lunes, 4 de marzo de 2019

Tiempo de perro. Crónica animal.- Patrice Nganang (1970)


Resultado de imagen de patrice nganang 
Libro segundo: Agitada calle
Capítulo I

«[...] me disponía a proseguir mi camino cuando, de pronto, una voz de mujer desgarró el aire con gritos de "¡Al ladrón!"
 El grito de la mujer fue repetido por el barullo. Los oyentes del Testigo se agitaron. Rodearon a la mujer que parecía haber recibido un golpe de aquel Él-ése que lo ve todo en la cabeza. Y la vi palmearse los pechos, palmearse el vientre, palmearse las nalgas, golpear el suelo con los pies, palmearse la cabeza, hurgar entre sus pechos de nuevo y luego hurgar, rehurgar y rehurgar en su bolso. Sus efectos se diseminaron a su alrededor y no prestaba atención a ello. El Testigo de Jehová le pidió que se calmara. Hizo grandes gestos para apaciguar a la multitud excitada. Amenazó con dar un golpe de su Biblia sobre la cabeza de alguien. La mujer se volvió, miró el rostro de todo el mundo a su alrededor. Agarró la mano de un joven que estaba de pie tras ella y gritó, señalándoselo a la masa: "¡Él es!"
 El joven protestó. Parecía no comprender nada. La multitud, a su alrededor, se hacía densa. La mujer no dejaba de acusarle. Se alzaban unas voces. Se levantaban unas manos sobre la cabeza del joven. La mujer dijo que era un golpe preparado. Dijo que el joven siempre había estado tras ella. Precisó que no había dejado de seguirla a través de todo el mercado. Sí, lo había advertido. El joven protestó. Levantó sus inocentes manos. Juró en nombre de Dios, Él, el que ve, y puso incluso como testigo a Alá. Pues bueno: alguien le golpeó. Debió de ser el Testigo de Jehová pidiéndole que no pronunciase el nombre de Dios en vano. El joven se agachó. Un pasmarote le soltó un golpe en la espalda. Se agachó más aún. Un cobarde rodillazo hizo que se levantara. Mostró sus labios desgarrados y sangrantes. Su voz se hacía suplicante. Ya sólo oí su voz llorando en el estruendo de la multitud. Su voz era, sin embargo, demasiado pequeña para convencer de que se callara a la rabia cada vez más crecida de aquel mercado a su alrededor. Algunas mujeres, a mi lado, recordaban los robos de los que habían sido víctimas, hacía semanas, meses e incluso años. Unas bayamsalam* llegaban con tallos de llantén. El joven liberó, por encima de todas aquellas maldiciones, su boca que chorreaba sangre. Escupió sus dientes e intentó cubrirse el rostro con sus manos. Sin embargo, cada vez, una mano asesina descubría su frente para propinarle un golpe en la mirada. El joven retrocedió. Retrocedió hasta la esquina donde yo me encontraba. Saltó bajo el mostrador bajo el que me ocultaba, lo superó y echó a correr de pronto. La multitud le siguió gritando "¡Al ladrón!". El joven se lanzó a través del ruidoso mercado de Mokolo. Algunos puñetazos lanzados contra su espalda intentaron alcanzarlo, apoderarse de su sombra. Corrió hasta perder el aliento. Corrió y chocó con todo el mundo. Todo el mercado corría tras él. El mercado intentaba asfixiarlo para detener su carrera. Él saltaba sobre las mercancías de las mujeres y corría más aún. Vi al joven perderse a lo lejos con una jauría rabiosa pisándole los talones. Corría enloquecido queriendo escapar de su condena a muerte. A veces, alguien brotaba de un mostrador con el postrer golpe mortal. Afortunadamente, el joven corría en zigzag. Esquivando todos los brazos que afirmaban ser el golpe de gracia. Corría para salvarse del mercado que había enloquecido. Corrió y fue a zambullirse a la comisaría de Mokolo. Encontré a la jauría aferrada a la barrera. Las voces de los hombres y las mujeres seguían siendo fuertes. Las manos reclamaban su cabeza en una bandeja. Se apretaban en un puño mortal o, en todo caso, se cerraban sobre un tallo de llantén. Sacudían la barrera con todas sus fuerzas. El señor comisario mostró su rostro aguindillado. Llevaba en la mano un talkie-walkie y habló a la multitud dando órdenes. "¡Silencio!"
 La jauría no calló. Quería que le entregaran a su joven, para corregirlo, para enseñarle. Y vi también al joven que había escapado al linchamiento, le vi escupiendo sus dientes. Tenía la camisa cubierta de sangre. Estaba entre dos policías, el uno alto y el otro bajo. Parecía exigir con numerosos gestos que le metieran en la cárcel. Escuché una voz, a mi lado, lamentando no haber participado en aquel festín de carne.
 "¡Ha tenido suerte, eh!", exclamó un mantero.
 "Hay ya demasiados ladrones por aquí, en el mercado -dijo un pasmarote con gafas oscuras de bandido-. ¿Qué quieren? Es la crisis".
 El mantero le miró y dijo amenazador: "¡Bien, hay que castigarlos!"
 En el mismo instante, la mujer que había sido robada atravesó la multitud y corrió a derramar sus lágrimas ante la sombría mirada del comisario de Mokolo. Llevaba la cabeza descubierta. Al correr, sacudía su generoso cuerpo. El Testigo de Jehová la seguía. Les dijo simplemente, a unos policías que quisieron impedirle entrar en la comisaría, que era un testigo. Les mostró su gran Biblia e hizo el gesto de golpear con ella la cabeza de uno de los policías. El policía se vengó en la apretujada multitud que quería seguir el camino del último testigo y cerró las puertas de la comisaría como si fueran las del paraíso. La multitud se amontonó gruñendo ruidosamente tras la barrera así cerrada. Pude pasar entre los barrotes, flanqueé los muros y me encontré cerca del lugar del juicio final.
 "Perdone usted, señor comisario", dijo la mujer.
 Creí que yo no la oía bien. "Estaba simplemente buscando mi estuche de maquillaje y no lo encontraba", dijo.
 Yo no creía lo que estaba viendo. Y el joven palideció. Y el comisario descubrió sus malignos dientes. "¿Cómo?"
 Dejó de hablar en su talkie-walkie, abriendo desmesuradamente sus ojos inflamados, le gritó a la mujer: "¿Y ahora lo ha encontrado?"
 -Sí, señor comisario.
 -¡No es posible!
 La mujer sacó su estuche temblando. "¡Lo había atado en mi paño!"
 El volcánico comisario se lo arrancó de las manos. Volviéndose hacia los dos policías, les dijo simplemente: "Agentes, ¡pónganme eso a enfriar!"
 Insistió mortalmente en el "eso". Y mientras el llanto de la mujer iba a extinguirse en la oscuridad de una celda, el joven al que había acusado falsamente fue de pronto festejado como un héroe por la multitud aferrada a la barrera de la comisaría. La multitud-esa-oh que hacía un rato le habría desollado sin discusión. El joven se limpió la sangre del rostro con el dorso de la mano. La puerta de la comisaría se abrió ante él.»
 
*Revendedoras.
 
    [El texto pertenece a la edición en español de El Aleph Editores, 2010, en traducción de Manuel Serrat Crespo. ISBN: 978-84-7669-971-3.]

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Realiza tu comentario: