domingo, 6 de enero de 2019

Adiós a mi concubina.- Lilian Lee (1959)


Resultado de imagen de lilian lee 

«El juicio a la banda de los cuatro fue el acontecimiento más importante en muchos años y en Hong Kong había una gran expectación.
 Xiaolou no tuvo más remedio que entrar en el primer salón de té que encontró para continuar viéndolo por televisión. Estaba entre un grupo de clientes, mirando escrutadoramente la pantalla en busca de rostros conocidos. Y allí estaba ella... ¡Jian Qing! La retransmisión de su juicio batió todos los récords de audiencia en Hong Kong en 1981.
 Consciente de que los ojos del mundo estaban fijos en ella, Jian Qing  permanecía orgullosamente erguida. Aprovechaba cualquier ocasión para reiterar las consignas políticas que la hicieron famosa.
 -La revolución es una acción violenta mediante la cual una clase social derroca a otra. Compartí los tiempos difíciles con el presidente Mao y fui la única camarada que estuvo con él durante la Larga Marcha. Apoyé al presidente Mao durante treinta y ocho años. ¿Dónde os escondíais vosotros? Sólo tengo una cabeza: tomadla. Fui el perro guardián del presidente Mao, siempre dispuesta a morder a quien él me indicase.
 Cuando se le hacían preguntas concretas, contestaba con evasivas.
 -¡No lo recuerdo! ¡No lo sé! ¡No puedo saberlo todo!
 Era obvio que la pantomima había sido ensayada y el juicio grabado y censurado.
 Jian Quing tenía sesenta y ocho años cuando compareció ante el tribunal.
 De no haber sido por ella y por el poderoso hombre a quien sirvió, muchas personas de su generación habrían llegado a viejas y estarían jugando con sus nietos. Pero ellos y sus seguidores destruían cuanto tocaban y dejaron el país destrozado.
 Como Hong Kong no formaba parte del estado chino, la población no había sufrido en sus propias carnes su tiranía, y cuando veía aparecer en televisión a la intrépida y obstinada anciana, aplaudían.
 -¡Qué entereza!
 -¡Menudo partido la del Partido!
 -¡No, gracias, te la regalo!
 Ninguno de los clientes del salón de té reparó en que Xiaolou se había marchado. Era un canoso sesentón que pasaba inadvertido.
 Un tranvía que iba a retiro pasó en aquellos momentos junto a Xiaolou y éste recordó que su primer empleo en Hong Kong había sido en la compañía de tranvías, realizando el duro turno de noche. En el campo de internamiento su cuerpo se había fortalecido y no le resultó demasiado difícil soportarlo.
 Hong Kong era una ciudad hermosa por la noche. [...] Pero era un trabajo duro y terminaba la jornada agotado. Un día, los encargados consideraron que ya era demasiado viejo para seguir realizando aquel trabajo y lo despidieron.
 Desde hacía algún tiempo tenía realquilado al hijo de un antiguo compañero de trabajo, conductor de tranvías. Su huésped acababa de conseguir un piso de renta protegida que se proponía subarrendar sin declararlo oficialmente. Mientras tanto, le pagaba un módico alquiler a Xiaolou, que complementaba los seiscientos dólares mensuales que recibía como pensión de jubilación. Xiaolou no podía declarar a su huésped ya que automáticamente le hubiesen dejado de pagar la pensión. Pero, aunque tenía mala conciencia por su deshonesto comportamiento, no veía otra alternativa para sobrevivir.
 La mayoría de los habitantes de Hong Kong no tenían más remedio que recurrir a la picaresca para salir adelante. El principal problema era el de la vivienda. La ciudad parecía un hormiguero del que apenas se conseguía asomar la cabeza para caer de nuevo en el hacinamiento. Incluso quienes vivían en infectas chabolas podían considerarse afortunados. La superpoblación de la ciudad era la causa.
 Xiaolou caminaba en dirección a su cubículo, que estaba cerca de la calle Tinlok. Aquel nombre le gustaba. Significaba "bendición celestial".
 En 1949, al tomar los comunistas el poder, él y Dieyi actuaron en un teatro cercano al puente del Cielo. El local se llamaba Teatro de la Bendición Celestial. Recordaba el rojo cartel con el título de la obra pintado en caracteres dorados: Adiós a mi concubina.
 Por entonces, el puente del Cielo era un mágico lugar lleno de artistas callejeros y tenderetes donde vendían hierbas medicinales, tónicos y tarjetas postales de remotos lugares, que los niños compraban e intercambiaban como se hace como los cromos en Occidente. También había puestos de golosinas en los que se vendía leche de soja, pastelillos de dátiles y arroz y algodón de azúcar. Pero Xiaolou había perdido la voz aquel aciago día de 1966 en que le dieron la paliza. Desde entonces no había tenido ninguna relación con el mundo de la ópera. Y, ahora, el nombre Bendición Celestial le arrancaba una amarga sonrisa.
 Al llegar a su casa vio a un agente de policía en la puerta, pidiendo la documentación.
 -Tenga, lleva el sello verde -dijo Xiaolou, mostrándole al agente su tarjeta de identidad.
 El gobierno de Hong Kong había iniciado en 1982 una campaña para perseguir la inmigración ilegal, tratando de contener la marea humana que agravaba los problemas de superpoblación de la ciudad. Todos aquellos a los que se descubría en situación irregular eran expulsados. Cuando Xiaolou llegó a la colonia, las leyes no eran tan rígidas, de manera que sus documentos lucían el ansiado sello verde que indicaba que era un inmigrante legal.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1994, en traducción de Víctor Pozanco. ISBN: 84-226-5071-1.] 

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Realiza tu comentario: