martes, 19 de marzo de 2019

Ética y condición humana.- Eugenio Trías (1942-2013)

Resultado de imagen de eugenio trias
3.- Humana conditio

«Dice Wittgenstein en su Diario filosófico que es indispensable, si quiere pensarse de verdad, situarse cada vez ante un problema, o ante un asunto, como si fuese abordado por vez primera, o como si nunca antes se hubiese tratado o pensado. No siempre es posible cumplir este imperativo wittgensteineano. Es difícil recuperar el impulso auroral que permite pensar la cuestión del límite como la cuestión filosófica: como el núcleo conceptual de cuya energía de ligadura depende la cohesión misma de una posible edificación filosófica.
 Doy a ese término significación filosófica radical; es decir, sentido ontológico. De hecho, ese sentido ontológico del límite (que concibe el ser, o lo que por tal comenzaron a pensar Parménides y Aristóteles, como ser del límite) permite elucidar la naturaleza y condición de lo que somos, la humana conditio.
 Como señala Ágnes Heller (o Hannah Arendt), toda reflexión ética presupone una reflexión sobre tal humana condición. Y en esa condición puede comprenderse en y desde esa noción de límite: como la que corresponde a ésta, siempre que se la conciba en términos ontológicos. Somos los habitantes del límite; nuestra humana condición es una condición limítrofe y fronteriza. Tal es la "proposición" relativa a lo que somos de la cual puede derivarse lo que aquí se busca: la "proposición ética" que corresponde a una posible ética del límite.
 Nuestra existencia está marcada por un doble tránsito: el que nos conduce, a través del complejo proceso de humanización, de la Naturaleza (sin inteligencia ni palabra) al Mundo (poblado de significación y sentido); y el que nos aboca, con la muerte, hacia el arcano en el cual halla el Mundo su irrevocable confín. Esa existencia se halla enmarcada por ese confín limítrofe que la encierra en el entorno intramundano, enajenada de una Naturaleza de la que procede, y de la cual ha sido exiliada; y abocada a traspasar un último confín o estribo más allá del cual sólo subsiste el misterio. Nuestra existencia se halla, pues, marcada y de-signada por ese Límite que la determina y define. Un Límite que establece su propia Medida, a la vez distante de su origen natural, nativo, y de su último confín (en el cual se repliega inexorablemente en el cerco hermético). En esa Medida limítrofe halla nuestra propia existencia el signo indicador de su propia condición: la que corresponde a la humana conditio.
 El concepto de límite no es conmensurable con el uso que de él se hace en campos científicos, artísticos o tecnológicos. Si ese concepto tiene tanta relevancia en las matemáticas, en las modernas tipologías o en el mundo arquitectónico, ello se debe a algo más nuclear y significativo que a su simple expresión dentro del marco espacial, o en el ámbito del cálculo de límites. La razón de todo ello es mucho más radical: ese concepto es expresivo de esa humana conditio que toda ética debe presuponer.
 Las grandes preguntas que la filosofía, de Grecia a acá, o quizás ya desde el pensamiento mítico y mágico, o desde Oriente, se plantea, se resumen todas ellas en la pregunta relativa a lo que somos. Kant especificaba estas preguntas: "¿Qué podemos conocer?" y "¿Qué debemos hacer; qué tenemos derecho a esperar?" Y añadía una última pregunta que parecía sintetizar todas ellas, la pregunta: "¿Qué es el hombre?" Esta pregunta constituye la más enigmática y difícil de todas; es el enigma mismo de la Esfinge (que ésta planteó al héroe del conocimiento, a Edipo). Es, en realidad, el tema y el objeto sobre el que gira toda la filosofía; es, además, lo que confiere unidad y cohesión a ésta. De hecho tanto la ética como la estética, o la filosofía de la religión, o la teoría del conocimiento, giran en última instancia sobre esta cuestión, que es la que asegura la vigencia de la filosofía en nuestro presente, y la que puede garantizar su vitalidad también en el próximo futuro.
 La ética, en cualquier caso, se inspira nuclearmente en esa cuestión; o presupone una dilucidación de la naturaleza y condición de lo que somos. O de una pre-comprensión espontánea de dicha condición humana (que sin embargo puede haber tardado milenios hasta su propio esclarecimiento). De ello depende que pueda darse de forma legítima y realista una posible orientación reflexiva a nuestra conducta, o un trazado de principios, de objetivos y de fines a lo que constituye el ámbito propio y específico de la ética: la acción, la praxis. [...]
 Una ética que no atenga a las condiciones (humanas) de su posible realización a través de la acción no puede legitimarse como tal; pero una ética que degrade al ser humano a condiciones infrahumanas, infrahumanas, tampoco puede justificarse como ética genuina. De hecho, la ética no hace sino adecuar el marco general en el que puede desarrollarse la acción a las condiciones virtuales, o potenciales, que el ser humano permite.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Península, 2000. ISBN: 84-8307-261-0.]
  

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Realiza tu comentario: