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domingo, 19 de julio de 2026

Relatos italianos del siglo XX.- Federigo Tozzi (1883-1920) y otros autores

 

Alma juvenil [de "Le novelle"]

 «Se había levantado temprano porque tenía que pagar una pareja de bueyes por la mañana en la ciudad; y antes había querido dar una vuelta por su campo. La hierba estaba tan helada y húmeda que con sólo quedarse parado cinco minutos los pies se le habían entumecido. De modo que dio unos pasos, se dirigió a una vid, la primera de una hilera, y arrancó una hoja para quitarle la escarcha. También la hoja estaba fría, retrocedió y se apoyó con una mano en un ciprés que salía de un montón de piedras que deberían servir para avenar las nuevas fosas de la viña. El ciprés, en cuanto lo tocó, le lanzó encima las gotas de su escarcha que empezaba a deshacerse. Pero no le importó nada. Desde allí miró las encinas y los castaños que marcaban los límites del campo desde debajo de la casa hasta donde empezaba una zanja apenas visible, pues se había llenado de tierra y no la habían vuelto a cavar. Después el campo descendía, y había otras encinas que ya no querían crecer; luego, un ribazo con la hierba seca del año anterior que ahora acababa de pudrirse encima de la nueva; después estaban los sauces, luego un cañizal, y después, un nogal. Y ése era todo su campo.
 Era el mes de marzo y la campiña aún tenía un aspecto invernal. Bostezó y volvió sobre sus pasos, lentamente, con las manos a la espalda. Mientras tanto el sol había conseguido asomar y él, volviéndose a mirarlo, quedó deslumbrado. La campiña relucía y una bandada de gorriones se atravesó ante sus ojos.
 Quizá su padre, que le tenía que dar las mil quinientas liras para pagar los bueyes, ya se había vestido, de modo que fue hasta las ventanas y lo llamó.
 El viejo golpeó en los cristales desde dentro del cuarto, para darle a entender que ya bajaba y que no corría tanta prisa.
 En la era estaba extendido el arado y los ladrillos que había debajo estaban secos; en cambio, la punta de la reja estaba completamente mojada. Pero notó que se había roto y que tenía que mandarla al herrero para que la arreglase. Dos campesinos cambiaban la paja en la pocilga; y él sentía que otro estaba en la cabaña recogiendo el pasto para llevarlo al establo.
 Era la primera vez que su padre le mandaba a la ciudad a pagar una suma tan grande; por eso estaba impaciente. Se figuraba que ya se encontraba entre los tratantes, que esperaba al que le había vendido los bueyes, que lo saludaba con una sonrisa y le decía que llevaba los cuartos en el bolsillo. El otro le entregaría el recibo; él lo leería, tras desdoblarlo bien. Después volvería a pasar entre los tratantes, dando codazos a diestro y siniestro, pues todos los sábados se encontraban para cerrar sus tratos entre la Costarella y la Croce del Travaglio, en el punto más concurrido de Siena; delante de aquel café donde sólo entraban señores bien vestidos; y cuando los tratantes y los campesinos tenían que hablar, no se apartaban ni aunque pasara un carruaje o una carreta.
 Entre tanto, mientras esperaba en la era, el tiempo no pasaba nunca; y no se le ocurría nada que hacer; aunque sí le habría gustado ocultar su emoción, cada vez más intensa. ¡Ahora advertía que el pago de los bueyes le daba una especie de fiebre! No quiso decir nada, ni siquiera a los dos campesinos; le habría resultado imposible parar mientes en algo; y, mirándolos, la tomaba con ellos. Tampoco iba al establo porque se había abrillantado los zapatos y se había limpiado los pantalones desde los pies, donde siempre estaban embarrados y cubiertos de polvo.
 Ahora, ya que su padre lo mandaba a pagar los bueyes, podría ir pensando en tomar mujer; tenía que elegir entre las dos hijas de un administrador, que siempre las llevaba en calesa, o también estaba una señorita hija de un médico que vivía en un pueblo cerca de Siena. Le parecía que en un solo minuto vivía años enteros; y también esto le impacientaba; más aún, eso sobre todo. El corazón le temblaba y le entraban ganas de llorar al pensar en ello. ¿Por qué pensaba en todas esas cosas cuando los días eran siempre iguales?
 También estaba impaciente por verse de vuelta en casa, porque sentía un gran deseo de trabajar más que su padre; había que podar todas las viñas, había que cavar unos trozos de tierra que nunca estaban limpios de grama, había que sembrarlo todo y que plantar el huerto donde quería probar cierta clase de habichuelas; por la noche había ido a robar la semilla en un campo ajeno. Y además quería hacer unos injertos de peras que se vendían carísimas en el mercado. Pensó en todas esas cosas; y habría querido que ya estuvieran hechas. Aquellos dos campesinos le parecían demasiado lentos y no se explicaba cómo el otro aún no había salido de la cabaña; en el establo, los bueyes mugían; estaba claro que tenían hambre.
 Por fin bajó su padre; pero vio que no iba en mangas de camisa, como esperaba; se había acabado de vestir y llevaba en la mano el bastón de serbal que cogía siempre cuando iba a las ferias y a Siena.
 -¿Va usted, padre? ¿Por qué, pues, ayer me dijo que iría yo?
 -Pensé, mientras me esperabas, que tengo que hablar con Bista, el administrador de las Casine, para enterarme de algo.
 -¿Me lleva con usted al menos?
 -¿Conmigo? No harías más que perder el tiempo. En cambio, irás a la bodega y trasegarás esas barricas de vino bajo; no pueden quedarse allí. Hay que hacerlo antes de que avance la estación y cambie la luna.
 -¿Y me lo dice ahora?
 El padre le regañó, diciéndole que no tenía tiempo de charlar con él. Después, con un silbido, llamó al de la cabaña, le dio una orden y se marchó, tras haberse mirado los zapatos, cerrando de golpe la cancela. El perro fue tras él durante un trecho de camino, pero después comprendió que no debía seguirlo y regresó a la era meneando la cola.
 Pero él se había quedado tan descontento y de tan mal humor que en vez de subir a coger las llaves de la bodega se apoyó en un sostén del emparrado, sin hacer nada.
 Por la cabeza le pasaban malas ideas, y sentía que no conseguía obedecer ya a su padre. De haber podido, habría aprendido otro oficio y se habría ido por su lado, poniendo casa.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1974, en selección de Guido Davico Bonino y traducción de María Esther Benítez, pp. 28-30. ISBN: 84-206-1498-X.]   

miércoles, 24 de febrero de 2021

El desencantado.- Budd Schulberg (1914-2009)

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Asuntos pendientes, V

 «Mantenían una continua discusión acerca de cine con la que ambos disfrutaban. Él insistía en que todo arte que no dependiera de la capacidad, el gusto y la integridad de una sola persona estaba condenado a la mediocridad. Y ella dijo:
 -Eso es absurdo. Tu juicio se basa en las películas que se hacen en Hollywood, que son casi todas mediocres. Pero son mediocres por motivos comerciales, no por lo que tú dices. Construir pirámides era un arte colectivo. Seguramente había un productor, que era el faraón que tenía el dinero y la idea general, y luego un arquitecto, un escultor y varios albañiles expertos para realizar el diseño, y a sus órdenes varios obreros cualificados, que a su vez tenían por debajo a otros obreros, y así sucesivamente. O los tótems, por ejemplo. Naturalmente que puede existir un arte colectivo legítimo. Prueba de ello son las películas de Griffith, Eisenstein y Chaplin. Sólo es necesario un genio que haga de guía, o cuando menos una mano experta como la de Vidor o Ford. Pero si el punto de partida es lo bastante bueno y todo el mundo hace bien su trabajo, el director, el guionista, el cámara, el montador, el compositor y el mezclador de sonido, no sé por qué siempre olvido a los actores, es un arte tan noble como cualquier otro.
 Hablaron de Thalberg –curioso cómo después de todos aquellos años en blanco su memoria aún conservaba todo lo que habían dicho-, y él puso en duda que realmente fuera un gran genio, tal como lo consideraban en Hollywood.
 -Bueno… esa palabra está ya algo gastada –dijo ella-. Puede que Irving fuera un genio en el verdadero sentido de la palabra. Una especie de dios inspirador. Un genio también tiene su lado práctico. El hombre que llega primero cuando más se le necesita. Un hombre que logra cavar un pozo en la parte seca del Sáhara es un genio, aunque haya otros cien como él capaces de cavar pozos más hondos en la ciudad. Irving es esa clase de genio. Llegó al desierto y encontró agua. Quizá no sea un pozo profundo, pero para empezar ya sirve.
 -En otras palabras, Dios fue el primer genio –dijo él-. Y tú tienes que ser al menos un pequeño dios en una pequeña piscina para clasificarte.
 -¿Ahora mismo estás escribiendo algo? –le preguntó ella de pronto.
[…]
Al sábado siguiente ella volvió a preguntarle si estaba escribiendo algo y él le contestó que el mero hecho de seguir vivo ya requería toda su energía y su poder creativo, y ella le dijo:
 -Eso es absurdo. ¿Por qué no intentas escribir tu vida? Una especie de compendio de lo que has hecho, de tus ideas y de lo que eres ahora. Escríbelo para ti mismo, así no te sentirás obligado a competir con nada. Sale más barato que ir al psicoanalista. Haz el favor de empezar ahora mismo.
 Con gran sorpresa por su parte le hizo caso y el simple ruido del tecleo de la máquina de escribir le sentó como un bálsamo. Fue incluso agradable emprender aquel vano ejercicio de escritura y empezó a pensar que si lo volcaba todo, los triunfos prematuros, la celebración desmedida, el éxito imparable, la caída y el entierro de sus sueños y de los años veinte, los restos y el intento de rescatar algo, por fin tendría un programa, una base sobre la que sustentar su madurez. Se sentía como un crustáceo, escribió, que se deshace de su primer caparazón brillante y no logra encontrar otro más grande, más mate y más sólido para protegerse en su madurez.
 Leyó algunos fragmentos a Ann, sin descartar la confesión de que al principio buscaba los aplausos de sus amigos, luego el reconocimiento de la sociedad, y ahora, no bastándole el éxito del momento, aspiraba a seguir vivo después de muerto, a ser leído por las generaciones futuras.
 -Como Stendhal, con cien años me conformaría –dijo-. Sin eso se es como un andarríos a la caza de cangrejos por la playa, viviendo al día.
 -Puedes lograrlo si piensas que estás empezando. Si te tomas lo que has escrito y vivido hasta ahora como una simple preparación.
 Sabía lo que ella intentaba hacer, desenterrarlo del pasado, pero le dijo:
 -El récord de home runs de Ruth no lo preparó para anotar más home runs. Sólo llevaba dentro un buen puñado de home runs y se los quitó de encima antes de cumplir los treinta.
 -Eso es lo más absurdo que he oído en toda mi vida –dijo ella-. Con tu talento y tu inteligencia sueltas unas bobadas muy infantiles. Olvídate de esos estúpidos héroes deportivos. Precisamente la carrera de un atleta no tiene nada que ver con la de un artista. El atleta madura más deprisa, de los veinte a los treinta pierde reflejos y a los treinta y tantos ya está acabado. Pero un artista debería forjarse poco a poco de los veinte a los treinta, empezar a madurar al rebasar los treinta y alcanzar la cúspide a los cincuenta o los sesenta. Tal vez sea ése el problema que tenéis los escritores americanos, que os creéis que sois estrellas del deporte.
 -Yo siempre soñé con ser un defensa fam
oso, nunca sabré por qué –le confesó él-. Salir al campo y deslumbrar a la afición, como Red Grange o Chris Cagle.
 -No eres el primer escritor que de pequeño quería ser jugador de fútbol americano. Conozco a otros dos que son unos lanzadores frustrados, y a un aspirante a Jimmy McLarnin. En Europa, en cambio, a los escritores les habría gustado ser compositores, pintores o matemáticos.
 -Nosotros somos de una raza más musculosa. Y además, dado que los escritores actúan como registros sensibles de la conciencia nacional, no hacen sino reflejar el culto a los héroes de su época. Al fin y al cabo, ¿qué figuras importantes hay en América, aparte de Ruth, Dempsey o Bobby Jones?
  […]
Resultado de imagen de el desencantado Una noche, mientras hablaban de la escritura, que empezaba a brotar de nuevo con fluidez (había terminado un relato breve que le parecía tan bueno como los de antes), se preguntó cómo debía de afectar a su trabajo el hecho de permanecer retirado, no sólo del mundo, sino de sí mismo.
 -Mi única experiencia verdadera es cuando escribo. Esta mañana me he despertado pensando que no soy un hombre, sólo una máquina de aspecto humano que escribe historias.
 -Eso es absurdo. Claro que eres un hombre.
 […]               
 Al final del verano había vendido dos relatos de considerable calidad. Había estado pensando en la nueva novela desde la primavera anterior y en otoño ya estaba preparado para empezarla. Pero tras unas cuantas páginas se cansó, exasperado. En ocasiones, la náusea le impedía trabajar durante días y a media tarde se notaba el cerebro embotado por el sueño.
 Se despreció por su inercia y dijo a Ann que había decidido no dejarse vencer por aquellos síntomas que, no le cabía duda, eran de orden psíquico y no obedecían sino a una falta de voluntad por su parte para afrontar el reto que suponía un nuevo libro. Ann le dijo, con su habitual pragmatismo:
 -Puede que no todo sean manías tuyas. Es muy fácil pasar de un extremo a otro. Antes de darte por enfermo imaginario, quiero que vayas a ver a mi médico. El doctor Rubin posee suficientes conocimientos psicoanalíticos para diagnosticar si, efectivamente, tu problema es ése.
 Y el doctor Rubin dijo: “Diabetes”. Fue un duro golpe a su vanidad darse cuenta de que padecía una enfermedad física incurable. Por otro lado, se quedó más tranquilo al saber que podía estabilizar su rutina mediante una dieta estricta, descanso y medicamentos, en lugar de recurrir a los consabidos métodos correctivos cuyos resultados eran más inciertos.»
 
    [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Acantilado, 2004, en traducción de J. Martín Lloret, pp. 383-389. ISBN: 84-96136-67-1.]

viernes, 25 de octubre de 2019

El sí de las niñas.- Leandro Fernández de Moratín (1760-1828)

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Acto primero.
Escena IV
(Doña Irene, Don Diego)

«Doña Irene: Es muy gitana y muy mona, mucho.
  Don Diego: Tiene un donaire natural que arrebata.
 Doña Irene: ¿Qué quiere usted? Criada sin artificio ni embelecos de mundo, contenta de verse otra vez al lado de su madre, y mucho más de considerar tan inmediata su colocación, no es maravilla que cuanto hace y dice sea una gracia, y máxime a los ojos de usted, que tanto se ha empeñado en favorecerla. 
 Don Diego: Quisiera sólo que se explicase libremente acerca de nuestra proyectada unión y...
 Doña Irene: Oiría usted lo mismo que le he dicho ya.
 Don Diego: Sí, no lo dudo; pero el saber que la merezco alguna inclinación, oyéndoselo decir con aquella boquilla tan graciosa que tiene, sería para mí una satisfacción imponderable.
 Doña Irene: No tenga usted sobre ese particular la más leve desconfianza; pero hágase usted cargo de que a una niña no la es lícito decir con ingenuidad lo que siente. Mal parecería, señor don Diego, que una doncella de vergüenza y criada como Dios manda, se atreviese a decirle a un hombre: yo le quiero a usted.
 Don Diego: Bien; si fuese un hombre a quien hallara por casualidad en la calle y le espetara ese favor de buenas a primeras, cierto que la doncella haría muy mal; pero a un hombre con quien ha de casarse dentro de pocos días, ya pudiera decirle alguna cosa que...Además, que hay ciertos modos de explicarse...
 Doña Irene: Conmigo usa de más franqueza. A cada instante hablamos de usted y en todo manifiesta el particular cariño que a usted le tiene... ¡Con qué juicio hablaba ayer noche, después que usted se fue a recoger! No sé lo que hubiera dado porque hubiese podido oírla.
 Don Diego: ¿Y qué? ¿Hablaba de mí?
 Doña Irene: Y qué bien piensa acerca de lo preferible que es para una criatura de sus años un marido de cierta edad, experimentado, maduro y de conducta...
 Don Diego: ¿Eso decía?
 Doña Irene: No; esto se lo decía yo y me escuchaba con una atención como si fuera una mujer de cuarenta años, lo mismo... ¡Buenas cosas la dije! Y ella, que tiene mucha penetración, aunque me esté mal el decirlo... ¿Pues no da lástima, señor, el ver cómo se hacen los matrimonios hoy en el día? Casan a una muchacha de quince años con un arrapiezo de dieciocho, a una de diecisiete con otro de veintidós: ella niña, sin juicio ni experiencia, y él niño también, sin asomo de cordura ni conocimiento de lo que es el mundo. Pues, señor (que es lo que yo digo), ¿quién ha de gobernar la casa? ¿Quién ha de mandar a los criados? ¿Quién ha de enseñar y corregir a los hijos? Porque sucede también que estos atolondrados de chicos suelen plagarse de criaturas en un instante, que da compasión.
 Don Diego: Cierto que es un dolor el ver rodeados de hijos a muchos que carecen del talento, de la experiencia y de la virtud que son necesarias para dirigir su educación.
 Doña Irene: Lo que sé decirle a usted es que aún no había cumplido los diecinueve cuando me casé de primeras nupcias con mi difunto Don Epifanio, que esté en el cielo. Y era un hombre que, mejorando lo presente, no es posible hallarle de más respeto, más caballeroso... Y al mismo tiempo más divertido y decidor. Pues, para servir a usted, ya tenía los cincuenta y seis, muy largos de talle, cuando se casó conmigo.
 Don Diego: Buena edad... No era un niño; pero...
 Doña Irene: Pues a eso voy... Ni a mí podía convenirme en aquel entonces un boquirrubio con los cascos a la jineta... No señor... Y no es decir tampoco que estuviese achacoso ni quebrantado de salud, nada de eso. Sanito estaba, gracias a Dios, como una manzana; ni en su vida conoció otro mal, sino una especie de alferecía que le amagaba de cuando en cuando. Pero luego que nos casamos, dio en darle tan a menudo y tan de recio, que a los siete meses me hallé viuda y encinta de una criatura que nació después, y al cabo y al fin se me murió de alfombrilla.
 Don Diego: ¡Oiga!... Mire usted si dejó sucesión el bueno de Don Epifanio.
 Doña Irene: Sí señor; ¿pues por qué no?
 Don Diego: Lo digo porque luego saltan con... Bien que si uno hubiera de hacer caso... ¿Y fue niño, o niña?
 Doña Irene: Un niño muy hermoso. Como una plata era el angelito.
 Don Diego: Cierto que es consuelo tener, así, una criatura y...
 Doña Irene: ¡Ay, señor! Dan malos ratos, pero ¿qué importa? Es mucho gusto, mucho.
 Don Diego: Ya lo creo.
 Doña Irene: Sí señor.
 Don Diego: Ya se ve que será una delicia y...
 Doña Irene: ¿Pues no ha de ser?
 Don Diego: ...un embeleso el verlos juguetear y reír y acariciarlos y merecer sus fiestecillas inocentes.
 Doña Irene: ¡Hijos de mi vida! Veintidós he tenido en los tres matrimonios que llevo hasta ahora, de los cuales sólo esta niña me ha venido a quedar; pero le aseguro a usted que...»

     [El texto pertenece a la edición en español de Editorial Castalia, 1978, en edición de J. Dowling y R. Andioc. ISBN: 84-7039-057-0.]

miércoles, 16 de octubre de 2019

Némesis.- Philip Roth (1933-2018)

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2.- Indian Hill

«Llamó a la puerta de tela metálica y le recibió calurosamente el propietario, un hombre alto y desgarbado, de cuello largo, nuez de Adán prominente y una calva bronceada apenas cubierta por un entramado de mechones grises. Debía de rondar los sesenta años, pero con los pantalones cortos caqui y el polo del campamento se le veía musculoso y en forma. Bucky sabía a través de Marcia que en 1926, cuando el señor Blomback enviudó siendo todavía muy joven, abandonó una prometedora carrera académica como subdirector del instituto West Side de Newark y, con dinero de la familia de su esposa, compró el campamento a fin de tener un sitio donde enseñar a sus dos hijos pequeños las costumbres de los indios que, como aficionado a la vida al aire libre, había llegado a amar. Ahora los muchachos eran adultos y estaban en el ejército, y el trabajo del señor Blomback a lo largo del año consistía en dirigir el campamento, asesorar al personal y visitar a las familias judías de Nueva Jersey y Pensilvania con objeto de reclutar jóvenes para la temporada del campamento. En su rústico despacho -de troncos sin desbastar, como el exterior del edificio-, había cinco tocados de plumas indios completos, colgados de ganchos, que decoraban la pared de detrás del escritorio. Fotos de grupos de campistas cubrían las paredes restantes, salvo donde había estanterías de libros, todos ellos, según el señor Blomback, referentes a la vida y a las costumbres indias.
 -Este es la biblia -le dijo a Bucky, y le tendió un grueso volumen titulado El libro de los Woodcraft-. Este libro fue mi inspiración. Y éste también -y le ofreció un segundo volumen, más delgado, el Manual de los indios Woodcraft.
 Obedientemente, Bucky pasó las páginas del segundo volumen, en las que había dibujos a pluma de setas y aves y hojas de un gran número de árboles, ninguno de los cuales fue capaz de identificar. Vio el título de un capítulo, "Cuarenta pájaros que todo muchacho debería conocer" y tuvo que aceptar el hecho de que él, un hombre ya hecho y derecho, no conocía más que un par de ellos.
 -Estos dos libros han inspirado a todos los propietarios de campamentos -siguió diciéndole el señor Blomback-. Ernest Thompson  inició en solitario el movimiento de los campamentos indios. Fue un gran maestro, muy influyente. Según Seton, "el principal objetivo de la educación es la madurez. Practicamos al aire libre las actividades que, en una palabra, nos ayudan a alcanzar la madurez". Son unos libros indispensables, que sostienen en todo momento un ideal humano heroico. Aceptan al piel roja como el gran profeta de la vida al aire libre y el arte de vivir en los bosques y emplean sus métodos siempre que son de utilidad. Proponen pruebas iniciáticas de fortaleza, siguiendo el ejemplo del piel roja. Presentan el dominio de uno mismo como fundamento de todo poder. "El heroísmo por encima de todo", dice Seton.
 Bucky asintió, consciente de que se trataba de asuntos importantes, aunque era la primera vez que oía hablar de Seton.
 -Cada catorce de agosto el campamento conmemora el nacimiento de Seton con un espectáculo indio. Ernest Thompson Seton es quien ha convertido el campamento en el siglo veinte en uno de los máximos logros de nuestro país.
 Bucky asintió de nuevo.
 -Me gustaría leer esos libros -dijo mientras se los devolvía al señor Blomback-. Parecen importantes, sobre todo para educar a los chicos.
 -En Indian Hill educamos a niños y niñas. Me encantará que leas estas obras. En cuanto estés instalado, ven a verme y te prestaré mis ejemplares. Unos libros incomparables, publicados cuando el siglo era joven y la nación entera, dirigida por Teddy Roosevelt, se interesaba por la vida al aire libre. Eres un regalo del cielo, muchacho. Conozco al doctor Steinberg y a su familia de toda la vida. Si los Steinberg te avalan, para mí no hay más que hablar. Voy a pedir a uno de los monitores que te enseñe el campamento y yo mismo te llevaré a los muelles y te presentaré al personal. Todos esperaban ilusionados tu llegada. Tenemos dos objetivos: enseñar a estos jóvenes los deportes acuáticos, así como las medidas de seguridad para practicarlos.
 -Aprendí los principios de ambos objetivos cuando estudiaba en la Universidad Panzer, señor Blomback. Enseño educación física en la escuela Chancellor Avenue y la seguridad es mi preocupación principal.
 -Los padres nos han confiado a sus hijos durante los meses de verano -dijo el señor Blomback-. Nuestra tarea consiste en no defraudarles. No hemos sufrido un solo accidente en el lago desde que compré el campamento hace dieciocho años. Ni uno solo.
 -Puede usted confiar en que daré la máxima importancia a la seguridad.
 -Ni un solo accidente -repitió con severidad el señor Blomback-. El puesto de director de deportes acuáticos es uno de los que comportan mayor responsabilidad en el campamento. Tal vez el de máxima responsabilidad. Un accidente por descuido en el lago y todo el campamento se va al garete. Ni que decir tiene, a cada campista se le asigna un acompañante de su mismo curso. Deben entrar y salir juntos del agua. Antes y después de cada baño, así como en los descansos, hacemos una comprobación de los acompañantes. Nadar en solitario puede acarrear la muerte.
 -Me considero una persona responsable, señor. Puede confiar en mí para tener garantizada la seguridad de todos los campistas. Sé la importancia que tiene el sistema de acompañantes.
 -Muy bien, todavía están sirviendo la comida -dijo el señor Blomback-. Hoy tenemos macarrones con queso. Rosbif para cenar. En Indian Hill todos los viernes se cena rosbif, haya o no haya racionamiento. Acompáñame al comedor; veremos si pueden darte algo. Y aquí tengo un polo del campamento. Quítate la corbata, ponte el polo e iremos a comer. Irv Schlanger ha dejado sus sábanas, mantas y toallas. Puedes usarlas. Los lunes se recoge la ropa para llevarla a la lavandería.
 El polo era idéntico al que llevaba el señor Blomback, con el nombre del campamento en la pechera y, debajo, la tienda india en un círculo de llamas.»

     [El texto pertenece a la edición en español de Random House Mondadori, 2012, en traducción de Jordi Fibla. ISBN: 978-84-397-2333-2.]

sábado, 28 de julio de 2018

El dios de las pequeñas cosas.- Arundhati Roy (1961)


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13.-El optimista y el pesimista

«En cuanto a Chacko, era la primera amiga del sexo femenino que había tenido. No sólo la primera mujer con la que se había acostado, sino su primera compañera real. Lo que más le gustaba de ella era su autosuficiencia. Tal vez no fuera una autosuficiencia extraordinaria comparada con  la media de las mujeres inglesas, pero para Chacko resultaba asombrosa.
 Le gustaba que Margaret Kochamma no se aferrara a él. Que no estuviera segura de sus sentimientos hacia él. Que no supiera hasta el último día si se casaría con él. Le encantaba ver cómo se sentaba desnuda en la cama, con su larga espalda blanca girada hacia un lado, miraba el reloj y decía, con su habitual sentido práctico: “¡Uy, tengo que irme!” Le encantaba cómo se balanceaba en su bicicleta todas las mañanas rumbo al trabajo. Fomentaba las diferencias de opinión que tenían y disfrutaba en su fuero interno con los ocasionales estallidos de exasperación de Margaret a causa de sus descuidos y su dejadez.
 Le estaba agradecido porque no quería cuidarle. Porque no se ofrecía a ordenarle el cuarto. Por no ser su empalagosa madre. Llegó a depender de ella porque ella no dependía de él. La adoraba por no adorarlo.
 De su familia, Margaret Kochamma sabía muy poco. Rara vez hablaba de ellos.
 Lo cierto es que, en aquellos años de Oxford, Chacko pensó en ellos pocas veces. En su vida estaban ocurriendo demasiadas cosas y Ayemenem le parecía algo muy lejano. El río, demasiado pequeño. Los peces, demasiado escasos.
 No tenía razones de peso para estar en contacto con sus padres. La beca Rhodes era generosa.No necesitaba dinero. Estaba muy enamorado del amor que sentía por Margaret Kochamma y en su corazón no había espacio para nadie más.
 Mammachi le enviaba a menudo cartas con descripciones detalladas de sus sórdidas peleas matrimoniales y en las que le exponía su preocupación por el futuro de Ammu. Casi nunca leía ninguna hasta el final. A veces, ni siquiera se molestaba en abrirlas. Y nunca contestaba.
 Incluso en aquella ocasión en que volvió (cuando evitó que Pappachi le pegara a Mammachi con el florero de latón y la mecedora fue hecha trizas a la luz de la luna), apenas se dio cuenta de lo herido que se había sentido su padre, o de la redoblada adoración que provocaba en su madre, o de la súbita belleza de su hermana pequeña. Llegó y se marchó como si estuviera en trance, deseando desde el instante de su llegada regresar a la chica blanca de larga espalda que le estaba esperando.
 El invierno después de dejar Balliol (sacó malas notas en los exámenes), Margaret Kochamma y Chacko se casaron. Sin el consentimiento de la familia de la novia. Sin que lo supiera la del novio.
 Decidieron vivir en el apartamento de Margaret Kochamma (lo que obligó a marcharse a la Otra camarera del Otro café) hasta que él encontrara empleo.
 El momento que eligieron para casarse no podía haber sido peor.
 Junto con las tensiones de vivir juntos llegó la penuria. Se había acabado la beca y tenían que pagar la renta completa del apartamento.
 El abandono del remo trajo la aparición de una súbita y prematura barriga, propia de un hombre de mediana edad. Chacko se convirtió en un Hombre Gordo, con un cuerpo que correspondía a su risa.
  Tras un año de matrimonio, la indolencia estudiantil de Chacko perdió todo su encanto a los ojos de Margaret Kochamma. Ya no le parecía divertido que, al volver del trabajo, el apartamento siguiera en el mismo desorden mugriento en que lo dejó. Que a su marido no se le ocurriera nunca algo tan sencillo como hacer la cama, o lavar la ropa, o fregar los platos. Que no se disculpara por las quemaduras de cigarrillo en el sofá nuevo. Que pareciera incapaz de abotonarse la camisa, hacerse el nudo de la corbata y anudarse los zapatos incluso cuando iba a una entrevista a pedir trabajo. Al cabo de un año estaba dispuesta a cambiar la rana de la mesa de disección por algunas concesiones pequeñas de índole práctica. Como un empleo para su marido o una casa limpia.
 Por fin, Chacko consiguió un trabajo temporal y mal pagado en el Departamento de Ventas al Extranjero de la Compañía de Té de la India. Con la esperanza de que fuera un punto de arranque que lo llevase a otras cosas mejores, Chacko y Margaret se trasladaron  a Londres. A un apartamento aún menor y más deprimente. Los padres de Margaret Kochamma no quisieron saber nada de ella.
 Acababa de enterarse de que estaba embarazada cuando conoció a Joe. Había sido compañero de colegio de su hermano. Cuando se conocieron, Margaret Kochamma estaba en su momento de mayor atractivo físico. El embarazo había dado color a sus mejillas y brillo a su pelo oscuro y espeso. A pesar de los problemas matrimoniales, tenía ese aire de euforia secreta y de encontrarse a gusto con su propio cuerpo que suelen tener las mujeres embarazadas.
 Joe era biólogo. Estaba actualizando la tercera edición de un diccionario de biología para una pequeña editorial. Era todo lo que Chacko no era.
 Sensato. Solvente. Delgado.
 Margaret Kochamma se sintió tan atraída por él como una planta que está en una habitación oscura por un rayo de luz.
 Cuando a Chacko se le terminó su trabajo temporal y no logró encontrar otro empleo, escribió a Mammachi contándole que se había casado y pidiéndole dinero. Mammachi quedó destrozada, pero empeñó parte de sus joyas en secreto y se las arregló para mandarle dinero a Inglaterra. No fue suficiente. Le mandara lo que le mandara, nunca era suficiente.
 Para cuando nació Sophie Mol, Margaret Kochamma ya estaba convencida de que, por su bien y el de su hija, tenía que dejar a Chacko. Así que le pidió el divorcio.
 Chacko regresó a la India, donde encontró trabajo con suma facilidad. Durante unos años fue profesor en la Universidad Cristiana de Madrás y, tras la muerte de Pappachi, regresó a Ayemenem con la máquina Bharat de embotellado al vacío, el remo de Balliol y el corazón roto.
 Mammachi, encantada, le dio la bienvenida a su vida. Se ocupaba de sus comidas, de que su ropa estuviera cosida y de que todos los días hubiera flores frescas en su cuarto. Chacko necesitaba la adoración de su madre. Es más, la exigía, aunque la despreciara y hasta la castigara por ello de forma secreta. Empezó a fomentar la corpulencia y dilapidación física general de su cuerpo. Llevaba baratas camisetas estampadas de terylene sobre el mundu blanco y las sandalias de plástico más horribles que se pudieran encontrar en el mercado. Si Mammachi tenía invitados o parientes o algún viejo amigo de Delhi estaba de visita, Chacko aparecía cuando la mesa para la cena estaba maravillosamente puesta –adornada con exquisitos arreglos florales y con la mejor porcelana- y se ponía a hurgarse alguna costra seca o a escarbarse las callosidades negras y oblongas que tenía en los codos.»
 
[El fragmento pertenece a la edición en español de Editorial Anagrama, 2006, en traducción de Cecilia Ceriani y Txaro Santoro. ISBN: 84-339-0862-6.]
 

domingo, 25 de marzo de 2018

La vida de prisa. Narraciones breves.- César González Ruano (1903-1965)


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La conciencia de los veinte años

«-¿Has podido poner en claro qué es lo que te importa más de la mujer?
 -No, cada vez una cosa, y a ser posible todas en un solo día.
 -Pero, concretando, ¿qué es lo que puede unirte más a una mujer?
 -No es fácil contestar a eso... Desde luego creo que no son sus virtudes ni sus vicios. Quizá su renovación permanente y el misterioso talento de la oportunidad. Pero esto es pura divagación porque no hay mujeres oportunas. Hay sin embargo, un tipo que puede ser si no el ideal imposible, sí algo suficientemente fuerte para que nos quedemos parados en ella mucho tiempo: aquella que es capaz de hacerse solidaria de nuestras ilusiones transigidas haciéndonos creer que son las mismas ilusiones intransigentes con las que llegamos hasta ella casi, casi, como tácita condición para hacer posible la continuidad de un amor.
 -O sea, la pura farsa.
 -No. En todo caso, la piadosa, la entrañable ficción que hace de la misma realidad.
 -Bien, no hablemos más de amores. Es cansado. Has tenido muchos y en realidad no hemos conocido nada nuevo. Has ido intentando realizar un tipo, obligando a los seres a que se parecieran a él, martirizando, prostituyendo su personalidad por el egoísmo orgulloso de que adquirieran la personalidad que tú querías, que tú necesitabas, que tu terrible soledad narcisista pedía a una compañía sin darle nada de tu recóndita e insobornable soledad.
 -¿Quieres decir que soy un egoísta?
 -¡Evidentemente!
 -Pues he dado mucho más de lo que tenía. Mis trampas de corazón son mayores que las económicas.
 -No, perdona: has dado materialmente mucho, porque te gusta ese papel, porque cuanto más te pidieran, sobre todo para lo inútil, más te encela y excita. ¡Oh, nos conocemos bien! Es como otras cosas de las que prefiero no hablar. Pero, amorosamente, en caridad, ¿qué has dado? Nada. Has pretendido siempre crear una Galatea y naturalmente, creaste fatalmente el monstruo que se volvía contra ti con cada uno de los resortes que le habías puesto. ¿Por qué no tuviste la humildad, esto es, exactamente el amor de aceptar lo que era en sí puro, auténtico, natural? ¡Ah, esto nos ha perdido! ¡Esto nos ha perdido quizá irremisiblemente!
 -Aun admitiendo parte de lo que dices, ¿por qué nos ha perdido?
 -Porque has arruinado la vida espontánea. Porque lo más que puedes conseguir es oír tu propio disco con otra voz.
 -Mal conoces a las mujeres. No hay ser capaz de acabar con sus discos propios.
 -Bien, te digo que es mejor que dejemos el tema de los rumores. Hay más cosas que nos separan. ¿Adónde vamos? ¿Qué quieres? ¿Cuál es tu mensaje, tu misión? ¿Qué has aprendido en más de cuarenta años?
 Esto me hizo pensar más. Con ser más concreto era mucho más complejo también.
 -En más de cuarenta años he aprendido muy poca cosa. Probablemente ni siquiera a escribir. Mi talento, el poco o bastante talento que tenga, se ha dedicado a muchos objetivos, se ha dispersado y de ninguna manera se concretó en eso de ser un literato. Esto de escribir mejor o peor, es una de tantas cosas, tal vez la más conocida, que uno hace, pero, como tú sabes, no es la única. ¿Qué he aprendido hasta ahora? En literatura poco: sé ya lo que no tengo que hacer, pero ignoro lo que tengo que hacer. En la vida no mucho más: sé lo que no me gusta. En general, conozco perfectamente todo lo que no creo ya, pero no estoy seguro de creer en aquello que me da cierto miedo o pereza analizar. No sé si me explico.
 -Sí, sí, demasiado... O sea: que aún no estás en claro contigo mismo, que aún no te has puesto en limpio.
 -Esa es mi juventud. Por eso me considero aún muy joven: porque soy un borrador, un apunte todavía, de lo que puedo llegar a ser.
 Sonrió con sonrisa que me pareció de profunda amargura.
 -¿Crees que seremos aún algo?
 -Si no me tuerzo, sí. ¿Pero por qué te importa tanto?
 -Es lo único que me puede importar.
 -A mí no creas que demasiado. Conocemos unas cuantas docenas de vidas ilustres. Pero, ¿te das cuenta de la cantidad de millares o millones de vidas colosales de las que no tenemos ni la más mínima constancia? Evidentemente hubo vidas excelsas, maravillosas "para arriba o para abajo", angélicas o diabólicas, abnegadas o tan bajas que en su bajeza estaba su altura, vidas grandes o vidas mínimas que en su pequeñez estaba su enorme grandeza. No han pasado a nosotros. ¿Qué más da? ¿Es que no fueron por eso extraordinarias? ¿Sufrieron o gozaron menos que las que pasaron a la historia?
 -Pero nosotros no podemos pensar así. Hemos de hacer todo lo posible por salvarnos en el recuerdo de los otros.
 -¿Crees eso? ¿Pero tú quién eres?
 -Me sería fácil decirte que tu alma, pero mentiría. Soy tu conciencia de los veinte años. Aquella que  no transige nada ni en nada. La que te quería héroe, grande hombre, ser ordenado y de existencia clara. ¡Qué pena me da verte!
 -Sea pues. Ya que eres la conciencia de los veinte años, me quedaré con la conciencia de los cuarenta, puesto que debe haber otra...
 En aquel momento alguien se movió en mi cama desvelándome o devolviéndome el medio sueño.
 -¿Has tomado las pastillas para el corazón?
 Contesté casi maquinalmente, arropándome bien en el embozo:
 -Sí, sí, esta noche no me muero porque mañana tengo mucho que escribir.
 -¿Qué hora es? ¿Cuándo has venido?
 -Hace veintidós años... Son las cuatro y media...»
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Ediciones 98. ISBN: 978-84-938-221-6-3.]
 

domingo, 18 de marzo de 2018

Los cien hermanos.- Donald Antrim (1958)


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«Entonces me apresuré a retroceder hacia el corredor principal. Creo que me había extraviado en un laberinto de Teólogos Liberales, Anticuarios y Bibliógrafos. El agua corría por el suelo como un arroyo y tenía los zapatos empapados. Además, tanta excitación estaba causando efecto en mi vejiga. No hay la menor duda de que cualquier sensación de agua en la piel intensifica el deseo de orinar. A lo largo de gran parte del siglo XVIII, los caballeros europeos gozaban del privilegio de aliviarse en las plazas públicas. Me bajé la cremallera y me la saqué. No hay nada como el éxtasis primitivo de mear en alguna parte al lado del baño. Para mí, es un acto de la categoría más elevada. Mear en la naturaleza o en algún rincón oscuro, como yo lo estaba haciendo, hace que te afloren a la conciencia ciertas versiones arcaicas del yo más secreto del hombre, esos aspectos del carácter y la identidad que, en la vida civilizada cotidiana, permanecen velados, disfrazados, herméticamente cerrados: el chapucero y narcisista yo físico de la infancia; el yo salvaje, magnífico, brutal de los comienzos de la humanidad prehistórica; el yo comunal, amoroso, expresado en el vínculo profundo de cada hombre con sus semejantes; y, por supuesto, el yo soberano, agresivo, fieramente territorial que profiere: "¡Vete de aquí! ¡Estoy meando!"
 Al experimentar tales emociones, era imposible no elevar el chorro y regar algunas obras maestras de la literatura.
 Por cierto, pude alcanzar títulos colocados en el tercer y cuarto estantes. Cuando has llegado a la madurez, como me sucede a mí, estas cosas importan.
 Me la sacudí y la guardé. Puesto que hablo con franqueza, debería decir que realicé el proceso genérico del hombre maduro cuando se la sacude: varios movimientos rápidos seguidos de un breve descanso y entonces más meneo, y todo ello repetido hasta que uno tiene la sensación de que está seco y cómodo. A medida que envejezco, observo que el tiempo dedicado a esas sacudidas es cada vez más largo, y siempre empleo ese tiempo para inquietarme por mi salud en general y por la probabilidad de que en el futuro, tal vez muy pronto, contraiga una enfermedad grave, presuntamente localizada en la región de la vejiga. De esta manera, un acto placentero y natural se convierte en el catalizador de sombrías reflexiones y de una depresión incipiente y en absoluto natural. Empezamos a concentrarnos en un acto gozoso o gratificante (puede ser una comodidad material o algo de complicada naturaleza emotiva, como una conversación estimulante o la inmersión solitaria en un poema, un bello paisaje o una obra de arte), y nos olvidamos, en ese momento de serenidad, de todo el dolor y la angustia de la vida. Hasta que, de repente, y por regla general, de una manera sorpresiva, este mismo olvido, este huidizo descanso de la preocupación, se convierte ni más ni menos que en una ocasión más de recordar lo infrecuente que es la felicidad y la probabilidad de que muramos de algún modo atroz. Entonces, disgustados con nosotros mismos por nuestra incapacidad de gozar la vida, interrumpimos la actividad placentera y, con tanta rapidez como nos es posible, pasamos a otras actividades. Era precisamente esta clase de desagrado hacia mí mismo provocado por el desánimo lo que hizo que me limitara a unas pocas sacudidas superficiales, por lo que cuando devolví el pajarito a su lugar bajo los pantalones, noté un goteo de orina por la pierna. Como siempre que me sucede esto, me enfurecí, me volví colérico e irracional. La noche era fría, y luchaba contra la desesperación.
 Sin embargo, la lucha era infructuosa.
 Me eché a llorar.
 Al principio lloré por mí mismo (por mi incontinencia, evidentemente), y luego por la totalidad de mi ridícula existencia y por la soledad que sentía, no sólo allí, en la sección de literatura a altas horas de una noche nevada, sino siempre, constantemente, desde la época remota en que empecé a ser consciente de mis sensaciones. Mientras lloraba, cada vez me sentía más solitario. Imaginé a mis hermanos, uno tras otro, las caras hinchadas y enrojecidas de mis hermanos, todos mis queridos hermanos, pero en particular Hiram, Virgil y Maxwell, los tres a los que más quería. Y también George. ¿Vería a George de nuevo alguna vez? Al cabo de un rato lloraba por la rosaleda y el antiguo esplendor de nuestros árboles y extensiones de césped, de aquellos verdes campos en los que jugábamos de niños. En esos juegos siempre salía alguien lesionado. En realidad, hacernos daño era el objeto del juego y esto me hizo llorar más y apreté el cojín azul contra mi pecho. [...] Creo recordar el rostro y la voz de nuestro padre, así como su mostacho. Le recuerdo de noche, en ropa interior, el vello de sus piernas, el olor en el baño cuando él salía. Recuerdo su desdicha y el temor que le causaba nuestra felicidad, y recuerdo que me decía: "¿Cómo está mi Doug?". Recuerdo sus olores corporales, el olor a tabaco, desde luego, a alcohol y colonia, a una colonia como lavanda que ya no usa nadie. Recuerdo el placer de verle entrar en la sala. Recuerdo ciertos relatos y chistes. La verdad es que me he olvidado de los relatos y los chistes, aunque sé que existieron. Recuerdo su convicción de que le odiaban, y el ruido de sus pisadas cuando andaba por la casa. Una y otra vez mis hermanos y yo nos hemos reunido para comer, beber y enterrar a ese hombre. Todo lo que hemos hecho siempre ha sido comer, beber y lesionarnos mutuamente. La tristeza de nuestra crueldad era más de lo que yo podía soportar. Las lágrimas se alzaban en oleadas desde el centro de mi cuerpo. [...]
 Pensaba estas cosas porque no me la había sacudido bien después de orinar. Qué degenerado era. Qué tristeza, llegar a esta etapa de la vida, cuando los actos más sencillos, unos actos que prometen placer, sólo dan acceso a terrores y una avasalladora sensación de pérdida.
 Sorbí por la nariz y me soné con el cojín azul. Tenía la sensación de que alguien estaba cerca de mí, que me vigilaban. ¿Acaso un hermano sigiloso me había visto meando sobre las olas de Hazlitt? Miré a mi alrededor y, a escasa distancia, en medio de un charco, vi a Gunner. No era más que el perro. Gunner sostenía un zapato entre sus afilados dientes.
 -¿De dónde has sacado eso? -le pregunté. El perro avanzó unos pasos, bajó la cabeza y dejó caer el zapato en un charco.
 Me arrodillé. Era una zapatilla de lona blanca, ya muy usada. Podía pertenecer a cualquiera. Gunner la había perforado con los dientes.» 
 
 [El extracto pertenece a la edición en español de Tusquets Editores, con traducción de Jordi Fibla. ISBN: 84-8310-143-2.]