miércoles, 2 de enero de 2019

Los caballos de Dios.- Mahi Binebine (1959)


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«Además de violencia, había más cosas en Sidi Moumen. Lo que os estoy contando aquí es un concentrado de dieciocho años en un hormiguero, así que tiene que ser a la fuerza un tanto movido. Estos tristes episodios dejan huella en una existencia joven. Y una muerte joven también. Una muerte casi sin cadáver, porque el mío lo recogieron con cucharilla. Lo irónico es que enterraron conmigo unos restos de Jalil: una mandíbula desdentada, dos dedos de la mano derecha, la que había accionado el dispositivo, y un pie con el correspondiente tobillo porque tuvimos la mala idea de comprarnos unas alpargatas idénticas la víspera del gran día. Hicieron las cosas de mala manera, porque estaba claro que calzaba un número mayor que el mío. Henos aquí reposando juntos en el mismo cuadrilátero, a la sombra de un azufaifo, al fondo del cementerio, nosotros que nos llevábamos tan mal. No nos ha correspondido plegaria alguna porque en las tumbas de los suicidas no se reza. Aún estoy viendo a mi padre, a mis hermanos y a los más arrojados de las Estrellas de Sidi Moumen alrededor del agujero donde acababan de meterme. Digo arrojados porque sabían que no iban a librarse de que los citasen por segunda vez en la comisaría central. Y nuestros polis no son nada tiernos. Cuando le echan el guante a un sospechoso, se llevan todo el pueblo por delante. Pero quisieron asistir. Mi padre, que había pasado mucho tiempo asegurando que no podía andar, fue a pie tras la mezquina procesión. No se movió hasta la última paletada. Hubiérase dicho que había recuperado algunas migajas de la vida que yo acababa de perder. Pendientes de él, mis hermanos lo rodeaban por si le fallaban las piernas. Pero padre aguantaba, sacando pecho como un militar, apoyándose apenas en el puño del bastón. Fue el primero en percatarse de que Yemma entraba en el recinto. Yemma o más bien lo que quedaba de ella. Se fue de casa el día en que el ejército de policías invadió nuestra chabola poniéndolo todo manga por hombro. Le comunicaron entonces la carnicería que mi hermano Hamid, yo y otros terroristas habíamos hecho en la ciudad; las decenas de muertos inocentes, los considerables daños materiales, el pánico en todo el país. Yemma se desplomó en el patinillo encima de un barreño puesto bocabajo y se atrincheró en un mutismo singular. Se limitaba a observar el zafarrancho de combate como si no fuera con ella, como si no fueran hijos suyos quienes acababan de morir. Ni lloraba ni gemía. El nido que había tardado tantos años, y con tanto mimo, en construir y que el tornado se llevaba de repente era el de otra mujer. No, no era ni a su marido ni al resto de su progenie a quienes se estaba llevando la policía sin miramientos, esposados. Se trataba de una horda de forasteros que maltrataban a otros forasteros entre gritos y súplicas, como sucedía tantas veces por esa zona. Tampoco veía a las vecinas que habían acudido en buen número para servirle de apoyo. No oía las sirenas de sus lamentos ni notaba sus recios abrazos, reiterados. Veía cómo se movían las personas y las cosas con ese entumecimiento que solía entrarle por las noches, delante de la televisión, cuando conseguía obligarnos a ver un culebrón egipcio. Estábamos entonces al acecho de que se durmiera para cambiar de cadena, porque se quedaba dormida cinco minutos después de que hubiera empezado. Pero esta vez no se había amodorrado. Aprovechando la confusión, se puso de pie y se fue de casa sin tomarse el trabajo de ponerse la chilaba y ni siquiera las babuchas. Nadie más volvió a verla hasta el día de nuestro entierro. Mis hermanos la buscaron por todas partes y alertaron al resto de la familia. Empezaron por las barriadas de chabolas de los alrededores: Shishan, Toma, Douar Lahjar, Douar Scouila, y luego fuera de las murallas e incluso en las callejas más distantes de la medina. Hicieron batidas en las puertas de las mezquitas y de los morabitos por si se había esfumado entre el magma de los mendigos. Pero no consiguieron nada. Se había volatilizado. También la buscaba la policía para completar las informaciones. Y Dios sabe hasta qué punto cuadricularon la ciudad todas las fuerzas del orden con que contaba el país. Y resulta que vuelve a aparecer como por milagro. Ese ser andrajoso que andaba descalzo por el paseo invadido de zarzas, despeinado, con la mirada ida, allí en medio del recinto, era desde luego mi buena y anciana madre. Venía a despedirse de nosotros. Se alzó un barullo en señal de protesta porque las mujeres no pueden entrar en el cementerio los días de entierro. Yemma no hizo ni caso; avanzó despacio, como un funámbulo por la cuerda. Un paso detrás de otro. No iba a naufragar tan cerca de la meta. Mis hermanos quisieron ir a su encuentro, pero padre los paró en seco. El silencio se hizo aún más denso de lo que ya había sido en aquel día tórrido de aquel mes de mayo maldito. El gentío que rodeaba mi fosa se abrió para dejarla pasar. Una muchedumbre de ojos estaba clavada en ese ser desmedrado que infringía con toda naturalidad una tradición inmutable. Se acercó al borde como si fuera a tirarse dentro, tenderse a mi lado, como si fuera a escupir por fin los sollozos que llevaba lustros reprimiendo en la garganta. Pero no hizo nada de eso. Se contentó con mascullar un versículo del Corán desordenado: sola al principio, mientras la miraban pasmados los enterradores; luego la siguió un mendigo ciego, cuya voz ronca daba escalofríos. Mi padre empezó a salmodiar también, luego mis hermanos y, por fin, el resto de la asistencia. Los demás mendigos, que hasta entonces se habían quedado aparte, se unieron al grupo entonando parlamentos chillones para ganarse los higos pasos y los dátiles que se suponía que les iban a repartir. Pero ya no había mujer en la casa para preparar las ofrendas y el ritual fúnebre ni para recibir a la gente que venía a dar el pésame. Dicho lo cual, no había mucha gente que digamos, porque policías de paisano rondaban continuamente por allí. Cualquier transeúnte era un terrorista en potencia. Así que los vecinos se agazaparon en sus casas y ya no salían casi. También el vertedero estaba desierto, sin vida. Nadie clasificaba la basura reciente que los camiones seguían descargando en masa. Ni un grito infantil. Sólo los pájaros y los gatos, extrañados, se entregaban, con una satisfacción glotona, a los goces de una rebusca apacible.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Alfaguara, 2015, en traducción de María Teresa Gallego Urrutia y Amaya García Gallego. ISBN: 978-84-204-1352-5.]

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