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domingo, 3 de noviembre de 2019

Fingimiento.- Diana Athill (1917-2019)

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Uno

«Hakim Jamal me gustó enseguida, nada más verlo. Era un hombre tremendamente apuesto, y su estilo -ese pavoneo a lo pirata, ese único zarcillo de oro- también me agradó al momento, porque parecía haber en él un cierto elemento autoparódico. El brillo de sus ojos y la anchura de su boca le daban un aire divertido, como si su propia manera de actuar le hiciera gracia.
 Hakim había sido invitado a venir a Londres en 1969 por ciertas personas que pensaban que éste estaba haciendo un trabajo interesante organizando escuelas progresistas para los niños del gueto negro de Los Ángeles. Su labia las había convencido de que debía escribir un libro y una de ellas hasta le había presentado a un agente literario que, a su vez, lo había traído a la editorial André Deutsch.
 En cuanto entré en la habitación, Hakim dejó de prestar atención a los dos hombres que ya estaban allí y se me quedó mirando. Como no estaba acostumbrado a ver ingleses, yo le parecí una persona exótica y refinada; mi voz -según me contó después- le recordó a la de la señora May Whitty (una actriz condecorada por la Reina que había interpretado a viejas damas inglesas en muchas películas) y, al oírme, se dijo a sí mismo que debía cuidar su lenguaje. Yo era un desafío para él y Hakim estaba decidido o bien a observar el espectáculo que supondría verme retroceder o enojarme, o bien a tener la satisfacción de seducirme (a él le gustaba especialmente atraer a las mujeres de mediana edad porque eso le hacía sentirse bondadoso). Me senté junto a él -aunque podía haber elegido una silla más alejada- y al cabo de dos minutos ya me había puesto la mano en el hombro, esperando a ver si yo me encogía de miedo por el hecho de que aquel negro impertinente me tocase.
 Era obvio que aquel hombre me estaba poniendo a prueba, y a mí me hacía gracia que se estuviera equivocando tanto conmigo. Yo no conocía a muchos negros estadounidenses -y menos de un gueto tan violento como ése del que él provenía, por lo que me habían dicho-, pero conocía a los suficientes como para esperar que fueran más recelosos respecto a los blancos que mis amigos antillanos o africanos. Pensé que Hakim se comportaba así debido a su pasado, y también él se convirtió para mí en un desafío. El debió de advertir que yo era "diferente": la clásica reacción de la blanca liberal al conocer a un negro quisquilloso. Yo llevaba aquel día un vestido de lana pero pude sentir la frialdad de su mano en mi hombro a través del tejido, y noté que temblaba levemente. Me entraron ganas de decirle: "Relájate, cariño. No tienes por qué desafiarme ni seducirme, me meteré en la cama contigo en un santiamén, si eso es lo que quieres." Un minuto después, él dejó caer un papel, se agachó para recogerlo, me rozó la rodilla con la mano disimuladamente y dijo: "¡Ah, pero qué he hecho! Le he tocado la rodilla sin querer... Espero que no le moleste." Costaba creer que aquel hombre tan guapo y tan seguro de sí mismo en apariencia pudiera estar tan ridículamente tenso y ser tan torpe; que pudiera suponer que era él quien me estaba poniendo a prueba con su astucia, cuando en realidad lo que estaba haciendo era el tonto. Su actitud me resultó cómica y conmovedora a un tiempo.
 Hakim había conocido a Malcolm X cuando él era aún un niño y Malcolm un timador y luego éste, pasados los años, lo había convertido a su ideología. Hakim quería escribir un libro sobre eso. Para él, mantener vivo el recuerdo de Malcolm X y difundir su enseñanza era, con mucho, la tarea más importante de su vida, porque, si no lo hubiese conocido, habría muerto hacía tiempo en una cuneta. Sí, era cierto que Hakim había sido un alcohólico y un heroinómano hasta que Malcolm se había cruzado en su camino; sí, era cierto que se había desenganchado de esas dos adicciones con la sola influencia de la enseñanza de Malcolm, sin ayuda médica, al igual que otra mucha gente como él. No, a él no le importaría que yo corrigiera su manuscrito si realmente lo creía necesario; ¿por qué le habría de importar, si él no había escrito nada en su vida salvo unos cuantos artículos breves para algunas revistas minoritarias? Sí, estaba dispuesto a escribir tres capítulos de prueba para que nosotros pudiéramos hacernos una idea al respecto. En un par de semanas me los entregaría.
 ¡Un par de semanas! A veces olvido -pensé yo- que la gente que no sabe nada sobre la escritura realmente no sabe nada. Pero lo cierto es que Hakim entregó esos tres capítulos cuando dijo que lo haría, y que éstos eran directos, ágiles, vívidos. Hakim vacilaba en la puntuación y la gramática, pero su lenguaje era vivaz y fluido, desprovisto de esos efectos amanerados o altisonantes tan comunes en la escritura maleducada. Firmamos el contrato del libro y, a partir de entonces, Hakim fue un modelo de puntualidad, y también de tolerancia, aunque sin caer en la dejadez, a la hora de discutir las sugerencias que yo le hacía. La gente llegó a decir posteriormente que la inglesa con la que vivía, Gale Benson, le había escrito el libro. Pues no. Ella le ayudó a veces con la gramática o el significado de alguna palabra (a él no le importaba reconocer su ignorancia en esos temas), pero nada más, estoy segura. A Hakim, el hecho de escribir le producía un gran placer y, cuando lograba lo esencial, se consideraba a sí mismo el maestro de Gale, no su alumno.
 Al final de nuestra primera reunión, le tendí la mano pero él dijo: "No, no, yo a mis amigos los beso" y me dio un beso en la mejilla mientras los dos nos reíamos. Unas semanas después, le dije que él había hecho eso para fastidiar a los dos hombres blancos que estaban conmigo, pero él me aseguró que no, que el beso había sido genuino porque él ya había decidido que yo le gustaba. Y yo le creí, encantada.
 Hakim me impresionó enseguida por ser un hombre que siempre conseguía a la mujer que quería, aunque no era especialmente sensual: lo que a él le importaba era seducir, no follar. Es probable, en efecto, que eso fuera verdad, que a Hakim le trajese sin cuidado el hecho de follar; y hasta dudo de que alguna vez se interesara a fondo por una mujer. Lo que realmente le agradaba y excitaba era el efecto que causaba en una mujer, no el que ella causaba en él.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Circe Ediciones, 2006, en traducción de Xoan Abeleira. ISBN: 978-84-7765-244-1.]

domingo, 13 de octubre de 2019

Vida de una geisha.- Mineko Iwasaki (1949)

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18

«-Madre, tengo que posar para una fotografía.
 -¿Qué fotografía?
 -No estoy segura.
 -Mine-chan, creo que debemos mantener una pequeña charla. Padre me ha dicho que te han escogido para la foto central del programa de los Miyako Odori. Es un privilegio, ¿sabes? Y ahora resulta que te han elegido para otra fotografía. No pretendo restar brillo a tan buenas noticias, pero debes saber que me preocupa la posibilidad de que despiertes envidias. Quiero que vayas con cuidado, pues las jóvenes pueden ser muy malas.
 -Si es tan importante que lo haga otra. A mí me da igual.
 -Me temo que las cosas no funcionan de esa manera.
 -Pero no deseo que las demás chicas sean malas conmigo.
 -Lo sé, Mineko. No es mucho lo que puedes hacer para evitarlo, pero me gustaría que, al menos, tomases consciencia de que te envidian. No permitas que te pillen desprevenida.
 -No comprendo.
 -Ojalá pudiera explicártelo mejor.
 -Detesto estas complicaciones. Me gustan las situaciones claras y sencillas.
 Si hubiera sabido lo que me aguardaba...
 Las palabras de la okasan no fueron más que un dulce presagio del terrible tormento que estaba destinada a sufrir durante los cinco años siguientes.
 Empezó a la mañana siguiente, cuando llegué  a clase. Nadie me hizo el menor caso. Absolutamente nadie.
 Resultó que el presidente de la Asociación de Vendedores de Quimonos había rechazado a la chica que había escogido en un principio para darme trabajo a mí y todas mis compañeras estaban furiosas conmigo porque pensaban que había alcanzado una posición privilegiada demasiado pronto, ya que ni siquiera era maiko todavía. Hasta las chicas que consideraba amigas me retiraron  la palabra. ¡Y yo no había hecho nada malo!
 Pero pronto descubrí que eso no importaba. Como en muchas sociedades femeninas, en Gion Kobu abundan las intrigas, las puñaladas por la espalda y las relaciones competitivas. Así como la rigidez del sistema hizo que me sintiese frustrada durante años, la rivalidad me causó una profunda tristeza.
 Aún no entendía que una persona quisiera herir de forma intencionada a otra, en especial si ésta no había hecho nada para perjudicarla. Traté de ser pragmática y discurrí un plan. Trabajé durante días, procurando dar cabida en él a todas las posibilidades.
 ¿Qué podían hacerme esas jóvenes resentidas? Y ¿cómo reaccionaría yo? Si una de ellas estaba a punto de hacerme un zancadilla, ¿levantaría ésta la pierna lo bastante alto para que yo no pudiese alcanzarla?
 Se me ocurrieron algunas ideas. Y, por fin, decidí que, en lugar de rendirme ante la envidia y restar importancia a mis habilidades, me esforzaría por llegar a ser la mejor de las bailarinas. Trataría de trocar la envidia en admiración y entonces todas querrían emularme y ser amigas mías. Juré que estudiaría como nunca y que practicaría durante más horas todavía. ¡No cejaría en mi empeño hasta convertirme en la número uno!
 Tenía que conseguir que todo el mundo me apreciara.
 Así pues, si pretendía ganarme el afecto de todos, lo primero que debía hacer era identificar mis debilidades y corregirlas.
 Me tomé este objetivo muy en serio, como sólo se lo tomaría un adolescente.
 Aunque mis días y mis noches estaban repletos de actividad, aprovechaba cualquier instante libre para la introspección. Me sentaba en la oscuridad del armario o en el silencio de la sala del altar y meditaba. Hablaba con tía Oima.
 He aquí algunos de los defectos que descubrí en mí:
 -Soy temperamental en exceso.
 -Cuando he de tomar una decisión difícil, a menudo hago lo contrario de lo que deseo.
 -Suelo precipitarme y me gusta terminar las cosas de inmediato.
 -No tengo paciencia.
 Y ésta es una lista parcial de mis soluciones:
 -Debo mantener la calma.
 -He de ser más perseverante.
 -Mi rostro tiene que expresar dulzura y amabilidad, como el de tía Oima.
 -Es necesario que sonría más.
 -Es preciso que sea más profesional. Lo cual significa que he de asistir a más ozashiki que cualquier otra. Por tanto, jamás rechazaré una reserva, me tomaré mi trabajo con seriedad y lo haré bien.
 -Debo ser la número uno.
 Estas metas se convirtieron en mi credo.
 Tenía quince años.»

    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2003, en traducción de Mª Eugenia Ciocchini. ISBN: 84-226-9917-6.]

viernes, 4 de enero de 2019

La casa y el mundo.- Rabindranath Tagore (1861-1941)


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Capítulo 12.- El relato de Nikhil
XVI

«La Providencia nos da vidas apenas desbastadas para que nosotros mismos las perfeccionemos y les demos forma según nuestros gustos. En el curso de este perfeccionamiento de mi existencia, conforme a los designios del Creador, todo mi deseo fue expresar alguna gran idea por mí mismo. Empleé todos mis días en ese intento. ¡Hasta qué punto le puse siempre freno a mis deseos, a mis impulsos! Sólo lo sabe Aquél que sondea los corazones.
 La gran dificultad estriba en que uno no es el único dueño de su vida, pues no se puede vivir realmente sin la ayuda de los que te rodean. Mi sueño fue siempre incorporar a Bimala a esta creación de mi existencia. La amaba con toda mi alma y creía firmemente que mi amor bastaría para ganarla a mi propósito.
 Pero pronto comprobé que yo no pertenecía a la categoría humana de los que pueden influir en quienes les rodean en la creación de su "yo". Había recibido la chispa de la vida pero no podía transmitirla. Aquellos a quienes se lo di todo, lo tomaron; pero no me tomaron a mí. Mi prueba es cruel, justamente cuando más necesito un compañero que me ayude, estoy solo conmigo mismo.
 Pero he hecho votos de superar esta prueba. En adelante seguiré solo el espinoso sendero que conduce al término de esta existencia.
 Sospecho, desde hace mucho tiempo, que en mí alienta una veta de tirano. Sólo por un despotismo por mi parte podía creer que mis relaciones con Bimala alcanzarían una forma bien definida y perfecta. La vida humana no está hecha para ser vaciada en un molde. Y si intentamos darle forma al bien, como si fuera vil materia, se venga terriblemente y pierde toda su vitalidad.
 Hasta ese día no había comprendido que esta tiranía inconsciente fue, sin duda, la que poco a poco me había ido separando de Bimala. La vida de ésta, a la que oprimía desde arriba, no podía elevarse normalmente; necesitaba encontrar una plenitud minando sus bordes por debajo. Se había visto forzada a robar aquellas seis mil rupias porque no podía actuar en mi mismo plano, porque sentía que, en ciertas cosas, difería de ella despóticamente.
 Los hombres como yo, poseídos de una sola idea, sólo pueden entenderse con los que la comparten, pero los demás no pueden entenderse con ellos sino engañándolos. Nuestra invencible obstinación impulsa a los más simples por tortuosas vías. Tratando de ganar un compañero perdemos una esposa.
 ¿No podría empezar de nuevo? Entonces seguiría seguramente el camino de los simples. Me prohibiría encadenar con mis ideas a la compañera de mi vida. Y no haría otra cosa que tocar las alegres flautas del amor y decirle: "¿Me amas? Entonces sé fiel a ti misma, a la luz de tu amor. No te obligo a nada, que el designio de Dios triunfe en ti y que mis ideas sean vencidas".
 Pero, ¿es posible que la Naturaleza misma cure las heridas abiertas, envenenadas por nuestros errores acumulados? El velo sin el cual las fuerzas silenciosa no pueden operar ha sido desgarrado. Estas heridas tienen que ser curadas. ¿No podemos curar nuestras heridas con el bálsamo de nuestro amor hasta que un día la cicatriz desaparezca del todo? ¿No será demasiado tarde? ¡Hemos perdido tanto tiempo en desconocernos, que solamente ahora nos comprendemos! ¿Cuánto tiempo nos hará falta para corregirnos? Y en el caso de que la herida fuera curada, ¿podríamos reparar los daños que causó?
 Oí un ruido débil en la puerta. Me volví y vi a Bimala, que se retiraba lentamente. Sin duda había estado esperando allí, sin saber si debía entrar o marcharse, y se había decidido a irse. Me precipité hacia la puerta y grité:
 -¡Bimala!
 Ella se detuvo, dándome la espalda. La cogí de la mano y la llevé hasta nuestra habitación, donde cayó con la cabeza sobre un cojín y se puso a sollozar desconsoladamente. Yo me quedé mudo, pero me senté a su lado con su mano entre las mías.
 Cuando la tempestad de dolor se hubo calmado, se levantó. Traté de atraerla hacia mí, pero ella me rechazó y, arrodillándose a mis pies, los tocó varias veces con la cabeza como signo de obediencia. Retiré mis pies con premura, pero ella los retuvo con sus brazos, gritando con voz sorda:
 -¡No, no, no apartes tus pies. Deja que te rinda mi culto!
 Me quedé inmóvil. ¿Quién era yo para detenerla? ¿El dios de su culto? ¿Podía impedírselo?»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Plataforma Editorial, 2012, en traducción de Ramón Rocamora. ISBN: 978-84-15577-47-8.]

lunes, 22 de enero de 2018

Juan Salvador Gaviota.- Richard Bach (1936)


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Primera parte  

«Sólo pensó en el triunfo. ¡La velocidad máxima! ¡Una gaviota a trescientos veinte kilómetros por hora! Era un descubrimiento, el momento más grande y singular en la historia de la Bandada y en ese momento una nueva época se abrió para Juan Gaviota. Voló hasta su solitaria área de prácticas y doblando sus alas para un picado desde tres mil metros, se puso a trabajar en seguida para descubrir la forma de girar.
 Se dio cuenta de que al mover una sola pluma del extremo de su ala una fracción de centímetro, causaba una curva suave y extensa a tremenda velocidad. Antes de haberlo aprendido, sin embargo, vio que cuando movía más de una pluma a esa velocidad, giraba como una bala de rifle... y así fue Juan la primera gaviota de este mundo en realizar acrobacias aéreas.
 No perdió tiempo ese día en charlar con las otras gaviotas, sino que siguió volando hasta después de la puesta del Sol. Descubrió el rizo, el balance lento, el balance en punta, la barrena invertida, el medio rizo invertido.
 Cuando Juan Gaviota volvió a la Bandada ya en la playa, era totalmente de noche. Estaba mareado y rendido. No obstante, y no sin satisfacción, hizo un rizo para aterrizar y un tonel rápido antes de tocar tierra. Cuando sepan, pensó, lo del Descubrimiento, se pondrán locos de alegría. ¡Cuánto mayor sentido tiene ahora la vida! ¡En lugar de nuestro lento y pesado ir y venir a los pesqueros, hay una razón para vivir! Podremos alzarnos sobre nuestra ignorancia, podremos descubrirnos como criaturas de perfección, inteligencia y habilidad. ¡Podremos ser libres!
 ¡Podremos aprender a volar!
 Los años venideros susurraban y resplandecían de promesas.
 Las gaviotas se hallaban reunidas en Sesión de Consejo cuando Juan tomó tierra y parecía que habían estado así reunidas durante algún tiempo. Estaban, efectivamente, esperando.
 ¡Juan Salvador Gaviota! ¡Ponte al Centro! -Las palabras de la Gaviota Mayor sonaron con la voz solemne propia de las altas ceremonias. Ponerse en el Centro sólo significaba gran vergüenza o gran honor. Situarse en el Centro por Honor, era la forma en que se señalaba a los jefes más destacados entre las gaviotas. Por supuesto, pensó, ¡la Bandada de la Comida... esta mañana: vieron el Descubrimiento! Pero yo no quiero honores. No tengo ningún deseo de ser líder. Sólo quiero compartir lo que he encontrado y mostrar esos nuevos horizontes que nos están esperando. Y dio un paso al frente.
 -Juan Salvador Gaviota -dijo el Mayor-. ¡Ponte al Centro para tu Vergüenza ante la mirada de tus semejantes!
 Sintió como si le hubieran golpeado con un madero. Sus rodillas empezaron a temblar, sus plumas se combaron, y le zumbaban los oídos. ¿Al Centro para deshonrarme? ¡Imposible! ¡El Descubrimiento! ¡No entienden! ¡Están equivocados! ¡Están equivocados!
 -... por su irresponsabilidad temeraria -entonó la voz solemne-, al violar la dignidad y la tradición de la Familia de las Gaviotas...
 Ser centrado por deshonor significaba que le expulsarían de la sociedad de las gaviotas, desterrado a una vida solitaria allá en los Lejanos Acantilados.
 -... algún día, Juan Salvador Gaviota, aprenderás que la irresponsabilidad se paga. La vida es lo desconocido y lo irreconocible, salvo que hemos nacido para comer y vivir el mayor tiempo posible.
 Una gaviota nunca replica al Consejo de la Bandada, pero la voz de Juan se hizo oír:
 -¿Irresponsabilidad? ¡Hermanos míos! -gritó-. ¿Quién es más responsable que una gaviota que encuentra y persigue un significado, un fin más alto para la vida? Durante mil años hemos luchado por las cabezas de los peces, pero ahora tenemos una razón para vivir; para aprender; para descubrir; ¡para ser libres! Dadme una oportunidad, dejadme que os muestre lo que he encontrado...
 La Bandada parecía de piedra.
 -Se ha roto la Hermandad -entonaron juntas las gaviotas, y todas de acuerdo cerraron solemnemente sus oídos y le dieron la espalda.
 Juan Gaviota pasó el resto de sus días solo, pero voló mucho más allá de los Lejanos Acantilados. Su único pesar no era su soledad sino que las otras gaviotas se negasen a creer en la gloria que les esperaba al volar; que se negasen a abrir sus ojos y a ver.
 Aprendía más cada día. Aprendió que un picado aerodinámico a alta velocidad podía ayudarle a encontrar aquel pez raro y sabroso que habitaba a tres metros bajo la superficie del océano: ya no le hicieron falta pesqueros ni pan duro para sobrevivir. Aprendió a dormir en el aire fijando una ruta durante la noche a través del viento de la costa, atravesando ciento cincuenta kilómetros de sol a sol. Con el mismo control interior, voló a través de espesas nieblas marinas y subió sobre ellas hasta cielos claros y deslumbradores... mientras las otras gaviotas yacían en tierra, sin ver más que niebla y lluvia. Aprendió a cabalgar los altos vientos tierra adentro, para regalarse allí con los más sabrosos insectos.
 Lo que antes había esperado conseguir para toda la Bandada lo obtuvo ahora para sí mismo; aprendió a volar y no se arrepintió del precio que había pagado. Juan Gaviota descubrió que el aburrimiento y el miedo y la ira, son las razones por las que la vida de una gaviota es tan corta, y al desaparecer aquéllas de su pensamiento, tuvo por cierto una vida larga y buena.
 Vinieron entonces al anochecer y encontraron a Juan planeando, pacífico y solitario en su querido cielo. Las dos gaviotas que aparecieron junto a sus alas eran puras como luz de estrellas y su resplandor era suave y amistoso en el alto cielo nocturno. Pero lo más hermoso de todo era la habilidad con la que volaban; los extremos de sus alas avanzando a un preciso y constante centímetro de las suyas.
 Sin decir palabra, Juan les puso a prueba, prueba que ninguna gaviota había superado jamás. Torció sus alas y redujo su velocidad a un solo kilómetro por hora, casi parándose. Aquellas dos radiantes aves redujeron también la suya, en formación cerrada. Sabían lo que era volar lento.
 [...] -Muy bien. ¿Quiénes sois?
 -Somos de tu Bandada, Juan. Somos tus hermanos. -Las palabras fueron firmes y serenas-. hemos venido a llevarte más arriba, a llevarte a casa.
 -¡Casa no tengo! Bandada tampoco tengo. Soy un Exiliado. Y ahora volamos a la vanguardia de Viento de la Gran Montaña. Unos cientos de metros más y no podré levantar más este viejo cuerpo.
 -Sí que puedes, Juan. Porque has aprendido. Una etapa ha terminado y ha llegado la hora de que empiece otra.»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones B, en traducción de Carol Howell y Frederik Howell. ISBN: 84-666-1639-X.]
 

miércoles, 19 de octubre de 2016

"Amor peligroso".- Ben Okri (1959)


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Libro segundo
Cuatro

 “Ifeyiwa tampoco podía olvidar una noche concreta en que su marido le pegó una bronca y una paliza. Cuando el hombre se marchó, ella se quedó presa de una rabia y una amargura incontenibles. Pensó incluso en matarse. Después decidió irse andando a su pueblo, que estaba a quinientos kilómetros. Hizo el equipaje y dejó la casa con esa intención insensata. Pero en la parada del autobús se encontró con Omovo. Después de llorar sobre su hombro y contarle su angustia, él la persuadió de que se quedara y pensara con calma su decisión. Emprendieron un largo paseo. Él le llevaba la bolsa. Después Ifeyiwa volvió a su casa. Agradecía a Omovo que la hubiera salvado de sí misma. Le gustaba pensar que también la había salvado para él. El amor secreto y aventurado que sentía por él se hizo más despreocupado. La mente de Ifeyiwa estaba atrapada en un laberinto de deseos, de dolor, de compromisos y de amor. Pero presentía que podía encontrar la felicidad y sentirse más completa.
 Sin embargo, entre esos momentos sublimes había horas y horas de una vida horrenda. Por la mañana Ifeyiwa limpiaba el baño, iba a buscar agua para que su marido se bañara, le hacía la comida, barría la habitación, lavaba los platos. Cuando su marido se iba a la ciudad, ella se bañaba, comía, iba al mercado y se quedaba en su puesto vendiendo sus productos. Cuando tenía tiempo leía alguna novela o alguna revista, o trenzaba el pelo servicialmente a alguna de las vecinas.
 Le sublevaba la decadencia que le rodeaba. Las mujeres parecían envejecer a ojos vistas. Parían muchos hijos, a los que tenían que alimentar y vestir con gran esfuerzo. Se peleaban constantemente por toda clase de futilidades. Se involucraban en mezquinas intrigas de vecindario. El calor de la tarde se les colaba dentro de la vida y las hacía parecer mucho mayores de lo que eran en realidad. Se les deformaban los pechos, se extenuaban, se volvían serviles y distraídas. Ella no quería volverse así. No quería tener hijos malvestidos y desgraciados llorando a sus pies. Estaba secretamente orgullosa de su educación y hacía grandes esfuerzos por mantenerse, por permanecer joven contra el tiempo que pasaba sin piedad. Su orgullo la aisló, la convirtió en un bicho raro.
 Viendo que su vida se le escapaba y que no había jóvenes de su edad a su alrededor para hablar, logró convencer a su esposo de que le permitiera acudir a la escuela nocturna. Sabía que conseguir trabajo estaba completamente fuera de lugar. Él aceptó, finalmente, más que nada porque ella le incordiaba con aquello y lo interpretó como si estuviera empezando a tomar cariño, y también porque aquello le distinguiría frente a sus amigos. (Más tarde, en una juerga, él presumiría: “Ajá, mi esposa acude a las clases nocturnas, sabéis… Me pregunto si la vuestra es capaz de leer el periódico…”). Ifeyiwa se matriculó en un curso de secretariado que incluía mecanografía, contabilidad y taquigrafía. Pero al cabo de una semana de prueba, empezó a regresar más tarde de lo esperado y él empezó a preocuparse. Una noche, sentado en el cuarto de estar, rumiando y esperándola, empezó a imaginarse toda clase de cosas. Se figuró que Ifeyiwa hacía cosas raras con los profesores. Impulsado por un exceso de inseguridad, se vistió y se dirigió a la escuela a espiarla. La escuela consistía en una pequeña cabaña de madera inacabada. Dentro se respiraba un ambiente cargadísimo. No había ventiladores. Habían cortado la electricidad, así que iluminaban la escuela con faroles. El hombre se encontró con una multitud de gente del gueto, hombres y mujeres jóvenes, diestramente burlados en su intenso apetito de saber por unos conocimientos mínimos, unos certificados que les ayudasen a encontrar trabajo. Estaban encajonados en aulas que carecían de casi todo: mesas, sillas, pizarras, profesores, máquinas de escribir y libros. Lo que vio lo convenció. Descubrió a Ifeyiwa riéndose en un grupo de chicos y chicas. Le brillaba la cara de sudor. Tenía los ojos animados. Poseía una sociabilidad y un brillo que él nunca había visto en ella. Su corazón fue lacerado por el hecho de que Ifeyiwa pareciera más natural con su grupo de edad que con él. Y más que eso le dolía el sentimiento de que cuando ella abandonaba su compañía, se convertía en otra persona, cambiaba y se hacía inaccesible para él. Arrollado por un ataque de celos, entró en tromba hasta el grupo de chicos y chicas que charlaban, agarró a Ifeyiwa del brazo y se la llevó a casa. Le prohibió volver a clase.
 Ifeyiwa se sumió en la desesperación. Su paciencia y su silencio se volvieron agrios. Su mente empezó a funcionar de manera extraña. La asaltaban fantasías de que asesinaba a su marido. Las fantasías se hicieron tan intensas y detalladas que le dio miedo. Después se puso a soñar que su marido se transformaba en un monstruo peludo que la encerraba en el sótano. En uno de esos sueños ella cogía un cuchillo y lo mataba, entonces se reía hasta que la oscuridad lo cubría. Al despertarse descubría que su marido la estaba zarandeando. La miraba con ojos de extrañeza y le preguntaba por qué se reía en sueños. El contraste la horrorizaba. Pero entonces murmuraba algo, se daba la vuelta y fingía quedarse dormida otra vez. Después de aquella noche le dio por dormir en el suelo. Pocos días más tarde, su marido se puso enfermo y ella se convenció de que lo había envenenado con unas artimañas de las que no era consciente. Fomentó una mórbida sospecha de decadencia, de castigo y de visitaciones. Estaba invadida por sueños de ratas y de bosques asfixiantes. Empezó a considerarse una proveedora de tristeza”.