domingo, 28 de febrero de 2021

Musicoterapia.- Juliette Alvin (1897-1982)

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Segunda parte: La aplicación moderna de la música en los tratamientos médicos
III.-Efectos fisiológicos y psicológicos de la música
13.-Respuestas psicológicas a la música
Autoexpresión

 «La música que tiene el poder de evocar, asociar e integrar es, por esa razón, un recurso excepcional de autoexpresión y de liberación emocional. Suzan Langer, quien ha estudiado los efectos de la música, admite sus poderes, pero no está de acuerdo en que la liberación emocional sea la función primaria de la música, aun cuando, como ella dice, “usamos la música para extraer nuestras experiencias subjetivas y para restablecer nuestro equilibrio personal”.
 La función primaria no es necesariamente la más importante: cabe creer que las funciones más trascendentes de la música de hoy son dar al hombre una salida emocional mediante una experiencia estética adaptada a su nivel de inteligencia y de educación.
 “Una emoción es lo que nos mueve, como su nombre indica” dice Hadfield. Procede de una acumulación de energía anterior a la descarga. La emoción es una reacción dinámica a ciertas experiencias y necesita una salida, pues la inhibición y la represión están entre las fuentes principales de los desórdenes mentales. Además, las emociones se hacen conscientes sólo cuando han tomado forma mediante algún recurso de autoexpresión.
 La música puede satisfacer las necesidades señaladas en estas notas. Como medio de autoexpresión trae a la conciencia emociones profundamente asentadas y proporciona la vía de descarga necesaria; función que la música ha cumplido desde tiempo inmemorial. Los griegos llamaban “purgas de las emociones” al efecto catártico que alguna música tiene sobre el oyente cuando lo devuelve a un estado armónico.
 Schneider, hablando de  un pasado aún más lejano, sugiere que “la música es el asiento de fuerzas o espíritus secretos evocables con la canción para dar al hombre poderes mucho más grandes que el suyo propio, o que le permiten redescubrir su yo interior”.
 Hoy, como siempre, las fuerzas secretas de la música pueden contribuir a revelar y a despertar mucho de lo que permanece inexpresado o duerme en el hombre. A veces lo ayuda a descubrir en sí mismo un sentimiento de belleza, una inesperada aptitud, o aun una nostalgia. Aaron Copland sugiere que “la gran música despierta en nosotros reacciones de un orden espiritual que ya existían en nosotros pero esperaban ser suscitadas”.
 Si la música puede ayudar al oyente a explorar y a descubrir su yo interior mediante un proceso psicológico profundo, las actividades musicales pueden auxiliar al ejecutante para que adquiera o desarrolle el conocimiento de sí mismo; el conocimiento de los otros a través de varios medios adaptados a su personalidad. Cualquiera sea su capacidad de ejecutante, se desenvuelve en un mundo de acción positiva, donde tiene que enfrentar a una competencia. Tiene que adquirir algunos medios técnicos de expresión, obedecer leyes musicales, desarrollar relaciones personales sanas, conducirse en una forma social aceptable. Lo que se le pide, aunque es poco, puede ayudarlo a descubrirse a sí mismo y a los demás. Hacer música es una experiencia compartida que no puede ser desarrollada ni disfrutada sin el conocimiento de sí mismo y sin la aptitud de comunicarse. Esta afirmación nos conduce a examinar la influencia de la música sobre el grupo.

 El grupo

 Si la música tiene el poder de afectar el estado de ánimo y las emociones del individuo, ejerce también una singular influencia sobre el grupo. Esta característica es especialmente interesante ante los métodos modernos empleados en la terapia de grupo.
 La salud mental depende en grado sumo del equilibrio entre la subordinación a una comunidad y la libertad de expresión individual.
 La falta de capacidad para adecuarse a la sociedad y para encontrar medios individuales de autoexpresión es uno de los síntomas principales de perturbaciones mentales. El valor de la música, en este caso, es proveer de una válvula emocional dentro del grupo.
 La música es la más social de todas las artes, lo cual ha sido experiencia común en todos los tiempos. Como parte de una función social ha afectado al hombre comprometido con ella, ya como partícipe, ya como espectador. En sí misma es una poderosa influencia integradora hacia cualquier función a la cual se suma o aporta un sentimiento de orden, de tiempo y de continuidad. Además, los sonidos que penetran dentro del grupo pueden ser percibidos por todos, aunque nada sea visto. El resultado es que la música afecta a cada uno del grupo que se encuentra al alcance del sonido.
 El instinto gregario está siempre presente en el grupo, y los efectos de una experiencia musical son contagiosos. El grupo reacciona a la música lo mismo que el individuo. Ciertas músicas provocan en el grupo una conducta armónica y ordenada, otras inducen a una falta de dominio general y al desorden.
Resultado de imagen de juliette alvin musicoterapia  Con mucha frecuencia la música no expresa los sentimientos del individuo sino un sentimiento del grupo. En la sociedad primitiva, como lo sugiere Bowra, la música expresó los pensamientos tribales y en algún sentido fue la voz de una conciencia común. Así ha venido ocurriendo a través de los tiempos y en todas las partes del mundo. La música ha sido y sigue siendo la expresión simbólica de una cultura o de una civilización, o del modo de vivir de un grupo. Aún hoy la música, especialmente la música folklórica, puede dar al hombre el sentimiento, quizá nostálgico, de pertenecer a un grupo étnico de hoy o del pasado. Un himno nacional es un símbolo que pertenece a todos los miembros de un grupo nacional, cualquiera sea su raza, su credo o su condición política dentro del grupo.
 La música, por ser un lenguaje sin palabras, tiene también carácter internacional. Ha ayudado al hombre a participar y a comunicarse con otros grupos, aunque pertenecieran a otras comunidades geográficas. A pesar de la distancia y del idioma, el hombre ha usado la música como un medio de comunicación con un mundo más amplio, con grupos alejados y con sus epopeyas. Desde Homero hasta los Minnesingers, desde los trovadores y los juglares hasta el moderno cuarteto de cuerdas, pasando por el canto heroico, la balada o la ejecución radiotelefónica, los músicos han ayudado al hombre a conocer hechos y cosas de otros hombres. Así la humanidad ha podido construir poco a poco una herencia musical común a muchos pueblos y a muchas generaciones, lo que al mismo tiempo enlaza lo pasado con lo presente.
 La música ha expresado los sentimientos del grupo en función de la comunidad en la cual los participantes compartían los mismos asuntos o los mismos intereses. Por ejemplo, ciertos ritos curativos primitivos abarcaban a la tribu entera, que se reunía alrededor de la cabaña del enfermo y cantaba y tocaba a veces durante días y noches incansablemente.
 La música empleada en reuniones religiosas, estatales o sociales suele afectar o reflejar el estado de ánimo de todo el grupo. En los tiempos de Grecia o de Roma, lo mismo que hoy, diversas clases de festivales musicales reunían a aficionados a la música y a otros, cualquiera fuera su condición social. El hecho de que la afición a la música derribara barreras sociales ha sido y sigue siendo importante por la influencia que ejerce sobre la sociedad.
 La música permite una libertad de expresión individual dentro del grupo, y podemos sacar en conclusión que tal grupo es un medio ideal para la psicoterapia.
 La música establece relaciones personales múltiples entre todos sus miembros, ejecutantes, oyentes y la música misma. Cada miembro del grupo tiene que aceptar una disciplina común en obsequio de algo más importante que cualquiera de ellos: es decir, la música. Deben comportarse de manera aceptable musical y socialmente. Han de tolerarse, sentirse libres de criticar y ser criticados. Además, el grupo musical en el cual cada uno desempeña una parte, como compositor, oyente o ejecutante, según su aptitud, responde al deseo fundamental del hombre de ser necesitado y aceptado por sus semejantes.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Paidós Ibérica, 2005, en traducción de Enrique Molina de Vedia, pp. 118-123. ISBN: 84-7509-316-7.] 

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