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lunes, 12 de julio de 2021

El mar.- John Banville (1945)


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II


 «Un día de 1893, en París, Pierre Bonnard se puso a espiar a una muchacha que se apeaba de un tranvía, atraído por su fragilidad y su pálida hermosura, y la siguió hasta su lugar de trabajo, unas pompas fúnebres, donde se pasaba el día cosiendo perlas a las coronas funerarias. De este modo la muerte, al principio, colocó su crespón negro a las vidas de ambos. Rápidamente trabó amistad con ella –supongo que, en la Belle Époque, estas cosas se conseguían con desenvoltura y aplomo- y poco después ella abandonó su trabajo, y todo lo demás, y se fue a vivir con él. Le dijo que se llamaba Marthe de Méligny y que tenía dieciséis años. De hecho, aunque él no descubriría hasta más de treinta años después, cuando por fin se decidió a casarse con ella, su verdadero nombre era Maria Boursin y cuando se conocieron no tenía dieciséis años, sino que, al igual que Bonnard, era ya una veinteañera. Permanecieron juntos, en la riqueza y en la pobreza, o, mejor dicho, en la pobreza y en la miseria, hasta que ella murió, casi cincuenta años más tarde. Thadée Natanson, uno de los primeros mecenas de Bonnard, en una semblanza del pintor recordaba con pinceladas rápidas e impresionistas a la élfica Marthe y hablaba de su absurda cara de pájaro, sus movimientos de puntillas. Era una mujer reservada, celosa, brutalmente posesiva, que padecía de manera persecutoria, y era una apasionada hipocondríaca. En 1927, Bonnard compró una casa, le Bosquet, en la vulgar población de Le Cannet, en la Côte d’Azur, donde vivió con Marthe, unido a ella en un aislamiento intermitentemente tormentoso, hasta la muerte de ella quince años después. En Le Bosquet, Marthe adquirió el hábito de pasar largas horas en el baño, y fue en el baño donde Bonnard la pintó, una y otra vez, continuando la serie incluso después de la muerte de ella. Las Baignoires son la exitosa culminación de su obra. […]
 Ella también, mi Anna, cuando se puso enferma cogió la costumbre de darse largos baños por la tarde. La calmaban, decía. A lo largo del otoño y el invierno de su lenta agonía, de doce meses nos encerramos en nuestra casa junto al mar, igual que Bonnard y su Marthe en Le Bosquet. […]
 Estaba pensando en Anna. Me obligué a pensar en ella, lo hago como ejercicio. Ella se aloja en mi interior como un cuchillo, y sin embargo empiezo a olvidarla. La imagen que tengo de ella en mi mente es ya deshilachada, se les están cayendo trozos del pigmento, del pan de oro. ¿Algún día estará el lienzo vacío? He llegado a comprender lo poco que la conocía, es decir, qué superficialmente la conocía, qué mal. No es que me culpe por ello. Aunque quizá debería. ¿Fui demasiado perezoso, demasiado desatento, estuve demasiado pendiente de mí? Sí, todas estas cosas, y no obstante no me parece que sea una cuestión de culpa, este olvido, este no haber conocido. Me imagino más bien que esperaba demasiado de ese conocer. Me conozco tan poco, ¿cómo iba a conocer a otro?
 Pero, esperad, no, no es eso. Estoy siendo falso… para variar, eso dices tú, sí, sí. La verdad es que no deseábamos conocernos el uno al otro. Más aún, lo que deseábamos era exactamente eso, no conocernos. Ya he dicho en otra parte –ahora no tengo tiempo para ir a mirar dónde, atrapado como estoy de repente en las redes de este pensamiento- que lo que encontré en Anna desde el principio fue una manera de realizar la fantasía de mí mismo. No sabía qué quería decir exactamente cuando lo dije, pero ahora que pienso un poco en ello de repente lo comprendo. O lo sé. Dejadme que intente desentrañarlo, tengo mucho tiempo, estas tardes de domingo son interminables.
Resultado de imagen de john banville el mar Desde el principio quise ser otra persona. El mandato nosce te ipsum* poseyó un regusto a ceniza en mi lengua desde la primera vez que un profesor me obligó a repetirlo después de él. Yo me conocía, demasiado bien, y no me gustaba lo que conocía. De nuevo, debo puntualizar. No es que lo que yo era me desagradara, me refiero al yo singular y esencial –aunque admito que incluso la idea de un ser esencial y singular es problemática-, sino ese amasijo de afectos, inclinaciones, ideas recibidas, tics de clase, que mi nacimiento y mi educación me habían otorgado como remedo de personalidad. Remedo, sí. Yo nunca tuve personalidad, no tal como la suelen tener los demás, o como creen que la tienen. Siempre fui un nadie inconfundible cuya mayor ansia fue ser un alguien vulgar. Sé lo que quiero decir. Anna, lo comprendí enseguida, sería el medio para transmutarme. Era el espejo de parque de atracciones en el que todas mis deformidades se tornarían normalidad. “¿Por qué no eres tú mismo?”, me decía en nuestros primeros días juntos –eres, fijaos, no te conoces-, compadeciéndose de mis torpes intentos de comprender el gran mundo. ¡Sé tú mismo! Con lo que quería decir, claro Sé alguien que te guste. Ése fue el pacto que hicimos, que nos aliviaríamos mutuamente la carga de ser quien todo el mundo nos decía que éramos. O al menos ella me alivió de esa carga, y yo, ¿qué hice por ella? Quizá no debería incluirla en esa pulsión de no querer saber, quizá era sólo yo el que deseaba la ignorancia.
 De todos modos, la cuestión con que me he quedado es precisamente la cuestión de conocer. ¿Quiénes éramos, sino nosotros? Muy bien, dejemos a Anna fuera de esto. ¿Quién era yo, sino yo? Los filósofos nos dicen que los demás nos definen y nos hacen ser lo que somos. Una rosa, ¿es roja en la oscuridad? En un bosque de un lejano planeta donde no hay oídos que oigan, ¿hace ruido un árbol al caer? Pregunto: ¿quién iba a conocerme, sino Anna? ¿Quién iba a conocer a Anna, sino yo? Preguntas absurdas. Fuimos felices juntos, o no fuimos infelices, que es más de lo que la mayoría de la gente consigue; ¿es que eso no es suficiente? Hubo tensiones, hubo momentos difíciles, cómo no iba a haberlos en una unión como la nuestra, si es que existe alguna que se le parezca. Los gritos, los chillidos, los platos que volaban, algún sopapo, algún puñetazo, todo eso lo vivimos. Estuvo Serge y los de su calaña, por no hablar de mis Sergias, por no hablar de ellas. Pero incluso en mitad de nuestras riñas más feroces, sólo éramos violentos en broma, como Chloe y Myles en sus combates de lucha. Nuestras peleas acababan a carcajadas, amargas carcajadas, pero carcajadas de todos modos, frustrados e incluso un poco avergonzados, avergonzados no de nuestra ferocidad, sino por carecer de ella. Nos peleábamos para sentir, para sentirnos reales, siendo unas criaturas que se habían hecho a sí mismas. O al menos siéndolo yo.
 ¿Podíamos, podía yo, haber actuado de otro modo? ¿Podía haber vivido de otro modo? Infructuosos interrogantes. Naturalmente que podía, pero no lo hice y ahí reside el absurdo de incluso preguntarlo. De todos modos, ¿dónde están los parangones de la autenticidad con que se pueda comparar mi yo inventado? En esos últimos cuadros que Bonnard pintó en el cuarto de baño, en los que retrató a la septuagenaria Marthe, nos la muestra como la adolescente que él creía que era cuando la conoció. ¿Por qué me exijo a mí más veracidad en mi visión que a un gran y trágico artista? Hicimos lo que pudimos, Anna y yo. Nos perdonamos el uno al otro por todo lo que no éramos. ¿Qué más podía esperarse, en este valle de lágrimas y tormentos? No pongas esa cara de preocupación, dijo Anna, yo también te odié, un poco, éramos seres humanos, después de todo. No obstante, a pesar de todo eso, no puedo desembarazarme de la convicción de que me perdí algo, de que nos perdimos algo, sólo que no sé qué pudo ser.
 He perdido el hilo. Todo se me confunde. ¿Por qué me torturo con estos equívocos insolubles, no he tenido ya bastante casuística? Déjate en paz, Max, déjate en paz.»

*Conócete a ti mismo. [N. del T.]

    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2006, en traducción de Damián Alou, pp. 130-131 y 180-183. ISBN: 84-339-7107-7.]

lunes, 21 de junio de 2021

Autorretrato.- Édouard Levé (1965-2007)


Resultado de imagen de edouard leve «Pocas veces me fumo más de diez cigarros al día, mi garganta tiene un indicador natural que hace que me dé asco si fumo más. Puedo pasar días sin fumar. He dejado de fumar varias veces sin querer, siempre de la misma forma: cojo anginas, dejo de fumar y, una vez curado, se me olvida volver a fumar. Fumo tabaco de liar porque se consume a la velocidad a la que le doy las caladas, si se apaga lo vuelvo a encender, el tabaco que viene liado se consume solo y me impone un ritmo del que no quiero sentirme esclavo. Tengo un amigo que asegura que a las tres de la tarde es cuando el metro va más vacío y que, por lo tanto, habría que cogerlo siempre a esa hora. A veces escribo en el ordenador con los ojos cerrados y me recreo con la idea de las faltas de mecanografía que la lectura me revelerá más tarde. Ignoro más de lo que sé sobre mi cuerpo. Sé que tengo una cabeza, un cerebro derecho, un cerebro izquierdo, dos ojos, dos orificios nasales, dientes, un labio inferior y un labio superior, sé que tengo diez dedos al final de dos manos al final de dos brazos unidos a mi tronco por los hombros, sé que tengo pelo en el pecho, un cuello, dos pezones, costillas en número desconocido, un pene, dos testículos, dos nalgas, dos muslos, dos piernas, dos pies, sé que tengo un estómago, un corazón, un intestino grueso y un intestino delgado, un hígado, una tráquea, sangre, una garganta, una lengua, cuerdas vocales y dos orejas, no sé cuántos músculos tengo, cuánto me pesan los huesos, cuántas neuronas tengo ni a qué velocidad se renuevan, desconozco el volumen de mi sangre, no me he visto ningún órgano interno, hay ciertas partes de mi cuerpo que sólo he visto por mediación de un espejo, hay ciertas partes de mi cuerpo que no he visto, ni siquiera con la mediación de un espejo, pero no sabría decir cuáles. Sigo a los locos por la calle. No soy anarquista. No soy comunista. No soy socialista. No soy de derechas. Soy demócrata. Le doy importancia a los asuntos de la ecología. He votado a los verdes en todas las elecciones. Hasta los catorce pasaba la mayoría de los fines de semana en una casa de campo en la que, visto a posteriori, creo haberme aburrido mucho, aunque en su momento no era consciente. En poesía no me gusta la ejercitación de la lengua, me gustan los hechos y las ideas. Me interesan más la neutralidad y el anonimato de la lengua común que los intentos de los poetas por crear su propia lengua, el informe de los hechos me parece la poesía no poética más bella que hay. Suelo utilizar la palabra suelo. Cuando escribo suelo utilizar la palabra mucho, pero la elimino al releer. Sueño con una escritura blanca, pero no existe. No sé cuántas palabras conozco. Me pregunto si, puesto que con el tiempo olvido palabras y ahora aprendo menos que en el pasado, eso significa que cada vez utilizo menos palabras. Suelo tener miedo de defraudar a mis interlocutores. Me cuesta hablar en público de otra cosa que no sea yo. Mi persona es un tema inagotable para mí. Como me gusta que la gente me hable de sí misma, no tengo ningún escrúpulo a la hora de hablar de mí. Hago muchas preguntas sobre la vida privada de mis interlocutores, sobre todo si no los conozco. Prefiero que me cuenten una exposición a verla con mis propios ojos. No miento. Creo que ya no creo en Dios pero de vez en cuando, por la noche, me pregunto si es verdad que ya no creo. Ya no me acuerdo de a qué edad empecé a creer en Dios. Calculo que antes de los catorce creía en Dios por imitación, entre los catorce y veintiuno tenía fe y después dejé de creer gradualmente hasta que un día me di cuenta de que ya no creía. Cuando creía me representaba a Dios como a un abuelo con túnica y barba blancas, se me aparecía en contrapicado, como en un fresco. No me gustan las entrevistas de trabajo en las que le enseño mis trabajos a gente que me recibe por compromiso, más que por voluntad propia, sobre todo si hojean mis porfolios muy rápido, en cuanto a las entrevistas de trabajo que van bien, no siempre me agradan, sobre todo si acaban en un encargo en el que creo a medias pero con el que finjo estar entusiasmado. Cuando duermo bien, me imagino este proyecto: pasarme días sin dormir, para experimentar la impresión de estar bajo los efectos de una droga natural. Cuando duermo mal, me imagino este proyecto: dormir durante cuarenta y ocho horas, para experimentar así la impresión de estar bajo los efectos de una droga natural. En el extranjero comer se convierte en un problema, los menús son incomprensibles, pido los platos al azar y en general me llevo sorpresas agradables, aunque, o porque, la naturaleza de los platos es imprevisible, y el orden, contra natura. Me afecta por igual una buena noticia que una mala, una noticia mala puede volverse buena, la mala noticia de verdad sería que no hubiese ninguna noticia. Estando en la calle una vez, miré el reloj con una lata de Coca-Cola en la mano derecha, me tiré la mitad de la lata en el pantalón, por suerte nadie me vio, nunca se lo he contado a nadie. No he leído a Platón, pero he leído muchos artículos que lo citan, por lo que tengo la falsa impresión de conocerlo, como esos libros que tengo desde hace tiempo y que nunca he abierto. Para que no me pillen en falta, evito citar a Platón al hablar. Me parece arriesgado evocar el pensamiento de un autor que sólo conozco en parte, aunque no creo que conozca a ninguno íntegramente. La tormenta me exalta como un enemigo. Me puedo tomar tres tazones de café americano sin empacharme, pero no más de un expreso francés, ni de un expreso italiano. En el extranjero, orinar y defecar se convierten en un problema, pero no más que fuera de casa en mi propio país. No he conducido un camión, ni un avión, ni un helicóptero ni un cohete, he conducido coches y motos de todas las cilindradas, barcos y bicicletas. Sé hacer esquí alpino, esquí náutico, skateboard, patinaje sobre ruedas, windsurf, pero no sé hacer ni surf ni snow. Si alguien dice “Monsieur Paul” en vez de “Paul”, tengo que superar cierta aprensión para seguir hablando con él sin reírme por dentro y sin sentirme culpable. Nunca llevo cuello vuelto, me irrita la piel. Evito los jerséis de lana virgen porque me dan picores y despiden un olor que me recuerdan a la irritación que me salía cuando, de pequeño, me obligaban a ponérmelos. No me gusta ponerme jerséis de cuello estrecho con el pelo todavía mojado. Dejé de ir al peluquero cuando tenía catorce años por el olor de la laca, por el rechinar sobre el pelo mojado de los dedos de la que me lavaba la cabeza y por el dolor de nuca que me entraba en el lavabo en forma de U. Me corto yo mismo el pelo, cosa que impresiona a mis amigos, ya que, con la experiencia, me sale bastante bien. He visto demasiadas muertes gesticulantes por televisión. Colecciono las tarjetas de invitación de las exposiciones con el propósito de hacer un inventario dentro de dos o tres décadas, pero cada cuatro años las tiro todas por falta de espacio, y, tiempo después, vuelvo a empezar. Me gustaría guardar todas las postales que recibo, pero al final las tiro al cabo de los años, salvo las de mis mejores amigos. Me pregunto si mis amigos tirarán las postales tan elaboradas que les mando. Soy capaz de repetir palabra por palabra frases u opiniones que oigo, simplemente porque me parecen justas y no veo por qué modificarlas para apropiarme de ellas. No estoy muy seguro de poder servir de ejemplo a la juventud. A los diez años, un día me estaba comiendo un bocadillo de jamón york cuando de repente noté un fuerte olor a tabaco, aunque no había nadie fumando a mi alrededor, y al olor se le unió un sabor agrio en la boca, había una colilla de tabaco negro dentro del pan, acababa de darle un mordisco. A diferencia de un amigo de un amigo, no me he encontrado un renacuajo en un queso fresco.
Resultado de imagen de edouard leve autorretrato 451 editores Cuando en invierno hay un sol intenso sin ninguna nube que lo oscurezca y la luz fría recorta secamente las sombras, podría fotografiar lo que sea y a quien sea. En los servicios públicos me protejo los dedos con papel higiénico para tirar de la cadena, pongo papel sobre la taza antes de sentarme, me lavo las manos cuando salgo y, a veces, también al entrar. No he esperado ningún tren ni ningún avión que no haya llegado, pero sí a gente. Es raro que me haga amigo de alguien que no avisa con tiempo de que no se va a presentar a una cita. No cortejo a mujeres caprichosas. Para sentirme seguro, si estoy perdido en una ciudad extranjera, voy al supermercado, es un lugar familiar, aunque, al mirar de cerca, ningún producto se parece a los que yo conozco, puedo, por ejemplo, sentirme completamente perdido en la sección de los yogures. Me siento atraído por las mujeres generosas con el tiempo, con las sonrisas, con la conversación, con el afecto y con el deseo físico. Prefiero estar en la cima de una montaña que al pie. Bajo los escalones de uno en uno y los subo de dos en dos. He ido a pescar menos de cinco veces  y todas antes de los quince. Le pegué un tiro a un faisán con una carabina y lo maté. Les he arrancado las alas a unas treinta moscas, les he quitado las patas traseras a igual número de saltamontes. En Beauce, aplasté cien hormigas soldado en un tilo. He destruido a puntapiés un hormiguero. Quería mucho a un perro al que mis padres tuvieron que poner la inyección porque se había vuelto loco, esa fue mi primera experiencia con la muerte. Estaba sentado en una terraza de una calle cercana a la Bastilla, la mochila con mi lujosa cámara colgada de la silla que pegaba a la carretera, un adolescente la cogió y echó a correr, lo vi al instante, pero me hicieron falta unos segundos para aceptar la idea de que me estaban robando, entonces me levanté y empecé a correr, cuando comprendí  que no lo iba a coger, grité sin mucha convicción: “Al ladrón, al ladrón”, soltó la mochila al instante. No me acuerdo de si lloré cuando, a la vuelta de la semana blanca, mis padres me comunicaron que Pirouette, mi hámster, había muerto durante mi ausencia. Mi padre me regaló una carabina del 22 de rifle largo por mi decimotercero cumpleaños, cosa que asustó al resto de la familia. Me gustaba la forma de mi carabina, pero me daba coraje que sólo pudiese pegar un tiro, e imaginaba que, en caso de ataque a la casa, tendría que ingeniármelas para que los asaltantes creyeran que era de repetición. Mi carabina disparaba plomillos y no cartuchos, lo que la hacía poco ofensiva a los ojos de los seres humanos, es decir, de los asesinos en potencia. Aunque no cazo, mi padre me dio la escopeta de caza de mi abuelo, con la que a veces he considerado la posibilidad de suicidarme. Hago más cosas cuando tengo poco tiempo que cuando tengo mucho. Tuve un sueño en el que iba paseando con mi padre, que a la vez era Raphaél Ibáñez, por un instituto lleno solo de chicas altas y rubias con zapatillas Converse, después nos bañábamos en un río azucarado, cuyo cauce conducía a una gruta recubierta de berro, nos comimos hasta las paredes antes de volver al instituto, imbuidos de deseo. Cuando viajo de pasajero en un coche, voy mirando cómo suben y bajan los hilos de los postes eléctricos como el malvavisco en una tienda de chucherías. La naturaleza se me antoja menos hospitalaria que la ciudad. Una casa en construcción puede llegar a interesarme más que una escultura minimalista, porque, al ser accidental el interés por la primera, me siento más autor que espectador de la “obra”. Un amigo mío cantaba las primeras palabras de los estribillos en inglés y después seguía con una serie de onomatopeyas porque la comprensión se le agotaba en ese punto. De pequeño se me repetía esta pesadilla: la gravedad ha desaparecido, la humanidad se dispersa, mis íntimos se alejan de mí sin esperanza de volver , cada uno es el centro de un universo en expansión infinita. Aunque no es un gran regalo, les doy las gracias a mi padre y a mi madre por haberme dado la vida. Cuando me tumbo en la hierba, me acuerdo del vértigo que me daba a los seis años pensar, tumbado en la hierba, que la gravedad se acababa y me caía del cielo.»

    [El texto pertenece a la edición en español de 451 Editores, 2009, en traducción de Julia Osuna Aguilar, pp. 59-68. ISBN: 978-84-96822-78-8.]

domingo, 28 de febrero de 2021

Musicoterapia.- Juliette Alvin (1897-1982)

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Segunda parte: La aplicación moderna de la música en los tratamientos médicos
III.-Efectos fisiológicos y psicológicos de la música
13.-Respuestas psicológicas a la música
Autoexpresión

 «La música que tiene el poder de evocar, asociar e integrar es, por esa razón, un recurso excepcional de autoexpresión y de liberación emocional. Suzan Langer, quien ha estudiado los efectos de la música, admite sus poderes, pero no está de acuerdo en que la liberación emocional sea la función primaria de la música, aun cuando, como ella dice, “usamos la música para extraer nuestras experiencias subjetivas y para restablecer nuestro equilibrio personal”.
 La función primaria no es necesariamente la más importante: cabe creer que las funciones más trascendentes de la música de hoy son dar al hombre una salida emocional mediante una experiencia estética adaptada a su nivel de inteligencia y de educación.
 “Una emoción es lo que nos mueve, como su nombre indica” dice Hadfield. Procede de una acumulación de energía anterior a la descarga. La emoción es una reacción dinámica a ciertas experiencias y necesita una salida, pues la inhibición y la represión están entre las fuentes principales de los desórdenes mentales. Además, las emociones se hacen conscientes sólo cuando han tomado forma mediante algún recurso de autoexpresión.
 La música puede satisfacer las necesidades señaladas en estas notas. Como medio de autoexpresión trae a la conciencia emociones profundamente asentadas y proporciona la vía de descarga necesaria; función que la música ha cumplido desde tiempo inmemorial. Los griegos llamaban “purgas de las emociones” al efecto catártico que alguna música tiene sobre el oyente cuando lo devuelve a un estado armónico.
 Schneider, hablando de  un pasado aún más lejano, sugiere que “la música es el asiento de fuerzas o espíritus secretos evocables con la canción para dar al hombre poderes mucho más grandes que el suyo propio, o que le permiten redescubrir su yo interior”.
 Hoy, como siempre, las fuerzas secretas de la música pueden contribuir a revelar y a despertar mucho de lo que permanece inexpresado o duerme en el hombre. A veces lo ayuda a descubrir en sí mismo un sentimiento de belleza, una inesperada aptitud, o aun una nostalgia. Aaron Copland sugiere que “la gran música despierta en nosotros reacciones de un orden espiritual que ya existían en nosotros pero esperaban ser suscitadas”.
 Si la música puede ayudar al oyente a explorar y a descubrir su yo interior mediante un proceso psicológico profundo, las actividades musicales pueden auxiliar al ejecutante para que adquiera o desarrolle el conocimiento de sí mismo; el conocimiento de los otros a través de varios medios adaptados a su personalidad. Cualquiera sea su capacidad de ejecutante, se desenvuelve en un mundo de acción positiva, donde tiene que enfrentar a una competencia. Tiene que adquirir algunos medios técnicos de expresión, obedecer leyes musicales, desarrollar relaciones personales sanas, conducirse en una forma social aceptable. Lo que se le pide, aunque es poco, puede ayudarlo a descubrirse a sí mismo y a los demás. Hacer música es una experiencia compartida que no puede ser desarrollada ni disfrutada sin el conocimiento de sí mismo y sin la aptitud de comunicarse. Esta afirmación nos conduce a examinar la influencia de la música sobre el grupo.

 El grupo

 Si la música tiene el poder de afectar el estado de ánimo y las emociones del individuo, ejerce también una singular influencia sobre el grupo. Esta característica es especialmente interesante ante los métodos modernos empleados en la terapia de grupo.
 La salud mental depende en grado sumo del equilibrio entre la subordinación a una comunidad y la libertad de expresión individual.
 La falta de capacidad para adecuarse a la sociedad y para encontrar medios individuales de autoexpresión es uno de los síntomas principales de perturbaciones mentales. El valor de la música, en este caso, es proveer de una válvula emocional dentro del grupo.
 La música es la más social de todas las artes, lo cual ha sido experiencia común en todos los tiempos. Como parte de una función social ha afectado al hombre comprometido con ella, ya como partícipe, ya como espectador. En sí misma es una poderosa influencia integradora hacia cualquier función a la cual se suma o aporta un sentimiento de orden, de tiempo y de continuidad. Además, los sonidos que penetran dentro del grupo pueden ser percibidos por todos, aunque nada sea visto. El resultado es que la música afecta a cada uno del grupo que se encuentra al alcance del sonido.
 El instinto gregario está siempre presente en el grupo, y los efectos de una experiencia musical son contagiosos. El grupo reacciona a la música lo mismo que el individuo. Ciertas músicas provocan en el grupo una conducta armónica y ordenada, otras inducen a una falta de dominio general y al desorden.
Resultado de imagen de juliette alvin musicoterapia  Con mucha frecuencia la música no expresa los sentimientos del individuo sino un sentimiento del grupo. En la sociedad primitiva, como lo sugiere Bowra, la música expresó los pensamientos tribales y en algún sentido fue la voz de una conciencia común. Así ha venido ocurriendo a través de los tiempos y en todas las partes del mundo. La música ha sido y sigue siendo la expresión simbólica de una cultura o de una civilización, o del modo de vivir de un grupo. Aún hoy la música, especialmente la música folklórica, puede dar al hombre el sentimiento, quizá nostálgico, de pertenecer a un grupo étnico de hoy o del pasado. Un himno nacional es un símbolo que pertenece a todos los miembros de un grupo nacional, cualquiera sea su raza, su credo o su condición política dentro del grupo.
 La música, por ser un lenguaje sin palabras, tiene también carácter internacional. Ha ayudado al hombre a participar y a comunicarse con otros grupos, aunque pertenecieran a otras comunidades geográficas. A pesar de la distancia y del idioma, el hombre ha usado la música como un medio de comunicación con un mundo más amplio, con grupos alejados y con sus epopeyas. Desde Homero hasta los Minnesingers, desde los trovadores y los juglares hasta el moderno cuarteto de cuerdas, pasando por el canto heroico, la balada o la ejecución radiotelefónica, los músicos han ayudado al hombre a conocer hechos y cosas de otros hombres. Así la humanidad ha podido construir poco a poco una herencia musical común a muchos pueblos y a muchas generaciones, lo que al mismo tiempo enlaza lo pasado con lo presente.
 La música ha expresado los sentimientos del grupo en función de la comunidad en la cual los participantes compartían los mismos asuntos o los mismos intereses. Por ejemplo, ciertos ritos curativos primitivos abarcaban a la tribu entera, que se reunía alrededor de la cabaña del enfermo y cantaba y tocaba a veces durante días y noches incansablemente.
 La música empleada en reuniones religiosas, estatales o sociales suele afectar o reflejar el estado de ánimo de todo el grupo. En los tiempos de Grecia o de Roma, lo mismo que hoy, diversas clases de festivales musicales reunían a aficionados a la música y a otros, cualquiera fuera su condición social. El hecho de que la afición a la música derribara barreras sociales ha sido y sigue siendo importante por la influencia que ejerce sobre la sociedad.
 La música permite una libertad de expresión individual dentro del grupo, y podemos sacar en conclusión que tal grupo es un medio ideal para la psicoterapia.
 La música establece relaciones personales múltiples entre todos sus miembros, ejecutantes, oyentes y la música misma. Cada miembro del grupo tiene que aceptar una disciplina común en obsequio de algo más importante que cualquiera de ellos: es decir, la música. Deben comportarse de manera aceptable musical y socialmente. Han de tolerarse, sentirse libres de criticar y ser criticados. Además, el grupo musical en el cual cada uno desempeña una parte, como compositor, oyente o ejecutante, según su aptitud, responde al deseo fundamental del hombre de ser necesitado y aceptado por sus semejantes.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Paidós Ibérica, 2005, en traducción de Enrique Molina de Vedia, pp. 118-123. ISBN: 84-7509-316-7.]