jueves, 12 de noviembre de 2020

La expedición de Humphry Clinker.- Tobias Smollett (1721-1771)

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Tercer volumen
Para el Dr. Lewis

  «"Si la pobreza es motivo de censura, se deduce que la riqueza es objeto de estima y veneración. En ese caso, hay judíos y otras gentes en Amsterdam y Londres, enriquecidos mediante la usura, el desfalco y diversos tipos de fraude y extorsión, que son más respetables que los miembros más virtuosos e ilustres de la comunidad. Un absurdo que nadie que esté en sus cabales se atrevería a sostener. Las riquezas en absoluto son prueba de mérito alguno: es más, a menudo (si no por lo general) las consiguen personas de espíritu miserable y escaso talento; tampoco le confieren ninguna valía intrínseca al poseedor sino que, al contrario, tienden a pervertir su inteligencia y vuelven su conducta más depravada. Pero si admitiéramos que la pobreza fuese realmente un asunto reprochable, no se la puede imputar con justicia a Escocia. Ningún país es pobre si consigue abastecer a sus habitantes de lo indispensable para vivir e incluso dispone de artículos para exportar. Escocia es rica en privilegios naturales: produce todo tipo de víveres en abundancia, inmensas manadas de vacas y rebaños de ovejas, así como un gran número de caballos, cantidades ingentes de lana y lino, junto con abundante madera de soto y, en algunos lugares, vastos bosques de árboles de monte. La tierra aún es más rica bajo la superficie que encima de ella. Contiene reservas inagotables de carbón, piedra arenisca, mármol, plomo, hierro, cobre y plata, además de algo de oro. El mar abunda en pescado excelente y sal para curarlo de cara a la exportación; y hay calas y puertos a lo largo de todo el reino, que permiten una navegación cómoda y segura. La faz del país muestra un sorprendente número de ciudades grandes y pequeñas, villas y pueblos, que hierven de gente; y no parece haber escasez de arte, industria, gobierno y orden público; un reino así no puede nunca ser considerado pobre en sentido alguno del término, aunque haya otros mucho más poderosos y opulentos. Y, sin embargo, el uso apropiado de esas ventajas y la actual prosperidad de los escoceses ¡parece usted atribuirlos a la unión de los dos reinos!"
 Yo señalé que imaginaba que él no negaría que el país presentaba un aspecto muy mejorado, que la gente vivía mejor, tenía más comercio y una mayor cantidad de dinero circulando que antes de la unión. "Puedo aceptar sin problema esas premisas", contestó el teniente, "sin necesidad de suscribir su deducción. La diferencia que usted menciona considero que se debe a un proceso natural de mejora. Desde aquel período, otras naciones, tales como los suecos, los daneses y en particular los franceses, han visto incrementarse su comercio enormemente, sin que se atribuyera esto a una causa semejante. Antes de la unión, reinaba entre los escoceses un extraordinario espíritu comercial, como se pudo ver en el caso de su compañía Darien -en la cual habían invertido no menos de cuatrocientas mil libras esterlinas- y en el estado floreciente de las ciudades marítimas del distrito de Fife así como de la costa este, enriquecidas por sus relaciones mercantiles con Francia, que se interrumpieron a consecuencia de la unión. La única ventaja comercial sólida que se obtuvo de esa medida fue el privilegio de comerciar con las plantaciones inglesas; no obstante, exceptuando a Glasgow y Dumfries, no sé de ninguna ciudad escocesa involucrada en ese tráfico. En otros aspectos, considero que los escoceses salieron perdiendo con la unión. Perdieron la independencia de su estado, que es el mayor soporte del espíritu nacional; perdieron su parlamento; y sus tribunales de justicia fueron sometidos a la revisión y supremacía de un tribunal inglés".
 "Sin acritud, capitán", protesté, "no se puede decir que hayan ustedes perdido su parlamento, cuando están representados en el de Gran Bretaña". "Cierto", respondió él con una sonrisa sarcástica, "en los debates de rivalidad nacional, los dieciséis pares y cuarenta y cinco plebeyos de Escocia deben de constituir un número formidable en la proporción, frente al conjunto de la asamblea legislativa inglesa". "Sea como fuere", observé, "mientras tuve el honor de tener un escaño en la cámara baja, los miembros escoceses siempre tenían a la mayoría de su lado". "Le comprendo, señor", replicó él, "generalmente se alían con la mayoría; tanto peor para sus electores. Pero ni siquiera éste es el peor mal que han sufrido a causa de la unión. Su comercio ha tenido que cargar con tributos gravosos y cada artículo de la vida diaria se ha visto gravado con fuertes impuestos para pagar el interés de numerosas deudas contraídas por los ingleses, en apoyo de medidas y relaciones en las que los escoceses no tenían ni interés ni implicación". Le rogué que al menos concediera que con la unión los escoceses pasaban a disfrutar de todos los privilegios y exenciones de los súbditos ingleses, por medio de los cuales una multitud de ellos disponían de un medio de vida en el ejército y la marina, y ganaban una fortuna en diferentes partes de Inglaterra y sus dominios". "Todos esos", dijo él, "se convierten en súbditos ingleses a todos los efectos y en gran medida los pierde su madre patria. El espíritu explorador y aventurero siempre ha sido innato a los oriundos de Escocia. Si no hubieran encontrado el estímulo de Inglaterra, habrían servido y se habrían asentado, como hacían anteriormente, en otro países, tales como Moscovia, Suecia, Dinamarca, Polonia, Alemania, Francia, Piamonte e Italia, naciones en todas las cuales sus descendientes continúan prosperando hasta el día de hoy".
Resultado de imagen de tobias smollett la expedición de  A estas alturas mi paciencia empezaba a flaquear y exclamé: "¡Por Dios bendito! ¿Y qué ha obtenido Inglaterra de esta unión que, según usted, ha traído tantas desgracias a los escoceses?" "Grandes y múltiples son las ventajas que la unión le brinda a Inglaterra", dijo Lismahago en tono solemne; "en primer lugar, el establecimiento de la sucesión protestante, asunto que el gobierno inglés condujo con tal afán que no quedó piedra por mover para camelar y sobornar a unos cuantos hombres destacados, al objeto de embutir la unión en la nación escocesa, la cual sentía una increíble antipatía por dicho recurso. Los ingleses ganaron con ella una considerable ampliación de territorio, extendiendo sus dominios hasta el mar por todos los lados de la isla, cerrando así todas las puertas traseras a las iniciativas de sus enemigos. Consiguieron la adhesión de más de un millón de súbditos útiles, que constituían un plantel inagotable de marineros, soldados, jornaleros y mecánicos, valiosísima adquisición para un país comercial, expuesto a guerras exteriores y obligado a mantener numerosos asentamientos en las cuatro esquinas del planeta. En el curso de siete años, durante la última guerra, Escocia suministró al ejército y la marina  inglesas setenta mil hombres, además de los que emigraron a las colonias o se mezclaron con ellos en su tierra en las secciones civiles de la vida. Ésta fue una contribución muy considerable y oportuna para una nación cuya población había ido disminuyendo desde hacía años y cuyas tierras y fábricas sufrían de hecho una escasez de mano de obra. No necesito recordarle la trillada máxima de que, para un país en esa situación, la aportación de personas trabajadoras equivale a la provisión de riqueza; ni repetir la observación, que ahora ya se acepta como una verdad eterna incluso entre los propios ingleses, de que los escoceses que se establecen en el sur de Gran Bretaña son increíblemente sensatos, disciplinados y laboriosos".
 Reconocí la verdad de este comentario, añadiendo que por su laboriosidad, sentido del ahorro y cautela, muchos de ellos, en Inglaterra, al igual que en las colonias, amasaban grandes fortunas con las que regresaban a su propio país y esto se perdía para el sur de Gran Bretaña. "Permítame asegurarle, señor", dijo él, "que en los hechos está usted equivocado y que su deducción es errónea. Ni uno de cada doscientos de los que abandonan Escocia vuelve jamás a establecerse en su propio país; y los pocos que lo hacen no llevan consigo nada que pueda en absoluto disminuir el capital del sur de Gran Bretaña, pues ninguno de sus tesoros se queda estancado en Escocia. Hay una circulación continua, como la de la sangre en el cuerpo humano, e Inglaterra es el corazón al que vuelven a parar todos los flujos que distribuye".»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de KRK Ediciones, 2013, en traducción de Marta Mateo Martínez-Bartolomé, pp. 726-733. ISBN: 978-84-8367-430-7.]
 

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