domingo, 22 de noviembre de 2020

Pasaron unos hombres.- Marcelle Capy (1891-1962)

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¡Abajo las armas!

  «Para acabar de exponer ese pasivo que nos ha llevado a la grave situación que padecemos, falta añadir lo siguiente: les hemos dejado hacer, y los pueblos tienen su parte de responsabilidad, pues han asistido pasivamente al hundimiento de sus propias esperanzas.
 Los hombres han soportado sufrimientos inauditos al tiempo que decían: "Luchamos para que esta guerra sea la última".
 Y cuando la voz de los cañones calló, la olvidaron.
 Sólo tenían un deseo: no pensar más. Abandonaron todo control, todo juicio. Dejaron hacer, dejaron marchar y devolvieron la suerte del futuro a las manos de los mismos ancianos y los mismos incapaces que no supieron ni evitar ni abreviar la masacre.
 El sufrimiento había durado demasiado. El resorte moral estaba roto. Durante años, con los hombres rechazando su razón y su alma, se complacieron en una existencia artificial, vacía y plana. Vivimos el "día a día" sin querer mirar más allá. Época de bailes, de placeres adulterados, de un medaigualtodo integral: época de impotencia y de corrupción. Torbellino de marionetas y farándula de especulaciones.
 Durante años, las masas han idolatrado a payasos, a boxeadores, a estrellas del cine, a indecentes "exitosos", a fanfarrones profesionales y a la mediocridad regiamente instalada en la rutina o el "tejemaneje".
 Falsas glorias, falsas ideas, falsos placeres, falsos lujos, falsas calmas, falsas prosperidades, falsos valores: artificio y mentira. Os hemos embriagado de indiferencia. Quizá nunca como ahora se había despreciado tanto el valor humano, la sinceridad tan "pasada de moda", la conciencia tan desprestigiada como un artículo que no está de actualidad.
 -No hay que preocuparse... Después de nosotros, el diluvio...
 No, después de nosotros no. En la época del caballo de vapor, la vida va rápido. Los efectos siguen a las causas a un ritmo acelerado. Y la amenaza del diluvio se cierne sobre nosotros. Todo se paga. Y ya lo paga el hombre de incontables bocas.
[…]
 Es una de las tragedias de la época: el espíritu humano camina con una lentitud animal, mientras que la técnica avanza al ritmo acelerado de los motores. De ahí el desequilibrio entre lo que piensan los hombres y la realidad de las cosas.
 Así, aún pensamos que la guerra podría ser algo circunscrito y que sería, en el peor de los casos, una copia de la "última". En 1914, aún estábamos pensando en la guerra "estilo 1870". Los hechos demostraron que no lo era, ni de lejos. Ahora bien, de 1918 a hoy, los cambios que se han producido en la técnica de la guerra (y de la paz) son mucho más profundos que los que tuvieron lugar entre 1871 y 1914. El tiempo se ha vuelto relativo: hemos vivido más de un siglo en unos años.
 ¿Cómo sería una guerra moderna? En pocas palabras, y según los especialistas algo así:
 Adoptaría una dimensión intercontinental con el fin de la aniquilación total. Por ello, el arma esencial sería la aviación.
 Se prevén tres oleadas de asalto:
 1.-La oleada explosiva, destinada a sembrar el pánico en la población de las capitales y de las ciudades industriales
 2.-La oleada incendiaria, destinada a que el pánico se convierta en locura extrema. La bomba incendiaria de último modelo, llamada bomba Elektron, emite, al arder, una ola de calor que alcanza temperaturas de 3000ºC. Un escuadrón de aviones puede transportar unas 72.000.
Resultado de imagen de marcelle capy pasaron unos hombres 3.-La oleada química, destinada a exterminar en masa las poblaciones alarmadas. Hay más de 600 tipos de gases asfixiantes, todos igual de mortíferos.
 Existirán también las bombas llamadas "escurridizas", que no haría falta que se lanzasen desde los aviones y que podrían controlarse incluso a gran distancia.
  Por último la guerra microbiana está igualmente pensada para su uso en pequeñas ciudades y zonas rurales. Para ello, citemos estas líneas atribuidas al teniente coronel Vauthier (Le Danger Aérien y l'Avenir du Pays) [El peligro aéreo y el futuro del país]: "La acción de los bacilos podría emplearse sobre personas, animales y vegetales. Entre los hombres, podemos tratar de difundir el dengue por medio de soluciones fisiológicas extraídas de mosquitos que propaguen esta enfermedad. También se puede propagar la gripe, la varicela, la disentería, el paludismo; durante el invierno, se propagará más bien el tifus exantemático; todas estas enfermedades pueden extenderse por el agua. Por aire se puede propagar la viruela, la parotiditis epidémica, el cólera y la difteria […]".
  Ahí estamos.
 La situación se parece a una balanza. En un plato, la locura del lucro y el orgullo de una casta internacional que usurpa la riqueza y acapara el poder. Está dispuesta a sacrificar la humanidad a su egoísmo y a su demencia -dispuesta a perderlo todo perdiendo a todo el mundo-.
 En el otro plato hay, al menos, los cien  millones de criaturas directamente amenazadas -los pueblos en su conjunto con sus hombres, sus mujeres, sus niños; su pasado, su presente y su futuro; sus civilizaciones, su trabajo y su esperanza.
 ¿Hacia qué lado se inclinará?
 Esto ni se plantearía si existiese una opinión pública decidida y sana, una clase obrera y campesina unida y consciente, un cuerpo social limpio con un espíritu viril.»
 
 [El texto pertenece a la edición en español de ContraEscritura editorial, 2017, en traducción de Nuria Molines Galarza, pp. 164-165 y 175-177. ISBN: 978-84-944121-7-2.]
 

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