jueves, 10 de enero de 2019

Diálogos de tendencia cínica.- Luciano de Samosata (125-181)

 
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Acerca de los sacrificios

«Tal es la vida de los dioses. Y, como resultado, los hombres tienen en sus actos de culto unas prácticas acordes y consecuentes con todo eso. Y primeramente acotaron bosques, ofrendaron montañas, consagraron aves y dedicaron plantas a cada dios. Después, habiéndoselos repartido por naciones, les tributan veneración, al tiempo que los muestran como compatriotas: así se comportan los de Delfos y los de Delos con Apolo, los atenienses con Atenea (el nombre de ellos y el de la diosa es un testimonio de los lazos existentes), los argivos con Hera, los migdonios con Rea y los pafios con Afrodita. En cuanto a los cretenses, no sólo dicen que Zeus nació  y se crio entre ellos, sino que además enseñan su tumba; así pues, nosotros llevamos engañados muy largo tiempo, creyendo que Zeus tronaba, llovía y ejecutaba todo lo demás, mientras él estaba muerto desde hacía mucho sin que se supiera y enterrado en Creta.
 Posteriormente, construyen templos, para no tener a los dioses sin casa y sin hogar, ¡naturalmente!, y modelan imágenes a semejanza suya, recurriendo a Praxíteles, Policleto o Fidias, y éstos, sin que yo sepa dónde han visto tales cosas, han modelado a Zeus barbudo, a Apolo como un perenne muchacho, a Hermes con bigote, a Poseidón con cabellera de color azul oscuro y a Atenea con ojos glaucos. A pesar de todo, los que entran en el templo creen que lo que tienen ante sus ojos no es ya marfil de la India ni oro extraído de las minas de Tracia, sino el propio hijo de Crono y Rea, transportado a la tierra por Fidias, encargado de inspeccionar las desiertas llanuras de Pisa y contento con recibir quizá, cada cuatro largos años, un sacrificio como cosa accesoria de los Juegos Olímpicos.
 Cuando han dispuesto los altares, pronunciado las fórmulas introductorias, y cumplido los ritos lustrales, llevan allí las víctimas: el labrador un buey de labranza, el pastor un cordero, el cabrero una cabra, otro incienso o una torta y el pobre se propicia al dios sólo besando su propia mano. Pero, volviendo a los que hacen los sacrificios, éstos adornan el animal con guirnaldas, habiendo examinado antes cuidadosamente si es perfecto o no, a fin de no matar a alguno de los que no sirven para el objeto perseguido, lo conducen al altar y le dan muerte a la vista del dios, mientras él muge lastimeramente, dejando escapar sonidos, al parecer, de buen agüero y acompañando, a guisa de flauta, con voz ya quebrada el sacrificio. ¿Quién va a dejar de suponer que los dioses, al ver todo esto, se complacen? Y, aunque la pública advertencia dice que se prohíbe poner pie en el suelo sagrado a todo aquél que no tenga limpias las manos, el propio sacerdote, todo manchado de sangre, está allí muy enhiesto, y, como el famoso Cíclope, corta en canal, extrae las entrañas, arranca el corazón, esparce la sangre por todo el altar y, en resumen, realiza toda clase de actos piadosos. Y, para coronar su obra, enciende fuego y pone sobre él la cabra con piel y todo, y la oveja con su lana, y el divino y sagrado humo de la carne quemada marcha arriba y poco a poco se va desvaneciendo, al tiempo que entra en el mismo cielo.
 Los escitas, prescindiendo de todos los sacrificios de animales y considerándolos insignificantes, ofrecen hombres a Artemis y, obrando así, complacen a la diosa.
 Todas estas prácticas, así como las de los asirios, frigios y lidios, se mantienen dentro de unos límites hasta cierto punto normales, pero, si vamos a Egipto, allí sí que veremos cosas venerables y verdaderamente dignas del cielo: a Zeus con cabeza de carnero, al excelente Hermes con cabeza de perro, a Pan convertido en macho cabrío, a algún otro en ibis, a otro en cocodrilo y a otro en mono.
 Y, si quieres saber también esto, para estar bien informado oirás contar a muchos hombres de letras, escribas y rasurados sacerdotes, no sin que antes exclamen, como es notorio: "¡cerrad las puertas, no iniciados!", que, cuando los gigantes y sus otros enemigos se rebelaron contra ellos, los dioses cobraron temor y marcharon a Egipto, con la intención de ocultarse de sus adversarios; en seguida penetró uno de ellos en un macho cabrío, otro en un carnero y otros en distintos animales terrestres o aves, y es por eso por lo que todavía hoy conservan los dioses aquellas formas. Todo esto, naturalmente, consta en documentos de los templos, escrito hace más de diez mil años.
 Entre ellos se hacen los mismos sacrificios que entre nosotros, con la diferencia de que los egipcios dedican a la víctima manifestaciones de duelo y se dan golpes en el pecho, puestos en torno a ella, ya muerta. En algunos casos incluso las entierran apenas consumado el sacrificio. [...]
 Semejantes acciones y creencias de la gente no necesitan, a mi parecer, censor alguno, pero sí a un Heráclito o un Demócrito: a éste, para que se ría de su ignorancia; a aquél, para que llore su insensatez.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editora Nacional, 1976, en traducción de Francisco García Yagüe. ISBN: 84-276-0355-X.]
 

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