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domingo, 19 de julio de 2026

Relatos italianos del siglo XX.- Federigo Tozzi (1883-1920) y otros autores

 

Alma juvenil [de "Le novelle"]

 «Se había levantado temprano porque tenía que pagar una pareja de bueyes por la mañana en la ciudad; y antes había querido dar una vuelta por su campo. La hierba estaba tan helada y húmeda que con sólo quedarse parado cinco minutos los pies se le habían entumecido. De modo que dio unos pasos, se dirigió a una vid, la primera de una hilera, y arrancó una hoja para quitarle la escarcha. También la hoja estaba fría, retrocedió y se apoyó con una mano en un ciprés que salía de un montón de piedras que deberían servir para avenar las nuevas fosas de la viña. El ciprés, en cuanto lo tocó, le lanzó encima las gotas de su escarcha que empezaba a deshacerse. Pero no le importó nada. Desde allí miró las encinas y los castaños que marcaban los límites del campo desde debajo de la casa hasta donde empezaba una zanja apenas visible, pues se había llenado de tierra y no la habían vuelto a cavar. Después el campo descendía, y había otras encinas que ya no querían crecer; luego, un ribazo con la hierba seca del año anterior que ahora acababa de pudrirse encima de la nueva; después estaban los sauces, luego un cañizal, y después, un nogal. Y ése era todo su campo.
 Era el mes de marzo y la campiña aún tenía un aspecto invernal. Bostezó y volvió sobre sus pasos, lentamente, con las manos a la espalda. Mientras tanto el sol había conseguido asomar y él, volviéndose a mirarlo, quedó deslumbrado. La campiña relucía y una bandada de gorriones se atravesó ante sus ojos.
 Quizá su padre, que le tenía que dar las mil quinientas liras para pagar los bueyes, ya se había vestido, de modo que fue hasta las ventanas y lo llamó.
 El viejo golpeó en los cristales desde dentro del cuarto, para darle a entender que ya bajaba y que no corría tanta prisa.
 En la era estaba extendido el arado y los ladrillos que había debajo estaban secos; en cambio, la punta de la reja estaba completamente mojada. Pero notó que se había roto y que tenía que mandarla al herrero para que la arreglase. Dos campesinos cambiaban la paja en la pocilga; y él sentía que otro estaba en la cabaña recogiendo el pasto para llevarlo al establo.
 Era la primera vez que su padre le mandaba a la ciudad a pagar una suma tan grande; por eso estaba impaciente. Se figuraba que ya se encontraba entre los tratantes, que esperaba al que le había vendido los bueyes, que lo saludaba con una sonrisa y le decía que llevaba los cuartos en el bolsillo. El otro le entregaría el recibo; él lo leería, tras desdoblarlo bien. Después volvería a pasar entre los tratantes, dando codazos a diestro y siniestro, pues todos los sábados se encontraban para cerrar sus tratos entre la Costarella y la Croce del Travaglio, en el punto más concurrido de Siena; delante de aquel café donde sólo entraban señores bien vestidos; y cuando los tratantes y los campesinos tenían que hablar, no se apartaban ni aunque pasara un carruaje o una carreta.
 Entre tanto, mientras esperaba en la era, el tiempo no pasaba nunca; y no se le ocurría nada que hacer; aunque sí le habría gustado ocultar su emoción, cada vez más intensa. ¡Ahora advertía que el pago de los bueyes le daba una especie de fiebre! No quiso decir nada, ni siquiera a los dos campesinos; le habría resultado imposible parar mientes en algo; y, mirándolos, la tomaba con ellos. Tampoco iba al establo porque se había abrillantado los zapatos y se había limpiado los pantalones desde los pies, donde siempre estaban embarrados y cubiertos de polvo.
 Ahora, ya que su padre lo mandaba a pagar los bueyes, podría ir pensando en tomar mujer; tenía que elegir entre las dos hijas de un administrador, que siempre las llevaba en calesa, o también estaba una señorita hija de un médico que vivía en un pueblo cerca de Siena. Le parecía que en un solo minuto vivía años enteros; y también esto le impacientaba; más aún, eso sobre todo. El corazón le temblaba y le entraban ganas de llorar al pensar en ello. ¿Por qué pensaba en todas esas cosas cuando los días eran siempre iguales?
 También estaba impaciente por verse de vuelta en casa, porque sentía un gran deseo de trabajar más que su padre; había que podar todas las viñas, había que cavar unos trozos de tierra que nunca estaban limpios de grama, había que sembrarlo todo y que plantar el huerto donde quería probar cierta clase de habichuelas; por la noche había ido a robar la semilla en un campo ajeno. Y además quería hacer unos injertos de peras que se vendían carísimas en el mercado. Pensó en todas esas cosas; y habría querido que ya estuvieran hechas. Aquellos dos campesinos le parecían demasiado lentos y no se explicaba cómo el otro aún no había salido de la cabaña; en el establo, los bueyes mugían; estaba claro que tenían hambre.
 Por fin bajó su padre; pero vio que no iba en mangas de camisa, como esperaba; se había acabado de vestir y llevaba en la mano el bastón de serbal que cogía siempre cuando iba a las ferias y a Siena.
 -¿Va usted, padre? ¿Por qué, pues, ayer me dijo que iría yo?
 -Pensé, mientras me esperabas, que tengo que hablar con Bista, el administrador de las Casine, para enterarme de algo.
 -¿Me lleva con usted al menos?
 -¿Conmigo? No harías más que perder el tiempo. En cambio, irás a la bodega y trasegarás esas barricas de vino bajo; no pueden quedarse allí. Hay que hacerlo antes de que avance la estación y cambie la luna.
 -¿Y me lo dice ahora?
 El padre le regañó, diciéndole que no tenía tiempo de charlar con él. Después, con un silbido, llamó al de la cabaña, le dio una orden y se marchó, tras haberse mirado los zapatos, cerrando de golpe la cancela. El perro fue tras él durante un trecho de camino, pero después comprendió que no debía seguirlo y regresó a la era meneando la cola.
 Pero él se había quedado tan descontento y de tan mal humor que en vez de subir a coger las llaves de la bodega se apoyó en un sostén del emparrado, sin hacer nada.
 Por la cabeza le pasaban malas ideas, y sentía que no conseguía obedecer ya a su padre. De haber podido, habría aprendido otro oficio y se habría ido por su lado, poniendo casa.»

 [El texto pertenece a la edición en español de Alianza Editorial, 1974, en selección de Guido Davico Bonino y traducción de María Esther Benítez, pp. 28-30. ISBN: 84-206-1498-X.]   

domingo, 14 de enero de 2024

La ley de los sueños.- Peter Behrens (1954)


Editorial Océano - Peter Behrens
Primera parte: El monte y la granja (Irlanda, 1846)

Expulsión

 «Le despertó el olor de un soldado.
 Grasa, pólvora. El lustre aplicado al latón.
 Acre y complejo, el olor se le infiltró en el cerebro y le trastornó el estómago, que se empapó del ácido que ascendía, quemándole la garganta, y le hizo toser. La tos le despertó.
 Las legañas le pegaban los párpados y le dolió abrirlos. Estaba sobre un camastro, en el desván de la cabaña, con sus dos hermanas al lado. Notaba la piel tirante, pero las llagas en los brazos y piernas parecían estar cicatrizando. El aire estaba brumoso por el humo del fuego que había sofocado horas o días antes, justo antes de sucumbir a la fiebre.
 Mirando desde el desván, vio al soldado parado junto a la puerta.
 Fergus se levantó de golpe y el soldado lanzó un grito de miedo y empezó a retroceder. La punta de su bayoneta se enganchó en el faldón de piel de vaca de la entrada; la liberó, maldiciendo, y desapareció.
 Fergus miró a sus hermanas acostadas a su lado en el jergón de paja.
 Los muertos siempre tenían una inmovilidad intensa, una rigidez que no se podía imitar.
 Un verano, siguiendo al ganado hasta el booley, el pasto del monte, se había pasado gran parte de la tarde mirando a un zorro muerto, hechizado por algo que no acertaba a nombrar. Las formas de los muertos poseían pasión.
 Alimentándose a base de queso, mostaza silvestre y maíz molido, un pastor no veía a nadie en semanas, y la soledad en aquellas alturas había sido tangible y emocionante: el mundo se presentaba como algo nuevo. Vagando por laderas de helechos y orillas de ciénagas, había visto las cordilleras ondulantes como las habría visto un pájaro, bultos de vacío tragados enteros, el sol de julio mezclando diseños de luz en las colinas.
 Oyó cascos de caballo fuera, y voces de hombres.
 Surcaba el humo dentro de la cabaña el aroma leñoso del tifus. Mirando desde el desván, veía a sus padres en la cama junto al fuego, pero no sabía si estaban vivos o muertos. Cerró los ojos.
 Él estaba vivo. Lo estaba, sin duda.
 Gateó hasta la escalera, bajó los peldaños y se acercó a la cama sucia que ocupaban sus padres. Examinó la cara del padre. Nudos de huesos brillaban bajo la piel amarilla cerosa. Los ojos se abrieron de repente, violetas y sensibles, como pájaros hambrientos, sobresaltados.
 —Hay soldados fuera —susurró Fergus—. ¿Qué hago?
 Los ojos se cerraron de golpe.
 —¿Qué hago? —repitió. La madre levantó la cabeza y paseó una mirada enloquecida alrededor de la cabaña.
 —Agua —musitó, y su cabeza cayó sobre la paja.
 Fergus miró fijamente a la entrada. ¿De verdad había visto a un soldado? ¿O era sólo un sueño de la fiebre? Quizá el mundo estaba muerto.
 Tenía que salir a comprobarlo.
 Ve fuera. Es lo que se hace en sueños. La ley de los sueños es: no dejes de moverte.

Soldados

  —¡Ése es uno! —gritó el granjero Carmichael—. ¿Y los demás?
 El soldado que había entrado en la cabaña, encorvado sobre la nieve, vomitaba. Al enderezarse se limpió la boca con la manga.
 —Todos muertos —jadeó.
 —¿Seguro? —gritó un oficial montado en un hermoso caballo ágil.
 —Muertos como conejos.
 —Le advertí a O’Brien que debía irse —dijo Carmichael en voz alta—. Le advertí que no le daría nada si se quedaba.
 —Mejor que lo vea usted mismo —dijo el oficial.
Ley de los sueños, La - Editorial Océano El granjero se acercó a la cabaña, quebrando con los tacones los charcos helados. Apartó a Fergus, se deslizó a través de la cortina de cuero y entró. De la entrada salió humo que cuajó en el aire brillante.
 Deslumbrado por la luz, con los ojos doloridos, Fergus hundió la cabeza entre las manos.
 Unos minutos después, Carmichael salió de la cabaña tosiendo. Agarró a Fergus por los hombros y lo zarandeó con aspereza.
 —¡Le ofrecieron dos libras al tipo! —gritó Carmichael al oficial—. ¡Un tipo desesperado, arisco, salvaje! ¡Su vida no valía nada! ¡Siempre en los caminos!
 —Bueno, por lo menos era un peón fuerte para la cosecha —dijo Abner Carmichael, en voz baja.
 —¿Crees que me gusta este trabajo? —gritó el granjero.
 La atención de Fergus estaba concentrada en una galleta que mordisqueaba uno de los soldados. Al ver cómo le miraba, el soldado la partió y le ofreció la mitad. Fergus se zafó de Carmichael, corrió hacia el soldado y cogió el pedazo, pero cuando trató de morderlo era demasiado duro para sus tiernas encías. Empezó a lamer la galleta para ablandarla y después rompió un trozo y se lo metió en la boca para chuparlo.
 Se volvió justo a tiempo de ver cómo los dos hijos de Carmichael tocaban con sus antorchas la techumbre de la cabaña. Había una fina capa de nieve, pero la de turba que había debajo tenía un feroz apetito de llama. El caballo relinchó ante la ráfaga de chispas rojas y Fergus sintió que el oficial le miraba. Algo en su cara —compasión, repugnancia— disolvió su letargo. Lanzó un aullido y se precipitó hacia la cabaña, pero Saúl y Abner lo interceptaron sin esfuerzo.
 —Déjala que arda. —La cara amable y soñadora de Abner se acercó a la de Fergus—. Es lo mejor, Fergus. No hay vida ahí dentro.
 No pudo resistir la tentación de dar otro mordisco a la galleta. Creyendo que se había rendido, Abner y Saúl le soltaron. Él se separó al instante de ellos y salió disparado hacia la puerta de la cabaña. Oyó que el oficial gritaba, pero entró antes de que nadie pudiera impedírselo. Ristras de fuego cayeron del tejado. Las ascuas le quemaban el cuello. Intentó coger la escalera para subir al desván, pero no la encontró entre el humo. Retazos de turba ardiendo caían por todas partes. La cama de sus padres estaba envuelta en llamas; vio cómo levantaban los brazos, vio las llamas que prendían entre las piernas del padre. Fergus trató de arrastrarle fuera del camastro mientras el fuego le daba feroces picotazos en las manos. La ropa de su padre ardía, tenía los ojos abiertos de par en par, blancos, y su boca era un orificio abierto. Un pedazo de turba incandescente cayó sobre el cuello de Fergus. Soltó a su padre y se retorció y dio vueltas intentando sacudirse el fuego. Hacía tanto calor ahora que notó que respiraba fuego. El humo le envolvía los ojos y no veía nada. Ciego, resollando y chamuscado, ganó a trompicones la puerta. En cuanto estuvo en el exterior, alguien le derribó y le arrojó encima una frazada para apagarle las ropas en llamas.
 Tendido y cubierto por la lana áspera, pensó que aquello era la muerte; fue lo que sintió. Un extraño alejamiento. Una sensación de distancia y un intenso dolor punzante en las manos.
 La muerte olía fortísimo a caballo.
 Entonces Abner Carmichael le retiró la manta, le ayudó a levantarse y se la puso alrededor de los hombros.
 —Ya pasó, chico. Ya pasó.
 El soldado que le había ofrecido la galleta estaba delante de la cabaña y extendía las palmas para sentir el calor. El oficial había desmontado y, de espaldas al fuego, ajustaba las cinchas de su caballo.
 Saúl y su padre sostenían el ariete con punta de hierro, listos para echar abajo las paredes.
 Fergus vio cómo el tejado ardiendo se desmoronaba. Un momento después, se derrumbó totalmente y la cabaña se convirtió en una taza blanca que sólo contenía llamas.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Anagrama, 2009, en traducción de Jaime Zulaika Goicoechea, pp. 34-37. ISBN: 978-84-3397-508-9.]

miércoles, 30 de marzo de 2022

Capital e ideología.- Thomas Piketty (1971)


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Primera parte: Los regímenes desigualitarios en la historia

1.-Las sociedad ternarias: la desigualdad trifuncional
Capítulo 1:
La lógica de las tres funciones: clero, nobleza y pueblo llano

  «Comencemos por el estudio de lo que propongo denominar “sociedades ternarias”, que conforman la categoría de regímenes desigualitarios más antigua y frecuente de la historia. Han dejado, además, una huella que perdura en el mundo actual. No es posible examinar correctamente los desarrollos políticos e ideológicos posteriores sin comenzar por el análisis de esta matriz original de la desigualdad social, así como de su justificación.
 En su forma más simple, las sociedades ternarias están compuestas por tres grupos sociales distintos, cada uno de los cuales cumple unas funciones esenciales al servicio de la comunidad que son indispensables para su perpetuación: el clero, la nobleza y el pueblo llano. El clero es la clase religiosa e intelectual, encargada de la dirección espiritual de la comunidad, de sus valores de y de su educación; da sentido a la propia historia de la sociedad y a su devenir y, para ello, proporciona a la comunidad las normas y las referencias intelectuales y morales necesarias a este fin. La nobleza es la clase guerrera y militar, que maneja las armas y aporta seguridad, protección y estabilidad al conjunto de la sociedad; evita, de esta manera, que la comunidad se suma en el caos permanente. El pueblo llano es la clase trabajadora y plebeya, que agrupa al resto de la sociedad, empezando por los campesinos, los artesanos y los comerciantes; gracias a su trabajo permite al conjunto de la comunidad alimentarse, vestirse y reproducirse. Podría hablarse también de “sociedades trifuncionales” para designar a este tipo de sociedades que, en la práctica, adopta formas más complejas y diversas, con múltiples subclases dentro de cada grupo, pero con un esquema general de funcionamiento – a veces incluso de organización política formal- que está basado en estas tres funciones.
 Encontramos este tipo de organización social en toda la Europa cristiana hasta la Revolución francesa, pero también en numerosas sociedades no europeas y en la mayoría de las religiones, en particular en el hinduismo y el islam chiíta y sunita, adoptando distintas formas en cada caso. En el pasado, algunos antropólogos plantearon la hipótesis (rebatida) de que los sistemas de “tripartición” social observados en Europa y en la India tenían un origen indoeuropeo común que era detectable en la mitología y en las estructuras lingüísticas. A pesar de ser muy incompleto, el conocimiento actual de estas sociedades invita a pensar que este tipo de organización basada en tres grupos sociales es, en realidad, bastante más general de lo que pudiera pensarse y que la tesis del origen único es difícilmente válida. El esquema ternario se encuentra en la casi totalidad de las sociedades antiguas y en cualquier parte del mundo, hasta en Extremo Oriente, como en China y Japón, aunque con variaciones sustanciales que conviene estudiar y que son, en el fondo, más interesantes incluso que las similitudes superficiales. La fascinación ante lo intangible, o lo considerado como tal, traduce a menudo un cierto conservadurismo político y social, cuando la realidad histórica es siempre cambiante y su evolución es multidireccional, llena de potenciales imprevistos, de equilibrios institucionales tan sorprendentes como precarios, de acuerdos inestables y de giros inconclusos. Para comprender esta realidad, así como para prepararse ante futuros cambios, conviene analizar tanto las condiciones que explican estas transformaciones sociales e históricas como las que explican su persistencia en el tiempo, tanto en el caso de las sociedades ternarias como en las demás. En este sentido, resulta útil comparar las dinámicas de largo plazo observadas en contextos muy diferentes, en concreto en Europa y en la India, desde una perspectiva comparada y transnacional. Es lo que intentamos hacer en este capítulo y en los siguientes.

 Las sociedades ternarias y la formación del Estado moderno

  Las sociedades ternarias se diferencian de otras formas históricas posteriores por dos características esenciales, estrechamente ligadas la una a la otra: por una parte, el esquema trifuncional de justificación de la desigualdad y, por otra parte, el hecho de que se trate de sociedades antiguas que preceden a la formación del Estado centralizado moderno y en las cuales el poder político y económico era ejercido simultáneamente a nivel local, sobre un territorio de reducidas dimensiones en la mayoría de los casos, que a veces mantenía lazos relativamente débiles con un poder central monárquico o imperial más o menos lejano. El orden social se estructuraba en torno a algunas instituciones clave (el pueblo, la comunidad rural, el castillo, la iglesia, el templo, el monasterio), de manera muy descentralizada, con una coordinación limitada entre los distintos territorios y centros de poder. Estos últimos estaban, en la mayoría de los casos, mal comunicados unos con otros, habida cuenta sobre todo de la precariedad de los medios de transporte de la época. La descentralización del poder no evitaba la brutalidad y la dominación en las relaciones sociales, pero es algo que se producía de manera diferente a la que se dará con las estructuras estatales centralizadas de la Edad Moderna.
 En las sociedades ternarias tradicionales, los derechos de propiedad y los poderes soberanos (seguridad, justicia, violencia legitimada) están vinculados intrínsecamente en el marco de las relaciones de poder local. Las dos clases dirigentes –el clero y la nobleza- son, desde luego, las clases más ricas y, en general, poseen la mayoría de las tierras agrícolas (a veces casi la totalidad), que en todas las sociedades rurales constituyen la base del poder económico y político. En el caso del clero, la posesión se organiza a menudo a través de la intermediación de distintos tipos de instituciones eclesiásticas características de cada región (iglesias, templos, obispados, fundaciones piadosas, monasterios, etc.), en particular en el cristianismo, el hinduismo y el islam. En el caso de la nobleza, la posesión está vinculada a la propiedad a título individual, o más bien al linaje y a los títulos nobiliarios, a veces por medio de proindivisos familiares orientadas a impedir la dilapidación del patrimonio y del rango social.
 En todo caso, la clave es que los derechos de propiedad del clero y de la nobleza van de la mano de los poderes soberanos fundamentales, sobre todo en cuestiones relativas al mantenimiento del orden y al poder militar (en principio, se trata de una prerrogativa de la nobleza, pero también puede ser ejercida en nombre de un señor eclesiástico), así como en términos jurisdiccionales (la justicia se imparte generalmente en el nombre del señor del lugar, ya sea noble o religioso). Tanto en la Europa medieval como en la India anterior a la colonización, tanto el señor francés como el terrateniente inglés, el obispo español como el brahmán y el rajput indios, y sus equivalentes en otros contextos, son al mismo tiempo los dueños de la tierra y los dueños de las personas que trabajan y viven sobre ella. Están dotados al mismo tiempo de derechos de propiedad y de poderes soberanos, de manera diversa según el lugar y cambiante en el tiempo.
 Sea el señor un noble o un miembro del clero, sea el caso de Europa, de la India  o de otras áreas geográficas, en todas las antiguas sociedades ternarias se constata la importancia y la imbricación de estas relaciones de poder a nivel local. En ocasiones, adopta la forma extrema del trabajo forzado y de la servidumbre, lo que supone una limitación estricta a la movilidad de una parte o de la totalidad de la clase trabajadora, que carece entonces del derecho a abandonar un territorio e irse a trabajar a otro lugar. En este caso, los trabajadores pertenecen a los señores, nobles o religiosos, incluso si se trata de una relación de posesión diferente de las que estudiaremos en el capítulo dedicado a las sociedades esclavistas.
 Lo más habitual es que esta pertenencia de los trabajadores a los señores adopte formas menos extremas y potencialmente más indulgentes (no por ello menos reales) que pueden conducir a la formación de cuasi Estados a nivel local, dirigidos por el clero y la nobleza, con un reparto de papeles que varía en función de cada caso. Además del poder sobre el orden público y la justicia, el ejercicio de la autoridad más importante en las sociedades ternarias tradicionales incluye específicamente el control y el registro de los matrimonios, nacimientos y defunciones. Se trata de una función básica para la perpetuación y la regulación de la comunidad, estrechamente vinculada a las ceremonias religiosas y a las reglas relativas a las alianzas y a las formas recomendadas de vida familiar (en particular, todo lo tocante a la sexualidad, al poder paterno, al papel de las mujeres y a la educación de los niños). Generalmente, esta función es prerrogativa del clero y los registros correspondientes se llevan en las iglesias y en los templos de las diferentes religiones en cuestión.
 Es preciso mencionar también el registro de las transacciones comerciales y de los contratos. Esta función juega un papel central en la regulación de la actividad económica y de las relaciones de propiedad; puede ser desempeñada por el señor, noble o religioso, generalmente en relación con el ejercicio de poder jurisdiccional local y con la resolución de litigios civiles, comerciales y sucesorios. Otras funciones y servicios colectivos también pueden jugar un papel importante en la sociedad ternaria tradicional, como la educación y la atención médica (a menudo rudimentarios, otras veces más elaborados) así como ciertas infraestructuras colectivas (molinos, puentes, caminos, pozos). Cabe señalar que los poderes soberanos de los dos estamentos superiores de las sociedades ternarias (clero y nobleza) se conciben como la contraparte natural de los servicios que aportan al pueblo llano en términos de seguridad y espiritualidad, así como en términos de estructuración de la comunidad. Todo encaja en la sociedad trifuncional: cada grupo forma parte de un conjunto de derechos, deberes y poderes que están estrechamente vinculados entre sí a nivel local.»

   [El texto pertenece a la edición en español de Ediciones Deusto, 2019, en traducción de Daniel Fuentes, pp. 71-75. ISBN: 978-84-234-3095-6]

sábado, 10 de abril de 2021

Los orígenes de la Mafia.- Gaetano Mosca (1858-1941) y otros


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¿Qué es la mafia?

I

 «Así pues, debiendo, antes que nada, eliminar esta falta de precisión de nuestro lenguaje hablado, hay que señalar que con el término Mafia los italianos entienden y quieren indicar dos hechos, dos fenómenos sociales que, aun teniendo una estrecha relación entre sí, son también susceptibles de ser analizados por separado. La Mafia, o mejor, el espíritu de mafia [spirito di mafia], es una manera de sentir que, como la soberbia, el orgullo o la prepotencia, hace necesaria una cierta línea de conducta en un orden dado de relaciones sociales. Con esa misma palabra, se designa en Sicilia no a una agrupación en especial, sino al entramado de muchas asociaciones pequeñas que se proponen objetivos diversos, pero que casi siempre sitúan a los miembros de estas asociaciones en los límites del código penal, y que a veces son auténticamente delictivos.

II

 El sentimiento de mafia, o mejor, el espíritu de mafia, se puede describir en pocas palabras: consiste en considerar como un signo de debilidad y cobardía el recurrir a la justicia oficial, a la policía y a la magistratura, para la reparación de afrentas o, más bien, de cierto tipo de afrentas recibidas. Así, mientras que está generalmente admitida, incluso entre los que actúan según las normas del espíritu de mafia, que el simple hurto, la estafa, el fraude y, en general, todos los delitos en los que el autor se sirve únicamente de la astucia y el engaño y en los que no se quiere ejercer una violencia desproporcionada ni tener una fuerza o coraje mayores que los de la víctima, se pueden denunciar ante la justicia, ésta, sin embargo, se ve frenada por un falso sentimiento de honor, o de dignidad personal, cuando ese mismo crimen reviste las características de una imposición abierta y descarada, de una ofensa que el criminal pretende realizar contra un individuo dado, al cual quiere hacer sentir su propia superioridad y con el que no se preocupa de mantener buenas relaciones porque no teme ni a la enemistad ni al rencor.
 La ofensa al honor de la familia, las palizas, las agresiones personales, el homicidio producto de una riña o una emboscada, son todos ellos delitos cuya denuncia ante la justicia es considerada por los mafiosos como algo vil y poco recomendable, que trae aparejada una especie de descalificación caballeresca. Pero no son los únicos: también el cortar viñas, la matanza o el robo de ganado, e incluso el atraco y el secuestro a cambio de un rescate, cuando, y esto ocurre con mucha frecuencia, asumen el carácter de una venganza personal, de una marca hecha a un individuo determinado, no serían en rigor denunciables; y, si se denuncian, es pro forma, para estar en regla, como se dice en Sicilia, con la justicia; pero sin dar ninguna facilidad para la captura del culpable, al que, sin embargo, a menudo se conoce perfectamente y al cual se prefiere hacer sentir el peso de la propia venganza personal.
 Hay que destacar aquí que el carácter de venganza y ofensa hacia una determinada persona es una verdadera especialidad de la delincuencia siciliana. Delitos que en otro lugar no tendrían motivo personal alguno, que son perpetrados habitualmente por profesionales que escogen indistintamente como víctimas a cualquier individuo que encuentren en su camino, en Sicilia adoptan la forma de una venganza por una ofensa, supuesta o verdadera, que el delincuente, o cualquiera de sus parientes o amigos, habría sufrido por parte de la víctima, dando por supuesto que, frecuentemente, la ofensa sufrida no es la verdadera causa, sino más bien el pretexto del acto delictivo.
 Ésta es la razón por la que los italianos del continente, y en general todos los forasteros que viajan o incluso viven en Sicilia, son casi siempre respetados por los malhechores, ya que, no teniendo el forastero por lo general relación con la clase delincuente, es difícil que contra él se pueda aducir el pretexto de una venganza personal. Y por la misma razón, los propios sicilianos que viven en las grandes ciudades de la isla, rara vez son víctimas de delitos premeditados; dado que en las grandes ciudades cada cual puede elegir libremente las personas con las que quiere entablar cualquier tipo de relación, y las rencillas personales muy difícilmente se exacerban ni encuentran caldo de cultivo en los choques y roces cotidianos, como ocurre en las localidades pequeñas.
 Una vez establecido el principio de que, para la prevención y reparación de una amplia gama de ofensas personales, un hombre que quiera hacerse respetar, para emplear la expresión técnica, no debe recurrir a la justicia legal, de él se deriva la consecuencia de que es lícito, e incluso obligado, engañar a las autoridades o, cuando menos, no proporcionarles pista alguna, cuando pretenden inmiscuirse en los conflictos privados perturbando su desarrollo natural con la aplicación de los cánones del código penal. De ahí la filiación directa entre el espíritu de mafia y la ley del silencio [omertà], regla según la cual es un acto deshonroso dar información a la justicia sobre aquellos delitos que la opinión mafiosa considera que han de ser dirimidos entre la parte ofensora y la ofendida. Esta regla, aplicable también a las disputas entre terceros, es la principal causa que a menudo induce a los testigos en los procesos penales a mentir, o mejor, a mostrarse reticentes. Porque en el siciliano, aunque pertenezca a las clases más míseras e iletradas, es rara la verdadera mentira y difícilmente declarará en falso, pero con bastante frecuencia aparentará no conocer o no recordar la verdad, que a menudo conoce y recuerda a la perfección.
 He conocido también a personas educadas en el norte de Italia que veían algo de pícaro y simpático, o, al menos, algo no completamente abyecto, en 
Mas ocurre a veces que también un modo de pensar y sentir cuyos motivos no son enteramente innobles produce en conjunto resultados perniciosos; y en este caso se precisa tener el coraje de condenarlos enérgicamente y sin ningún atenuante. El espíritu mafioso es un sentimiento fundamentalmente antisocial, que impide que un verdadero orden, que una verdadera justicia, puedan implantarse y ser eficaces entre las poblaciones que han sido larga y profundamente afectadas. Como veremos más adelante, ello tiene como consecuencia última la opresión del débil por el fuerte y la tiranía que las pequeñas minorías organizadas ejercen en detrimento de las mayorías no-organizadas.
 Se podría, no obstante, argüir con toda la razón que el espíritu de mafia no es exclusivo de Sicilia, que se ha encontrado, y se encuentra, en muchas otras partes del mundo, dondequiera que la justicia social se ha mostrado o se muestra incapaz de erradicar y sustituir por completo el sistema de la venganza personal. De hecho, el espíritu de mafia, muy atenuado, existe aún en la Italia central y, mucho más atenuado aún, en la septentrional. Si el término que lo expresa nace en Sicilia es porque allí, gracias a circunstancias que se han de rastrear en la historia del siglo XIX, la mafiosidad está más arraigada, extendida y generalizada, y se ha vuelto más disciplinada y organizada. Lo mismo sucedió con los jesuitas, que dieron nombre al Jesuitismo, que ni inventaron ni fueron los únicos en practicar; pero que practicaron y practican asiduamente y con esta asidua práctica lo perfeccionaron y coordinaron como sistema.
Resultado de imagen de los origenes de la mafia En muchas partes del centro de Italia el pueblo cree todavía que el policía, el esbirro de la justicia, es un ser abyecto, y no aprueba que alguien que haya recibido una cuchillada en una reyerta revele a la justicia el nombre de su agresor. Por lo tanto, ahí tenemos también, no sólo a la Mafia, sino a su inseparable compañera, la ley del silencio. Y si los trabajadores de Turín son por lo general inmunes a este contagio, en los más bajos fondos de esta ciudad, entre los rufianes y canallas, aún sigue en vigor y con todos los honores una forma de actuar perfectamente análoga.
 Pero también entre las clases altas de buena parte de Europa y de toda Italia aún subsiste un levísimo espíritu de mafia. Entre esas clases se admite, de hecho, que la reparación de ciertas afrentas personales no hay que buscarla en la justicia oficial, sino en el duelo. El cual, en última instancia, no es sino una forma atenuada, regularizada, y provista de ciertas garantías, de esta sangrienta tensó entre dos individuos a la que a menudo recurre el pueblo de Sicilia y toda la Italia meridional y central para dirimir sus querellas.

III

 Es difícil determinar con exactitud cuán difundido está el espíritu de mafia en Sicilia. Primero, deberíamos aclarar la cuestión de dónde comienza y acaba la verdadera Mafia. No hay duda de que, si examinamos uno a uno a todos los sicilianos con criterios muy estrictos y bautizamos como mafiosos a todos los que en algún caso particular creen preferible dar ellos mismos su merecido  a un insolente o a un ofensor antes que recurrir a la justicia, se podría afirmar que la Mafia comprende a la mayoría de los habitantes de la isla. Pero si en lugar de ello empleamos criterios más laxos y equilibrados, si consideramos como mafioso sólo a aquel que por el espíritu de Mafia ha cometido un delito, o es al menos capaz de cometerlo, entonces los sicilianos que, como dicen los italianos del norte, están afiliados a la Mafia, pasan a ser una escasa minoría.
 Con el propósito de hacer distinciones, según las distintas clases sociales y las diversas regiones de la isla, diré que el espíritu mafioso es, en general, más fuerte y está más difundido en las pequeñas poblaciones y mucho menos en la gran ciudad. Si bien, los campesinos más pobres del interior de la isla no han sido menos afectados que los más pudientes e instruidos de los municipios cercanos a Palermo y los distritos rurales anexos a la ciudad. Y también es natural que el espíritu de mafia sea, en general, más fuerte, por mucho que se diga y se escriba lo contrario, entre las clases pobres e incultas que en las más acomodadas y, sobre todo, instruidas.
 No obstante, hay que reconocer que hay un importante segmento de las clases más pobres, formado por los que ejercen algunos oficios determinados, que es casi completamente inmune; esto ocurre señaladamente en el caso de los numerosísimos pescadores y marineros de la isla. Y es igualmente cierto que algunos segmentos de las clases dirigentes, algunas familias pudientes e incluso nobles, están fuertemente impregnadas de mafiosidad; no obstante, se trata a menudo de familias de gabellotti, o grandes arrendatarios de propiedades rurales, recientemente enriquecidas, para las cuales el valor de la educación y la cultura va una o dos generaciones por detrás de su riqueza; o bien, en el caso de familias nobles y antiguas, son de aquellas en las que a la nobleza se suma una buena dosis de ignorancia y rusticidad, mal disimulada bajo una especie de caballerosidad sui generis, que habitan por lo general en distritos aparte, donde la idea y los sentimientos modernos han arraigado poco, y que han adquirido, permítaseme la metáfora, la pigmentación moral del ambiente que las rodea.»

  [El texto pertenece a la edición en español de Capitán Swing Libros, 2009, en traducción de Carlos García Simón, pp.112-118. ISBN: 978-84-613-5393-4.]
    

domingo, 28 de marzo de 2021

Leche de otoño. Memorias de una campesina.- Anna Wimschneider (1919-1993)


Resultado de imagen de anna wimschneider  «Mi madre había muerto el 21 de julio de 1927.
  Llegó la época de la cosecha y la mayoría de las faenas había que realizarlas en el campo. Todos estaban cansados de tener que ayudar una y otra vez. Mi padre pensó entonces que tenía que ayudarse a sí mismo. No le quedó otro remedio que poner a trabajar a los niños.
 Franz era el mayor, todavía no tenía trece años y la vecina le enseñó a ordeñar. El siguiente era Michl, once años, a quien le tocó la limpieza del establo. Otra vecina vino para enseñarme a guisar y a remendar la ropa, y a indicarme cómo debía cuidar a los niños pequeños. Yo tenía ocho años. El tercero, Hans, también tenía que colaborar. Para dar el pasto a los animales teníamos que levantarnos todos los niños mayores. Nos despertábamos hacia las cinco. Mi padre cogía la guadaña, un hermano la carretilla y los menores llevábamos rastrillos. En una hora habíamos distribuido el forraje con la carretilla; los pequeños todavía dormían. Franz ordeñaba las dos vacas que eran más fáciles de ordeñar. La vecina las otras dos, las que costaban más. Yo encendía el fuego y hervía la leche, la vertía en el cuenco, añadía un poco de sal y luego desmigajaba el pan. Entonces nos sentábamos todos alrededor de la mesa, rezábamos la oración matinal, el credo y el padrenuestro por mi madre. A veces se levantaba enseguida alguno de mis hermanos pequeños y entonces tenía que preocuparme de él, de manera que casi no me daba tiempo a comer. Tras el desayuno rezábamos la oración de gracias y otro padrenuestro por mi madre. Los chicos ya se habían lavado y peinado, con lo que alcanzaban todavía a ir a misa antes de que empezara la escuela. Yo, en cambio, tenía que ir a despertar a los más pequeños y ayudarles a arreglarse, a vestirse y a desayunar. A veces lloraban, quizá porque no estaban contentos conmigo. El abuelo todavía no se levantaba. A partir de ese momento podía vestirme y arreglarme para ir a la escuela. Me iba cuando mi padre volvía del trabajo en el establo. Entonces corría lo más rápido posible los cuatro kilómetros que me separaban de la escuela. A veces tenía que ir parando porque sentía una punzada fuerte en un lado, y a menudo llegaba cuando ya había empezado el primer recreo. Entonces los demás niños se reían de mí.
 Al cabo de poco tiempo, los chicos dijeron que mi trabajo estaba en la casa, que ése era un trabajo de chica. Después de la escuela venía la señora Meiereder para enseñarme a cocinar. Mi padre le dijo en mi presencia: “Si la chica no atiende bien, le das una bofetada, entonces lo aprenderá más rápido”. La mayoría de cosas me las enseñaba el domingo porque no teníamos escuela. Con nueve años ya sabía preparar bollos al horno, Dampfnudeln (1), Apfelstrudel (2) de manzana, platos de carne y muchas otras cosas. Pero al principio cometía muchos errores. Mi padre entraba, miraba dentro del horno, y decía: “Ay, chica, tienes que avivar el fuego, así no podrás asar la carne. Cuántas veces tengo que repetírtelo”, y me daba una bofetada. La señora Meiereder también me regañaba de vez en cuando, pero nunca me pegó.
 Durante el trabajo llevaba conmigo un taburete, porque era tan pequeña que no llegaba a la altura de ninguna olla. Mirar en el fogón, poner el taburete, encender el fuego, quitar el taburete, ir al aparador, poner el taburete, ¡cuántas veces tuve que hacer esto mientras cocinaba! Cuando estaba asando carne y el horno echaba humo, podía ir a mirar. Esto no funcionaba en cambio con los bollos al horno, porque se deshacían y cuando llegaban a la mesa me esperaba otra bofetada. Aún hubiera podido tolerarlo si sólo me la hubiera dado mi padre, pero mis hermanos mayores todavía me daban otra. A veces olvidaba salar la comida porque mi atención se iba hacia la habitación donde jugaban mis hermanos. Cuando la situación se ponía muy escabrosa y rompían algo jugando a perseguirse o a la vaca ciega, la culpa la tenía yo por no haber puesto atención a mis hermanos. Y cuando mis tres hermanos mayores se pegaban en el suelo y mi padre lo oía desde fuera, entraba con una vara y atizaba a todo el que encontraba en su camino. Entonces volvía a haber tranquilidad.
 Pasado algún tiempo, mi padre volvió a traer a casa al más pequeño, porque la vieja madrina se había quedado dormida para siempre. Nos alegramos mucho de tener al pequeño Ludwig, todavía era muy chiquito y aún no hablaba. En aquella época, los chicos y las chicas se ponían la misma ropa hasta la edad de tres años. Esto simplificaba las cosas. Cuando alguno tenía necesidad, lo sentábamos corriendo en el orinal y otro de los hermanos tenía que hacer algo para que se quedara sentado.
 Nos alimentábamos principalmente a base de leche, patatas y pan. Al atardecer, cuando ya no podía guisar como es debido porque teníamos escuela desde por la mañana temprano hasta las cuatro y al volver a casa ya anochecía, preparábamos para los cerdos una gran cacerola de patatas cocidas. Los niños pequeños no eran capaces de esperar a que estuvieran listas y se quedaba dormidos en el sofá o en el banco duro. Entonces teníamos que despertarlos para que comieran. Como teníamos mucha hambre, nos comíamos tantas patatas que al final no sobraban bastantes para los cerdos. Entonces se enfadaba mi padre. Hans se comió una vez trece patatas. Mi padre le dijo: “Estás chiflado, devoras más que una marrana, no devores tanto, que no habrá suficiente para la marrana”.
 De vez en cuando venía una vecina y miraba cómo iban las cosas y lo que yo hacía. Al comienzo del cuarto curso tenía que ir a casa de la señora Meiereder ahora para aprender a hacer el pan y a lavar las piezas grandes de la ropa. Esto lo hacíamos luego en casa con todo esmero entre mi padre y yo. Teníamos una tina que incluso era igual a la de la señora Meiereder. Primero dejábamos durante toda la noche la ropa en remojo, luego la escurríamos, la sacudíamos y la poníamos en la tina. Sobre la ropa colocábamos un paño grande de lienzo en el que esparcíamos ceniza de madera de abedul, y luego echábamos por encima agua hirviendo; esto era la colada para la ropa, porque no teníamos detergente en polvo. Después de algunas horas se sacaba esta colada de la tina. Ahora colocábamos la ropa sobre un banco y con un jabón duro la frotábamos y luego la cepillábamos. Yo me ponía sobre mi taburete porque era demasiado baja para el banco de la ropa.
 Para hacer el pan era al contrario. Teníamos que poner la amasadera en el suelo porque así podía aplicar más fuerza al preparar la masa. Siempre cocíamos dieciséis panes de una vez; cada pan pesaba de cuatro a cinco libras. Cada día comíamos tres panes. Uno con la sopa de la mañana, otro lo consumíamos los niños durante el recreo de la escuela y el tercero nos lo comíamos con la cena. En la escuela teníamos dos recreos; el menor duraba quince minutos y la pausa mayor del mediodía una hora entera. Como no tenía sitio en el banco de las niñas porque estaba abarrotado, me sentaba junto a un chico que me traía cada día un bollo al horno de parte de su madre. Nunca he olvidado el detalle de esta mujer.
Resultado de imagen de anna wimschneider leche de otoño circulo de lectores Mi padre decía siempre que tres panes tienen que alcanzar para todo un día. Pero no siempre era suficiente y entonces volvíamos a comernos las patatas de los cerdos. Nuestro padre decía entonces que lo arruinaríamos con nuestro apetito. A la hora de comer se ponía uno de los niños pequeños sobre las piernas de mi padre y otro a su izquierda y otro a su derecha, y comían del plato de mi padre. Para cenar había casi siempre Dampfnudeln. Me salían muy bien, con la corteza tostada. Los presentaba con la corteza hacia arriba en una fuente grande que se colocaba en un trípode de hierro y en la parte inferior había otra fuente grande con pepinos, leche o caldo de peras desecadas. Esto tenía un aspecto muy apetitoso que nos daba nueva hambre. Tenían que ser siempre grandes raciones, dos cazos o cacerolas. Tampoco nos olvidábamos del abuelo. A él le llevaba la comida a su habitación, sólo cosas blandas porque ya no tenía ni un diente.
 Cuando el abuelo todavía caminaba bien, se iba muy temprano a la iglesia. Michl tenía que ir con él porque, durante el trayecto, el abuelo iba siempre al mismo lugar en el bosque y hacía sus necesidades en el mismo árbol. Ya no podía vestirse solo, por eso lo acompañaba Michl.
 El abuelo tenía una camisa con dos ojales en la parte delantera del cuello. Por aquí había que introducir un pasador que podía voltearse por la parte delantera. Luego tenía un acabado de lencería blanca con el pecho fuertemente almidonado y ancho como el tronco, y por la parte inferior podía meterse un poco por dentro de la pretina. En la zona del pasador se le colgaba una corbata. Así no se le veía la camiseta vieja que llevaba por debajo. Para calzarse se ponía zapatos de hebilla y debajo unas calzas cortas de goma. Éstas tenían cosidas a derecha y a izquierda una goma negra y elástica que se sujetaba en el tobillo. Los pantalones eran muy estrechos y llevaban tirantes. El abuelo siempre se ponía para trabajar un delantal azul que se sujetaba por el cuello y por la cintura con una cinta de lino estrecha y azul. Nunca trabajaba sin su delantal, que denominábamos el harapo. En nuestra tierra todavía puede comprarse hoy en día género para estos harapos. Es la misma tela azul.
 El abuelo tenía su sitio durante el día en el banco de la estufa. Los niños nos poníamos a menudo cerca de él. Sus pelos grisáceos se levantaban sueltos hacia arriba y en los lóbulos de las orejas llevaba unas pequeñas laminitas de oro. Esto lo tenía porque se suponía que era saludable para la vista. Apoyaba su mano derecha en la moldura de la estufa y los niños cogíamos la piel suave y floja de su mano y se la estirábamos. Esto podíamos hacerlo todos excepto Alfons, porque no le caía simpático. En vez de Alfons le llamaba siempre Atterl. Cuando yo hacía albondigones, el abuelo me cortaba el pan.   
 En las tardes de invierno calentábamos fuertemente la estufa  y la habitación permanecía caliente. En el cuarto de arriba, exactamente encima de esta estufa, había una estufa de cerámica que se calentaba simultáneamente con la otra. Tenía forma de herradura y uno podía sentarse en su entrante. Los niños nos habíamos sacado muchas veces unos a otros de allí cuando alguno se quedaba demasiado tiempo porque todos querían calentarse un poco antes de irse a dormir. Mi padre colocaba una tablilla sobre la estufa y se sentaba encima. A menudo olía a quemado, y eso era entonces el pantalón de mi padre. Le gustaba fumarse por la noche una pequeña pipa con tabaco barato; el leño, como le llamaba a su pipa. Y sobre la mesa estaba colgada una lámpara de petróleo con una pantalla de vidrio; esto era muy agradable. Mi padre tenía que contar historias fantásticas y espeluznantes de la guerra, porque había participado en ella, y de crímenes. El abuelo explicaba cómo había llevado madera larga y pesada con los caballos desde Eggenfelden hasta Passau. A veces se apagaba el petróleo de la lámpara y cuanto más oscura se quedaba la habitación, más nos excitábamos los niños. Entonces, jugábamos a la gallina ciega y chocábamos con todo, era muy divertido. El humo del petróleo nos ponía negros los orificios de la nariz y las barbitas, y esto nos hacía reír.
 Mientras mis hermanos escuchaban a mi padre, yo tenía sobre la mesa una máquina manual de coser y tenía que aplicarme en zurcir la ropa. También teníamos una pequeña lamparilla de aceite que estaba en un tarro de un litro. Sin esta lamparita no hubiera podido ver la costura. Cuando mi padre y mis hermanos se iban a la cama, yo debía quedarme bastante más tiempo cosiendo, al menos hasta las diez de la noche. A menudo me quedaba dormida de puro cansancio. Mi padre golpeaba entonces en el suelo de la habitación superior y gritaba que qué me pasaba, que no oía la máquina de coser. Al momento volvía a despertarme y continuaba cosiendo.»             

 (1)   Especialidad alemana: bollito de masa de pan, que se fríe en una sartén –tapada-, sólo por una parte y hasta que sube la masa. (N. del T.)
(2) Especialidad de Baviera y Austria: especie de brazo de gitano de hojaldre, relleno de manzana, que se sirve caliente y con nata montada. (N. del T.)
    
    [El texto pertenece a la edición en español de Círculo de Lectores, 1990, en traducción de Agustín Delgado, pp. 9-17. ISBN: 84-226-322-X.]