viernes, 4 de enero de 2019

La casa y el mundo.- Rabindranath Tagore (1861-1941)


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Capítulo 12.- El relato de Nikhil
XVI

«La Providencia nos da vidas apenas desbastadas para que nosotros mismos las perfeccionemos y les demos forma según nuestros gustos. En el curso de este perfeccionamiento de mi existencia, conforme a los designios del Creador, todo mi deseo fue expresar alguna gran idea por mí mismo. Empleé todos mis días en ese intento. ¡Hasta qué punto le puse siempre freno a mis deseos, a mis impulsos! Sólo lo sabe Aquél que sondea los corazones.
 La gran dificultad estriba en que uno no es el único dueño de su vida, pues no se puede vivir realmente sin la ayuda de los que te rodean. Mi sueño fue siempre incorporar a Bimala a esta creación de mi existencia. La amaba con toda mi alma y creía firmemente que mi amor bastaría para ganarla a mi propósito.
 Pero pronto comprobé que yo no pertenecía a la categoría humana de los que pueden influir en quienes les rodean en la creación de su "yo". Había recibido la chispa de la vida pero no podía transmitirla. Aquellos a quienes se lo di todo, lo tomaron; pero no me tomaron a mí. Mi prueba es cruel, justamente cuando más necesito un compañero que me ayude, estoy solo conmigo mismo.
 Pero he hecho votos de superar esta prueba. En adelante seguiré solo el espinoso sendero que conduce al término de esta existencia.
 Sospecho, desde hace mucho tiempo, que en mí alienta una veta de tirano. Sólo por un despotismo por mi parte podía creer que mis relaciones con Bimala alcanzarían una forma bien definida y perfecta. La vida humana no está hecha para ser vaciada en un molde. Y si intentamos darle forma al bien, como si fuera vil materia, se venga terriblemente y pierde toda su vitalidad.
 Hasta ese día no había comprendido que esta tiranía inconsciente fue, sin duda, la que poco a poco me había ido separando de Bimala. La vida de ésta, a la que oprimía desde arriba, no podía elevarse normalmente; necesitaba encontrar una plenitud minando sus bordes por debajo. Se había visto forzada a robar aquellas seis mil rupias porque no podía actuar en mi mismo plano, porque sentía que, en ciertas cosas, difería de ella despóticamente.
 Los hombres como yo, poseídos de una sola idea, sólo pueden entenderse con los que la comparten, pero los demás no pueden entenderse con ellos sino engañándolos. Nuestra invencible obstinación impulsa a los más simples por tortuosas vías. Tratando de ganar un compañero perdemos una esposa.
 ¿No podría empezar de nuevo? Entonces seguiría seguramente el camino de los simples. Me prohibiría encadenar con mis ideas a la compañera de mi vida. Y no haría otra cosa que tocar las alegres flautas del amor y decirle: "¿Me amas? Entonces sé fiel a ti misma, a la luz de tu amor. No te obligo a nada, que el designio de Dios triunfe en ti y que mis ideas sean vencidas".
 Pero, ¿es posible que la Naturaleza misma cure las heridas abiertas, envenenadas por nuestros errores acumulados? El velo sin el cual las fuerzas silenciosa no pueden operar ha sido desgarrado. Estas heridas tienen que ser curadas. ¿No podemos curar nuestras heridas con el bálsamo de nuestro amor hasta que un día la cicatriz desaparezca del todo? ¿No será demasiado tarde? ¡Hemos perdido tanto tiempo en desconocernos, que solamente ahora nos comprendemos! ¿Cuánto tiempo nos hará falta para corregirnos? Y en el caso de que la herida fuera curada, ¿podríamos reparar los daños que causó?
 Oí un ruido débil en la puerta. Me volví y vi a Bimala, que se retiraba lentamente. Sin duda había estado esperando allí, sin saber si debía entrar o marcharse, y se había decidido a irse. Me precipité hacia la puerta y grité:
 -¡Bimala!
 Ella se detuvo, dándome la espalda. La cogí de la mano y la llevé hasta nuestra habitación, donde cayó con la cabeza sobre un cojín y se puso a sollozar desconsoladamente. Yo me quedé mudo, pero me senté a su lado con su mano entre las mías.
 Cuando la tempestad de dolor se hubo calmado, se levantó. Traté de atraerla hacia mí, pero ella me rechazó y, arrodillándose a mis pies, los tocó varias veces con la cabeza como signo de obediencia. Retiré mis pies con premura, pero ella los retuvo con sus brazos, gritando con voz sorda:
 -¡No, no, no apartes tus pies. Deja que te rinda mi culto!
 Me quedé inmóvil. ¿Quién era yo para detenerla? ¿El dios de su culto? ¿Podía impedírselo?»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Plataforma Editorial, 2012, en traducción de Ramón Rocamora. ISBN: 978-84-15577-47-8.]

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