judíos que son agentes de la Gestapo. Tanto ellos como nosotros, todos seremos exterminados. Por desgracia, no formamos un ejército de zelotes prestos a entregarnos al enemigo con una humillante bandera blanca. No estamos en situación de poder renegar de nuestra fe judía para conservar la vida, lo cual, según Reb Huberband, Maimónides toleraba, siempre y cuando en su corazón uno siguiera amando la Torá de Israel…
 Szymon estaba como loco. Guta guardaba silencio. Szymon es un buen tipo. Esther no lo merece.    
  Esther lee libros sobre Napoleón: se remite de modo febril a las páginas que relatan sus últimas campañas. Aquí, todo el mundo compara a A.H. con Napoleón, todo son incesantes conjeturas sobre sus similitudes y sus diferencias. Ambos firmaron la paz con Rusia. “Una vez de acuerdo con Rusia, ya no temo a nadie”, dijo Napoleón. A buen seguro que a A.H. le llegará, más pronto o más tarde, su batalla de Berezina. Pero entre este más pronto y más tarde, la suerte de todos los judíos pende de un hilo.
 […]
  Jakob ha buscado a papá por el barrio de Praga, pero no lo ha encontrado. No ha encontrado a nadie que fuera capaz de proporcionarle información sobre él. De Yanek tampoco hay noticias. Ni de Mathiek.
Resultado de imagen de raczymowun grito sin voz En el gueto, habilitamos los escondites. Reforzamos los sótanos, levantamos paredes en los desvanes, se acondicionan armarios en el interior de otros armarios, se construyen trampillas verdaderas y falsas que se cubren con alfombras, con mesas; se arman también escaleras verdaderas y falsas. Pero vamos más lejos aún. ¡Llegamos a construir falsas habitaciones! Habitaciones sin puertas ni ventanas, cuyas paredes están recubiertas por varias capas de ladrillos y que únicamente son accesibles por el techo, al levantar las tejas. ¡Hemos construido habitaciones tapiadas dentro de otras habitaciones tapiadas! Los ingenieros y técnicos  acuden para ofrecer sus valiosos consejos. Algunos hacen de ello su medio de subsistencia. Ha aparecido un nuevo oficio: vendedor de escondites. El precio total incluye la comida. Muchos de los supervivientes pasan al lado ario a cambio de cantidades desorbitadas. No creen en los escondites. Dicen que los alemanes se los conocen todos. Porque una vez los conocen los judíos, también los conocen los soplones judíos. No se paran a pensar que en el lado ario vivirían constantemente aterrorizados ante la posibilidad de una denuncia. Y cuando ya no les quede más dinero ni joyas, los mismos polacos que los han escondido durante algún tiempo no dudarán en entregarlos. Ganancia asegurada: cien zlotys por cabeza. Los que se quedan han decidido morir con las armas en la mano. Hacen acopio de reservas de comida. Ahora ya no se trata de esconderse una noche o mientras dura una redada, sino durante semanas, tal vez meses, hasta que lleven a cabo el asalto final.
  La Sociedad de Naciones ha condenado el exterminio de judíos. Ha elevado su petición con la amenaza de sancionar a los nazis. Seguramente este gesto los disuadirá de seguir con las matanzas. Son muy sensibles a las amenazas, sobre todo a las de una dama tan respetable como la Sociedad de Naciones.
  Una gruesa capa de nieve cubre las calles. Debajo de los adoquines, ríos de sangre. 
[…]
  Se rumorea que se iniciarán de nuevo las deportaciones, y de forma inminente. ¿Estamos preparados para responder? La mayoría dice que no. Necesitamos dinero de forma imperiosa; no nos queda más remedio que exigir tributos a los ricos, así como a los miembros del Judenrat.
  La “Aktion” alemana se reanudó ayer por la mañana con una brutalidad inaudita. El gueto fue acordonado al amanecer. ¡Pero respondimos! Esther se unió a un grupo de unos cuarenta combatientes en un kibutz de Zamenhofa. Entre ellos se encontraba el poeta Katzcenelson que alentaba a sus camaradas, diciéndoles que se sentía feliz de morir junto a ellos, con las armas en la mano. Había ido con su hijo. Los camaradas le aconsejaron esconderse  en un refugio, puesto que los alemanes llegarían de un momento a otro. Él, Katzcenelson, debía sobrevivir como fuera, para dar testimonio. Pero se negó.
  Hoy se cumple el cuarto día de la “Aktion” de los alemanes. Se oyen explosiones terribles: vuelan por los aires las casas y lanzan granadas en las viviendas. Las redadas ha cesado. El objetivo de los alemanes ya no es deportar, sino matar al mayor número posible de judíos, para vengarse. Las armas de la resistencia polaca son siempre insuficientes. Cuánto tiempo perdido en actividades culturales en vez de dedicarnos en cuerpo y alma a prepararnos para combatir. Pero no sabíamos, no conocíamos a A. H.
  Cuando fue creado el hierro, me contaba el tío Avroum, al tercer día de la creación, los árboles empezaron a temblar. “¿Qué os ocurre para temblar así? –preguntó el hierro-. Mientras ninguno de vosotros me sirva de mango, no tendréis que temer nada de mí”. Según Avroum, en esta fábula los árboles representan el pueblo de Israel, la ramera de las naciones, y el hierro, la fuerza seductora de estas mismas. Y proseguía diciendo: “Cuando Israel sirve de mango al hierro de las naciones, éstas, convertidas en hachas, golpean sin piedad a los árboles de Israel”.
 Aquí, en el gueto, al parecer hemos comprendido por fin esta fábula. Ya no servimos de mango al hierro que nos golpea. Pero ya es tarde para abrir los ojos.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones del Subsuelo, 2011, en traducción de Isabel Romero Reche, pp.  58-61,86-87 y 89-90. ISBN: 978-84-939426-1-8.]

lunes, 21 de octubre de 2019

Las parroquias de Regalpetra.- Leonardo Sciascia (1921-1989)

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Crónicas escolares

«Se acerca el verano. En la escuela doy vueltas entre los bancos para vencer el sueño. Los chicos, muertos de cansancio, emborronan los ejercicios. […] No me gusta la escuela; y me desagradan quienes, ajenos a ella, alaban los méritos y las alegrías de dicho trabajo. No niego que en otros lugares y condiciones el oficio de maestro puede dar alguna que otra satisfacción. Pero aquí, en un remoto pueblo de Sicilia, entro en un aula con el mismo ánimo con que un minero baja a las oscuras galerías de la azufrera.
 Treinta niños que no consiguen estar quietos, que piden la corrección manual que la ley prohíbe, y me traen alegres las varas de almendro para que las pruebe en sus espaldas; y también vienen sus madres a decirme que los enderece a palos, porque sus hijos: "Son árboles torcidos y hay que darles miedo". Y miedo debería consistir en el uso incondicional del bastón. "¡Benditas las manos!", añaden entonces, refiriéndose a un maestro que repartía el pan de la ciencia con la ayuda de una vara nudosa y tenía, alto y robusto como era, una forma especial de coger a los niños por las orejas y levantarlos. […] Treinta niños que se aburren, rompen las cuchillas de afeitar al través, las clavan medio centímetro en la madera de los pupitres y las pulsan como si fueran guitarras; se intercambian obscenidades que hago como que no oigo: "¡Tu hermana, tu madre!"
 Blasfeman, escupen, hacen conejos con las hojas de cuaderno, […] Y hacen barcos y sombreros […] Se aburren, pobrecitos. Qué van a pensar en las cuentas, la gramática, las ciudades del mundo o en lo que produce Sicilia; en lo único que piensan es en comer. Apenas el bedel toque la campana saldrán corriendo para coger el tazón de aluminio; judías con caldo con unos redondeles de margarina, la metralla del "corned beef", la lonja de membrillo que envuelven con la hoja de los ejercicios para luego ir lamiendo membrillo y tinta por la calle.
 El director viene dos o tres veces al año. Es un buen hombre, constantemente atribulado porque es de izquierdas y, por ello, suscita las malas atenciones de su directo superior, con las normales consecuencias del caso. Tiene debilidad por la aritmética y angustiosas preocupaciones higiénicas. El que había antes, sin embargo, sentía preferencia por la gramática italiana y su plato fuerte era una filosófica cavatina sobre el verbo ser. Éste es más tranquilo. Entra y mira a los niños sentados en los pupitres viejísimos e incómodos; a los más grandecitos, que lo miran con las manos en los bolsillos, les dice que las pongan sobre la mesa:
 -Si no, luego se convierte en un vicio -me dice.
 Yo digo que sí. Apruebo cuanto dice. Estoy de acuerdo: la disciplina, el provecho, explicar de esta manera el 3,14, el número fijo para hallar la apotema, aquel muchacho parece un poco tocado de la cabeza, aquellos otros no se lavan. Sí, blasfeman. En las paredes de los retretes escriben cosas muy escandalosas. En la calle molestan a los viejos y a los bedeles en el atrio. Suben por los tubos de los canalones, saltan las lanzas de las verjas. Sí, todo eso hacen. Y se pelean por la comida, para decidir quién de ellos debe ir; cada día diez chicos. En realidad tienen hambre. De acuerdo: insistiré en la geografía y en que se sepan el trapecio de cabo a rabo. Les diré que se corten el pelo y se laven las piernas, las manos y las orejas: "Tan sucias que en ellas se podrían plantar habas".
 Algunas veces viene también el inspector. Con gran intuición viene siempre en el momento o el día en que el director está ausente. Es evidente que no traga a esos treinta muchachos sucios y desgreñados que ni siquiera se sienten cohibidos por su presencia y siguen murmurando y peleándose entre sí. Ve la vara sobre mi mesa y seguro que se imagina un fresco de escenas de tortura. Nunca les he pegado, el bastón lo utilizo para señalar las ciudades y los ríos en el mapa. Estoy seguro, sin embargo, de que el inspector no se lo creería.
 -Hay que tratarlos con dulzura -dice.
 Me cuenta algo de uno de sus alumnos ("porque yo he salido de la nada", me dice con orgullo):
 -Era mentiroso, violento y hasta ladrón -pero él le condujo con dulce persuasión al orden y al estudio. Luego entró en la policía y fue un cotizado funcionario del Ovra.
 -Sí -le digo-, la dulzura lo puede todo -y no doy a la frase ni la más leve sombra de ironía.
 Cada semana viene el cura para la media hora de religión. Cada vez empieza por el principio, Adán y Eva. Los niños juegan a pulsar las cuchillas de afeitar. Alguna blasfemia zumba en el aula, pero el cura no disimula como yo. Promete el fuego eterno. Ríen y él se pone rojo de ira. Y me veo obligado a intervenir con una inútil reprehensión.
 […] Hacen pequeñas burlas. Reflejan la opinión de sus padres, que ni siquiera opinión puede llamarse, toda vez que no es más que un conjunto de trivialidades y anécdotas obscenas sobre los curas y las hijas de María, y de un miedo supersticioso. Temen asimismo los hechizos, el mal de ojo, los secretos mágicos que llaman mala ventura y a los que la dicen. Un muchacho me confía que lleva siempre en el bolsillo una llave, tres clavos y un diente de ajo, de esta manera nunca será objeto de un mal de ojo y me aconseja que lo pruebe.
 También sé por qué partido votan sus padres. Un día un chico me habló de otro chico con el que había peleado, que era comunista. Creía que debía castigarlo. Le dije que en Italia uno podía ser lo que quisiese. Entonces todos me dijeron por quién votaban sus padres, pese a que yo les dije que no me interesaba. Veinte eran comunistas, el resto demócratas (aquí democracia equivale a democracia cristiana) excepto uno que votaba misino. A este último se le echaron todos encima:
 -Eres misino porque tu padre trabaja en Gíbili.
 Gíbili es una mina de azufre que está en manos de los fascistas y los que en ella trabajan están considerados como privilegiados pues perciben un sueldo que supera las mil liras. Los demás, en las salinas, ganan quinientas liras al día. Los braceros agrícolas, cuando hay trabajo, ganan unas seiscientas, pero no trabajan más de ochenta jornadas al año. Los de Gívili tienen radio y cocina a gas, aunque siguen viviendo en covachas que no tienen otra luz que la de la puerta. Sin embargo, en estas azufreras, hay peligro de muerte; las galerías no son seguras, además está el grisú y el ascensor puede desengancharse al bajar.
 Los hijos de los mineros y de los que trabajan en las salinas son un poco más despiertos que los hijos de los campesinos.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Bruguera, 1983, en traducción de Rossend Arqués. ISBN: 84-02-08656-X.]


martes, 7 de mayo de 2019

¡Levantaos! ¡Vamos!.- Juan Pablo II [Karol Jozef Wojtyla] (1920-2005)


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Tercera parte: Compromiso científico y pastoral
Los niños y los jóvenes

«En esta reflexión es necesario dedicar atención a los niños y a los jóvenes. Además de los encuentros con ellos durante las visitas pastorales, había también otros. He prestado siempre una gran atención al mundo estudiantil en particular. Tengo muy bellos recuerdos del campo de la pastoral universitaria, ámbito hacia el que me orientaba el carácter mismo de la ciudad de Cracovia, tradicionalmente centro vivo de estudios académicos. Las ocasiones de encuentro eran de lo más diverso: desde conferencias y debates a retiros y ejercicios espirituales. Obviamente mantenía estrechos contactos con los sacerdotes encargados de la pastoral en este sector.
 Los comunistas habían suprimido todas las asociaciones católicas para la juventud. Hacía falta, pues, encontrar el modo de superar aquella pérdida. Y aquí entró en escena don Franciszek Blachnicki, hoy siervo de Dios. Él fue el iniciador del llamado "Movimiento de los oasis". Me relacioné mucho con aquel movimiento, al que procuré ayudar de diversos modos. Defendí los "oasis" contra las autoridades comunistas. Los sostuve materialmente y también tomé parte en sus reuniones. Cuando llegaban las vacaciones me trasladaba a menudo a los "oasis", es decir, a los campos de verano para los jóvenes pertenecientes a ese movimiento. Predicaba, hablaba con ellos, me unía a sus cantos junto al fuego, participaba en sus excursiones de montaña. Con cierta frecuencia celebraba la Santa Misa para ellos al aire libre. Todo eso constituía la realización de un programa pastoral bastante intenso.
 Durante la peregrinación de 2002 a mi Cracovia, los miembros de los "oasis" cantaron:
 
Tú has venido a la orilla; / no has buscado ni a sabios ni a ricos,
tan solo quieres que yo te siga. / Señor, me has mirado a los ojos,
sonriendo has dicho mi nombre; / en la arena has dejado mi barca,
junto a ti surcaré otro mar.
 
 
 Les dije que, en cierto sentido, aquel canto de los "oasis" me había llevado fuera de la patria, a Roma. Su mensaje profundo me había sostenido también cuando me encontré ante la decisión tomada en el Cónclave. Después, a lo largo de todo el pontificado, nunca me he separado de este canto. Por otra parte, me lo recordaban continuamente, tanto en Polonia como en otros países del mundo. Escuchar eso me hacía pensar siempre en mis encuentros como obispo con los jóvenes. Valoro muy positivamente esta gran experiencia. La he traído conmigo a Roma. También aquí he procurado sacar fruto multiplicando las ocasiones de reunirme con los jóvenes. Las Jornadas Mundiales de la Juventud, en cierto sentido, han nacido de esta experiencia.
 En mi camino de obispo me encontré con un segundo movimiento juvenil: el Sacrosong. Era una especie de festival de música y canto religioso, acompañado de oración y reflexión. Los encuentros se desarrollaban en varias localidades de Polonia y atraían a muchos jóvenes. Yo participé muchas veces y les ayudé en su organización también desde el punto de vista económico. Tengo un buen recuerdo de aquellos encuentros. Siempre me ha gustado cantar. A decir verdad, cantaba cada vez que las circunstancias me lo permitían. Pero ha sido sobre todo con los jóvenes con los que siempre he cantado a gusto. Los textos eran diversos, dependía de las circunstancias: junto al fuego eran cantos populares, los de los scouts; con ocasión de las fiestas nacionales, del aniversario del comienzo de la guerra o de la insurrección de Varsovia, se cantaban cantos militares y patrióticos. Entre estos, me gustaban de modo especial "Las amapolas rojas sobre Monte Cassino", "La primera brigada" y, en general, los cantos de insurrección y de los partisanos.
 El ritmo del año litúrgico, según su propio criterio, orienta la elección de los cantos. Por Navidad, en Polonia se cantan siempre muchos villancicos, mientras que antes de Pascua la liturgia nos sugiere canciones sobre la Pasión. Esos cantos antiguos encierran toda la teología cristiana. Son el tesoro de la tradición viva, que habla al corazón de cada generación y forma en la fe. En los meses de mayo y en octubre, además de los cantos marianos, en Polonia cantamos las letanías y las horas del Pequeño Oficio de la Santísima Virgen María. No es posible hacer una lista completa. ¡Cuánta riqueza de poesía hay en estos cantos populares utilizados hasta hoy! Como obispo procuré cultivar estas costumbres y los jóvenes se mostraban especialmente deseosos de continuar la tradición. Creo que, al mismo tiempo, sacaban provecho de aquel tesoro de fe sencilla y profunda, que nuestros antepasados plasmaron en los cantos.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Random House Mondadori, 2004, en traducción de Pedro Antonio Urbina Tortella. ISBN: 84-01-30530-6.]
 

lunes, 15 de enero de 2018

Cuentos de ayer y de hoy.- Ramón Carnicer (1912-2007)


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El ejemplo

«-Mi hijo será ingeniero naval -había anunciado la mamá de Julito, único descendiente del fallecido don Justo Lozano.
 Y por las trazas llevaba camino de serlo. Porque en el colegio todo entraba por igual en su voluminosa cabeza: las Matemáticas y el Latín, la Geografía y la Historia, la Agricultura, la Ética, el Derecho y la Terminología Científica, Industrial y Artística, inventada por un ministro que tenía la cabeza alargada hacia arriba, tal como la reflejan los divertidos espejos deformantes de las atracciones infantiles. ¡Y cómo salía toda aquella ciencia de labios de Julito! Sin la más mínima errata.
 -Veamos, Julito, el párrafo tercero de la rabia o hidrofobia -decía el profesor de Fisiología e Higiene con el libro de don Salustio Alvarado en la mano.
 -El microbio de la rabia vive en las células nerviosas del cerebelo, bulbo raquídeo y otros órganos nerviosos, determinando en ellas la formación de unos corpúsculos especiales, llamados, en honor de su descubridor, corpúsculos de Negri. En el interior de ellos descubrió Noguchi el diminutísimo agente de la enfermedad. La presencia de corpúsculos de Negri es tan constante en los animales atacados de hidrofobia, que para saber si un perro padece o no la enfermedad, basta enviar su cabeza a un instituto antirrábico.
 -¡Muy bien!
 Pero, ¿y si el perro no estaba rabioso?
 Los chicos fuertes y rebeldes miraban con asco a Julio. Los débiles y mansos lo miraban con admiración entristecida porque se sabían incapaces de aprender tan bien las lecciones.
 Julio era alto y gordo, sobre todo de piernas y trasero. Su cara, grande, se dislocaba a menudo en carcajadas bobas y sin motivo. Tenía una piel blanquísima y los chicos lo atribuían a la gran cantidad de leche que tomaba. En los recreos de la mañana y de la tarde aparecía siempre la criada con una botella, que Julito bebía con enorme avidez, y gran repugnancia de sus compañeros de colegio, que en general no lo podían ver.
 Y no por culpa de Julito, pues Julito no era malo. Cierto que era ridículo y tonto en los recreos, porque si bien no le faltaban fuerzas, inventaba unos juegos casi de niña y rehuía aquellos en que había peligro de romperse algo.
 La culpa, pues, era... ¡Dios sabe de quién era la culpa! De él y de ellos, de todos; de ese asunto complicado de estudiar y examinarse. Porque cuando llegaba la época de comparecer en el Instituto, todos volvían descalabrados de suspensos, menos Julito, para quien no había más nota que Matrícula de Honor.
 En realidad, y sin proponérselo, Julito era un mal ejemplo por excesivo, pues ¿cómo llegar a su enorme, a su portentosa capacidad de aprenderlo todo? El primer puesto de la clase resultaba inaccesible para los chicos que asistían a los mismos cursos que Julito. Todos aceptaban su superioridad; pero les era perjudicial porque desanimaba a los estudiosos y justificaba la pereza de los restantes en la manifiesta imposibilidad de ponerse a su nivel.
 Y lo peor era la prolongación de todo ello en la vida familiar. A cada momento y en particular al recibir las notas mensuales y las de los exámenes, se oía a los padres y a las madres de Villavieja:
 -¡Aprende de Julito! Ese sí que es un hijo bueno y trabajador! Será ingeniero naval, un sabio. ¿Y tú, qué serás? ¡Zapatero! Te aseguro que como no apruebes este año lo serás, porque te mandaré con Cosalinda.
 Julito no participaba en la vida de los chicos fuera del colegio. A la salida lo recogía su mamá o su criada, que lo habían llevado al entrar. Nunca "corría", pues, la clase para ir a nadar, robar almendrucos o garbear combustible para la hoguera de San Juan.
 Pero su sombra ejemplar los perseguía en el colegio y en casa entre improperios comparativos.
 -¡Burro! ¡Holgazán! ¡Aprende de Julito! ¡Mira el ejemplo de Julito! ¡Me avergüenzas! ¡Me obligarás a hacer un disparate!
 Los domingos, Julito iba a misa con su mamá despertando admiraciones por las calles. Julito sería algo grande, no había duda.
 Terminó el bachillerato cuando iba a cumplir dieciséis años, antes que ninguno de los compañeros con quienes había empezado. Y entonces ocurrió algo enteramente nuevo en Villavieja: Julito iría a Londres a hacerse ingeniero naval, pues Inglaterra era el país de los barcos. Todo lo pagaría su tío, un millonario que al fin se decidía a sufragar los estudios superiores del huérfano.
 Los chicos de Villavieja creyeron que la ausencia de Julito les daría cierta paz y los aligeraría de insultos. Pero no fue así. La aureola de Julito gravitaba como un recuerdo obsesionante en las aulas del colegio y en los comedores de las casas, y su madre no cesaba de recibir cartas con los incontables éxitos de Julito: su rapidísimo aprendizaje de la lengua inglesa, la admiración de los profesores británicos ante la inaudita disposición para las matemáticas de aquel joven del Continente... Y las grandes noticias culminaron con la de que no sólo había ingresado en la escuela de ingenieros navales con el número uno, sino que ante lo excepcional del examen habían acordado concederle una medalla de oro.
 Los chicos de Villavieja, luchando a brazo partido con su bachillerato, estaban abrumados de vergüenza.
 Y, al fin, transcurridos dos años desde su marcha, regresó Julito a Villavieja. ¿Pero qué súbita modestia había acometido a la viuda de Lozano para que apenas saliera a la calle? Y lo mismo a Julito, que con aire grave y muy transformado -delgado y más alto-, con un traje apretado y un chaleco color canario rehuía la conversación sobre su dorada ingeniería.
 Pasados unos meses, se supo que Julito no volvería a Londres y que se trasladaría a Zaragoza para hacerse abogado.
 Más tarde llegaron noticias de la cólera de don Camilo, el tío de Julito, y tiempo después se conoció la historia completa de las calaveradas de Julito, unas calaveradas tontas a las que se lanzó al verse libre de la mano de su mamá y de las botellas de la mañana y de la tarde. En lugar de tomar leche, se dio a tomar el five o'clock tea con limón en compañía de unos jóvenes ingleses tocados de manías nobiliarias y genealógicas, lo mismo que la viuda de Lozano. Enfrascado en ellas, decidió titularse conde de Trabadelo y hacerse las correspondientes tarjetas en inglés, Count of Trabadelo.
 Con sus tarjetas, sus trajes apretados, sus chalecos fantasía, sus paraguas sutiles y finos como lápices y la admiración beata que los títulos despiertan en los ingleses, Julito había pasado dos años en Inglaterra yendo de una party a otra con los dineros que mandaba don Camilo y sin estudiar una palabra, hasta que éste, en un viaje a la isla, descubrió la farsa ridícula en que vivía su sobrino y lo devolvió a su mamá, a Villavieja.
 Después de esto, ya en el Continente, Julito encontró su juicio, que fue madurando y encajándose en el estudio de cánones y fórmulas jurídicas y llegó a hacerse abogado, y no malo.
 Pero antes hizo muy felices a los chicos perezosos de Villavieja, que a las reconvenciones y voces de los padres tocantes a que había que romperse los codos para ser hombre, replicaban irónicos:
 -¡Sí, como Julito Lozano!»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Plaza&Janés, 1977. ISBN: 84-01-44190-0.]