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sábado, 15 de agosto de 2020

La bella de Moscú.- Víktor Yeroféiev (1947)

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  «Me puse a rezar a trancas y barrancas, como pude. Mis labios empezaron a moverse, y por primera vez en mi vida, me dirigí a Dios.
 ¡Señor! Aquí estoy de rodillas ante Ti. Hasta ahora sólo había pronunciado Tu nombre en momentos de placer y mezclado con dulces suspiros. Perdona, pero no era para ofenderte sino por costumbre e ignorancia. Pero hoy es otra cosa. Tú lo sabes todo de mí. Conoces incluso el humilde rezo que voy a dirigirte, en el que no voy a tratar de encontrar las palabras más convenientes, porque eso sería ir con picardía. Tú sabes también lo que me va a suceder después de esta plegaria, mañana, pasado mañana y en días sucesivos. Conoces la hora de mi muerte, pero tal vez puedas cambiarla si me arrepiento. Tú sabes incluso si voy a arrepentirme o no. ¿Qué debo hacer? Las cosas no han sucedido como se las he contado a Vitali. Tú eres el único que sabe cómo han sido en realidad. Yo ya no comprendo nada de nada. Xenia tenía razón cuando dice que tengo más culo que cabeza. Y es que las mujeres somos así. ¿Qué quiero decirte, entonces? ¿Qué es lo que quiero pedirte? Quiero pedirte...
 Las palabras empezaron a salirme a chorro. El primer rezo es como el primer amor: se olvida uno de todo y llora.
 ¿Dónde está la justicia? Hay mujeres mucho peores que yo, mucho más canallas, que viven maravillosamente bien, en medio del lujo y mimadas por sus maridos... Desde luego que he cometido pecados. Pero ¿he merecido un castigo tan horrible? ¿Es por haber ayudado a Leonard a morir? Si es así, vamos a dejar las cosas claras. Él fue el primero en no cumplir la promesa que me había hecho de casarse conmigo. El polvo de lo cotidiano se mezcla en mi plegaria. Perdona, pero tienes que reconocer que toda nuestra vida en la tierra no es más que polvo coloreado. No se había casado conmigo, los años pasaban y yo ya había comenzado a perder la esperanza, sobre todo teniendo en cuenta que Carlos se había ido. ¿Qué podía hacer? Sí, corrí por ese campo, pero no lo hice por mí. Me dirás que trataba de convertirme en una santa o simplemente en una heroína nacional. ¡Pero he arriesgado mi vida! ¿Qué más se puede hacer? Se es santo o héroe precisamente porque se colocan los intereses del pueblo por encima de la propia vida. ¡Y si el santo es un poco pillo, y al hacerlo piensa en sí mismo porque no puede hacer otra cosa, eso es asunto suyo! Yo he aceptado la muerte porque había oído una voz y me sentía capaz de cumplir mi misión. ¡Lo que pasa es que no contaba con que a nuestra brujería rusa no es capaz de vencerla ni la mujer más seductora! El cebo tenía que ser mucho más dulce... No he pensado en cuál podía ser ni quiero pensarlo. Perdona la grosería, pero la he cagado. Y ahora, una nueva desgracia: Leonard. Ha venido y me ha follado. ¿Por qué? Dice que quiere casarse conmigo. Pero ¿es posible casarse con un muerto? Dice que somos dos almas gemelas, que hemos vivido en otra época sin habernos encontrado. Y que cuando nos hemos encontrado por fin ha sido para volver a separarnos. Que se ha dado cuenta de eso después de muerto, cuando ya era demasiado tarde. Y ahora languidece en la antecámara celeste que Tú le has asignado, de la que al parecer todavía puede volver. Ha venido a verme antes de perder definitivamente su forma para decirme que su amor no había hecho más que aumentar después de su muerte. Eso es. Y ahora dime Tú lo que yo tengo que hacer. Lo más terrible de todo no es que me haya follado, aunque también eso me da miedo, sino que me haya pedido que vaya con él... Y yo lo estoy dudando. Vitali, que está aquí a mi lado de rodillas, me ha dicho cuando veníamos que todos los caminos conducen a Dios, pero que hay poca gente que se atreva a seguirlos. La mayoría se paran al dar el primer paso y no se mueven más hasta el final de sus días. "Pero tú, Ira, has ido muy lejos", me ha dicho Él. "Sí, hasta el infierno", le he respondido. Seguro que ahora me vas a preguntar qué es lo que quiero. Si lo que quiero es un marido como Carlos. Si me bastaría con eso. Pues te diré que "sí". Aunque sé que estarás algo decepcionado. Quería ser santa y me conformo con tan poco. Carlos o un cosmonauta cualquiera. Mira, un cosmonauta no. No me iría un cosmonauta. No pararía de llorar mientras él volaba por el cosmos.
La bella de Moscú de Víktor Yeroféiev: Bien Encuadernación de tapa ... -¿Qué quieres entonces, Ira?
 -¡Estoy confundida, Señor! He empujado a un hombre a la muerte y ahora me quejo de que me viene a ver.
 -¿Qué vamos a hacer, entonces?
 -Mi fe es tan débil, Señor, que algunas veces escribo Tu nombre con minúscula. ¡Estoy completamente perdida, Señor! ¡Dame tiempo! Deja que te comprenda a Ti y también a mí misma.
 -No lo conseguirás, Ira.
 -¿Y por qué no?
 -Porque no te ha sido dado.
 -¿Y qué es lo que me ha sido dado entonces, Señor?
 -Que vivas entre la gente e ilumines su miseria y fealdad.
 -¡Señor! ¿Hasta cuándo voy a tener que mirar a los hombres para atestiguar su negrura? Sí, conozco un montón así. Feos, monstruosos y que me han decepcionado. Pero ¿será posible que no valga para otra cosa que para señalar su ignominia? ¡Tú, Señor, los ves de manera diferente! ¡Tú perpetúas y multiplicas la especie, y no los quemas en tu ardiente brasero! ¿No Te pertenezco? ¡Sí, soy tuya! ¡Tuya! ¡No me entregues a ningún otro! ¡Te lo ruego! ¡Dame otros ojos! ¡Redímeme, Señor!
 -No, Ira.
 -¡Señor! ¿Se puede acaso privar de esperanza a los hombres?
 -Cuando hayas cumplido tu destino, vendrás a Mí y Yo te lavaré. Ese día está cercano, pues tu belleza se está agostando...
 -¡Pero si ni siquiera he sido madre, Señor! ¡Concédeme al menos eso!
 Vitali me estaba sacudiendo por el hombro.
 -¡Calla! ¿Estás loca? ¡No se puede gritar en las iglesias!
 Las mujeres de la limpieza se acercaban con aire amenazador y las faldas remangadas. Vitali se levantó y se les acercó. Un pope se asomó a una de las puertas laterales, me miró y desapareció. Más tarde supe que se trataba del padre Veniamín. Vitali, deprisa y en voz baja, trataba de explicar algo a las mujeres de la limpieza. Pero éstas denegaban insistentemente con las cabezas. Vitali me arrastró hacia la puerta. A nuestra espalda, las mujeres no hacían más que soltar tacos.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 1991, en traducción de Helena S. Kriúkova y Vicente Cazcarra. ISBN: 84-339-1154-6.]

domingo, 16 de diciembre de 2018

Sueño profundo.- Banana Yoshimoto (1964)


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Una experiencia

«Hace tiempo me enamoré de un hombre extraño con el que acabé manteniendo una curiosa relación triangular.  Él era amigo del que es ahora mi novio y era de ese tipo de hombres que despiertan pasiones locas en las mujeres. Visto desde el presente, no era más que un chico lleno de vitalidad, un poco peculiar, pero en aquella época yo también era muy joven y, como era de esperar, me enamoré de él. Apenas guardo ningún recuerdo de aquel hombre. A pesar de que me acosté con él en muchas, muchísimas ocasiones, como jamás tuvimos una cita en la que pudiéramos hablar con calma, frente a frente, a duras penas logro recordar su rostro. A la que sí recuerdo, vete a saber por qué, es a una horrible mujer llamada Haru.
 Ella y yo, al parecer, nos enamoramos de aquel hombre por la misma época y, a fuerza de coincidir en su casa, nos fuimos conociendo; tanto que, al final, parecía que viviésemos los tres juntos. Haru era tres años mayor que yo y hacía trabajos de media jornada; yo estudiaba en la universidad.
 Nosotras, claro, nos odiábamos, nos insultábamos e, incluso, alguna vez habíamos llegado a las manos. En toda mi vida había tenido un trato tan íntimo y crudo con alguien, jamás había aborrecido tanto a una persona. Haru era el único impedimento que había en mi camino. Posiblemente, deseé su muerte muchas veces. Claro que ella debía de sentir lo mismo.
 Al final, cierto día harto de esa vida, aquel hombre huyó lejos y su fuga puso fin a nuestro amor y, de rebote, a la relación que se había establecido entre Haru y yo. Yo me quedé en el barrio; Haru, según oí decir, se fue a París.
 Esto fue lo último que supe de ella.
 Ni siquiera yo entendía por qué me había acordado, así, de repente, de Haru. No tenía ningún deseo especial de verla, ni siquiera sentía un gran interés en saber qué había sido de ella. Aquella época había estado tan repleta de pasiones violentas que, por el contrario, había acabado convirtiéndose en un espacio en blanco, en un período que no había dejado impronta alguna en mi memoria.
 Seguro que, en París, aquella mujer se había pegado como una lapa a algún grupo de artistas, ejerciendo de auténtica gorrona, o, si no, con un poco de suerte, habría encontrado a algún viejo protector que se hiciera cargo de ella y se estaría dando la gran vida. Era de ese tipo de mujeres. Delgada como un clavo, desabrida, la voz grave y desagradable, vestida siempre de negro. Tenía los labios delgados e iba siempre con el entrecejo fruncido quejándose de todo, pero, al sonreír, su rostro adquiría un aire un poco más infantil.
 Al recordar su sonrisa, no sé por qué, me duele el corazón.
[...]
 -¡Ah! Por cierto -dije yo. Fueron justamente aquella dulzura y aquella calidez las que me lo recordaron-. En los últimos tiempos, cuando estoy a punto de dormirme, siempre tengo el mismo sueño y estoy un poco preocupada, quizá sea un principio de alucinaciones auditivas. Pero las alucinaciones no deben de ser tan agradables, supongo. ¿Crees que puedo haberme vuelto alcohólica, con lo que bebo? ¿El alcoholismo puede provocar esto?
 -¡Qué dices! -se burló él-. Aun suponiendo que últimamente te sientas más dependiente, lo que pasa es que ahora tienes todo el día libre y acabas bebiendo sin darte cuenta. En cuanto vuelvas a trabajar, volverás a estar como antes. De todas formas, no te sentará mal hacer un poco el vago. Por cierto, ¿de qué tipo de sueño se trata?
 -No sé si puede llamarse así. -Ya con nuevos ánimos, una vez hubieron amainado el dolor y las náuseas, intenté desesperadamente evocar aquella sensación de felicidad-: Pues... Borracha, me desplomo en la cama, ¿no? Y entonces siento como si algo fuera a absorberme y me parece estar andando con los ojos cerrados por un lugar que me había sido muy querido y que echo de menos. Huele bien, me siento segura y, entonces, empieza a sonar débilmente siempre la misma canción. La voz es tan dulce que me hace saltar las lágrimas, aunque, de hecho, tal vez no sea una canción. Pero es una melodía tenue, lejana, un canto que da una felicidad absoluta. Siempre la misma melodía.
 -¡Vaya! Esto es alarmante. Debes de ser alcohólica.
 -¿Qué?
 Al ver cómo fruncía el entrecejo, asustada, Mizuo me dijo riendo:
 -¡Es broma, mujer En realidad, esta historia ya la había oído antes. Bueno, una que se le parecía. Esto significa que alguien quiere decirte algo.
 -¿Alguien? ¿Y quién?
 -¿Quién? Pues un muerto. ¿No se te ocurre quién podría ser? Algún conocido.
 Reflexioné unos instantes, pero no se me ocurrió nadie. Negué con un movimiento de cabeza.
 -Por lo visto, cuando los muertos quieren ponerse en contacto con alguien que les fue cercano en vida, lo hacen así. Cuando una persona está borracha o a punto de dormirse, es fácil sintonizar con ella de esta forma. Al menos, eso he oído decir.
 De repente sentí un escalofrío y me cubrí con el edredón hasta los hombros.
 -Oye, ¿tiene que ser necesariamente un conocido? -pregunté.»
 
   [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 2007, en traducción de Lourdes Porta. ISBN: 978-84-672-2345-3.]