jueves, 3 de enero de 2019

Irène.- Pierre Lemaitre (1951)


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Jueves, 24 de abril de 2003
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«Supongo que debe de hervir de impaciencia por conocer la respuesta a la pregunta que se está planteando desde que este caso llegó a sus manos: "¿Quién era Roseanna?"
 Roseanna se llamaba en realidad Alice Hedges. Debía de ser algo así como estudiante (le adjunto su documentación para que pueda encontrar, si tiene usted suerte, a su familia en Arkansas y agradecerles la cooperación que demostró su hija). Una parte importante, la mayor diría, de mi trabajo consistía en que la víctima no fuese identificada rápidamente, como en el libro, cuyo misterio esencial es el de su identidad. Roseanna es ante todo la historia de esa búsqueda y habría resultado ridículo, hasta obsceno, que sus colegas descubriesen su identidad en dos días. La conocí en la frontera húngara, seis días antes. La joven estaba haciendo autoestop. En mis primeras conversaciones con Roseanna me di cuenta de que llevaba casi dos años sin dar señales de vida a sus padres, y de que vivía sola antes de emprender ese viaje a Europa del que nadie, en su entorno, estaba informado. Fue lo que me permitió realizar esa pequeña obra maestra de cuyo reconocimiento, al fin, me siento orgulloso.
 Supongo que pensará que hablo mucho. Es que no tengo a nadie con quien hablar de mi trabajo. Desde que comprendí lo que me pedía el mundo, me dedico en cuerpo y alma a responder a sus deseos sin gran esperanza de diálogo. Hay que ver lo ignorante que es el mundo, Camille. Y qué volátil. Como escasas las obras que dejan huella de verdad. Nadie entendía lo que quería ofrecer al mundo y eso a veces me sacaba de mis casillas, lo confieso. Sí, me enervaba, más aún de lo que puede usted imaginar. Me perdonará el tópico, la cólera es mala consejera. Tuve que releer serenamente los grandes clásicos, cuya mera compañía puede provocar una elevación del alma, para que por fin la rabia que se había apoderado de mí se calmara. Meses y meses para aceptar renunciar a no ser más de lo que soy. Fue una dura batalla pero al final vencí y vea la gran recompensa que obtuve. Pues a las tinieblas de ese período sucedieron las luces de la revelación. La palabra no es demasiado fuerte, Camille, se lo aseguro. Lo recuerdo como si fuese ayer. Mi cólera contra el mundo desapareció de pronto y comprendí por fin qué se me pedía, comprendí por qué estaba allí, comprendí cuál era mi misión. El éxito indescriptible de la literatura policíaca demuestra, con toda evidencia, hasta qué punto el mundo necesita de la muerte. Y del misterio. El mundo persigue esas imágenes no porque necesite imágenes. Porque sólo tiene eso. Aparte de los conflictos bélicos y de las increíbles carnicerías gratuitas que la política ofrece a los hombres para calmar la inagotable necesidad de muerte, ¿qué tienen? Imágenes. El hombre se nutre de imágenes de muerte porque tiene hambre de muerte. Y sólo los artistas pueden aplacarla. Los escritores escriben sobre la muerte para los hombres a los que les hace falta la muerte, crean dramas para calmar su necesidad de drama. El mundo quiere siempre más. El mundo no quiere solamente papel e historias, quiere sangre, sangre de verdad. La humanidad intenta colmar su deseo transfigurando lo real -¿no es de hecho a esa misión de serenar al mundo ofreciéndole imágenes a las que su madre, una gran artista, consagró su obra?-, pero ese deseo es insaciable, irrefrenable. Quiere lo real, lo verdadero. Quiere sangre. ¿No hay, entre la figuración artística y la realidad, un estrecho camino para quien se compadezca lo suficiente de la humanidad como para sacrificarse un poco por ella? Oh, Camille, no me creo un libertador, no. Ni un santo. Me contento con interpretar mi propia música, modestamente, y si todos los hombres hicieran el mismo esfuerzo que yo, el mundo sería más habitable y menos malvado.
 Recuerde a Gaboriau hablando a través de su inspector Lecoq: "Hay gente -dice- que tiene la rabia del teatro. Esa rabia es en cierto modo la mía. Pero, más difícil y más hastiado que el público, yo necesito comedias auténticas o dramas reales. La sociedad, ese es mi teatro. Mis actores tienen la risa franca o lloran lágrimas verdaderas". Esta frase siempre me ha emocionado profundamente. Mis actores también han llorado lágrimas verdaderas, Camille. Como por la Évelyne de Bret Easton Ellis, conservo una ternura particular por Roseanna porque las dos lloraron magníficamente. Demostraron ser actrices perfectas, a la altura del complejo papel para el que las había elegido. Recompensaron con creces la confianza que había depositado en ellas.
 Quizás ya lo haya usted supuesto. Vamos a tener que detener nuestra correspondencia. Estoy seguro de que, más tarde o más temprano, retomaremos este diálogo, fructífero tanto para usted como para mí. Todavía no ha llegado la hora. Debo terminar mi "obra" y eso me exige una inmensa concentración. Lo conseguiré, lo sé. Puede confiar en mí. Me queda rematar el edificio que tanto esmero he puesto en construir. Juzgará entonces hasta qué punto mi proyecto, llevado a cabo con tanta minuciosidad, tan sabiamente elaborado, será digno de figurar entre las grandes obras maestras de este siglo que comienza.
 Su humilde servidor.
 Muy cordialmente.»
 
    [EL texto pertenece a la edición de Penguin Random House, 2015, en traducción de Juan Carlos Durán Romero. ISBN: 978-84-204-1885-8.]

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