jueves, 18 de febrero de 2021

Los principios de la arquitectura moderna.- Christian Norberg-Schulz (1926-2000)

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Capítulo VI: La ciudad saludable

  «La ciudad es el problema de la arquitectura moderna. Mientras que la planta libre y la forma abierta no suponían una pérdida de edificios identificables, la ville radieuse o ‘ciudad verde’ representó una ruptura radical con todas las propiedades tradicionales del lugar.
 Este concepto de ciudad abolió la cualidad figurativa de los asentamientos con respecto al paisaje, el espacio urbano definido y la sensación de una atmósfera o carácter local. En resumen, el genius loci o ‘espíritu del lugar’ se evaporó y se dejó al hombre con una especie ‘ámbito urbano sin lugares’. La pérdida de lugar trajo consigo, evidentemente, un debilitado sentido de la pertenencia y la participación; y a ello se debe que esa pérdida esté relacionada con la alienación humana, tan común hoy en día. Cuando el lugar pierde su identidad, el hombre ya no puede seguir identificándose con su entorno y decir “soy romano” o “soy neoyorquino”. Así pues, no es de extrañar que las críticas a la arquitectura moderna se hayan dirigido principalmente contra la nueva ciudad.
 Todos sabemos que la idea de una ciudad verde se introdujo para proporcionar a los seres humanos unas condiciones de vida más saludables. Una y otra vez, Le Corbusier señalaba las condiciones inhumanas de la ciudad histórica, que se había visto obligada a absorber la alta densidad de población y el intenso tráfico de la nueva sociedad industrial; con algo de razón, Le Corbusier llamaba a la calle tradicional la ‘calle de todos los conflictos’. En sus críticas, Le Corbusier se hacía eco de comentarios que se remontaban al siglo XIX y su visión estaba influida efectivamente por el sueño de la ‘ciudad jardín’, aunque hizo de esta idea una interpretación fundamentalmente nueva. La mejor ilustración de la visión de Le Corbusier la ofrece el Pabellón Suizo (1930), el colegio mayor de los estudiantes helvéticos en la Ciudad Universitaria de París (figura 6.1; véase también la 3.15). En ese caso, la idea de un edificio sobre pilotis con un solárium en la cubierta realmente funciona. Y así el solar se extiende significativamente por debajo del edificio, entre vigorosos soportes de hormigón, mientras que el edificio se eleva con elegancia y ligereza por encima. Un vestíbulo de entrada y un salón de estar con una forma ‘topológica’ aseguran una adaptación más íntima al terreno.
 Como ya hemos señalado, el punto de partida de Le Corbusier era la exigencia de los tres ‘placeres esenciales’: sol, espacio y vegetación (figura 6.2). Esta exigencia está relacionada fundamentalmente con la vivienda, y de hecho en sus comienzos el Movimiento Moderno dejó reducido el problema de la ciudad al de la vivienda urbana, sin considerar el lugar como tal. “Por eso los Congresos Internacionales de Arquitectura Moderna (CIAM) empezaron investigando la unidad más pequeña: la vivienda barata. Luego continuaron estudiando el barrio tal como existía en los asentamientos urbanos y finalmente ampliaron su campo de acción para incluir un análisis de las ciudades actuales”, escribía Sigfried Giedion en la introducción Can our cities survive? (‘¿Pueden sobrevivir nuestras ciudades?’) de José Luis Sert. Podemos aceptar la intención humanitaria de este procedimiento, pero hoy entendemos que con frecuencia llevó a la pérdida de la ciudad como algo más que una aglomeración de viviendas saludables, esto es, como un lugar.
 Entonces, ¿qué es una ciudad? Ya hemos mencionado la definición que de ella hacía Louis Khan como “el lugar de las instituciones reunidas”. Esto implica que la ciudad es principalmente un lugar de reunión, un lugar en donde la gente se junta llevando consigo su entendimiento del mundo. También podríamos decir que la ciudad debería ser un microcosmos; debería concentrar sus alrededores, aunando lo que está cercano con lo que está lejano. En este sentido podemos entender la definición hecha por Alberti de que la ciudad es como una ‘casa grande’, si bien el mundo concentrado por la ciudad es público y el de la casa es privado. Al concentrar un mundo público, la ciudad constituye un ambiente lleno de posibilidades. En la ciudad podemos descubrir lo que queremos hacer con nuestra vida; es en ella donde tomamos las decisiones y donde desarrollamos nuestra identidad. Cuando decimos “soy neoyorquino”, esto implica además que la ciudad nos proporciona una identidad común (sin por ello hacernos iguales). Esta identidad común consiste en tener un lugar juntos o, en otras palabras, consiste en una participación que se basa en la apertura y el respeto con respecto al genius loci. (Sin embargo, habría que señalar que la participación no supone necesariamente que usemos las posibilidades ofrecidas; basta con saber que están a nuestra disposición para cuando las necesitemos). Así pues, la ciudad libera porque ofrece libertad de elección, al tiempo que proporciona experiencias de congregación y asistencia. Dentro de un marco común, en la ciudad es posible estar sobre la tierra y bajo el cielo de diferentes maneras.
  Entonces ¿cómo debería estructurarse la ciudad para funcionar como un lugar de reunión?
 En algunos lugares todavía se puede experimentar lo que significa llegar. Viajamos por el paisaje y nos aproximamos a un asentamiento que, como una ‘cosa’, está allí ‘esperándonos’. Primero captamos el contorno principal y tal vez un elemento dominante, como la torre de una iglesia. A medida que nos acercamos, la forma se va haciendo más articulada, y podemos hacernos una idea de lo que se oculta en su interior. Y cuando entramos, los espacios interiores conforman nuestras expectativas. Según desde donde lleguemos, la experiencia es distinta, pero siempre sentimos que hemos alcanzado una meta. Sin embargo, una meta no puede ser diferente del entorno; sólo constituye una meta cuando está relacionada con el paisaje circundante. Así pues, una meta es un centro en el que se concentran las cualidades de un entorno. Esa concentración puede ser más o menos exhaustiva. Un pueblo está relacionado principalmente con sus alrededores inmediatos, mientras que una capital tiene que funcionar como un foco para todo un país. Una ciudad es un lugar de reunión en el sentido de que es la concentración de un mundo.
Resultado de imagen de christian norberg schulz los principios de la arquitectura moderna Como ya hemos indicado, los lugares de reunión del pasado poseían tres cualidades estructurales básicas. En primer lugar, tenían una cualidad figurativa en relación con el paisaje circundante o, en otras palabras, una delimitación clara o una agrupación densa de sus elementos constituyentes. En segundo lugar, contenían espacios urbanos definidos, un hecho confirmado por la existencia misma de palabras que denotan esos espacios: plaza, calle o barrio. Finalmente, los asentamientos del pasado se distinguían por su particular carácter local; poseían, por decirlo así, una ‘personalidad’ individual. El carácter local viene determinado por cómo son las cosas, es decir, por lo que llamamos la ‘forma construida’. A menudo la forma construida se condensa en motivos locales como la ‘ventana francesa’, que aparece por todo París con innumerables variaciones. Sobre todo, es la experiencia espontánea de la atmósfera local lo que nos hace sentir que estamos ‘presentes’. Habitar en una ciudad no implica primordialmente el uso de determinados edificios, sino la identificación con el genius loci que se manifiesta.
 Las propiedades estructurales básicas de la ciudad se oponen aparentemente a la planta libre y la forma abierta. Cuando hablamos de ‘cualidad figurativa’, ‘espacios definidos’ y ‘carácter local’, estamos haciendo referencia a propiedades que están relacionadas tradicionalmente con una entidad ‘cerrada’. Cuando se suprimen estas propiedades, la ciudad se pierde. Y de hecho, la ciudad verde no merece el nombre de ‘ciudad’; no representa una nueva interpretación del habitar juntos, sino que reduce el conjunto de habitar a una función privada. Por tanto, algunos autores que escriben sobre los problemas urbanos aceptan esa noción de ‘ámbito urbano sin lugares’ y sostienen que la ciudad puede ser sustituida por otros medios de comunicación, como los canales privados de televisión, que nos permiten ‘conectarnos’ con nuestros amigos cuando es necesario. Evidentemente, tales ‘soluciones’ no compensan la pérdida del lugar, ya que éste significa principalmente presencia en el sentido de un ‘aquí’ concreto. La vida tiene lugar, y la pérdida del lugar supone la pérdida de la vida.
 Entonces, ¿la conclusión es que tenemos que volver a la ciudad tradicional? En realidad, no. Lo que necesitamos es conservar la ‘idea’ de la ciudad, pero –al igual que con la casa y el edificio público- tenemos que hacer de ella una nueva interpretación. Hoy en día entendemos que esto no puede consistir en una transferencia directa de la planta libre a la escala urbana; la planta libre se desarrolló en relación con la vivienda particular  y ha de modificarse cuando la escala es distinta. Con respecto a la forma abierta, el problema es más fácil. Al ser la concentración compleja de un mundo, la ciudad siempre tuvo cierta apertura formal, a pesar de su cualidad figurativa. Esta aparente contradicción se resolvió mediante el uso de medios topológicos de organización. Entendida como totalidad, la ciudad no se componía primordialmente de partes ‘similares’ geométricamente interrelacionadas, sino de elementos diversos que formaban una clase de unidad menos determinadas, basada en los principios de la Gestalt: proximidad, continuidad y cerramiento. Por tanto, la forma abierta pertenece a la ciudad y expresa su naturaleza como lugar de reunión. Pero también en este caso necesitamos una nueva interpretación; la apertura del pasado se circunscribía en general a las construcciones de una cultura en particular, mientras que ahora tenemos que afrontar una clase global de interacción.»
 
      [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Reverté, 2005, en traducción de Jorge Sainz, pp. 155-159. ISBN: 84-291-2107-2.]

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