miércoles, 13 de marzo de 2019

La partida de los músicos.- Per Olov Enquist (1934)


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Primera parte
5.-El retrete de Alfons Lindberg

1
«El primer pequeño conflicto interno en la Asociación Obrera se produjo pronto. Tuvo que ver con Alfons Lindberg. Tenía entonces veinticinco años, la cuestión trataba de si por la construcción del nuevo retrete de la Oficina se le iba a considerar como un rompehuelgas.
 Alfons Lindberg era un trabajador bueno y fuerte, tibiamente fervoroso en su juventud, algo más caluroso bajo la dura presión de un penoso matrimonio y otras adversidades en su vida privada. En realidad, él no tenía un gran interés en eso de la política. Había ingresado en la Asociación Obrera porque el otoño anterior había oído lo de que la Asociación Obrera repartía Biblias a los de la confirmación (un rumor que sólo tenía una tercera parte de verdad), lo que le tranquilizaba, puesto que la Asociación Obrera obviamente parecía una sección de la Misión y por otra parte alguien le había dicho (no del todo erróneo) que la intención última de la Asociación era que sólo los miembros de la Asociación en el futuro se podrían considerar como obreros auténticos.
 Dejando a un lado eso del socialismo, a él le gustaba considerarse como un obrero auténtico.
 Justo cuando estalló el pequeño conflicto de febrero, que de pronto ya no era tan pequeño, había conseguido un trabajo especial. Construir un nuevo retrete para la dirección de la Compañía (era la pura verdad). Un pequeño edificio especial que iba a estar más cerca de la Oficina que el existente. El acta no ofrece dudas al respecto: "Otro miembro, concretamente Alfons Lindberg, quería saber cómo debía actuar en un trabajo que le acababan de pedir que hiciera justo después de la fiesta, concretamente echar los cimientos de piedra y construir un retrete para la Oficina".
 Era el párrafo número 10. Le iban a pagar tres coronas al día, lo que en cualquier caso era algo, y entonces estalló la huelga.
 Alfons Lindberg había nacido en Burebo, estaba viudo y tenía cuatro hijos. Había vivido en un matrimonio lleno de preocupaciones. Él era un hombre pacífico, de sonrisa melancólica, pero en el matrimonio le había tocado una esposa que con su mezcla de violencia, miramiento y brutalidad le había amargado la vida durante muchos años. Ella pertenecía a esa categoría de personas que cae con frecuencia en la melancolía y la expresaba en un lenguaje excepcionalmente drástico en este ambiente social.
 Ella no era grande, más bien al contrario, pero su vocabulario cuando estaba fuera de sí (y lo estaba con frecuencia) era aterrador. Alfons Lindberg andaba con frecuencia asustado y se pensaba que tenía unos nervios excepcionalmente bien templados, pero su pelo blanco desvelaba la verdad. Cuando Alfons Lindberg no se había portado bien o cuando ella se sentía abatida o melancólica por algo, solía gritarle en voz baja pero intensa: ¡Oye tú, si no te comportas bien te'n vo a rancar lo brazo y te'n vo a sacudir enta dixarte sin sintíu! No había el menor rastro de broma en esas palabras y Alfons Lindberg se asustaba de verdad. Sabía los tremendos recursos de violencia que ella podía movilizar. También los recursos de atención y miramientos. A veces violencia y mimos se fundían de manera extraña. Era famosa la ocasión en la que en un ataque de ira (se había sentido de repente melancólica y sabía que era culpa de Alfons) maltrató a Alfons pegándole con un par de calzoncillos sucios, calzoncillos marianos de lana, en la cara, mientras ella, objetiva y considerada, gritaba al mismo tiempo que le daba con los calzoncillos en la cara al desconcertado marido: ¡Zarra los güellos, no siga que te los desgracie con uno de los butons!
 Luego enfermó de cáncer; su melancolía se dirigía entonces más hacia dentro que hacia fuera y se volvió silenciosa y se solía sentar en el retrete a llorar amargamente y primero le extirparon un pecho y luego el otro y ella se marchitó y se calló y amarilleó, y Alfons Lindberg iba al hospital una vez por semana y le cogía la mano y un día ella ya no estaba. Al regresar a casa y decírselo a los hijos, se echó a llorar. Luego fue al reloj de pared como era costumbre, lo paró y lloró todo el tiempo. Quizá no le importaban mucho los golpes que le había dado. En todo caso, tenía cuatro hijos y los vecinos siempre se habían asombrado de que él hubiese podido acercarse cuatro veces a ella; pero ellos nunca comprendieron nada de ese matrimonio. 
 Tras la partida de su esposa a reunirse con Dios, él ingresó en la Asociación Obrera Independiente de Burea. Cada vez iba confiando más en Dios. Era pobre y miserable, sin embargo persistía firme en su espíritu si bien la carne flaqueaba. Mantenía la cabeza alta y también el ánimo. [...]
 Cuando Alfons Lindberg, pues, en una de las primeras reuniones sobre la huelga en la Asociación Obrera Independiente de Burea pidió la palabra hubo muchos que aguzaron el oído sorprendidos. Hasta entonces no había sido un hombre de muchas palabras y tampoco había mostrado demasiado interés. Levantó el puño. Tengo una cuestión de procedimiento, informó con una expresión que seguramente había tomado de reuniones anteriores.
 Le dieron la palabra. Sencillamente la cuestión era si él, aunque había huelga, podía construir el nuevo retrete al lado de la Oficina, o no.  
 ¿Les pareció a los demás que esto era un poco embarazoso o cómico?
 Algunos estaban claramente algo incómodos ante este incomprensible Alfons Lindberg; era como si su intervención hubiese convertido en fútil este importante conflicto, como si lo hubiera convertido en algo cómico, un sainete campesino en lugar de lucha de clases (aunque todos conocían el primer término mucho mejor que el segundo) y como si su intervención hubiese llegado como algo en el fondo indigno, como un pedo en un funeral.
 Mala comparación. El conflicto no era un funeral. Y el problema de Alfons Lindberg tampoco era un pedo.
 En cualquier caso: inmediatamente estalló la disputa.
 Fue la primera disputa en la historia de la asociación y la primera en que se utilizaron palabrotas. Las anotaciones bastante secas del acta hablan de "palabras duras" y "discusión violenta" y la línea final "después de calmarse decidieron que " da un pálido reflejo del debate que se inició con la categórica declaración de Ebon Eriksson de que la huelga era total, absolutamente total, sin excepción alguna. Absolutamente ninguna excepción. Ni para Alfons Lindberg ni tampoco para el retrete de la Compañía. Los señores de la Compañía podían aguantarse. Lo que tenían que hacer era apretar bien el culo y aguantarse. Eso es lo que tenían que hacer también los huelguistas.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Nórdica Libros, 2016, en traducción de Marina Torres y Francisco J. Uriz. ISBN: 978-84-16440-91-7.]
 

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