lunes, 17 de mayo de 2021

El misántropo.- Molière (1622-1673)


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Acto Primero

Escena I

 «Filinto: Sinceramente, no creo que mi actuación merezca la horca, y os ruego que os mostréis benevolente y me concedáis la indulgencia de no tener que ahorcarme por semejante nimiedad.
 Alcestes: ¡Qué poca gracia tiene vuestra ocurrencia!
 Filinto: Pero, hablando en serio, ¿cómo proponéis que actúe?
 Alcestes: Quiero que seáis sincero, y que, como hombre de honor, no digáis palabras que no os salgan del corazón.
 Filinto: Cuando un hombre viene a abrazaros gozoso, lo lógico es pagarle con la misma moneda, responder como se pueda a sus efusiones, y devolver cumplido por cumplido y promesa por promesa.
 Alcestes: No, no puedo soportar esa forma de actuar cobarde que finge la mayoría de los que, como vos, presumís de seguir la moda. Y nada aborrezco tanto como las contorsiones de todos esos grandes gesticuladores al uso, esos individuos especializados en repartir pródigos abrazos, esos complacientes voceros de palabras huecas, que con todos rivalizan en cortesías y tratan de igual modo al hombre honesto que al fatuo. ¿Qué provecho supone que un hombre os agasaje, os jure amistad, fidelidad, celo, estima, ternura y se deshaga en elogios sobre vuestra persona, si os consta que hace lo mismo con cualquier pelele? No, no, no existe ningún alma mínimamente digna que acepte una estima así prostituida, y la más insigne tiene por baratos esos dones, desde el momento en que ve que se la mezcla con todo el universo. La verdadera estima consiste en preferir a uno frente a los demás, y el que estima a todos es porque no estima a nadie. Y ya que incurrís en estos vicios de la época, perdonad que no os considere de los míos. Rechazo la excesiva complacencia de un corazón que es incapaz de discernir los méritos. Quiero que me distingan y, hablándoos con franqueza, os diré que ser amigo del género humano no es algo que me caracterice.
 Filinto: Pero, cuando se vive en sociedad, se hace imprescindible cumplir con los convencionalismos que las circunstancias exigen.
 Alcestes: Os digo que no. Se debería castigar sin piedad ese vergonzoso comercio de fingidas amistades. Quiero que por encima de todo seamos hombres, y que, en toda circunstancia, en nuestras palabras se revele el fondo de nuestro corazón, que sea él quien hable, y que nuestros sentimientos jamás se enmascaren bajo vanos cumplidos.
 Filinto: En muchas circunstancias, la franqueza absoluta resulta ridícula y fuera de lugar; y a menudo, mal que le pese a vuestro austero honor, no está de más ocultar lo que se lleva en el alma. ¿Sería oportuno y decoroso decir a mil personas todo lo que pensamos de ellas? Y cuando alguien nos desagrada y nos parece odioso, ¿debemos decírselo con sinceridad absoluta?
 Alcestes: Sí.
 Filinto: ¡Cómo! ¿Iríais a decirle a la vieja Emilia que a su edad le sienta mal ir dándoselas de coqueta, y que los afeites que usa escandalizan a cuantos la conocen?
 Alcestes: Sin duda.
 Filinto: ¿Y a Dorilas, tan inoportuno generalmente, le echaríais en cara que lo es y que no hay oídos en la corte a los que no agobie hablándoles de su valor y de su excelsa estirpe?
 Alcestes: Podéis estar seguro.
 Filinto: Bromeáis.
 Alcestes: No bromeo en absoluto y, en lo que a eso respecta, no hago excepción con nadie. Me hace daño a la vista, y la ciudad y la corte sólo me dan motivos para revolverme la bilis: caigo en un humor negro, en una honda pena, cuando veo convivir a los hombres como ahora lo hacen. Por doquier no encuentro más que adulación cobarde, injusticia, intereses, traición y bellaquería. No puedo soportarlo, me enfurezco, y ganas me dan de cantar las verdades del barquero a todo el género humano.
 Filinto: Ese filosófico enfado está un tanto fuera de lugar. Me río de los negros arrebatos a los que os entregáis, y me parece ver en nosotros dos, educados de igual forma, a esos dos hermanos que aparecen en La escuela de los maridos, cuyos…
 Alcestes: ¡Por Dios! Ya basta de insulsas comparaciones.
 Filinto: No, si no renunciáis de una vez a todas estas extravagancias. El mundo no ha de cambiar por mucho que os empeñéis. Y ya que tan preciada os resulta la franqueza, os diré que vuestra enfermedad provoca la risa allá por donde vais, y que tamaña inquina contra los usos mundanos os pone abiertamente en ridículo ante mucha gente.
 Alcestes: Tanto mejor, ¡pardiez! Tanto mejor, eso es lo que pido. Esa es muy buena señal para mí, y no puedo menos de alegrarme: hasta tal punto me son odiosos todos los hombres, que me disgustaría parecerles sensato.
 Filinto: ¡Detestáis, pues, al género humano!
 Alcestes: Desde luego. He concebido por él un odio espantoso.
 Filinto: ¿Y todos los pobres mortales, sin excepción alguna, os merecen semejante aversión? ¿No hay acaso nadie en el siglo en que nos hallamos…?
 Alcestes: No. Mi aversión es general, y los odio a todos: a unos por ser malvados y dañinos, y a los otros por ser complacientes con los malos y no sentir por ellos ese odio vigoroso que debe provocar el vicio en las almas virtuosas. No podéis imaginar cómo se nota, en ese perfecto canalla con quien pleiteo, el injusto abuso de esta complacencia: a través de su máscara se adivina al traidor, y por doquier saben todos aquello de lo que es capaz; tan solo quienes no son de aquí se dejan impresionar por sus miradas lánguidas y su tono melifluo. Sabido es que ese patán, digno de que Dios lo confunda, con sucios manejos medró en la sociedad, y que su fortuna, revestida de un dudoso esplendor, al mérito escarnece y a la virtud deshonra. Por más que en todas partes le otorguen títulos viles, su miserable honor no encuentra crédito en nadie. Llamadle bellaco, infame y alevoso maldito, todos estarán de acuerdo y nadie os desmentirá. Y, sin embargo, su rostro melindroso es bien recibido allá donde va: por todas partes se le acoge, se le festeja, con todos se insinúa, y si hay un puesto que conseguir, no repara en artimañas, burlando al hombre más honrado. ¡Vive Dios que me hiere y me disgusta mortalmente ver la complacencia que se tiene con el vicio, hasta el punto de que a veces me sobrevienen súbitos impulsos de huir a un desierto, lejos del contacto de los hombres!
 Filinto: ¡Dios mío! Dejemos de afligirnos por las costumbres de la época, y concedamos un poco más de crédito a la naturaleza humana; no la examinemos con tanto rigor, y miremos con cierta indulgencia sus defectos. Vivir en sociedad exige una mínima virtud. A fuerza de cordura, podemos hacernos insufribles. La perfecta razón huye de todo extremo, y exige que seamos sensatos y a la par comedidos. Ese rigor tan grande de la virtud antigua choca demasiado en nuestro siglo con las costumbres al uso; exige demasiada perfección a los mortales: hay que plegarse sin obstinación a los nuevos tiempos, ya que es una locura sin igual empeñarse en corregir el mundo. Como vos, yo observo cada día cien cosas que podrían mejorarse de seguir otros rumbos; mas, aunque a cada paso se nos presentase alguna de ellas, en modo alguno me verían enfurecerme como lo estáis vos. A los hombres los tomo sencillamente como son; acostumbro a mi alma a soportar lo que hacen, y creo que, en la ciudad lo mismo que en la corte, mi flema es tan filosófica como abundante vuestra bilis.
 Alcestes: Mas esa flema, señor, que tan bien razona, ¿no podría acalorarse por nada? Y si, por un suponer, un amigo os traiciona; si, para entrar a saco en vuestros bienes, os tienden alguna celada o intentan propalar rumores malignos sobre vos, ¿lo veríais sin encolerizaros?
 Filinto: Por supuesto que no, ya que considero esos defectos contra los que vuestra alma se subleva como vicios inherentes a la naturaleza humana. Y mi espíritu, por consiguiente, no se siente más herido al ver a un hombre artero, injusto e interesado, que ante el espectáculo de unos buitres ansiosos de carnaza, de unos monos dañinos o de unos lobos feroces.
 Alcestes: Me decís, pues, que es posible verse traicionado, escarnecido, robado, sin que… ¡Maldita sea!, no quiero seguir hablando, hasta tal punto me siento en desacuerdo con vuestro razonamiento.
 Filinto: Haréis bien, a fe mía, en guardar silencio, enojaros menos con vuestro interlocutor y dedicar una parte de vuestros afanes a ganar vuestro pleito.
 Alcestes: No se los dedicaré; es cosa decidida.
 Filinto: ¿Y quién queréis entonces que abogue por vos?
 Alcestes: ¿Que quién? La razón, la equidad, mi justo derecho.
 Filinto: Entonces, ¿no vais a hablar previamente con ningún juez?
 Alcestes: No. ¿Es acaso mi causa injusta o dudosa?
 Filinto: En eso estoy plenamente de acuerdo con vos, pero ya se sabe lo que pasa en los litigios…
 Alcestes: No. Ya he decidido no dar ni un solo paso. O tengo razón o no la tengo.
Resultado de imagen de el misantropo vicens vives Filinto: Yo, en vuestro lugar, no me fiaría tanto.
 Alcestes: No moveré ni un dedo.
 Filinto: Vuestro enemigo es poderoso y puede, con sus manejos, arrastrar…
 Alcestes: No me importa.
 Filinto: Creo que os engañáis.
 Alcestes: Es posible. Pero ya veremos cómo acaba.
 Filinto: Sin embargo…
 Alcestes: Tendré incluso el placer de perder mi pleito.
 Filinto: Pero bueno…
Alcestes: Ese pleito me permitirá ver si los hombres tienen el suficiente descaro y son lo bastante perversos, infames y malvados como para cometer conmigo semejante injusticia ante el universo entero.
 Filinto: ¡Qué hombre este!
 Alcestes: Y os diré más: me gustaría, por muy caro que me cueste, perder el proceso para asistir a semejante felonía.
 Filinto: De veras, Alcestes: se reirían de vos si os oyeran hablar de esa manera.
Alcestes: Pues tanto peor para quien se riera.
 Filinto: (Después de una pausa.) Pero esa rectitud que tan estrictamente exigís en todo, ese absoluto rigor del que hacéis gala, ¿lo encontráis en la mujer que amáis? Me asombra que estando, como parece, tan ardorosamente reñidos vos y el género humano, y pese a todo cuanto pueda hacéroslo odioso, hayáis dado en él con alguien capaz de seducir vuestra mirada; y lo que me sorprende aún más es la extraña lealtad a la que vuestro corazón se entrega. La sincera Elianta siente por vos un gran afecto; la pudibunda Arsinoe os mira con gran dulzura, y, sin embargo, vuestra alma rechaza sus afanes, mientras en sus lazos la enreda Celimena, cuya coquetería y maldiciente espíritu tan bien parecen acomodarse a las costumbres del momento. ¿A qué se debe que, detestando tan mortalmente los defectos humanos, podáis soportar con tanta ligereza los de esa beldad? ¿No os parecen ya defectos en tan dulce persona? ¿Es que no los veis? ¿O acaso los disculpáis?
 Alcestes: No, el amor que siento por esa joven viuda no me ciega en ningún momento ante los defectos que en ella encuentran mis ojos, y, pese a la gran pasión que me inspira, yo soy el primero en verlos y también en condenarlos. Pero, con todo esto, y por mucho que haga, confieso mi debilidad: tiene el arte de seducirme. Por más que vea sus defectos, por más que se los censure, a pesar de todo sabe hacerse amar. Su gracia es más fuerte que esos defectos, y sin duda alguna mi pasión podrá purgar su alma de los vicios de esta época.
 Filinto: Si lo lográis, no habréis hecho poco. Así pues, ¿creéis que ella os ama?
 Alcestes: ¡Desde luego que sí! No la amaría si no creyera ser correspondido.
 Filinto: Pero si es tan notorio su afecto hacia vos, ¿por qué vuestros rivales os causan tanto enojo?
 Alcestes: Pues porque un corazón verdaderamente enamorado exige una entrega absoluta, y sólo he venido hasta aquí para decirle todo lo que mi pasión me inspira sobre este asunto.
 Filinto: Por mi parte, si tuviera que formular mis deseos, dedicaría todos mis suspiros a su prima Elianta. Su corazón, que os estima, es firme y sincero: elegirla habría sido más conforme con vuestro carácter.
 Alcestes: Es verdad: mi razón me lo dice a diario. Pero no es la razón la que rige el amor.
 Filinto: Temo mucho por esa pasión vuestra, y las esperanzas que abrigáis podrían verse…
 (Aparece Oronte.)»
  
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Vicens-Vives, 2015, en traducción de Juan Bravo Castillo, pp. 3-12. ISBN: 978-84-6822-220-2]

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