lunes, 11 de marzo de 2019

Sor Juana Inés de la Cruz o Las trampas de la fe.- Octavio Paz (1914-1998)


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Sexta parte: Las trampas de la fe
6.-Ensayo de restitución

«La tentación de ver la cultura -las artes, las ciencias, las creencias, las ideas- como un reflejo del desarrollo de la sociedad y de las fuerzas que pugnan en su interior es probablemente tan vieja como la historia misma. En el último siglo y medio, por la doble influencia del marxismo y el positivismo, esta manera de pensar se convirtió en el método favorito de muchos historiadores. Confieso que siempre me ha parecido una aberración ver en la poesía provenzal una consecuencia del modo de propiedad del siglo XII o en las estrofas de Safo un eco del régimen esclavista de la Antigüedad. Lo que me ha sorprendido siempre es el fenómeno contrario: la relativa independencia del arte de los determinismos sociales. Los espléndidos desnudos de Courbet, ¿qué nexos tienen con la sociedad en que le tocó vivir y aun con la ideología del pintor? También me sorprende que el arte de otras épocas, que expresa ideas ajenas a las nuestras, toca temas que ya no pueden conmovernos y exalta mitologías extrañas, siga provocando nuestro fervor y nuestra admiración. No soy yo el único que se ha hecho esta pregunta. Marx también se la hizo y tampoco pudo contestarla:
 La dificultad no consiste en comprender que el arte griego y su época están ligados a ciertas formas del desarrollo social. La dificultad está en saber por qué todavía constituyen, para nosotros, una fuente de goce estético y por qué siguen siendo normas y modelos inalcanzables.
 La idea opuesta provoca también mi desconfianza. Platón veía en la realidad una copia imperfecta de las ideas. A su vez, el arte era una copia de una copia. Muchas veces he pensado exactamente lo contrario: ¿cómo no sentir, frente a ciertos cuadros, sinfonías y poemas, que estoy no ante una degradación de la idea sino frente a una exaltación de la realidad? Jamás viviremos en un mundo tan perfecto y feliz, en el que cada acorde es un acuerdo, como el mundo por el que transitamos al oír la sinfonía Júpiter. Para los griegos la naturaleza era el paradigma y el arte su copia; para nosotros el mundo natural ya no es sagrado y nuestras ciencias y técnicas, al dominarlo, lo han convertido en un complejo de fuerzas y reacciones. La naturaleza no es ni sabia ni inteligente: es un ciego proceso. Lo mismo ha ocurrido con todas las otras ideas y mitologías: el cielo se ha despoblado de conceptos y divinidades, la teología es un caserón deshabitado. La idea no es el modelo del arte. En suma, una y otra concepción me inspiran el mismo recelo: no puedo ver a la cultura -es decir: a la suma de invenciones y creaciones por las que el hombre se ha hecho hombre- como el reflejo de las cambiantes fuerzas sociales o como el imperfecto trasunto de las ideas inmutables. Me parece que en los dos casos se olvida o, al menos, se desdeña, a la criatura sin la cual no existiría ninguno de esos prodigios. Ante una situación dada y dentro de ciertos límites, el hombre concibe, inventa, imagina y, en una palabra, tiene una ocurrencia: fabrica un hacha, diseña un signo, concibe la imagen de una divinidad. El hombre está sujeto a las leyes del desarrollo social y a las del pensamiento (quiero decir: no puede pensar un triángulo circular) pero dentro de esos límites inventa, transforma, crea. La cultura es libertad e imaginación.
 Dicho esto, ¿cómo negar que hay una suerte de armonía o correspondencia entre los utensilios, las instituciones, las filosofías y las obras de arte de una sociedad? Ignoro si la poesía náhuatl, con su obsesiva mención de las palabras flor, canto y jade, es realmente una metáfora de una de las instituciones centrales de la sociedad azteca: la "guerra florida", en la que el corazón de la víctima se identifica con la flor y el jade con el poder renovador de la naturaleza. Sin embargo, hay una clara correspondencia entre el sistema metafórico de la poesía y la guerra ritual Ignoro también si la "guerra florida" es la forma de socialización del mito solar de la diaria creación del mundo; es decir, ignoro si la guerra es la traducción en actos de un mito o si ese mito no es sino la proyección, en el cielo de la ideología, de las relaciones sociales que constituían al mundo azteca. La discusión sobre el tema puede ser (es, ha sido, será) inacabable. Pero lo que no puede negarse -más acá de Platón y de Marx- es que hay una visible correspondencia entre las metáforas de la poesía náhuatl, la "guerra florida" y el mito solar de la creación del mundo. La demostración se puede repetir con el mundo románico y el gótico, con la Florencia de los siglos XIV y XV o con la Francia del siglo XVIII. La idea de estilo o manera inherente a un período corrobora lo que acabo de decir; por más profundas que sean las diferencias entre un artista y otro, hay algo que los une: el estilo de su época. Es la marca de la temporalidad pero no abstracta sino histórica. Sí, el tiempo pasa, pero pasa siempre por un aquí y a través de una comunidad. El estilo es el rastro de ese pasar, su sello. 
 La autonomía de las obras de arte frente a los determinismos históricos y su fatal inserción en una época y una sociedad parecen ser ideas contradictorias y aun incompatibles. Quizá lo sean pero la realidad también es contradictoria. La cultura de una sociedad en una época dada es un sistema fluido de vasos comunicantes que se irrigan e influyen entre ellos. Es imposible reducir ese conjunto de acciones y reacciones a un determinismo estricto; también lo es negar la conexión de las partes entre ellas y con el todo. La idea de causalidad parece que ya no goza de la simpatía de muchos historiadores modernos; las causas son demasiado numerosas, al grado de que es prácticamente imposible detectarlas y medirlas. Al mismo tiempo, en cada acontecimiento es perceptible, además de la acción de las llamadas causas, la del accidente. Quizá llamamos accidente a una causa que nuestra razón y los métodos de investigación de que disponemos son impotentes para prever y conocer.»
 
     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Seix Barral, 1982. ISBN: 84-322-0402-1.]

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