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domingo, 22 de febrero de 2026

Crítica de la teoría del desarrollo.- Peter T. Bauer (1915-2002)

Capítulo VII.- La economía como forma de asistencia técnica
7.- Importancia de los principios fundamentales

  «Hice notar anteriormente la importancia del conocimiento de algunos principios simples, pero fundamentales, de la economía. Son dos las razones en las que se funda mi insistencia sobre este asunto, pero me gustaría antes resaltar una característica de la economía que puede servir para prevenir determinadas objeciones a lo que sigue.
 Esta característica es la de que en economía el progreso va a menudo seguido de una importante recaída, de una nueva aceptación de errores ya demostrados. Este fenómeno ha sido notado por los economistas tan dispares, en cuanto a perspectiva e intereses, como D.H. Robertson, el profesor Milton Friedman y el señor G.D.N. Worswick. Dicha característica revela una dificultad en la utilización de la economía como forma de asistencia técnica. En tecnología o en una materia técnica los especialistas se basan en ideas y métodos acordados y establecidos de antemano y avanzan a partir de estas bases establecidas. Esta condición se da mucho menos en economía, incluso a nivel elemental.
 La primera razón para insistir en los elementos simples de la economía es el error que cometen a menudo los economistas al valorar las dificultades de los profanos (incluso si son inteligentes, cultos y experimentados) para el manejo de ideas y conceptos económicos. Generalmente los que no son economistas, los políticos y gobernantes en particular, encuentran a menudo difícil considerar la oferta, la demanda y el precio como una relación funcional, o reconocer o admitir el concepto de las alternativas sacrificadas, o recordar la consideración conexa de que, debido a que el problema económico es un problema de asignación y no de prioridades, el significado económico de una unidad de un bien depende más del número que de la clase. A menudo también pasan por alto la aplicabilidad de distinciones tales como la que existe entre rentas de escasez, por un lado, y beneficios monopolísticos, por otro.
 Estas dificultades explican en parte el carácter artificioso de la economía elemental que, si bien no presenta serias pretensiones intelectuales, escapa muchas veces a los profanos que tratan de abordarla, de modo parecido a como una pastilla de jabón, al caer en la bañera, se escurre entre los dedos de la persona que trata de cogerla.
 La segunda razón, y mucho más preocupante, que justifica la necesidad de subrayar la importancia de los enunciados aparentemente trillados y elementales de la economía reside en el hecho de que en los últimos veinte años los propios economistas han ignorado a menudo dichos enunciados. Este descuido es particularmente notable en la literatura sobre el desarrollo, especialmente en las obras sobre asistencia técnica, que abundan en ejemplos de olvido de las simples relaciones de la economía elemental (7). 
 Se halla también muy extendida la práctica de tratar una actividad o un output como una adición neta al output total, renta o riqueza, sin tener en cuenta los empleos alternativos de los recursos, es decir, el coste. Este procedimiento es casi universal en la literatura contemporánea sobre la industrialización patrocinada por el estado y sobre el establecimiento de sociedades mercantiles nacionales, estatales o subvencionadas por el estado, en que raramente son objeto de discusión las fuentes o utilizaciones alternativas del capital requerido. Otro ejemplo destacado de la práctica de descuidar  los costes lo ofrece la terminología o nomenclatura de numerosas organizaciones e instituciones oficiales denominadas bancos de desarrollo o agencias de desarrollo en los países subdesarrollados. Sus fondos suelen proceder en gran parte de la imposición (a veces de empréstitos garantizados oficialmente) sobre actividades productivas, principalmente la producción y comercialización de cosechas para el mercado, instrumento principal del progreso material en los países subdesarrollados. Estas instituciones financian a menudo actividades políticamente populares pero antieconómicas, o partidos políticos, o el gasto de personas influyentes. El llamarlas organizaciones de desarrollo prejuzga los resultados de sus operaciones. Olvidar el coste de los recursos puestos a disposición de estas organizaciones (en el sentido de usos alternativos de estos recursos) impide una valoración válida de sus actividades.
 No obstante, un reconocimiento firme de que los recursos son limitados y de que sus usos tienen que ser valorados en términos de alternativas sacrificadas es quizá la idea más fundamental en economía. Su omisión afecta al fondo de la ciencia económica como doctrina sistemática. En general se lee más acerca de necesidades, demandas y ofertas (casi con un lenguaje militar, y un lenguaje militar pasado de moda), que acerca de la oferta y demanda como función de los costes, precios y rentas.» 

  (7) Para mencionar uno de los muchos ejemplos: en un bien conocido informe del Banco Mundial sobre Nigeria figura una larga discusión sobre los factores que influyen en el output agrícola de dicho país. Los factores enunciados comprenden las condiciones climáticas, el suministro de agua, las enfermedades de las plantas, los métodos de cultivo y la investigación agrícola. No se menciona el precio recibido por el productor.

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Orbis, 1983, en traducción de Paolo Donatelli, Graziella Costa y José García-Durán, pp. 401-404. ISBN: 84-7530-431-1.]

domingo, 17 de diciembre de 2023

Continente salvaje.- Keith Lowe (1970)


Keith Lowe
Parte I: El legado de la guerra

3.-Desplazamiento

 «Si la Segunda Guerra Mundial mató más europeos que cualquier otra guerra de la historia, fue también la causa de algunos de los mayores movimientos de población que el mundo ha visto nunca. En la primavera de 1945, Alemania estaba atestada de trabajadores extranjeros. Al final de la guerra el país tenía casi ocho millones de obreros forzados traídos de todos los rincones de Europa para trabajar en las fábricas y granjas alemanas. Sólo en el oeste de Alemania, la UNRRA, la Administración de las Naciones Unidas para el Socorro y la Reconstrucción, atendió y repatrió a más de 6,5 millones de desplazados. La mayoría de ellos procedía de la Unión Soviética, Polonia y Francia, aunque también había un número importante de italianos, belgas, holandeses, yugoslavos y checos. Una gran proporción de estos desplazados eran mujeres y niños. Uno de los muchos aspectos que hacen que la Segunda Guerra Mundial sea única entre las guerras modernas es el hecho de que se hizo prisionera a una gran cantidad de civiles además de los prisioneros militares tradicionales. En efecto, las mujeres y los niños, así como los hombres, fueron tratados como botín de guerra. Fueron esclavizados de un modo que no se había visto en Europa desde la época del Imperio romano.
 Para hacer la situación en Alemania aún más complicada, millones de alemanes fueron desplazados dentro de su propio país. A principios de 1945 se calculaba que había 4,8 millones de refugiados internos, sobre todo en el sur y el este, que habían sido evacuados de las ciudades bombardeadas y cuatro millones más de alemanes desplazados que habían huido de las zonas de influencia orientales del Reich por miedo al Ejército Rojo. Cuando añadimos los casi 275.000 prisioneros de guerra británicos y americanos, esto hace un total de al menos 17 millones de desplazados sólo en Alemania. Esta es una estimación bastante conservadora, y otros historiadores han dado cifras mucho más elevadas. Según un estudio, en el conjunto de Europa más de 40 millones de personas fueron desplazadas a la fuerza durante periodos de mayor o menor duración en el transcurso de la guerra.
 A medida que se acercaba el fin de las hostilidades, enormes cantidades de gente salieron a las carreteras para empezar el largo viaje a casa. A mediados de abril de 1945, Derek Henry, zapador británico con los Ingenieros Reales, empezó a encontrar grupos de desplazados cerca de Minden.
  Nos dijeron que estuviéramos al acecho de grupos aislados de soldados alemanes que seguían presentando batalla, pero afortunadamente todo lo que encontramos fueron miles de desplazados y refugiados de todas las nacionalidades dirigiéndose hacia nosotros y al oeste: búlgaros, rumanos, rusos, griegos, yugoslavos y polacos —de todo, estaban ahí, algunos en grupos pequeños de dos o tres, cada uno con su fardo lastimoso de pertenencias amontonadas en una bici o una carreta, otros en grupos grandes hacinados en autobuses repletos o en la parte posterior de los camiones, era interminable. Siempre que nos deteníamos se abalanzaban sobre nosotros con la esperanza de que les diésemos comida.
  Tiempo después, según el agente de inteligencia estadounidense Saúl Padover, “miles, decenas de miles, en definitiva millones de esclavos liberados salieron de las haciendas, las fábricas y las minas y se echaban en tropel a las carreteras”. Las reacciones ante este enorme torrente de desplazados fueron muy distintas dependiendo de las personas que lo presenciaron. En opinión de Padover, que tenía poco tiempo para los alemanes, fue “tal vez la emigración más trágica de la historia” y sencillamente una prueba más de la culpabilidad alemana. Era comprensible que la población local viera con nerviosismo esos grandes grupos de extranjeros descontentos para la que representaban una amenaza. “Parecían criaturas salvajes”, escribió una alemana después de la guerra, “podrían dar miedo.” Para las autoridades agobiadas del gobierno militar cuya tarea era lograr algún tipo de control sobre ellos, eran simplemente una “multitud”. Llenaban las carreteras, que ya estaban demasiado deterioradas para darles cabida, y sólo podían alimentarse saqueando y robando tiendas, almacenes y granjas a lo largo del camino. En un país en el que los sistemas administrativos se habían venido abajo, la policía local había sido asesinada o encarcelada, en el que no existía alojamiento, y donde los alimentos ya no se distribuían, representaban una carga intolerable y una amenaza insoportable para el estado de derecho.
 Pero así es como veían a esta gente desde fuera. Para los propios desplazados, eran simplemente personas que trataban de encontrar el modo de ponerse a salvo. Soldados franceses, británicos o americanos recogían a los afortunados y los llevaban a centros para desplazados en el oeste. Pero en muchísimos casos no había suficientes soldados aliados para ocuparse de ellos. Cientos de miles fueron de hecho abandonados a su suerte. “No había nadie”, recuerda Andrzej C, que sólo tenía nueve años cuando finalizó la guerra. El, su madre y su hermana habían sido trabajadores forzados en una granja de Bohemia. En las últimas semanas de la guerra les reunieron y les llevaron a la ciudad de los Sudetes de Karlsbad (la moderna Karlovy Vary, en la República Checa), donde los últimos guardias alemanes les abandonaron. “Nos encontramos en un vacío. No había rusos, ni americanos, ni británicos. Un vacío absoluto.” Su madre decidió dirigirse al oeste, hacia las líneas americanas, porque pensaba que sería más seguro que ponerse en manos de los soldados rusos. Pasaron varias semanas andando por Alemania, cruzando una y otra vez las líneas americanas a medida que las tropas estadounidenses se replegaban hacia la zona de ocupación que tenían asignada. Andrzej recuerda esto como una época de inquietud, mucho más estresante incluso que ser prisionero de los alemanes.
 Realmente fue una época de hambre porque no había nada. Mendigábamos, robábamos, hacíamos lo que podíamos. Sacábamos patatas de los campos... Solía soñar con comida. Puré de patata con beicon por encima —eso era el summum. No se me ocurría nada mejor. ¡Un montón de excelente puré de patata humeante!
 Viajaba con una multitud de refugiados compuesta de grupos separados que parecían no mezclarse unos con otros. Su grupo lo formaban unas 20 personas, muchas de ellas polacas. La gente del lugar que pasaba por el camino distaba mucho de simpatizar con su difícil situación. Cuando a Andrzej le adjudicaron la tarea de apacentar un caballo que había comprado un hombre de su grupo, un campesino alemán le gritó: “¡Largo de aquí!”. En otros momentos les negaron el agua, los perros les atacaban y, como eran polacos, hasta les echaban la culpa de empezar la guerra y hacer caer esta completa desgracia sobre Alemania—una acusación que debieron haber considerado doblemente irónica dada la enorme desigualdad de sus dificultades relativas.
 Lo que vio Andrzej durante su mes largo de caminata hacia la seguridad quedó marcado en su memoria. Recuerda pasar por un hospital de campaña alemán en un bosque, donde vio a hombres con los brazos rotos en jaulas metálicas, algunos estaban vendados de pies a cabeza, otros “apestando a demonios, descomponiéndose en vida”. No había nadie allí para ayudarles porque todo el personal médico había huido. Recuerda llegar a un campo de prisioneros de guerra polaco donde los internos se negaban a salir, a pesar de que las puertas estaban abiertas de par en par, porque nadie les había dado la orden de hacerlo. “Eran soldados y pensaban que alguien iba a darles la orden de marchar a alguna parte. Quién —dónde— no tenían ni idea. Estaban completamente perdidos.” Vio grupos de prisioneros con sus pijamas a rayas, que aún trabajaban los campos bajo la supervisión de civiles alemanes. Posteriormente, se adentró en un valle en el que miles y miles de soldados alemanes estaban sentados tranquilamente, algunas hogueras esparcidas entre ellos, y custodiados sólo por un puñado de policías militares americanos.
 Cuando por fin pasaron los puestos de control americanos de Hof, en Baviera, les enviaron a un edificio con una bandera roja ondeando sobre él. Esto produjo unos momentos de pánico porque su madre pensó que les iban a mandar a un campo ruso, hasta que se dio cuenta de que ésa era la bandera de la UNRRA —una bandera roja con una inscripción blanca. Al fin estaban a salvo.
 Los peligros y los apuros que tuvieron que superar los refugiados como Andrzej no deberían menospreciarse. Puede que no se hicieran evidentes de inmediato para un niño de nueve años, pero para las generaciones mayores eran demasiado obvios. El señor y la señora Druhm eran berlineses y tenían cerca de setenta años cuando terminó la guerra. Después de pasar un corto periodo de tiempo rodeados del desorden del Ejército Rojo, decidieron arriesgarse a viajar a casa de su hija al otro lado del Elba, a 144 kilómetros de distancia. No fue una decisión tomada a la ligera, pero desde el primer momento su viaje estuvo lleno de dificultades, sobre todo una vez que llegaron al campo a las afueras de Berlín.
 En algunos lugares seguían produciéndose escaramuzas. Oíamos disparos y a menudo teníamos que parar hasta que se calmara. En estas zonas remotas los soldados no sabían que la guerra había terminado. Muchas veces los puentes habían desaparecido y las carreteras estaban tan dañadas que teníamos que volver y encontrar otra ruta... Tuvimos muchos incidentes lastimosos, como recorrer kilómetros penosamente y luego no poder seguir y tener que regresar. Una vez íbamos por una carretera principal ancha y absolutamente desierta. Vimos un gran panel escrito en ruso y seguimos, pero no nos sentíamos muy seguros. De repente nos gritaron. No vimos a nadie pero entonces una bala pasó zumbando al lado de mi oreja y me hizo un rasguño en el cuello. Nos dimos cuenta de que no deberíamos estar ahí, así que volvimos sobre nuestros pasos y dimos muchas vueltas para llegar donde queríamos.
 La devastación que encontraron por el camino dejaba entrever la violencia reciente, tanto de la guerra propiamente dicha como de las tropas rusas de ocupación.
CONTINENTE SALVAJE: EUROPA DESPUES DE LA SEGUNDA GUERRA MUNDIAL ...
  En los bosques había sofás y camas de plumas, colchones y almohadas, muchas veces reventados o rajados y las plumas estaban por todas partes, incluso en los árboles. Había cochecitos de niño, tarros de fruta en conserva, hasta motocicletas, máquinas de escribir, coches, carros, pastillas de jabón, montones de plumas estilográficas que ocultan una navaja en su interior y zapatos nuevos recién comprados... También vimos caballos muertos, algunos con un aspecto horrible y oliendo fatal...
 Y finalmente estaban los demás desplazados en la carretera, que representaban la misma amenaza potencial para una pareja de ancianos alemanes que los soldados rusos.
 Había mucha gente de todas las nacionalidades que iban en dirección contraria a la nuestra, la mayoría trabajadores forzados que iban a su casa. Muchos de ellos tenían bebés y robaban lo que querían, caballos y carros de los granjeros, a veces una vaca atada a la parte posterior, y utensilios de cocina. Parecían criaturas salvajes...
 Al menos, los Druhm tuvieron la ventaja de poder llamar a la puerta de los granjeros y pedir ayuda a sus compatriotas. La mayoría de estas “criaturas salvajes” no tenía otra opción que robar a la población local. No eran bien recibidos y, en todo caso, después de haber sido tratados brutalmente por los guardias alemanes, no estaban dispuestos a confiar en ningún alemán en absoluto.
 Una de estas personas era Marilka Ossowska, una chica polaca de veintiún años. Para abril de 1945 ya había pasado dos años en Auschwitz, Ravensbrück y Buchenwald antes de escapar finalmente de una marcha de la muerte hacia Checoslovaquia. Después de presenciar la brutalidad de los libertadores soviéticos, ella y un grupo de exprisioneros decidieron que estarían más seguros si se encaminaban hacia las líneas americanas. También la sorprendió la gran cantidad de gente en las carreteras.
  En 1945, Alemania era un hormiguero gigantesco. Todo el mundo se desplazaba. Ése era el aspecto que presentaban los territorios del este de Alemania. Había alemanes escapando de los rusos. Estaban todos los prisioneros de guerra. Estábamos algunos de nosotros —no tantos, pero aun así... Era verdaderamente increíble, bullía de gente y movimiento.
 Ella y dos amigas polacas se unieron a tres trabajadores franceses, dos prisioneros de guerra británicos y un soldado americano negro. Juntos se encaminaron hacia el río Mulde que en aquella época marcaba el límite entre los ejércitos ruso y americano. Mientras viajaban rogaban a los granjeros locales, o les intimidaban, para que les entregaran algo de comida. La presencia de un hombre negro sin duda ayudaba en este sentido: normalmente, el americano era bastante reservado en presencia de Marilka, pero en estos casos ponía de relieve los prejuicios raciales de los alemanes desnudándose, poniéndose un cuchillo entre los dientes y bailando ante ellos como un salvaje. Al verlo, las amas de casa aterrorizadas estaban más que dispuestas a entregarle cestas de comida y librarse de él. Luego volvía a vestirse y continuaba el viaje como si nada.
 En la ciudad sajona de Riesa, más o menos a medio camino entre Dresde y Leipzig, Marilka y sus dos amigas engañaron a unos soldados rusos para que les proporcionaran algún tipo de transporte. Encontraron a dos soldados con cara de aburridos que custodiaban un almacén con cientos de bicicletas robadas y de inmediato pusieron en marcha su encanto. “¡Vaya, debéis sentiros muy solos!”, dijeron. “Podemos venir y haceros compañía. ¡Y sabemos donde hay algo de aguardiente!” Los guardias, encantados, les dieron tres bicicletas para que fueran a buscar ese aguardiente ficticio y nunca volvieron a verlas.
 Después de seis días pedaleando, el grupo llegó finalmente a Leipzig en la zona americana, donde las mujeres fueron cargadas en camiones y llevadas a un campo en Nordheim cerca de Hanover. Desde allí Marilka hizo autoestop hasta Italia, y por fin fue transportada a Gran Bretaña a finales de 1946. No regresó a Polonia hasta pasados 15 años.
 Estas pocas historias han de multiplicarse cientos de miles de veces para ofrecer una idea del caos que existía en las carreteras de Europa en la primavera de 1945. Enjambres de refugiados que hablaban 20 idiomas distintos se vieron obligados a gestionar una red de transporte que había sido bombardeada, sembrada de minas y abandonada debido a seis años de guerra. Se reunían en ciudades que los bombardeos aliados habían destruido por completo y en las que no había alojamiento ni siquiera para la población local, y mucho menos para la enorme afluencia de recién llegados. El que los diversos gobiernos militares y los organismos de socorro fueran capaces de reunir a la mayoría de estas personas, alimentarlas, vestirlas, localizar a familiares desaparecidos y luego repatriar a la mayor parte de ellas en los seis meses siguientes, es poco menos que un milagro.
 Sin embargo, este proceso rápido de repatriación no pudo borrar el daño que se había producido. Los desplazamientos de la población con motivo de la guerra tuvieron un efecto profundo en la psicología de Europa. A nivel individual no sólo fue traumático para los desplazados, sino también para los que se quedaron, los cuales pasaron años preguntándose qué había sido de sus seres queridos arrebatados de su medio. A nivel comunitario también fue desolador: el reclutamiento obligatorio de todos los jóvenes privó a las comunidades de su principal sostén y las dejó indefensas ante la hambruna. Pero es en el plano colectivo donde los desplazamientos en tiempo de guerra fueron quizá más significativos. Al normalizar la idea de desarraigar sectores enteros de la población, proporcionaron un patrón para movimientos poblacionales de posguerra más amplios. El programa paneuropeo de expulsiones étnicas que tendría lugar después de la guerra sólo fue posible porque el concepto de comunidades estables, inalterado durante generaciones, fue erradicado de una vez por todas. La población de Europa ya no era una constante fija. Ahora era inestable, volátil —pasajera.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Galaxia Gutenberg, 2012, en traducción de Irene Cifuentes, pp. 38-43. ISBN: 978-84-1547-212-4.]

domingo, 17 de septiembre de 2023

El tercermundismo.- Carlos Rangel (1929-1988)


CARACAS: A 28 años de la muerte de Carlos Rangel | Reportero24
9.-Más allá del tercermundismo


 «El auge del Tercermundismo es uno de los hechos centrales de la historia actual, y uno de los más ominosos. Por todos lados nos acosa la evidencia de que la adopción del Socialismo conduce al reforzamiento monstruoso del Estado, al acorralamiento y eventual asfixia de la sociedad civil, al autoritarismo y finalmente al totalitarismo. Ahora bien, aunque haya todavía quien se aferre de buena fe a la ilusión marxista ortodoxa de que esa evidencia no viene al caso para los países capitalistas avanzados, nadie salvo los fanáticos o los propagandistas puede negarla con relación a los países pobres y atrasados. Y el hecho de que semejante invariable resultado no haya mermado el prestigio ni frenado el avance del Tercermundismo, sino que sea seguramente uno de sus atractivos, obliga a una reflexión sobre las perspectivas futuras globales (y no sólo en el Tercer Mundo) de las libertades consustanciales con la civilización del Capitalismo y con las abrumadoras ventajas de ésta para la sociedad.
 Según Claudel, el hombre no está hecho para la felicidad. Podría ser que tampoco lo esté para la libertad y la prosperidad, y que el Socialismo en sus diferentes formas y desde luego en su versión tercermundista sea la oferta política que en nuestro tiempo conviene a esa situación. En todo caso, parece convenir perfectamente al escaso interés que los dirigentes políticos, los terratenientes, las castas sacerdotales, clericales y guerreras (y en general todos aquellos privilegiados y que cuentan con seguir siéndolo o hasta con acrecentar su poder en la misma medida en que crezca el poder de los gobiernos) han mostrado en todo tiempo por el bienestar y la libertad del pueblo común, de la plebe. La libertad y la prosperidad generales, allí donde se han desarrollado como exigencia, la una, y resultado, la otra, del auge del comercio y de la artesanía (o, en nuestro tiempo, de la industria) lo han hecho a pesar de los señores, de los letrados y de los sacerdotes, quienes fácilmente las equiparan a la indisciplina y al apoltronamiento, perjudiciales a la salud del Estado, al buen gusto y a la salvación del alma.
 Un fenómeno muy distinto y mucho más inquietante es el desapego de los hombres comunes y corrientes que han gustado los frutos del Capitalismo (esa misma plebe, la gran mayoría de la cual la civilización del capitalismo rescató en los últimos cien años de la miseria y de la servidumbre) por la libertad, en cuanto han disfrutado de ella durante cierto tiempo. Nunca más que ahora ha tenido vigencia la fábula de las ranas pidiendo rey.
 Inversamente, el bienestar más insólito y más prodigiosamente superior a todo cuanto pudo haber sido soñado, por ejemplo en Europa Occidental todavía en 1950, aparece a esa misma mayoría como insuficiente y a la vez sin vínculo perceptible (para ellos) con las estructuras económicas capitalistas que lo produjeron y que además han logrado defenderlo mucho mejor de lo que era razonable esperar contra el golpe brutal del costo decuplicado de la energía. Incapaces de percibir por otra parte (a pesar de disponer, gracias al Capitalismo, de una información más completa que nunca antes) lo que significa la crisis económica mucho más severa y además verdaderamente perversa, esa sí, de los países socialistas de historia previa comparable (los de Europa central) un número creciente de los presuntos beneficiarios del igualmente presunto saqueo del Tercer Mundo encuentran de nuevo verosímil la gastada alegación socialista de que sólo la economía de mercado (el Capitalismo) impide el florecimiento explosivo de las fuerzas productivas que ella misma ha creado, y que bastará arrinconarla antes de darle más tarde el golpe de gracia para lograr la reanudación triunfal del crecimiento económico, el empleo asegurado para todos, trabajar menos y consumir más. Es con este programa disparatado que por ejemplo en Francia el Socialismo ha logrado, por primera vez plenos poderes para salvar a ese país del Capitalismo. Aquí y allá algunos aguafiestas, sin osar demasiado poner en duda que pueda ser cumplida la promesa de semejantes mágicos resultados económicos, se inquietan al menos por las posibles consecuencias, para la libertad, del enorme reforzamiento de los poderes del Estado implícito en el proyecto del PS francés (como, inevitablemente, en cualquier proyecto que merezca el calificativo de “socialista”). Pero si las ranas estaban tan fastidiadas de no tener rey que se consolaban calificando al anterior presidente de “monarca” y dibujándolo con testa coronada en las portadas de las revistas, el trueque de esa pobre lámpara vieja, la libertad, que tan poco estiman, por la reluciente lámpara nueva de más consumo por menos trabajo les parecerá el mejor negocio de sus vidas.

Una Nostalgia Reaccionaria

  Tantos autoengaños y de tanta monta no pueden explicarse por causas coyunturales. Algo debe haber en la civilización capitalista que hace disonancia con nuestras emociones. Algo tiene que tener el Socialismo que armoniza con ellas. Chafarevich (en El Fenómeno Socialista, París, Seuil, 1977) propone que la fascinación perenne con el Socialismo, presente en todas las utopías, desde Platón, tiene que responder a un requerimiento psíquico irracional que paradójicamente se disfraza de racionalismo exacerbado. Karl Popper (en La Sociedad Abierta y sus Enemigos, edición original de 1943, 5ª edición, revisada, Princeton University Press, 1966) supone una nostalgia universal por la sociedad tribal, estática, donde no existía el individuo. En la sociedad abierta, en desarrollo desde hace apenas diez o doce mil años, los hombres se ven constantemente en la necesidad de tomar decisiones personales. No nos hemos habituado a esa, la mayor de las revoluciones. Desde luego nuestra capacidad crítica ha sido liberada y la libertad se ha convertido, en teoría, en el valor supremo, tanto que hasta los tiranos aseguran que son ellos quienes la garantizan. Pero vivimos en tensión, en inseguridad, en angustia. Es preciso a cada paso escoger, interrogarse, autodisciplinarse, adaptarse, competir, ganar y también perder. El shock del paso de la sociedad tribal a la sociedad abierta, biológicamente muy reciente, no ha sido superado. Las expresiones de comprensión de las ventajas, para el hombre, de la sociedad abierta jalonan la historia desde Pericles. Pero igualmente, desde Platón, las expresiones de nostalgia reaccionaria por la sociedad tribal. Estas últimas son mucho más estimadas. El utopismo es generalmente considerado moralmente virtuoso y estéticamente agradable, a pesar de los monstruos políticos que ha generado en la práctica, entre los cuales se cuentan todos los experimentos totalitarios. En cambio el libertarianismo sufre de cierta desconsideración, por intuírselo fundado en la comprensión de que los hombres son imperfectos y dispuesto a acomodarse a esa realidad, en lugar de proponer construir un “hombre nuevo”, un “superhombre”.
El tercermundismo: Amazon.es: Carlos Rangel: Libros El ánimo socialista es, pues, literalmente reaccionario. El verdadero hombre nuevo sería aquel que pudiere liberarse de esa atadura con un pasado (reciente) cuando la especie humana era muy semejante a otros animales de presa quienes, por la obligación en que se encuentran de cazar en grupo, son, en efecto, “colectivistas”.
 La aparente novedad del Socialismo marxista se debe a su coincidencia y a su correspondencia con una situación inédita en la historia: la sociedad capitalista industrial. Antes de la revolución capitalista con su productividad insólita, las sociedades humanas no habían podido detenerse a prestarle ninguna atención a la idea extravagante de que pudiere aliviarse la gran miseria de la mayoría de sus integrantes. Mucho menos podía preocuparles la pobreza de otras sociedades, como hoy sí preocupa a los pueblos prósperos la pobreza del Tercer Mundo. El estado normal de la sociedad era el nivel de mera subsistencia, siempre al borde del desastre, perennemente prisionera de lo que Galbraith ha denominado “el equilibrio de pobreza”. No sólo las desgracias (la sequía, la peste, la guerra) sino también cualquier alteración aparentemente afortunada (siete años de “vacas gordas”, con sus consiguientes menor mortalidad y mayor vulnerabilidad ante la segura próxima escasez) anunciaba un inevitable subsiguiente desastre. La vida de los hombres transcurría en un estado de sitio permanente por fuerzas fuera de su control.
 Ahora bien, una comunidad en peligro mortal no cuestiona la necesidad de someterse a un gobierno autoritario. El peor desastre que le puede ocurrir a una ciudad rodeada de enemigos es una claudicación de su liderazgo, un hiato en el gobierno resuelto y sin contemplaciones. Aun en nuestro tiempo no nos asombra ver impuesta la ley marcial tras alguna catástrofe, y a los saqueadores fusilados sin fórmula de juicio. Esa situación, que las sociedades capitalistas avanzadas ya no conocen, aunque la lleven grabada en el subconsciente y estén tal vez destinadas a enfrentar en un futuro, era la condición normal de la humanidad antes de que el Capitalismo creara primero un excedente pequeño, y luego uno inmenso, por encima de lo mínimo necesario.
 Fueron hombres de mente crítica y racional (“capitalista”) viviendo en tiempos desafortunados de guerra civil o de dominación extranjera, hombres como Hobbes y Machiavelli, quienes encontraron por primera vez la expresión descarnada de lo que todo el mundo sabía pero que antes del inicio de la civilización capitalista no había sido posible o admisible formular: que el mundo es un sitio peligroso y brutal, y que dada la escasez de recursos todavía normal en el siglo XV (Machiavelli) o en el XVII (Hobbes) los hombres en estado de anarquía están condenados a luchar como hienas entre sí, con lo cual causan y se causan todavía más miseria; que lo mismo vale para las relaciones entre grupos humanos y que por lo tanto los grupos débiles, anarquizados, sin liderazgo efectivo, están destinados a ser víctimas de los grupos más fuertes. De allí que, entre todas las desgracias que pueden acaecer a la sociedad, ninguna sea peor o más terrible que la disensión entre miembros del mismo grupo, la guerra civil. El poco bienestar, tranquilidad y seguridad de que los hombres puedan disfrutar encontrarán sitio sólo una vez que el mal de la anarquía, y de la disensión o la guerra civil hayan sido reemplazados por el mal menor de un gobierno autoritario e implacable.

Cambiar el Mundo

 No por accidente aquellos individuos (o clases) que por cualesquiera circunstancias se encontraron en capacidad para asumir y conservar el liderazgo requerido, extrajeron un alto precio por sus servicios. La razón suficiente de un relevo radical de una clase dirigente ha solido ser que esos servicios ya no estaban siendo suministrados, y ese relevo ha sido invariablemente protagonizado por quienes podían a su vez restablecer la seguridad interna y externa de la sociedad en cuestión. El economicismo marxista excluye de su campo de visión este fundamento puramente político de la transferencia de poder de una elite a otra.
 Las sociedades pre-capitalistas fueron tradicionalmente gobernadas por castas sacerdotales, en combinación con aristocracias militares, minorías parásitas extorsionadoras de una proporción exorbitante de la escasa producción social. Pero esto resultaba para el cuerpo social parasitado un mal menor que la aniquilación o la reducción a la esclavitud que habrían sido las consecuencias de un asalto externo exitoso.
 La brutalidad de semejantes arreglos sociales no podía dejar de conducir a una doble reflexión, política y religiosa. Puesto que la sociedad en su estado precapitalista de bajísima productividad no podía encontrar una solución política distinta y mejor que el sometimiento a una autoridad implacable, todo el pensamiento político pre capitalista tuvo tendencia a girar en torno a las maneras de legitimar esa situación. El expediente más socorrido fue asociar el poder a la divinidad, y la sumisión a la piedad. El rechazo a la crueldad y a la hipocresía de esta situación no podía ser político, sino religioso heterodoxo (puesto que la ortodoxia era parte del sistema de control social) con la aspiración a la justicia remitida a una dimensión diferente a la del orden secular. “Mi reino no es de este mundo” y “Dad al César lo que es del César” son formulaciones clásicas de esta sabiduría frente al dominio brutal, ambiguo y sucio de la conducción política de la sociedad. Esto no exoneraba a los heterodoxos de la obligación de intentar alcanzar la justicia, pero no a través de la ambición insensata de pretender transformar este mundo, sino por la adición infinitamente paciente de actos de caridad individuales, cuya suma terminaría algún día por hacer desaparecer, literalmente, el falso mundo de la injusticia.
 Un apólogo hasídico ilustra perfectamente esa actitud. Haskele decide componer el mundo y se pregunta por dónde comenzar. El mundo entero es demasiado vasto.
 ¿Comenzará por su país? Sería todavía una ambición satánica. ¿La provincia, el distrito, el pueblo, su calle, su familia? Cada vez Haskele reflexiona que hay una presunción pecaminosa en pretender reformar a los demás. El proyecto de salvar el mundo no puede acometerse sino emprendiendo en primer lugar la tarea humilde, aunque ella misma infinitamente difícil, de mejorar nuestra propia persona, tratando de ser justos en todos nuestros actos.»

        [El texto pertenece a la edición en español de Monte Ávila Editores, 1982, pp. 162-166. ASIN: B0012QVROE]

domingo, 3 de septiembre de 2023

La ética del hacker y el espíritu de la era de la información.- Pekka Himanen (1973)


Pekka Himanen - Wikipedia, la enciclopedia libre
Segunda parte: La ética del dinero

Capítulo 4: La academia y el monasterio
El modelo hacker de aprendizaje

 «Huelga decir que la academia fue influyente mucho antes de que hubiera hackers informáticos. Por ejemplo, a partir del siglo XIX, toda la tecnología industrial (electricidad, teléfono, televisión, etc.) hubiera sido impensable sin el sostén de la teoría científica. La revolución industrial tardía marcó ya una transición hacia una sociedad que se sostenía en resultados científicos; los hackers nos advierten que, en la era de la información, más importante aún que los resultados científicos discretos, es el modelo académico abierto que permite su creación.
 Se trata de un concepto esencial. De hecho, es tan importante que la segunda razón de peso a favor del éxito pragmático del modelo hacker parece estribar en que su aprendizaje se modela como si fuera un nuevo software (que podría considerarse la frontera de su aprendizaje colectivo). Por tanto, su modelo de aprendizaje tiene la misma solidez que el modelo de desarrollo.
 El proceso de aprendizaje característico del hacker empieza con el planteamiento de un problema interesante, sigue con la búsqueda de una solución mediante el uso de diversas fuentes, y culmina con la comunicación del resultado para su exhaustiva composición. Aprender más sobre un tema se convierte en la pasión del hacker. Linus Torvalds aprendió a programar con un ordenador heredado de su abuelo. Supo plantearse los problemas y descubrió que necesitaba saber cómo resolverlos. Muchos hackers han aprendido a programar de un modo igualmente informal, dando curso a sus pasiones. El ejemplo de la capacidad de niños de diez años para aprender cuestiones muy complicadas de programación habla muy a las claras de la importancia de la pasión en el proceso de aprendizaje, a diferencia de lo lenta que les resulta a menudo la educación a sus coetáneos en las escuelas tradicionales.
 Más tarde, los inicios del sistema operativo de Torvalds surgieron de sus exploraciones en el procesador del ordenador que adquirió en 1991. Como sucede en el caso de cualquier hacker, los simples experimentos con un programa que se limitaba a probar las características del procesador, haciendo que escribiera conjuntos de A o de B, pasaron paulatinamente a expandirse en un proyecto de programa capaz de leer grupos de noticias en Internet y, después, a la ambiciosa idea de un sistema operativo. Si bien Torvalds es un programador autodidacta, en el sentido de que ha adquirido sus conocimientos básicos sin asistir a clases, no lo aprendió todo por sí mismo. Por ejemplo, para familiarizarse con los sistemas operativos, estudió los códigos fuentes del Minix de Tanenbaum, así como otras fuentes de información facilitadas por la comunidad hacker. Desde un principio, como hacker genuino, no vaciló nunca en pedir ayuda para enfrentarse a preguntas de áreas en las que aún no era experto.
 Una fuerza primordial de este modelo de aprendizaje estriba en que un hacker, al aprender, enseña a los demás. Cuando se pone a estudiar el código fuente de un programa, a menudo lo desarrolla hasta un estadio ulterior, y otros pueden aprender de su trabajo. Cuando un hacker comprueba las fuentes de información de utilidad procedente de su propia experiencia. Alrededor de diversos problemas se organiza un debate continuado, crítico y en evolución. Y la recompensa por el hecho de participar en este debate es el reconocimiento de los iguales.
 Podría darse el nombre de “Academia red” a este modelo de aprendizaje abierto, ya que se trata de un entorno de aprendizaje en continuo estado de evolución que es creado por los propios hackers. Este modelo de aprendizaje tiene muchas ventajas. En el mundo de la programación hacker, los maestros o ensambladores de fuentes de información a menudo son aquellos que acaban de aprender algo. Esto es beneficioso porque alguien que acaba de adentrarse en el estudio de un tema suele estar en mejores condiciones de enseñarlo a otros que el experto, que ya no lo aborda con el mismo vigor y, en cierto sentido, ya no comprende tan bien cómo piensan los novicios. Para un experto, compenetrarse con alguien que está aprendiendo supone una inevitable simplificación, a la que suele resistirse por razones intelectuales. Tampoco la enseñanza de los principios básicos le suele parecer especialmente satisfactoria, mientras que para un estudiante puede ser en extremo gratificadora, ya que por norma no disfruta de la posición de instructor y generalmente no se le ofrecen suficientes oportunidades para ejercitar sus aptitudes. El proceso de enseñanza comporta también, por su misma naturaleza, el análisis comprensivo de su materia. Para que uno sea realmente capaz de enseñar algo a los demás, debe tenerlo ante todo muy claro él mismo. Mientras prepara el material, debe examinarlo con todo detalle teniendo en cuenta las preguntas y los argumentos contrarios que puedan plantearse.
 Una vez más, el modelo hacker se asemeja a la Academia de Platón, donde los estudiantes no eran considerados puros receptores del conocimiento transmitido, sino que eran tratados como compañeros en el aprendizaje (synetheis). En el enfoque de la Academia, la tarea central de la enseñanza consistía en fortalecer la capacidad del alumno para plantear los problemas, desarrollar las argumentaciones noéticas y avanzar críticas. En consecuencia, la calidad del maestro se identificaba metafóricamente con el arte de la comadrona, de la casamentera, y del maestro de ceremonias en los banquetes. No era tarea del maestro inculcar en los estudiantes un conocimiento preestablecido sino ayudar a que ellos mismos lo engendraran, cada uno desde su propio punto de partida.
 En la comunidad hacker, asimismo, los expertos se consideran neófitos que pueden actuar como críticos, comadronas y simposiarcas en relación a los demás, gracias al conocimiento más profundo que han alcanzado.

La Academia red

   El espíritu de la academia griega y del modelo hacker, sintetizado en la idea de Platón de que “ninguna persona libre debe aprender nada como un esclavo”, difiere por completo del espíritu del monasterio (escuela), resumido en la regla monástica de san Benito: “Al maestro corresponde hablar y enseñar; al discípulo estar callado y escuchar”. La ironía ha querido que actualmente la academia tienda a modelar su estructura de aprendizaje tomando como base el modelo monástico del emisor-receptor. Ironía que, por lo demás, no hace sino amplificarse cuando la academia empieza a construir una “universidad virtual” y el resultado es una escuela monástica informatizada.
 La importancia de la revolución científica del siglo XVII se supone que estribó en el abandono de la escolástica y su sustitución por una ciencia que se afanaba de forma constante en alcanzar nuevos conocimientos. La universidad conservó, no obstante, la jerarquía y el modelo escolástico de docencia, tal como refleja su vocabulario (por ejemplo, «decano» era en su origen el titular de un monasterio). La revolución científica tuvo lugar hace cuatro siglos, pero no encontró ni encuentra su reflejo adecuado en las universidades como base para un aprendizaje basado en la investigación. No parece lógico esperar que los métodos escolásticos de enseñanza formen individuos modernos capaces de pensar por su propia cuenta ni generen un nuevo saber.
La etica del hacker y el espiritu de la era de - Vendido en Venta ... La mayor relevancia del modelo hacker de aprendizaje estriba en recordarnos el potencial existente en la idea original de considerar idénticos el desarrollo académico y los modelos de aprendizaje. Podríamos también utilizar esta idea para crear una Academia red generalizada, en la cual todos los materiales de estudio estarían puestos a libre disposición de cualquiera para su uso, crítica y desarrollo. Al mejorar el material existente en nuevas direcciones, la red no dejaría de producir mejores recursos para el estudio directo de esos temas. A los miembros de la red los impulsaría su pasión por diversos temas y el reconocimiento de sus aportaciones por parte de sus colegas.
 Lógicamente, la expansión y el desarrollo continuos de este material, así como su discusión y examen, serían también el único modo que tendría la Academia red para garantizar los méritos de estudio; y, fiel a su espíritu, los méritos superiores serían concedidos a aquellos logros que demostraran ser los más valiosos para el conjunto de la comunidad de aprendizaje. Una lectura al estilo hacker del material con vistas a criticarlo y mejorarlo (es decir, con la perspectiva de hacer algo, y motivarse uno mismo, con ese material) sería mucho más propicia al aprendizaje que la actual tendencia a una lectura sin más.
 La Academia red seguiría el modelo hacker al crear un todo interrelacionado que abarcara desde el estudiante principiante hasta el investigador más destacado en un campo concreto. Los estudiantes aprenderían a ser aprendices de investigación desde el principio, debatiendo asuntos con los investigadores, y pasarían luego a estudiar directamente las publicaciones de su campo de investigación.
 En la Academia red, cada hito de aprendizaje enriquecería de forma permanente a los demás. En solitario o en compañía de otros, el aprendiz añadiría algo al material compartido. Este modo de plantear las cosas difiere de nuestro modo actual de aprendizaje de usar y tirar, en el cual cada estudiante empieza desde el principio, pasa los mismos exámenes aislado de los otros y nunca se beneficia de las ideas de los demás. Peor aún, terminado el examen el examinador viene a tirar todas las ideas de los individuos a la papelera. Es un proceder tan absurdo como lo sería que cada generación de investigadores tomara la decisión de desechar todos sus resultados (“Ya veo, E = mc2; ¡y qué!, ¡al cesto!”) y dejara que la siguiente generación volviera a empezar desde cero.
 Huelga decir que la realización práctica de la Academia red supone un gran desafío. Por ejemplo, al igual que sucede en el mundo de los hackers e investigadores, es necesaria una estructura guía para la creación colectiva de materiales de aprendizaje. Cuando el material está siendo continuamente adaptado y se expande en nuevas direcciones, aparecen versiones que compiten entre sí. Siempre sucede de este modo en los campos de la programación informática y la investigación científica. Los hackers han resuelto los problemas prácticos que comporta esta dinámica desarrollando lo que dan en llamar “sistemas de versiones concurrentes”: estos sistemas permiten determinar en qué medida las versiones concurrentes difieren tanto respecto de la versión ya existente como unas de otras entre sí. En un plano más teórico, el problema puede resolverse mediante la introducción de evaluadores. Con la ayuda de un sistema de versiones concurrente, un grupo autoorganizado de evaluadores puede decidir entre las diversas versiones y combinar sus ideas, si es necesario.
 Una vez que el hacker nos ha recordado la plena importancia que reviste el modelo académico, resultaría muy extraño que continuáramos nuestra práctica actual de suministrar sobre todo resultados a los estudiantes, sin llegar a inculcarles el modelo académico: un proceso colectivo de planteamiento de problemas, de reflexión sobre los mismos y de formulación de soluciones; un proceso impulsado por la pasión y por el reconocimiento, de las aportaciones socialmente valiosas. La esencia de la academia no reside en sus logros individuales, sino en el propio modelo académico.

El modelo social

   Describir esta posible aplicación general del modelo hacker no implica, por supuesto, esperar que los gobiernos o las empresas la lleven a cabo. Un aspecto central del hackerismo es recordarnos lo mucho que se puede lograr a través del modelo abierto gracias a la cooperación directa entre los individuos. El único límite es nuestra imaginación. Pongamos un ejemplo. El modelo abierto del hacker podría transformarse en un modelo social, llamémosle modelo de libre acceso a los recursos, en el cual alguien anuncia: ¡tengo una idea; esta puede ser mi contribución; por favor, uníos a mí! Si bien esta versión del modelo abierto comportaría también actuación física en un lugar concreto, Internet se utilizaría como un medio efectivo para unir fuerzas y, posteriormente, expandir y desarrollar aún más la idea.
 Por ejemplo, puedo anunciar en Internet mi disponibilidad ocasional para echar una mano a una persona mayor en sus tareas domésticas. Puedo anunciar que ofrezco mi casa para que los niños vengan a jugar después de la escuela. Puedo decir que me encantaría sacar a pasear uno de los perros del vecindario los fines de semana. Quizá la efectividad de este modelo se podría reforzar añadiendo la condición de que la persona que recibiera ayuda se comprometiera también a ayudar a otras. Internet puede utilizarse como un medio para organizar recursos locales. De forma gradual, otros se sumarán a la realización de grandes ideas sociales, y ello generará otras aún más importantes. Se produciría un efecto de autoalimentación, como sucede con el modelo hacker en informática.
 Hemos visto cómo el modelo hacker puede dar grandes frutos en el ciberespacio sin que intervengan como mediadores ni los gobiernos ni las empresas. Queda por ver qué frutos conseguirá la cooperación directa entre los individuos en la realidad de las personas concretas.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Destino, 2004, en traducción de Ferran Meler Ortí, pp. 64-68. ISBN:  978-8423336371.]