jueves, 31 de enero de 2019

Un terrible amor por la guerra.- James Hillman (1926-2011)


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Capítulo uno: La guerra es normal

«Aristóteles zanjó la cuestión, antes incluso de que ésta se iniciara, con su famosa sentencia: anthropos phúsei politikon zóon: "el hombre es, por naturaleza, un animal político". Estamos dotados de un instinto político; la política viene incluida en nuestra naturaleza animal. El Estado está prefigurado en nuestra alma individual como un apetito, como una pasión. Si la guerra es, como dijera Clausewitz, "una continuación de la política por otros medios", entonces ésta es una consecuencia de nuestra naturaleza política. No tenemos que buscar las causas de la guerra en un ello que explota contra un superyó, en las ansias de castración masculinas, en proyecciones paranoides, escindidas, en sentimientos de inferioridad sobrecompensados, ni culpar a la testosterona. Es más probable que los territorios inconscientes de la guerra se asienten en un desinterés por comprender nuestra naturaleza animal en toda su extensión -que nuestra animalidad no es solamente vil y brutal, sino que además está en sintonía armoniosa con la guerra porque cada uno de nosotros es un politikon zóon-.
 Si la guerra engendra al cosmos (Heráclito), si el ser se revela como guerra (Lévinas), si el estado natural es la guerra (Kant), ella debe ser la primera entre las normas, la vara para medir todo lo demás, debe permear a la existencia y, por lo tanto, a nuestra existencia como individuos y como sociedades. La guerra, entonces, es permanente, no repentina; necesaria, no contingente; es la tragedia que hace palidecer a todas las demás, pero, al mismo tiempo, la que hace posible el amor desinteresado. ¿No fue Yeats quien dijo que "uno no comienza a vivir hasta que concibe la vida como una tragedia"? En el mismo sentido, Conrad aconseja: "Sumérgete en el elemento destructivo".
 Kant concibió la guerra como necesaria, pero también iluminó tan sombría verdad al encontrar la utilidad de la guerra para el proceso histórico. Maquiavelo y Clausewitz coinciden en que la necesidad de la guerra cumple la función de hacer avanzar la ambición política del Estado. Marx, por su parte, demostró cómo esta necesidad era el resultado inevitable del capitalismo. Yo prefiero tragarme la verdad completa, sin la envoltura de las justificaciones: la necesidad de la guerra está establecida en el cosmos y afecta a la vida con lo insoportable, lo terrible y lo incontrolable, a lo que toda medida de lo normal y lo anormal debe ajustarse.
 "El ser se revela a sí mismo como guerra", refleja la tradición monoteísta que nutre el pensamiento de Lévinas. La frase representa en lenguaje filosófico la naturaleza del Yahveh de la Biblia, que era un "Dios guerrero", tanto como los primeros cristianos eran "soldados de Cristo". Y los posteriores también: "Adelante soldados de Cristo, marchando hacia la guerra; con la Cruz de Cristo, marchando delante de nosotros"*. "Adelante en nombre de Dios", escribe un soldado alemán desde las trincheras; "como quiera que sea", escribe otro, "no hemos perdido la fe en que es Dios quien nos guía hacia buen puerto; de otro modo, cuanto antes encontremos la muerte, mejor para todos".
 Si el Dios de la Biblia, que dice ser el fundamento de todo lo que es, es un dios guerrero, entonces la guerra presenta la verdad última del cosmos. Las tres principales confesiones monoteístas, que provienen de ese dios, intentarán continuamente negar y escapar de su premisa original enunciando doctrinas de paz y elaborando sistemas y leyes para mantenerla. Su lenguaje pacifista no es mera hipocresía, sino que más bien reconoce que la guerra es el fundamento y el espíritu de sus religiones y que el amor de Patton por la guerra es una afirmación de amor al Dios de la Biblia, que leía todos los días. Para estos monoteísmos la religión es la guerra; su fe en el ser del cosmos coincide exactamente con lo que escribió Lévinas: "el ser se revela a sí mismo como guerra".
 Con todo, la cita de Lévinas no es excluyente; hay una apertura tácita, una salida. Él no dice: el ser se revela únicamente como guerra. En un cosmos politeísta hay muchas revelaciones del ser, muchos estilos de existencia. La guerra es uno de los muchos posibles. Incluso cuando Heráclito declara que el conflicto lo engendra todo, hay también otros padres y madres. Cuando nos acercamos al "ser" desde otro punto, es decir, desde una perspectiva griega, romana o pagana, hay muchos dioses y diosas. Ahí también, la coincidencia de belicosidad individual y el militarismo político que, juntos, dan vida a la guerra, son revelaciones de una sola fuente, el dios de la guerra -Marte, Ares, Indra, Thor-: una divinidad que se enfurece, trae muerte y provoca pánico, llevando a los hombres a la locura y a las sociedades a la ceguera. Esto es lo inhumano adonde, a continuación, dirigiremos nuestra mirada.»
 
*Versos iniciales de un famoso himno del siglo XIX, Onward, Christian Soldiers. La letra fue compuesta por Sabine Baring-Gould en 1865, la música por Arthur Sullivan en 1871. (N. del T.)  
 
        [El texto es propiedad de la edición en español de la editorial Sexto Piso, 2010, en traducción de Juan Luis de la Mora. ISBN: 978-84-96867-62-8.]
  

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