jueves, 4 de febrero de 2021

Las consecuencias perversas de la modernidad.- Ulrich Beck (1944-2015) y otros

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III.-La modernidad “reflexiva”
Capítulo 6: Teoría de la sociedad del riesgo
Más allá de la seguridad: diferencia de época. Entre la sociedad industrial y la sociedad del riesgo

  «En esta sección se mantiene que la sociedad del riesgo se origina allí donde los sistemas de normas sociales fracasan en relación a la seguridad prometida ante los peligros desatados por la toma de decisiones.
 De esta forma se dice indirectamente que las inseguridades y amenazas (hasta las catástrofes que incluyen las visiones sobre el ocaso del mundo) no son un problema específicamente moderno, sino constatable en todas las culturas y épocas. La “modernidad” posee diferentes rasgos específicos: por un lado, por ejemplo, los peligros ecológicos, químicos o genéticos son producidos por decisiones. Dicho de otro modo, no pueden ser atribuidos a incontrolables fuerzas naturales, dioses o demonios. El terremoto de Lisboa en el año 1755 estremeció al mundo. En este caso, ante el tribunal de la humanidad no se convocó a los racionalistas, industriales, ingenieros o políticos como tras la catástrofe del reactor atómico de Chernobil, sino a Dios (en la modernidad del riesgo a los hombres no se les concede la gracia divina). Por lo mismo, el hecho de que las decisiones –precisamente decisiones que generan ante los ojos beneficios técnicos y económicos y no, por ejemplo, guerras y conflagraciones- desencadenen peligros duraderos (actuales o potenciales) en el mundo, tiene (independientemente de las grandes dimensiones del peligro o del riesgo diseñados por el estado) un destacable significado político: las garantías de la protección, que deben renovarse y corroborarse por la Administración y el sistema jurídico, son públicamente refutadas. Las legitimaciones se resquebrajan. El banquillo de los acusados amenaza a quienes toman las decisiones. Por lo cual esta cabeza de Jano atemoriza a una clase política siempre en el filo de la crítica. La misma clase política vela por el bienestar, por el derecho y por el orden pero, a su vez, incurre, bajo todo tipo de acusación social, en la implantación de peligros en el mundo y en la minimización de su importancia, peligros que amenazan en grado límite a la vida.
 En segundo lugar, la novedad radica en que los sistemas normativos establecidos no cumplen sus exigencias. Esto queda al margen de las discusiones (públicas) técnicas dominantes, aparentemente “objetivas” que, a través de las estadísticas y de la escenificación de accidentes, documentan sólo las amenazas de determinados sistemas tecnológicos y de las prácticas diarias (por ejemplo, fumar o vivir cerca de una central nuclear). Desde una perspectiva teórico-social y político-social, en cambio, es esencial la siguiente pregunta: ¿cómo se relacionan los peligros dependientes de la decisión y disfrazados de promesas de utilidad con las normas que deben garantizar su control y controlabilidad?
 Se puede hablar de “fallos”, en tercer lugar, cuando la demanda de control no es cuestionada de manera aislada sino masivamente, cuando no sólo el control sino también la controlabilidad debe ser puesta en cuestión con buenas y poderosas razones. Supuesto, entonces, un conjunto de hechos amenazadores para la sociedad procedentes del ámbito político, debe ser rebatida de manera reincidente la demanda de control y racionalidad que desde el citado ámbito se reclama. Este es el a priori histórico de la sociedad del riesgo, a priori que le diferencia de otras épocas precedentes en el tiempo. Estas, o no se encuentran en disposición de dominar la posibilidad de autodestrucción y autoamenaza dependientes de la decisión, o no tienen la pretensión de dominar la incertidumbre que disponen sobre el mundo.
 El carácter político de este argumento permite poner en claro que allí donde las iniciativas civiles son paralizadas, allí donde una sociedad en su conjunto o una época reprime y disimula los peligros que la acechan, el provocador político se hace cargo de la probabilidad de accidentes y catástrofes. Las empresas industriales y los institutos de investigación, el mundo en sí mismo, debe abrir los ojos ante los peligros producidos –a la par que beneficios-, dada la necesidad de reducir las amenazas con las que tales empresas e institutos actúan. Pero de esta manera se convierten para sí mismos en sus más persistentes y tenaces enemigos. Las catástrofes, incluso la sospecha de su consumación, no dejan lugar alguno para afirmaciones solemnes, legitimaciones elaboradas de manera concienzuda y promesas de control, como recientemente ha puesto de relieve ante los ojos de la opinión pública la empresa Hoechst y sus producciones portadoras de elevadas cotas de peligro para las inmediaciones de la ciudad de Frankfurt.
Resultado de imagen de las consecuencias perversas de la modernidad  Esta panorámica teórica de normas e instituciones, en cuarto lugar, deja a un lado el tema de la diferente percepción cultural (estimación y valoración) de consecuencias y peligros. Tal vez los hombres no están en condiciones de mirar con atención aquellos peligros amenazantes para la vida que directamente en nada pueden cambiar. Tal vez han tenido lugar estados o épocas en las que los individuos que se manifestaban contra una situación social amenazadora eran castigados con la cárcel. Tal vez hay quienes se sienten amenazados por la existencia de sustancias tóxicas en los alimentos y quienes, por el contrario, se sienten amenazados por aquellos que denuncian públicamente semejante dislate. Tal vez se inicie una competición por reprimir los riesgos de muy diversa magnitud, dirección y alcance, de modo que el intento de organizarlos en una lista de prioridades pase por ser algo de difícil realización.
 Todo esto es real en parte. Pero nada cambia, más bien, es la consecuencia de la estrella fija bajo la que se encuentra la época del riesgo: en ésta el sistema normativo de la racionalidad con su autoridad y su poder de imposición erosiona sus propios fundamentos. A esto refiere la “modernización reflexiva” en el sentido  de reflexividad empírico-analítica. Tiene lugar cuando nadie quiere verlo y cuando (casi) todos lo desmienten. El amenazante peligro –precisamente: la contradicción entre promesas de racionalidad y control y sus actuales y principales efectos nocivos- revitaliza de nuevo el reclamo de la ciudadanía (al menos en países y estados que garantizan la libertad de prensa y opinión) contra las coaliciones y burocracias de represión institucionalizadas.
 Sin embargo, esta cuestión política surge precisamente cuando se hace acaso omiso de la infinita variedad, contraste e indeterminabilidad de la percepción del riesgo y cuando (sociológicamente) el asunto de los sistemas normativos, que deben garantizar la controlabilidad de los efectos colaterales, ocupa un lugar central.
 ¿Existe un criterio que pueda dar cuenta de la nota diferencial de nuestra época? La sociedad del riesgo emerge, en quinto lugar, en el momento en que los peligros decididos y producidos socialmente sobrepasan los límites de la seguridad: el indicador de la sociedad del riesgo es la falta de un seguro privado de protección; de protección ante proyectos industriales y tecno-científicos. Es un criterio que no tiene que incorporar el sociólogo o el artista a la sociedad desde fuera. La sociedad misma lo produce y determina su propio desarrollo: más allá del límite de protección se da un desplazamiento no pretendido de la sociedad industrial a la sociedad del riesgo en virtud de los peligros producidos de forma sistemática. Subyace a este criterio la racionalidad paradigmática de esta sociedad: la racionalidad económica. Las compañías de seguros privados imponen la barrera a partir de la cual arranca la sociedad del riesgo. Estas compañías, orientadas por la lógica de la acción económica, contradicen las tesis sobre la seguridad que lanzan los ingenieros técnicos y las empresas que trabajan en la industria del riesgo. Tales compañías afirman: el riesgo técnico puede tender a nulo en caso de “low probability but high consequences risks”, el riesgo económico simultáneamente puede ser inmenso. Un simple ejercicio de reflexión explícita al alcance del salvajismo generalizado: quien hoy reclama un seguro de protección –como lo hacen los conductores de autos-, para que de alguna forma se ponga legítimamente en marcha la gran maquinaria de producción altamente industrializada y portadora de peligros, anuncia el fin para grandes ámbitos de las llamadas industrias del futuro y grandes organizaciones de investigación, que operan sin seguro de protección alguno.
 A los peligros que no se pueden asegurar se añaden en la época más reciente los peligros que se pueden asegurar pero que no son calculables, los cuales conducen a la ruina a un número considerable de compañías de seguros. Por ejemplo, el mundo internacional de seguros experimenta las consecuencias desoladoras del efecto invernadero. Este favorece los ciclones que, como en el estado de Florida en 1992, causaron desperfectos por valor de 20 millones de dólares. Nueve compañías de seguros quebraron a causa de estos ciclones en Florida y en Hawai, según Greenpeace. La consecuencia es que estas compañías no aseguran riesgos. Tal es así que un número considerable de propietarios de casas no encuentran en determinados lugares de Estados Unidos ningún seguro de protección que se haga cargo de ellos.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anthropos, 1996, en compilación de Josetxo Beriain y traducción de Celso Sánchez Capdequí, pp. 206-211. ISBN: 84-7658-466-0.]

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