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miércoles, 4 de mayo de 2022

Alguien voló sobre el nido del cuco.- Ken Kesey (1935-2001)


Ken Kesey - Wikipedia
Segunda parte


  «—Después de lo ocurrido —prosigue el doctor—, nadie puede decir que estamos ante un hombre corriente. No, desde luego que no. Y, sin duda, constituye un factor perturbador, salta a la vista. Luego… ah… a mi entender, el propósito de esta discusión debe ser decidir la línea de actuación a seguir con él. Creo que la enfermera convocó esta reunión —corríjame si me equivoco, señorita Ratched—para comentar la situación y contrastar las opiniones del personal en cuanto a las medidas a adoptar con respecto al señor McMurphy.
  Le lanza una mirada plañidera, pero ella sigue sin abrir la boca. Ha levantado los ojos hacia el techo, seguramente en busca de rastros de suciedad, y no parece haber oído ni una palabra de lo que acaba de decir el doctor.
  Este se vuelve hacia los internos alineados al otro lado de la habitación: todos han cruzado la misma pierna sobre la otra y apoyan la taza de café en la misma rodilla.
  —Veamos, amigos —dice el doctor—, comprendo que no han contado con tiempo suficiente para dar un buen diagnóstico del paciente, pero todos han tenido una oportunidad de observarlo en acción. ¿Qué opinan ustedes?
  La pregunta les hace estallar la cabeza. Con gran astucia, el doctor acaba de pasarles la papeleta. Todos miran alternativamente al doctor y a la Gran Enfermera. De algún modo ella ha logrado recuperar su antiguo poder en cosa de escasos minutos. Solo con permanecer ahí sentada, sonriéndole al techo y sin decir nada, ha conseguido hacerse otra vez con el control y que todos tomen conciencia de que aquí tendrán que habérselas con ella. Si esos muchachos no se portan bien, corren el riesgo de concluir su período de prácticas en el hospital para alcohólicos de Portland. Todos empiezan a mostrarse tan inquietos como el doctor.
  —Su influencia es bastante perturbadora, sin duda.
  El primer interno no quiere correr riesgos.
  Beben sorbos de café y meditan. Después, el siguiente comenta:
  —Y podría representar un verdadero peligro.
  —Así es, así es —dice el doctor.
  El chico cree haber dado en el clavo y prosigue:
  —Todo un peligro, a decir verdad —dice y se inclina hacia delante en su silla —. No debemos olvidar que este hombre ha realizado actos violentos con el mero propósito de eludir el trabajo de la granja y acceder a la vida relativamente menos dura de este hospital.
   —Ha planeado actos violentos —añade el primer interno.
  Y el tercero musita:
  —Pero, en realidad, el mismo carácter de su plan podría indicar que se trata simplemente de un astuto embaucador y no de un enfermo mental.
  Echa un vistazo a su alrededor para comprobar cómo se lo toma la enfermera y ve que esta aún no se ha movido ni ha hecho el menor gesto. Pero el resto del personal se queda mirándolo como si hubiese pronunciado una terrible obscenidad. El chico comprende que ha errado el tiro e intenta fingir que era una broma, a base de soltar una risita y añadir:
   —Ya saben, “El que no marca el paso es que oye otro tambor” .
  Pero es demasiado tarde. El interno que ha hablado en primer lugar se vuelve hacia él, deja su taza de café sobre la mesa y saca del bolsillo una pipa del tamaño de un puño:
  —Francamente, Alvin —le dice al tercer muchacho—, me has defraudado. Incluso sin haber leído su historial, basta con observar su comportamiento en la galería para comprender lo absurdo de tal sugerencia. Ese hombre no solo está gravemente enfermo, sino que le considero sin lugar a dudas como un Agresivo en Potencia. Creo que las sospechas de la señorita Ratched iban en ese sentido cuando decidió convocar esta reunión. ¿No has identificado en él al prototipo del psicópata? Nunca había visto un caso más claro. Ese hombre es un Napoleón, un Gengis Khan, un Atila.
  Luego interviene otro. Recuerda los comentarios de la enfermera con relación a la sala de Perturbados.
  —Robert tiene razón, Alvin. ¿No has observado cómo actuó hoy ese hombre? En cuanto falló uno de sus planes se levantó de un salto, dispuesto a cometer cualquier violencia. ¿Por favor, doctor Spivey, qué dice su historial en cuanto al uso de la violencia?
  —Se evidencia una notoria falta de disciplina y respeto de la autoridad — responde el doctor.
  —Exactamente, Alvin, su historial demuestra que en repetidas ocasiones ha dirigido su hostilidad contra figuras que representaban la autoridad: en la escuela, en el servicio militar, ¡en la cárcel! Y creo que su actuación después de la rabieta de la votación de hoy es un indicio perfectamente claro de lo que podemos esperar de él en el futuro.
  Se interrumpe y frunce el entrecejo con la mirada fija en su pipa, vuelve a llevársela a la boca, enciende una cerilla y aplica la llama a la cazoleta con una sonora aspiración. Cuando por fin consigue encender la pipa, mira subrepticiamente a la Gran Enfermera a través de la nube de humo amarillo; debe considerar que su silencio indica aprobación, pues sigue adelante, con mayor entusiasmo y aplomo que antes.
  —Detente a pensarlo un minuto, Alvin —dice, con palabras algodonosas a causa del humo—, supón lo que le ocurriría a uno de nosotros si se encontrase a solas con el señor McMurphy en una sesión de Terapia Individual. ¡Piensa lo que ocurriría cuando llegases a un detalle particularmente doloroso y él decidiera que y a estaba harto de ti —¿cómo diría él?—, de tu “maldita curiosidad de métomeentodo”! Y cuando le dijeras que no debía mostrarse agresivo, te mandaría al infierno, y aunque tú le dijeras que se serenase, en tono autoritario, sin duda, ahí lo tendrías, noventa kilos de psicópata irlandés pelirrojo lanzados sobre ti, por encima mismo de la mesa de la consulta. ¿Estás preparado —alguno de nosotros lo está— para hacerte cargo del señor McMurphy cuando se plantee una situación de ese tipo?
  Vuelve a colocarse la pipa del número diez en la comisura de los labios, apoya las manos abiertas sobre las rodillas y espera. Todos piensan en los gruesos brazos rojos de McMurphy, en sus manos llenas de cicatrices y en su cuello que asoma por la camiseta como un grueso tarugo aherrumbrado. El interno llamado Alvin ha palidecido solo de pensar en ello, como si el amarillento humo de pipa, que le está echando en la cara su compañero, se la hubiese manchado toda.
  —¿Por lo tanto, en su opinión —pregunta el doctor—, sería aconsejable enviarle a Perturbados?
  —Opino que, como mínimo, sería lo más seguro —responde el chico de la pipa, que ha cerrado los ojos.
  —Creo que tendré que retirar mi sugerencia y apoyar a Robert —dice Alvin dirigiéndose a todos en general—, aunque solo sea por mi propia seguridad personal.
  Todos ríen. Se les ve más relajados, con la certeza de que han logrado dar con el plan que ella esperaba. Todos beben un sorbo de café, excepto el chico de la pipa, demasiado ocupado con el artefacto que constantemente se le apaga, gasta un montón de cerillas y no para de chupar y fruncir los labios. Por fin consigue un encendido de su agrado y dice, con un cierto tono de orgullo en la voz:
   —Sí, creo que la Galería de Perturbados será lo más conveniente para el viejo McMurphy, el Rojo. ¿Saben lo que he pensado después de observarle estos pocos días?
   —¿Reacción esquizofrénica? —pregunta Alvin. El de la pipa mueve negativamente la cabeza.
  —¿Homosexual Latente con Formación Reactiva? —apunta el tercero.
Alguien voló sobre el nido del cuco (COMPACTOS): Amazon.es: Kesey ...  El de la pipa vuelve a negar con la cabeza y cierra los ojos.
  —No —dice, y lanza una sonrisa a cuantos le rodean—, Edipo Negativo.
  Todos le felicitan.
  —Sí, creo que hay muchos detalles que apuntan en ese sentido —añade—. Pero, independientemente del diagnóstico definitivo, no debemos olvidar una cosa: nos las habemos con un hombre fuera de lo corriente.
  —Se… equivoca por completo, señor Gideon.
  Es la voz de la Gran Enfermera.
  Todos vuelven la cabeza hacia ella, sobresaltados; y o también la miro, pero me contengo a tiempo y finjo que solo pretendía limpiar una mancha que acabo de descubrir en la pared, por encima de mi cabeza. No cabe duda de que todos se han quedado desconcertados; creían estar proponiendo exactamente lo que ella deseaba, justo lo que ella misma había pensado proponer en la reunión. Hasta yo lo había pensado. La he visto enviar a la galería de Perturbados a hombres que no le llegaban ni al hombro a McMurphy, por la mera razón de que había un ligero riesgo de que le escupiesen a alguien, y ahora se enfrenta con este toro que se ha burlado de ella y de todo el resto del personal, un tipo del que ella había dicho esta misma tarde que debía salir de esta galería y, ahora, va y dice que no.
  —No. No estoy de acuerdo. En absoluto —lanza una sonrisa dirigida a todos en general—. No creo que debamos mandarlo a Perturbados; eso no sería más que un fácil recurso para transferir nuestro problema a otra galería y no estoy de acuerdo en que sea una especie de personaje extraordinario… una especie de “super” psicópata.
  Hace una pausa aunque nadie tiene la intención de contradecirla. Por primera vez desde el principio de la reunión bebe un sorbo de café; cuando retira la taza de su boca, está teñida de ese color rojo anaranjado. No puedo evitar el echar una mirada al borde de la taza; no es posible que use un lápiz de labios de ese color. La mancha que ha dejado en la taza debe ser producto del calor, el contacto con sus labios ha comenzado a fundirla.
  —Debo reconocer que cuando empecé a advertir la fuerza perturbadora que puede representar McMurphy también pensé que, sin lugar a dudas, lo indicado era enviarlo a Perturbados. Pero creo que ya es demasiado tarde. ¿Suprimiríamos con ello el mal que ya ha hecho en nuestra galería? No lo creo, no después de lo ocurrido esta tarde. Creo que enviarle a Perturbados ahora sería proceder exactamente como esperan los pacientes. Lo convertiríamos en un mártir. Jamás tendrían la oportunidad de comprobar que ese hombre no es — como decía usted, señor Gideon— una “persona fuera de lo corriente”. Bebe otro sorbo de café y deja la taza sobre la mesa; suena como un mazazo; los tres residentes se yerguen en sus sillas.
  —No. No se sale de lo corriente. No es más que un hombre, pura y simplemente, y experimenta todos los temores, toda la cobardía y toda la timidez que sienten los demás. Tengo la certeza de que bastarán unos cuantos días para que así lo demuestre, ante nosotros y también ante el resto de los pacientes. No me cabe la menor duda de que si lo retenemos en la galería pronto cederá su osadía, su rebelión personal se desvanecerá y… —sonríe, como si supiera algo que los demás ignoran—… nuestro héroe pelirrojo quedará reducido a algo que todos los pacientes conocerán en su justo valor y le perderán todo respeto: un fanfarrón y un charlatán de esos que se suben a una caja de jabón y gritan para ganarse adeptos, como todos hemos visto hacer al señor Cheswick, pero que se echan atrás cuando comienzan a correr un verdadero riesgo personal.
  —El Paciente McMurphy —el chico de la pipa considera que debe intentar defender su posición y salvar un poco el tipo— no me produce la impresión de ser un cobarde.
  Esperaba que la enfermera se enfureciese, pero no; se limita a echarle una mirada como diciendo « ya veremos» y añade:
  —No he dicho que sea un cobarde, señor Gideon; oh, no. Lo único que sucede es que le tiene mucho apego a alguien. Como psicópata que es, le tiene demasiado apego a un tal señor Randle Patrick McMurphy y no lo expondrá a ningún riesgo innecesario. —No me cabe la menor duda de que la sonrisa que le lanza al chico apagará definitivamente su pipa—. No tenemos más que esperar un poco y nuestro héroe… ¿cómo dicen los estudiantes?… ¿Bajará del burro? ¿Es eso?
  —Pero podrían pasar semanas… —objeta el muchacho.
  —Disponemos de tantas semanas como queramos —dice ella. Se levanta, con el aire más complacido que le he visto desde que McMurphy ingresó y empezó a crearle problemas hace una semana—. Disponemos de semanas, meses, e incluso años. No olvide que el señor McMurphy está internado. El período de tiempo que pase en este hospital depende absolutamente de nosotros. Ahora, si nadie tiene nada más que añadir…»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2006, en traducción de Mireia Abelló Bofill. ISBN: 978-84-3397-260-6.]

domingo, 28 de febrero de 2021

Musicoterapia.- Juliette Alvin (1897-1982)

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Segunda parte: La aplicación moderna de la música en los tratamientos médicos
III.-Efectos fisiológicos y psicológicos de la música
13.-Respuestas psicológicas a la música
Autoexpresión

 «La música que tiene el poder de evocar, asociar e integrar es, por esa razón, un recurso excepcional de autoexpresión y de liberación emocional. Suzan Langer, quien ha estudiado los efectos de la música, admite sus poderes, pero no está de acuerdo en que la liberación emocional sea la función primaria de la música, aun cuando, como ella dice, “usamos la música para extraer nuestras experiencias subjetivas y para restablecer nuestro equilibrio personal”.
 La función primaria no es necesariamente la más importante: cabe creer que las funciones más trascendentes de la música de hoy son dar al hombre una salida emocional mediante una experiencia estética adaptada a su nivel de inteligencia y de educación.
 “Una emoción es lo que nos mueve, como su nombre indica” dice Hadfield. Procede de una acumulación de energía anterior a la descarga. La emoción es una reacción dinámica a ciertas experiencias y necesita una salida, pues la inhibición y la represión están entre las fuentes principales de los desórdenes mentales. Además, las emociones se hacen conscientes sólo cuando han tomado forma mediante algún recurso de autoexpresión.
 La música puede satisfacer las necesidades señaladas en estas notas. Como medio de autoexpresión trae a la conciencia emociones profundamente asentadas y proporciona la vía de descarga necesaria; función que la música ha cumplido desde tiempo inmemorial. Los griegos llamaban “purgas de las emociones” al efecto catártico que alguna música tiene sobre el oyente cuando lo devuelve a un estado armónico.
 Schneider, hablando de  un pasado aún más lejano, sugiere que “la música es el asiento de fuerzas o espíritus secretos evocables con la canción para dar al hombre poderes mucho más grandes que el suyo propio, o que le permiten redescubrir su yo interior”.
 Hoy, como siempre, las fuerzas secretas de la música pueden contribuir a revelar y a despertar mucho de lo que permanece inexpresado o duerme en el hombre. A veces lo ayuda a descubrir en sí mismo un sentimiento de belleza, una inesperada aptitud, o aun una nostalgia. Aaron Copland sugiere que “la gran música despierta en nosotros reacciones de un orden espiritual que ya existían en nosotros pero esperaban ser suscitadas”.
 Si la música puede ayudar al oyente a explorar y a descubrir su yo interior mediante un proceso psicológico profundo, las actividades musicales pueden auxiliar al ejecutante para que adquiera o desarrolle el conocimiento de sí mismo; el conocimiento de los otros a través de varios medios adaptados a su personalidad. Cualquiera sea su capacidad de ejecutante, se desenvuelve en un mundo de acción positiva, donde tiene que enfrentar a una competencia. Tiene que adquirir algunos medios técnicos de expresión, obedecer leyes musicales, desarrollar relaciones personales sanas, conducirse en una forma social aceptable. Lo que se le pide, aunque es poco, puede ayudarlo a descubrirse a sí mismo y a los demás. Hacer música es una experiencia compartida que no puede ser desarrollada ni disfrutada sin el conocimiento de sí mismo y sin la aptitud de comunicarse. Esta afirmación nos conduce a examinar la influencia de la música sobre el grupo.

 El grupo

 Si la música tiene el poder de afectar el estado de ánimo y las emociones del individuo, ejerce también una singular influencia sobre el grupo. Esta característica es especialmente interesante ante los métodos modernos empleados en la terapia de grupo.
 La salud mental depende en grado sumo del equilibrio entre la subordinación a una comunidad y la libertad de expresión individual.
 La falta de capacidad para adecuarse a la sociedad y para encontrar medios individuales de autoexpresión es uno de los síntomas principales de perturbaciones mentales. El valor de la música, en este caso, es proveer de una válvula emocional dentro del grupo.
 La música es la más social de todas las artes, lo cual ha sido experiencia común en todos los tiempos. Como parte de una función social ha afectado al hombre comprometido con ella, ya como partícipe, ya como espectador. En sí misma es una poderosa influencia integradora hacia cualquier función a la cual se suma o aporta un sentimiento de orden, de tiempo y de continuidad. Además, los sonidos que penetran dentro del grupo pueden ser percibidos por todos, aunque nada sea visto. El resultado es que la música afecta a cada uno del grupo que se encuentra al alcance del sonido.
 El instinto gregario está siempre presente en el grupo, y los efectos de una experiencia musical son contagiosos. El grupo reacciona a la música lo mismo que el individuo. Ciertas músicas provocan en el grupo una conducta armónica y ordenada, otras inducen a una falta de dominio general y al desorden.
Resultado de imagen de juliette alvin musicoterapia  Con mucha frecuencia la música no expresa los sentimientos del individuo sino un sentimiento del grupo. En la sociedad primitiva, como lo sugiere Bowra, la música expresó los pensamientos tribales y en algún sentido fue la voz de una conciencia común. Así ha venido ocurriendo a través de los tiempos y en todas las partes del mundo. La música ha sido y sigue siendo la expresión simbólica de una cultura o de una civilización, o del modo de vivir de un grupo. Aún hoy la música, especialmente la música folklórica, puede dar al hombre el sentimiento, quizá nostálgico, de pertenecer a un grupo étnico de hoy o del pasado. Un himno nacional es un símbolo que pertenece a todos los miembros de un grupo nacional, cualquiera sea su raza, su credo o su condición política dentro del grupo.
 La música, por ser un lenguaje sin palabras, tiene también carácter internacional. Ha ayudado al hombre a participar y a comunicarse con otros grupos, aunque pertenecieran a otras comunidades geográficas. A pesar de la distancia y del idioma, el hombre ha usado la música como un medio de comunicación con un mundo más amplio, con grupos alejados y con sus epopeyas. Desde Homero hasta los Minnesingers, desde los trovadores y los juglares hasta el moderno cuarteto de cuerdas, pasando por el canto heroico, la balada o la ejecución radiotelefónica, los músicos han ayudado al hombre a conocer hechos y cosas de otros hombres. Así la humanidad ha podido construir poco a poco una herencia musical común a muchos pueblos y a muchas generaciones, lo que al mismo tiempo enlaza lo pasado con lo presente.
 La música ha expresado los sentimientos del grupo en función de la comunidad en la cual los participantes compartían los mismos asuntos o los mismos intereses. Por ejemplo, ciertos ritos curativos primitivos abarcaban a la tribu entera, que se reunía alrededor de la cabaña del enfermo y cantaba y tocaba a veces durante días y noches incansablemente.
 La música empleada en reuniones religiosas, estatales o sociales suele afectar o reflejar el estado de ánimo de todo el grupo. En los tiempos de Grecia o de Roma, lo mismo que hoy, diversas clases de festivales musicales reunían a aficionados a la música y a otros, cualquiera fuera su condición social. El hecho de que la afición a la música derribara barreras sociales ha sido y sigue siendo importante por la influencia que ejerce sobre la sociedad.
 La música permite una libertad de expresión individual dentro del grupo, y podemos sacar en conclusión que tal grupo es un medio ideal para la psicoterapia.
 La música establece relaciones personales múltiples entre todos sus miembros, ejecutantes, oyentes y la música misma. Cada miembro del grupo tiene que aceptar una disciplina común en obsequio de algo más importante que cualquiera de ellos: es decir, la música. Deben comportarse de manera aceptable musical y socialmente. Han de tolerarse, sentirse libres de criticar y ser criticados. Además, el grupo musical en el cual cada uno desempeña una parte, como compositor, oyente o ejecutante, según su aptitud, responde al deseo fundamental del hombre de ser necesitado y aceptado por sus semejantes.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Paidós Ibérica, 2005, en traducción de Enrique Molina de Vedia, pp. 118-123. ISBN: 84-7509-316-7.] 

viernes, 17 de enero de 2020

El hombre de los dados.- Luke Rhinehart [George P. Cockcroft] (1932)

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Capítulo setenta y tres

 «Los Centros de Dados. ¡Ah! Los recuerdos, los recuerdos. ¡Qué días aquellos! Los dioses volvían a jugar entre sí sobre la tierra. ¡Cuánta libertad! ¡Cuánta creatividad! ¡Cuánta trivialidad! ¡Cuánto caos último! Y todo sin la guía de la mano del hombre, sino por la del gran Dado ciego que a todos nos ama. Una vez, sólo una vez en la vida he sabido el significado de vivir en comunidad, de pertenecer a un objetivo amplio compartido por mis amigos y mis enemigos. Tan sólo en los CEETA supe qué era la liberación total, completa, desgarradora, inolvidable, la iluminación total. Durante el último año no he dejado de reconocer al instante a quienes han pasado un mes en uno de nuestros centros, los hubiera visto con anterioridad o no. Pero nos miramos y nuestras caras refulgen, fluyen las carcajadas y nos abrazamos. El mundo seguirá su descenso continuado si cierran los CEETA.
  Supongo que, en un lugar u otro, habrán leído la típica histeria de los medios de comunicación a propósito de los centros: la sala del amor, las orgías, la violencia, las drogas, las crisis nerviosas que desembocan en psicosis, el crimen, la locura… La revista Time publicó un artículo espléndido sobre nosotros, objetivamente titulado, “Las cloacas CEETA”. Decía así:
  Los cimientos de la humanidad tienen una nueva grieta: unos psiquiátricos-moteles donde todo vale. Fundados en 1969 por el ingenuo filántropo Horace J. Wipple, y disfrazados de centros de terapia, los Centros para la Experimentación en Entornos Totalmente Aleatorios (CEETA) han sido, desde su nacimiento, una invitación impertérrita a la orgía, a la rapiña y a la locura. A partir de las premisas de la teoría de los dados, enunciada originalmente por un psiquiatra lunático, Lucius M. Rhinehart (Time, 26 de octubre de 1970), el propósito de los Centros es liberar a sus clientes del peso de la identidad individual. Quienes llegan a un Centro para realizar una estancia de 30 días, tienen que abandonar nombres coherentes, vestuario, manierismos, rasgos de personalidad, preferencias sexuales, sentimientos religiosos… En resumen, abandonarse a sí mismos.
  Los internos, denominados “estudiantes”, llevan casi siempre máscaras y siguen las “Órdenes” de los dados para determinar cómo pasan el tiempo y quién fingen ser. Los presuntos terapeutas se convierten en estudiantes que experimentan con un nuevo personaje. Los policías que fingen mantener el orden son, casi siempre, estudiantes que desempeñan el papel de policías. El uso de la marihuana, del chocolate y del ácido es común. Las orgías se suceden a cada hora en salas con nombres tan imaginativos como “La sala del amor” o “La cama” (esta última es un cuarto totalmente oscuro con un colchón en el suelo, en el que se apiñan los estudiantes según el capricho de los dados y donde sucede de todo).
  Los resultados son previsibles: unos cuantos individuos enfermos tienen la impresión de estar pasándoselo en grande, unos cuantos tipos sanos acaban enloqueciendo y el resto sobreviven de un modo u otro, tratando de convencerse de que están viviendo “una experiencia importante”.
  En las colinas de Los Altos, en California, la “experiencia importante” de la semana pasada acabó con el arresto de Evelyn Richards y de Mike O’Reilly. Los dos estaban disfrutando de un festín amoroso ordenado por los dados en la capilla Whitmore de la Universidad de Stanford, algo que no hizo ninguna gracia ni a los habitantes del pueblo ni a la policía.
  Los estudiantes de Stanford, visitantes habituales del CEETA de Los Altos, están enfrentados sobre el Centro de Terapia de los Dados. Los estudiantes Richard y O’Reilly aseguran que sus traumas han desaparecido desde la estancia de tres semanas en el Centro local. Pero el presidente de la Asociación de Estudiantes, Bob Orly, manifestó la opinión de buena parte del resto de estudiantes al decir:
  “El deseo de liberarse de la propia identidad personal es un síntoma de debilidad. La humanidad siempre ha tendido a la destrucción cuando ha seguido la llamada de quienes nos han animado a deshacernos del yo, del ego, de la identidad. La gente que va a los Centros es la misma que se ve arrastrada por el mundo de las drogas. Toda esta historia de vivir según te lo diga un dado no es sino una manera lenta de suicidarse que han descubierto quienes son demasiado débiles para intentarlo de veras”.
  El fin de semana, la policía de Palo Alto llevó a cabo la segunda redada en el Centro de Los Altos, pero no se incautó de nada más que de una caja de películas pornográficas, filmadas posiblemente en los Centros. El director, Lawrence Taylor, asegura que lo único que lamenta de las redadas es la publicidad favorable que da al Centro entre los jóvenes. “Tenemos que declinar un centenar de solicitudes cada semana. No queremos parecer exclusivos, pero no contamos con las instalaciones adecuadas”.
  Un equipo de redactores de Time descubrió que los amigos y los familiares de quienes han sobrevivido a las experiencias en los CEETA están, sin excepción alguna, alterados con los cambios que se han producido en sus seres queridos. “Irresponsable, errático, destructivo” fueron las palabras con las que Jacob Bleiss, un chico de diecinueve años de New Haven, describió a su padre después de que éste regresara del CEETA de Catskill (Nueva York). “No soporta el trabajo, casi nunca está en casa, pega a mi madre y parece estar pensando en la nada casi todo el tiempo. Y no para de reír como un idiota.”
  Las carcajadas irracionales, un síntoma clásico de la histeria, es una de las manifestaciones más evidentes de lo que los psiquiatras han empezado a denominar como “la enfermedad de los CEETA”. El doctor Jerome Rochman, del Hope Medical Center de la Universidad de Chicago, afirmó la semana pasada en Peoria:
  “Si alguien me hubiera pedido que creara una institución que destruyera totalmente la personalidad humana con toda su grandeza inherente, la lucha, las dudas morales, la compasión por el prójimo y el sentido de una identidad individual específica, posiblemente habría creado los CEETA. Los resultados son predecibles: apatía, informalidad, indecisión, depresiones, incapacidad para relacionarse, destructividad social, histeria…”
  El doctor Paul Bulber, de Oxford, en Mississippi, va más allá: “La teoría y la práctica de la terapia de los dados, tanto en los CEETA como fuera de ellos, es una de las mayores amenazas para nuestra civilización, mucho peor que el comunismo. Subvierten todo aquello que defiende la sociedad norteamericana y que defiende cualquier sociedad. Deberían erradicarlos de la faz de la tierra”.
  El juez Hobart Button, del tribunal del distrito de Santa Clara, fue posiblemente quien mejor resumió el sentir de mucha gente cuando dijo a los estudiantes Richards y O’Reilly: “Las ilusiones que hacen que la gente tire su vida por la borda son atroces. La atracción por las drogas y por los CEETA es como la atracción que sienten los lemmings por el mar”. O las ratas por las cloacas.
  Time, dentro de los límites necesarios que impone la ficción, estaba totalmente en lo cierto.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Destino, 2003, en traducción de Manuel Manzano. ISBN: 84-233-3474-0.]

lunes, 28 de octubre de 2019

En lugar seguro.- Wallace Stegner (1909-1993)

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Tercera parte
1

«-Morir es un acontecimiento importante -dijo-. No lo puedes ensayar. Lo único que puedes hacer es tratar de prepararte y de preparar a otros. Puedes tratar de hacerlo correctamente. En cierto modo, el cáncer es una bendición porque generalmente te concede un poquito de tiempo. 
 Entonces Sid alzó la mirada. Tenía en los ojos un fuego como si la odiase, y fue poniendo una mano sobre la otra mano como en una parodia de aplauso.
 -¡Oh, maravilloso! -dijo-. El cáncer es una bendición. Te da ese tiempo precioso. Y fíjate, sin él, simplemente no tendríamos todas esas investigaciones tan útiles sobre el cáncer. ¡Por Dios santo, cariño, parece que has estado leyendo una de esas novelas que se despiden de la vida en un moribundo otoño de dulce abandono! Yo también he hablado con los médicos. Son los primeros que te dicen que la actitud del paciente es lo que marca las mayores diferencias. Tienen toda clase de casos de personas que sobrevivieron simplemente porque se negaron a rendirse y morir. Justo lo que tú has defendido toda tu vida. Y ahora, cuando la que está en la línea de salida es tu vida, tú... Tienes una oportunidad. Aunque no sea más que del diez por ciento, incluso del cinco, ¿por qué no probar? ¿Tan cansada estás de vivir? ¿Tan cansada estás de nosotros?
 Se miraron el uno al otro largo rato. Finalmente, Charity movió la cabeza.
 -Tú no querrías ese cinco o diez por ciento que puedan salvar. Ni yo tampoco.
 Sid apartó la mirada bruscamente y sus ojos se cruzaron con los míos en el reflejo de la luna del ventanal con un encontronazo que fue como darse contra una puerta. Los suyos se contrajeron y alejaron una fracción de segundo antes que los míos. Apiadada pero inexorable, Charity continuaba estudiándolo y Sally, con sus firmes zapatos afianzados con firmeza en el travesaño de la silla, no apartaba sus grandes ojos del rostro de Charity. Nadie decía nada. Yo pensaba que aquella era una Charity que no conocía. ¿O sí? Pero no había acabado de hablar.
 -No hay nada de literatura decente sobre cómo morir. Debería de haberla, pero no la hay. Sólo un montón de galimatías religiosos sobre reunirse con Dios y un montón de palabrería biológica sobre el retorno de tus elementos químicos a la tierra. Lo de la biología está bien, pero no dice nada de todo eso de lo que habla la religión, del esencial, de la parte consciente de ti misma, y no te explica nada de cómo hacer la transición del ser al no ser. Dicen que hay un momento, cuando la muerte es segura y está cerca, en que pierdes el miedo. He leído que todas las muertes, al final, son apacibles. Hasta parece ser que un antílope cazado por un león o un guepardo no lucha al final. Imagino que se produce una descarga fuerte de algún sedante químico, igual que la descarga de adrenalina que le impulsa a salir corriendo cuando tiene miedo. Bueno, lo de la descarga sirve para las muertes rápidas. El problema es conseguir que esa misma resignación dure todos los meses o semanas de una muerte lenta, cuando todo resulta igual de cierto pero no se puede resolver con algún tipo de inyección natural. He hablado mucho de esto con el oncólogo. Él trata con la muerte cada día, el setenta y cinco por ciento de sus pacientes se mueren. Pero no sabe decirme cómo he de hacerlo, ni darme referencias de literatura médica que me sirvan de ayuda. La literatura médica es todo estadísticas. Así que tengo que buscármelo por mis propios medios.
 Confusos y atentos, sentados en torno a ella, pensábamos más cosas de las que estábamos dispuestos a decir. Al final, Sally se arriesgó.
 -¡Pero puede ser que estés equivocada, Charity! Y si no estás absolutamente segura...
 -Estoy segura -dijo Charity-. ¡Vaya si estoy segura! Es una de las pocas cosas de las que estoy bien segura. La otra es el dolor. Si hay dolor, puedo dominarlo. La mayor parte del dolor es mental, de todas formas.
 Sid se removió en su silla y apretó los labios. Mirándolo con una expresión que solamente puedo definir como compasión dura, Charity continuó.
 -Lo que hace daño es el miedo al cáncer y hay una biblioteca entera de medicina paliativa para ayudarnos en eso. Sólo tenemos que aprender a
 vencer el pánico. Y entonces podemos alejar el dolor meditando, o sencillamente ignorándolo.
 ¿Qué podría decir eso a nadie?
 -Otra cosa más de la que estoy segura es de lo afortunada que soy -dijo Charity, y sonrió a todo el círculo de los que la escuchábamos atentamente con orgullo y satisfacción propia-. No tengo que hacer todo esto yo sola. Estoy rodeada de gente y de amor y hago cuanto puedo por enseñar lo que yo misma trato de aprender: a no tener miedo, a no resistirse, a no afligirse.
 Se ensanchó su sonrisa, ahora dirigida sólo a Sid; su cara adquirió una expresión admonitoria y pícara a la vez.
 -Es tan natural como nacer -continuó-, e incluso aunque dejemos de ser los individuos que una vez fuimos, existe la inmortalidad de las moléculas orgánicas, que es algo totalmente cierto. ¿No os parece un consuelo maravilloso? A mí sí. Pensar que vamos a formar parte de la hierba y de los árboles y los animales, que seguiremos aquí mismo, en el sitio que tanto amábamos mientras estábamos vivos. La gente nos beberá en su vaso de leche por la mañana, y nos echará encima de sus tortitas del desayuno con el jarabe de arce. Así que opino que hemos de estar agradecidos y ser felices y aprovechar cuanto podamos. He tenido una vida maravillosa, me ha encantado cada uno de sus minutos.
 Se interrumpió. Nos fue mirando a todos; el último, Sid. En sus labios colgaba una sonrisa melancólica, interrogativa, implorante, una sonrisa que vacilaba o se mantenía al compás con que la expresión de su rostro se mantenía o vacilaba. Cualquier hombre se sentiría convulsionado si una mujer lo mirara de ese modo. Sid lo estaba.
 -He tenido al hombre que amé -dijo muy bajito-. Nunca lo perdí, como les pasa a tantas otras mujeres. He tenido hijos inteligentes y guapos. He tenido amigos muy queridos. Y puede que no os lo creáis, pero éste ha sido el verano más feliz de mi vida.
 Otra vez, ninguno de nosotros encontró nada que decir.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Libros del Asteroide, 2008, en traducción de Fernando González. ISBN: 978-84-936597-1-4.]